sábado, 14 de julio de 2012

MARÍA CRISTINA DE AUSTRIA, Reina de España ( VII )


MARÍA CRISTINA, REINA REGENTE


El ambiente de palacio, dominado por el luto durante mucho tiempo, está además regido por dos viudas:  María Cristina y la infanta Isabel, que coinciden en su criterio cristiano y conservador de la vida. La regente ha impuesto importantes cambios en el personal palaciego, del cual ha expulsado a los antiguos colaboradores de Alfonso XII, a los que guarda rencor por considerarles cómplices de la mala vida que condujo a su esposo a una muerte prematura. Fuera de su familia, la reina no intima con nadie. Será siempre reservada y cauta, impidiendo la aparición de camarillas y favoritos a su alrededor. Apenas tiene tiempo para la tertulia femenina, por lo que se suspende el nombramiento de nuevas damas de honor, reduciendo el número a las ya existentes desde el reinado de Isabel II.

La corte de la regencia es eminentemente femenina, austera, discreta, de virtuosas costumbres, apegada a la etiqueta y de horarios inflexibles. Muy pronto la reina chocaría con una mujer del talante y la formación rudimentaria de Isabel II, que no encaja en ese nuevo marco creado por su nuera. Hasta que una mañana, antes de que la regente acuda a despachar con el jefe del Gobierno, se harta de las impertinencias de la suegra y se planta en seco:

-Te recuerdo que aquí soy yo la reina, es decir, lo que tú fuiste una vez.

Y esto, que es mucho más de lo que espera oír la “reina castiza”, obtiene de Isabel II la siguiente respuesta:

- Mi nombre en la Historia irá acompañado por un número, mientras que el tuyo no. Tú no eres más que la viuda del rey.

La reacción inmediata de María Cristina: media vuelta y la puerta en las narices. En muchas cosas Isabel II no comprendería nunca a su nuera, ni los métodos educacionales que ejercía con sus hijas:

- Si siguen así mis nietas – comentaría una vez Isabel II- van a crecer tan lejos de todo hombre que a este paso el único que se casará con alguna de ellas será el obispo de Sión. (1)  


Para sorpresa de muchos, la reina regente se descubre como una persona de extraordinaria firmeza y visión de Estado, una gran reina de magnífico temple, que sabe conciliar los extremismos ideológicos y hacerse respetar por la clase política. Su presencia en el gobierno de la nación no será de mero adorno. A pesar de su inexperiencia inicial, la reina regente demuestra que no dejará que nadie la manipule en la toma de decisiones.

La situación pende de un hilo porque todos esperan el nacimiento del bebé que decidirá el futuro del país. Pero mientras fuera de palacio se vive en la incertidumbre, María Cristina prosigue con su rutina cotidiana. Con riguroso método y orden de horarios, todos los jueves celebra Consejo de Ministros, despacha cada día con dos ministros, implantando la norma de que acudieran por parejas, para evitar que ninguno se extralimitara aludiendo a competencias que no fuesen estrictamente las suyas y sirviendo cada ministro de fiscal del otro. Solamente al presidente del Gobierno le recibía a solas. Los sábados no recibía a ningún político, salvo imprevistos de emergencia, y dedicaba esa jornada a despachar con los empleados palatinos. 


Las audiencias que concede a diario tienen lugar entre las once y treinta y la una. Luego almuerza en familia, da un paseo con sus hijas, y a veces con su cuñadas, por la Casa de Campo, el Retiro o la Castellana y, cuando hace buen tiempo, va hasta El Pardo muchas tardes, para contemplar los últimos parajes por los que había paseado la mirada su querido Alfonso. De regreso a palacio, y una vez que hubo finalizado el luto oficial, se entretenía tocando el piano ella misma muchas veces, u oyéndolo interpretar a otras personas, mientras la reina hacía trabajos de punto con destino a asilos y hospicios. Cenaba muy temprano, y generalmente a las nueve de la noche –salvo cuando acudía al teatro de la ópera-, se recluía en sus habitaciones, estudiando hasta bien entrada la noche los asuntos políticos que los ministros hubieran sometido a su detenida consideración, y escribía cartas a sus familiares. Este era su ritmo de vida inalterable durante los dieciséis años de una regencia que no fue nada fácil.

Se acerca el final del embarazo de María Cristina y toda la corte está pendiente, cuando la ciudad de Madrid se ve asolada a principios de mayo de 1886  por un huracán que derriba árboles y levanta tejados, dejando en la calle a centenares de familias, especialmente en los barrios más pobres. A pesar del avanzado estado de gestación de la reina, que ya ha salido de cuentas, Sagasta sugiere la conveniencia de que aparezca en público, junto a los damnificados, en un gesto que busca aumentar su popularidad. Subida en una berlina, la regente recorre las calles devastadas, repartiendo entre el pueblo consuelo y ayudas económicas. Pocos días después, está ya de parto.


NACE ALFONSO XIII

Faltan unos días para que se cumplan los seis meses del fallecimiento de Alfonso XII, cuando el día 17 de mayo los madrileños estallan de júbilo al escuchar cómo las baterías artilleras disparan una salva de 21 cañonazos, lo que indica que la viuda del rey ha dado a luz un varón. María Cristina ha pensado darle a su hijo el nombre de Fernando, pero finalmente cede ante el deseo generalizado de que el niño sea llamado Alfonso en recuerdo de su padre. El misma día del nacimiento, las Cortes se reúnen para proclamar al pequeño como rey de España, que ocupa el trono con el nombre de Alfonso XIII. Se trata de un caso extremadamente raro, el único soberano nacido rey en la historia española. Domina en el ambiente político la grata sensación de haber resuelto por fin la contradictoria situación legal en que se encontraba la Corona.

El 22 de mayo, haciendo una excepción al gran duelo por la muerte de Alfonso XII, tiene lugar el bautismo del pequeño rey, que se celebra con gran alegría. Sus padrinos son el nuncio de Su Santidad, el papa León XIII, y la infanta Isabel, que se tomará siempre muy en serio su papel de madrina; hasta el punto, se cuenta, de permitirle realizar todos sus caprichos y ponerse siempre de su lado, aunque su sobrino estuviera equivocado.

