lunes, 20 de mayo de 2013

CATALINA DE ARAGÓN, Princesa de Gales ( V )



 
ENRIQUE VII QUIERE CONOCER A CATALINA


Los planes originales de Enrique VII  indican que tenía planeado recibir a la princesa española cuando llegara a Lambeth, pero, impaciente por conocer a su nuera, partió hacia Richmond con un gran séquito, esperó en Easthampstead al príncipe Arturo, que había estado representando a la dinastía en la Marca de Gales, y luego giraron hacia las llanuras. El rey necesitaba asegurarse de que Catalina fuera saludable, núbil y hermosa. El mismo había rogado que las damas de honor de la princesa fuesen beldades. Cuando la comitiva de Catalina se hospedaba en la pequeña localidad de Dogmersfield, en la casa del obispo de Bath, llegó la noticia  de que el rey y su hijo se dirigían al lugar para conocerla. Don Pedro de Ayala salió a todo galope al encuentro de la cabalgata real.


 

Enrique fue informado de que su deseo de ver a la princesa no podía ser satisfecho. Una infanta española no podía recibir a su futuro marido o suegro antes de que la ceremonia matrimonial hubiera finalizado. Isabel y Fernando habían dictado unas órdenes estrictas. El rey, disgustado, convocó una reunión improvisada en campo abierto con sus consejeros, que le manifestaron: “El rey de Inglaterra es señor absoluto en sus propios reinos, ninguna ley ni costumbre extranjera le puede limitar aquí. La princesa de Gales es ya una de sus súbditas por el matrimonio con su hijo; puede disponer de ella como quiera”. Eso fue suficiente para Enrique, que dejó atrás a Arturo y espoleó a su caballo camino de Dogmersfield.


 
 
EL REY VE A LA PRINCESA

Enrique VII, sin cambiarse siquiera de ropa, mojado y lleno de lodo, fue recibido en el gran vestíbulo de Dogmersfield por el arzobispo de Santiago, el obispo de Mallorca y el conde de Cabra. Los españoles seguían decididos a bloquearle el paso. La princesa, afirmaban, ya estaba descansando. A Enrique se le había agotado la paciencia. No le importaba que ya se hubiese retirado a su lecho. Amenazó, si era necesario, con entrar directo en su alcoba y conocerla allí.

Sus palabras probablemente sembraron el pánico entre la comitiva de la princesa. Si conocer al rey antes de la boda era deshonroso, hacerlo en sus aposentos debía de ser incalificable. No obstante, Catalina reaccionó con temple. Pidió un poco de tiempo para prepararse. Mientras sus damas de compañía daban los últimos toques a su chal y a su cabello, doña Elvira Manuel fruncía el entrecejo con disgusto. Enrique logró lo que quería.
 
 
 
A pesar del estado en que se encontraba tras el viaje, el rey de Inglaterra fue llevado a la sala donde se hallaba la novia de su hijo, la esperanza de su dinastía, de pie, con la luz sobre ella, su velo levantado, sonriendo tímidamente. Ninguno de los dos conocía la lengua del otro. Enrique, que no sabía latín, posiblemente se dirigió a ella en su fluido francés. A Catalina le falló el francés que había aprendido de Margarita de Austria y le respondió en castellano. Le obsequió con una profunda reverencia y él le besó la mano. Puede que Reveles, su limosnero inglés, fuese convocado para salvar la barrera lingüística. Tal vez William Hollybrand, un hispanohablante que más adelante sirvió de tesorero de Catalina, también asistió. Se pronunciaron frases corteses en ambos idiomas mientras Catalina y Enrique trataban de transmitir el enorme gozo que sentían.

Al parecer, Enrique se marchó contento. Con una mezcla de alivio y de deleite, pudo decir de Catalina: “Mucho admiré su belleza así como sus modales agradables y dignos”. El rey vio una muchacha crecida, con la cabeza hermosamente proporcionada y un cuerpo robusto y ágil, paso ligero y porte erguido, manos y pies pequeños, tez clara, ojos grises y serenos, abundante cabellera rubio-rojiza. Tan frescamente sonrosada como cualquier dama inglesa. Los ingleses -había hecho constar por escrito Enrique-, daban gran importancia a la belleza, era casi tan importante que la novia fuera bella como fuerte y sana. Enrique estaba satisfecho, sus súbditos lo estarían también.
 
 
 
 
EL PRIMER ENCUENTRO DE CATALINA Y ARTURO

Cuando Enrique se ausentó para cambiarse de ropa, Catalina y su séquito hubieron de tomar decisiones improvisadas. Ahora, el príncipe Arturo, a la cabeza de una columna de guardias y cortesanos, había llegado a Dogmersfield. Él y su padre no tardarían en regresar. Aquella misma tarde, el rey y su hijo fueron conducidos a los aposentos de Catalina, esta vez para una recepción solemne. Un obispo inglés tradujo al latín los discursos formales del rey y del príncipe y un obispo español actuó de intérprete de Catalina, traduciendo al latín sus respuestas. Un compromiso matrimonial que ya había atravesado varias ceremonias por poderes -en su mayoría con un tímido y un tanto abrumado embajador De Puebla representando a Catalina- recibió una bendición más de los clérigos allí presentes.

Durante años los dos jóvenes se habían intercambiado cartas cariñosas; ahora, por primera vez, se cruzaron las miradas y se entrelazaron las manos. Catalina vio a un joven elegante y de modales pausados, rubio, de tez blanca como la nieve, media cabeza más bajo que ella, de rostro aniñado, cuerpo poco formado y delgado, aparentando contar menos de los quince años que tenía. Era un muchacho culto. Tenía en los profetas del nuevo aprendizaje humanista, como el poeta Bernard André y el médico y erudito Thomas Linacre, a unos rigurosos y brillantes tutores. Leía las obras de Homero, Virgilio, Ovidio, Cicerón, César, Livio y Tácito. Con las enseñanzas de esos hombres, Arturo era uno de los pocos que no tenía necesidad de sentirse intelectualmente intimidado por su cultivada novia española.



A consecuencia de estos esponsales, ahora se consideraba que estaban "conyugalmente constatados". Aquello fue suficiente para los españoles, quienes juzgaron que Catalina estaba casada como era debido a partir de entonces. Sin embargo, no hubo noche de bodas. Esta se había previsto para después de la gran ceremonia, que tendría lugar en Londres unos días después. Catalina celebró una fiesta improvisada aquella noche.

Después de la cena, la princesa invitó al rey y a su hijo a sus habitaciones, en donde había convocado a sus trovadores y, después de profundas reverencias al rey, la joven y dos de sus damas bailaron una de las majestuosas danzas españolas. A Catalina le entusiasmaba bailar y estaba orgullosa de sus dotes para ello. Luego, ella y su pareja bailaron un baile rápido, tan alegre y enérgico como lánguido y lento el otro. Arturo también danzó, pero sin tocar a su esposa, y eligió a lady Guildford, la mujer de uno de los oficiales de su padre, como pareja. Nunca había sentido tanta alegría en su vida, escribió el príncipe a sus suegros los Reyes Católicos unas pocas semanas más tarde, como cuando contempló el dulce rostro de su esposa. Cuenta la tradición que las llamadas moorish dances, que se bailan en los pueblos ingleses, con aires de jota, descienden de los bailes que Catalina de Aragón trajo a Inglaterra.
 
 
 
Edward Stafford, duque de Buckingham
 
 
 
CATALINA CONOCE AL DUQUE DE BUCKINGHAM
 
A la mañana siguiente, Catalina emprendió la fase final de su viaje hacia Londres e hizo un alto en Chertsey. Después se dirigió a Lambeth. En Kingston upon Thames se le unió una comitiva de entre trescientos y cuatrocientos jinetes vestidos de librea. A la cabeza iba el gallardo Edward Stafford, duque de Buckingham, que era el aristócrata más adinerado y orgulloso de Inglaterra. Las salutaciones corteses que se cruzaron entre ellos, crearon el inicio de una amistad leal y sin reservas que sólo se interrumpiría con la muerte del duque en el patíbulo de Tower Hill, que arrebató a Catalina su primer amigo inglés. Al día siguiente, el duque la condujo a un alojamiento en Lambeth, donde había de aguardar el inicio de una quincena de faustos, ceremonias nupciales, justas y fiestas.
 
Desde Dogmersfield, Enrique y su hijo volvieron cabalgando a Richmond, de manera que, acompañados de la reina Elizabeth de York, pudieran navegar solemnemente Támesis abajo hasta el castillo de Baynard, el primer acto en los festejos nupciales.


