
AGEN SE SUBLEVA
Puesto que los habitantes de Agen reciben un fuerte apoyo del rey, la insurrección se fija para el 2 de octubre de 1585. Los notables intentan apoderarse de la puerta del Pin, que el rey de Navarra ya había transformado en una auténtica fortaleza. Las tropas de la reina llevan a cabo un contraataque. Están a punto de recuperar la obra fortificada, pero, siguiendo el ejemplo de los notables, el pueblo se subleva a su vez. Todos corren hacia el convento de los jacobinos, donde están almacenadas las armas, así como una copiosa reserva de pólvora. Un soldado del rey de Navarra, infiltrado entre los del pueblo, logra penetrar en el polvorín y le prende fuego. Se produce una tremenda explosión que hace saltar por los aires la mayor parte del convento y afecta al noviciado, provocando la muerte de algunos novicios, dos padres, una sesentena de burgueses y del propio incendiario.
Ahora, la batalla es muy violenta y los defensores de la reina de Navarra enseguida se ven desbordados. Empieza la matanza. Los habitantes de Agen luchan con tanto más ardor cuanto que se les anuncia la próxima llegada de las tropas del mariscal de Matignon. Margot no cesa de dar órdenes, se aturulla y es presa de una indecisión inhabitual en ella. Los asaltantes prácticamente cercan su morada y se habla de arrojar a la condesa por encima de las murallas. Era preciso huir.

Margot llama a Jean de Lart de Galard, señor de Aubiac y hermano de una de sus dueñas de honor, un joven apuesto y audaz, según afirma el embajador toscano. Otros aseguran que era un pelirrojo de nariz roja y el rostro cubierto de pecas. Sin duda Margot no ignora que el escudero Aubiac está enamorado de ella y que un día declaró: “ Quisiera pasar una noche con ella, aun a riesgo de ser colgado después”. La reina le pide que consiga un caballo y la lleve a la grupa. Ebrio de alegría, el joven obedece y, unos minutos más tarde, ambos galopan hacia Carlat, situado a unas cuarenta leguas.
Las dueñas de honor de la reina han tenido que partir a toda prisa, sin máscara y a medio vestir. La señora de Duras –a quien un escudero también lleva a la grupa-, más ochenta gentilhombres y quinientos caballeros fieles a Margot, han traspasado a su vez la puerta Nueva y siguen a los fugitivos. Tras una larga y dura galopada, la reina duerme esa noche en el castillo de Brassac. Al día siguiente, sin duda toma una montura y abandona la grupa del caballo de Aubiac.
Margot está magullada a consecuencia de la dura e interminable galopada de seis días a través de los salvajes montes de Auvernia. La herida del muslo le produce crueles sufrimientos. La fiebre sube y su cirujano barbero le practica una sangría. Pero lo hace tan mal que Margot ordena que lo azoten por haber demostrado semejante torpeza en el curso de la operación. La reina ha sido recibida por los habitantes del gran burgo de Carlat como soberana. Se instala en el palacio de Bridoré, una vasta fortaleza feudal que sólo tiene de dorado el nombre y que había servido de residencia a los condes de Armagnac. Los muebles e incluso las vidrieras han desaparecido. Una morada que más parece la guarida de un ladrón que la de una reina.
Su lecho de gala, al que ella tanto apego tiene, su ropa de cama, sus vestidos y sus baúles, se han quedado en Agen. Matignon, que ocupa la ciudad, organiza galantemente el traslado y, durante diez días, veintiséis caballos de albarda irán y vendrán para transportar hasta Carlat los enseres de la reina. Pero es preciso pagar el transporte y el dinero escasea más que nunca. Lignerac, comportándose como un auténtico rufián libertino, ha recuperado sus gastos de viaje sisando de la caja. Margot envía entonces sus joyas –oro y perlas- a un banquero florentino, el cual se muestra en las transacciones todavía más estafador que Lignerac.

La escasez de víveres llega a extremos desesperados. La bodega del Bridoré también se encuentra vacía. Así pues, la reina le pide a su marido que le haga llegar quinientas toneladas de vino, sin que éstas sean gravadas con el impuesto habitual. Enrique de Navarra, estupefacto ante la inconsciencia de aquella que todavía combate contra él con las armas en la mano, se niega. Le comunica la noticia a Corisande, diciéndole que ha recibido la visita “ de un hombre que venía de parte de la dama del camello”. Margot había engordado sobre todo de pecho, el cual tal vez aún conservaba bastante firmeza, pero recordaba ligeramente las jorobas de un camello. Expresándose con crudeza, Enrique comenta: “ Sería declararla borracha oficialmente. Se lo he negado. ¡ Qué gárgola insaciable! ”.
Fuente:
CASTELOT, ANDRÉ. La Reina Margot. Ediciones Martínez Roca,S.A. 1994








