Fuentes:
GONZALEZ-DORIA, FERNANDO. Las Reinas de España. Editorial Bitacora, S.A. 1989
RUBIO, MARÍA JOSÉ. Reinas de España, Siglos XVIII-XXI de María Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz. La Esfera de los Libros S.L. 2009
VIDAL SALES, JOSÉ ANTONIO. Crónica íntima de las reinas de España. 1993 Editorial Planeta S.A 
HABSBURGO, CATALINA DE. Las Austrias. Matrimonio y razón de Estado en la monarquía española. La Esfera de los Libros, S.L. 2006
(1) Isabel II se refería al capellán de la corte, que tutelaba la educación de las infantas.





viernes, 13 de julio de 2012

MARÍA CRISTINA DE AUSTRIA, Reina de España ( VI )


LOS ÚLTIMOS DÍAS DE ALFONSO XII

En el verano de 1885 se declaró en el sur de la península una epidemia de cólera que fue extendiéndose hasta llegar casi a las mismas puertas de Madrid, concretamente uno de los principales focos de la infección quedó localizado en Aranjuez. Y hasta allí decide el rey acercarse para visitar a los enfermos amontonados en dicha localidad, contraviniendo la expresa prohibición de su Gobierno. Cánovas pone el grito en el cielo y acude a la reina para que le haga renunciar a lo que él considera un desafío. María Cristina lo intenta, pero el rey le contesta: “ Yo no haré como mi madre en igual ocasión, que huyó de Madrid abandonando el pueblo a su suerte ”. Y, sin que nadie pueda detenerlo, toma el primer tren en la estación de Atocha. Le acompaña el ministro Francisco Silvela, testigo en este viaje de la fatiga del rey y de sus frecuentes ataques de tos y vómitos de sangre, que Alfonso intenta disimular inútilmente. Utilizaba pañuelos rojos para disimular los esputos de sangre cuando tosía.

Una vez en Aranjuez, el monarca visita uno por uno los hospitales improvisados deteniéndose a charlar con los enfermos sin temor alguno de contagio. Y ordena que el palacio del Real Sitio se habilite urgentemente como hospital. Su regreso a Madrid es apoteósico. El pueblo, que se ha enterado del gesto real, lo aclama hasta el delirio como un héroe. En la estación de Atocha estaban aguardándole la reina y todo el Gobierno. Los soberanos se abrazan y María Cristina le dice con lágrimas en los ojos: “ Alfonso, hoy te quiero como siempre, pero te admiro más que nunca ”. 

 
Al llegar el verano, la familia real vuelve a instalarse en La Granja, esta vez acompañando y cuidando a Alfonso, extremadamente cansado, consciente de la gravedad de su mal. Curiosamente, en medio de este abatimiento, María Cristina encuentra mayor afecto y atención de su esposo hacia ella. Advertida de la situación, Isabel II ha regresado a España para instalarse junto a sus hijos por un tiempo indefinido. El rey, sin embargo, rehuye los sentimientos de compasión a su alrededor y con frecuencia viaja a Madrid llamado por su sentido del deber.  A mediados de agosto ha estallado un grave conflicto internacional con Alemania, cuyo ejército ha invadido las islas Carolinas, de soberanía española, y el monarca quiere estar presente en la toma de decisiones gubernamentales para evitar la guerra y proponer soluciones por la vía diplomática. Sus esfuerzos tendrán compensación política, pues el asunto se resuelve gracias a su intervención directa, pero también nefastas consecuencias para su físico.

María Cristina, consciente de que la relación continuada con Adela Borghi contribuye a agravar la enfermedad de Alfonso, le ha pedido a Cánovas que vuelva a sacar a la cantante de España, pero éste no se atreve a entrometerse en la intimidad del rey por segunda vez. Se cuenta que la reina le ha dicho a su esposo: “ Te estás matando, Alfonso, y esa Adela Borghi es la peor enemiga de tu alma y de tu cuerpo ”. El monarca, sin mediar palabra, ha salido turbado de la habitación, pero para encaminarse en coche cerrado al domicilio de su amante.

 
Al comenzar el otoño el estado del rey es tal, con fiebres constantes, con accesos frecuentísimos de tos que parecen desgarrarle el pecho, que el Gobierno acuerda con los médicos trasladar a Alfonso XII al palacio de El Pardo, con un doble propósito: hurtarle a miradas indiscretas que puedan espiar su situación y propalarla, y confiar en que los benignos aires campestres limpien algo los maltrechos pulmones, retrasando lo más posible un desenlace sobre el que los médicos no podían abrigar mucho optimismo.

En El Pardo, la reina María Cristina permanece a su lado las veinticuatro horas del día, pendiente del menor suspiro, con el corazón en vilo y en pos siempre de los vacilantes pasos de su marido por terrazas y jardines. Pero a los dos días, el Gobierno le recuerda a ella que no sólo por razones de protocolo debe regresar a palacio, sino también para no dar la impresión al país de una peligrosa anormalidad. Por lo tanto es necesario fingir y actuar como si nada pasara.

 
Penosas y duras jornadas las de esta mujer en su triple condición de madre, reina y esposa de un monarca moribundo. Los días que preceden a la muerte del rey serán sin duda los más duros y amargos de María Cristina en toda su vida. Obligada por imperativos obvios a disimular su dolor, la reina acude a las obligadas recepciones, a actos públicos, asiste cada noche al palco del Teatro Real, para que viendo todos este despliegue de normalidad cortesana nadie pueda sospechar que el rey se halla en otra situación que la de reponerse de un fuerte catarro, distrayéndose con la caza. Esta comedia le supone a la reina la incomodidad de tener que hacer diariamente dos veces el viaje de Madrid a El Pardo, ya que no quiere renunciar a cuidar por sí misma a su esposo, junto al que procuraba pasar el mayor tiempo que las circunstancias permitían.

