jueves, 31 de mayo de 2012

Juana de Castilla y su primera estancia en Flandes ( I )



Después de su matrimonio, Juana acompañó a Felipe, a Margarita de Austria y a la corte de regreso a Amberes. El archiduque se despidió de su esposa para acompañar a su hermana hasta la flota española que había de llevarla a la península Ibérica para que ésta, a su vez, casase con el príncipe Juan, el heredero de los Reyes Católicos. Doña Juana, que no volvió a reunirse con su esposo hasta el año siguiente, vio además a la mayoría de los miembros de su séquito emprender el camino de retorno, y tuvo que sentirse bastante sola.


LA TRÁGICA ARMADA

Aquel invierno de 1496 fue trágico para la tripulación de la armada española que permanecía en la costa glacial de Zelanda aguardando la llegada de la princesa Margarita. Una espera que se hizo interminable y que dio lugar a que de los quince mil miembros de la flota, nueve mil fallecieran de hambre y de frío. La armada no partiría con la princesa hasta el mes de febrero. Se ha calculado que, con las vituallas que llevaba la armada y sin contar posibles pérdidas, el pan y la carne apenas alcanzarían para tres meses, con lo que se entiende que a finales del otoño la escasez era una realidad. No estaba previsto que la estancia se prolongara tanto tiempo y los recursos necesarios para paliar la hambruna no llegaron. Los hombres, desesperados, enfermaban y fallecían. 


 
El hambre que padecieron no sólo fue objeto de comentarios en diferentes países, sino que se siguió recordando años después. Así lo haría el secretario de Enrique VII cuando llegó a Inglaterra la infanta Catalina para casarse con el príncipe Arturo; en una carta a su sobrino, entonces en la corte española, le decía: “ os hago saber que aunque vienen muchos con la señora princesa, no morirán ninguno de hambre, que si murieran serán de mucho comer “. Morir no murieron, pero si llegaron a sufrir estrecheces la princesa Catalina y sus sirvientes.

Cuando las noticias de la alta mortalidad de la tripulación llegaron a España, se culpó a doña Juana de la tragedia, por no haber previsto y evitado tan cruel fin a los acompañantes de su viaje. El caso contribuyó a hacer su figura antipática en Castilla. A la llegada de un embajador de Castilla, la archiduquesa le manifestó que estaba preocupada por su reputación en la corte de Isabel. De hecho doña Juana hizo lo posible para acelerar la partida de su cuñada Margarita, pero su posición en esos momentos distaba de ser fuerte.


 Bruselas


JUANA RECORRE LOS PAISES BAJOS


La archiduquesa Juana procuraba familiarizarse con los habitantes de los Paises Bajos. Honró a sus súbditos y recibió su homenaje en una serie de entradas inaugurales a las principales ciudades y pueblos de su esposo. La primera visita de la archiduquesa a cada comunidad significaba su presentación pública y su reconocimiento como duquesa, condesa o señora. Estos acontecimientos inaugurales implicaban la recepción de Juana en las afueras de cada ciudad y pueblo, a la que seguía su desfile por las calles adornadas con tapicerías y delante de representaciones teatrales hechas en su honor. Luego, dependiendo del tamaño y la importancia de la comunidad, sus líderes seculares y eclesiásticos presentaban a Juana de veinticuatro a doscientos lotes de vino, entre otros regalos. A través de esta serie de eventos, los ciudadanos reconocían la autoridad de Juana como esposa de Felipe.

Las imágenes gráficas de semejantes ceremonias inaugurales aparecen en un manuscrito que conmemoraba la entrada de Juana a Bruselas, el 9 de diciembre de 1496. El volumen exquisitamente iluminado, de sesenta y tres folios, describía una procesión a lo largo de la ciudad que incluía a la archiduquesa. Una sucesión de grupos corporativos, incluyendo a frailes, eruditos, consejeros, matemáticos y músicos desfilaban delante de Juana y los habitantes de Bruselas. Otros participantes, incluyendo a payasos y “ hombres salvajes”, realzaban la atmósfera de festividad. En el momento culminante de la procesión, apareció Juana en persona. Después de ser levantada a gran altura por los miembros del gremio de los alabarderos, el color oro y rojo de las telas de la archiduquesa brillaban haciendo juego con las antorchas.

Una vez que Juana llegó a la Grande Place, se encontró con una serie de escenas teatrales organizadas para entretenerla e instruirla. Estas representaciones, protagonizadas por heroínas bíblicas, mitológicas e históricas, iban acompañadas de inscripciones en latín que las relacionaban con Juana. La ciudad de Bruselas proporcionaba a la nueva archiduquesa ejemplos de heroínas que habían ejercido su autoridad de varias maneras, desde mostrar una resignada paciencia hasta realizar acciones homicidas. Las figuras representadas incluían a Judith, Sara, Pentesilea, Semiramis, Tecuites, Michelle, Rebeca, Esther, Astayges, Deiphilis de Tebas, Yael, Venus, Juno, Palas Atenea y la reina Isabel de Castilla. 


 Gante


Felipe el Hermoso, después de esta entrada espectacular, y una vez enviada su hermana a España, se encontró con Juana en Bruselas y viajó con ella a Gante. Su entrada conjunta en esa ciudad tuvo lugar el 10 de marzo de 1497. Como en Amberes, la archiduquesa entró en Gante vestida de dorado y seguida por sus acompañantes, todas montadas en suntuosas sillas de montar a la manera española. Ya por esta época, el séquito de la archiduquesa también empezó a mostrar signos de la influencia franco-borgoñona. Grandes y anchos sombreros, típicos del estilo francés, adornaban las cabezas de las damas, mientras que el nuevo chevalier de honneur de la archiduquesa, Jean de Berghes, y otros miembros de la orden del Toisón de Oro, precedían a las mujeres.

A primera vista, Juana parecía adaptarse bien a la moda y costumbres del norte. Una vez que fue bienvenida a la ciudad, la archiduquesa demostró la soberana virtud de la clemencia, al perdonar a un prisionero a quien se había encontrado culpable de “ gobierno deshonesto con mujeres que no eran la suya “ – una ofensa que ella encontraría después más difícil de perdonar en su propio marido-. Incluso ante la presencia de Felipe, Juana parecía cultivar algunos vínculos con los flamencos y borgoñones sin renunciar a su identidad española.

Aparte de las jubilosas entradas en Gante, Brujas y otras ciudades, los archiduques participaron en otros rituales diseñados para demostrar el mandato divino y popular de su reinado. Felipe convocaba reuniones regulares de la orden del Toisón de Oro y Juana demostraba su piedad visitando conventos franciscanos en Bruselas y Brujas, así como su participación en la procesión de Pascua en Brujas. No obstante, la falta de recursos por la negativa de Felipe a entregarle los 20.000 escudos acordados y la separación de sus servidores españoles tuvo que hacer mella en el ánimo de la archiduquesa. Juana cada vez estaba más aislada.

Fuentes:
ZALAMA, MIGUEL A. Juana I: Arte, poder y cultura en torno a una reina que no gobernó. Centro de Estudios Europa Hispánica 2010
ARAM, BETHANY. La reina Juana, Gobierno, piedad y dinastía. Marcial Pons, ediciones de Historia, S.A. 2001
MARQUEZ DE LA PLATA, VICENTA. El Trágico Destino de los Hijos de los Reyes Católicos. Santillana Ediciones Generales S.L 2008

martes, 29 de mayo de 2012

La boda de Juana de Castilla y Felipe el Hermoso



EL PRIMER ENCUENTRO


El 17 de octubre llegó el archiduque Felipe a Lier, pequeña ciudad de Brabante a escasa distancia de Amberes. Allí se trasladó inmediatamente doña Juana. Si excesiva había sido la espera hasta que llegó el novio, no fue menos extraordinaria la rapidez con la que se celebró la boda, tanta que ni siquiera sabemos a ciencia cierta cómo se desarrollaron los acontecimientos. De entrada, los autores muestran ciertas discrepancias a la hora de fijar la fecha del encuentro entre los esposos. Padilla relata en su crónica que, cuando llegó el archiduque, “ fue a ver la archiduquesa (…) y esa misma noche se desposaron”. Esto supondría, contando con que Felipe llegara el 17 de octubre, que la unión se bendijo ese día. Sin embargo, parece que doña Juana no se trasladó a Lier hasta la jornada siguiente. Zurita es más preciso, aunque confunde Lier con Lille: según su relato “ vino a Lila y allí se celebraron los desposorios el día de Sant Lucas y a veynte de otubre se velaron por manos del obispo de Cambray”. Es decir, que se habrían casado el día 18 de octubre.