Fuentes:
MATTINGLY, GARRET. Catalina de Aragón. 1998 Ediciones Palabra, S.A.
TREMLETT, GILES. Catalina de Aragón, reina de Inglaterra.  2012 Editorial Crítica S.L.
Imágenes extraídas del primer capitulo de la miniserie "Las seis esposas de Enrique VIII" (1971)

domingo, 19 de mayo de 2013

CATALINA DE ARAGÓN, Princesa de Gales (IV)

Plymouth

 
 
LA LLEGADA A PLYMOUTH


La noticia de la partida de Catalina desde Laredo había llegado a Inglaterra antes que ella. Se respiraba una gran sensación de alivio. Enrique VII temía que las tormentas y los huracanes hubieran hundido el barco en el que la joven zarpó desde La Coruña y que hubieran ahogado a su tan anhelada nuera antes de que divisase tan siquiera Inglaterra. A las tres de la tarde del sábado 2 de octubre de 1501, la nave que traía a la princesa llegó por fin al puerto de Plymouth, en el condado de Devon. Durante semanas el West Country, zona sudoeste de Inglaterra, había esperado su llegada.
 
Los masteleros de los barcos extranjeros, el alegre ondear de los estandartes españoles y la silueta familiar de los aparejos de Stephen Brett, habían conseguido que el muelle estuviera atestado por una multitud de alegres ciudadanos dispuestos a ofrecer un cálido recibimiento a su futura reina. Cuando se echaron las primeras anclas estalló un clamor de campanas de bienvenida sobre la ciudad y sobre el puerto.


Plymouth


Catalina podía ser una joven que todavía no había cumplido dieciséis años, apenas recuperada del mareo, y del terror, y apenas secos sus vestidos –cosas a las que incluso una princesa no podía escapar en tempestades como aquellas a las que su flota había sobrevivido-, pero había sido concienzudamente entrenada para hacer lo que se esperaba de un miembro de la realeza. La princesa española se presentó a los ojos de los ingleses como una hermosa joven de pie sobre la cubierta del barco con el arzobispo, el obispo, el conde de cabra y su séquito de honor ceremoniosamente alineado detrás de ella. Al subir al barco la autoridad local y darle la bienvenida, ella aceptó "graciosamente" y le informó que estaba lista para ir a la iglesia, cuya torre de aguja se levantaba no lejos del puerto, para agradecer a Dios el haber llegado sana y salva a tierra inglesa.
 
En esa primera cabalgata a través de las vitoreantes calles de Plymouth, Catalina empezó a ganarse un lugar en los corazones de los ingleses, lugar que nunca perdería en medio de todas sus desgracias. Aunque los preparativos se habían realizado en la ciudad de Southampton, puerto al que se esperaba que arribara, hubo grandes festejos en Plymouth, ya que en los preparativos se había contemplado la posibilidad de la llegada de la princesa a diversos puertos en función de la climatología. Enrique VII había instado a los obispos a hacer saber en su homilía sobre la posible llegada a cualquier puerto, instando a todos a comportarse conforme a la grave circunstancia. Todos los centros urbanos habían estado preparándose.
 
La llegada de Catalina era un acontecimiento de tal magnitud que propició una crónica especial. La tarea de describir su viaje a Inglaterra al parecer recayó en el poeta Stephen Hawes y el encargo provino casi con total seguridad del propio Enrique VII. Hawes escribió su crónica al estilo de un romance medieval y le dio el título de The Receyt of The Ladie Kateryne.



Exeter



CAMINO HACIA LONDRES


Aunque los correos cabalgaron duramente, portando a Westminster las noticas de su llegada ese lunes, pasaron quince días antes de que la primera delegación de cortesanos de Enrique presentara a Catalina su carta de bienvenida en Exeter. Mientras tanto, al West Country no le faltaba hospitalidad. Se habían despachado instrucciones reales y la curiosidad era tan potente como la lealtad. La nobleza y la pequeña aristocracia de Cornwall y Devon se apresuraban a formar una escolta; el pueblo llano abarrotaba los lados de los caminos para vitorearla y para esforzarse en verla.

La bienvenida de Exeter, campanas, pendones, hogueras, desfiles, sobrepasó a la de Plymouth. El séquito de Catalina estaba alojado como si todos fueran Grandes, esas dos primeras semanas fueron una fiesta constante. “La princesa no pudo haber sido recibida con mayor alegría”, escribió alegre a la reina Isabel el licenciado Alcaraz, “si hubiera sido el Salvador del mundo”.

La bienvenida ganó en formalidad, pero no perdió cordialidad, después de la majestuosa llegada a Exeter de Lord Willoughby de Broke, High Steward de la Casa del rey y que portaba la carta de bienvenida de Enrique VII, asistido por el rey de armas de Richmond y los Heralds de Somerset y Rougedragon, y por un impresionante despliegue de yeomen y de jinetes de la Guardia Real, con nuevos uniformes verdes y blancos.
 

Dogmersfield Park


Cada etapa del viaje de tres semanas había sido cuidadosamente preparada para evitar que la princesa se cansara, para asegurar alojamientos dignos y aprovisionamiento adecuado, para lucirla en media docena de condados y para retrasar su llegada a la ribera del Támesis hasta que la recepción de bienvenida en Londres estuviera preparada. A lo largo del camino hubo innumerables encuentros con personajes ilustres de cada país por el que pasaron. La llegada de Catalina sumió a la nobleza del sudeste de Inglaterra en un torbellino de actividad. Con buena disposición y apremio ofrecieron honorables y acertados regalos a aquella noble princesa.
 
En Ambresbury, Catalina fue recibida por otro compañero ilustre, el conde de Surrey, Lord Treasurer, y su mujer, duquesa de Norfolk por derecho propio, una familia orgullosa e influyente. También la recibieron dos obispos, dos abades mitrados, dos barones y una docena de caballeros. Aquí, uno de los criados del rey, William Holybrand, que había estado en España y a quien Catalina iba desde entonces a conocer mejor y querer menos, le leyó un largo mensaje preparado, escrito en castellano.
 
Como las lluvias de noviembre ya habían comenzado, la crecida compañía se movió más lentamente después de Ambresbury por Andover y Basingstoke hasta la casa del obispo de Bath en Dogmersfield, a unas quince leguas del Puente de Londres. Los españoles se instalaron felizmente en la espaciosa vivienda del lugar y les impresionó sobremanera el hermoso parque, que incluía un gran estanque que proporcionaba pescado fresco para la mesa.
 
 
Fuentes:
TREMLETT, GILES. Catalina de Aragón, Reina de Inglaterra. Editorial Crítica , S.L. 2012
MATTINGLY,
GARRET. Catalina de Aragon . 1998 Ediciones Palabra, S.A.
CAHILL MARRÓN, EMMA LUISA. Arte y poder: negociaciones matrimoniales y festejos nupciales para el enlace entre Catalina Trastámara y Arturo Tudor. Universidad de Cantabria

sábado, 18 de mayo de 2013

CATALINA DE ARAGÓN, Princesa de Gales (III)

Juan de Aragón y Castilla, príncipe de Asturias
 
 
LA TRISTE CORTE

A los seis meses de su boda moriría el príncipe Juan, su esposa Margarita, sumida en una profunda tristeza, daría a luz a una niña prematura que no sobrevivió. La infanta Isabel, reina de Portugal, convertida en heredera tras la muerte de su hermano Juan, fallecería al dar a luz a un niño llamado Miguel de la Paz, declarado heredero de todas las coronas de la península ibérica. El principito fue criado en la corte castellana y su abuela ejerció de vigía. Sus tías adolescentes María y Catalina ganaron en la práctica un hermano pequeño. Sin embargo, el pequeño Miguel pereció en la Alhambra, en brazos de la reina Isabel, cuando no había cumplido aún los dos años.
 
A España empezaron a llegar noticias de la triste vida de la infanta Juana en Flandes con su cruel e infiel marido Felipe el Hermoso. La única buena nueva que recibieron de ella fue el nacimiento de otro nieto, llamado Carlos. Después de tantas muertes trágicas en la familia, Juana era ahora la heredera. La reina Isabel enfermaba cada vez más y cayó en una depresión. "Desde este tiempo vivió sin placer”, afirmaba un cronista. A menudo se retiraba a su cama.
 
Si Catalina vivió sus últimos años en el seno de una familia cada vez más trágica y atribulada, en una corte que se teñía cada vez más de un solo color, el negro del luto, al menos lo hizo en un palacio mágico. Como mínimo una imagen de Granada permanecería con Catalina para el resto de su vida. Su símbolo, el fruto de la granada (con su carne púrpura asomando sugerentemente de un corte profundo en la piel), fue suyo hasta el día en que murió.


Luis XII de Francia


GIROS POLÍTICOS

En el mes de abril de 1498 moría Carlos VIII de Francia dando paso a su sucesor Luis XII. El nuevo monarca decidió acabar con el esfuerzo bélico que la guerra había supuesto y envió diversas embajadas para gestionar la paz en distintas cortes europeas. Una paz suponía necesariamente el establecimiento de nuevas alianzas dinásticas y en un giro maquiavélico desde la corte de los Reyes Católicos se envió a la vez a Alonso de Silva a Francia que “fue con principal fin de procurar matrimonio, entre el rey de Francia y la infanta doña Catalina, habiéndose ya concertado con el príncipe de Gales, creyendo que con este deudo se concertarían todas sus diferencias y estarían unidos estos reinos con la casa de Francia, en paz cierta, y muy firme”.