Y para sorpresa de todos, anunció la reina María Cristina que estaba nuevamente embarazada. En la visita que le hizo por entonces un viejo amigo, Alfonso le comentó, sin entusiasmo alguno: “ ¡ Quién lo habría pensado ¡ ¡ Ya había perdido completamente la esperanza de tener hijos …! ”. Y, mirando hacia un pasado muy próximo, hacía por vez primera una especie de examen de conciencia: “ Pensaba que era físicamente muy fuerte (…) He quemado la vela por los dos extremos. He descubierto demasiado tarde que no es posible trabajar durante todo el día y divertirse durante toda la noche …”

 
Las pocas y breves horas que puede permanecer en El Pardo, la reina vuelca el inagotable caudal de su ternura y devoción en el cuerpo consumido de su esposo, que, en uno de los escasos momentos en que se encuentran solos en el cuarto, le dice agradecido: “ ¡Qué buena eres, Crista!. No merezco ser cuidado como tú me cuidas; pero esto me anima, porque cuando yo me haya ido, tú cuidarás de España como yo lo hubiera hecho ”. Y dándose cuenta por sus propias palabras, de que no tardaría en sonar la hora en la que todo el peso de la Corona recaería sobre los frágiles hombros de esta mujer, que a su vez le besa las manos emocionada, se le escapó al rey esta exclamación: “ ¡Qué conflicto, Dios mío, qué conflicto! ”.

Alfonso ha mantenido a mediados de noviembre una larga conversación con la reina sobre la situación dinástica que se aproxima, y parece ser que le aconseja a su esposa: “ Cristinita guarda el coño, y de Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas”. Castiza metáfora con la que el monarca quiso dar a entender a su esposa que no debía fiarse ciegamente ni de uno ni de otro político.


 LA MUERTE DEL REY

En la tarde del día 24 de este mismo mes de noviembre, los médicos aseguraron a la reina María Cristina que el desenlace en la enfermedad del rey no era aún inminente y que podía regresar a Madrid. Así lo hizo la soberana, acudiendo por la noche al Teatro Real en compañía de su suegra Isabel II. Poco después del comienzo de la representación de ópera, ambas reinas reciben la noticia de que don Alfonso está agonizando. Pálida de estupor, María Cristina se levanta y, ataviada con su soirée de noche, es introducida en un coche de caballos que parte al galope. En tanto Isabel II, descompuesta y casi histérica, provoca la interrupción teatral y grita desaforadamente: “ ¡Mi hijo se está muriendo y el Gobierno le deja morir solo, como un perro! ”. Verdaderamente al rey Alfonso XII le privaron del consuelo de estar al lado de sus seres queridos en los últimos momentos de su vida. Murió totalmente solo.

De madrugada está toda la familia real en El Pardo, pero los médicos y los ministros impiden que nadie entre en la cámara del rey. La reina María Cristina fue obligada a pasar la noche en un salón contiguo a la alcoba del moribundo monarca. Cuenta el conde de Romanones: “ [...] por dos o tres veces intentó llegar, venciendo la consigna, a la cabecera del agonizante. «Su Majestad está descansando», se le decía; y se le decía la verdad, pues su majestad entraba en aquellos instantes en el descanso eterno. Por fin la puerta se abrió y pudo penetrar en el aposento donde el rey acababa de morir  “.

Por fin se permitió a la reina entrar en la cámara. Eran las nueve menos cuarto de la mañana del día 25 y el rey Alfonso XII acababa de expirar. También les fue entonces permitida la entrada a la madre, a las hijas y a las hermanas del soberano. Las pequeñas infantitas, que nada podían comprender de aquel drama, creyendo a su padre dormido, se encaramaron al lecho y besaron el frío rostro demacrado, siendo retiradas de allí por su aya, mientras el resto de la familia real sollozaba arrodillada en torno a la cama en la que había entregado su alma a Dios un monarca al que faltaban solamente tres días para cumplir los veintiocho años de edad.


Anegada en lágrimas, María Cristina besa sus frías manos y se arrodilla. Y Cánovas, que la está observando, se retira unos pasos hacia la antecámara, lanza un suspiro y exclama: “ ¡ Valiente conflicto! ¡ Y con esa tonta! ”. Palabras perfectamente oídas por la reina, que, por respeto al difunto y abrumada por el dolor, se abstiene de la menor reacción. Pasados unos instantes en los que consideró que debía respetar el dolor de una familia que acababa de perder a un ser tan querido, Antonio Cánovas se acercó respetuosamente a la reina María Cristina, y le dijo:

 - Señora …

- ¿Qué me quiere?- respondió la reina - ¡ No estoy para nada, absolutamente para nada ! ¡Compréndalo!

- Señora- insistió Cánovas -, me veo obligado a pedirle que me escuche un instante. No se puede perder un momento. Hay que cumplir la Constitución.

La reina, al oír invocar esta palabra por la que toda su vida sentiría un reverencial respeto, colocó una sobre otra las frías manos del esposo, depositando en ellas un último beso. Se levantó, enjugó sus lágrimas, y ocultando su dolor de mujer tras la dignidad de reina, miró fríamente al insigne político preguntándole:

 - ¿Qué tengo que hacer?

- Señora. Vuestra Majestad, en virtud de la Constitución, es ya la encargada de regir los destinos de España, y estoy obligado a cesar en mis funciones, presentándole la dimisión de todo el Gobierno.


LA REINA MARÍA CRISTINA JURA LA CONSTITUCIÓN

La reina María Cristina aceptó la dimisión de Cánovas y firmó su primer decreto en el que era reconocida como regente del reino. Muchos pensaron que la monarquía no iba a resistir sin Alfonso XII. Nadie confiaba en que aquella joven extranjera pudiera llevar las riendas del Estado. Las esperanzas sobre la regencia de la reina eran escasísimas. Además, eran muchos los peligros que amenazaban a la monarquía. Aunque algo va a suceder que hará cambiar la actitud hacia la regente.

