martes, 28 de febrero de 2012

LA REINA MARGOT ( V )

Enrique de Navarra y Margarita de Valois



Catalina de Médicis solicitó a Roma una dispensa que permitiera el casamiento de una católica y un protestante, y una exención relativa a los vínculos de sangre existentes entre los prometidos. Enrique y Margot eran primos en segundo grado. Esta unión espantaba tanto a Su Católica Majestad Felipe II de España como a la protestante reina Isabel I de Inglaterra: “ ¡ Confío en que Dios impida ese matrimonio!”, exclamó ésta.

Las partes negociadoras discutieron una y otra vez las cuestiones religiosas. Juana de Albret temía – tal vez justificadamente- que se hubieran practicado orificios en las paredes de sus aposentos, para que pudiera ser fácilmente espiada. A medida que pasaba el tiempo y Juana se negaba a ceder en los puntos referentes a la religión, hasta sus nobles protestantes empezaron a desesperarse por su obstinación. Súbitamente, el rey cortó por lo sano y, aunque no había recibido aún la dispensa papal, le otorgó a la reina de Navarra todo lo que pedía. Aceptó que Enrique no entrara en la catedral de Notre-Dame para la misa nupcial y que lo reemplazara un representante. Pero insistió en que Enrique estuviera personalmente en París para el casamiento.

El 11 de abril de 1572 se firmó, debidamente, el contrato matrimonial. Pocas semanas después, Juana, exhausta, partió hacia Vendôme para descansar. Enrique había sido convocado para reunirse con ella allí, pero cayó enfermo y postergó el viaje. Cuando se recuperó, su madre –que tenía muchos preparativos que hacer para la boda- ya había salido hacia París. Allí pensaba comprar obsequios para su futura nuera, y ropas finas y a la moda para su hijo.





Las cosas que Juana de Albret había presenciado durante su estancia en Blois – el frívolo y licencioso ambiente de la corte, en general, y el comportamiento de los hermanos de Margot, en particular- debieron de obsesionarla después. Los banquetes y los bailes de máscaras brindaban ocasión para cometer toda clase de excesos. Mientras que Carlos IX se disfraza de caballo negro con el rostro tiznado con hollín, llevando una silla de montar en la espalda y retozando a cuatro patas, su hermano el duque de Anjou empieza a afeminarse. Se maquilla, se perfuma y lleva pendientes. Vestido con fabulosas creaciones de sus sastres, parecía más bien una cortesana que un hombre.

El duque se rodeó de una camarilla de hermosos y jóvenes nobles cortesanos, que llegaron a ser conocidos como sus mignons ( bellos favoritos). Seguían servilmente las tendencias y pasiones de su príncipe, y él los protegía y mimaba. Sin embargo, todavía siente “ inclinación por las damas”, ya que continúa perdidamente enamorado de Marie de Cléves, la bella esposa del príncipe Enrique de Condé. El odio mutuo entre el rey y su hermano Anjou seguía tan vivo como siempre.



LA MUERTE DE JUANA DE ALBRET



Cuando la reina Juana partió hacia la capital, estaba enferma; no obstante, decidida a mantener su prestancia real, para ese viaje llevó más perlas que nunca en su vida. Una vez allí, la reina se alojó en casa de su pariente Borbón, el vidame o abogado eclesiástico de Chartres. Catalina de Médicis no estaba en París, pero encomendó al conde Retz que cuidara de la reina de Navarra. Juana de Albret no volvió a ver a su amado hijo. Falleció el 9 de junio a la edad de cuarenta y cuatro años. La autopsia reveló que había muerto de tuberculosis y de un absceso en su mama derecha, pero circuló el rumor del envenenamiento. Se llegó a decir que Catalina de Médicis había enviado a la futura suegra de su hija un par de guantes teñidos con una sustancia venenosa. La difunta reina fue enterrada sin fasto.


Margarita de Valois




LA LLEGADA DE ENRIQUE DE NAVARRA A PARÍS


El 12 de junio, Enrique de Navarra ha recibido con gran tristeza, en Chaunay-en-Poitou, la noticia de la muerte de su madre. A pesar del fallecimiento de la reina Juana, nadie pensó en posponer la boda. Los planes para el casamiento estaban demasiado avanzados y había demasiados intereses en juego para considerar siquiera un aplazamiento. Pero el novio se retrasa y hasta el 20 de julio no es recibido en Palaiseau por sus primos Borbones, los Guisa – duque y cardenal- y los mariscales de Francia acompañados de quinientos caballeros. Enrique llega a la cabeza de ochocientos hombres a caballo y bien armados, todos vestidos de negro. El nuevo rey de Navarra se dirige de inmediato al Louvre, donde será alojado en el ático ocupado en otro tiempo por la reina Leonor de Austria, segunda esposa de Francisco I. A buen seguro no sospecha que vivirá allí cerca de cuatro años.

Al día siguiente de su llegada, Enrique ve a su prometida de diecinueve años. La había dejado siendo una niña y ahora se encuentra en presencia de una auténtica “ divinidad” – o al menos considerada como tal-, una mujer brillante y muy culta, para quien las conversaciones, las intrigas palaciegas y las artes amorosas ya no tienen secretos. Al tosco bearnés, la elegante Margot le parece tal vez demasiado deslumbrante. Sin lugar a dudas, Enrique se siente un tanto intimidado al compararse con los señores de la corte, particularmente con su rival, el seductor duque de Guisa.



Enrique de Navarra



Indudablemente, en comparación con el joven duque de Guisa, el rey de Navarra no era un Adonis alto y rubio, pero poseía muchas cualidades atractivas. Medía alrededor de 1’75 metros, tenía frente ancha, una espesa cabellera oscura, piel clara y la nariz prominente, que era un rasgo característico de los Borbón. Acostumbraba a pasar mucho tiempo montando a caballo y de ese modo había desarrollado un cuerpo agradable y musculoso. En cuanto a su carácter; era alegre, comunicativo y generoso. El otrora niño caprichoso se había convertido en un hombre franco y abierto.

Enrique tenía un particular encanto, que derivaba de su franqueza, su masculinidad y su magnanimidad. Sus atributos intelectuales no eran inferiores a los físicos; no era, como muchos cortesanos gustaban de afirmar, un ignorante campesino de los Pirineos. Sin tener en cuenta su amor al ajo y su desagrado por el baño, era capaz de conversar y hacer bromas con quienes lo rodeaban sin perder la compostura propia de su rango. A Carlos IX siempre le había gustado su futuro cuñado, no podía dejar de simpatizar con él. Enrique había participado en acciones militares y era un compañero fuerte y decidido. El rey encontraba refrescante su compañía, frente a las ridículas maneras afectadas de su hermano Anjou.



Catalina de Médicis




EL ENGAÑO DE CATALINA DE MÉDICIS


La dispensa papal sigue sin llegar de Roma. El cardenal de Borbón, aunque deseaba que se concretara la unión entre su sobrino y la princesa, sufrió un ataque de escrúpulos y se negó a dirigir la ceremonia sin la necesaria autorización. Catalina de Médicis se impacientó con Borbón y decidió engañarlo. Le mostró una carta falsa, que supuestamente había sido escrita por el embajador francés en Roma, en la que decía que la dispensa había sido acordada y que los papeles llegarían muy pronto mediante un mensajero. El cardenal cayó en la trampa y accedió a oficiar la ceremonia nupcial.

Se acuerda celebrar la unión el lunes 18 de agosto de 1572. Así lo ha decidido la reina madre, quien, con gran habilidad, a fin de interceptar la posible prohibición papal, incluso ordena detener en la frontera, hasta esa fecha, a todos los correos procedentes de Italia. Margot se siente perdida.


Fuentes:
FRIEDA, LEONIE. Catalina de Médicis. Siglo XXI de España Editores, S. A. 2006
CASTELOT, ANDRÉ. La Reina Margot. Ediciones Martínez Roca,S.A. 1994

lunes, 27 de febrero de 2012

LA REINA MARGOT ( IV )

Margarita de Valois



ENRIQUE DE NAVARRA


Carlos IX se desposa en 1571 con Isabel de Austria, mientras que Catalina de Médicis, desde hace ya algún tiempo, busca un candidato para casar a su hija. Parece encontrarlo en el príncipe protestante de diecinueve años, Enrique de Navarra, en un intento de reconciliar a católicos y hugonotes - el nombre otorgado a los protestantes franceses de doctrina calvinista durante las guerras de religión- , y conseguir la paz interna en Francia. Este príncipe era hijo de Antonio de Borbón, duque de Vendôme y Borbón, y de la reina de Navarra, Juana de Albret. Durante su infancia y su primera adolescencia, había pasado muchos años en la corte francesa, y Catalina de Médicis en persona le había enseñado a amar la poesía italiana y le había ayudado a adquirir otros atributos personales que se consideraban propios de un joven príncipe del Renacimiento. Al volver a vivir con su madre, quien abominaba de tales refinamientos, se había visto obligado a llevar una vida más simple y cambió Dante y Tasso por los textos mucho menos melodiosos de Calvino y Bèze. Adquirió la fe calvinista y combatió en el bando hugonote durante la tercera guerra de religión francesa.

