martes, 31 de enero de 2012

LUCRECIA BORGIA: Sus primeros años ( III )

La duquesa Lucrezia Borgia, copia de Bartolomeo Veneto.



ADRIANA DE MILA

Adriana de Mila, hija de don Pedro, primo hermano del cardenal Borgia, y sobrina nieta del papa Calixto III, se había casado hacia 1472 con Ludovico Orsini, señor de Bassanello. Esa boda la emparentó con una de las familias más antiguas de Roma, abriéndole las puertas de los numerosos palacios Orsini, entre los que se contaba el de Monte Giordano, cerca del puente de Sant’Angelo. Después de quedar viuda, al cargo de un hijo jovencillo llamado Orso, continuaba gozando ante sus contemporáneos de una excelente reputación. El cardenal Borgia encontró en Adriana, una mujer cerebral y ambiciosa, a una allegada fiel, la confidente de sus debilidades, sus proyectos y sus intrigas.

En el palacio Orsini se acostumbraba a hablar en latín más que en italiano. Lucrecia no se preocupaba por las intrigas ni por la política; ignoraba que se convertiría en una de las cartas más importantes en el juego de su padre, aunque, de hecho, gracias a Adriana, recibió una formación esmerada: aprendió lenguas antiguas, español, francés, música, canto, dibujo y, desde luego, bordado. En cuanto a la instrucción religiosa, la recibió en San Sixto, en la vía Apia, uno de los pocos conventos cuyo buen nombre se mantenía intacto.

Lucrecia estaba dotada de una mente curiosa, sabía contestar a un cumplido en latín, recitar églogas de Petrarca, cantar acompañándose con su laúd y ejecutar los pasos de baile más difíciles. Su tía le dedicaba una solicitud más atenta que afectuosa. Pero, como hija de un cardenal muy poderoso, toda Roma le daba muestras de consideración y la trataba como a una princesa legítima. Su belleza aumentaba día a día y si bien compartía con su padre un carácter alegre, no se le parecía en nada: tan rubia como él moreno, tan grácil como él corpulento, sus ojos semejaban dos lagos verdiazulados sobre los que ninguna tormenta se había desatado todavía, mientras que los de él eran dos soles negros.


SANZIO, RAFAEL. Ritratto di dama con liocorno. Posible retrato de Giulia Farnese.



GIULIA FARNESE


En 1488, Adriana concertó el matrimonio de su hijo con Giulia Farnese, cuya madre era una de sus primas, emparentada con los Orsini. Orso, que desde luego no había sido consultado, aguardó impacientemente con Lucrecia a la joven que le destinaban como esposa. Aunque sólo contaba catorce años, Giulia había alcanzado prácticamente su estatura de adulta. Aunque de rostro todavía infantil, el brillo de su mirada, su boca y su cabellera rezumaban una intensa sensualidad. A su llegada al palacio Orsini tuvo que someterse a la traductio, entrada oficial de la novia en la morada del futuro esposo, ceremonia fastuosa durante la cual se autorizaba a la novia a besar a su prometido. Los romanos la bautizaron con el sobrenombre de “ la bella “.

Lucrecia descubrió en ella a una hermana del alma, como Magdalena de Médicis, pero con la ventaja de que Giulia vivía bajo el mismo techo que ella. Así pues, la partida de César a la universidad de Perusa, que podría haberla entristecido, la dejó casi indiferente, como la muerte de su medio hermano Pedro Luis, duque de Gandía. La ausencia de César incluso representó un alivio para ella. Él tenía ahora catorce años y, aunque ascendía en la jerarquía eclesiástica, se sentía cada vez menos apto para seguir ese camino. A pesar de los honores y los beneficios, la amargura lo embargaba y, para colmo de males, su hermano Juan fue designado para suceder al primer duque de Gandía.



LA LLEGADA DEL PRÍNCIPE CAUTIVO


A fines del invierno de 1489, la diplomacia del Vaticano propició un acontecimiento sumamente extraordinario. El 13 de marzo por la tarde, Giulia,Orso, Lucrecia, Adriana y Vannozza asistieron a la llegada de Cem Sultán, hijo de una princesa serbia y del célebre conquistador de Constantinopla, Mehmet II. Condenado al infierno por el bajo clero, valiosa prenda para el alto, ogro en los cuentos de las nodrizas, compañero exótico para las mujeres de la corte, hacía semanas que todos lo aguardaban. Una abigarrada multitud acompañó a la insólita procesión hasta el castillo de Sant’Angelo, donde se impuso el ceremonial y se formó nuevamente el cortejo para acceder por estrechas callejuelas al Vaticano, donde los notables laicos y religiosos aguardaban la reunión del jefe de la cristiandad con el infiel.

Desde lo alto de la loggia del Vaticano, flanqueada por su tía Adriana y por Giulia, la joven Borgia vio acercarse el curioso cortejo encabezado por Domenico Doria, seguido por los señores franceses, los escuderos del Papa, los senadores de Roma, el maestro de ceremonias Burchard y luego el príncipe cautivo, a quien los romanos llamarían Zizim y que ese día iba escoltado a su derecha por Francesco Cibo, el hijo del Papa, y a su izquierda por Guy de Blanchefort. Ante las puertas de San Pedro, el embajador del sultán de Egipto, acompañado por unos diez jinetes, se acercó a saludar al príncipe con demostraciones de sumisión que superaban ampliamente a las que se brindaban habitualmente al soberano pontífice. A continuación, Cem se dirigió a los aposentos que el protocolo le había destinado en el Vaticano antes de ser presentado al día siguiente al Papa.

El 14 de marzo, los cardenales del Sacro Colegio y los miembros de sus familias asistieron a la ceremonia de presentación, muy impresionados por la elevada estatura y el hermoso rostro del príncipe turco. Lucrecia había oído hablar a menudo de Cem, de su dorado cautiverio y de su glotonería. Mantegna, que estaba trabajando en los frescos de la nueva capilla del Belvedere, le contó: “ Come cinco veces al día, bebe mucho y duerme entre las comidas “. Por otra parte, esa gula somnolienta no habría de durar, pues desde ese año se convirtió en el hombre de moda en Roma, buscado por todos, en especial por los hijos del cardenal Borgia.



LONGHI, LUCA. La dame (Giulia Farnese) à la Licorne. Castel Sant'Angelo, Rome.



LA BODA DE GIULIA Y ORSO


Los esponsales de Giulia Farnese y Orso Orsini se celebraron con un fasto prodigioso en el palacio del vicecanciller. El cardenal Borgia, rodeado de sus hijos ( con excepción de César que proseguía sus estudios), tendió la mano a Orso, y los cinco aguardaron en la puerta del palacio la llegada del cortejo. Correspondía al jefe de la familia Borgia recibir a Adriana y a Giulia, la novia. Ésta, con su vestido inmaculado, salpicado de piedras preciosas, descendió de su yegua y se arrodilló para besar el anillo episcopal. Rodrigo, después de pedirle que se irguiese, le dio la mano de Orso y guió a los invitados a una estancia llamada la Cámara de las Estrellas, cuyo techo representaba un cielo nocturno, en donde tuvo lugar la bendición nupcial. Luego, los tres hijos del cardenal Borgia condujeron a los comensales a los salones de recepción, donde se habían dispuesto las mesas del festín.

Como corresponde, la comida fue interminable, aunque afortunadamente estuvo amenizada por algunas distracciones: Lucrecia recitó un poema, prestidigitadores, mimos y juglares circulaban entre las mesas sobre las que desfilaban fuentes de cerdo dorado, pavo asado y pichones escarchados, y el decimoquinto y último plato se acompañó con un divertimento más rebuscado, denominado “ el caballero y la gata “. El curioso espectáculo consistía en encerrar en una jaula a un hombre desnudo hasta la cintura y a una gata. El hombre debía irritar y excitar al animal, luego matarlo sin servirse ni de las manos ni de los dientes. Cuanto más maltrecho salía el caballero, más grande era naturalmente el placer de los asistentes. La irrupción de los enanos clausuró el festín, como dictaba la costumbre. La mesa, desembarazada de objetos delicados de cristal, sus porcelana y oros, pasaba a ser el más suntuoso de los escenarios para sus bromas. Disfrazados de condotieros, cortesanos y eclesiásticos, se burlaban alegremente de la concurrencia, como espejo deformante que no escandalizaba a nadie, dada la sutileza y la gracia de sus bromas.