Cuando al mes de la muerte del rey Alfonso XII entra la reina en el Senado, vestida de negro, acompañada de sus dos hijas de cinco y tres años, también de luto riguroso, para jurar la Constitución, el pueblo y muchos de los representantes políticos se sienten conmovidos, es una mezcla de compasión y simpatía hacia la soberana viuda y sus hijas. Doña María Cristina jura con la mano sobre la Biblia y en presencia de los miembros del Congreso y el Senado cumplir la Constitución:

 Juro por Dios y por los Santos Evangelios ser fiel al heredero de la Corona, constituido en la menor edad y guardar la Constitución y las leyes. Así, Dios me ayude y sea mi defensa. Y si no, me lo demande.

Al final de su juramento una sonora y prolongada ovación expresaba los sentimientos de los allí reunidos. La impresionante escena la reprodujeron para la posteridad los pintores Francisco Jover y Joaquín Sorolla. En previsión de que el hijo que estaba esperando la reina María Cristina fuese varón, se consideró oportuno retrasar la proclamación como reina de la princesita Mercedes, que en aquellos momentos era la heredera del trono.


Fuentes:
GONZALEZ-DORIA, FERNANDO. Las Reinas de España. Editorial Bitacora, S.A. 1989
RUBIO, MARÍA JOSÉ. Reinas de España, Siglos XVIII-XXI de María Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz. La Esfera de los Libros S.L. 2009
ALVAREZ,MARÍA TERESA. Ellas mismas, Mujeres que han hecho historia contra viento y marea. La Esfera de los libros S.L. 2003
SOLÉ, JOSÉ MARÍA. Los Reyes Infieles. La Esfera de los Libros S.L. 2005
VIDAL SALES, JOSÉ ANTONIO. Crónica íntima de las reinas de España. 1993 Editorial Planeta S.A
Imágenes pertenecientes a la película " ¿Dónde vas triste de ti?"

lunes, 9 de julio de 2012

MARÍA CRISTINA DE AUSTRIA, Reina de España ( V )



 VIAJE A AUSTRIA

Los anónimos, informando a María Cristina de las aventuras del rey, no dejan de llegar a palacio. La infanta Isabel transmite a Cánovas el malestar de la reina, que parece decidida a abandonar España, con permiso o no del Gobierno, aunque sólo sea por un corto período, ya que necesita encontrar alivio en el entorno familiar de Austria. Por ello, en junio de 1883, llevando consigo a sus hijas, emprende camino a Viena. Durante los dos siguientes meses, María Cristina busca refugio en el campo, visitando a sus múltiples parientes en las residencias veraniegas y asistiendo a la temporada de conciertos wagnerianos en la ciudad de Bayreuth. Todos notan allí el cambio de carácter que ha experimentado. Ya no es la joven alegre que marchó para casarse con el monarca español. La tristeza y la preocupación dominan ahora sus pensamientos.

A su regreso a España, a finales de verano, la reina encontrará la situación política más deteriorada. Una sublevación republicana fue sofocada, pero el rey, preocupado por los acontecimientos políticos, decidió implicarse más intensamente en la vida pública. Alfonso emprende, dejando a su mujer y a sus hijas en Madrid, un viaje oficial por Austria, Alemania, Bélgica y Francia, que va a resultar un estrepitoso fracaso diplomático, además de una grave ofensa a la dignidad del soberano. 



LA EXPULSIÓN DE ADELA BORGHI

Desde finales de año, el rey sufre frecuentes ahogamientos y gran fatiga física cuando sale a cabalgar y cazar por los reales sitios, sin querer prescindir de sus aficiones. Tampoco está dispuesto a abandonar sus relaciones amorosas extramaritales, cada vez más y más notorias. María Cristina llora su tragedia íntima, hasta la hora, de forma extremadamente reservada. La relación de Alfonso XII con la cantante Adela Borghi, sin embargo, agota su paciencia desde el momento en que el rey, cegado por la pasión, comienza a dejarse ver en lugares públicos en compañía de su amante. La reina ha soportado hasta ahora la humillación de asistir a las funciones del Teatro Real cuando la Borghi canta y las miradas de los espectadores se vuelven sin disimulo hacia el palco real tratando de observar si la soberana hace algún ademán que delate sus sentimientos. Pero saber que su esposo ha paseado con su amante en coche descubierto por el Retiro, resulta insoportable para su dignidad.

Para colmo de males, así como Elena Sanz había sido una amante desinteresada en lo económico, según parece, Adela Borghi era insaciable en exigir costosos obsequios, y hasta importunaba en las altas esferas políticas con solicitudes de recomendación, apoyándose con el mayor descaro en la publicidad de unas relaciones sentimentales con el monarca de las que iba haciendo gala por todo Madrid. Una mañana de enero de 1884, la reina María Cristina llama a sus habitaciones a Cánovas y, tras exponerle su enfado por la situación ante las continuadas humillaciones de su esposo, le exige que por el bien de la monarquía cese el escándalo y haga salir a Adela Borghi del país en el plazo de una semana. 


El presidente se aviene a actuar en este asunto a espaldas de Alfonso XII y ordena a José Elduayen, gobernador civil de Madrid, se presente en casa de la Borghi acompañado de agentes de policía secreta, la introduzca en un carruaje sin darle opción a comunicarse con el rey, la lleve a la Estación del Norte y la suba en un tren en dirección a Francia, asegurándose de que vaya escoltada hasta traspasar la frontera y se den órdenes allí de no dejarla regresar. El rey sufre un ataque de furia al enterarse de lo ocurrido, prometiendo vengarse en el momento oportuno de Elduayen. No obstante, a pesar de las drásticas medidas llevadas a cabo, la cantante regresará a Madrid para actuar en el Real y retomará sus amores con Alfonso XII. Se dijo que la historia siguió funcionando hasta la muerte del rey.

Paralelamente, Alfonso mantenía otras relaciones, si bien menos notorias, como la que le unió por un tiempo a una dama de nombre Blanca de Escosura, nieta del gran poeta romántico Espronceda. Ella vivía en un coqueto hotelito de los inicios de la Castellana. Allí organizaba la dama unas veladas literarias a las que acudía frecuentemente el rey.


