MARÍA CRISTINA, REINA REGENTE
El ambiente de palacio, dominado por el luto durante mucho
tiempo, está además regido por dos viudas:
María Cristina y la infanta Isabel, que coinciden en su criterio cristiano
y conservador de la vida. La regente ha impuesto importantes cambios en el
personal palaciego, del cual ha expulsado a los antiguos colaboradores de
Alfonso XII, a los que guarda rencor por considerarles cómplices de la mala
vida que condujo a su esposo a una muerte prematura. Fuera de su familia, la
reina no intima con nadie. Será siempre reservada y cauta, impidiendo la
aparición de camarillas y favoritos a su alrededor. Apenas tiene tiempo para la
tertulia femenina, por lo que se suspende el nombramiento de nuevas damas de
honor, reduciendo el número a las ya existentes desde el reinado de Isabel II.
La corte de la regencia es eminentemente femenina, austera,
discreta, de virtuosas costumbres, apegada a la etiqueta y de horarios
inflexibles. Muy pronto la reina chocaría con una mujer del talante y la
formación rudimentaria de Isabel II, que no encaja en ese nuevo marco creado
por su nuera. Hasta que una mañana, antes de que la regente acuda a despachar
con el jefe del Gobierno, se harta de las impertinencias de la suegra y se
planta en seco:
-Te recuerdo que aquí soy yo la reina, es decir, lo que tú
fuiste una vez.
Y esto, que es mucho más de lo que espera oír la “reina
castiza”, obtiene de Isabel II la siguiente respuesta:
- Mi nombre en la Historia irá acompañado por un número,
mientras que el tuyo no. Tú no eres más que la viuda del rey.
La reacción inmediata de María Cristina: media vuelta y la
puerta en las narices. En muchas cosas Isabel II no comprendería nunca a su
nuera, ni los métodos educacionales que ejercía con sus hijas:
- Si siguen así mis nietas – comentaría una vez Isabel II-
van a crecer tan lejos de todo hombre que a este paso el único que se casará
con alguna de ellas será el obispo de Sión. (1)
Para sorpresa de muchos, la reina regente se descubre como
una persona de extraordinaria firmeza y visión de Estado, una gran reina de
magnífico temple, que sabe conciliar los extremismos ideológicos y hacerse
respetar por la clase política. Su presencia en el gobierno de la nación no
será de mero adorno. A pesar de su inexperiencia inicial, la reina regente
demuestra que no dejará que nadie la manipule en la toma de decisiones.
La situación pende de un hilo porque todos esperan el
nacimiento del bebé que decidirá el futuro del país. Pero mientras fuera de
palacio se vive en la incertidumbre, María Cristina prosigue con su rutina
cotidiana. Con riguroso método y orden de horarios, todos los jueves celebra
Consejo de Ministros, despacha cada día con dos ministros, implantando la norma
de que acudieran por parejas, para evitar que ninguno se extralimitara
aludiendo a competencias que no fuesen estrictamente las suyas y sirviendo cada
ministro de fiscal del otro. Solamente al presidente del Gobierno le recibía a
solas. Los sábados no recibía a ningún político, salvo imprevistos de
emergencia, y dedicaba esa jornada a despachar con los empleados palatinos.
Las audiencias que concede a diario tienen lugar entre las
once y treinta y la una. Luego almuerza en familia, da un paseo con sus hijas, y
a veces con su cuñadas, por la Casa de Campo, el Retiro o la Castellana y,
cuando hace buen tiempo, va hasta El Pardo muchas tardes, para contemplar los
últimos parajes por los que había paseado la mirada su querido Alfonso. De
regreso a palacio, y una vez que hubo finalizado el luto oficial, se entretenía
tocando el piano ella misma muchas veces, u oyéndolo interpretar a otras
personas, mientras la reina hacía trabajos de punto con destino a asilos y
hospicios. Cenaba muy temprano, y generalmente a las nueve de la noche –salvo cuando
acudía al teatro de la ópera-, se recluía en sus habitaciones, estudiando hasta
bien entrada la noche los asuntos políticos que los ministros hubieran sometido
a su detenida consideración, y escribía cartas a sus familiares. Este era su ritmo
de vida inalterable durante los dieciséis años de una regencia que no fue nada fácil.
Se acerca el final del embarazo de María Cristina y toda la
corte está pendiente, cuando la ciudad de Madrid se ve asolada a principios de
mayo de 1886 por un huracán que derriba árboles
y levanta tejados, dejando en la calle a centenares de familias, especialmente
en los barrios más pobres. A pesar del avanzado estado de gestación de la
reina, que ya ha salido de cuentas, Sagasta sugiere la conveniencia de que
aparezca en público, junto a los damnificados, en un gesto que busca aumentar
su popularidad. Subida en una berlina, la regente recorre las calles
devastadas, repartiendo entre el pueblo consuelo y ayudas económicas. Pocos días
después, está ya de parto.
NACE ALFONSO XIII
Faltan unos días para que se cumplan los seis meses del
fallecimiento de Alfonso XII, cuando el día 17 de mayo los madrileños estallan
de júbilo al escuchar cómo las baterías artilleras disparan una salva de 21
cañonazos, lo que indica que la viuda del rey ha dado a luz un varón. María
Cristina ha pensado darle a su hijo el nombre de Fernando, pero finalmente cede
ante el deseo generalizado de que el niño sea llamado Alfonso en recuerdo de su
padre. El misma día del nacimiento, las Cortes se reúnen para proclamar al pequeño
como rey de España, que ocupa el trono con el nombre de Alfonso XIII. Se trata de
un caso extremadamente raro, el único soberano nacido rey en la historia española.
Domina en el ambiente político la grata sensación de haber resuelto por fin la
contradictoria situación legal en que se encontraba la Corona.
El 22 de mayo, haciendo una excepción al gran duelo por la
muerte de Alfonso XII, tiene lugar el bautismo del pequeño rey, que se celebra
con gran alegría. Sus padrinos son el nuncio de Su Santidad, el papa León XIII,
y la infanta Isabel, que se tomará siempre muy en serio su papel de madrina;
hasta el punto, se cuenta, de permitirle realizar todos sus caprichos y ponerse
siempre de su lado, aunque su sobrino estuviera equivocado.
Fuentes:
GONZALEZ-DORIA, FERNANDO. Las Reinas de España. Editorial Bitacora, S.A. 1989
RUBIO, MARÍA JOSÉ. Reinas de España, Siglos XVIII-XXI de María Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz. La Esfera de los Libros S.L. 2009
VIDAL SALES, JOSÉ ANTONIO. Crónica íntima de las reinas de España. 1993 Editorial Planeta S.A
HABSBURGO, CATALINA DE. Las Austrias. Matrimonio y razón de Estado en la monarquía española. La Esfera de los Libros, S.L. 2006
GONZALEZ-DORIA, FERNANDO. Las Reinas de España. Editorial Bitacora, S.A. 1989
RUBIO, MARÍA JOSÉ. Reinas de España, Siglos XVIII-XXI de María Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz. La Esfera de los Libros S.L. 2009
VIDAL SALES, JOSÉ ANTONIO. Crónica íntima de las reinas de España. 1993 Editorial Planeta S.A
HABSBURGO, CATALINA DE. Las Austrias. Matrimonio y razón de Estado en la monarquía española. La Esfera de los Libros, S.L. 2006
(1) Isabel II se refería al capellán de la corte, que tutelaba
la educación de las infantas.





