A su vez, los Reyes Católicos también sospechaban que Maximiliano de Austria estaba intentando concertar un nuevo matrimonio para el príncipe de Gales. Estas sospechas llevan a Isabel y Fernando a componer una nueva embajada, con Sancho de Lodoño y el subprior de Santa Cruz a la cabeza, que partió con dos tipos de instrucciones, unas de ellas reservadas. A pesar de todo ello, la alianza matrimonial de Catalina con Arturo Tudor se mantuvo.


Fernando de Aragón con sus hijos los infantes Isabel, Juan y María

 
LA DESPEDIDA DE LA INFANTA MARIA

Ocho meses antes de la partida de Catalina a Inglaterra, ella y sus padres se habían reunido en el campamento real de Santa Fe, cerca de Granada, para despedirse de la infanta María. La hermana a la que se sentía más unida, con la que se había criado, iba a casarse con su cuñado el rey Manuel I de Portugal. Era un reemplazo para su difunta hermana mayor Isabel. La familia real estuvo con María durante una semana hasta que partió a tierra lusa. Sería la única de las hijas de los Reyes Católicos en llevar una existencia feliz al lado de su esposo.


Palacio de la Alhambra, Granada



LA CORTE INGLESA SE IMPACIENTA

Con la marcha de la princesa Margarita a Bruselas y la infanta María a Portugal, la corte quedó vacía y triste. La reina se resistía a dejar partir a Inglaterra a la única hija que quedaba junto a ella e ideaba varias excusas para la demora. En Inglaterra se esperaba con ansiedad la llegada de la princesa de Gales. Enrique VII la quería allí desde su compromiso en Medina del Campo, aduciendo que las futuras novias impúberes normalmente eran enviadas al país en el que habían de contraer matrimonio. La fecha de su llegada había sido un motivo de preocupación constante. Se había solicitado una exención papal especial para que la pareja pudiera casarse, si era necesario, antes de que Arturo cumpliera los catorce años.

Enrique se mostraba cada vez más impaciente cuando venció el plazo original, fijado en septiembre de 1500. La reina Isabel adujo varias enfermedades, su fiebre y la de Catalina, para retrasarlo. Un visitante italiano que llegó a Granada a finales de ese año, afirmaba que Catalina había estado enferma, aunque se encontraba bien para recibirlo el día de Año Nuevo. Aun así, tardó varios meses en partir hacia Inglaterra. Un cronista español afirmaba que embajadores ingleses llegaron a comienzos de 1501 para averiguar cuándo iba a viajar Catalina, aunque no parecen existir otros informes que confirmen el envío o la recepción de una embajada.


Palacio de la Alhambra, Granada


EL ADIÓS A CATALINA

Catalina de Aragón salió del palacio de la Alhambra a primera hora de la mañana del día 21 de mayo de 1501, para emprender un largo y lento viaje hacia Inglaterra. La reina Isabel no pudo acompañarla hasta el puerto donde debía embarcar, como había hecho con sus otras hijas, porque la rebelión de los musulmanes la seguía reteniendo en Granada, o quizá, una vez más, la reina de cincuenta años no se encontraba bien. Isabel y Fernando simplemente la acompañaron hasta Santa Fe y le dijeron adiós. Debió de ser una despedida emotiva para sus padres, que finalmente se habían quedado sin excusas para retenerla con ellos.

La excitación se daba principalmente en el lado inglés. Isabel incluso había comunicado a Enrique VII que creía que se estaba excediendo con los planes de boda. “Las demostraciones de alegría en la recepción de mi hija naturalmente me parecen adecuadas. No obstante, iría más acorde con mis sentimientos… que los gastos fuesen moderados”, escribió a su embajador en Londres, Rodrigo de Puebla. “No queremos que nuestra hija sea la causa de ninguna pérdida para Inglaterra. Por el contrario, deseamos que sea motivo de toda clase de felicidad”. Si quería ser generoso con su hija, dijo la reina, preferiría que fuese con su amor.

 

EL SÉQUITO DE LA PRINCESA

Unas setenta personas formaban el séquito de la princesa. La escolta estaba presidida por el conde de Cabra, el cual, junto con el arzobispo de Santiago y el obispo de Mallorca, era uno de los tres comisarios que estarían en la boda. Junto con el conde de Cabra iba una guardia real de arqueros y caballeros que la escoltarían hasta el barco. También viajaban un nutrido grupo de nobles, clérigos y letrados para protegerla y acompañarla hasta verla casada. Todos estos caballeros y damas iban con sus lacayos, sirvientes y escuderos.
 
Don Pedro Manrique era su Camarero Mayor y su esposa doña Elvira Manuel era la dueña a cargo de la Casa de la princesa. A sus órdenes estaban no sólo las damas de Catalina, sino también los pajes, servidores mayores y menores, panaderos, reposteros, cocineros y lavanderas. El cargo oficial de doña Elvira era Dama de Honor y Camarera Mayor, su hijo Iñigo era caballerizo mayor y maestro de los pajes. Ella tenía en sus manos autoridad sobre todo el cortejo.
 
También viajaba con Catalina su antiguo tutor y maestro Alessandro Geraldini como confesor y capellán, su tesorero Juan de Cuero, su maestresala Alonso de Esquivel, había un segundo camarero mayor, un veedor, un copero mayor, un repostero de plata y cerero, cuatro mozos de espuelas y seis jóvenes y hermosas damas de honor llamadas María de Salinas, Inés de Venegas, Francisca de Cáceres, María de Rojas, Blanche e Isabel de Vargas.



 
EL VIAJE HACIA LA CORUÑA

El viaje a La Coruña duró tres meses, un período inusualmente largo. El asfixiante calor del verano castellano ralentizó todavía más a su comitiva y exigió más días de descanso en el monasterio de Guadalupe. A lo largo del viaje descansó en diferentes lugares. Había días que infanta y corte se hospedaban en posadas, otros en monasterios o palacios de los nobles de la zona, orgullosos de tener bajo su techo a tan alta personalidad. Las ciudades la honraban con corridas de toros, banquetes y visitas a las reliquias del patrón.
 
El camino debía continuar y Catalina iba ascendiendo hacia las tierras más norteñas de la península. Salamanca y Valladolid eran los siguientes puntos por donde pasaría. El trayecto era complicado y largo, la caravana utilizaba la antigua calzada romana para cruzar la sierra del norte de Cáceres. Unas fiebres la obligaron a permanecer unas semanas en la villa de León. En ese viaje por tierra los nervios le jugaron a Catalina malas pasadas y en varias ocasiones cayó enferma.


Catedral de Santiago de Compostela


Antes de embarcar en el puerto de La Coruña, la joven princesa hizo un alto en el camino en la ciudad de Santiago de Compostela. Santiago se había transformado en un punto neurálgico durante toda la Edad Media debido al atractivo que había despertado la tumba del Apóstol. Se convirtió en uno de los principales lugares de peregrinaje de la Cristiandad. Catalina pasó una noche orando e hizo su ofrenda ante el sepulcro del apóstol Santiago en la catedral.
 
 
 

 
RUMBO A INGLATERRA


El 17 de agosto de 1501 zarpaba la flota de Catalina de Aragón con destino a Inglaterra. Estaba compuesta por una lujosa nao llamada Veracruz, en la que viajaría la princesa, y media docena de buques. A los cuatro días de salir de La Coruña estalló una tormenta procedente del Atlántico y la alegre escuadra tuvo suerte al poder arrastrarse de vuelta a Laredo, con las junturas desencajadas, mástiles y aparejos caídos al agua y un barco perdido. Se sabe que Catalina estuvo convaleciente y que debido a su enfermedad la visitó un médico, el doctor de Nájera. Llevaban casi un mes haciendo reparaciones, y todavía no estaban preparados, cuando llegó al puerto de Laredo un navegante inglés llamado Stephen Brett que, enviado por Enrique VII, debía ayudar a las naves españolas a cruzar las aguas del norte.
 
Se echaron de nuevo a la mar a las cinco de la tarde del lunes 27 de septiembre, guiados por Brett, y esta vez, divisaron Ushant - Ile d'Quessant, enfrente de Bretaña, punto de referencia a la entrada del Canal de la Mancha- con tiempo despejado. Sin embargo, al rodearla, fueron cogidos por unos furiosos vendavales con intervalos de tres o cuatro horas como máximo, acompañados de rayos y truenos terroríficos. Los palos fueron arrastrados y las olas eran tan altas que, como el Licenciado Alcaraz escribió a la reina Isabel, "era imposible no tener miedo”. Esta vez los barcos mantuvieron su ruta.
 