Que el cardenal Borgia ofreciese su hospitalidad a su prima para la boda de su hijo no tenía nada de sorprendente. Su espíritu de familia era inequívoco. Se entregaba al ingenuo placer de exhibir a sus hijos, sus sobrinos y sus riquezas, y, sobre todo, poseía un carácter festivo que su hija heredaría y cultivaría más tarde en Ferrara.


Fuentes:
CHASTENET, GENEVIÈVE. Lucrecia Borgia, ángel o demonio. Ediciones B, S.A. 2004
http://it.wikipedia.org/wiki/Lucrezia_Borgia
http://www.premiumorange.com/tapisseries-licornes/VERSION%20LONGUE/35-%20faune.htm

domingo, 29 de enero de 2012

LUCRECIA BORGIA: Sus primeros años ( II )

VENETO, BARTOLOMEO. Ritratto di donna. Presunto retrato de Lucrecia Borgia.



SU PADRASTRO CARLO CANALE


Carlo Canale cobró cariño a sus hijastros, especialmente a Lucrecia, una joven tan prometedora que inspiró en su alma sueños de Pigmalión. Atento a su educación, le regalaba libros religiosos con imágenes iluminadas de oro, azur y bermellón. Bajo la dirección de ese humanista, la joven Borgia estudió la famosa gramática griega de Constantino Lascaris. Su padrastro guía sus primeros pasos tanto en la lengua de Homero como en la de Virgilio. Otra gimnasia cerebral en la que se ejercitaba a diario era el recitado de una fábula o de un apólogo con el tono, la modulación y la respiración adecuada, así como los melodiosos sonidos que la niña extraía de su viola.

Podemos discernir dos razones para el gran interés de Lucrecia por aprender. La primera es la admiración sin reserva que sentía por su padre y que la movía, con legítimo orgullo, a ser digna de él y a inspirarle a su vez un sentimiento de amor y admiración. La segunda es su loable empeño en no decepcionar a su maestro. Frente a una alumna tan vivaz, Carlo Canale, descubridor de talentos, presintió tal vez que un día la joven sería amiga y musa de poetas. En cuanto al desarrollo de su cuerpo, su madre velaba atentamente por él: “ Excelentísimo señor – escribió al cardenal Borgia- vuestra ilustre hija se encuentra bien; es un verdadero placer verla montar su nuevo caballito, ya sea en silla o a la grupa ". También practicaba la natación, pero sólo en los días cálidos, cuando para huir del calor de Roma la familia iba a veranear a Subiaco o a los alrededores de la ciudad.

Vannozza poseía en Santa Lucía in Selce, en el barrio de Suburra, una casa espaciosa, protegida por un gran parque sembrado de lilas y glicinias. Cerca del huerto había un estanque de mármol donde los niños podían retozar. El cardenal Borgia, con traje de caballero romano, aparecía siempre de improviso. ¡ Qué contraste entre las dos esclavas moras encargadas de cuidar a los niños, sus hijos igualmente morenos, y su hija, sin más vestiduras que su cabellera color de sol !.


VENETO, BARTOLOMEO. Ritratto di Flora. Presunto retrato de Lucrecia Borgia.



LA AMISTAD DE MAGDALENA DE MÉDICIS Y LUCRECIA BORGIA


El 17 de diciembre de 1487 se produjo la primera salida oficial de Lucrecia. Ese día la ciudad se embanderaba por la llegada de Magdalena de Médicis, segunda hija de Lorenzo el Magnífico, señor de Florencia, y de Clarissa Orsini. Por prudencia, el Magnífico había preferido quedarse en su ciudad. Magdalena, a los catorce años, iba a casarse con el hijo del papa Inocencio VIII. Éste último, en conflicto con el rey Ferrante de Nápoles, se había aliado con Florencia y para afianzar esa unión, había propuesto desposar a la hija de Lorenzo con Francesco Cibo, un cuarentón que le parecía sexagenario a la adolescente. Sin embargo, como parte de la dote del futuro esposo, el pontífice aseguraba a Giovanni de Médicis, de doce años en ese entonces, un brillante futuro como prelado.

Para celebrar esa alianza, se colgaron banderines de uno a otro lado de la calle y tapices con el escudo de armas de los Médicis de los balcones, y se sembró el camino de ramas de laurel. Al vicecanciller Rodrigo Borgia correspondía el honor de recibir a la familia y el séquito de la novia. Su palacio se prestaba para ello. Construido en 1470 según sus deseos, se levantaba entre el puente de Sant’Angelo y el Campo dei Fiori. Al caer la tarde, Lucrecia y sus hermanos acudieron a la casa de su padre, quien, como de costumbre, los recibió con orgullo, feliz de mostrar sus hijos a los grandes de este mundo.


BOTTICELLI, SANDRO. Ritratto di giovane donna. Se cree que representa a Clarissa Orsini o a Fioretta Gorini, amante de su suegro, pero no está comprobado.


Para la presentación de los prometidos, el vicecanciller había mandado disponer, en su espacioso vestíbulo cuadrado, unos estrados que ocultaban en parte cuatro tapices de temas religiosos. Allí ocuparon su lugar los miembros de la aristocracia y la Iglesia, así como lo más granado de los intelectuales de la ciudad. Pronto se oyó llegar la cabalgata de los Médicis y, a la luz de las antorchas resinosas que crepitaban bajo la llovizna y el frío, Lucrecia vio aparecer a una mujer soberbia, envuelta en una capa de seda guarnecida de pieles y cuyo andar acentuaba su majestad. Era la esposa de Lorenzo el Magnífico, que se inclinaba para besar la mano que ostentaba el anillo, símbolo del poder. Luego presentó a su hija Magdalena, que de inmediato rindió al cardenal los mismos honores. A su vez el novio se arrodilló, primero ante su futura suegra, luego ante su prometida. A los ojos de todos, era evidente el contraste entre esa jovencita, rebosante de frescura, y ese hombre marchito.

Pero, como los acontecimientos más tristes y los más alegres siempre terminan en una buena comida, se dio comienzo a los ágapes. Los favores comenzaron también, pues el Papa concedió unos meses más tarde la púrpura cardenalicia al segundo hijo de Médicis. Al día se celebró la ceremonia religiosa en el Vaticano, en medio de un lujo casi oriental. Por primera vez se casaba oficialmente al hijo de un pontífice. Ese día nació una amistad de hermana mayor a hermana menor entre Magdalena de Médicis y la hija del cardenal Borgia. La florentina era para Lucrecia un modelo de perseverancia y de valor. A pesar de su juventud, trataba de imponer a su marido una vida regular. En efecto, éste, un auténtico noctámbulo, era conocido por recorrer las calles con sus compañeros de juerga, buscando pendencias con los burgueses y aterrorizando a las mujeres cuando no las raptaba.


Lorenzo de Médicis por Girolamo Macchietti



No obstante, Magdalena, con su amable discreción, su encanto y su bondad natural, pareció ejercer durante un tiempo sobre Francesco una influencia positiva. Por desgracia, no duró mucho. Dos años más tarde, el nacimiento de una hija le dejó indiferente. De nuevo sólo se hablaba de sus deudas de juego, del tráfico de indulgencias al que se entregaba para pagarlas, de las tarifas de impunidad que había establecido para los asesinatos: mediante el pago de ciento cincuenta ducados, se podía eliminar a un hombre sin ser molestado. No tenía otro patrimonio que el ser el hijo amado del Santo Padre.

Lucrecia le tomó afecto a esa heroína de la vida cotidiana que, pese a su juventud, conservaba una sonrisa frente a sus desventuras íntimas: la muerte de Lorenzo y los reveses de una sucesión difícil. En el transcurso del año 1488, Magdalena le hacía leer poemas de su padre que evocaban la precariedad de nuestro paso por la tierra. Carlo Canale observó hasta qué punto Magdalena de Médicis hacía florecer la inteligencia de su hijastra, cosa que no le asombró, pues la joven había crecido bajo el alero de la cultura humanista junto a sus hermanas y hermanos, con tutores de la talla de Angelo Policiano. Dio parte pues de esa feliz evolución al cardenal Borgia, incitándolo a confiar la educación de Lucrecia a su prima Adriana Orsini, tía de Magdalena. El consejo del padrastro puede extrañarnos, pues privaba a la adolescente de su madre, pero se trataba de que Lucrecia recibiese una educación completa y principesca.