Cuando la reina madre informó de su proyecto a Margot, ésta se limitó a contestarle que no tenía más voluntad que la suya, pero le suplicaba que considerase el hecho de que, siendo una buena católica, le disgustaría mucho casarse con alguien que no fuera de su religión. Sin embargo, surgen algunas dificultades que infunden esperanzas a Margot. Para permitir que su hijo se case con una católica, la reina Juana de Navarra exige que le sea devuelta la ciudad de Lectoure. A fin de puntualizar las cosas, Catalina de Médicis le pide a Juana de Albret que se ausente de su pequeño reino, situado en una estratégica posición de frontera entre Francia y España, y se traslade, sin la compañía de su hijo, a París. Así podrá comprobar por sí misma la belleza y la inteligencia de la joven que le es propuesta como nuera.


Juana de Albret, reina de Navarra


JUANA DE ALBRET EN LA CORTE FRANCESA


En enero de 1572, la reina de Navarra viajó a Blois, donde se encontraba en ese momento la corte francesa. Emprendió el viaje, de tres semanas, en un carruaje tan enorme que parecía una casa. Cuando estaba llegando a su destino, se le pidió que esperara en Tours. La presencia en Blois del cardenal Alexandrini, delegado y sobrino del Papa Pío V – quien había viajado especialmente para protestar contra el casamiento de Margot con Enrique de Navarra, al que su tío se oponía fuertemente-, significaba que la reina Juana debería esperar a cierta distancia de la corte.

Para no perder tiempo y para sondear a Juana sobre los posibles obstáculos que todavía podían impedir la boda, Catalina la invitó al vecino castillo de Chenonceau, donde las damas se reunieron finalmente en febrero. Se examinaron cuidadosamente los problemas religiosos que rodeaban el casamiento en general y la ceremonia nupcial en particular. Juana se asesoraba constantemente con los ministros protestantes que la habían acompañado. Finalmente, el cardenal se fue: su misión había sido un completo fracaso. Rechazó todos los rituales obsequios de la despedida y partió rápidamente de regreso a Roma, refunfuñando en su carruaje. Por casualidad, se cruzó con el coche de Juana de Albret, que se dirigía al castillo. Diplomáticamente, el cardenal no vio que la pasajera del vehículo era la reina de Navarra, una hereje, y evitó así la obligación de saludarla.


Enrique de Navarra, futuro Enrique IV de Francia



La reina Juana llega por fin a Blois, donde le da la bienvenida el rey. Ella se sentía enferma y cansada, pero la impulsaba la decisión de llevar a buen término las conversaciones matrimoniales. Y obtiene para su futura nuera una dote increíble: Agen, Cahors y trescientos mil escudos. La primera impresión que tuvo de Margot fue alentadora, según le escribió a su hijo Enrique:

"Debo decirte que madame Marguerite me brindó todos los honores y toda la hospitalidad posibles, y me dijo con franqueza cuánto gusta de ti. Si ella abraza nuestras creencias religiosas, yo diría que vosotros seríais las personas más felices del mundo ( …). Pero sí, por el contrario, se mantiene obstinadamente en su fe, y todos dicen que es muy devota, entonces este matrimonio será la ruina de nuestros amigos y de nuestro país (…). Por lo tanto, hijo mío, si alguna vez le has pedido algo a Dios, ruégale hoy a Él una vez más “.

La hermana de Enrique, de diez años de edad, había acompañado a su madre a la corte, y agregó una posdata: “ Monsieur, he visto a madame Marguerite; la encuentro muy hermosa y me gustaría que pudieras verla ( …) me ha regalado un precioso perrito, y yo lo adoro”.


Juana de Albret


Catalina espera que el encanto incomparable de su hija atraiga a su futuro yerno hacia el catolicismo, tanto más cuanto que de este modo recuperaría la religión de su infancia. Pero, cuando Juana de Albret habla con Margot, ésta declara “ rudamente”, ya desde el inicio de las conversaciones: “ ¡Nadie ignora qué religión profeso!”. Enrique de Navarra, por su parte, se pronuncia con la misma claridad y concisión: “ Sea cual sea la trampa que el rey Carlos y su madre me puedan tender, no me convertirán en un adepto de su fe “. Viendo que no logra sus fines, Catalina no se muestra demasiado amable con la que debía convertirse en la suegra de su hija.

Mientras las negociaciones continuaban, el “catarro“ de Juana le causaba ataques de tos cada vez más frecuentes y agotadores, y ella estaba cada vez más preocupada por la licenciosa corte y por la influencia que podría tener sobre su hijo. También le asustaba la idea de que, ante los ostentosos cortesanos, Enrique pudiera dar más bien la impresión de ser un caballero de provincias que una figura principesca. Así que le escribió dándole consejos; tanto en la manera de comportarse, la moda en el peinado o la moralidad. Y a Margot empezó a verla bajo una luz menos favorable:

" En cuanto a la belleza de madame Marguerite, reconozco que tiene una hermosa figura; pero en el rostro hay demasiada ayuda artificial, algo que me disgusta, se arruinará, pero la pintura es tan común en esta corte como en España ( …) . Yo no hubiera querido que vivieras aquí por nada del mundo. Deseo que te cases y salgas de esta corrupción con tu esposa. Ya sabía que la corrupción era grande, pero supera todas mis expectativas. Aquí no son los hombres los que solicitan a las mujeres, sino las mujeres las que solicitan a los hombres”.


Margarita de Valois



Era de prever, Juana encuentra la corte francesa muy alejada de la severa moralidad hugonote. A continuación, se quejaba de que le había sido negado el acceso a Margot y de que la única persona con quien podía hablar libremente era con Catalina, “quien me hostiga”. El duque de Anjou no era mejor que su madre:

" Monsieur trata de no encontrarse conmigo en privado, con una mezcla de burla y desprecio. (…) Pero nada se ha logrado aún, y ellos hacen todo lo posible por provocar una decisión apresurada, en lugar de proceder lógicamente. Me he quejado a la reina, pero ella lo único que hace es burlarse de mí. (…) Me trata de una manera tan vergonzosa que la paciencia que trato de mantener supera a la de la misma Griselda. (…) (Margot) es hermosa, discreta y graciosa, pero ha sido criada en la atmósfera más viciosa y corrupta imaginable. No veo cómo alguien podría escapar de este veneno “.

Juana no se detuvo a considerar lo que Margot – por debajo de su encantadora amabilidad- sentiría realmente por la boda con su hijo. Después de haber conocido al refinado y elegante Enrique de Guisa, y de haber coqueteado con otros cortesanos, la idea de casarse con Enrique de Navarra le resultaba odiosa. En su opinión, el joven carecía de todo refinamiento, apenas si se lavaba, usaba ropas anticuadas y era famoso porque su aliento olía a ajo. Era difícil que semejante combinación de cualidades le hiciera perder la cabeza a alguna muchacha. Sin embargo, la principal preocupación de Margot era que el plan había sido ideado por su madre y contaba con el apoyo total de sus hermanos mayores, por quienes se sentía utilizada. Pero aun así, era incapaz de oponerse y todo intento de huida hubiera sido inútil. En una palabra: Margot era tan reticente como su prometido.


Fuentes:
FRIEDA, LEONIE. Catalina de Médicis. Siglo XXI de España Editores, S. A. 2003
CASTELOT, ANDRÉ. La Reina Margot. Ediciones Martínez Roca,S.A. 1994

sábado, 25 de febrero de 2012

LA REINA MARGOT ( III )

Margarita de Valois

La enfermedad se desarrolla de un modo inquietante. “ Encontrándome yo en este estado – escribe Margot-, la reina, mi madre, que conocía la causa, hizo cuanto estuvo en su mano para que me socorrieran, tomándose la molestia, sin temer el peligro, de venir a verme a toda hora, lo cual aliviaba mucho mi sufrimiento. Pero el disimulo de mi hermano lo aumentaba otro tanto, pues éste, tras haberme hecho objeto de tan grande traición y haberme pagado con tan grande ingratitud, permanecía día y noche a la cabecera de mi cama, mostrando la misma actitud servicial que si hubiéramos estado en los tiempos de nuestra más estrecha amistad ”.

En el mes de diciembre de 1569, la corte toma el camino de Angers. Margot todavía no se ha restablecido, pero participa en el viaje acostada en su litera. El rey parece inquieto al ver que su hermana continúa doliente. La “púrpura” es tenaz y todas las noches, al hacerse la hora de dormir, Carlos IX, sin temer el contagio, ordena que la litera donde reposa su hermana sea trasladada junto a la cabecera de su cama.

En Angers, Margot recupera, con la alegría que cabe imaginar, al seductor duque de Guisa, que es conducido a su aposento por el propio Anjou. “ Entonces, mi hermano, para representar mejor su intriga, venía todos los días a mi habitación llevando con él al señor de Guisa, hacia el que fingía sentir una gran estima. Y para hacérselo creer le decía, en numerosas ocasiones besándolo: “ ¡Si Dios quisiera que tú fueses mi hermano! ” , cosa que el señor de Guisa demostraba a las claras no entender. Pero yo, que era consciente de la malicia- concluye Margot-, me impacientaba por no osar reprocharle su disimulo”.



Enrique, duque de Anjou



Finalmente, la enferma mejora, el espectro de la epidemia se aleja y, ya curada, Margot recupera, con la salud – para su convalecencia y su placer- a su querido amante. Anjou, que está en el origen de la intriga, le pide a la señora de Curton que mantenga los ojos bien abiertos cada vez que los enamorados se encuentren:

-Avisadme de inmediato, sin que el rey y mi madre la reina se enteren.