Más de doce años después de que los embajadores ingleses llegaran a Medina del Campo, Catalina estaba por fin de camino a Inglaterra, dejando atrás las costas españolas que nunca más volvería a ver. Años más tarde, los amigos de Catalina recordarían que ella se había referido a los retrasos y terrores de ese viaje como malos augurios; pero entonces no mostró ningún temor ni ninguna indecisión. La hija de Isabel había aprendido a desafiar los augurios.

 
Fuentes:
TREMLETT, GILES. Catalina de Aragón, Reina de Inglaterra. Editorial Crítica , S.L. 2012
ULARGUI, LUIS. Catalina de Aragón. 2004 Random House Mondadori S.A
MATTINGLY,
GARRET. Catalina de Aragon . 1998 Ediciones Palabra, S.A.
CAHILL MARRÓN, EMMA LUISA. Arte y poder: negociaciones matrimoniales y festejos nupciales para el enlace entre Catalina Trastámara y Arturo Tudor. Universidad de Cantabria

miércoles, 15 de mayo de 2013

CATALINA DE ARAGÓN, Princesa de Gales (II)

 
En la exigente corte de Isabel, los hombres y las mujeres estaban separados. Catalina dormía en la habitación de su madre con sus hermanas. No se permitía la entrada de médicos y otros hombres a la estancia hasta que todas ellas y las damas de honor, que también dormían allí, estuviesen levantadas y vestidas. Las mujeres también comían aparte, en la intimidad de los aposentos de la reina. Las infantas y su madre solo salían de aquel búnker femenino para comer con otros cuando había visitas importantes, en cuyo caso, entraba en acción todo el espectáculo de la corte pública. Incluso entonces, ambos sexos comían en mesas separadas. Catalina vio que las cosas podían ser diferentes cuando llegaban visitantes honorables de otras cortes.
 
La segregación no significaba que no hubiese diversión al lado de su madre. Después de cenar se narraban o cantaban historias de caballería. Se divertían con juegos de mesa, ajedrez, juegos de palabras y cartas. También había música en la mesa. Siempre había músicos a su disposición. De hecho, figuraban entre las personas mejor pagadas de la corte. La reina les permitía sencillos esparcimientos los días de cumpleaños, bodas o días de fiestas. En tales celebraciones podían utilizar disfraces y vestidos especiales.
 
 
 
 
 
 
ASPECTO FÍSICO


Pedro Mártir nos dice que era llamativo el parecido físico de Catalina con su madre y conforme fue creciendo la manera de pensar de las dos era tan parecida como su porte y carácter. Parece que las dos tuvieron una relación especial. Isabel notaba y devolvía la adoración de la hija. La infanta era además amante de la música y las artes, bailaba muy bien y comunicaba serenidad y alegría. Físicamente es descrita como de estatura media, aunque tendiendo más bien a ser baja, rolliza, de mejillas sonrosadas y piel blanca, de bellas facciones y rostro ovalado, ojos claros y abundante cabellera pelirroja.
 
Todos los hijos de los Reyes Católicos recibieron un mote familiar. La reina gustaba de llamar madre a su hija Isabel por su parecido físico con la madre de la soberana, al príncipe Juan le llamaba mi ángel, a la infanta Juana le decía mi suegra porque se parecía físicamente a la madre del rey Fernando, y las dos infantas menores, María y Catalina, las llamaba simplemente mis pequeñas.



BODAS FAMILIARES

En 1490 Catalina vería partir hacia Portugal a su hermana mayor Isabel como esposa del príncipe Alfonso, unos meses después fallecería repentinamente su esposo, regresando a la corte castellana una joven viuda de veinte años, pálida, seria, triste y de luto riguroso. En 1496 le tocó el turno de desposarse a la infanta Juana con el archiduque Felipe de Austria. La reina Isabel y sus hijos la despidieron en Laredo desde donde zarparía rumbo a Flandes escoltada por una poderosa armada. En ese año también tuvo lugar la muerte de la abuela materna, Isabel de Portugal, que coincidió con la partida de la infanta Juana.
 
En la primavera de 1497, Catalina daría la bienvenida como hermana a la joven archiduquesa Margarita de Austria, que llegaba desde Flandes para contraer matrimonio con el príncipe Juan, el heredero de los Reyes Católicos, y ese mismo año la infanta Isabel se desposaría en segundas nupcias con el nuevo rey de Portugal, Manuel I el Afortunado.



 
LA EJECUCIÓN DE LOS PRETENDIENTES AL TRONO INGLÉS

Catalina había sido instruida exhaustivamente en la historia de las casas reales de Europa. Sabía que Enrique VII había salido triunfante de las Guerras de las Dos Rosas y que el astuto Tudor fue el vencedor final en la prolongada lucha entre los lancasterianos y los yorkistas. Como fundador de una nueva dinastía, la continuidad de su linaje a través de Arturo era de vital importancia para Enrique. El trabajo de Catalina consistía en engendrar nietos, a ser posible varones, para mantener la línea de los Tudor.

Los padres de Catalina, que también salían de un período de agitación y guerra civil, sentían una ansiedad permanente por saber si los Tudor recién llegados llevaban verdaderamente las riendas. La aparición de un pretendiente al trono inglés llamado Perkin Warbeck era una obsesión en particular. Había escrito a la reina Isabel afirmando directamente que era uno de los príncipes de la Torre, los dos hijos desaparecidos de Eduardo IV. Estos trágicos muchachos no fueron vistos nunca más tras ser encerrados en la Torre de Londres por Ricardo III en 1483. Warbeck dijo a Isabel que había sido salvado por un hombre a quien habían ordenado matarlo y que su identidad se había mantenido en secreto.

En enero de 1500, tras las ejecuciones de Perkin Warbeck y del joven conde de Warwick, Eduardo Plantagenet -el único descendiente varón que quedaba de la casa de York-, Enrique VII informó triunfante a los Reyes Católicos de que ya no quedaba una sola gota de sangre real dudosa en Inglaterra. Habían sido asesinados, en parte, para apaciguar las preocupaciones españolas. El derramamiento de sangre, le dirían después a Catalina, había sido por ella.


Catalina de Aragón como la Magdalena, pintado por Michael Sittow


INTERCAMBIO DE CARTAS
 
Los jovencísimos prometidos se intercambiaron  tiernas cartas en latín, idioma común para ambos. En una de esas cartas, sin duda redactadas para él por su preceptor pero copiadas con evidente cuidado, el príncipe Arturo escribiría de su puño y letra: “A la princesa Katerine, princesa de Gales, duquesa de Cornualles, me plurimi dilecte (la más altamente estimada). Ciertamente, esas cartas, escritas de vuestro puño y letra, me han deleitado tanto y me han hecho tan feliz y contento, que imaginé que contemplaba a Su Alteza y abrazaba y conversaba con mi queridísima esposa. No puedo expresar cuán hondo deseo abrigo de ver a Su Alteza, y lo enojosa que resulta para mí esta demora en vuestra llegada. Debo un agradecimiento eterno a Su Excelencia por corresponder tan cariñosamente a este, mi ardiente amor. Que prosiga, os suplico, como ha comenzado; y, del mismo modo en que yo conservo su dulce recuerdo día y noche, preservad vos mi nombre siempre fresco en vuestro pecho". Arturo y Catalina tenían ambos trece años en aquel momento.
 
 
 Elizabeth de York y Enrique VII



Una serie de instrucciones sobre la vida en la corte inglesa fueron despachadas a la princesa de Gales por su futura suegra y por Margaret Beaufort, condesa de Richmond. Catalina debía tratar de aprender francés hablándolo con su cuñada Margarita de Austria, para poder conversar en ese idioma cuando fuera a Inglaterra. La petición siguiente era que Catalina se acostumbrara a beber vino. "El agua de Inglaterra", escribió con tristeza Elizabeth de York, "no es potable y aunque lo fuera, el clima no permitiría beberla".
 
Aunque el matrimonio era político, Enrique VII y Elizabeth de York estaban muy emocionados con la novia de su primogénito. En una ocasión, cuando Catalina les envió dos copias de una carta, sus futuros suegros riñeron por quién conservaba la que quedó tras remitir la otra al príncipe Arturo.  El rey discutió obstinadamente con la reina, pues quería quedarse una de las cartas para llevarla consigo, según De Puebla. Ella se resistió con dureza antes de entregársela. Enrique VII, hijo de una madre con una voluntad de acero, se sentía fascinado por la fortaleza de carácter de la que hacían gala las mujeres de la familia real española. Le dijo a un visitante que renunciaría a la mitad de su reino si Catalina era como su madre.