Fuentes:
CHASTENET, GENEVIÈVE. Lucrecia Borgia, ángel o demonio. Ediciones B, S.A. 2004
http://it.wikipedia.org/wiki/Lucrezia_Borgia
http://es.wikipedia.org/wiki/Clarice_Orsini

LUCRECIA BORGIA: Sus primeros años ( I )

Detalle de la obra de Pinturicchio, Disputa di Santa Caterina d'Alessandria con i filosofi, davanti all'imperatore Massimino. Presunto retrato de Lucrecia Borgia. 1492-1494



Como la mayoría de las damas romanas, Vannozza Cattanei consultó a los astrólogos para conocer el sexo de la nueva criatura que estaba por llegar. Adivinos españoles o italianos predijeron que tendría una hija y ella decidió alumbrarla en Subiaco, en la vieja fortaleza de los Borgia. El 18 de abril de 1480 venía al mundo una niña rubia de ojos claros que en la historia había de llevar el nombre de Lucrecia Borgia.

A pesar de la distancia que separa Roma de Subiaco, afluían numerosos visitantes cargados de presentes que después se exhibían en el gran salón. Vannozza los recibía en una lujosa cama con sábanas de seda entretejida con plata, almohadas adornadas con perlas finas y un cubrecama guarnecido con borlas. Unos cortinajes de terciopelo carmesí protegían de las corrientes de aire. Se conversaba alegremente mientras se bebía vino acompañado de bizcochos y golosinas presentados en fuentes de oro. La charla proseguía durante la comida de la joven madre, servida en una bandeja redonda, desci da parto, decorada con motivos mitológicos: el juicio de Paris, el rapto de Helena.

Los alimentos se eligen con los criterios más estrictos. Vannozza alimenta con su propia leche a la recién nacida. Así, para darle leche “ de color blanco y no verdosa, ni amarillenta, ni sobre todo negruzca, de buen aroma y de sabor casi dulce, ni salado, ni amargo, que no haga espuma y que sea homogénea ”, la madre se alimenta de lechuga, almendras, avellanas y sopas francesas. Aunque las mujeres de cierta categoría suelen delegar esos cuidados en una nodriza, Vannozza estima que “ No es una buena madre quien niega sus senos. Sus dos mamas no le han sido dadas sólo como adorno del pecho, sino para alimentar a sus hijos (…) Además, la leche extraída de un cuerpo regido por un espíritu equilibrado, aporta a la naturaleza del niño las mismas cualidades de ese espíritu “. A sus ojos, esa práctica estrecha los lazos de la sangre y engendra un vivo afecto, mientras que una nodriza extraña corre el riesgo de transmitir al niño mal carácter.


ROSETTI, DANTE GABRIEL. La familia Borgia. 1851-1859. Tullie House Museum and Art Gallery, Carlisle.



La amante del cardenal no sólo respetaba de un modo escrupuloso los principios alimentarios, los de la higiene infantil eran observados también cuidadosamente. Todos los días las sirvientas bañaban a la pequeña Lucrecia en agua tibia, sin agregarle plantas aromáticas. Se concedía tal importancia a la limpieza, que artistas tales como Rafael no desdeñaban embellecer los baños de los palacios. Una niñera titular velaba por el sueño del bebé y la arrullaba con una nana. Pasados los fuertes calores del verano, Vannozza regresó a Roma. Al año siguiente dio a luz a su hijo Jofré. Después de este nacimiento, la pasión del cardenal Borgia por su amada muere y termina toda relación íntima con ella. Vannozza volverá a tener otro hijo, llamado Octaviano, fruto de la unión con su esposo Giorgio di Croce.

Desde su infancia, a pesar de su bastardía, Lucrecia supo que estaba destinada a grandes cosas. Jugaba con los hijos de los cardenales de Estouteville, así como con los de Della Rovere, Sixto IV e Inocencio VIII. La vestían como a una adulta: con trajes de seda, túnicas de brocado ceñidas por cinturones adornados con piedras preciosas, capas de terciopelo verde y rosado, forradas con tafetán de Alejandría y botas doradas. Con su hermano César - que se mostraba tierno unas veces y brutal otras, y le contaba interminables historias de caballeros y cruzadas, relatos de rapiñas y de gestos sublimes – jugaba a la gallina ciega, a la taba o a las cartas: al sertino, decorado con dioses y animales, a las adivinanzas que, según la respuesta, precipitaban a las llamas del infierno o a las dulzuras del Edén.


COLLIER, JOHN. A Glass of Wine with Caesar Borgia. 1893. Ipswich Museum and Art Gallery



Pero el más apasionante de los juegos era siempre el escondite, que les servía de pretexto para recorrer todo el palacio, introducirse en las salas de ceremonia, ocultarse detrás de los tapices, de los aparadores repletos de vajilla de oro y de copas cinceladas, de las monumentales mesas de mármol cargadas de antigüedades: manos, cabezas, pies, lámparas de aceite, en una mezcolanza de objetos procedentes de las excavaciones que se multiplicaban por entonces en el suelo de Roma y de Ostia. Pero para los jóvenes Borgia y sus compinches, esos testimonios de otra civilización no representaban nada. Por consiguiente, no les importaba devastar las colecciones de sus padres, aunque eso les acarrease un castigo.

Por la noche los confinaban en gélidas habitaciones individuales. En efecto, aunque en las mansiones patricias los salones de recepción estaban caldeados, bien por gigantescas chimeneas adornadas con personajes de tamaño natural grabados en el mármol, bien por braseros donde se quemaban polvos fragantes, los dormitorios, aunque las alfombras de gruesa lana suavizaran su severidad, solían asemejarse a celdas. Nada de tapices con motivos mitológicos ni colgaduras de seda; sólo dos camas angostas y dos sencillas mesas para Lucrecia y su ama. En un rincón, una gran estufa de arcilla sin vitrificar y, como única nota de color, un cuadro de la Virgen ante el cual ardía una lámpara de aceite, donde todos los días, siguiendo el consejo de su padre, la pequeña rezaba su rosario, antes de sumirse en el Zardino del Oratio ( el jardín de las plegarias ).


Papa Alejandro VI. Detalle del fresco de La Resurección pintado por Pinturicchio en 1492-1495. Se encuentra en la Sala dei Misteri dell'Appartamento Borgia, el Vaticano.


Fuera de su vida cotidiana lo más fascinante para los hijos del cardenal Borgia se encontraba fuera del palacio. Encaramándose a un escaño, podían alcanzar la galería desde donde contemplaban con ojos maravillados, las idas y venidas de los jinetes, las damas embozadas, las carrozas de cortinas cuidadosamente corridas que pasaban con gran estrépito o los cardenales sobre sus mulas blancas con bridas de plata. Para César, Juan y Lucrecia, el exterior era la Terra incognita. Todo estaba por descubrir.

Aunque el retrato de cuerpo entero de Rodrigo Borgia, vestido con la púrpura cardenalicia, ocupaba el lugar de honor en el palacio de Vannozza, cuando él llegaba, traía consigo un torrente de alegría, de calor. Todos se arrodillaban y le besaban la mano. El tren de vida de Vannozza permitía dispensar un trato fastuoso a los amigos de la familia. Sentados a la mesa, los invitados trasegaban garrafas de vino de Málaga y de Alicante. La opulencia de una casa se medía por la cantidad y la belleza de las esclavas que mantenía. Algunas sabían de música o de baile, y a menudo las trataban más como amigas que como criadas, pues no podían celebrarse fiestas ni banquetes sin el rasgueo de las guitarras, los cascabeles de las danzas moras, los gritos guturales de las canciones, las exclamaciones, las risas, todo ello sumado al rechinar de las pesadas puertas sobre sus goznes, los relinchos de las yeguas, el tintineo de los anillos de bronce, el chirrido de las ruedas y el golpeteo de los cascos sobre el pavimento.