LA ENFERMEDAD DEL REY

Durante el otoño de 1884, el monarca hace esfuerzos para cumplir con su intensa vida oficial, pero su salud es cada vez más frágil, su respiración más fatigosa y su aspecto más enfermizo. El ambiente de la corte no le favorece y los médicos insisten en recomendarle tranquilidad y aislamiento. Cánovas, muy preocupado por la inestabilidad institucional que provoca la falta de heredero varón y la enfermedad del soberano, se empeña igualmente en aislar al rey cuando sufre sus periódicas crisis respiratorias, de forma que no llegue a conocimiento del pueblo. Por ello, Alfonso pasa el mes de noviembre en solitario en el palacio de El Pardo, a donde María Cristina y sus cuñadas acuden con frecuencia a visitarlo.

El inicio del año 1885 no presenta buenos augurios. En enero un terremoto asola las provincias de Almería, Granada y Málaga, con terribles consecuencias: centenares de muertos y localidades arrasadas. España entera se moviliza en acciones solidarias para ayudar a los damnificados. La familia real encabeza las donaciones económicas. El rey no quiere permanecer pasivo ante la desgracia y decide viajar al escenario de la catástrofe, para recorrer a caballo durante dos semanas caminos y senderos que llevan a los pueblos devastados. El cansancio del periplo supone un duro golpe para su quebrantada salud. Cuando regresa a Madrid se encuentra exhausto.

María Cristina nota muchas veces en las mejillas de Alfonso el calor de la fiebre y pasa las noches en blanco preocupada por la situación del soberano, que nadie aborda en palacio. Da miedo en la familia real reconocer que sufre una enfermedad que puede resultar mortal. La reina no se atreve ni siquiera a tratar el asunto con Cánovas y tampoco consigue que su esposo obedezca a los médicos y guarde el necesario reposo que le prescriben.

Fuentes:
GONZALEZ-DORIA, FERNANDO. Las Reinas de España. Editorial Bitacora, S.A. 1989
RUBIO, MARÍA JOSÉ. Reinas de España, Siglos XVIII-XXI de María Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz. La Esfera de los Libros S.L. 2009
SOLÉ, JOSÉ MARÍA. Los Reyes Infieles. La Esfera de los Libros S.L. 2005
Imágenes pertenecientes a la película " ¿Dónde vas triste de ti?"

domingo, 8 de julio de 2012

MARÍA CRISTINA DE AUSTRIA, Reina de España ( IV )



Durante el verano de 1880, el  primero que la reina pasa en el real sitio de La Granja, todo gira en torno a los preparativos del próximo parto, que la obliga a llevar una vida sedentaria. María Cristina tiene la gran alegría de recibir en el mes de junio a su hermano Carlos Esteban de Austria, que regresa de un largo periplo americano y desea pasar la temporada veraniega junto a ella. La reina considera que la infanta Paz, amable y bondadosa, sería una esposa ideal para él e intenta influir en pos del noviazgo. El archiduque, sin embargo, queda encandilado con la infanta Eulalia, más bella y con mayor desparpajo, y logra el permiso de Alfonso XII para cortejarla. Este compromiso, en cambio, no gusta al archiduque Alberto de Austria, tutor del joven, reticente ante la dudosa paternidad de las hijas de Isabel II, y se deshará tan pronto como su pupilo regrese a Austria.


NACE LA PRINCESA MERCEDES

En septiembre, la reina da a luz a su primera hija. A sugerencia de la propia soberana, la niña será bautizada con el nombre de María de las Mercedes, en recuerdo de la primera esposa del rey, y amadrinada por Isabel II, que acaba de regresar a España por ese motivo. Con gran tristeza para María Cristina, la noticia del nacimiento de una niña causa decepción en su esposo, la Corte y el Gobierno, dada la urgente necesidad de afianzar la Corona y la preferencia general de que recaiga en un varón. El pueblo de Madrid, al escuchar que la salva de cañonazos se detiene en quince, anunciando el nacimiento de una niña, en vez de seguir hasta los veintiuno preceptivos para varón, manifiesta igualmente su chasco.

 
No obstante, lo más doloroso para la soberana radica en comprobar que a su hija se le niega el rango de princesa de Asturias, tal como le correspondería por ser la primogénita. Las razones que para ello aducía el Gobierno se basaban en la conveniencia de que como el matrimonio real era joven, y se daba por seguro que había de tener más descendencia, si se reconocía a la pequeña Mercedes como princesa de Asturias, su asignación económica sería superior a la que debía percibir siendo simplemente infanta. Y el Gobierno –celoso de un presupuesto nada halagüeño- se niega a que se repita el precedente habido con la infanta Isabel, que continuó recibiendo la misma asignación cuando dejó de ser princesa de Asturias al nacer su hermano Alfonso.

Este asunto hiere el orgullo de María Cristina, al ver que no se consideran sus opiniones, celosa de la compenetración existente entre Alfonso XII, su hermana Isabel, Cánovas y el marqués de Alcañices, de quienes parten todas las decisiones relativas a la vida de palacio y el gobierno. La reina no acierta a imponerse en palacio, y durante el otoño pasa muchos ratos en soledad allí, recuperándose del parto y ocupándose de su hija, mientras las infantas asisten a las corridas de toros, los teatros y las cacerías en El Pardo, acompañadas por Alfonso, que mantiene su relación con Elena Sanz. En febrero de 1881 tendrá lugar en Madrid el nacimiento del segundo hijo ilegítimo del rey, llamado Fernando. El monarca firma un decreto reconociendo a la infanta Mercedes como princesa de Asturias, y dos meses después, la pequeña es investida con todos sus honores en el Salón del Trono, en presencia de los soberanos y el Gobierno, para gran satisfacción de la reina. 

 
Los médicos de cámara, pendientes de los problemas respiratorios del rey, le aconsejan los aires de una ciudad costera y los baños de mar. Durante el verano, los reyes realizan juntos su primer viaje oficial por varias provincias del norte. El viaje resulta enriquecedor e interesante. De regreso a Madrid, la reina mantiene a veces un incomprensible deseo de soledad.


