Santa Melania La Mayor, nacida en fecha y lugar desconocidos, pertenecía a una de las familias hispanas más ricas e importantes del Imperio Romano en el siglo IV y como era habitual en las mujeres de su clase, se casó a la edad de trece años con un hombre de alto rango. Tras enviudar a los veinte años y, ante la consternación de su familia, abandonó a su único hijo en manos de un tutor para entregarse a la vida religiosa. Esta mujer enérgica y decidida se embarcó con otras dos damas de la aristocracia hacia Alejandría donde pensaba llevar una vida de ascetismo.
Melania sufrió todo tipo de presiones familiares, nadie entendía que una mujer joven, de buena familia, pudiera renunciar a una cómoda vida de matrona romana y dilapidara su dinero viajando a Oriente.
Hasta el fin de sus días fue una viajera incansable que se dedicó a recorrer el mundo fundando monasterios. Desde Asia a África pasando por Europa participó activamente en todos los conflictos religiosos que encontraba a su paso. Murió en un monasterio, en Jerusalén, en el año 410 después de una vida llena de aventuras, renuncias y sacrificios. Fue una de las religiosas más notables de su tiempo y una destacable mujer en la época que le tocó vivir.
LA VIDA DE UNA SANTA
Se sabe con certeza que el origen de sus ancestros (al menos, el de la rama materna de su familia) se ubicaba en la Península Ibérica, donde quedan restos de innumerables posesiones que testimonian la riqueza que envolvió a Melania desde su nacimiento. Sin embargo, puede que la futura santa hubiera visto la luz en la misma capital del Imperio, ya que su padre era el destacado magistrado Antonio Marcelino, que fue creado cónsul en el año 341. Si por aquel entonces no había nacido todavía Melania, es fácil suponer que viniera al mundo cuando, a raíz de este nombramiento, su familia se encontraba ya instalada en Roma.
Sea como fuere, lo cierto es que la joven Melania creció rodeada de toda suerte de lujos y comodidades, y que recibió durante su infancia una firme educación católica que, por aquellos años, era frecuente impartir en los vástagos de las familias más poderosas. Aprendió, también, a leer y a escribir, y no se le negó el acceso a los textos más representativos de la cultura clásica latina.
Como era, asimismo, costumbre entre las jóvenes romanas de su tiempo, apenas había entrado en la pubertad cuando contrajo nupcias con un ciudadano romano cuyo nombre no ha pasado a la historia, pero del que se sabe que pertenecía también a otra de las familias más destacadas de la jerarquía social, ya que era hijo de Valerio Máximo, quien fuera prefecto de Roma entre los años 361 y 363.
Antes de que transcurrieran diez años de vida conyugal quedó viuda la joven Melania, quien perdió también, en el mismo año en que murió su esposo, dos de los hijos nacidos de este enlace. El tercero de ellos recibió el nombre de Publícola y fue el único superviviente entre los vástagos de Melania. Consternada por estas desgracias, la joven romana, que sólo contaba veintidós años de edad cuando quedó viuda, despreció los regalos mundanos que le ofrecía su privilegiado entorno familiar y, tras desprenderse también dolorosamente del cuidado de su hijo Publícola -cuya educación confió a un tutor-, tomó el rumbo de Oriente para consagrarse allí a la piedad y a la meditación ascética.
Arribó, así, en una primera etapa de su peregrinación religiosa, a la ciudad de Alejandría, donde trabó amistad con Rufino de Aquileya, que había vertido al latín los textos cristianos escritos en lengua griega. Firmemente decidida a extender la doctrina cristiana por Egipto y Tierra Santa, hizo vender sus bienes para transformar todas sus riquezas en monedas de oro, con las que fue afrontando los gastos de sus numerosos desplazamientos, para desesperación de unos familiares que, desde Roma, seguían sin entender este riguroso ascetismo y mucho menos el abandono de un hijo al que la propia Melania aseguraba que dejaba "al cuidado de la divina Providencia".
Pero Melania no paró mientes en las críticas de sus familiares que le llegaban desde Roma y, ya con su patrimonio convertido en piezas de oro, emprendió un sacrificado recorrido en busca de los ascetas del desierto de Nitria, en cuya compañía permaneció por espacio de seis meses, entregada a la meditación y al aprendizaje que recibía de estos santos anacoretas. Ya con fama de mujer piadosa, pronto se vio obligada a tomar partido por una de las dos corrientes en que, a la sazón, se dividía el cristianismo: la de los católicos o la de los arrianos.
Melania, que procedía de la parte occidental del Imperio, era fiel seguidora del dogma católico, vigorosamente defendido en esta zona por Atanasio; de ahí que encontrara grandes dificultades en Alejandría, ciudad de la que había sido obispo Arrio y en la que había calado hondamente -como en la parte oriental del Imperio- su doctrina. Así las cosas, en el año 373, a raíz de la muerte del obispo Atanasio, Lucio, el patriarca arriano de Alejandría, decretó la expulsión de Egipto de todos los católicos, lo que obligó a Melania a integrarse en el grupo de los monjes y obispos que, desterrados, tomaban el rumbo de Diocesarea, en territorio palestino.