Cuando Lucrecia contaba seis años fallecieron, con pocos días de diferencia, su padrastro Giorgio di Croce y su medio hermano Octaviano. El cardenal Borgia se impuso la misión de encontrar un buen partido para Vannozza. Su elección recayó en un letrado que, antes de llegar a Roma, gozaba de una halagüeña reputación en Mantua. Se llamaba Carlo Canale y con él volvió a contraer matrimonio la madre de Lucrecia.


Fuentes:
CHASTENET, GENEVIÈVE. Lucrecia Borgia, ángel o demonio. Ediciones B, S.A. 2004
http://it.wikipedia.org/wiki/Lucrezia_Borgia

miércoles, 25 de enero de 2012

VANNOZZA CATTANEI, La amante de Rodrigo Borgia ( II y última )


Vannozza tenía en torno suyo una corte poco ruidosa, pero rica y bien abastecida que la seguía a todas partes, cuando ella marchaba en verano o a los primeros anuncios de las epidemias que anualmente se difundían en la ciudad, a los lugares de propiedad de Rodrigo Borgia, bien provistos y bien fortificados, a Nepi o, con más gusto, a Subiaco. En esta morada aireada, amplia y segura, Vannozza disponía su vida y su corte, en espera de que el cardenal se le reuniese.

En 1480 nace el tercero de sus hijos, en este caso una niña rubia llamada Lucrecia. Y al año siguiente, la amante del cardenal dio a luz a otro hijo varón: Jofré, a quien Rodrigo Borgia legitimó, tal como había hecho con su hija, pues Sixto IV había expedido unas bulas especiales autorizándolo a dar oficialmente a su descendencia el título de sobrinos. Reinaba la armonía entre el padre natural y el padre putativo. Giorgio di Croce amaba a los jóvenes Borgia y se mostraba cada vez más atento con Vannozza. Después del nacimiento de Jofré, habiendo terminado el cardenal toda relación íntima con ella, se creyó autorizado a comportarse como esposo: Octaviano fue el fruto de esa unión.

En 1486 fallecieron, con pocos días de diferencia, Giorgio di Croce y Octaviano, su hijo. El cardenal se impuso la misión de encontrar un buen partido para ella. No faltaron pretendientes a la mano de la viuda. Su fortuna, su posición y su belleza atraían las miradas y despertaban la codicia. Quien lograse convertirse en príncipe consorte de la Bella Donna del cardenal se aseguraría una fuente nada desdeñable de beneficios con la ventaja añadida de una esposa ardiente en los juegos del amor, madre de hermosos hijos, vivos y alegres como ángeles.



Ahora bien, para gran sorpresa de todo el Vaticano, se supo que la elección del cardenal Borgia, que fue objeto de elogios, había recaído en un letrado que, antes de llegar a Roma, gozaba de una halagüeña reputación en Mantua. Originario de esa ciudad, Carlo Canale se había dado a conocer por su talento y su saber en el muy refinado círculo de la familia soberana de Este. Estuvo al servicio del Cardenal Francisco Gonzaga y a la muerte de éste pasó a Roma con el Cardenal Sclafenati de Parma.

La dote de Vannozza se elevaba a mil florines de oro y su cónyuge obtuvo el cargo de solicitante de bulas, al que se sumaba la esperanza de un próximo nombramiento como secretario de la Penitenciaría con la guardia de la Torre di Nona. Esa unión produjo un cambio, toda la familia abandonó la casa de la plaza Pizzo di Merlo para mudarse a la plaza Branchis. Dos años más tarde nacía un varón cuyo padrino fue Luis de Gonzaga, lo que significa que Carlo Canale era el esposo de Vannozza a todos los efectos y no sólo nominalmente. Sus armas se unieron a las de los Borgia. En cuanto a sus hijastros, les cobró cariño, especialmente a Lucrecia, de quien estuvo atento a su educación.



Rodrigo Borgia es elegido Papa con el nombre de Alejandro VI en el año 1492. Vannozza, la mujer amada durante más tiempo y siempre protegida por él, vive en la sombra y parece no tener ninguna influencia directa con su gran protector. Amó, fue amada y sus hijos crecen como esbeltos álamos a la orilla del río del amor paterno. Vannozza, a la que la prolongada pasión del cardenal Borgia ha dado muchas alegrías proporcionándole una vida desahogada, consuelo para los años ya no juveniles, los ve a menudo pero no vive con ellos. Su vida está regulada por obligaciones sociales de conveniencia y dignidad: siempre habitó en casa propia, estando, salvo en breves períodos, regularmente casada. Su lugar en los afectos del Papa Borgia será ocupado por una nueva favorita, la bella Giulia Farnese.

A pesar del relativo abandono en que la había dejado la muerte de Alejandro VI en 1503, Vannozza se dedicaba a las obras de beneficencia. Había donado sus joyas, que ya nada representaban para ella, para la construcción del tabernáculo de San Juan de Letrán. Las perlas, los diamantes, el oro y la plata que la favorita del Papa había lucido, refulgían ahora en medio del altar. Su notario consignaba, en enero de 1517, el abandono del usufructo de sus diferentes casas y posadas en beneficio de los hospitales de El Salvador de Letrán, de San Lorenzo in Damaso y de la Compañía de la Annunziata. A estas disposiciones se añadía la obligación de decir misas por el descanso de su alma y las de sus dos esposos. Su discreción le prohibía pedir favores personales a su hija la duquesa de Ferrara pero, en cambio, le recomendaba a sus protegidos y, según el resultado de su gestión, sus cartas de agradecimiento terminaban con un “ vuestra feliz madre “ o con un “ vuestra madre “.



Falleció el 26 de diciembre de 1518 a la edad de setenta y siete años. Sus funerales se celebraron en la iglesia de Santa María del Popolo y fueron tan grandiosos como los de un cardenal. León X delegó en sus camareros y en parte de su corte su representación en las exequias. Esa distinción, reservada habitualmente a los prelados, equivalía a reconocer a Vannozza como la viuda de Alejandro VI o, al menos, como la madre de la duquesa de Ferrara.

Fue enterrada en dicha iglesia, donde reposaba su hijo Juan. Sin embargo, de los restos de ambos no se conserva traza alguna, ya que durante el saqueo de Roma de 1527 la capilla fue expoliada y despojada de sus riquezas. Sólo se recuperó la lápida sepulcral, que se fijó en el pórtico de la iglesia de San Marco, frente al Campidoglio. Durante más de dos siglos, los sacerdotes de Santa María del Popolo oficiaron misas por Vannozza. Luego, la autoridad religiosa terminó por eximirlos de dicha obligación.


Fuentes:
CHASTENET, GENEVIÈVE. Lucrecia Borgia, ángel o demonio. Ediciones B, S.A. 2004
BELLONCI, MARIA. Lucrecia Borgia. Editorial Renacimiento, S.A. 1961
Fotos promocionales de la serie " The Borgias " ( 2011 ) producida por Showtime.

domingo, 22 de enero de 2012

VANNOZZA CATTANEI, La amante de Rodrigo Borgia ( I )

FRANCUCCI DA IMOLA, INNOCENZO. Vannozza Cattanei. Galleria Borghese, Rome.



Por su encanto y las cualidades de su corazón, Vannozza Cattanei supo conservar durante cerca de quince años, si no la fidelidad, al menos el amor de un hombre fuera de lo común como fue el cardenal Rodrigo Borgia, después convertido en el Papa Alejandro VI. Esa larga relación acabó por adquirir la apariencia de un matrimonio morganático. Si hemos de prestar crédito a sus contemporáneos, Rodrigo Borgia no respondía al canon de la belleza clásica: de elevada estatura, cutis sonrosado, ojos negros, mirada penetrante y boca ávida, el futuro pontífice, corpulento pero majestuoso y desbordante de fuerza, irradiaba sobre todo una verdadera alegría de vivir. Antes de su relación con la más amada de sus amantes, ya era padre de tres hijos de diferentes mujeres: Pedro Luis, Girolama e Isabella.