Fuentes:
TREMLETT, GILES. Catalina de Aragón, Reina de Inglaterra. Editorial Crítica , S.L. 2012
MATTINGLY, GARRET. Catalina de Aragon . 1998 Ediciones Palabra, S.A.
FRASER, ANTONIA. Las seis esposas de Enrique VIII . 1998 Ediciones B Argentina,

CATALINA DE ARAGÓN, Princesa de Gales (I)

Por Juan de Flandes

 
Catalina de Aragón era sin duda la princesa más culta y capacitada en Europa, no sólo para desempeñar el papel de reina consorte, sino para gobernar por sí misma. Además de ser la primera mujer embajadora acreditada de la historia de la diplomacia moderna. Poseedora de un gran talento y forjada en la adversidad, ella renovó el panorama intelectual de Inglaterra, no sólo protegiendo a los eruditos con su amistad y benevolencia sino también pensionándolos. Trajo a su nuevo país a grandes renacentistas y revolucionó la educación de las mujeres, no sólo de las princesas sino también la de las mujeres del pueblo. Creó una industria artesanal de bordados y encajes en los Fens, mejoró la jardinería inglesa, ayudó económicamente a universidades, fundó cátedras y concedió becas a estudiantes pobres. Durante su regencia los ingleses repelieron con éxito una invasión escocesa. Sus obras de caridad le granjearon el amor y el respeto del pueblo inglés. Por una parte, la falta de descendencia masculina, y por otra, las pasiones de su real esposo, la llevaron a ser la protagonista del repudio más famoso y trágico de la historia. Si hubo mujeres desdichadas dentro de la realeza, una de ellas es Catalina de Aragón, reina de Inglaterra, muerta en cautiverio y soledad.

Su figura histórica ha sido ensalzada y alabada por unos como vilipendiada y criticada por otros, quienes han procurado relegarla a las sombras, negar su importancia en la historia de Inglaterra y representarla como un objeto decorativo sin atractivo alguno. Pero quienes han estudiado su vida reconocen que fue una gran reina consorte de Inglaterra, cuyas decisiones cambiaron el rumbo de la historia de un país. Si hubiese aceptado ingresar en un convento y la nulidad de su matrimonio, el cisma no se habría producido en esos momentos y Enrique VIII hubiera continuado siendo un católico fiel a Roma. Catalina de Aragón fue la esposa que más años se sentó en el trono inglés, y si no es la más famosa, si es de las más importantes e interesantes. Ella fue la reina extranjera más amada por el pueblo inglés y la española más influyente y poderosa en la historia del Reino Unido.
 


Isabel La Católica



EL NACIMIENTO DE LA INFANTA CATALINA


Diez días antes de la Navidad de 1485 en el gran palacio fortificado de Alcalá de Henares la reina Isabel, tras un parto fácil y sencillo, alumbró una preciosa niña fuerte y sana de piel rosada a la que pusieron por nombre Catalina, en honor de su bisabuela Catalina de Lancaster, aquella princesa que vino de tierra inglesa para reinar en Castilla. La pequeña infanta lloró entre paños de batista y gestos de alegría de las damas y de la reina. Su nombre y la melancólica lluvia que caía tras los vidrios de la ventana presagiaban su futuro destino.

Hubo quien se atrevió a comentar muy cerca del rey y de altos nobles, con mucha ironía, algo así como: "¿Otra infanta?". Y es que los Reyes Católicos sólo tenían un varón a quien nombrar heredero de la Corona de Aragón y de Castilla. Y nadie quería pensar en lo que podría ocurrir si el príncipe Juan muriese antes de casarse y sin descendencia. El rey Fernando acalló esos irónicos comentarios de los mentideros con frases repletas de diplomacia. Y es que cuando una corona ya tenía un heredero no había nada mejor que dar infantas a otros reinos. Esa era la gran idea del monarca. Pero en sus corazones, tanto Isabel como Fernando, temían la desaparición de su hijo y la ruptura de la línea hereditaria dinástica. Quien más preocupado estaba era Fernando, pues las mujeres no estaban destinadas a sentarse en el trono de Aragón. Y los Reyes Católicos tenían tres hijas llamadas Isabel, Juana y María, a las que venía a unirse la nueva infantina.


Palacio Arzobispal de Alcalá de Henares


El nacimiento de Catalina fue un acontecimiento feliz, aunque poco destacado. Los cronistas informaron diligentemente sobre los hechos, pero mostraron escasa excitación. A fin de cuentas era el quinto descendiente y por añadidura niña. Las celebraciones coincidieron con las festividades navideñas. Ese jueves, día del parto, el rey Fernando ordenó hacer justas y fiestas en las calles de Alcalá como muestra de felicidad por el nuevo nacimiento. El cardenal de España dio un gran convite en honor de los Reyes Católicos y de su última hija recién nacida. A ese festín asistieron caballeros, doncellas y grandes señores de la corte.

La pequeña infantina fue bautizada en el templo de la Magistral de esta ciudad por el cardenal Pedro González de Mendoza. Catalina fue llevada a bautizar envuelta en una magnífica mantilla de brocado blanco forrada de terciopelo verde que costó 52.640 maravedís.


Fernando de Aragón e Isabel de Castilla


PLANES MATRIMONIALES


Cuando la infanta apenas tenia tres años, sus padres acordaron con Enrique VII de Inglaterra el compromiso matrimonial entre Catalina y el príncipe Arturo de Gales. El interés mutuo de esta alianza anglo-española era aislar a Francia, la enemiga común, que mantenía pretensiones sobre algunos territorios de la corona de Aragón. Para Enrique VII este enlace suponía aliarse con una de las mayores potencias de su tiempo, el ingreso de una rica dote en sus arcas y poner el sello de reconocimiento público a la dinastía Tudor, recién instalada en el trono de Inglaterra y que era vista por las casas reales europeas como una intrusa. Catalina de Aragón aportaba sangre legítima de la dinastía Plantagenet a través de dos princesas inglesas: Felipa y Catalina de Lancaster, reinas consortes de Portugal y Castilla y nietas de Eduardo III de Inglaterra.
 
 
Castillo de la Mota, Medina del Campo

 

EL TRATADO DE MEDINA DEL CAMPO

El acuerdo prematrimonial tuvo su firma en el llamado Tratado de Medina del Campo del 26 de marzo de 1489 que se debía ratificar en 1497. Se enviaron  dos embajadores ingleses, Thomas Savage y Richard Nanfan, a tierras de Castilla para rubricar el tratado. En los días que duraron las negociaciones, los embajadores fueron entretenidos con banquetes, justas, corridas de toros y bailes. Los reyes los recibieron engalanados con sus más ricos trajes, doña Isabel había elegido sus mejores joyas para la ocasión. Catalina se perdió las justas y los banquetes, aunque sus hermanos mayores Isabel y Juan habían bailado con sus profesores portugueses para los embajadores.

En la primera reunión de los enviados ingleses con la futura princesa de Gales, los reyes, junto con los tres hijos mayores, los llevaron a una galería en la que colgaban magníficos tapices. Allí encontraron a  la pequeña Catalina y su hermana María, que entonces tenía seis años, ambas vestidas tan esplendorosamente como su madre. Iban acompañadas de su joven corte de catorce doncellas (que tenían catorce años o menos), todas ellas vestidas con ropas de oro y todas ellas hijas de la nobleza. Catalina, de tres años, todavía era demasiado joven para bailar ante sus visitantes, pero la pequeña María salió juguetonamente a la palestra con una dama de su edad y tamaño y la invitó a bailar.



Castillo de la Mota, Medina del Campo


Al día siguiente, los embajadores volvieron a ver a Catalina, esta vez en un ambiente menos formal, en una corrida de toros. Aquel día, la corrida se combinó con falsas escaramuzas y carreras con perros. Isabel se llevó a Catalina para que lo viera y se comportó como una madre afectuosa y atenta. Un testigo recordaría: "Fue hermoso ver a la reina sosteniendo a su hija pequeña".

Dos días después, tras una dura sesión final de negociaciones, se firmó el Tratado de Medina del Campo. Inglaterra y España cerraron su alianza. Los embajadores ingleses se despidieron de los monarcas y de la pequeña Catalina aquel mismo día, aunque fue la familia real la que primero abandonó Medina del Campo. Partieron, una vez más, para recorrer sus reinos. Los ingleses se fueron cargados de regalos.

 
LA DOTE

Varias ceremonias nupciales que unieron a Arturo con Catalina tuvieron lugar en Inglaterra, el embajador De Puebla representó a la infanta en estos compromisos y a Catalina se la llamó oficialmente princesa de Gales. La dote se fijaba en 200.000 escudos de cuatro chelines y dos pequines cada uno, abonable en tres plazos: 100.000 a pagar el día de la boda, 50.000 más a los seis meses y las restantes 50.000 al cabo de un año, 15.000 escudos de oro, 15.000 en vajilla y metales preciosos y 20.000 más en joyas.