Ahora le toca el turno de intervenir a Carlos IX. Margot, a fin de darle a su amante una cita, ha cometido la imprudencia de añadir una posdata muy tierna a la carta que dirige a Enrique de Guisa. Desafortunadamente, la carta y su ardiente posdata caen en manos del favorito del duque de Anjou, Du Gast, quien entrega la misiva a su señor. Éste sigue adelante con su plan y le lleva la nota a la reina Catalina, describiéndole la desvergonzada ambición de la casa de Lorena. ¿ Acaso sus objetivos no habían pasado siempre por encima de los de los Valois? La reina asiente y previene de inmediato a su hijo Carlos IX. La corte se encontraba entonces pasando una temporada en el castillo que, en la linde con Normandía, domina el gran burgo de Gaillon. Allí, en esta vasta residencia de los arzobispos de Ruán, es donde se desarrolla la dramática escena final.


Carlos IX


El 25 de junio de 1570, a la salida del sol, el rey se levanta y, en camisa de dormir y descalzo, se dirige a la gran galería donde ha convocado primero a su madre y luego al duque de Anjou y al cardenal de Lorena. El rey, furioso, exige que el duque de Guisa no vuelva a poner los ojos en una hija de Francia. En cuanto al cardenal, debe renunciar a todos los proyectos de su familia relativos a una alianza con la casa real. Margot, acompañada del conde y la condesa de Retz, ha sido sacada de la cama y llega a su vez a la galería. El rey despide a la condesa y le pide al conde que vigile la puerta y no deje entrar a nadie. El tono se eleva. La violencia crece hasta tal punto que Anjou y el cardenal prefieren desaparecer.

Margot se encuentra ahora sola frente al rey y su madre. Intenta defenderse. Sus amores con el señor de Guisa son invenciones calumniosas “ de la cosecha de Du Gast”. Pero Carlos y la reina madre tienen en sus manos la famosa posdata, que no deja duda alguna sobre los sentimientos que la joven profesa hacia su tierno amado ni sobre la manera en que los amantes deben encontrarse. La furia es tal que Catalina y su hijo se abalanzan sobre la joven y la muelen a palos. La golpearon, la empujaron y hasta le arrancaron mechones de cabello. Margot trató desesperadamente de defenderse y su camisón quedó hecho jirones. Por fin, se apaciguó la furia de los atacantes, que dejaron a la joven sola, golpeada y maltrecha.


Catalina de Médicis


Catalina, al darse cuenta de que Margot no debía ser vista en semejante estado físico y emocional, le dio un camisón limpio y se dedicó durante más de una hora a peinarla y a disimular las marcas de los golpes. Sin embargo, la cólera del rey no se apacigua. Carlos llama a su presencia a su hermano bastardo, el conde de Auvernia, y le ordena que mate al duque de Guisa en el transcurso de la próxima montería. Parecerá un accidente. Pero Margot – nunca se supo de qué manera- es informada de la orden real. La joven se apresura a prevenir a su apuesto amante. ¡ Enrique de Guisa debe evitar a toda costa asistir a la cacería ! El duque, prudente, desaparece y no se presenta en la corte hasta unos días más tarde. Carlos IX, al verlo inclinarse ante él, coloca la mano sobre la guarda de su espada y le increpa bruscamente:

- ¿ Qué venís a hacer aquí?.

- Vengo para servir a Vuestra Majestad.

- ¡ No necesito vuestros servicios !- replica Carlos volviéndole la espalda.

El duque se inclina y se retira. Ahora tiene prisa por alejarse de esa corte peligrosa en la que el uso de la daga ha reemplazado el de la pluma.


Enrique de Lorena, duque de Guisa



El cardenal de Lorena también se ve obligado a exiliarse. Ana de Este, la madre del duque de Guisa, aconseja a su hijo que se case lo antes posible a fin de aplacar la furia real. Enrique de Guisa acepta la sugerencia y se casa sin tardanza con Catalina de Cléves, princesa de Porcien, que acababa de enviudar. Sin embargo, ello no impedirá que el duque de Anjou, al ver al duque de Guisa, le dirija esta amenaza:

- Cuidaos bien de volver a ver a mi hermana y de pensar en ella, porque os mataré.

La relación de Margot con Enrique de Guisa había destruido el profundo vínculo entre la joven y Anjou, quien sentía celos del admirador de su hermana y trataba de causarle problemas a ella. Carlos IX también se había sentido traicionado por el incidente con Guisa y Margot ya no podía confiar en él. A veces era cariñoso, pero en ocasiones ella temía que la golpeara, sobre todo después de la paliza que le había dado. Los dos hermanos se comportaban como amantes despechados, los dos eran capaces de lastimar a Margot, y los dos estaban celosos de la atención que ella le prestaba al hermano menor.


Fuentes:
FRIEDA, LEONIE. Catalina de Médicis. Siglo XXI de España Editores, S. A. 2006
CASTELOT, ANDRÉ. La Reina Margot. Ediciones Martínez Roca,S.A. 1994

martes, 21 de febrero de 2012

LA REINA MARGOT ( II )

Margarita de Valois




EL DUQUE DE ANJOU


Desde que abandonara la guardería real en Amboise, Margot había intimado mucho con su hermano Carlos IX, quien la adoraba. Ella sabía cómo calmar sus arranques de ira y muy pronto llegó a ser su compañera y mejor amiga. El solitario rey había encontrado a alguien con quien compartir sus secretos. En vísperas de su decimosexto aniversario, Margot ya es endiablada y deliciosamente mujer … y su hermano Enrique, duque de Anjou, lo percibe a la perfección, puesto que convertirá a Margot en su aliada.

El joven Anjou estaba preocupado. Le inquietaba los celos de su hermano el rey hacia su persona. Las victorias de Enrique sobre los protestantes franceses molestaban visiblemente a Carlos IX. El duque de Anjou pensó que debía utilizar a su hermana – todavía inocente y confiada- para que le ayudara a conservar su cargo de comandante del Ejército, ya que el rey había hablado abiertamente de su voluntad de conducir personalmente las tropas. Necesitaba que Margot defendiese su causa ante su madre la reina y que lo mantuviera al tanto de cuanto acontecimiento importante se produjera en la corte mientras él estaba ausente, en campaña militar. Indudablemente, Anjou sabía muy bien que las decisiones políticas las tomaba Catalina.

Margot se extasiaba con las confidencias de su atractivo hermano, quien le aseguraba que ella había sido siempre su hermana favorita. Enrique le confesó que él “ elegiría una muerte cruel” antes que perder el mando del Ejército y le prometió que si le ayudaba como le pedía, se ganaría la aprobación de su madre. El duque de Anjou alentaba a Margot, la animaba: “ Olvida tu timidez y háblale confidencialmente (…) Será para ti un regocijo y un gran honor ser querida por ella. Y harás mucho por ti misma y también por mí, porque yo te deberé a ti, después de a Dios, la conservación de mi buena fortuna”. Por otra parte, fomentaba en Margot la esperanza de que, si seguía sus instrucciones, Catalina empezaría a tratarla de otro modo.


Enrique III



Unos días después, la reina madre convocó a Margot en su gabinete y le anuncia: “ Tu hermano me ha contado vuestra conversación, él ya no te considera una niña. Será un gran placer para mi conversar contigo como lo haría con tu hermano. Acércate a mi, no tengas temor de hablar libremente, yo así lo deseo”.

“ Estas palabras – escribe Margot- hicieron que mi alma sintiera lo que jamás había sentido: una alegría tan desmesurada que me parecía que todas las alegrías que había experimentado hasta entonces no eran sino la sombra de ésta. Contemplaba con desdén las actividades de mi infancia, como la danza o la caza, y a las compañías de mi edad. Las despreciaba como cosas demasiado alocadas y demasiado vanas. Obedecía la orden que había recibido, no dejando ni un sólo día de ser de las primeras en acompañar a mi madre cuando se levantaba y de las últimas cuando se acostaba. Ella me hacía el honor de hablarme algunas veces durante dos o tres horas. Y Dios me concedió la gracia de que quedara tan satisfecha de mí que nunca se cansaba de elogiarme ante sus damas. Yo siempre le hablaba a mi madre de mi hermano y la ponía al corriente de todo cuanto sucedía con gran fidelidad, ya que no respiraba otra cosa que su voluntad”.

Enrique podía partir tranquilo. Margot defendería su causa con tanto más calor cuanto que parece probado que hermano y hermana se entregaron a placeres distintos que los proporcionados por la política. De hecho, Margot confesará que el duque de Anjou había sido su primer amante. Incluso lo declarará un día en este estilo gráfico: “ Fue el primero que me subió al montador”. Al parecer, la pecadora tampoco se lo ocultó un día a su confesor Boucicaut, obispo de Grasse, quien se apresuró a divulgar la confidencia recibida, sin duda fuera de confesión. Pero poco después, otro Enrique se cuela en su corazón y en su lecho. Enrique de Lorena, duque de Guisa.


Retrato de Enrique de Guisa. Morirá asesinado por orden de Enrique III.