De acuerdo con una pintura anónima conservada por la Congregación de la Caridad de Roma o la de Girolamo da Carpi en la villa Borghese, la amante del cardenal obispo poseía esa belleza floreciente en la que la languidez y el ardor se funden armoniosamente. Su cabellera rubia y sedosa, su mirada deslumbrante y embellecida por unas sombrías cejas negras, sus ojos verdes, su nariz recta, cincelada, de aletas bien marcadas y sus labios carnosos y purpúreos conferían mucha fuerza y sensualidad al rostro. El mentón voluntarioso y el porte de su cabeza reflejaban energía y dignidad. El interior modelaba el exterior. Robusta como las Venus de Tiziano, probablemente tan alta como su amante, esa mujer apetitosa poseía un poder de seducción que estaba a la altura de la extroversión del cardenal Borgia. Fue una madre perfecta y la compañera ideal de este hombre de acción.



Encontramos el apellido Cattanei tanto en Roma como en Venecia o en Mantua. Vannozza es el diminutivo de Giovanna y Cattanei viene de Capitaneus. Litta, autor de una gran obra sobre las familias históricas de Italia, atribuía su paternidad a Ranuccio Farnesio. Esta filiación es algo fantasiosa. En cambio, encontramos su huella en el Diarum del maestro de ceremonias de Alejandro VI, donde se la designa como Madama Vannozza di casa Cattanei, probablemente romana, perteneciente a la pequeña nobleza o a la burguesía. En todo caso, se sabe con certeza que su nombre no figuró jamás en la lista de cortesanas de la época que ha llegado hasta nosotros.

El primer encuentro entre Rodrigo y Vannozza se produjo cuando ésta tenía veintisiete años y su belleza se hallaba en su apogeo, el cardenal tenía diez años más que ella. En 1475 nació el primero de sus cuatro hijos: César. Feliz en sus actividades episcopales y en su vida afectiva, al parecer Rodrigo Borgia conoció con su compañera una dicha patriarcal ininterrumpida. Como tributo al decoro, habían encontrado a un cincuentón, respetable funcionario apostólico, Domenico Giannozzo, signore di Arignano, que aceptó pasar oficialmente por padre de César. En cuanto al resto, la jovialidad, la alegría e incluso la audacia del cardenal eran asombrosas. Así, no vaciló un día en alterar el recorrido de una procesión para desfilar, llevando la Custodia en sus manos, ante las ventanas de la nueva signora di Arignano.


MELONE, ALTOBELLO. César Borgia. Galleria dell'Accademia Carrara, Bergamo.



Juan Borgia



Y cuando nació su segundo hijo Juan en 1477, habiendo muerto Arignano, el cardenal casó a Vannozza con un milanés, Giorgio di Croce, al que colocó, al igual que al precedente, como secretario apostólico de Sixto IV. Este nuevo esposo poseía un patrimonio considerable que incluía, entre otras cosas, una magnífica villa rodeada de un parque, un huerto y una viña sobre el Esquilino, cerca de San Pietro in Vincoli. Los niños gustaban reunirse en familia en esa propiedad, que su madre heredará de su segundo esposo y que se denominará el viñedo Borgia. Vannozza y su esposo vivian casi siempre en Roma.

A Vannozza, mujer sensata, prudente y hábil, le gustaba enriquecerse por medio de inversiones hábiles. De este modo se hizo con varios mesones, algunos situados cerca del Borgo, como las posadas del León o la del Ángel, otros en el barrio de Parioli, especialmente La Scala o la Posada de la Vaca, que compraría en 1500. Finalmente, su propia casa en la plaza Pizzo di Merlo, un obsequio de Rodrigo, que se alzaba en las proximidades de su palacio, le confería una honorabilidad incuestionable.



Fuentes:
CHASTENET, GENEVIÈVE. Lucrecia Borgia, ángel o demonio. Ediciones B, S.A. 2004
http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Cesareborgia.jpg
http://es.wikipedia.org/wiki/Vannozza_Cattanei
http://es.wikipedia.org/wiki/Rodrigo_Borgia

sábado, 21 de enero de 2012

Catalina de Aragón: Su labor cultural, social y benéfica ( II )



SU APORTE A LA EDUCACIÓN


Desde el primer momento la reina Catalina se ocupó de la educación de su hija María. Se encargó de enseñarle a leer y a escribir y era quien decidía sus lecturas, y durante mucho tiempo fue la correctora de los escritos que la niña realizaba en latín. Si hombre y mujer son idénticos y pueden ser educados en los mismos saberes y actuar igual, ¿por qué no puede gobernar una mujer?. Su madre había sido reina de Castilla y otras habían gobernado en reinos de Europa, pero eran casos excepcionales que sólo confirmaban la regla. La mujer sólo podía representar el papel de reina consorte. A falta de un heredero varón, debía luchar como fuese por el futuro de su hija. María debía ser la reina de Inglaterra. Por ello propiciaba más de una discusión en palacio y en universidades sobre la educación de las mujeres. Creó en torno a la princesa María una escuela para las hijas de los nobles y damas de la corte. Todo bajo la mirada atenta de los grandes humanistas y de la aceptación de Luis Vives.

Catalina era una generosa protectora de la educación. Fundó cátedras en las Universidades de Oxford y Cambridge. Prestó ayuda económica a los estudiantes pobres y se informaba regularmente de sus progresos. Apoyó con dinero al Saint John’s College de Cambridge que pasaba apuros. En Cambridge, tuvo una especial vinculación con el Queen’s College cuyo presidente, Robert Beckensaw, fue su limosnero, y visitó esta Universidad por lo menos tres veces, permaneciendo tres días en una de ellas. Unas vidrieras del King’s College con las armas de Catalina y Enrique, se conservan en la iglesia de Holy Cross, Greenford, y en una capilla lateral del mismo College quedan emblemas heráldicos de Catalina.

En 1518 visitó el Merton College de Oxford, donde los estudiantes la recibieron con “ tantas demostraciones de alegría y amor como si hubiera sido Juno o Minerva”. De 1523 a 1528, junto a John Fisher y Tomás Moro, abogaría por el estudio del griego en las aulas universitarias.




LABOR SOCIAL Y BENÉFICA



Catalina, experta costurera, enseñó los secretos de las agujas de plata y los hilos de oro y seda a sus damas de honor. Las lecciones de encajes que daba la reina fueron extendiéndose entre ellas y pronto salieron de palacio para que toda mujer se iniciara en el arte de la aguja, el dedal y el hilo. La reina creó una industria artesanal de bordados y encajes en los Fens, alentando a las mujeres del lugar a seguir su ejemplo y hacer labor negra española - bordados negros sobre un fondo blanco -, calado y lo que ahora se llama “ encaje de Buckingham ”. No se tardó en poner nombres a los distintos puntos y nudos entre las bordadoras inglesas, como el punto Reina Catalina, muy utilizado en los bordados de los condados de las Midlands. Según la tradición, el término inglés “ pin money ” para referirse al dinero de bolsillo de las mujeres, proviene de los estipendios dados por Catalina a bordadoras.

La reina implantará normas de higiene y alimentación desconocidas en Inglaterra. Introdujo nuevas variedades de frutales traídos de los Países Bajos, la ensalada superior y contribuyó a popularizar las naranjas en Inglaterra, los frutos cítricos eran costosos y raros porque tenían que importarse de España. Parece que los ingleses habían abandonado el cultivo de cerezos, ciruelos y melocotoneros desde la Guerra de las Dos Rosas y que Catalina lo revitalizó. Mejoró la jardinería inglesa y dotará de mayor variedad a los jardines de sus residencias reales.



Uno de los terrenos en donde Catalina de Aragón se granjeó el amor del pueblo inglés fue el de la caridad. La reina llegó a hablar, en más de una ocasión, con su marido para que aumentara las limosnas que la corte destinaba a los más necesitados. Había un funcionario que se llamaba el Limosnero de la Reina y, por lo visto, los fondos a su disposición se incrementaron y se hizo un esfuerzo para hacer que se gastaran prudentemente. Catalina se hacía cargo siempre de un cierto número de indigentes ancianos y muchas de las propiedades que la reina recibió cuando se casó con Enrique VIII se destinaban a alimentar a los pobres. El dinero de las rentas de sus tierras era donado casi en su totalidad a orfanatos y a casas de misericordia.