EL NACIMIENTO DE LA INFANTA MARÍA TERESA

Las esperanzas de nacimiento de un heredero varón se renuevan cuando en junio de 1882 se anuncia el segundo embarazo de la reina. Sin embargo, la ilusión por un príncipe se desvanece cuando en noviembre María Cristina da a luz a otra niña, que recibe los nombres de María Teresa y será ahijada de la emperatriz Sissi. Este nacimiento no solamente decepciona a la reina, por ver truncadas por segunda vez sus esperanzas, sino que tampoco el rey disimula su contrariedad. Sabe don Alfonso que su estado de salud no es bueno y le preocupa carecer de descendiente varón, pues habida cuenta de las convulsiones que sacudieron el reinado de su madre y lo próxima que estaba todavía la última tentativa carlista de hacerse con el trono, comienza a obsesionarle dramáticamente la idea de que él pueda desaparecer pronto, dejando la Corona sobre las sienes de una niña y bajo la regencia de una esposa totalmente inexperta en asuntos de la gobernación, que no gozaba aún de grandes simpatías populares. Se rumorea que carlistas y republicanos han celebrado el acontecimiento de la llegada de una niña.



UNA NUEVA AMANTE

Tras dos años de casados, el rey empieza a evidenciar la gravedad de su enfermedad pulmonar. María Cristina se siente frustrada por no engendrar ese niño que todos ansían y cree advertir que Alfonso busca con menos frecuencia el trato con ella, eludiendo su presencia cuanto puede. Pronto descubre que el rey mantiene desde hace tiempo una nueva relación amorosa con otra famosa cantante de ópera, una bella italiana llamada Adela Borghi, conocida como la Biondina por el color rubio de sus cabellos. La reina consagra su tiempo al cuidado de sus hijas y se ocupa con gran interés de numerosas labores sociales y de beneficencia, mientras su situación matrimonial empeora por momentos hasta hacerla sentirse terriblemente desgraciada. Si alguna persona en su presencia osa hacer un comentario sobre el comportamiento del monarca, ella responde distante que su marido todavía es muy joven y que Alfonso se divierte yendo de flor en flor, pero que con el tiempo cambiará.

En la primavera de 1883 la corte es escenario de felices acontecimientos, tales como la boda de la infanta Paz con su primo el príncipe Fernando de Baviera o la visita de los reyes Luis I y María Pía de Portugal, que no descartan sellar el compromiso matrimonial de su hijo el príncipe Carlos de Braganza con la infanta Eulalia, aunque la idea no prosperará finalmente. El ambiente de celebración, sin embargo, no encubre el creciente distanciamiento entre Alfonso XII y María Cristina. 

Dada su arraigada discreción, la reina sigue siendo un personaje secundario en la corte, a la cual no ha logrado dar su impronta como otras soberanas. No ha intervenido hasta ahora para nada en política y no se atreve a alterar las costumbres del palacio real, no todas de su agrado, ni a pedir que sean cambiados algunos servidores, que tampoco le eran demasiado afectos. Pese a haber dado ya a su esposo dos hijas, que crecen con toda normalidad poniendo una nota de alegría en el regio hogar, María Cristina de Austria sigue siendo una sombra gris, una figura pálida sin matiz alguno, en la que se hace imposible adivinar a la magnífica gobernante constitucional que demostrará ser luego.

Fuentes:
GONZALEZ-DORIA, FERNANDO. Las Reinas de España. Editorial Bitacora, S.A. 1989
RUBIO, MARÍA JOSÉ. Reinas de España, Siglos XVIII-XXI de María Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz. La Esfera de los Libros S.L. 2009
Imágenes pertenecientes a la película " ¿Dónde vas triste de ti?"

sábado, 7 de julio de 2012

MARÍA CRISTINA DE AUSTRIA, Reina de España ( III)



Las jóvenes infantas Paz y Eulalia reciben a su cuñada con cariño: “ María Cristina hizo una impresión muy favorable en nosotros. Era amistosa y bastante reservada, acostumbrada a pesar sus palabras antes de hablar”, escribe Eulalia en sus Memorias. La reina habla con ellas en francés. Su dificultad para expresarse en español será uno de los principales obstáculos para su completa integración. Perfeccionista y discreta, prefiere mantenerse callada antes que cometer errores o parecer inoportuna, lo cual conlleva una apariencia de excesiva frialdad. En público mantiene la compostura, una figura grave y regia. Al pueblo, después de haber podido apreciar la gracia ceceante de doña María de las Mercedes, no le cayó demasiado bien su nueva reina, a la que juzgan de inmediato como una persona distante y estirada, a la que no perdona sus mal disimulados gestos de desagrado en las corridas de toros.

La reina prefiere la intimidad del hogar, los paseos por la Casa de Campo o el Retiro acompañada por el rey y sus hermanas, y las tardes dedicadas a la música, antes que las tertulias y fiestas de sociedad. Las damas de la Corte encuentran difícil comunicarse con ella debido a su actitud seria y fiel al protocolo asimilado en la corte austriaca. María Cristina percibe pronto que no despierta simpatías. Ni siquiera los políticos aprecian su clara inteligencia ni su cultura. Necesitaría de tiempo y de probar con hechos bien palpables y en situaciones dramáticas cuáles eran su temple y carácter para que todos pudieran convencerse de que tenían en ella a una de las mejores reinas de España.

 Isabel de Borbón, llamada La Chata, princesa de Asturias


Esta inicial frialdad con la que se la recibe, hizo a María Cristina, probablemente, analizar los actos de reinado de otra soberana a quien, injustamente, tampoco demostró simpatía el pueblo español y cuyo breve paso por el trono estaba todavía relativamente reciente: María Victoria dal Pozzo della Cisterna. Había de llegar a ser la segunda esposa de Alfonso XII una gran admiradora de la vida y de la obra de aquella efímera y generosa reina de la casa de Saboya. María Cristina tomó a su cargo, desde los primeros momentos, el proteger las fundaciones benéficas que la reina María Victoria había realizado, en especial, el famoso Asilo de Lavanderas.