EL DUQUE DE GUISA


La joven Valois se enamora perdidamente de este apuesto príncipe de veinte años, anchas espaldas y cabellos rubios. Fue el hombre más elegante de la Corte y uno de los líderes del partido católico. Era hijo de Francisco de Lorena y descendiente de los Borgia por parte de madre. El duque de Guisa se convierte en el amante de Margot. Los juegos incestuosos con su hermano no tardan en ser olvidados. El cardenal de Lorena abrigaba la esperanza de casar a su joven sobrino Enrique de Guisa con Margarita de Valois.

La joven, que cuenta ya con diecisiete años, es hermosísima, aunque su físico sea más mediterráneo que nórdico. El Tratado sobre la belleza de las mujeres – escrito en 1500 y considerado la biblia de la estética femenina de la época – explica que la verdadera belleza radica en un cabello claro y unos ojos celestes. Margot es de cabello oscuro, y para corregir lo que considera un defecto, lleva una peluca rubia formada por deliciosos buclecitos empolvados de oro. Lo primero que llama la atención en su rostro oval son sus ojos marrones rematados por unas cejas delicadamente dibujadas. Y éstas se hallan rematadas a su vez por una frente "de mármol blanco, sede de majestad". Su boca también está modelada con gran finura, y el conjunto ofrece un aire de voluptuosidad.

Quienes la conocieron admiran hasta las sensuales aletas de su nariz, "tan movedizas como el mercurio". Los amores de la Perla de los Valois constituirán durante años el tema de todos los cotilleos de la corte. No cabe duda de que Margarita de Valois arrastrará tras de sí a muchos corazones deslumbrados por la belleza de su cuerpo, el cual inspira a los poetas. Margot exhibía con orgullo sus pechos y,según afirman, sus dueñas de honor, impresionadas, los besaban con emoción.


Catalina de Médicis

El duque de Anjou es informado de los amores de su hermana y cae preso de los celos. ¡ De manera que su hermana prefiere al vanidoso lorenés! Sin duda alguna, en el lecho ponía a su amante al corriente de las intrigas tramadas por la reina Catalina y su hijo Enrique. He aquí al hermano de Margot muy inquieto. Sin tardanza, previene a su madre:

- Margarita se está convirtiendo en una hermosa mujer y el señor de Guisa la pretende. ¡ Ya conocéis la ambición de esa casa !. Dejad de familiarizaros con vuestra hija. ¡ Y sobre todo, hay que hacer lo que sea preciso para separar a los dos amantes !.

Catalina de Médicis aprueba la medida y decide no volver a confiarse a su hija. A partir de entonces, toda cuestión política es desterrada de sus entrevistas. Sorprendida por este brusco cambio de actitud, Margot le pide una explicación a su madre. ¿ Por qué le ha retirado su confianza? Incluso le suplica que le exponga las razones de esa súbita frialdad hacia ella. Por fin, Catalina le confiesa que la presencia del duque de Guisa junto a ella la obliga a desconfiar y a permanecer alerta. Le asegura que Enrique de Guisa aspira a casarse con ella y que hará cualquier cosa para lograr su objetivo. Margot se defiende como puede, es decir, muy mal:

- Es algo de lo que jamás he oído hablar. Pero, aun cuando tuviera ese proyecto, os lo comunicaría de inmediato.

Por supuesto, se niega a admitir su amor por el rubio lorenés. Sólo quiere hablarle a su madre de la tristeza que la embarga por haber perdido su confianza:

- Siento menos el dolor por la pérdida de mi felicidad de lo que sentí la dicha por su adquisición. Mi hermano me la ha quitado tal como me la había dado.

Según Margot, la reina pretende convertir a su hijo en un ídolo:

-Hija mía – le explica- vuestro hermano es juicioso. No debéis guardarle rencor.

La moral de Margot está muy baja. Hela aquí en pésimas relaciones a la vez con su hermano Anjou y con su madre. Hasta tal punto se hace “ mala sangre “ que cae enferma, víctima de una “ elevada fiebre continua”. Ha contraído la “ púrpura”, una enfermedad común en la época. Dos médicos del rey ya han muerto a causa de ella. Esta epidemia contagiosa se presenta como una especie de maligno sarampión purulento. Catalina está conmovida y preocupada al ver el estado de salud de su hija, del que se siente un poco responsable.


Fuentes:
FRIEDA, LEONIE. Catalina de Médicis. Siglo XXI de España Editores, S. A. 2006
CASTELOT, ANDRÉ. La Reina Margot. Ediciones Martínez Roca,S.A. 1994

sábado, 18 de febrero de 2012

LA REINA MARGOT ( I )

Margarita de Valois



Su vida inspiró la novela de Alejandro Dumas " La reina Margot" y se han rodado películas sobre ella. Su belleza fascinó a sus contemporáneos. Su inteligencia cautivó a Nostradamus y Montesquieu. Su libertinaje escandalizó a una corte habituada a los peores excesos. Fue testigo de conspiraciones, asesinatos y ejecuciones que no perdonaron a reyes ni aristócratas. Fue muy aficionada a las letras y dejó una colección de poesías y unas memorias sumamente interesantes. Víctima ejemplar de la ley sálica que la excluyó de la sucesión al trono francés, la última de los Valois ha dejado una huella indeleble en la Historia de Francia.

En la primavera de 1553 nacía la séptima hija de Enrique II y de Catalina de Médicis. Le pusieron el nombre de su tía abuela Margarita de Navarra, hermana de Francisco I. Sus hermanos la bautizaron con el de Margot y más tarde con el de la “ gorda Margot”, herencia de la voluminosa Catalina. Tenía solamente seis años cuando murió su padre a causa de un terrible accidente en un torneo y creció a la sombra de su madre. Tras la muerte de su padre vio reinar sucesivamente en Francia a tres de sus hermanos: Francisco II, Carlos IX y Enrique III.


Enrique II de Francia



Catalina de Médicis



LA RELACIÓN DE MARGOT Y CATALINA DE MÉDICIS


De cabellos oscuros y bello rostro, alta para su edad, fue una niña dulce y estudiosa. Disfrutó siempre de una salud excelente y tuvo además una mente curiosa e inquisitiva. Le gustaba aprender y recibió una buena educación, que incluyó el aprendizaje de la lengua latina. Adoraba cabalgar y, desde niña, se destacó en las complicadas danzas que eran parte importante del ritual de la corte. No obstante, Margot siguió siendo la menos favorecida por su madre.

Catalina casi no le dirigía la palabra. Al parecer, le molestaba su evidente buena salud, su rostro agraciado y su vivacidad, y sólo le hablaba para darle órdenes o reprenderla. La joven princesa sentía al mismo tiempo admiración y temor hacia su madre. “ No sólo no me atrevía a hablar”, escribirá Margot en sus Memorias, ”sino que bastaba una mirada suya para hacerme temblar temiendo haber hecho algo que le desagradara”, mientras que la menor señal de aprobación por parte de ella era suficiente para hacerla feliz.


Francisco II, casado con María Estuardo, sucedió a su padre en el trono a la edad de quince años. Tras año y medio de reinado, falleció sin descendencia. Su viuda regresó a Escocia y en el trono francés se sentó su hermano Carlos IX, de diez años.



Catalina de Médicis rodeada de sus cuatro últimos hijos: Carlos IX, la princesa Margarita "Margot", el príncipe Enrique, duque de Anjou -y futuro rey Enrique III-, y el benjamín que nunca reinó, Francisco-Hércules, duque de Alençon.



EL DUQUE DE ALENÇON


Desde temprana edad, Margot protegió y cuidó a su hermano menor, el duque de Alençon, actitud que sólo sirvió para molestar aun más a su madre. El pequeño de los Valois era un niño agraciado y simpático, pero a la edad de ocho años un severo brote de viruela lo dejó horriblemente desfigurado. Y como si eso fuera poco, sus piernas y brazos se torcieron, su piel tomó un tinte oscuro y aceitunado, y durante la etapa del crecimiento llegó a ser apenas algo más alto que los enanos de la corte. Daba la impresión de ser mentalmente retrasado: tenía casi siempre la boca abierta, pero en sus ojos lucía una mirada aviesa.

Después de su enfermedad, aquel niño sano y alegre se amargó bajo el peso de sus desgracias y de un nombre que sólo servía para hacerle parecer más ridículo, Hércules, aunque después pasó a llamarse Francisco. Así, llegó a la edad adulta convertido en un intrigante astuto y habría de causarle infinidad de problemas a su madre.



Isabel de Valois



Claudia de Valois


MATRIMONIOS PARA LAS PRINCESAS DE FRANCIA


Para Catalina de Médicis el deber de sus hijas era ante todo servir a los intereses de la casa de Valois en el tablero de ajedrez de la política internacional. La hermana mayor, Isabel, había sido dada en matrimonio a Felipe II de España y Claudia al duque Carlos III de Lorena y, en el momento oportuno, a Margot le aguardaba un destino análogo.

La reina madre tratará de casar a su hija menor con el heredero de la Corona española, el príncipe don Carlos, pero no lo consiguió. Entabló asimismo serias negociaciones para desposarla con el rey Sebastián I de Portugal, pero tampoco llegaron a materializarse. Tras el fallecimiento de Isabel de Valois, y dejando a un lado su dolor por la pérdida de esta hija, se apresuró a ofrecer a su yerno Felipe la mano de Margot, que, dada la negativa del monarca, acabó convertida en reina de Navarra, y más tarde de Francia, al contraer matrimonio con Enrique de Borbón.