Si contrajeron matrimonio la noche del 18, tuvo que ser nada más conocerse y con tanta rapidez que las noticias que nos han llegado son confusas. A partir de aquí, se ha dicho que la unión la bendijo un párroco llamado apresuradamente porque entre los jóvenes había nacido una pasión amorosa. El hispanista alemán Ludwig Pfandl relató el primer encuentro de los novios de la siguiente manera: “ A la primera mirada se encendió el apetito genésico de los dos jóvenes (ella tenía dieciséis años y él dieciocho), con tal fogosidad que no esperaron al casamiento fijado para dos días después, sino que mandaron traer el primer sacerdote que se encontrara para que les diese la bendición y poder consumar el matrimonio aquella misma tarde ”. Llama la atención esa ansiosa búsqueda de sacerdote cuando a Juana la acompañaba su capellán. Pero no hay ni una sola prueba de que esto fuese así, todo lo contrario. El matrimonio lo ofició el capellán de la archiduquesa, Diego Ramírez de Villaescusa, y lo hizo sustituyendo al obispo de Jaén, que había fallecido unos días antes.


 Lier, Bélgica


Que se eligiera una pequeña población cercana a Amberes como Lier y no aquella ciudad – donde además estaba alojada doña Juana-  u otra de las poderosas urbes de Brabante o Flandes, parece responder al interés de Felipe por no mostrar una especial deferencia hacia ninguna celebrando allí su matrimonio, pues eso hubiera ido en detrimento de las demás. Así, Lier, villa fortificada erigida en la confluencia de los ríos Grote Nete y Kleine Nete, era una plaza adecuada para los fines políticos del archiduque.

Se decidió que Juana se instalase en el Hof van Mechelen, palacio que los Berthout –señores de Malinas y Grymberghen- tenían en Lier. El archiduque se aposentó en la abadía de San Bernardo, antiguo palacio de los duques de Brabante. Por orden de Felipe, entre el 8 y el 9 de octubre, llegaron Margarita de Austria y el conde de Nassau para preparar la boda. No había tiempo y tampoco eran muchas las posibilidades que ofrecía la villa, ni siquiera alojamientos, pero tanto las autoridades municipales como los vecinos, sin duda sorprendidos por los acontecimientos, se esforzaron en homenajear a sus señores.


 Iglesia de San Gumaro en Lier


LA BODA

Doña Juana iba rodeada de su extraordinaria comitiva, al frente de la cual estaba el almirante de Castilla. A Felipe, por su parte, le acompañaban todos los personajes importantes de sus territorios y Francisco de Rojas, embajador español y verdadero artífice del matrimonio. Las autoridades obsequiaron con doce brocs de vino al novio y siete a la novia (un broc equivale a cuatro pintas), y a los acompañantes con entre cuatro y seis brocs según su rango.

Desde el Hof van Mechelen, donde se alojaba la novia, y desde la abadía de San Bernardo, donde se había instalado el archiduque, hasta la iglesia colegial de San Gumaro, y desde esta al ayuntamiento, todo el recorrido estaba decorado para la ocasión con multitud de escudos de armas de la pareja y con flores. Se levantaron arcos de triunfo y en diferentes puntos se montaron tableaux vivants en honor de los contrayentes, como el patrocinado por los magistrados en las proximidades del antiguo palacio ducal. Tal fue la afluencia de curiosos que se produjo un desgraciado suceso. Durante una representación la multitud se colocó sobre un puente de madera, pero la estructura cedió bajo el peso y muchos cayeron al río entre las tablas, lo que provocó el pánico general y varias víctimas.


 
La boda – en realidad velación- fue oficiada el 20 de octubre por Henri de Berghes, obispo de Cambrai y canciller de la Orden del Toisón de Oro, quien posteriormente sería el líder de la facción españolista. Además de Margarita de Austria y Margarita de York, los testigos del monumental acontecimiento incluían a los vasallos más importantes de Felipe: Bernard III, margrave de Baden; Philippe de Clèves, señor de Ravenstein; Engelbert II, conde de Nassau, Balduino de Borgoña, Philippe de Borgoña, señor de Beveren; Jean III de Berghes; Guillaume de Croy, señor de Chièvres; Hugues de Melun, señor de Hendine; Balduino de Lannoy, señor de Molenbaix; Henri de Beersel y Pierre de Frenoy, todos miembros de la orden del Toisón de Oro. En la compañía de la novia figuraban el almirante Fadrique Enríquez y su hermano Juan Enríquez, conde de Melgar, Rodrigo Manríquez, Enrique Enríquez, Francisco Enríquez, Fernando de Córdoba, Sancho de Tovar y Martín de Távara.

Ese mismo día los contrayentes ratificaron todos los acuerdos ya alcanzados y sellaron el documento con sus firmas, de lo que dio fe François de Busleyden, preboste de Lieja y arzobispo de Besançon, declarado filofrancés y por tanto contrapunto político de Henri de Berghes. La intervención de estos poderosos personajes en la ceremonia presagiaba una pugna entre ambos bandos cuyas consecuencias sufriría especialmente Juana de Castilla. Durante la ceremonia el archiduque estuvo asistido por Francisco de Rojas, que representaba a los Reyes Católicos. El oficiante leyó la dispensa de Alejandro VI para que los cónyuges pudiesen contraer matrimonio, aunque hubiese parentesco hasta en tercer grado, y procedió a bendecir el enlace. Los principescos novios se casaron en la capilla Colibrant. La ceremonia apenas debió de rodearse de aparato, pues la capilla es de reducidas dimensiones, tanto que no podría haber acogido a todos los testigos de los contrayentes a la vez.



Concluido el oficio religioso se celebró el banquete en el antiguo palacio ducal. La comunidad invirtió una suma importante en agasajar a sus ilustres huéspedes, corriendo con los gastos del vino y la cerveza. Felipe el Hermoso, además, fue obsequiado con un lucio, pescado, en la villa. El regalo llevaba una fuerte carga simbólica, pues se consideraba que el lucio tenía tres vidas y con él se deseaba larga vida al duque de Borgoña. Se quemaron muchas antorchas y se recompensó a los que más se habían esforzado en embellecer la villa para la ocasión. 

Apenas hubo días de asueto para la pareja de recién casados y pronto salieron de Lier hacia Amberes. La unión de Juana de Castilla y Felipe el Hermoso se convirtió en una de las más importantes de la historia de Europa y en el origen de una de las leyendas más conocidas sobre la monarquía.


Fuentes:
ZALAMA, MIGUEL A. Juana I: Arte, poder y cultura en torno a una reina que no gobernó. Centro de Estudios Europa Hispánica 2010
FERNANDEZ ALVAREZ, MANUEL. Juana La Loca, La Cautiva de Tordesillas. Espasa Calpe S.A. 2000
Algunas imágenes pertenecen a la película " Juana La Loca" ( 2001)

lunes, 28 de mayo de 2012

La entrada de Juana de Castilla en Amberes


A las siete de la tarde del lunes 19 de septiembre de 1496, la archiduquesa Juana, acompañada de todo su séquito y vestida con sus mejores galas, hizo su entrada en la ciudad portuaria de Amberes. Todos los principales de la ciudad salieron a recibir a su señora, aunque no estuvieron presentes ni su esposo, ni su cuñada Margarita de Austria, ni Margarita de York - la duquesa viuda de Borgoña, quien, según decía Felipe el Hermoso, había sido para él una verdadera madre “durant nostre minorité”-, ausencias estas últimas difíciles de entender. Fue el burgomaestre de Amberes el encargado de leer el discurso de bienvenida en presencia de la magistratura de la ciudad, los señores, los clérigos, los comerciantes de diferentes países, etc…, que en perfecta comitiva salieron al encuentro de doña Juana. Un cronista asociado a la corte de Borgoña celebró la entrada de la archiduquesa:

Esta muy ilustre y virtuosa dama … de bello porte y graciosa manera, la más ricamente adornada que jamás se haya visto en tierras del señor archiduque, cabalgaba sobre una mula a la moda de España con la cabeza descubierta. Estaba acompañada de 16 nobles damas jóvenes y una matrona que la seguía, vestidas en tela de oro y montadas de forma semejante, y teniendo pajes de ricos adornos y 27 o 30 trompetistas que hicieron todo lo posible para despertar buen ánimo en esta entrada.