La reina siempre hacía que se investigara las necesidades de los pobres en cualquier lugar en el que ella viviera y ella misma solía dedicar mucho tiempo a visitarlos sin ostentación, ataviada simplemente con el hábito de una hermana laica de la Orden de San Francisco. Cientos de familias pobres recordarían que le debían dinero, ropas, alimentos, combustible en los meses de invierno y ropa blanca limpia junto a las cunas de los recién nacidos. El profundo afecto que la gente pobre de Inglaterra mostró a la reina en su adversidad puede haber estado basado, en parte, en el recuerdo de que ella no les había olvidado en la suya.



Fuentes:
Alison Weir, Enrique VIII, el rey y la corte. 2003 Editorial Ariel S.A.
Garrett Mattingly, Catalina de Aragon. 1998 Ediciones Palabra, S.A.
Antonia Fraser, Las seis esposas de Enrique VIII. 1998 Ediciones B Argentina, S.A.
Maria Jesús Pérez Martín, Maria Tudor: La gran reina desconocida. 2008 Ediciones Rialp, S.A
Luis Ulargui, Catalina de Aragón. 2004 Random House Mondadori S.A.

La infancia de Juana de Castilla ( VIII y última )


LA CASA DE LA ARCHIDUQUESA


No es fácil saber a ciencia cierta el número de acompañantes de la archiduquesa pero se han documentado en torno a doscientos. A estos habría que sumar los familiares y criados que les asistían, con lo que la cifra tendría al menos que duplicarse. Como capellán mayor de la archiduquesa viajaría Diego Ramírez de Villaescusa, maestro de teología y entonces deán de Jaén. El clérigo de más alto rango entre los acompañantes era el obispo de Jaén, Luis de Osorio, encargado de celebrar el matrimonio religioso entre Felipe y Juana. Rodrigo Manrique, comendador de Yeste, la acompañaba como mayordomo mayor; Francisco de Luján como su caballerizo mayor, Rodrigo Manrique " el Mozo " como su copero mayor, Martín de Múxica como tesorero, Francisco de Alcaraz como su contador, Pedro de Godoy como su veedor, los maestresalas Martín de Távara y Hernando de Quesada, así como su maestro Andrés de Miranda, su trinchante Juan Vélez de Guevara, su camarero Diego de Ribera, a los que hay que añadir capellanes, hombres de cámara, lavanderas, sastres, pajes, cuatro esclavas y un largo etcétera.

Como dueñas de honor fueron Beatriz de Távara – condesa de Camiña-, Ana de Beaumont – hermana del condestable de Navarra-, y María de Villegas. Como damas de Juana se embarcaron María de Aragón – hija del condestable de Navarra-, Blanca Manrique – sobrina del duque de Nájera-, María Manuel – hija de don Juan Manuel-, María Manrique – hija del señor de Bardizcar-, Francisca de Ayala, Aldara de Portugal, Beatriz de Bobadilla – sobrina de la amiga de la reina - y Ángela de Villanova.

No todos los que formaban la expedición iban a establecerse junto a la archiduquesa, pues algunos como el almirante de Castilla y su familia tenían la misión de retornar con la princesa Margarita. La casa cambió de composición tras la desaparición de algunos oficiales, que fallecieron, y del regreso a España de otros en el séquito de la princesa Margarita en febrero de 1497. Asimismo, hay que tener presente la incorporación de otras personas de los Países Bajos por orden de Felipe el Hermoso.




LA MARCHA DE JUANA A FLANDES


La corte se había instalado en Almazán, Soria, en abril de 1496. Entrado el verano, el rey Fernando se encaminó a Aragón para dirigir las operaciones militares en el Rosellón, pretendido de nuevo por Carlos VIII de Francia tras su fracaso en Italia, mientras que la reina Isabel se trasladó junto a sus hijos a la villa cántabra de Laredo, adonde llegó el 3 de agosto. Despedir a su hija Juana es uno de los momentos de más zozobra por los que pasa la reina Isabel, recibiría la noticia del fallecimiento de su madre en Arévalo. La reina veía marchar a una joven de dieciséis años, llena de sensibilidad, de arrogante aspecto, nerviosa e inquieta. Y además, su viaje era a un país lejano, de extrañas costumbres, de hosco clima, del que poco se sabía.

La reina ha procurado rodear a su hija de un buen cortejo palaciego, de un espléndido ajuar y ser escoltada por una impresionante armada, pero no está tranquila. ¿Cómo será el futuro marido de Juana, aquel que llaman Felipe el Hermoso? ¿Será tolerante y comprensivo? Y, sobre todo, ¿será bueno y afectuoso?. Isabel quiere ganarse su simpatía y le escribe una carta que dicta a su secretario. Una carta que corrige personalmente y a la que añade una expresiva posdata de su propia mano, para que haga más impacto sobre su yerno. Y lo hace con términos sencillos, como podría hacerlo cualquier madre, pensando en su hija. Le desea muchos bienes:

Plega a Nuestro Señor que sea ello por muchos años y buenos a su servicio, y mucho bien de allá y acá.

A continuación trata de llegar al corazón del archiduque con un toque cordial, para que vea en ella no una suegra, sino una madre:

Y a vos, querido señor hijo, que de mí y de todo lo que yo tengo os aprovechéis, con mayor confianza que de vuestra verdadera madre …





No ha quedado constancia de que se celebrasen fiestas especiales de despedida para la archiduquesa, pero si sabemos por los cronistas de la época que la reina se quedó haciendo compañía a su hija durante dos noches en la nave que había de llevarla a un destino tan incierto. Refiere Santa Cruz que “ durmió la reina en la mar con su hija dos noches, para dalle más esfuerço para ir su camino. De la qual se despidió la reina con muchas lágrimas con pensamiento que nunca más se avían de ver “.

La noche del 21 al 22 de agosto, una vez que la reina regresó a tierra, la armada comenzó lentamente a moverse. Comandada por un piloto experimentado como Sancho de Bazán, la flota abandonó el puerto. La archiduquesa iba en la carraca mayor llamada la Lomelina. Era la primera vez que una princesa española surcaba los mares para casarse. Atrás queda la hermosa bahía de Laredo. Quedan también atrás la vida familiar, los juegos con los hermanos, el entorno de su pueblo castellano y la luz de los cielos de España. Nadie imaginaba entonces lo que aquello supondría: el relevo de la dinastía de los Trastámaras por la casa de Austria al frente de la monarquía hispánica.


Fuentes:
ZALAMA, MIGUEL A. Juana I: Arte, poder y cultura en torno a una reina que no gobernó. Centro de Estudios Europa Hispánica 2010
FERNANDEZ ALVAREZ, MANUEL. Juana La Loca, La Cautiva de Tordesillas. Espasa Calpe S.A. 2000
Imágenes extraídas de la película " Juana La loca " ( 2001 ) de Vicente Aranda

miércoles, 18 de enero de 2012

La infancia de Juana de Castilla ( VII )



EL AJUAR DE LA ARCHIDUQUESA JUANA


Isabel y Fernando no repararon en gastos a la hora de preparar una impresionante armada, pero eso debía complementarse con la formación de una corte en torno a su hija que llamara la atención cuando llegase a su destino. Y, por supuesto, en ese séquito tenía que destacar especialmente la archiduquesa Juana. Conseguirlo no era fácil, había que competir nada menos que con la fascinante corte de Borgoña, sofisticada hasta en los más mínimos detalles y donde el lujo era la norma.

Se invirtieron cerca de 50.000 ducados en el ajuar de la archiduquesa, casi un tercio del coste total de la empresa. Se compraron fundamentalmente objetos de oro, plata y ricas telas, y fue precisamente el gasto en brocados, terciopelos, sedas, rasos, damascos y todo tipo de paños, el más elevado.