El principal apoyo de la soberana será su cuñada mayor, la infanta Isabel, también apegada al protocolo pero llana, popular y rancia castellana, muy querida en todos los ámbitos sociales, con la cual tiene grandes afinidades: su pasión por la música, sus profundas creencias religiosas, sus vínculos familiares por el difunto marido de la infanta y el conocimiento que posee de la lengua y cultura germanas. Isabel acompaña y aconseja a María Cristina desde el primer momento, forjándose entre ellas una estrecha relación que durará hasta el final de sus días.

 
Alfonso se muestra atento con su esposa, pendiente de que se sienta a gusto. Es evidente que la respeta por su comportamiento regio, pero no la ama. Por obligación dinástica, cumplía sus deberes matrimoniales y con ello su parte del acuerdo. Solamente esperaba que ella hiciese lo mismo, aportando herederos, a ser posible varones. María Cristina, consciente de su indiferencia, se obsesiona por conseguir enamorarle y este afán la hará sufrir y amargará su alegre carácter de juventud. A ello contribuyen igualmente otros graves sucesos, como el atentado sufrido por los reyes el 30 de diciembre de 1879, un mes después de la boda, cuando un joven llamado Francisco Otero les dispara dos tiros de pistola al paso del carruaje abierto en el que regresaban a palacio después de su paseo por el Retiro. Por fortuna, el intento de regicidio falla y ninguno de los dos resulta herido, aunque el impacto psicológico producido en la reina tardará en mitigarse.

Al día siguiente, los soberanos marchan en el mismo faetón, sin escolta de ningún tipo, a dar gracias a la Virgen de Atocha por haber salvado la vida, provocando una calurosa reacción en el gentío que los ve pasar. Por primera vez, María Cristina se siente querida como reina.



ELENA SANZ

Las infidelidades del rey fueron otra carga dolorosa que soportó la enamorada reina. María Cristina tuvo pronto conocimiento de la existencia de otra mujer en la vida de su esposo, pero no salió de sus labios un solo reproche. La soberana, demostrando un control sobre su persona que no habría sido capaz de mejorar una consumada actriz, sufrió y disimuló su propio dolor. Ese dolor agudo y punzante que provocan los celos. No era secreto para nadie que muy poco tiempo después de haber quedado viudo, y cuando todavía no estaba decidido a contraer segundas nupcias, Alfonso había buscado consuelo en los brazos de la contralto Elena Sanz, que triunfaba en el Teatro Real y en otros escenarios de Europa. 

Elena, al contrario que la reina María Cristina, es atractiva y sensual, una morena de ojos negros trece años mayor que el monarca, con el cual mantenía una intensa y continuada relación. Un amor por el que la cantante de ópera decidió abandonar los escenarios. Y Alfonso, loco de pasión, aprovechaba cualquier momento para ver a su amante. Elena Sanz se encontraba embarazada cuando el rey contrajo sus segundas nupcias, y dos meses después de la boda con la archiduquesa de Austria, nace el primer hijo de la pareja de amantes, al que llaman Alfonso.


Los anónimos llueven sobre palacio, dando cuenta de la noticia a María Cristina que, furiosa de celos y herida en su dignidad, convence al presidente Cánovas para que expulse de España a la amante del rey. Por esta razón, Elena Sanz se traslada a París, donde inscribe al niño en el registro civil con los apellidos maternos. Isabel II, que la admira profundamente y ha promocionado su carrera lírica, comete la imprudencia de escribirle una carta, a raíz del nacimiento de su nieto, en la cual la llama “ mi nuera ante Dios”. Para mayor tristeza de María Cristina, que desde el principio ha hecho esfuerzos para hacerse querer por su suegra, el contenido de la misiva no sólo llega a su conocimiento sino que se divulga por todo el país. La desaparición de la favorita, además, será sólo momentánea, pues Alfonso se encarga de hacerla regresar inmediatamente a Madrid y de instalarla en un piso cercano a palacio, donde habitualmente la visita.

Paralelamente, la reina se siente satisfecha al saber que se encuentra embarazada por primera vez. El anuncio oficial se produce en abril de 1880, estando ya de cuatro meses. María Cristina vive su embarazo llevando en palacio una sobria existencia. Oye misa a diario y dedica un rato a la meditación sobre La imitación de Cristo de Tomás de Kempis, profundizando en sus conocimientos teológicos. Dedica igualmente tiempo a sus clases de español, así como a las de música y canto, organizando a veces pequeños conciertos palaciegos en los que ella misma participa. Escribe a menudo a su madre, aunque siempre tiene la prevención de no plasmar por escrito sus sentimientos ni noticias comprometidas de la corte. Poco a poco se suma a las actividades de caridad y obras sociales, en las cuales la introduce su cuñada Isabel, fundadora de muchas de ellas. A estas alturas, algunos cortesanos ya le han colocado el apodo de “doña Virtudes”, por su perfecta compostura habitual.


Fuentes:
RUBIO, MARÍA JOSÉ. Reinas de España, Siglos XVIII-XXI de María Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz. La Esfera de los Libros S.L. 2009
GONZALEZ-DORIA, FERNANDO. Las Reinas de España. Editorial Bitacora, S.A. 1989
ALVAREZ,MARÍA TERESA. Ellas mismas, Mujeres que han hecho historia contra viento y marea. La Esfera de los libros S.L. 2003

jueves, 5 de julio de 2012

MARÍA CRISTINA DE AUSTRIA, Reina de España ( II )


LA BODA

El 1 de septiembre, el rey reúne en el palacio de La Granja a su Consejo de Ministros para anunciarles su próximo matrimonio y designar al embajador extraordinario que, en su nombre, irá a Viena a pedir la mano de la archiduquesa al emperador de Austria. Finalmente es el duque de Bailén quien viajará a Schönbrunn, donde es recibido el día 21. A Francisco José le duele perder a la abadesa del noble convento de Praga, pero se alegra de ver a su prima tan feliz. Para testimoniarle su afecto y como regalo de boda le ofrece una dote “real”. Alfonso XII le ha enviado a la novia, a través de su intermediario, un encantador brazalete de oro incrustado de rubíes y diamantes en el que están grabadas las fechas del compromiso. Emocionada por tan maravilloso regalo, María Cristina siente que se le hiela el corazón al enterarse de que Alfonso considera esta unión un “matrimonio de Estado”.