Amberes, Bélgica

 
Juana por fin había hecho la gran entrada que desde España se había preparado. La rica ciudad de Amberes no reparó en gastos, representando a lo largo de las calles por las que discurrió la comitiva, historias alegóricas relacionadas con la virtud de su señor, algo habitual en las ciudades de los Países Bajos y que formaba parte de las joyeuses entrées. No obstante, los ciudadanos debieron de sorprenderse ante la riqueza del séquito de doña Juana, cuyo destino era el monasterio de San Miguel, lugar habitual de alojamiento de los duques de Brabante.

Pasaron diez días hasta que llegaron a Amberes su cuñada y Margarita de York. La princesa salió de Namur hacia Bruselas, donde se hizo acompañar por caballeros del Toisón de Oro e importantes damas. Formado el cortejo, de Bruselas se dirigieron a Malinas, donde se unió a la comitiva la duquesa viuda de Borgoña. A la entrada de Amberes seis trompetas españolas dieron la bienvenida a Margarita de Austria, y el almirante de Castilla, al frente del séquito de españoles, acudió de inmediato a rendir homenaje a la futura princesa de Asturias.



 Margarita de York y Margarita de Austria

 
Ya en el monasterio de San Miguel, las ilustres damas supieron que la archiduquesa Juana estaba enferma y postrada, aquejada de fiebres tercianas, y no debía de ser una simple indisposición consecuencia del viaje a juzgar por las importantes sumas de dinero que se pagaron al médico y al boticario que la atendieron. 

Su cuñada, rompiendo la etiqueta – según la cual no se debía importunar a la enferma, más que por no molestar por no encontrarse la persona doliente presentable de acuerdo con los cánones cortesanos -, decidió subir a sus habitaciones, encontrando a la archiduquesa en una cama baja sin cobertor a la moda de España.  La cámara de doña Juana despertó admiración por su riqueza, la fastuosa corte de Borgoña se rendía ante los tejidos y los innumerables vasos de oro y plata que había en la habitación.
 

Felipe el Hermoso


Debido a que Felipe el Hermoso aún no había regresado de su viaje por Alemania, la estancia en Amberes se prolongó durante un largo mes, durante el cual la enfermedad de la archiduquesa resultó no ser nada en comparación con lo que padecieron sus acompañantes. A la pérdida de un navío en la arribada a Inglaterra y al quebranto de parte de la recámara cuando encalló una de las carracas, hubo que sumar las continuas pérdidas de vidas, entre las cuales cabe señalar la del obispo de Jaén, principal clérigo del séquito y encargado de celebrar el matrimonio, que falleció antes de la boda.

Después de permanecer en Alemania unos meses, el archiduque Felipe decidió en octubre regresar por fin a sus dominios. En Amberes le esperaba impaciente su esposa, pero además debía organizar la travesía de Margarita de Austria a tierras españolas. Acompañado de un pequeño grupo de caballeros para agilizar el viaje, a uña de caballo se presentó en los Países Bajos a mediados de octubre.


Fuentes:
ZALAMA, MIGUEL A. Juana I: Arte, poder y cultura en torno a una reina que no gobernó. Centro de Estudios Europa Hispánica 2010
ARAM, BETHANY. La reina Juana, Gobierno, piedad y dinastía. Marcial Pons, ediciones de Historia, S.A. 2001

domingo, 27 de mayo de 2012

La llegada de Juana de Castilla a los Paises Bajos

Una linda muñeca Juana de Castilla realizada por las habilidosas manos de María Victoria Jaume Arlandy, pero tiene muchísimas más que podeis ver en su blog http://reinamarivi.blogspot.com.es/


 EL VIAJE A LOS PAISES BAJOS


Juana de Castilla sufrió algunos contratiempos mientras viajaba para encontrarse con su prometido, quien no conocía ni su lengua ni su cultura. Seguros de que nadie se atrevería a interceptar semejante armada, el único peligro que acechaba a la flota era el inherente a la navegación. Al estar en pleno verano las posibilidades de tormenta eran reducidas, pero al cruzar el canal de La Mancha el viento dejó de ser favorable y las naves tuvieron que resguardarse en las playas de Portland el 31 de agosto. La larga mano de Isabel La Católica aún parecía manejar el contratiempo, pues había previsto la posibilidad de que tuvieran que arribar a las costas inglesas y había escrito al rey Enrique VII pidiéndole un trato favorable para su hija y sus súbditos.

No debió de ser un temporal – no se constata un naufragio-, pero llevar a puerto tantas naves no fue fácil y ocurrió un accidente: una de las carracas se llevó por delante un pequeño navío que se hundió inmediatamente, aunque por fortuna no hubo víctimas. Más allá de este incidente, la estancia en Inglaterra no fue más que una escala técnica de apenas dos días, tiempo suficiente para que descansara la tripulación y los principales de la zona se acercaran a dar la bienvenida a la archiduquesa Juana.




LA LLEGADA DE LA ARCHIDUQUESA


El día 2 de septiembre la flota se hizo de nuevo a la mar y, después de otra parada por falta de viento a la altura de Southampton, en seis días alcanzó la costa de Zelanda, en la entonces isla de Walcheren. Era entrar con mal pie y, desde luego, con mala fortuna, pues al intentar sortear los bancos de arena próximos a Arnemuiden, en la parte oriental de la isla, la carraca genovesa comandada por Juan Enríquez, hermano del almirante de Castilla, encalló. Según la versión de Zurita, se perdió parte de los setecientos hombres que iban a bordo y la mayor parte de las pertenencias de la archiduquesa. Fue un accidente aunque no una sorpresa, ya que estos navíos de cierto calado se movían muy mal en la zona próxima a la costa, y el hecho de que la archiduquesa dejara la carraca capitana por un navío menor demuestra que contaban con ello. Sin embargo, la tragedia – al menos en cuanto a bajas- no fue tal. No parece que hubiera víctimas y se pudo salvar parte de la recámara de la archiduquesa gracias a las pequeñas embarcaciones que se acercaron a la carraca y recuperaron buena parte de su carga.

El hecho de que su futuro marido – en Alemania desde primeros de mayo junto a su padre el emperador Maximiliano- no estuviera para darle la bienvenida fue otro presagio de ulteriores problemas. Felipe el Hermoso tan preocupado por Juana en las cartas enviadas tanto a ella como a los Reyes Católicos a comienzos de julio, y quien decía haber dispuesto que en su ausencia fuese una representación de los Países Bajos donde estuviera Francisco de Rojas, embajador y hacedor de los matrimonios, parecía haber perdido todo el interés apenas dos meses más tarde. No hubo tal acogida y sólo se presentó ante la archiduquesa la dama española Marina Manuel, esposa de Balduino de Borgoña. Este matrimonio formaron juntos el núcleo de un potencial partido españolista en los Países Bajos, aunque era un partido sin gran influencia sobre el archiduque Felipe.


 Brujas, Bélgica


La ausencia de Felipe era en parte el resultado de la profunda antipatía que sentían algunos de sus consejeros más cercanos hacia una unión entre las casas de Borgoña y Castilla. Aunque los padres de Juana se habían imaginado su matrimonio con Felipe como una alianza contra Francia, ella pronto descubrió que muchos de los consejeros de su esposo estaban a favor de una aproximación a la corte francesa. Oponiéndose a los matrimonios de sus príncipes con los hijos de los Reyes Católicos, los consejeros de Felipe lo convencieron para que viajara a Alemania, en el primero de los muchos intentos que hicieron para separarlo de Juana de Castilla. Todavía en 1496 es posible que los consejeros francófilos de Felipe hayan tenido la esperanza de persuadir al emperador de las virtudes de una alianza con Francia en vez de España. De este modo, cuando la archiduquesa desembarcó en Arnemuiden, se enfrentó a la telaraña de intereses en pugna que era la corte de Borgoña.

El archiduque Felipe, a través del conde de Nassau, había previsto un recibimiento de su futura esposa en Brujas, y allí se trasladó “ l’ambassedeur d’ Espagne ”. A principios de septiembre se sabía que la llegada de doña Juana era inminente y se multiplicaron las órdenes a diferentes personajes para que se desplazaran hasta Brujas. También se pidió a la ciudad que se preparase para el recibimiento de la archiduquesa, insistiendo en la importancia del personaje “ fillie dy roy d’ Espagne et épouse de monseiur ”. Animada por doña Marina Manuel y Balduino, la archiduquesa conservó una clara perspectiva de su misión: asegurar la doble alianza que sus padres habían planeado. Con vistas a este fin, tras esperar unos días en Arnemuiden, la archiduquesa decidió no cruzar el estuario del Escalda para ir a Brujas, sino que emprendió viaje hacia el oeste, hasta Bergen op Zoom. 