En lugar de marchar a otro país como mensajera de paz, como sus hermanas, Margarita de Valois sería utilizada como señuelo en una emboscada criminal. Después de la Noche de San Bartolomé, nunca perdonaría a su madre que la hubiera sacrificado en el altar de la razón de Estado.


Alejandro Eduardo, futuro Enrique III.



EDUCACIÓN RELIGIOSA


Catalina se comportó con notable tolerancia en la cuestión del acceso de sus hijos a la literatura protestante y hasta se decía que su hijo Alejandro Eduardo, duque de Anjou y futuro Enrique III, había dejado de ir a misa, cantaba salmos protestantes ante su hermana Margot y le arrancaba de las manos el devocionario. Se rumoreaba que el joven Anjou ya daba muestras de ser un hugonote. Según las maledicencias, se llamaba a sí mismo “ un petit Huguenot ”. Se mofaba de las estatuas de santos –tenía nueve años de edad- y en cierta ocasión le arrancó la nariz de un mordisco a una estatua de san Pablo. Incluso pretendía convertir a la pequeña Margot a la nueva fe hugonote y arrojar al fuego su libro de horas.

Un día, mientras Catalina recibía en audiencia al nuncio papal, el rey Carlos IX y su primo Enrique de Navarra, seguidos por un grupo de amigos vestidos como cardenales, obispos y abades, irrumpieron en la sala montados en un asno. La reina madre estalló en ruidosas carcajadas y disculpó el comportamiento de los niños diciendo que todo había sido una simple travesura infantil. El horrorizado nuncio informó minuciosamente a Roma.

Margot comentó que, después de la coronación de su hermano Carlos, la corte estaba “ plagada de herejes”. Además, afirma en sus memorias que, finalmente, su madre reaccionó y trató de proteger a sus hijos instándolos a mantener su fe católica, que les prohibió leer literatura protestante y los hizo instruir una vez más “ en la verdadera, antigua y santa religión, de la que ella jamás se había apartado”.


Carlos IX



EL GRAN VIAJE


A principios de 1564 llega a Amboise, donde residía la princesa, una gran noticia: Margot, que a la sazón tiene once años, es convocada en París para participar con su hermano Anjou en el famoso viaje que prepara Catalina de Médicis. La reina, en efecto, desea mostrarle a Carlos IX su reino. Será el más asombroso desplazamiento real de todos los tiempos. Un recorrido por Francia que duraría dos años, tres meses y una semana. El quinto hijo varón, el duque de Alençon, permanecerá en Amboise.

La caravana real estaba compuesta por varios miles de cortesanos y sus sirvientes. Entre los funcionarios más importantes, figuraban todos los integrantes del Consejo del Rey, a fin de que los asuntos de gobierno pudieran ser atendidos durante el viaje. También se trasladaron todos los embajadores extranjeros. La familia real viajaba con sus asistentes habituales, caballeros y damas, tutores, sacerdotes, cinco médicos, cinco oficiales de cocina, cinco camareros de vinos, cocineros, músicos, mozos de cordel, batidores de caza y nueve enanos, considerados indispensables, quienes, desde luego, tenían sus propios coches en miniatura.

El número de caballos y mulas necesarios para transportar a las personas y su equipaje era descomunal. Los animales llevaban de todo, desde el mobiliario y los utensilios de cocina hasta los trajes y disfraces para todos los festivales, fiestas, bailes de máscaras y joyeuses entrées a ciudades que se habían planificado. También cargaban con arcos de triunfo portátiles ( que podían ser instalados fácilmente en caso necesario) y con hermosas embarcaciones de recreo para cuando el magnífico espectáculo de la familia real viajera debiera montarse sobre el agua. Siempre que era posible hacerlo, la familia real prefería viajar en barco. Su seguridad estaba garantizada por cuatro compañías de gens d’armes, una compañía de caballería ligera y una unidad de la guardia francesa. En el transcurso de esta vuelta a Francia, Margot y su hermano Anjou verán de nuevo a su tía Margarita, convertida en duquesa de Saboya, y a su hermana Isabel, reina de España.


Fuentes:
FRIEDA, LEONIE. Catalina de Médicis. Siglo XXI de España Editores, S. A. 2006
CRAVERI, BENEDETTA. Amantes y reinas. Ediciones Siruela, S.A. 2006
CASTELOT, ANDRÉ. La Reina Margot. Ediciones Martínez Roca,S.A. 1994
http://es.wikipedia.org/wiki/Margarita_de_Valois

jueves, 16 de febrero de 2012

TERESA CABARRÚS, Madame Tallien ( III y última )


El hueco dejado por Tallien en el corazón de Teresa será ocupado por el poderoso Paul Barras. En su castillo de Grosbois, Teresa ocupará el lugar de «señora de la casa». Ella fue una de las más genuinas representantes de las llamadas merveilleuses, aquellas hermosas mujeres que jugaron un papel preponderante en la sociedad francesa de finales del siglo XVIII: marcaban la moda no sólo en el vestir, sino también en las costumbres, gustos y preferencias decorativas.

Teresa vivía con Barras cuando conoció al entonces joven oficial Napoleón Bonaparte. El militar atravesaba por una situación económica difícil y Teresa le ayudó. Además, ella había salvado la vida a la que un día se convertiría en su esposa. Teresa Cabarrús y Josefina de Beauharnais se habían hecho amigas en la prisión de la Force. A pesar de estos lazos de amistad, cuando Napoleón se convirtió en emperador se olvidó de Teresa. La Cabarrús fue la gran ausente de todas las celebraciones oficiales. ¿Por qué Napoleón la rehuye? ¿Le recordaba Teresa unos años que deseaba olvidar? ¿Existían otras razones?.

Ha quedado recogido en algunos textos que la Cabarrús había rechazado las insinuaciones de aquel joven oficial que, prendado de su belleza, le propuso relaciones. Es posible que el emperador Napoleón Bonaparte no desease recordar ciertos aspectos de su vida pasada ni de la de su mujer. Quería romper con el pasado y Teresa era un testigo desagradable. Le recordaba demasiado aquella etapa que él deseaba olvidar. A pesar de que ella le había ayudado cuando casi nadie le conocía, o tal vez por ello, Napoleón la marginó socialmente.


Paul Barras



Después de Barras, pasó a los brazos del banquero Gabriel Ouvrard, con quien tuvo hijos, y finalmente, volvió a probar fortuna en el matrimonio con el que sería su tercer esposo, François-Joseph de Riquet, conde de Caramán y príncipe de Chimay. Cuando el aristócrata conoció a Teresa Cabarrús, ésta seguía siendo una mujer muy hermosa, pero tenía treinta años, varios hijos y dos divorcios. Aun así, se enamoró de ella y, en contra de la opinión de su familia, que se oponía a aquella relación, se casó por lo civil con Teresa. Años más tarde, al morir el marqués de Fontenay, primer marido de Teresa, formalizarían su unión celebrando el sacramento del matrimonio.

Teresa convirtió Chimay en un lugar acogedor y atractivo. Organizaba extraordinarias veladas musicales para complacer a su marido, apasionado melómano. Tampoco la felicidad del matrimonio Caramán-Cabarrús fue muy duradera, no porque el amor entre ellos hubiera desaparecido, sino porque la sociedad nunca le perdonó a Teresa su pasado. Y François de Riquet sufría con los desplantes que les hacían. Muchas familias dejaron de invitarles y cuando el conde de Caramán fue distinguido con un cargo por el Gobierno holandés, acudió a la corte acompañado de sus hijos. Teresa se quedó sola en Chimay. A ella no la aceptaban.



Teresa hubiera podido soportar los vacíos y desprecios, pero su marido no. El conde de Caramán no podía vivir tranquilo y cada día le pesaba más su situación. Existe una carta, escrita por Teresa, en la que quedan perfectamente reflejados sus sentimientos ante la critica implacable a la que están sometidos:

Quisiera, con todo el corazón, que Dios se apiadara de mis largos sufrimientos y de los tuyos poniendo término a mi vida que ya no es necesaria a nadie. Mas, en verdad, parezco destinada a hacerte merecer el cielo [...] Tus cartas, querido amigo, hieren mi corazón, pues veo demasiado claramente que la malevolencia ha logrado hacer que te arrepientas de lo que hiciste, y veo hasta qué punto soy una carga para ti, y de qué peso tan grande te aliviaría si el Cielo pusiera fin a mi existencia. Créeme que lamento no poder desembarazarte de esa carga sin crimen y sin proporcionar nuevas armas a esa malevolencia que envenena mi vida. Mi corazón, sin embargo, está lejos de guardarte rencor; te compadezco y sufro más por ti que por mí.

