ENRIQUE VII QUIERE CONOCER A CATALINA
Los planes originales de Enrique VII indican que tenía planeado recibir a la princesa española cuando llegara a Lambeth, pero, impaciente por conocer a su nuera, partió hacia Richmond con un gran séquito, esperó en Easthampstead al príncipe Arturo, que había estado representando a la dinastía en la Marca de Gales, y luego giraron hacia las llanuras. El rey necesitaba asegurarse de que Catalina fuera saludable, núbil y hermosa. El mismo había rogado que las damas de honor de la princesa fuesen beldades. Cuando la comitiva de Catalina se hospedaba en la pequeña localidad de Dogmersfield, en la casa del obispo de Bath, llegó la noticia de que el rey y su hijo se dirigían al lugar para conocerla. Don Pedro de Ayala salió a todo galope al encuentro de la cabalgata real.
Enrique fue informado de que su deseo de ver a la princesa no podía ser satisfecho. Una infanta española no podía recibir a su futuro marido o suegro antes de que la ceremonia matrimonial hubiera finalizado. Isabel y Fernando habían dictado unas órdenes estrictas. El rey, disgustado, convocó una reunión improvisada en campo abierto con sus consejeros, que le manifestaron: “El rey de Inglaterra es señor absoluto en sus propios reinos, ninguna ley ni costumbre extranjera le puede limitar aquí. La princesa de Gales es ya una de sus súbditas por el matrimonio con su hijo; puede disponer de ella como quiera”. Eso fue suficiente para Enrique, que dejó atrás a Arturo y espoleó a su caballo camino de Dogmersfield.
EL REY VE A LA PRINCESA
Enrique VII, sin cambiarse siquiera de ropa, mojado y lleno de lodo, fue recibido en el gran vestíbulo de Dogmersfield por el arzobispo de Santiago, el obispo de Mallorca y el conde de Cabra. Los españoles seguían decididos a bloquearle el paso. La princesa, afirmaban, ya estaba descansando. A Enrique se le había agotado la paciencia. No le importaba que ya se hubiese retirado a su lecho. Amenazó, si era necesario, con entrar directo en su alcoba y conocerla allí.
Sus palabras probablemente sembraron el pánico entre la comitiva de la princesa. Si conocer al rey antes de la boda era deshonroso, hacerlo en sus aposentos debía de ser incalificable. No obstante, Catalina reaccionó con temple. Pidió un poco de tiempo para prepararse. Mientras sus damas de compañía daban los últimos toques a su chal y a su cabello, doña Elvira Manuel fruncía el entrecejo con disgusto. Enrique logró lo que quería.
A pesar del estado en que se encontraba tras el viaje, el rey de Inglaterra fue llevado a la sala donde se hallaba la novia de su hijo, la esperanza de su dinastía, de pie, con la luz sobre ella, su velo levantado, sonriendo tímidamente. Ninguno de los dos conocía la lengua del otro. Enrique, que no sabía latín, posiblemente se dirigió a ella en su fluido francés. A Catalina le falló el francés que había aprendido de Margarita de Austria y le respondió en castellano. Le obsequió con una profunda reverencia y él le besó la mano. Puede que Reveles, su limosnero inglés, fuese convocado para salvar la barrera lingüística. Tal vez William Hollybrand, un hispanohablante que más adelante sirvió de tesorero de Catalina, también asistió. Se pronunciaron frases corteses en ambos idiomas mientras Catalina y Enrique trataban de transmitir el enorme gozo que sentían.
Al parecer, Enrique se marchó contento. Con una mezcla de alivio y de deleite, pudo decir de Catalina: “Mucho admiré su belleza así como sus modales agradables y dignos”. El rey vio una muchacha crecida, con la cabeza hermosamente proporcionada y un cuerpo robusto y ágil, paso ligero y porte erguido, manos y pies pequeños, tez clara, ojos grises y serenos, abundante cabellera rubio-rojiza. Tan frescamente sonrosada como cualquier dama inglesa. Los ingleses -había hecho constar por escrito Enrique-, daban gran importancia a la belleza, era casi tan importante que la novia fuera bella como fuerte y sana. Enrique estaba satisfecho, sus súbditos lo estarían también.