 Palacio de Markiezenhof, Bergen op Zoom
 

La archiduquesa Juana fue a Bergen op Zoom para dedicarse a reforzar la amistad con una familia de inclinaciones españolistas, los señores de Berghes, alojándose en su residencia. Durante ese tiempo Jean de Berghes, primer chambelán de Felipe y miembro de la distinguida orden del Toisón de Oro, y su esposa Adrienne de Brimeu, tuvieron una hija a la que bautizaron en la iglesia de Wouw, cerca de Bergen op Zoom, y a la que doña Juana, cuyo nombre pusieron a la recién nacida, amadrinó. Que la archiduquesa sostuviera sobre la pila bautismal a la hija del chambelán muestra el grado de implicación de esta familia en la causa española, mas no por ello permaneció mucho tiempo allí.

Determinada a encontrarse con Felipe lo más pronto posible, la archiduquesa dejó la mayor parte de su equipaje en la finca de los Berghes hasta después de su boda, y se trasladó a Amberes, donde iba a esperar el regreso del archiduque a los Países Bajos.


Fuentes:
ZALAMA, MIGUEL A. Juana I: Arte, poder y cultura en torno a una reina que no gobernó. Centro de Estudios Europa Hispánica 2010
ARAM, BETHANY. La reina Juana, Gobierno, piedad y dinastía. Marcial Pons, ediciones de Historia, S.A. 2001

sábado, 26 de mayo de 2012

IRENA SENDLER, El ángel de Varsovia


La figura de Oskar Schindler fue aclamada por medio mundo gracias al director de cine Steven Spielberg, que se inspiró en él para hacer la película que conseguiría siete Oscar en 1993 narrando la vida de este industrial alemán que evitó la muerte de 1.200 judíos en los campos de concentración. Pero hubo más personas que arriesgaron sus vidas para ayudar a los más desfavorecidos en aquella época. En el Budapest ocupado un diplomático español, Ángel Sanz Briz, evitó la matanza de 5.200 judíos húngaros emitiendo salvoconductos a todos ellos alegando que eran sefardíes (descendientes de los judíos que vivieron en la península ibérica), sólo unos 200 lo eran. El diplomático sueco Raul Wallenberg fue responsable de la salvación de unos 40.000 judíos húngaros. 

Y estos héroes tienen su versión femenina en Polonia. Se llamaba Irena Sendler y había salvado la vida de 2.500 niños judíos. Se la llamó «El Ángel del Gueto de Varsovia». La vida de esta heroína fue llevada a la pequeña pantalla por la CBS en The Courageous Heart of Irena Sendler, donde fue interpretada por la ganadora de un Oscar Anna Paquin. Por su trabajo en esta miniserie, la protagonista fue nominada al Globo de Oro como mejor actriz de miniserie o telefilme 2009. 



Irena Sendler nació como Irena Krzyzanowska el 15 de febrero de 1910, en un pueblo llamado Otwock a 23 kilómetros al sudeste de Varsovia. Desde su infancia sintió simpatía por los judíos. Su padre, un médico reconocido, falleció en 1917 a causa de un tifus contraído al tratar a varios pacientes rechazados por sus colegas: muchos de esos pacientes eran judíos. Tras su muerte, los líderes de la comunidad judía ofrecieron pagar los estudios de la muchacha. En la Polonia de pre-guerra, Irena se opuso al sistema de discriminación adoptado por algunas universidades, como resultado de lo cual fue suspendida en la Universidad de Varsovia durante tres años. 

Cuando Alemania invadió el país en 1939, Irena era enfermera en el Departamento de Bienestar Social de Varsovia, el cual llevaba los comedores comunitarios de la ciudad. Allí trabajó incansablemente para aliviar el sufrimiento de miles de personas tanto judías como católicas. Gracias a ella, estos comedores no sólo proporcionaban comida para huérfanos, ancianos y pobres sino que además entregaban ropa, medicinas y dinero. El primer año de la ocupación lo dedicó a facilitar a familias judías ropa, comida y todo aquello que no podían conseguir por culpa de la discriminación de que eran objeto. 



Los nazis crearon un gueto judío en Varsovia. Cuatrocientas mil personas fueron confinadas en un espacio minúsculo, tapiado y vigilado las 24 horas del día. Durante los tres años de su existencia, el hambre, las enfermedades y las deportaciones a campos de concentración y de exterminio redujeron su población a cincuenta mil habitantes. Irena, horrorizada por las condiciones en que se vivía allí, se unió al Consejo para la Ayuda de Judíos. Ella misma lo cuenta: " Conseguí, para mí y mi compañera Irena Schultz, identificaciones de la oficina sanitaria, una de cuyas tareas era la lucha contra las enfermedades contagiosas. Más tarde tuve éxito en conseguir pases para otras colaboradoras. Como los alemanes invasores tenían miedo de que se desatara una epidemia de tifus, toleraban que los polacos controláramos el recinto ”. Irena entraba diariamente al gueto a llevar comida y medicinas, siempre portando un brazalete con una estrella de David como símbolo de solidaridad y para no llamar la atención de los nazis.

Pronto se puso en contacto con familias a las que ofreció sacar a sus hijos del gueto y ponerlos a salvo. Pero no les podía dar garantías de éxito. Lo único seguro era que los niños morirían si permanecían en él. Muchas madres y abuelas eran reticentes a entregar a sus niños, algo absolutamente comprensible pero que resultó fatal para ellos. Algunas veces, cuando Irena o sus chicas volvían a visitar a las familias para intentar hacerles cambiar de opinión, se encontraban con que todos habían sido llevados al tren que los conduciría a los campos de la muerte.



A lo largo de un año y medio, Irena consiguió rescatar a más de 2.500 niños por distintos caminos: comenzó a sacarlos en ambulancias como víctimas de tifus, pero pronto se valió de todo tipo de subterfugios que sirvieran para esconderlos: sacos, cestos de basura, cajas de herramientas, cargamentos de mercancías, bolsas de patatas, ataúdes... en sus manos cualquier elemento se transformaba en una vía de escape. Incluso adiestró a un perro que la acompañaba para que ladrara a los soldados alemanes cuando salía y entraba con su vehículo, los cuales no se acercaban. Sus ladridos además amortiguaban los posibles ruidos de los niños. Una vez fuera, eran acogidos en hogares católicos de familias polacas. En aquellos casos en los que no encontraban una familia que se hiciese cargo de ellos, los ocultaban en orfanatos o conventos, y poco a poco fueron enviados a Palestina.

Irena quería que aquellos niños un día pudieran recuperar sus verdaderos nombres, su identidad, sus historias personales y sus familias. Entonces ideó un archivo en el que registraba los nombres de los niños y sus nuevas identidades. Apuntaba los datos en pedazos pequeños de papel y los enterraba dentro de frascos bajo un manzano en el jardín de su vecino. Allí aguardó sin que nadie lo sospechase el pasado de 2.500 niños. Sus contactos en la Resistencia hicieron el resto. Fabricaron identidades falsas para cada niño, borrando todo vestigio de su pasado en el gueto. 

Pero un día, los alemanes supieron de sus actividades. El 20 de octubre de 1943, Irena Sendler fue detenida por la Gestapo y llevada a la prisión de Pawiak donde fue brutalmente torturada. En un colchón de paja de su celda encontró una estampa ajada de Jesucristo. La conservó como el resultado de un azar milagroso en aquellos duros momentos de su vida, hasta el año 1979 en que se deshizo de ella y se la obsequió a Juan Pablo II. 



Irena era la única que sabía los nombres y las direcciones de las familias que albergaban a los niños judíos; soportó la tortura y se rehusó a traicionar a sus colaboradores o a cualquiera de los niños ocultos. Le rompieron los pies y las piernas además de innumerables torturas. Pero nadie pudo romper su voluntad. Así que fue sentenciada a muerte. Una sentencia que nunca se cumplió porque camino del lugar de la ejecución, el soldado que la llevaba la dejó escapar. La Resistencia le había sobornado porque no querían que Irena muriese con el secreto de la ubicación de los niños. Oficialmente figuraba en las listas de los ejecutados, así que a partir de entonces, Irena continuó trabajando pero con una identidad falsa. 

Al finalizar la guerra, ella misma desenterró los frascos y utilizó las notas para reunir a los niños con sus familiares. Lamentablemente, la mayor parte de las familias de los niños habían perecido en los campos de concentración nazis. Los niños sólo la conocían por su nombre clave: Jolanta. Pero años más tarde cuando su historia salió en un periódico acompañada de fotos suyas de la época, varias personas empezaron a llamarla para decirle: “ Recuerdo tu cara…. Soy uno de esos niños, te debo mi vida, mi futuro y quisiera verte…”.