Para realizar las joyas de la archiduquesa se emplearon más de 190 marcos de oro – unos 44,5 Kg – y 518 marcos de plata – más de 120 Kg -, cantidades muy elevadas de metales preciosos que fue necesario adquirir. Hubo que llamar además a una verdadera legión de orfebres y plateros. Se hicieron todo tipo de objetos: algunos para uso diario y otros para la capilla. Además, se labraron las armas de Juana como archiduquesa y, por supuesto, también joyas de uso personal.



Parte de las telas compradas se guardaban para darles un uso posterior, y para ellas se hicieron numerosas arcas donde atesorarlas. Se necesitaban tantas que hubo que ordenarlas a Barcelona, Valladolid, Zaragoza, Valencia o Córdoba. Estas arcas – no demasiado grandes puesto que tenían que ser transportadas generalmente a lomos de caballerías - se realizaban con esmero: no sólo se utilizaban maderas nobles, sino que además se doraban y pintaban, es decir, que superaban el simple aspecto funcional de contenedores de objetos para convertirse en piezas artísticas por sí mismas. Prueba de que no eran simples baúles es que, a pesar de la urgencia con que se necesitaban, la reina rechazó un buen número de ellas por no estar bien realizadas.

La labor de confeccionar los vestidos de la archiduquesa recayó sobre todo en el bordador Fernando de Covarrubias, quien trabajaba habitualmente para la reina. Sin embargo, no sólo la archiduquesa debía brillar por sus vestidos, también su séquito tenía que estar a la altura. Se puede decir que todos los que emprendieron el viaje a los Países Bajos iban fastuosamente vestidos.



También se compraron ropa de cama y mesa, y algunos tejidos de menor calidad para forros. Muchas fueron las camisas que se adquirieron, algunas para llevar como ropa interior, pero otras también para lucirse, pues iban adornadas con metales preciosos. Dado que había prendas masculinas, cabe suponer que la archiduquesa las llevaba como regalo a su esposo. La lista de adquisiciones se hace interminable, aunque sorprende que entre tanto dispendio no haya ninguna obra de arte. Hay ausencia total de pinturas o esculturas, pero tampoco se relacionan tapices. Podría quizá esgrimirse como causa de esta ausencia que, como Juana iba a residir en Flandes y Brabante – zonas de donde procedían la mayor parte de los paños-, no habría tenido sentido llevarlos. Sin duda, en el ajuar de la archiduquesa había tapices aunque la mayor parte no se compraran entonces, se los regalaría su madre, como sucedería a la inversa poco después.

Los Reyes Católicos querían deslumbrar en la corte más brillante de Europa y, desde luego, lo consiguieron. La imagen que proyectara Juana sería la carta de presentación de la que se estaba convirtiendo en la monarquía más poderosa de Europa. La idea de una España hosca, empeñada durante siglos en una lucha contra los musulmanes, debía cambiarse por la de un país interesado en los problemas europeos y con un importante peso político. Juana era la embajadora, de modo que debía mostrarse como un personaje excepcional y la forma de hacerlo era a través de la ostentación, que daba la medida de la riqueza y el poderío de su país.



A comienzos del verano de 1496 ya no se podía posponer por más tiempo la salida. Había que aprovechar la bonanza del estío para hacer la travesía si se quería regresar inmediatamente con la princesa Margarita. En los primeros días de julio los objetos adquiridos comenzaron a enviarse a Laredo para proceder a su embarque. Para llevar todos los enseres fue necesario emplazar un considerable número de animales de carga. Se embarcó todo con rapidez, incluidos algunos presentes para el archiduque, como los doce caballos que el príncipe enviaba a su cuñado. Los caballos estaban ricamente engalanados, con correajes, sillas y jaeces. A mediado de agosto todo estaba preparado y los pertrechos ya se encontraban a bordo, sólo restaba esperar el viento favorable para iniciar el viaje.


Fuentes:
ZALAMA, MIGUEL A. Juana I: Arte, poder y cultura en torno a una reina que no gobernó. Centro de Estudios Europa Hispánica 2010
Las imágenes empleadas corresponden a la película " Juana La Loca " ( 2001 ) de Vicente Aranda

martes, 17 de enero de 2012

La infancia de Juana de Castilla ( VI)


Ya se había acordado su matrimonio con el archiduque de Austria, pero todavía faltaban meses para que ella se trasladara a los Países Bajos, cuando algo inquietante estaba ocurriendo en el entorno de la infanta. No se sabe cuál era el problema – las fuentes se cuidan de no transmitirlo- pero en noviembre de 1495, la reina Isabel envió desde Alfaro una instrucción a Diego de Vargas, guardadamas de la infanta Juana, en unos términos muy duros: “ Avéys de estar continuamente en el aposentamiento de la dicha ynfante my fija donde estovieren las dichas mis damas “ para que “ ningunas ni algunas personas de mi casa e corte ni de fuera della no entren ni estén donde estovieren las dichas mis damas sin mi licencia e mandado “. Cuando sus padres o hermanos quisiesen hablar con ellas, lo cual era habitual, previamente se lo tendría que comunicar a la reina “ para que con mi mandado e liçencia les fablen e no en otra manera “.

¿ Qué estaba ocurriendo para que la reina se mostrara tan preocupada y diera esas órdenes tan estrictas que impedían a los padres y hermanos de las damas de compañía hablar con ellas ?. Todo parece indicar que Juana tenía un comportamiento inadecuado, ya que pensar que las damas eran las causantes del enojo de la reina porque su conducta se alejaba de la apropiada, está fuera de lugar. De ser así habrían sido sustituidas y castigadas, lo que no ocurrió. El problema parece que era Juana y a lo que se quería poner coto con esta amenazante orden era a las habladurías que las mujeres de la cámara de la infanta, sin duda, estaban divulgando a través de las conversaciones con sus familiares.



LOS PREPARATIVOS DEL VIAJE


Entre todas las dificultades que hubo que salvar hasta la celebración de los matrimonios, no fue la menor la del traslado de las novias a los países de sus esposos. Se estableció que la primera en viajar fuese la infanta Juana y que lo hiciese por mar. La situación bélica con Francia impedía que se pudiera realizar por tierra, atravesando suelo francés, como hubiera sido más cómodo y seguro. Los Reyes Católicos prepararon concienzudamente el viaje de su hija, máxime cuando la armada que la conduciría hasta los Países Bajos tenía que esperar algún tiempo para regresar con la archiduquesa Margarita de Austria. Era una operación compleja y, desde finales de 1495, los monarcas empezaron a ordenar la flota que iba a trasladar a la infanta.

En un primer momento, la reina quería que la armada contara con no menos de doce buques de guerra, cuatrocientos cañones, doscientas espingardas, quinientas ballestas y tres mil lanzas, lo que indica la importancia que se daba a la seguridad. Este impresionante despliegue perseguía no solo la salvaguardia de la infanta sino también demostrar el poderío de los monarcas hispanos, razón por la cual no dejó de crecer. Don Juan Manuel se encargó de contratar dos grandes carracas en Génova, con lo que al final el número total de navíos fletados fue de veintidós: las dos carracas genovesas, cinco carabelas y quince naos vizcaínas.



A comienzos de 1496 se tomó la decisión de que el puerto del cantábrico desde donde se zarparía fuese Laredo. Allí empezaron a llegar las vituallas en tal cantidad que la vida de la villa se vio alterada. Cabe precisar que la flota que partió hacia los Países Bajos el 21 de agosto de ese año, contaba al menos con 2260 tripulantes más otros tantos hombres de armas, y no parece que estas cifras incluyan a los peones que, como “ gente extraordinaria “ formaron parte de la expedición. La relación de las vituallas da idea de la magnitud de la empresa: se embarcaron 552.000 kilos de bizcocho, 320.000 litros de vino, 10.000 huevos, 1000 gallinas, 200 carneros, 20 vacas …

Jamás se había preparado una armada tan grande en España, pero es que los Reyes Católicos ordenaron además que la flota de la lana – la formada por los barcos que llevaban la lana de Castilla a los puertos del Norte – y la de Andalucía – unas sesenta naos de las que quince tendrían más de doscientos toneles- acompañasen a la infanta.