Fui a raíz de esta huida cuando la figura de Melania comenzó a engrandecerse entre el cristianismo occidental, ya que la corajuda religiosa se convirtió en Palestina -donde la situación para los católicos no era mucho más favorable- en una de las principales protectoras de sus hermanos de creencias. Entre los numerosos actos piadosos que realizó, es fama que invirtió parte de su fortuna en alimentar durante tres días a más de cinco mil monjes que permanecían escondidos. Además, pronto se significó como uno los cabecillas católicos más eficaces a la hora de dar refugio a los fugitivos y prestar atenciones a los arrestados, e incluso ella misma llegó a ser detenida por las autoridades arrianas, aunque el gobernador de Palestina se vio forzado a decretar su libertad tan pronto como averiguó la importancia de su linaje.
Tras varios años de vivir en Oriente, en vergonzante y peligrosa clandestinidad, finalmente en el año 377 la situación se normalizó y los católicos egipcios pudieron regresar a su tierra natal. Fue entonces cuando Melania, aliviada de sus penosas labores de auxilio y protección, pudo establecerse en Jerusalén para fundar allí un monasterio en el monte de los Olivos. Para el gobierno de la sección masculina de este cenobio, Melania contó con la colaboración del citado Rufino de Aquileya, cuya inseparable amistad habría de poner a la religiosa hispanorromana en nuevas dificultades.
En efecto, después de haber permanecido en Palestina durante más de cinco lustros, Melania regresó a la Península Itálica con una larga experiencia en la vida religiosa, gran fama de santidad y numerosas reliquias recobradas en los Santos Lugares (entre ellas, un trozo de la madera en que fue crucificado Cristo).
A sus sesenta años de edad, no tuvo inconvenientes a la hora de emprender otro viaje y afrontar nuevas misiones religiosas que habrían de dejar constancia de su infatigable tesón. Entre estos propósitos que la conducían de nuevo a Italia, cabe enumerar su deseo de apoyar a su inseparable Rufino, cuya traducción libre de Orígenes había causado un notable enojo entre algunos padres de la Iglesia, y muy especialmente en San Jerónimo, quien llegó a acusar al de Aquileya de herejía. Comoquiera que Melania tomó partido en favor de Rufino, San Jerónimo mostró también su furor contra la aguerrida religiosa.
Con todo, y a pesar del interés con que Melania defendió las posturas de Rufino, lo que verdaderamente movió a la anciana a regresar a Italia fue el deseo de predicar las virtudes del ascetismo entre sus familiares y conocidos, y amparar de paso la andadura espiritual emprendida por su nieta Melania la Joven, quien, después de haber sido casada con Piniano y de haber visto morir a los dos hijos que había tenido con éste, había decidido seguir el ejemplo de su abuela y consagrarse a una vida religiosa dominada por el ascetismo y la castidad.
Al puerto de Nápoles, donde desembarcó Melania procedente de Tierra Santa, llegó desde Roma una comitiva de amigos y familiares de la religiosa, quien de inmediato rechazó el lujo y la comodidad que exhibían y le ofrecían los que habían venido a recibirla. De camino a Roma, Melania hizo un alto en Nola y luego prosiguió su marcha hasta la ciudad imperial a lomos de un pobre rocín y envuelta en modestas túnicas negras, como las que lucían las monjas que la acompañaban. Su desprecio del boato y esplendor del séquito que había acudido a Nápoles a recibirla, se hizo aún más firme a su entrada en la propia Roma, donde Melania la Mayor rechazó palacios suntuosos para establecerse en un desolado monasterio en el que se entregó al ayuno y la oración.
Se enfrascó, asimismo, en la conversión de sus parientes y amigos, y con la ayuda de Rufino ganó para la causa cristiana a Aproniano, esposo de su sobrina Avita. Además, prestó a su nieta Melania la Joven todo el apoyo que necesitaba para abrazar la vida religiosa, transmitió parte de sus inquietudes espirituales a su nuera Albina e intentó en vano que su hijo Publícola renunciara a los bienes mundanos. Éste -que era católico como su madre, aunque no participaba de sus ideales ascéticos-, sí siguió el consejo de Melania a la hora de retirarse a Sicilia ante el peligro de las invasiones bárbaras, donde murió en el año 404. Aún vivía, entonces, la esforzada viajera, quien a su vez había dejado la Ciudad Eterna para emprender nuevas peregrinaciones por África.
La noticia del fallecimiento de su hijo la forzó a regresar a Roma, donde, antes de partir por última vez para Tierra Santa, animó definitivamente a su nieta a que se despojase de sus extensas propiedades (tenía tierras en Sicilia, Bretaña, Hispania y el norte de África) para emprender una peregrinación por los mismos lugares que había recorrido ella. Fue así como Melania la Joven se ganó la santidad, en un amplio recorrido por África, Egipto y Palestina que le permitió fundar numerosas congregaciones antes de fallecer en Belén, en el año 439. Por aquel entonces, su abuela llevaba cerca de veinte años muerta, ya que había perdido la vida en su monasterio de Jerusalén en el año 410.
Fuentes:
http://mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=melania-la-mayor-santa
MORATÓ,CRISTINA. Viajeras intrépidas y aventureras. 2001, Random House Mondadori, S.A
Las imágenes de la Santa corresponden a Melania La Joven, nieta de Melania La Mayor.




























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