Una vez finalizada la II Guerra Mundial, Irena Sendler intentó volver a su vida pero fue perseguida por el gobierno comunista por su afinidad con los miembros del gobierno polaco que se encontraban en el exilio y por su asociación con la reaccionaria Armia Krajowa. Nuevamente fue detenida, sufrió un aborto de su segundo hijo y se les negó a sus hijos el derecho de estudiar en universidades polacas. El Estado polaco no reconoció sus méritos. Irena llevó una vida gris y anónima. Nadie sabía quién era y, mucho menos, lo que había hecho por 2.500 niños durante la guerra. Los años de oscurantismo comunista borraron su hazaña de los libros de historia oficiales. Pese a los duros años que sufrió después de la guerra, sus acciones empezaron a tener reconocimiento a partir de 1965 cuando la organización Yad Vashem de Jerusalén le otorgó el título de Justa entre las Naciones y la nombraron ciudadana honoraria de Israel.

Pero habrían de pasar casi 40 años para que fuera reconocida en su patria. En 2003, el presidente Alexander Kwasniewski la condecoró con la orden del Águila Blanca, la más prestigiosa de Polonia. En 2007, con 97 años, el presidente Lech Kaczynski la postuló como candidata al Nobel de la Paz, que finalmente fue concedido al norteamericano Al Gore. Un año después, Irena Sendler murió en paz en un asilo de Varsovia admirada por todos. Había vivido encadenada durante años a una silla de ruedas debido a las lesiones que arrastró tras las torturas sufridas por la Gestapo. No se consideró una heroína. Nunca se adjudicó crédito alguno por sus acciones. " Podría haber hecho más " , decía siempre que se le preguntaba sobre el tema, " Este lamento me seguirá hasta el día que muera ". 


Fuentes:
http://www.portalplanetasedna.com.ar/irena_sendler.htm
http://historia.libertaddigital.com/irena-sendler-la-heroina-anonima-1276237412.html
http://es.wikipedia.org/wiki/Irena_Sendler
http://es.wikipedia.org/wiki/The_Courageous_Heart_of_Irena_Sendler

viernes, 25 de mayo de 2012

VITTORIA COLONNA

Vittoria Colonna por Sebastiano del Piombo en 1520


Tal vez la poeta noble más famosa de su época haya sido Vittoria Colonna, que vivió entre 1492 y 1547 y que pertenecía a una vieja estirpe de príncipes. Casada a los diecisiete años con el marqués de Pescara, uno de los más destacados militares al servicio de Carlos V, se quedó viuda aún joven al morir su marido en la batalla de Pavía en 1525. Desde entonces se dedicó en cuerpo y alma a sus intereses más profundos, intelectuales y artísticos pero también espirituales: Colonna estuvo muy cercana a los movimientos reformistas. Mantuvo una estrecha relación con reformadores como Pietro Camesecchi, Juan de Valdés y Bernardino Ochino. Fue amiga de algunos de los más importantes escritores de la época, como Ariosto, Aretino, Castiglione o Bembo y, sobre todo, de Miguel Ángel Buonarroti, con quien mantuvo una intensa relación de mutuo amor platónico; fue a ella a quien el artista dedicó algunos de sus mejores versos, tratándola siempre en masculino.

La poesía de Colonna, amorosa, religiosa y también de contenido político, circuló ampliamente por toda Italia, primero en manuscritos y después en numerosas ediciones. Muchos de esos poemas están dedicados al dolor por la muerte de su marido. A pesar de su relevancia social e intelectual, Colonna no se vio libre de burlas y ataques por parte de algunos de sus colegas masculinos.




Nacida en el seno de la noble familia romana de los Colonna en 1492, Vittoria era hija de Fabrizio Colonna y de Agnese di Montefeltro, descendiente de la familia ducal de Urbino. Los Colonna concertaron el matrimonio de su hija con un noble napolitano de origen español llamado Francisco Fernando de Ávalos, marqués de Pescara, siendo ambos unos niños todavía. Los novios se casaron en la isla de Ischia el 27 de diciembre de 1509 en el Castillo Aragonés. Aunque el matrimonio había sido dispuesto para servir a los intereses de sus respectivas familias, resultó bien desde el punto de vista sentimental. Sin embargo, no pudieron pasar mucho tiempo en Ischia, donde se habían establecido, ya que Francisco debió partir a la guerra para combatir contra Francia al servicio de los españoles. Fue herido y hecho prisionero por los franceses en la batalla de Rávena en 1512 y deportado a Francia. Durante el tiempo en que Francisco estuvo cautivo, él y su esposa mantuvieron una apasionada correspondencia.

Más adelante, Francisco se convirtió en oficial del ejército de Carlos V y fue gravemente herido en la batalla de Pavía el 24 de febrero de 1525. Su esposa corrió a reunirse con él en Milán, pero antes de llegar le sorprendió la noticia de su fallecimiento en Viterbo. Vittoria cayó en una depresión, llegando incluso a pensar en el suicidio, pero pudo superarla con la ayuda de sus amigos. Durante esta época escribió sus Rimas espirituales. Viuda, rica e independiente, y sin hijos, tomó la decisión de retirarse a un convento en Roma e hizo amistad con varios eclesiásticos que trataban de impulsar una corriente reformista dentro de la Iglesia Católica, entre los cuales se encontraba el español Juan de Valdés. Vittoria resistió todos los intentos de su familia y el Papa para organizar un segundo matrimonio.


 
Poco después, su hermano Ascanio Colonna tuvo un conflicto con el papa Clemente VII. Vittoria se trasladó a Marino, y luego a Ischia, tratando de mediar en el conflicto. Este desplazamiento evitó que sufriese en propia carne las vicisitudes del Saco de Roma en 1527, aunque contribuyó a sus propias expensas a ayudar a la población y a rescatar prisioneros. Volvió a Roma en 1531 y unos años después decidió viajar a Tierra Santa, para lo cual se trasladó a Ferrara en 1537, en espera de obtener el permiso del Papa, con la intención de embarcarse en Venecia. Sin embargo, no llegó a partir a causa de su mala salud. En Ferrara ayudó a establecer un monasterio de capuchinos, a instancias del reformador Bernardino Ochino, quien después se haría protestante.

En 1539 regresó a Roma, donde entabló una apasionada amistad con Miguel Ángel Buonarroti, quien la estimó enormemente, y sobre el cual tuvo una gran influencia. Miguel Ángel le dedicó varios de sus sonetos y la retrató en numerosos dibujos. En 1541 su hermano volvió a tener un enfrentamiento con el Papa, ahora Pablo III, y llevó a cabo un levantamiento contra el mismo que fracasó. Vittoria se trasladó entonces a Viterbo, donde conoció al cardenal Reginald Pole. En 1544 regresó a Roma, donde la sorprendió la muerte en el convento de San Silvestre, lo cual probablemente le ahorró algún disgusto con la Inquisición, ya que desde el año siguiente sus amigos eclesiásticos serían objeto de investigación.




Fuentes:
CASO, ANGELES. Las Olvidadas. 2005 Editorial Planeta
http://es.wikipedia.org/wiki/Vittoria_Colonna

jueves, 24 de mayo de 2012

MATA-HARI, La legendaria espía



Mata-Hari era una mujer que se reinventaba en cada instante. Como un camaleón, se adaptaba a cada situación con el único objetivo de complacerse a sí misma. Cambiaba de oficio, de fisonomía, de nacionalidad y de país como quién se cambia de ropa. Ejerció de madre y esposa, actuó como bailarina, se hizo pasar por princesa de Java para ganarse la vida, acabó siendo acusada de espía y condenada a morir a los cuarenta y un años ante un pelotón de fusilamiento. Vividora, arriesgada, aventurera, atrevida, seductora … son muchos los adjetivos que definen a Margaretha Geertruida Zelle, una mujer que bajo el nombre de Mata-Hari hipnotizó al mundo con sus eróticos movimientos y su baile sensual.

Había nacido en Leeuwarden (Holanda), el 7 de agosto de 1876, en el modesto hogar de un sombrerero holandés y una humilde joven originaria de la isla de Java, entonces posesión holandesa. Huérfana de madre desde 1891, su padre la internó en un colegio para señoritas y luego en la escuela Normal de Leyden, con el fin de que siguiera los estudios de magisterio. Pero Margaretha no estaba hecha para acabar convertida en una maestra de provincias, tal como deseaba su padre. Soñadora, coqueta, ególatra y llena de fantasía, abandonó la escuela bajo el pretexto de estar siendo acosada por el director y desempeñó distintos oficios hasta que, en 1895, su vida cambió por un anuncio publicado en la prensa local. El responsable era un tal Rudolf MacLeod, un oficial del ejército holandés veinte años mayor que ella, que hacía una insólita petición: necesitaba una esposa para que le acompañara en su siguiente destino en las Indias Orientales.