INFANCIA Y ADOLESCENCIA


Catalina creció en una corte itinerante que se desplazaba de un sitio a otro siguiendo a los reyes. Las dieciséis navidades que pasó en España las celebró en trece ciudades distintas. Los palacios, los monasterios, las casas de los nobles o los campamentos del ejército formaban parte de la experiencia nómada. Catalina empezó a montar o al menos a balancearse sobre su mula a los seis años de edad. En aquel momento se encargó para ella una silla acolchada, remachada con clavos de oro y cubierta de cojines y sábanas de seda. La silla llevaba unos palos cruzados, en principio para poder subirla y bajarla o para que los portadores pudieran guiarla.

Esos viajes no siempre eran fáciles. Hubo momentos peligrosos cuando avanzaban por pasajes montañosos o vadeaban rápidos cauces. La mula que cabalgaba su hermana Juana, tropezó y fue arrastrada por la corriente cuando la familia cruzaba el río Tajo a su paso por Aranjuez en 1494. Juana se aferró valientemente a la silla y fue rescatada por un mozo de cuadra. En un campamento situado justo a las afueras de Granada, Catalina y toda la familia tuvo que huir después de que una doncella tropezara con una vela y el fuego arrasara sus tiendas.




Con tanta gente viajando con la corte, podía resultar difícil encontrar provisiones. Incluso la logística más básica podía salir mal en un país en el que la tierra no siempre era productiva y el agua podía escasear. Un esclavo de piel morena y dos mozos murieron de sed en un viaje cuando Catalina, que a la sazón tenía ocho años, se dirigía a Arévalo a visitar a su abuela materna.

Cuando tenía seis años, sus padres conquistaron la opulenta Granada, la ciudad de las doscientas mezquitas, el último reducto musulmán de la península. Un navegante llamado Cristóbal Colón emprendió un viaje de descubrimiento en 1492, y un año después, Catalina, que tenía siete años, probablemente presenció la triunfal procesión de exotismo proveniente del Nuevo Mundo en la ciudad de Barcelona. A finales de ese año 1492, el rey Fernando sufrió un intento de asesinato en la ciudad condal, por un payés perturbado, que pudo costarle la vida. En 1499, el palacio de la Alhambra de Granada se convirtió en el definitivo hogar de la joven princesa. En estos años de la vida de Catalina tuvo lugar la expulsión de los judíos y la implantación de la Inquisición.




Un pequeño episodio de infancia indica que Fernando profesaba cierta estima a su hija menor. En una ocasión, el rey trató de convencer a las Cortes aragonesas de que permitiera a Catalina sustituirlo en una de sus infrecuentes reuniones en la ciudad de Calatayud. La reunión nunca llegó a producirse, en parte porque, a los nobles, la idea de que la niña Catalina los presidiera se les antojaba muy extraña, aunque no fue la única ocasión en que Fernando le pediría que fuese embajadora.

La reina Isabel se ocupó personalmente de la educación de sus hijos escogiendo con cuidado a sus instructores, entre los que se encontraban religiosos, humanistas y mujeres eruditas. Catalina estudió materias como religión, historia, derecho civil y canónico, heráldica y genealogía, gramática, literatura, filosofía, matemáticas, idiomas -francés, flamenco, latín, griego y catalán-, música, danza y dibujo. Se entrenó en equitación, cetrería y en el deporte de la caza. Además de la costura y el bordado, Isabel también les pasó a sus hijas otras tradiciones femeninas como tejer, hilar y cocinar, además de transmitirles la afición por los animales domésticos y de compañía, y un cuidado especial por árboles y plantas.
 

Fuentes:
ULARGUI, LUIS. Catalina de Aragón. 2004 Random House Mondadori S.A
MATTINGLY,
GARRET. Catalina de Aragon . 1998 Ediciones Palabra, S.A.
FRASER, ANTONIA. Las seis esposas de Enrique VIII. 1998 Ediciones B Argentina, S.A.MÁRQUEZ DE LA PLATA, VICENTA. El trágico destino de los hijos de los Reyes Católicos. 2008 Santillana Ediciones Generales, S.L.
TREMLETT, GILES. Catalina de Aragón, Reina de Inglaterra. Editorial Crítica , S.L. 2012

CRISTINA DE DINAMARCA, Duquesa de Milán y de Lorena (II y última)

Por François Clouet


 
DUQUESA DE LORENA

Cristina pasó un tiempo más en la corte de su tía María de Hungría, hasta que el 10 de julio de 1541, en la ciudad de Bruselas, se unió en matrimonio con el heredero del ducado de Lorena, Francisco, un joven de veinticuatro años. Esta vez, el matrimonio sí fue exitoso, al menos en lo principal, que era el tener descendencia. La pareja tuvo tres hijos llamados Carlos, Renata y Dorotea. Unas semanas después del nacimiento de su hija menor, el 12 de junio de 1545, fallece su esposo en Remiremont víctima de un trágico accidente de caza, cuando hacía apenas un año que había sucedido a su padre como duque de Lorena.
 
Como su único hijo varón y heredero, Carlos III, solo tenía dos años y medio, había que prever por lo tanto una minoría de edad prolongada y una regencia. Francisco I, antes de morir, había recomendado que el poder se dividiera entre su hermano Nicolás, obispo de Metz y de Verdún, y su esposa Cristina, que entonces tenía veinticuatro años. Los dos regentes parecieron conformes con esta colaboración. Pero no en vano la hermosa Cristina había pasado por la escuela de María de Hungría, con quien seguía en contacto. Era de una inteligencia política muy superior a la de su cuñado y muy pronto relegó a éste a un papel accesorio asumiendo ella la dirección política de los asuntos.


Nancy, Francia



REGENCIA

Evidentemente, Cristina, sobrina de Carlos V, apoyaba las empresas del emperador, y su política no era del agrado del rey de Francia. Los dos monarcas franceses que se sucedieron durante su regencia, Francisco I y Enrique II, vieron amenazados sus dominios desde el mismo interior, pues el ducado de Lorena pertenecía al reino de Francia, aunque como feudo independiente. Por ello, temieron que el emperador Carlos V tuviera alguna injerencia en los asuntos franceses, pretextándose en la protección de los intereses de su sobrina, la duquesa regente.
 
Cristina y Nicolás, conscientes de la situación geográfica muy expuesta de Lorena y de su capital Nancy entre Francia y el imperio, casi siempre en conflicto, colaboraron a fin de dotar a Lorena de medios militares modernos y fortificaciones poderosas. Crearon un nuevo arsenal capaz de producir armas de todas clases: cañones de gran calibre, cañones ligeros y pólvora. Luego, hicieron instalar un sistema de esclusas que permitía inundar rápidamente los fosos que rodeaban el recinto. Y finalmente, con la ayuda de ingenieros italianos, cuyas innovaciones había descubierto Cristina en Milán, construyeron delante del recinto tres bastiones de diseño moderno, los de Dinamarca, Vaudémont y de las Damas.


Nancy, Francia


Adelantándose a la revolución urbanística de las décadas siguientes, Cristina aprovechó estas obras para organizar un espacio a la medida de la nueva capital, donde la vida de la corte había adquirido un gran auge: entre el muro oriental y el bastión de Vaudémont se instaló la Carrière, una gran plaza rectangular muy adecuada para las fiestas caballerescas, las procesiones y los torneos.
 
Durante siete años (1545-1552), la joven duquesa ejerció la regencia con mucho éxito y sin menoscabo para Nicolás. Pero la conquista de los obispados loreneses por Enrique II y el fracaso de Carlos V ante Metz, provocaron su caída: el rey de Francia, que se llevó al pequeño duque Carlos a su corte para casarlo con su hija Claudia de Valois, exigió su renuncia. Cristina tiene que huir, refugiándose al lado de su tío el emperador.
 

Felipe y María Tudor
 
 
 
VIAJE A LA CORTE INGLESA

En 1557 la reina María I de Inglaterra seguía sin tener descendencia, pese a la buena voluntad de su esposo Felipe de España, de manera que el advenimiento futuro de su hermana Isabel al trono de Inglaterra se convirtió en una probabilidad. Felipe deseaba casar a su cuñada con su aliado el duque Manuel Filiberto de Saboya. Pero Isabel no quiere casarse y así se mantiene irreductible. Felipe, buscando una ayuda que en este caso no encuentra en su esposa, reacia a obligar a su hermana Isabel contra su voluntad, invita a su bella prima Cristina de Dinamarca, muy inteligente y habilísima negociadora, junto a su no menos dotada hermana Margarita de Parma, a que visiten la corte inglesa y convenzan a Isabel.
 
Durante cerca de un mes trabajaron en esta negociación. Aunque deseaba complacer a su esposo, la reina María no cede en este punto y mira a Cristina de Dinamarca con la suspicacia propia de una esposa envejecida y poco comparable con ella. A Isabel le dirá que si no quiere casarse con Saboya se encierre en Hatfield, y así sucede, lo que hará inútil la visita. Según la historiadora Agnes Strickland, la presencia de Cristina de Dinamarca en Inglaterra, de la que se decía que era amante de Felipe, desató los celos de la reina María, que llegó a romper el retrato que su esposo le había mandado desde el frente.
 