Pero lo cierto fue que, con dificultades y desencuentros, François y Teresa consiguieron salir adelante y mantenerse firmes. Sin duda, los tres hijos habidos en el matrimonio contribuyeron a reforzar la unión de la pareja. Pero la sociedad nunca les iba a dejar tranquilos. En 1830 se estrenó en París, Robespierre, melodrama histórico que recreaba distintos aspectos de la época revolucionaria. Los personajes más importantes de aquella etapa cobraron vida en el escenario y, lógicamente, uno de ellos era Teresa, madame Tallien. La obra gozó del favor del público y muy pronto se representó en toda Europa. Los príncipes de Chimay, según la biografía de una de sus biznietas, se encontraban entonces en Niza. Teresa estaba muy enferma y su marido había querido acompañarla. Fue en Niza donde se enteraron de la existencia de la obra. El príncipe escribió desesperado a su hijo José:

Es pues imposible, querido, vivir un momento tranquilo. Me disponía a librarme de la sombra de mis pensamientos cuando al abrir un periódico veo el anuncio del gran éxito de un melodrama titulado Robespierre en el cual, con desprecio de todas las conveniencias, se permite colocar en escena a mi pobre mujer. [...] Desgraciadamente no he podido ocultarle este anuncio que solamente habla del éxito, prometiendo nuevos detalles. [...] Tu madre ha pasado una noche espantosa; la tos convulsiva ha vuelto y el pobre médico ya no sabe qué hacer, cuando la primera condición, la tranquilidad del espíritu, es imposible. Yo no he dormido tampoco. Estoy pagando bien caros algunos años de felicidad; que este ejemplo hijo mío te sirva para prever mejor que yo el porvenir.



François de Riquet, conde de Caramán y príncipe de Chimay, se había casado con Teresa Cabarrús por amor y desafiando a todos. Pero no era lo suficientemente fuerte para soportar el pasado de su mujer. Un pasado que conocía desde el primer día y que no le importó asumir, aunque después la dura realidad le hiciese lamentar su decisión. Teresa, conociendo los sentimientos de su marido y no queriendo perjudicarle en su carrera política, seguirá a su lado, casi siempre en la sombra, cuidando de él y de sus hijos. Ella, que había brillado esplendorosamente en el París prerrevolucionario y en la época del Directorio, se instalará ahora en Chimay cumpliendo con dignidad su papel de esposa y madre. Ya no es la jovencita alocada que desea alcanzar la gloria y el poder. Teresa se ha dado cuenta de que ambos son efímeros:

Yo que aprendí a mi costa a reflexionar sé que el dinero no basta para ser dichoso, que no se debe nunca causar asombro ni llamar la atención de nadie con actos que no parezcan sencillos. El que sabe ser moderado en todo conoce el secreto de vivir bien y de ser amado y considerado por todo el mundo.

Según se puede deducir de este texto escrito por Teresa, su escala de valores había variado sensiblemente. Sólo permanecerá inalterable su generosidad. Murió el 15 de enero de 1835 en Chimay. En la historia de esta localidad medieval belga, se recuerda a Teresa Cabarrús como una verdadera bendición para toda la ciudad. Porque ella fue la más popular y generosa, la más bella princesa de Chimay. Desde el teatro creado en su memoria, la música parece sonar sólo para ella.


Fuentes:
ALVAREZ,MARÍA TERESA. Ellas mismas, Mujeres que han hecho historia contra viento y marea. La Esfera de los libros S.L. 2003
http://en.wikipedia.org/wiki/Th%C3%A9r%C3%A9sa_Tallien
http://www.rtve.es/alacarta/videos/mujeres-en-la-historia/mujeres-historia-teresa-cabarrus/834548/#aHR0cDovL3d3dy5ydHZlLmVzL2FsYWNhcnRhL2ludGVybm8vY29udGVudHRhYmxlLnNodG1sP3BicT0yJm1vZGw9VE9DJmxvY2FsZT1lcyZwYWdlU2l6ZT0xNSZjdHg9MzM0NzImYWR2U2VhcmNoT3Blbj1mYWxzZQ==

miércoles, 15 de febrero de 2012

TERESA CABARRÚS, Madame Tallien ( II )


Los muertos y detenidos eran cada día más numerosos. Tal vez para evitar complicaciones, pérdida de tiempo o situaciones embarazosas, el Comité de Vigilancia dispuso que cualquier persona que acudiese a solicitar piedad para los prisioneros sería considerada y tratada como sospechosa. A pesar de la orden, curiosamente, llegó una carta al Fuerte de Hâ; la firmaba Teresa Fontenay. Intercedía por una ciudadana de Burdeos cuyo marido había sido decapitado unos días antes. La fecha de la carta, noviembre de 1793, nos permite afirmar que en esos momentos Tallien ya se había enamorado de Teresa Cabarrús. Porque ¿cómo se explicaría si no que la carta además fuese atendida?.

El amor que Teresa despertó en Tallien produjo un cambio decisivo en la conducta del sanguinario revolucionario. Disminuyeron las detenciones y la guillotina permaneció silenciosa. Teresa utilizará su influencia con Tallien para interceder por sus amigos. Cuentan que ella instaló en el café del hotel Franklin, donde vivía, una oficina de ayuda. Allí escuchaba todas las peticiones que después transmitía a Tallien. Teresa se hizo acreedora del nombre de Nuestra Señora del Buen Socorro (Notre-Dame de Bon Secour). Lo cierto fue que muchos bordeleses salvaron la vida gracias a Teresa. En la historia han quedado algunas manifestaciones de agradecimiento:

«Teresa Cabarrús era muy buena, y yo he tenido pruebas de ello.» «La Cabarrús fue el ángel libertador de Burdeos.» «He vivido en Burdeos. He tenido amigos que deben la vida a madame Tallien.» «He sabido allí mismo todo el bien que ha hecho Teresa Cabarrús en Burdeos».

Pero también acusaciones:

«Tallien vendió la República por dinero de acuerdo con una dama que… » «La Cabarrús tenía en su casa una oficina en la que vendía las gracias y las liberaciones.» «Tiene tal influencia sobre Tallien que si esta mujer continúa a su lado, la representación nacional va a caer en el descrédito".


Jean-Lambert Tallien


Interesada o desinteresadamente, lo que nadie pone en duda es que Teresa Cabarrús salvó la vida a muchos ciudadanos y ciudadanas. De ahí que las denuncias sobre su influencia en las decisiones que tomaba Tallien llenasen documentos que salían insistentemente para París. Tallien lo sabía pero confiaba en poder demostrar que Teresa era uno de los suyos. La oportunidad se le presenta en los festejos que organizan para celebrar un nuevo triunfo de la república, la toma de Tolón.

La iglesia de Nôtre-Dame de Burdeos, entonces Templo de la Razón, era el lugar en donde se impartía la doctrina de los valores políticos y aquel fue el escenario de la celebración. En el Templo de la Razón, Teresa Cabarrús leyó un discurso sobre educación en el que figuraba como autora. Tallien esperaba que la manifestación política -dentro de la más pura ortodoxia revolucionaria- reflejada en el discurso, que él mismo había elaborado, aminoraría los recelos hacia Teresa. Pero no fue así, y Tallien hubo de viajar a París para defenderse de las acusaciones formuladas por el mismo Maximilien Robespierre.



¿Qué hizo Teresa?, pues siguió insistiendo con discursos políticos. Presentó una declaración en la que se confesaba como sincera republicana y pedía un mayor protagonismo para las mujeres en las labores humanitarias. Incluso se dice que llegó a comprar una fábrica de pólvora para armar a los ejércitos de la república, para intentar convencer a los miembros de la Convención de la firmeza de sus ideas republicanas. No obtuvo el eco deseado y en mayo de 1794, avisada por algunos dirigentes políticos que eran buenos amigos, Teresa abandonó Burdeos y viajó clandestinamente a París para reunirse con Tallien, aunque antes de llegar fue detenida por orden directa de Robespierre.

Teresa Cabarrús sería llevada a la prisión de la Force. Sólo un paso la separaba del cadalso y escribe una dura carta a Tallien en un intento de hacerle reaccionar, porque si en las 48 horas siguientes no sucede algo definitivo, ella será llevada a la guillotina: El jefe de la policía sale de aquí; ha venido a anunciarme que mañana subiré al Tribunal, esto es, al cadalso. Ello se parece muy poco al sueño que he tenido esta noche. Robespierre no existía y las prisiones estaban abiertas; mas, por vuestra insigne cobardía, pronto no se encontrará en Francia una persona capaz de realizarlo. Tallien le contestó inmediatamente: Procure usted ser tan prudente como yo seré osado, y tranquilícese usted.


Maximilien Robespierre



Ante la crítica situación de su amada, Tallien adelantó el golpe contra el dictador. El mismo Tallien acusó a Robespierre con tal fuerza, vehemencia, ante la Convención, que los miembros de ésta consideraron innecesario escuchar a Robespierre en su defensa. El golpe de Thermidor había triunfado, Robespierre seria conducido a la guillotina. Francia quedaba libre del tirano. Los franceses le dieron entonces a Teresa Cabarrús un nuevo nombre: ¡Nuestra Señora de Thermidor!. Tras estos sucesos, Teresa inició de nuevo su agitada vida social y su salón adquirió celebridad.

Teresa y Tallien se casaron por lo civil en París. Ella deseaba para su marido un lugar destacado en la política e intentará ayudarle. Sin embargo, Tallien no sabrá o no podrá responder a las aspiraciones de Teresa. La armonía matrimonial se rompe. Tienen hijos. Él la sigue amando, pero su estrella se va apagando en el universo de Teresa. Ella necesita seguir brillando y su marido ya no puede ofrecerle ninguna proyección. Tallien se convertirá en un recuerdo en la vida de Teresa.