 
Quizá el recuerdo de la madre muerta y sus orígenes asiáticos fueron los que hicieron nacer en Margaretha la pasión por los escenarios exóticos. Las Indias Orientales se le antojaron un destino más que apetecible y, sin pensárselo dos veces, respondió a la carta. A la carta y a algo más porque, cuando ese mismo año contrajo matrimonio con MacLeod, ya estaba en camino su primera hija, una niña a la que llamó Jeanne-Louise. Con ella se trasladaron a Java, el paraíso tantas veces soñado por Margaretha. Sin embargo, su estancia en las Indias Orientales distó mucho de ser agradable. Apenas instalados nació su segundo hijo, Norman, pero el niño murió poco después, envenenado por un sirviente que quiso vengar así el maltrato recibido por parte de MacLeod. Éste se había revelado como un hombre violento y propenso a frecuentar tabernas y burdeles. Margaretha no se quedaba atrás, y entretenía su soledad frecuentando la compañía de hombres y mujeres que la adiestraron en la cultura y las prácticas sexuales de la cultura oriental.

Con el propósito de salvar un matrimonio que se había revelado un completo fracaso, regresaron a Amsterdam pero, una vez allí, ante el rumbo de los acontecimientos y la conducta cada vez más violenta de su marido, Margaretha inició los trámites de divorcio alegando malos tratos. MacLeod se defendió acusándola a ella de conducta liviana y asegurando que le había sido infiel en repetidas ocasiones durante su estancia en Java. Debió convencer a los jueces ya que, aunque Margaretha consiguió divorciarse, perdió la custodia de su hija a la que no volvió a ver jamás, pese a intentarlo en repetidas ocasiones. Sola y sin recursos, pero conocedora de la fascinación que la Europa de fin de siglo sentía por todo lo exótico, pensó en sacar partido de sus rasgos orientales y aprovechar los conocimientos aprendidos en Java. Decidida a triunfar, marchó a París. Había nacido Mata-Hari.


Recién llegada a la capital francesa conoció al barón de Marguerie que, atraído por su sensualidad, se convirtió en su primer protector. Él la introdujo en los círculos artísticos, donde inició una fulgurante carrera como bailarina exótica, pero también como demi-mondaine (así se denominaba entonces a las cortesanas). Sin embargo, al comprender que de seguir así, su futuro no distaría mucho del de las viejas prostitutas que veía arrastrarse por las calles de Pigalle o las escalinatas de Montmartre, decidió reinventarse.

Aseguraba a todo aquel que quería escucharla que su madre había sido una bayadera del templo de Kanda Swandi, que había muerto a consecuencia del parto, mientras ella quedaba al cuidado de los sacerdotes del templo. Habían sido ellos quienes la habían bautizado como Mata-Hari, es decir “ojo del amanecer”. Y allí, de las danzarinas sagradas entregadas a cultos ancestrales, había aprendido las sensuales danzas que la hacían triunfar estrepitosamente cuando, ataviada como una bailarina exótica, iba despojándose lentamente de las gasas y las sedas que la cubrían hasta quedar semidesnuda.

 
París fue la plataforma de despegue para su triunfal carrera. Le siguieron Copenhague, Ámsterdam, Berlín, Londres, Madrid … Recorrió los principales escenarios europeos al tiempo que vivía apasionados romances con personajes de renombre, entre los que se contaron el Konprinz alemán; Adolphe Pierre Messimy, ministro de guerra francés; Alred Kiepert, un latifundista alemán; o el barón Henri de Rothschild. Al mismo tiempo que crecía su fama y su cuenta corriente aumentaba su fantasía. Explicaba las más absurdas historias sobre sus orígenes, fantaseaba sobre sus amantes y lanzaba las más ácidas diatribas sobre la cohorte de imitadoras que, al albur de la moda orientalista, seguían sus pasos. Envuelta en una espiral de frivolidad, imaginación y fantasía, no supo ver el peligro y, como si de un juego se tratara, acabó por verse involucrada en una absurda trama de espionaje.

El estallido de la Primera Guerra Mundial la sorprendió en Berlín. Por esas fechas era la amante del jefe de policía de la ciudad y un poco más tarde de Kraemer, cónsul alemán en Amsterdam y jefe del espionaje de su país. Es probable que, conociendo sus contactos, Kraemer la utilizara para sonsacar información a los altos mandos franceses. Convertida por los servicios secretos alemanes en la espía H-21 y convencida de que sus buenos contactos la salvarían de cualquier posible peligro, se le ocurrió ofrecer sus servicios al jefe del Servicio de Espionaje y Contraespionaje francés, el capitán Ladoux, a fin de conseguir un visado para poder visitar en el hospital donde se encontraba, por haber sido herido, un oficial ruso llamado Vadim Masslov del que se había enamorado. El capitán Ladoux se dedica a seguir todos sus pasos y a vigilarla de cerca.


 
Pese a estar muy enamorada por aquel entonces del joven oficial ruso, varios años más joven que ella, sus intrincados asuntos de alcoba entre Madrid, Amsterdam y París, acelerarán su caída y su detención acusada de espionaje. La tesis más extendida sobre Mata-Hari es que, aunque reveló algunos datos sobre algunos movimientos militares alemanes, como el desembarco nocturno de algunos oficiales del Kaiser en Marruecos, y que comunicó al enemigo movimientos de tropas francesas que conocía por la prensa de París, no parece que fuera una espía importante, aunque llegó a ser acusada por Francia de haber sido entrenada en Holanda, en una escuela para tal fin. 

Mata-Hari era más bien una cortesana en aquellos momentos, que aceptó encargos de este tipo para mantener su nivel de vida y poder visitar, en territorio de guerra, a su joven amado herido en combate. Quienes han estudiado este personaje dicen que en realidad, se tomó esta labor como un juego, no siendo plenamente consciente del riesgo.



Mata-Hari fue detenida un día de febrero de 1917 en su domicilio de la avenida de los Campos Elíseos de París. Es sabido que cuando fue apresada, requirió que le concedieran tiempo para asearse y que llegó a mostrarse desnuda ante los ojos de sus captores, con la excusa de ofrecerles bombones en un casco prusiano que un general alemán le había regalado años atrás. Recluida en la prisión de Saint Lazare, fue sometida a juicio sumarísimo bajo la acusación de ejercer como agente doble al servicio de Alemania y Francia y de haber causado con ello, aún de forma indirecta, la muerte de miles de soldados. 

En el interrogatorio se volverían contra ella sus últimas andanzas con la milicia: "Desde junio de 1916 habéis entrado en relación con los militares de todas las nacionalidades que estaban de paso en París. Así el 12 de julio habéis almorzado con el subteniente Hallaure. Del 15 al 18 de julio habéis vivido con el comandante belga De Beaufort. El 30 de julio salisteis con el comandante de Montenegro, Yovilchevich. El 3 de agosto con el subteniente Gasfield y el capitán Masslov. El 4 de agosto os citabais con el capitán italiano Mariani. El 16 almorzabais con los oficiales irlandeses, Plankette y O'Brien, y el 24, con el general Baumgartem". El listado continuaba y aquí fue cuando Mata-Hari aseguró que amaba a los militares de todos los países y que sólo se acostaba con ellos por placer, no para sacarles información. Es muy probable que esa fuera la única verdad que dijo en su vida. "¿Una ramera?, ¡Sí!, pero una traidora, ¡Jamás!", exclamaría durante el juicio.


El tribunal francés la acusó de alta traición y la condenó a muerte sin pruebas concluyentes. En parte, para subir los ánimos de un país en guerra, al que se le ofrecía una sensacional ejecución con intenciones edificantes. Mata-Hari murió el 15 de octubre de 1917 en Vincennes. Vestida y maquillada como para una gran ceremonia, no permitió que le taparan los ojos y miró sin rencor a los oficiales del pelotón de fusilamiento. La leyenda sostiene que les tuvieron que vendar los ojos para que no cayeran rendidos a sus pies. Sin embargo, son probados los hechos de que lanzó un beso de despedida a sus ejecutores y que, de los doce soldados que constituían el pelotón de fusilamiento, sólo acertaron cuatro disparos, uno de ellos en el corazón que le causó la muerte instantánea. El oficial a cargo, como así se disponía en estos casos, ultimó el acto innecesariamente con un disparo de gracia en la sien. La noticia recorrió el mundo. Hay incluso narración periodística que detalla este dramático momento describiendo la expresión de su rostro, forma de caída y disposición final del cuerpo en el suelo.