Para la soberana inglesa procurar con tanto apremio el matrimonio de Isabel equivalía no sólo a dar ya por irreparable su infecundidad, sino también a descontar para no largo plazo su muerte sin sucesión. De no ser así, no sería tan vehemente el afán del rey para enlazar el destino de su cuñada con el de un príncipe católico. Felipe hace que su confesor acose a la reina María de tal manera que ésta llega a dar su consentimiento de casar a Isabel con el duque de Saboya y declararla sucesora, pero lo revoca a los dos días bajo la supuesta influencia del cardenal Reginald Pole.
 
 


LA PAZ DE CATEAU-CAMBRÉSIS

En 1558 tuvieron lugar las primeras negociaciones de paz entre Francia y España, entabladas en la abadía de Cercamps. En ellas tuvo un notable protagonismo Cristina de Dinamarca. La duquesa, a raíz de la batalla de Gravelinas, y con el pretexto de visitar a su hijo Carlos III de Lorena –prisionero de Francia-, consiguió un salvoconducto francés. Y ya en aquella entrevista, celebrada en Peronne, en el mes de marzo, estuvo asistida por el cardenal de Lorena y por Granvela. Iniciadas las conversaciones, se habló de casar a la princesa Isabel de Valois, hija de Enrique II, con el príncipe don Carlos, hijo del príncipe Felipe, propuesta que fue bien vista por ambos monarcas. Los contactos, llevados a cabo por la duquesa de Lorena, estaban a punto de dar sus frutos cuando, en el breve plazo de dos meses, murieron el emperador Carlos V y la reina María I de Inglaterra.
 
Estos acontecimientos alteraron el curso de las negociaciones de paz con Francia. Felipe II, viudo de María Tudor, intentó sin éxito solicitar la mano de la nueva soberana inglesa, su cuñada Isabel. Ante la excesiva juventud de Isabel de Valois y el príncipe Carlos, y la conveniencia de una rápida reconciliación de los dos reinos, Felipe optará por tomarla él mismo por esposa, pasando de suegro a convertirse en novio de la princesita francesa. Parece que Granvela, Ruy Gómez y Montmorency, auspiciados por la duquesa de Lorena, propusieron el cambio a última hora, con la aquiescencia del rey.
 
En enero de 1559 fue Cristina de Dinamarca la que propuso, y consiguió, que las negociaciones formales iniciadas en la abadía de Cercamps se trasladasen a Cateau-Cambrésis, donde se firmó la paz en el mes de abril de ese mismo año. En julio, Enrique II sufre un grave accidente en un torneo, celebrado con motivo de la boda de su hija con Felipe II, que le lleva a la tumba. Cristina puede volver entonces a reencontrarse con sus hijos.

 
Cristina de Dinamarca
 
 
 
LOS ÚLTIMOS AÑOS


Cristina había demostrado un gran talento político. Y ello explica que Felipe II pensase en confiarle la sucesión de María de Hungría como gobernadora de los Países Bajos. Pero finalmente se decidió por su hermana Margarita de Parma, ya que la duquesa de Lorena era hija de Cristian II, el rey de Dinamarca desposeído de su reino, y podía estar tentada de hacer valer sus derechos a la corona danesa, lo cual sería una fuente de complicaciones que valía más evitar.
 
En el mes de septiembre de 1580 fallece, en Heiligenberg, su hermana Dorotea, viuda del elector Federico II del Palatinado desde 1556. Tenía cincuenta y nueve años de edad. Ya en su madurez, Cristina ve como el matrimonio de su hijo Carlos III y Claudia de Francia era fecundo en hijos, llegaron a tener nueve. Su hija Renata, a la que intentara casar infructuosamente con los reyes de Dinamarca y Suecia en pos de recuperar algunos de los tronos que fueron de su padre, también fue prolífica en su matrimonio con el duque Guillermo V de Baviera, tuvieron en total diez hijos. Su segunda hija, Dorotea, no tuvo descendencia.
 
Cristina en su vejez decide retirarse de la vida pública. Fallece en la ciudad italiana de Tortona, el 10 de diciembre de 1590, a los sesenta y nueve años de edad, siendo sepultada en el convento de Cordeliers de Nancy, al lado de su esposo Francisco.
 
Fuentes:
http://es.wikipedia.org/wiki/Cristina_de_Dinamarca
BENNASSAR, BARTOLOMÉ. Reinas y princesas del Renacimiento a la Ilustración. Ediciones Paidós Ibérica, S.A., 2007
CALDERÓN, EMILIO. Amores y desamores de Felipe II . 1991 Editorial Cirene
VILLACORTA, ANTONIO. Las cuatro esposas de Felipe II. 2011 Ediciones Rialp, S.A.
FERNÁNDEZ ALVÁREZ, MANUEL. Felipe II y su tiempo. 2006 Editorial Espasa Calpe S.A.
PÉREZ MARTÍN, MARÍA JESÚS. María Tudor, La gran reina desconocida. Ediciones Rialp S.A. 2008

domingo, 12 de mayo de 2013

CRISTINA DE DINAMARCA, Duquesa de Milán y de Lorena (I)


 
EL EXILIO

Cristina de Dinamarca vino al mundo en la ciudad danesa de Nyborg, un día de noviembre del año 1521. Era hija del rey Cristián II de Dinamarca, Noruega y Suecia, y de Isabel de Austria, hermana del emperador Carlos V. En 1523, hartos de su crueldad, los daneses y noruegos deponen al rey Cristian II y entronizan a su tío Federico. Entretanto, los suecos también deciden separarse y proclaman rey a Gustavo Vasa. Con ello, la Unión de Kalmar dejaba de existir.
 
El rey y su familia deben huir y ponerse al amparo del emperador Carlos V. Cristina -de sólo dos años-, su hermana Dorotea -de tres años-, su  hermano Juan -de cinco años-, y sus padres, se refugian en la corte de Malinas al amparo de la tía de su madre, Margarita de Austria, gobernadora de los Países Bajos. Tres años más tarde, fallece su madre Isabel en la ciudad de Zwijnaarde, cerca de Gante, a los veinticuatro años de edad.
 

 
Isabel de Austria
 


Cristian II de Dinamarca


El depuesto rey Cristian decide regresar a Dinamarca para recuperar lo perdido, dejando a sus hijos al cargo de su cuñado el emperador. La princesa Cristina no volvería a ver a su padre. Derrotado por Federico I, Cristian es encarcelado en el castillo de Sonderborg y finalmente, tras renunciar solemnemente a la corona de Dinamarca para él y sus descendientes, se le confiere en el feudo de Kalundborg, pero bajo arresto domiciliario, donde murió en el mes de enero de 1559, a los setenta y siete años de edad.
 
Tras la muerte de Margarita de Austria en 1530, le sucede en el cargo de gobernadora de los Países Bajos su sobrina María de Austria, reina viuda de Hungría, hermana de la difunta Isabel y por tanto, tía carnal de Cristina y sus hermanos, la cual continuaría velando por sus sobrinos huérfanos. Dos años después, muere en Ratisbona su hermano Juan, a los catorce años de edad, luego de intentar infructuosamente recuperar el trono danés.


Dorotea, Juan y Cristina de Dinamarca por Jan Gossaert


Con una esmerada educación, bella e inteligente, pronto Cristina se convertiría en una pieza importante en la política de la época. Además, tanto ella como su hermana Dorotea, luego de la muerte de su hermano, nunca reconocieron la renuncia de su padre y reafirmaron sus legítimas pretensiones al trono de Dinamarca, sobre todo Cristina, que fue la única de sus hermanos que dejó descendencia.
 
 
DUQUESA DE MILÁN
 
Tras la coronación de Carlos V como emperador, éste vio que necesitaba colocar bajo su mando a príncipes italianos dóciles y serviles, y de esta forma contrarrestar el poderío de Francisco I de Francia, con amplios intereses en el ducado de Milán y el reino de Nápoles. Así, decide reponer a la familia Sforza en el ducado de Milán y unirlos con su familia por matrimonio. Por ello, decide casar al duque Francisco II Sforza, de treinta y nueve años, con su joven sobrina Cristina, de trece.
 
En la primavera de 1534 se celebra la boda en Milán, y al año siguiente, el duque muere sin dejar descendencia, al menos legítima, a los Sforza. Cristina, viuda con quince años, regresa a la corte de su tía María de Hungría en los Países Bajos. Poco después, su hermana Dorotea se casaba en Heiligenberg con Federico II, elector palatino. Su atractivo y encanto la hicieron motivo de varios intentos matrimoniales, pero sin éxito.
 