Días más tarde, en presencia de Sus Majestades Imperiales y de Bailén, la archiduquesa firma el acta de renuncia a los derechos de sucesión a la corona austriaca. Durante el transcurso de este acto tiene que hacer un gran esfuerzo para contener las lágrimas, ya que sabe que de ese modo abandonará voluntariamente su país, al que tanto ama, y allí dejará a su familia, el mayor apoyo que ha tenido hasta ahora. Y todo para seguir a un hombre al que apenas conoce y a un pueblo que le parece muy temperamental. Por momentos, cree que nunca logrará gustar a los españoles.

 
María Cristina deja Viena el 17 de noviembre con rumbo a Madrid. En el camino se detiene en Stuttgart, como huésped de los reyes Carlos I y Olga de Wurttenberg, y luego en París, donde conocerá a su futura suegra. El encuentro entre ambas mujeres resulta cordial. María Cristina queda sorprendida por la rotundidad física de Isabel II, por sus modales sin afectación y por su risa fácil, que contrastan con los vestidos recargados y las pesadas joyas que usa. La reina madre, siempre activa, organiza banquetes y recepciones en honor de su nuera. Pide a la duquesa de Sesto que ayude a la futura reina a elegir un nuevo guardarropa. De origen ruso y extremadamente exquisita, la duquesa llama a modistas, joyeros y peluqueros que invaden el palacio Basilewsky.

María Cristina parece un poco perdida en medio de esa alegre confusión. Nunca en su vida ha visto tanto exceso de sedas, brocatos y puntillas. Todos los días le llegan regalos: joyas, cuadros, flores, libros de colección …Ella, que fue educada con austeridad por unos padres nada ricos, se asusta un poco ante tanto lujo repentino. El buen corazón de la reina madre la conmueve pero su inestabilidad la despista. Y presiente que su relación con ella no será fácil. Por su parte, Isabel II envía un mensaje entusiasta a la madre de María Cristina sobre su próximo matrimonio, entre otras cosas le dice: “ Esa princesa ha de ser nuncio de paz y augurio de venturas, influyendo en los destinos de esos pueblos. (…) La boda que va a hacer el rey, mi amado hijo, es completamente a mi gusto y la archiduquesa es encantadora por todos los estilos”.

 
El 23 de noviembre, María Cristina deja París en el tren que la llevará hasta su destino final y, el 24 por la mañana, el rey, la corte y el Gobierno la reciben solemnemente en Madrid y la acompañan hasta el palacio de El Pardo. Allí, el presidente del Senado felicita en una breve alocución a la novia y le da la bienvenida. María Cristina, ante la sorpresa general, le responde en perfecto español, si bien marcado por el inevitable acento alemán, diciéndole que su mayor felicidad será que los españoles la amen como ella ya ama a España.

En el baile que antecede a la boda, el 28 de noviembre de 1879, se reúnen las respectivas familias de los esposos. Para la ocasión, María Cristina luce un vestido blanco con una cintura de terciopelo malva, cuya larga cola está completamente bordada en plata. En el salón de El Pardo que en la época de Fernando VI se utilizaba como comedor, se procede a la lectura de las capitulaciones matrimoniales. Las festividades con motivo de su matrimonio son vividas por la archiduquesa como una especie de sueño. Por más que se sienta apoyada y mimada, el velo detrás del que observa todas las ceremonias no le permite ser muy consciente de la realidad que en breve tendrá que afrontar.



El 29 de noviembre, en una mañana soleada y fría,  la comitiva real pone rumbo a la basílica de Atocha en medio del sonar de los tambores y del saludo de la muchedumbre. La novia viste un bellísimo traje blanco y mantilla de encaje, bordados con las flores de lis de los Borbones y el águila imperial de los Austrias. Ejercen de padrinos los archiduques Rainiero y María de Austria. Más de un invitado se acordará de una boda casi idéntica que había tenido lugar poco más de un año atrás, pero con dos diferencias significativas: la presencia de la reina madre Isabel II en esta fría mañana de noviembre y la melancolía que puede leerse en la cara del novio. Más de una vez la mente del rey parece evadirse para revivir una misa similar con otra novia, tan joven y tan romántica, la recordada reina Mercedes. María Cristina se da cuenta de la tristeza de Alfonso y le pide fervorosamente a Dios que le conceda las virtudes necesarias para ganar su corazón.

Para el banquete se inaugura en el palacio real un nuevo comedor de gala, uniendo diversos aposentos y salones, con el fin de evitar que celebración alguna vuelva a tener lugar en el Salón de Columnas, dado que sirvió de capilla ardiente a la reina Mercedes y trae al rey dolorosos recuerdos. Durante varios días, la corte asiste a recepciones, funciones teatrales, conciertos y corridas de toros, seguidos de fiestas en embajadas y palacetes de la alta aristocracia, en honor de los soberanos. A principios de diciembre, concluidos los festejos, abandonan Madrid la reina Isabel II y la familia de María Cristina, que siente especialmente la marcha de su madre, a la cual siempre ha estado extraordinariamente unida. Comienza así una nueva vida en España, a la cual le será difícil amoldarse: todo resulta diferente y contrario a sus costumbres.

Fuentes:
HABSBURGO, CATALINA DE. Las Austrias. Matrimonio y razón de Estado en la monarquía española. La Esfera de los Libros, S.L. 2006
RUBIO, MARÍA JOSÉ. Reinas de España, Siglos XVIII-XXI de María Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz. La Esfera de los Libros S.L. 2009
Imágenes pertenecientes a la película " ¿Dónde vas triste de ti?"
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