"La verdad es que como espía fue poca cosa", diría con indudable cinismo el capitán Ladoux, el mismo que había pedido para ella la pena capital. Nadie reclamó su cadáver. Hasta el último momento Mata-Hari esperó que saliera en su defensa alguno de tantos hombres influyentes como había tratado, pero ninguno respondió por ella. Su cuerpo, donado a la ciencia, fue conducido a la facultad de medicina y su cabeza, tras ser embalsamada, permaneció en el museo del Crimen de París hasta que, en 1958, desapareció misteriosamente sustraída por algún enamorado de su memoria. Habían pasado más de cuarenta años de su muerte, pero Mata-Hari aún continuaba levantando pasiones.


Fuentes:
QUERALT DEL HIERRO, MARÍA PILAR. Mujeres de vida apasionada.  La Esfera de los Libros S.L. 2010
VALLBONA, TERESA. Grandes Mujeres. El lado femenino de la historia. Editorial Océano, S.L., 2010
http://www.elmundo.es/magazine/num104/textos/matahb.html
http://es.wikipedia.org/wiki/Mata_Hari

lunes, 21 de mayo de 2012

ROSA LUXEMBURGO, La Rosa Roja



Rosa Luxemburgo, conocida como la Rosa Roja, fue una mujer de sólidas convicciones y considerable inteligencia, cuyo papel resultó decisivo a la hora de establecer las bases teóricas del comunismo. Consagró su vida a la difusión de sus ideales a través de artículos de prensa, conferencias y discursos. En todos, se reveló como una brillante oradora y una apasionada agitadora social pero, sobre todo, como un perfecto ejemplo del nuevo papel que la mujer deseaba desempeñar en la sociedad.

Había nacido en Zamosc, una ciudad de la actual Polonia, el 5 de marzo de 1871. Sus padres, de origen judío, se dedicaban al comercio maderero e intentaron dar a sus cuatro hijos una sólida formación. No tuvo una infancia feliz. Una malformación de cadera la obligó a guardar reposo durante largas temporadas y, ya de adulta, solía lamentarse de las interminables horas de soledad sufridas en su habitación, mientras oía las risas y el alboroto de sus hermanos en el jardín. Recuperada, aunque con la secuela de una cojera que la acompañaría de por vida, hacia 1880 se trasladó con su familia a Varsovia, donde ya pudo asistir de forma regular a un instituto en el que se graduó con un magnífico expediente académico.


 
Fue durante esos años escolares, cuando despertó en ella una temprana vocación política que le hizo conocer muy pronto los riesgos de la militancia. Su pertenencia al partido polaco de izquierdas Proletariat, fundado en 1882, le valió una orden de busca y captura que la obligó a huir a Suiza. Matriculada en la universidad de Zurich, estudió a un tiempo filosofía, historia, política, economía y matemáticas. Decidida a volcarse en la consecución de sus ideales políticos, en 1890 se afilió al Partido Socialdemócrata Alemán (SPD). Tres años después, en unión de dos correligionarios, Leo Jogiches y Julian Marchlewski, fundó el periódico La causa de los trabajadores. Por entonces, Rosa ya se había instalado en Alemania, si bien no consiguió la nacionalidad germana hasta 1898 cuando contrajo matrimonio con Gustav Lübeck.

Durante sus años berlineses, colaboró activamente con el ala más radical del Partido Socialdemócrata Alemán. La experiencia le había concedido una extraordinaria seguridad en sí misma y una fe ciega en su credo político. Su habilidad retórica, la convicción con la que exponía sus ideas y su capacidad para el liderazgo fueron tan evidentes que la dirección del partido la nombró portavoz del mismo. Desde su cargo, emprendió una intensa campaña contra la posibilidad de una guerra que cada vez parecía más inevitable.  Para ello, no cesaba de publicar incendiarios artículos en diversos periódicos europeos donde atacaba al militarismo alemán y propugnaba la significación de los comunistas contra la guerra.


 
Convencida de la necesidad de derribar fronteras y hacer del proletariado una gran nación que no conociera más territorio que el de la clase a la que pertenecía, Rosa, en unión del socialista francés Jean Jaurès propugnó la organización de una gran huelga general en la que, en caso de declararse la guerra, debían implicarse todos los partidos obreros europeos. Insistió en ello cuando en 1914 el asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando de Austria desencadenó el estallido bélico. Es más, inició una intensa campaña a favor de la objeción de conciencia y llamando a la desobediencia civil contra la militarización. Pero lo único que consiguió fue una acusación de incitar a acciones contra la ley y el orden que le supuso un año de cárcel.

El inicio de las hostilidades la sumió en una intensa crisis personal, pero también sirvió de crisol para que se concretara su compromiso definitivo: la formación, en unión de Karl Liebknecht, Clara Zetkin y Franz Mehring, de la Liga Espartaquista, denominada así por iniciativa de Liebknecht, quien firmaba sus escritos como Espartaco, emulando al gladiador tracio que promovió la rebelión de los esclavos contra Roma. La Liga impulsó la organización de una gran huelga general, pero la proclama sólo consiguió que, de nuevo, Rosa volviera a dar con sus huesos en prisión. Allí se encontraba cuando estalló en Rusia el movimiento revolucionario de 1917. Como respuesta escribió una de sus obras más significativas, La Revolución Rusa, donde criticaba duramente la política bolchevique y avisaba del peligro de que pudiera acabar por ser el germen de un futuro régimen dictatorial. 



Cumplida la condena, el 8 de noviembre de 1918, Rosa Luxemburgo salió de la cárcel. Karl Liebknecht lo había hecho poco antes y estaba reorganizando las actividades de la Liga Espartaquista. Juntos fundaron el periódico La Bandera Roja, en uno de cuyos primeros artículos, Rosa reclamó la amnistía para todos los prisioneros políticos y abogó por la derogación de la pena de muerte. 

Poco después, tras finalizar la guerra y con el Káiser en el exilio, la Liga Espartaquista se unió a otros grupos socialistas y comunistas para fundar el Partido Comunista de Alemania. La iniciativa, sin embargo, fue contestada por el líder socialdemócrata Friedrich Ebert, que había formado un gobierno provisional, desde noviembre de 1918, tras la proclamación de la República de Weimar. Para reprimir lo que se calificó de insurrección espartaquista, Ebert desencadenó una política de terror policial, valiéndose de las organizaciones paramilitares fascistas conocidas como Freikorps. Apenas quince días después, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht fueron asesinados. Él recibió un tiro en la nuca, ella fue golpeada hasta morir con la culata de un fusil y su cuerpo arrojado a un río cercano.


Fuente:
QUERALT DEL HIERRO, MARÍA PILAR. Mujeres de vida apasionada.  La Esfera de los Libros S.L. 2010

GABRIELLE D' ESTRÉES, Duquesa de Beaufort ( IV y última )


Todo estaba preparado para el gran acontecimiento, desde el vestido de novia, de terciopelo carmesí –el color reservado a las reinas- hasta las colgaduras de seda del mismo color para su nuevo dormitorio en el Louvre. Sin embargo, según pasaban los días la favorita empezó a dar señales de nerviosismo. ¿Había sabido quizá por sus espías que Enrique, reavivadas las negociaciones con el enviado florentino, se había puesto a discutir en detalle los artículos relativos a la dote de María de Médicis? ¿Y que, por lo tanto, el rey le había hecho promesas que en el último momento no pensaba mantener? ¿Le molestaba el doble juego de su regio amante o, más simplemente, se trataba de la fatiga debida a su embarazo, unida a la tensión emocional al ver aproximarse una ceremonia por la cual había luchado tan apasionadamente y de la que dependían su futuro y el de sus hijos?.

Es verdad que cuando, al llegar las festividades de la Pascua, el confesor sugirió al rey que guardase las apariencias de un recogimiento espiritual y se separase por algunos días de su favorita, mientras durase aquellas fiestas religiosas, Gabrielle sufrió una terrible crisis de pánico y suplicó en vano a Enrique que le permitiera permanecer con él en Fontainebleau. El soberano la acompañó hasta Corbeil, desde donde una gran chalupa, remontando lentamente el Sena, la llevaría en el transcurso de pocas horas a París. Su despedida fue dramática, como si ambos supiesen que no volverían a verse jamás. Y fue así, en efecto, como sucedió, pues Gabrielle murió cuatro días después en París, presa de atroces sufrimientos, sola, abandonada de todos y después de invocar inútilmente en su socorro al hombre que tanto la amaba. Tenía apenas veintiséis años.