 
Enrique VIII de Inglaterra  por Hans Holbein
 
 
 
EN BUSCA DE UNA ESPOSA PARA ENRIQUE VIII


Alrededor de Enrique VIII se organizó a finales de la década 1530 un verdadero ballet matrimonial muy elaborado sobre fondo de intrigas diplomáticas. La muerte de la reina Jane Seymour en el mes de octubre de 1537, sobreviviendo doce días tan sólo al nacimiento de Eduardo, relanzó a los embajadores ingleses en Francia y en los Países Bajos tras la pista de posibles princesas casaderas. María de Guisa, luego una u otra de sus hermanas, Luisa o Renée, fueron durante un tiempo plausibles reinas de Inglaterra. Luego le tocó el turno a la sobrina de Carlos V, Cristina de Dinamarca.

Ya viuda a los dieciséis años del duque de Milán, Cristina había entusiasmado al embajador de Inglaterra en los Países Bajos. John Hutton recomendaba en particular a la duquesa de Milán: “una belleza excelente”, alta para su edad, con “una buena presencia física”. Era la sobrina nieta de Catalina de Aragón, pero las dificultades tales como las afinidades eran lo último en que pensó Enrique VIII cuando oyó hablar de la deliciosa Cristina.

Con su vivacidad, alegría, ingenio, inteligencia, gracia real, bonito rostro, voz suave, expresión muy dulce, tez un tanto cetrina "no es tan blanca como la difunta reina", y sus hoyuelos, dos en las mejillas y uno en el mentón “que le sientan magníficamente bien”, se decía que la duquesa de Milán se parecía a Madge Shelton, quien había sido amante del rey y prima de Ana Bolena. Crecía la excitación del rey. ¿Sería posible obtener un retrato de ella? Y deseaba saber más sobre la actual cosecha de princesas de Francia.
 
 
 Autorretrato de Hans Holbein el Joven


La primera tarea del pintor del rey, Hans Holbein, no fue pintar a una princesa francesa sino a la joven duquesa de Milán. Ella poseía muchas ventajas, dejando de lado su muy importante posición como sobrina de Carlos V. Estaba la cuestión de su dote, lo que ella derivaría del ducado de Milán; mientras con su hermana, tenía otros derechos posibles respecto del reino danés de su padre. Pero lo que el rey en realidad anhelaba era la oportunidad de una inspección personal en Calais. Pero la corte imperial no estaba más dispuesta a ignorar las convenciones al respecto de cuanto lo había estado la francesa.
 
De modo que el rey de Inglaterra debió de confiar en el retrato. La corte imperial despachó su propio cuadro. Pero por tradición, el país que averiguaba siempre prefería poner su confianza en su propio artista, que no tenía motivos para errar en el sentido del halago. De modo que, antes de que se hubiera recibido el primer retrato, ya Holbein había partido a Bruselas con el enviado especial del rey, sir Philip Hoby.
 
 
 
Cristina de Dinamarca por Hans Holbein



El 12 de marzo de 1538, la duquesa Cristina posó para el pintor por un espacio de sólo tres horas con su oscuro traje de viuda, desde la una a las cuatro de la tarde, y el embajador inglés quedó entusiasmado con los resultados. Comparada con la obra de Holbein, la obra del artista de la corte imperial era “chapucera”, y el embajador inglés envió a un servidor a interceptarla antes de que llegara a Londres. Holbein estuvo de regreso en la capital del Támesis, con su propio dibujo, el 18 de marzo.

Enrique VIII quedó extasiado. El cuadro de Holbein le agradó singularmente, confirmando la entusiasta descripción de Cristina, con sonrisas y hoyuelos, que ya había recibido. También se había enterado de los gustos de ella. El rey empezó a comportarse como un pretendiente apasionado, ordenando a sus músicos que tocasen canciones de amor hasta altas horas de la noche y organizando constantemente bailes de máscaras en la corte. Enrique le encargó de inmediato a Holbein un retrato al óleo de cuerpo entero.


Cristina de Dinamarca por Hans Holbein
 
 
 
Y al enterarse de que a Cristina se la consideraba para esposa de Guillermo, joven heredero del duque de Cleves, el monarca inglés le escribió indignado a sir Thomas Wyatt en Bruselas. Después de todo, “tal vez pudiera suceder” que él decidiera honrar a “dicha duquesa con el matrimonio, ya que sus cualidades y conducta se informa que son tales que vale la pena adelantarse”.
 
Pero se prolongaron enloquecedoramente las negociaciones para la unión del rey con la bella duquesa de Milán. El rey, su consejo y sus diversos enviados, comenzaron a hacer declaraciones tales como “el tiempo perdido no puede recuperarse”, lo que equivalía al obvio hecho de que el pretendiente real no estaba rejuveneciendo. Todo parece indicar que Carlos V no había pensado de verdad que se realizara ese matrimonio. Y que su joven sobrina no anhelaba convertirse en la nueva consorte de Enrique VIII. Como esposo, el rey de Inglaterra no gozaba de una reputación totalmente respetable en Europa en esa época. Y eran habituales las bromas sobre la carrera marital del monarca, mientras él buscaba a su cuarta esposa.



Parece probable que la verdadera intención de Carlos V fuera entorpecer las negociaciones francesas, que estaban procediendo, antes que casar a su sobrina y favorecer así formalmente a Inglaterra. El pintor Hans Holbein el Joven, asistido por el enviado especial del rey, Philip Hoby, estuvo muy ocupado en 1538 realizando retratos de las candidatas a la mano de su rey. Después de viajar a Bruselas para plasmar en su lienzo la belleza de la duquesa de Milán, realizó viajes a Francia para pintar a Margarita de Valois, hija de Francisco I, a María de Vendôme, a las hermanas Renée y Luisa de Guisa, y a Ana de Lorena.

La muerte había sorprendido al embajador inglés Hutton y Enrique VIII se vio obligado a enviar a su secretario Thomas Wriothesley para que iniciara el cortejo de la duquesa de Milán. Es muy probable que a los primeros avances del enviado del rey, respondiera Cristina que “si tuviera dos cabezas pondría una a disposición de Su Gracia”, o bien con fina intención, “mi Consejo sospecha que mi tía abuela murió envenenada, que la segunda mujer del rey fue ejecutada siendo inocente y que la tercera murió falta de cuidado después del parto.”



El enviado inglés se limitó a replicar que si ella estaba decidida a no otorgar su corazón a Enrique, se retiraría para no perder más tiempo.

-¿Cuál es vuestra verdadera inclinación?- le preguntó, sonriendo.

Cristina se ruborizó

- ¿Qué debo decir?- respondió-. De sobra sabéis que estoy dispuesta a hacer lo que me ordene Su Majestad el Emperador.

- Cierto, señora -insistió el enviado-; pero este asunto es de tal naturaleza que, por fuerza, debe existir una coincidencia entre las órdenes de Su Majestad y vuestro propio afán, si no queréis exponeros a un arrepentimiento tardío. Vuestra contestación es digna de vuestra modestia; pero si fuera un poco más clara yo estaría más satisfecho.




Al oírle, Cristina sonrió de nuevo y replicó:

- Sabéis que soy la humilde servidora del Emperador y que tengo que hacer lo que sea de su agrado.

- En este caso -exclamó el embajador- puedo considerarme como uno de los ingleses a quienes habrá cabido el honor de haber conocido antes que nadie a su nueva dueña, pues el Emperador desea esta boda. ¡Y cuán feliz seréis, señora, si casáis con mi señor, el más galante y cumplido caballero de cuantos conozco, y de carácter tan amable que es difícil que haya un solo hombre que le haya oído jamás una palabra desentonada! Al punto, que si no fuera Rey, diríais que era digno de serlo, por reunir en su persona cuantas virtudes y cualidades debe tener un príncipe.

Cristina sonrió, y de no ser por una cuestión de dignidad, habría podido soltar una carcajada. Carlos V opuso tantas dificultades a las condiciones estipuladas para acceder a la boda del rey inglés con su sobrina, que el casamiento no se celebró. Merced a ello, Cristina pudo cumplir una misión bastante útil en Lorena. En 1539, Enrique VIII se desesperaba porque ninguna de las princesas del catálogo había respondido a sus deseos. Fue entonces cuando decidió casarse con Ana de Clèves.


Fuentes:
http://es.wikipedia.org/wiki/Cristina_de_Dinamarca
BENNASSAR, BARTOLOMÉ. Reinas y princesas del Renacimiento a la Ilustración. Ediciones Paidós Ibérica, S.A., 2007
FRASER, ANTONIA. Las seis esposas de Enrique VIII. 1998 Ediciones B Argentina, S.A.
HACKETT, FRANCIS.Enrique VIII y sus seis mujeres. 2006 Editorial Juventud, S.A.
Algunas imágenes pertenecen a la tercera temporada de la serie "The Tudors"
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...