Fuente:
ALVAREZ,MARÍA TERESA. Ellas mismas, Mujeres que han hecho historia contra viento y marea. La Esfera de los libros S.L. 2003

martes, 14 de febrero de 2012

TERESA CABARRÚS, Madame Tallien ( I )


Hija del conde de Cabarrús, ilustrado al servicio de la corona española en tiempos de Carlos III y fundador del Banco de San Carlos, el primer banco nacional español, Teresa había nacido para ser admirada y amada. Alegre y desenfadada, provocadora y valiente, práctica y generosa, Teresa Cabarrús fue una de las más bellas y seductoras jovencitas de su tiempo y también uno de los personajes femeninos que más influyó en los acontecimientos que marcaron el rumbo de la Revolución francesa. Una mujer que supo luchar por lo que quería, entrando en el juego social permitido en aquel tiempo al género femenino. Y así, Teresa Cabarrús no dudará en utilizar su belleza y encanto como armas para acercarse al poder.

Teresa supo desde muy joven que poseía un gran atractivo. Las expresiones de los caballeros que embobados la miraban constituían una prueba evidente. Su padre, Francisco Cabarrús, conocedor del éxito de su hija y temiendo que iniciara una relación poco conveniente con alguno de aquellos jóvenes que la asediaban en Madrid, decidió enviar a su familia, su mujer y sus hijos, a Francia donde vivirían con unos parientes. Si lo que Cabarrús pretendía era evitar una unión poco ventajosa o poner punto final a alguna ya iniciada, resultaba lógica su postura, pero si su objetivo era que Teresa se olvidara de los coqueteos, la mandaba al lugar menos apropiado y él debería saberlo; claro que tal vez Francisco Cabarrús esperaba y deseaba en el fondo algo que iba a suceder al poco tiempo.



Aún no había cumplido los quince años cuando Teresa se casó en París con el marqués de Fontenay. Era un matrimonio que respondía más a los intereses de los cónyuges que al amor entre ellos. Él, Jean-Jacques-Devin, tenía veinticinco años y ya le había llegado la hora de casarse. Teresa era hermosa, ambiciosa. Sin duda, desempeñaría bien su papel como marquesa de Fontenay y, además, el no estar muy enamorada de su marido le permitiría ciertas «libertades». El matrimonio con el marqués de Fontenay le brindaba la oportunidad de situarse en aquella sociedad que tanto le atraía.

Teresa triunfó. Se convirtió en la reina del París prerrevolucionario. Muy pronto sus fiestas se hicieron famosas. En su casa se reunían algunos de los personajes más importantes del momento: Lafayette, Lameth, Mirabeau... La política cada día adquiría mayor protagonismo y Teresa participaba activamente en ese ambiente. Anhelaba estar cerca y participar del poder y sabía cómo hacerlo. Pero la situación política francesa se complicaba. La vida en París resultaba más difícil cada día. La revolución marchaba por senderos peligrosos: después del asalto a las Tullerías en agosto de 1792, la Convención Nacional destituyó al rey Luis XVI proclamando la I República. Las ejecuciones en masa eran muy frecuentes. El terror no había hecho más que empezar. Los marqueses de Fontenay, como muchos aristócratas, decidieron abandonar París.

Una vez instalados en el campo, en su casa de Fontenay, Teresa y su marido, aprovechando la instauración del divorcio, decidieron separarse. En tiempos de armonía la unión entre ellos podía funcionar pero en aquellos momentos difíciles su proyecto en común ya carecía de sentido y cada uno decidió su futuro por separado.



Teresa Cabarrús llegó a Burdeos. Se sabe que su intención era regresar a España al lado de su padre, como lo prueba la documentación guardada en el Archivo Histórico Nacional, según la cual en la primavera de 1793, el 15 de abril, el conde de Cabarrús solicita el pasaporte para su hija Teresa. Once días más tarde se autoriza el pasaporte, sin embargo, Teresa no viaja a España. Es verdad que España, como prevención, y para aislarse de lo que estaba sucediendo en el país vecino, restringió las entradas por la frontera francesa. Las autoridades españolas querían evitar todo tipo de propaganda de las ideas revolucionarias. Pero ello no debería afectar a Teresa Cabarrús, ya que había sido autorizada a regresar. Aunque bien es verdad que aquel no era el mejor momento para volver, ya que su padre atravesaba una situación muy complicada.

El conde de Cabarrús se encontraba en la cárcel acusado de distintas malversaciones y delitos de índole fiscal. Y es muy posible que ante esta situación, Teresa sopesase los riesgos que corría en Francia y los que podía encontrar en España, con su padre en prisión y con una situación política inestable. Teresa también pudo tener otras razones -como veremos más adelante- para quedarse en Burdeos.

Mientras tanto, la revolución seguía su curso y el terror se extendía por toda Francia. El rey Luis XVI había sido ejecutado en la guillotina. Meses más tarde, la reina María Antonieta seguiría la misma suerte. El partido radical de la Montaña dominaba la Convención Nacional, muchos de los representantes de la Gironda murieron decapitados y Robespierre se convirtió en jefe del gobierno revolucionario.



En Burdeos la vida resultaba muy peligrosa. Para controlar la insurrección girondina en esta ciudad, la Convención Nacional decidió enviar allí a un joven que se había distinguido por su celo revolucionario, Jean-Lambert Tallien. Tallien era diputado de la Montaña, vicepresidente de los jacobinos, secretario de sesiones de la Comuna de París y miembro del Comité de Seguridad.

En Burdeos se conocerán Teresa Cabarrús y Jean-Lambert Tallien. ¿O ya se conocían antes y por ello Teresa decide no regresar a España? Documentalmente está confirmado que Teresa deseaba viajar a España en abril de 1793 y que en septiembre de ese mismo año, sin embargo, ya tenía decidido quedarse en Francia. Así lo prueba su solicitud de permiso de residencia en Burdeos. ¿Qué había sucedido en estos meses? ¿Qué le hizo cambiar de idea? ¿Se enamoró de Tallien? ¿Se quedó Teresa en Burdeos porque el amor del revolucionario le aseguraba un lugar destacado en aquella sociedad? Tallien encarnaba en aquellos momentos el poder.

La mayoría de las hipótesis coinciden en que fue la relación con Tallien la verdadera razón que movió a Teresa a tomar aquella decisión, aunque también se barajan más hipótesis. Unas apuntan al posible encarcelamiento de Cabarrús y otras hablan de los «intereses políticos» de Teresa, dejando entrever la probabilidad de que ésta trabajara como agente para Inglaterra, tesis avalada en la biografía de Teresa Cabarrús escrita por su biznieta. Es posible que nunca conozcamos la verdadera razón por la que Teresa Cabarrús decidió quedarse en Burdeos, pero sí sabemos que su presencia resultó beneficiosa. Se cuenta que Teresa, ex esposa de un aristócrata huido, fue arrestada y encarcelada. La joven esperaba el turno para entregar su cabeza a la guillotina, pero Tallien, seducido por su belleza, la rescató de la prisión y se convirtieron en amantes.

Fuente:
ALVAREZ,MARÍA TERESA. Ellas mismas, Mujeres que han hecho historia contra viento y marea. La Esfera de los libros S.L. 2003

lunes, 13 de febrero de 2012

LEONOR DE INGLATERRA, Una Plantagenet para Castilla ( III y última )


En su reinado se creó la primera universidad de la España cristiana y una de las primeras de Europa, la Studium Generale de Palencia. La reina ordenó edificar en la catedral de Toledo una capilla dedicada a Santo Tomás Becket, que fue la primera dedicada al santo británico fuera de las Islas Británicas. La capilla no se conserva en la actualidad porque fue destruida y su espacio pasó a formar parte de la capilla de Santiago de la Catedral de Toledo, que fue edificada por el condestable Álvaro de Luna para construir su propia capilla funeraria.

Y fue ella, Leonor, quien convenció a Alfonso para construir en Castilla un gran monasterio en Burgos, el de Santa María la Real de Las Huelgas de monjas cistercienses, con el propósito de que las mujeres pudieran alcanzar los mismos niveles de mando y responsabilidad que los hombres, pues la abadesa sólo dependía del Papa estando por encima de la curia episcopal; daba las licencias para que los sacerdotes confesaran, predicaran o dijeran misa; era dueña de un señorío con exenciones fiscales, tenía fuero propio con mando civil y criminal, y nombraba alcaldes. Generalmente sólo tenían acceso a los cargos abaciales las mujeres de la alta nobleza. En determinadas épocas de la historia el convento supuso el más seguro reducto donde las mujeres podían disfrutar de una mínima libertad para estudiar, componer música o librarse de un horrible matrimonio.


Santa María la Real de Las Huelgas



La reina Leonor, con la consagración de Santa María, había conseguido convertir en realidad un viejo sueño: disponer en Castilla de un monasterio similar al de Fontevrault. De niña había acudido muchas veces a aquella abadía con su madre, que era el único lugar donde Leonor de Aquitania conseguía encontrar un poco de sosiego. Allí quiso que discurrieran los últimos años de su complicada vida. Leonor de Inglaterra quiso que Santa María se convirtiera en la última morada para toda su familia, igual que la abadía de Fontevrault, donde reposan los cuerpos de su madre, de su padre y de su hermano Ricardo Corazón de León. En Fontevrault, como en Santa María la Real, el poder estaba en manos de una abadesa.