 
Pero ¿ qué ocurrió en realidad en aquellos cuatro fatídicos días? No faltan relatos detallados de las últimas horas de vida de Gabrielle, ya que el carácter inesperado y trágico de su muerte causó una enorme impresión a sus contemporáneos. Unos, ateniéndose al dictamen médico, creyeron en la muerte natural motivada por una eclampsia de la gestación avanzada. Otros vieron en la desaparición de la favorita la intervención de una potencia sobrenatural, divina o demoníaca. Y otros no dudaron de que la duquesa de Beaufort hubiese sido envenenada.

El martes 6 de abril de 1599, hacia las cuatro de la tarde, Gabrielle, ya en el noveno mes de su embarazo, desembarcó en el Arsenal, donde fue recibida por un grupo de damas de alto rango que la acompañaron a casa de su hermana, la mariscala de Balagny. Desde allí se dirigió luego, en compañía de Fouquet La Varenne, a la espléndida residencia de Sebastien Zamet, un financiero de origen toscano, íntimo amigo suyo y de Enrique IV, que había sido muchas veces anfitrión de los amantes. Le sirvieron una cena exquisita y que comió con apetito, pero al final tomó una cidra que le dejó en la boca un sabor amargo.

Posteriormente muchos se declararían convencidos de que Zamet  había dado a la favorita una cidra envenenada por orden del Gran Duque Fernando de Toscana, sobre quien pesaba ya la sospecha de haber eliminado con el mismo método a su hermano el Gran Duque Francisco María y a su joven esposa Bianca Capello, y que por razones políticas y económicas tenía sus miras puestas en el matrimonio de su sobrina con el rey de Francia.



 
A la mañana siguiente, Gabrielle fue a confesarse a la iglesia del Petit-Saint-Antoine y en las primeras horas de la tarde regresó a ella para asistir a la función vespertina, pero el calor y el aroma demasiado intenso del incienso le provocaron un fuerte dolor de cabeza. De regreso en el hôtel Zamet, se metió en la cama y, atacada de convulsiones, se desmayó. Al volver en sí, dijo a Fouquet La Varenne que no quería quedarse ni un momento más en casa de Zamet y le pidió que la llevase a casa de su tía, Madame de Sourdis. Ésta, que se hallaba en Blois, fue inmediatamente avisada.

El jueves por la mañana, aunque estaba muy débil, Gabrielle se levantó para ir a comulgar a Saint-Germain-l’Auxerrois, pero a la vuelta tuvo que volver a acostarse. Hacia las cuatro empezó a sufrir terribles convulsiones y los médicos decidieron provocar el parto. La comadrona estuvo torpe y el niño, ya muerto, le fue arrancado del vientre a pedazos. Unas horas después, otra crisis convulsiva, todavía más violenta que la anterior, contrajo los músculos de la enferma y deformó sus rasgos faciales. Gabrielle envió al rey un billete en el que le suplicaba que se reuniera con ella, pero ya su estado parecía desesperado. Mientras su cuerpo seguía siendo sacudido por las convulsiones, la joven perdió progresivamente el uso de la palabra, la vista y el oído y entró en una larga agonía que se prolongó durante todo el viernes y terminó a las cinco de la mañana del sábado santo.


Enrique, que al alba del viernes 9, tras recibir el billete, había montado a caballo y se había puesto en camino hacia París, no llegó a la cabecera de su lecho. Le alcanzó en la carretera un mensaje de Fouquet La Varenne que anunciaba la muerte de Gabrielle y los suyos lo convencieron de que no avanzara más "para ahorrarle un espectáculo demasiado penoso", según se adujo, aunque algunos pensaron que fue por miedo a que se casara con ella "in extremis" en contra de la razón de Estado. Ni siquiera Madame de Sourdis consiguió llegar a tiempo y al ver el rostro espantosamente desfigurado de la fallecida, se sintió aquejada de un súbito malestar.

Así pues, el único que se ocupó de la enferma y tomó las decisiones concernientes a ella fue Fouquet La Varenne, el cual no estaba por encima de toda sospecha. ¿Cómo es posible que la comadrona, que había dado óptima prueba de su habilidad en los tres partos anteriores de Gabrielle, resultara ser incapaz de hacer frente a la situación? ¿Por qué Fouquet hizo saber a Enrique IV que Gabrielle había muerto al menos veinticuatro horas antes de su verdadero fallecimiento? Sobre todo, ¿por qué permitió que una enorme multitud de curiosos invadiera el palacete de Sourdis y asistiese a la terrible agonía de la pobrecilla? Por una atroz burla del destino, se hizo que Gabrielle muriera en público, como una reina. Y no ya para señalarla como un modelo de resignación cristiana, sino para poder mostrar al mayor número posible de personas sus estigmas de endemoniada. ¿No corría acaso el rumor de que la joven se dedicaba a la brujería y que solamente la ayuda del Maligno le había permitido ofuscar durante tanto tiempo el corazón y el espíritu del rey?.

Por otra parte, admitiendo que hubiese sido Fouquet La Varenne el artífice de aquella muerte, ¿no había librado de aquel modo a Francia de la pesadilla de un matrimonio contrario a la moral, a la costumbre y a la ley, y heraldo de infinitos desastres, y no era aquella decisión perfectamente coherente con las declaraciones ambiguas, las alusiones veladas, las apelaciones a la providencia que se encuentran diseminadas tanto en las relaciones y en las cartas de los diplomáticos extranjeros como en las memorias de los contemporáneos? Y los temores que tanto habían turbado a Gabrielle en los postreros meses de su vida, ¿no eran debidos sobre todo a esa atmósfera cargada de recelos, de intrigas, de amenazas?.

 


El rey ordenó la autopsia y no se habló mucho de los resultados, pero se afirmó que no había sido envenenada. Hoy en día se debate sobre la causa del fallecimiento de la favorita: muerte por eclampsia o veneno. El tiempo dirá la verdad. La "remembranza" representando a Gabrielle, a imagen y semejanza de una reina, fue colocado bajo un dosel de paño de oro. Su tía, Madame de Sourdis, vistió el cuerpo de la muñeca con el suntuoso vestido de novia de su sobrina. La efigie funeraria, enmarcada por dos heraldos con tabardo sembrado de flores de lis, es presentada para que familiares y extraños presenten sus respetos a la fallecida. La familia de Gabrielle realizó un verdadero expolio de los muebles y bienes de la difunta, incluidas todas sus joyas.

Enrique le dio a su amada el funeral de una reina. Él vestía de color negro por el luto, algo que ningún monarca francés anterior había hecho antes. El ataúd de Gabrielle fue transportado en medio de una procesión de príncipes, princesas y nobles a la iglesia de Saint-Germain-l'Auxerrois en París, para una misa de réquiem. Fue enterrada en Notre-Dame-La-Royale en la Abadía de Maubuisson en Saint-Ouen-l'Aumone ( Valle del Oise , Île-de-France ) .

El fin de su amada trastornó a Enrique. “Mi dolor no tiene igual, como tampoco lo tenía la persona que es causa de él; la aflicción y el pesar me acompañarán hasta la tumba”, escribía a su lealísima hermana Catalina de Borbón en respuesta a su carta de condolencia y concluía: “ La raíz de mi amor ha muerto y no dará más brotes”. No tenemos razón para dudar de su sinceridad, sin embargo, su dolor sería de corta duración. Aunque Margarita de Valois se apresuró a dar su consentimiento a la anulación, el Papa a concederla y los ministros a cerrar los acuerdos matrimoniales con María de Médicis, Enrique les ganó a todos, suscitando de nuevo el desconcierto general: apenas dos meses después de la muerte de su bello ángel, de su corazón, de su todo … perdió la cabeza por Henriette d’Entragues, una morena veinteañera totalmente carente de escrúpulos.
 

Fuentes:
CRAVERI, BENEDETTA. Amantes y reinas. Ediciones Siruela, S.A. 2006 GONZALEZ-CREMONA, JUAN MANUEL. Amantes de los Reyes de Francia. Editorial Planeta S.A. 1996
http://retratosdelahistoria.lacoctelera.net/post/2011/10/26/paris-1599-muerte-una-favorita-real
http://en.wikipedia.org/wiki/Gabrielle_d'Estr%C3%A9es
http://wvw.nacion.com/viva/1999/marzo/11/cul3.html
Algunas imágenes pertenecen a la coproducción europea "Henri IV" ( 2010)
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