EL PRIMER ENCUENTRO DE CATALINA Y ARTURO
Cuando Enrique se ausentó para cambiarse de ropa, Catalina y su séquito hubieron de tomar decisiones improvisadas. Ahora, el príncipe Arturo, a la cabeza de una columna de guardias y cortesanos, había llegado a Dogmersfield. Él y su padre no tardarían en regresar. Aquella misma tarde, el rey y su hijo fueron conducidos a los aposentos de Catalina, esta vez para una recepción solemne. Un obispo inglés tradujo al latín los discursos formales del rey y del príncipe y un obispo español actuó de intérprete de Catalina, traduciendo al latín sus respuestas. Un compromiso matrimonial que ya había atravesado varias ceremonias por poderes -en su mayoría con un tímido y un tanto abrumado embajador De Puebla representando a Catalina- recibió una bendición más de los clérigos allí presentes.
Durante años los dos jóvenes se habían intercambiado cartas cariñosas; ahora, por primera vez, se cruzaron las miradas y se entrelazaron las manos. Catalina vio a un joven elegante y de modales pausados, rubio, de tez blanca como la nieve, media cabeza más bajo que ella, de rostro aniñado, cuerpo poco formado y delgado, aparentando contar menos de los quince años que tenía. Era un muchacho culto. Tenía en los profetas del nuevo aprendizaje humanista, como el poeta Bernard André y el médico y erudito Thomas Linacre, a unos rigurosos y brillantes tutores. Leía las obras de Homero, Virgilio, Ovidio, Cicerón, César, Livio y Tácito. Con las enseñanzas de esos hombres, Arturo era uno de los pocos que no tenía necesidad de sentirse intelectualmente intimidado por su cultivada novia española.
A consecuencia de estos esponsales, ahora se consideraba que estaban "conyugalmente constatados". Aquello fue suficiente para los españoles, quienes juzgaron que Catalina estaba casada como era debido a partir de entonces. Sin embargo, no hubo noche de bodas. Esta se había previsto para después de la gran ceremonia, que tendría lugar en Londres unos días después. Catalina celebró una fiesta improvisada aquella noche.
Después de la cena, la princesa invitó al rey y a su hijo a sus habitaciones, en donde había convocado a sus trovadores y, después de profundas reverencias al rey, la joven y dos de sus damas bailaron una de las majestuosas danzas españolas. A Catalina le entusiasmaba bailar y estaba orgullosa de sus dotes para ello. Luego, ella y su pareja bailaron un baile rápido, tan alegre y enérgico como lánguido y lento el otro. Arturo también danzó, pero sin tocar a su esposa, y eligió a lady Guildford, la mujer de uno de los oficiales de su padre, como pareja. Nunca había sentido tanta alegría en su vida, escribió el príncipe a sus suegros los Reyes Católicos unas pocas semanas más tarde, como cuando contempló el dulce rostro de su esposa. Cuenta la tradición que las llamadas moorish dances, que se bailan en los pueblos ingleses, con aires de jota, descienden de los bailes que Catalina de Aragón trajo a Inglaterra.
Edward Stafford, duque de Buckingham
CATALINA CONOCE AL DUQUE DE BUCKINGHAM
A la mañana siguiente, Catalina emprendió la fase final de su viaje hacia Londres e hizo un alto en Chertsey. Después se dirigió a Lambeth. En Kingston upon Thames se le unió una comitiva de entre trescientos y cuatrocientos jinetes vestidos de librea. A la cabeza iba el gallardo Edward Stafford, duque de Buckingham, que era el aristócrata más adinerado y orgulloso de Inglaterra. Las salutaciones corteses que se cruzaron entre ellos, crearon el inicio de una amistad leal y sin reservas que sólo se interrumpiría con la muerte del duque en el patíbulo de Tower Hill, que arrebató a Catalina su primer amigo inglés. Al día siguiente, el duque la condujo a un alojamiento en Lambeth, donde había de aguardar el inicio de una quincena de faustos, ceremonias nupciales, justas y fiestas.
Desde Dogmersfield, Enrique y su hijo volvieron cabalgando a Richmond, de manera que, acompañados de la reina Elizabeth de York, pudieran navegar solemnemente Támesis abajo hasta el castillo de Baynard, el primer acto en los festejos nupciales.
Fuentes:
MATTINGLY, GARRET. Catalina de Aragón. 1998 Ediciones Palabra, S.A.
TREMLETT, GILES. Catalina de Aragón, reina de Inglaterra. 2012 Editorial Crítica S.L.
Imágenes extraídas del primer capitulo de la miniserie "Las seis esposas de Enrique VIII" (1971)
















