En este monasterio mandaron enterrar los reyes a su amado hijo Fernando, que falleció a los veinte años, cuando nadie lo esperaba. Doloridos los padres, encomendaron a su hija Berenguela que trasladase los restos del infante a un panteón en el Monasterio de las Huelgas, siendo este infante el primer príncipe adulto enterrado allí. La infanta fue con el cadáver desde Segovia hasta Burgos y asistió a los Oficios “ con varonil entereza “ y luego aún tuvo ánimos de volver a Guadalajara en donde se hallaban los atribulados padres para darles razón de su mandado.



La reina de Castilla fue una digna hija de Leonor de Aquitania y una madre ejemplar que supo inculcar en sus hijas el sentido del deber y el valor de la ejemplaridad, y así ver colmadas sus aspiraciones en Berenguela, que fue reina de Castilla y reina consorte de León; en Blanca, reina de Francia; en Urraca, reina de Portugal, y en Leonor, reina de Aragón. Todas cumplieron la misión encomendada y sacrificaron sus vidas para alcanzar unos acuerdos, una deseada paz. Sólo una de sus hijas buscó su paz personal. Constanza renunció al mundo e ingresó como monja cisterciense en Santa María la Real, pasado el tiempo estaría al frente del monasterio como abadesa.



Cuentan las crónicas que aquel 6 de octubre de 1214, Castilla lloró la muerte de uno de sus mejores reyes y que Leonor, su esposa, no pudiendo soportar el dolor de su pérdida, le acompañó a la tumba apenas veintiséis días después. Ello nos lo cuenta el Padre Flórez de manera poética diciendo que:

( …) a la muerte del rey, entregose ( la reina) de tal manera en los brazos del dolor, y éste la apretó de tal manera que la quitó la vida. Fueron finos amantes en la vida y en la muerte y no se separaron ni en el sepulcro, pues allí mismo recibió la reina sepultura.

Ambos yacen en la nave mayor de la iglesia del Monasterio de Santa María la Real de las Huelgas, en dos sarcófagos unidos, policromados decorados con los castillos de Castilla y con los tres leopardos pasantes y coronados de los Plantagenet. Murieron a una edad bastante avanzada para su época: estaban cerca de los sesenta años y llevaban más de cuarenta y cuatro casados. Alfonso VIII fue un buen rey de Castilla y Leonor contribuyó a ello. Alfonso confiaba en Leonor y ella nunca le falló.


Tumba de D. Alfonso VIII y Dª Leonor Plantagenet, Reyes de Castilla.



Leonor de Inglaterra, reina de Castilla, fue tan bien amada por su esposo cuan desventurada en lo que se refiere a sus hijos. Vio morir a casi todos ellos y al fin de sus días supo que dejaba en el trono a un niño sin fuerza para gobernar la tierra de sus padres. Sin embargo, confiaba ciegamente en su hija mayor Berenguela, a la sazón ya separada de su esposo el rey de León, y a ésta encomendó la tutoría del joven Enrique.

Fueron pasando los años. Hace tiempo que Alfonso y Leonor han dejado este mundo... Un día en Santa María la Real se celebraron las bodas de una biznieta suya con Eduardo I de Inglaterra. Qué caprichoso a veces puede resultar el destino. Leonor Plantagenet, princesa de Inglaterra, se había convertido un día en reina de Castilla. Había traído como dote el condado de Gascuña. Ahora, una infanta de Castilla se convertía en reina de Inglaterra. Se llamaba como ella, Leonor, y además llevaba como dote el condado de Gascuña.


Fuentes:
ALVAREZ,MARÍA TERESA. Ellas mismas, Mujeres que han hecho historia contra viento y marea. La Esfera de los libros S.L. 2003
MÁRQUEZ DE LA PLATA, VICENTA. Reinas medievales españolas. Alderabán Ediciones S.L 2000
http://eldiadigital.es/not/36159/leonor__una_reina_para_cuenca/
http://es.wikipedia.org/wiki/Leonor_Plantagenet

LEONOR DE INGLATERRA, Una Plantagenet para Castilla ( II )


El dulce carácter de Leonor de Inglaterra conquistó al rey con quien vivió toda su vida muy compenetrada, entregada a la educación de sus hijos. Ciertamente tuvo gran influencia política y cultural y reinó interviniendo junto al rey castellano el cual, compartiendo la habitual responsabilidad gobernante, especificó en su testamento que sería ella quien regiría Castilla durante la minoría de edad del heredero. Parece que se amaron tiernamente y hay muestras numerosas del aprecio que Alfonso sentía por su esposa, así como de las honras que le dispensaba en todo momento y lugar. “ La reina – dicen las crónicas- le correspondía con el más leal amor ”. No es de extrañar que ambos cónyuges engendraran copiosísima descendencia, aunque, desgraciadamente, muchos murieron antes de llegar a la edad adulta.

En siglos posteriores se difundió una historia que hablaba de los amores del rey Alfonso VIII con una hermosa judía de Toledo llamada Raquel. Según se contaba, el monarca habría abandonado sus obligaciones de gobierno dominado por la pasión que la judía había despertado en él y la bella Raquel habría muerto asesinada por dos enviados de la vengativa reina Leonor, quienes le clavaron una daga en el corazón. Aunque esta historia de amor es hermosa y dramática, tiene más tinte de leyenda que de realidad. El amor y fidelidad que los reyes se profesaban se tradujeron en un matrimonio felicísimo durante los 44 años que duró este. Un testimonio contrario a estas fantasías literarias es la referencia de la Crónica de veinte reyes sobre Alfonso VIII, del que dice: “…don Alfonso faziendo su vida buena e muy limpia con su mujer doña Leonor ouo de fazer fijos en ella…” Fruto de este amor fueron diez los hijos constatados y otros inciertos de los que existen restos óseos en las tumbas reales. La reina nunca dejó de apoyar a su marido y siempre permaneció a su lado.



La llegada de Leonor al viejo reino medieval castellano, criada y educada en un ambiente progresista y artístico donde eran frecuentes las cortes de amor en las que damas nobles celebraban asamblea junto a Leonor de Aquitania, en la que debatían los problemas del amor, analizaban la conducta entre hombres y mujeres y resaltaban la feminidad como factor de inspiración en el hombre, supuso un soplo de aire fresco hacia la apertura cultural occidental. Los trovadores y juglares se instalaron en la corte castellana marcando una nueva moda y hasta los vetustos vestidos se apuntaron a la corriente gótica combinada con los aires andalusíes que incluyen bordados y brocados y la generalización de las camisas margomadas. Guilhem de Berguedan suspiraba por la bella reina de Castilla, a quien le dedicaba poema tras poema.

Alfonso y Leonor formaban una pareja feliz. Su corte era la más cultivada de Europa – sobre todo desde que se había disuelto la de Poitiers- y de no haber existido la perpetua amenaza musulmana sobre Castilla, la más alegre. Después de su matrimonio no hubo más verdad para Leonor que Alfonso y Castilla. Al lado de su esposo trató de unir los reinos cristianos para luchar contra el Islam. Porque Leonor no precisó viajar -como había hecho su madre- a Tierra Santa para pelear contra los infieles, ya que éstos vivían a su lado en la península Ibérica. El primer baluarte musulmán que Leonor vio caer fue el de Cuenca. Tras largos meses de asedio la ciudad se rindió al ejército coaligado de Castilla y Aragón.



Fue tras la conquista de Cuenca, y de que se le concediera concejo y un excepcional fuero en el que a sus habitantes se les reconocía como señores de sí mismos, cuando la joven Leonor de 17 años purificó la mezquita ordenando levantar en su lugar, con la ayuda de sus arquitectos normandos, la primera catedral gótico-normanda de España trayendo los obispados de Valeria y Ercávica. Había tantos enfermos y heridos, y era tal la miseria, que lo primero que hizo Leonor fue mandar construir un hospital para los pobres. La Orden de Santiago se encargó de él.

En Cuenca vivieron Alfonso y Leonor varios años y allí nació uno de sus hijos, que murió a los pocos días. Lo mismo que les iba a suceder a casi todos sus hijos varones. Leonor sufrió con su esposo la derrota de Alarcos y junto a él se alegró de la victoria de las Navas de Tolosa. Los territorios musulmanes en la Península se habían reducido poco a poco... La sólida etapa de los omeyas pertenecía al pasado, aunque su huella permanecía imborrable. Leonor se emocionó ante la belleza de Córdoba y de su Medina Azahara -la ciudad palacio de los califas-, que todavía reflejaba el esplendor de otro tiempo. La desmembración del imperio califal en numerosos reinos de taifas había favorecido la ofensiva de los monarcas cristianos, que incrementaron sus incursiones en territorio musulmán. Leonor animó al rey Alfonso en su intento de repoblar los asentamientos arrebatados a los musulmanes. Juntos fundaron villas y ciudades, impulsando la vida municipal.


Continuará ...


Fuentes:
ALVAREZ,MARÍA TERESA. Ellas mismas, Mujeres que han hecho historia contra viento y marea. La Esfera de los libros S.L. 2003
MÁRQUEZ DE LA PLATA, VICENTA. Reinas medievales españolas. Alderabán Ediciones S.L 2000
http://eldiadigital.es/not/36159/leonor__una_reina_para_cuenca/
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