El gasto total fue enorme. Se puede asegurar que el dispendio superó los sesenta millones de maravedís ( unos 135.000 ducados ) y en esa cifra no se contabilizan los casi 50.000 ducados invertidos en el ajuar de Juana de Castilla. Al frente de la expedición se puso al almirante de Castilla, Fadrique Enríquez, pero el control de la organización lo llevó directamente la reina Isabel. No es de extrañar que todos los cronistas se refieran a la armada como una empresa gigantesca. Gonzalo Fernández de Oviedo, quien debió de estar presente como miembro de la casa del príncipe que era, declara que había ciento treinta y tres naos españolas y dos carracas gruesas de Génova. Andrés Bernáldez habla de ciento treinta buques, Lorenzo de Padilla de ciento veinte, Jean Molinet – cronista de Felipe el Hermoso - de unos ciento doce y Alonso de Santa Cruz de más de cien.

Toda precaución parecía poca con tal de asegurar la feliz llegada de la expedición a los Países Bajos. Antes de partir, el almirante Fadrique Enríquez envió navíos a recorrer la costa francesa, en especial la zona de La Rochelle, para averiguar si Carlos VIII preparaba una armada con la que salir al paso de la española. La respuesta fue negativa, así que el camino estaba expedito de enemigos. Sin embargo, aunque era pleno verano y los pilotos estaban más que acostumbrados a la ruta, el peligro de temporal siempre acechaba en el canal de La Mancha, y ante esta eventualidad de nuevo se aprecia en el proceder de la reina Isabel la previsión de cualquier contratiempo. El 18 de agosto, con la armada a punto de partir, escribió a Enrique VII de Inglaterra rogándole que, si por alguna razón la nave de su hija se viera obligada a atracar en las costas inglesas, Juana recibiera un trato de favor hasta que pudiese reanudar su viaje a los Países Bajos.


Fuente:
ZALAMA, MIGUEL A. Juana I: Arte, poder y cultura en torno a una reina que no gobernó. Centro de Estudios Europa Hispánica 2010

domingo, 15 de enero de 2012

La infancia de Juana de Castilla ( V )


LA POLÍTICA MATRIMONIAL DE ISABEL Y FERNANDO


En enero de 1492 se producía el final de la Reconquista con la caída del último reducto musulmán de la península ibérica, Granada, en manos de los Reyes Católicos. Los monarcas, acompañados de sus hijos, cabalgaron hasta el palacio de la Alhambra y tomaron posesión. Fernando e Isabel se lanzaron a una descomunal política de extensión internacional: hacia el Mediterráneo por el dominio del sur de Italia y hacia el Atlántico con el descubrimiento de América. Ello les abocaba, más pronto o más tarde, a un enfrentamiento con la poderosa Francia, molesta por haberse quedado al margen de este gran proyecto de colonización del Nuevo Mundo y que anhelaba también el dominio del reino de Nápoles.

Para organizar la política internacional a medida de las necesidades de la Corona, los matrimonios de todos sus hijos fueron piezas clave. Éstos tienen como finalidad la concertación de alianzas con los países con los que se desea:

a) Llevar a cabo la unidad peninsular articulando a España con Portugal. Con ello se seguía la tendencia renacentista que preconizaba la formación de estados poderosos. Por otro lado, en tierra lusa quedó bien custodiada aquella Juana de Castilla llamada la Beltraneja, recluida en un convento tras el final de la guerra civil castellana. Se puede pensar que otro motivo para los matrimonios preparados por Isabel entre las cortes de Castilla y Portugal fue la necesidad de tener a su sobrina Juana controlada y sin posibilidad de crearle ningún problema de estado, reviviendo la lucha por la sucesión.

b) Terminar con la supremacía de Francia, rodeándola de un cinturón de naciones que pudieran controlar su crecimiento e influencia.


La boda de Manuel I de Portugal con María de Aragón



En relación al primer apartado: los reyes concertaron el matrimonio de la infanta Isabel con el príncipe heredero de Portugal, Alfonso, único hijo superviviente del rey Juan II. La feliz unión de la principesca pareja sería de corta duración. El joven Alfonso falleció como consecuencia de una caída de su caballo y la infanta regresó a la corte de sus padres, triste y enlutada. Pensaron entonces los monarcas en casar a la infanta María de trece años con el nuevo rey portugués, Manuel I. Pero éste prefirió a la hermana mayor, Isabel, la infanta viuda.

En cuanto al segundo apartado: habían conseguido estrechar lazos con la Inglaterra de los Tudor mediante el compromiso de la infanta Catalina con el heredero de la Corona inglesa, el príncipe Arturo de Gales. Para evitar que el reino navarro orbitase alrededor de los intereses franceses, pensaron casar a nuestra Juanita con el monarca de dicho reino, Francisco Febo. Pero éste murió prematuramente y su hermana Catalina de Foix pasó a ser la legítima reina de Navarra. Trataron de casarla con el heredero de los Reyes Católicos, el príncipe Juan, pero se casó con Juan de Albret por decisión de su madre Magdalena de Francia, princesa de Viana.


Felipe el Hermoso y su hermana Margarita de Austria. Escuela de Holanda. 1493- 1495


La siguiente alianza que tejieron fue con la casa de Habsburgo. Fernando e Isabel pactaron con Maximiliano I de Austria una doble boda entre sus hijos: el príncipe Juan y la infanta Juana con los archiduques Margarita y Felipe. El contrato se firma en noviembre de 1495 entre Maximiliano y el embajador español Francisco de Rojas. Se acuerda renunciar a la mutua dote y que cada príncipe mantenga la casa de su esposa como merece el rango de ambas.

Dado que los contrayentes vivían a gran distancia, la doble boda se celebró por poderes. En España, en representación de los archiduques Felipe y Margarita actuó Balduino de Borgoña. Por su parte, Francisco de Rojas hizo lo mismo representando a los novios españoles en Bruselas en febrero de 1496. Cuando el rito matrimonial se realizaba per procuram, el representante del novio tenía que cumplir con la obligación de introducir la pierna derecha en la cama que ocupaba la desposada y sólo después de esta ceremonia se daba por realizado el matrimonio.



EL FUTURO ESPOSO DE JUANA: FELIPE EL HERMOSO


Felipe de Habsburgo, llamado el Hermoso, es uno de los príncipes europeos más codiciados. Ostenta los títulos de archiduque de Austria, duque de Borgoña, Brabante, Limburgo y Luxemburgo, conde de Flandes, Habsburgo, Hainaut, Holanda, Zelanda, Tirol y Artois, y señor de Amberes y Malinas, entre otras ciudades. Primogénito de Maximiliano I y de María de Borgoña, nace en Brujas en 1478. Es sólo un año mayor que su futura esposa. Cuando aún no había cumplido tres años, el pequeño príncipe fue admitido como miembro de la Orden del Toisón de Oro y no sin las reservas de algunos miembros para quienes era demasiado pronto.

A los cuatro años de edad sufre la triste pérdida de su madre, muerta como consecuencia de una fatal caída de caballo. Esta desgracia dejó al pequeño en manos de consejeros que guiaron al joven que tenían a su cargo hacía una alianza con Francia. Mientras gobernaban las diversas provincias de Felipe, estos servidores y asesores entretuvieron al niño con deportes, banquetes y fiestas. Sus tutores se encargaron de dejarle al margen de los entresijos políticos, con lo que en buena parte siempre se desentendió de los asuntos de Estado, que quedaron en manos de consejeros.

El archiduque es un joven ágil y vigoroso, aficionado a practicar todos los deportes conocidos en la época, de cuerpo bien proporcionado, de físico agraciado, galante y bien instruido. Le gusta la vida despreocupada y placentera. Es vanidoso en grado extremo y a pesar de su juventud ha gozado ya bien de las mieles del amor fácil, estando acostumbrado a no sufrir desdén de dama alguna de sus estados en quien pusiera ocasionalmente los ojos. La corte de Flandes es suntuosa, culta y refinada. Sus etiquetas palaciegas, destinadas a resaltar la majestuosidad del soberano, son mucho más avanzadas que las de cualquier otra corte europea. El archiduque es querido y mimado por el pueblo de Flandes.


Fuentes:
ZALAMA, MIGUEL A. Juana I: Arte, poder y cultura en torno a una reina que no gobernó. Centro de Estudios Europa Hispánica 2010
ARAM, BETHANY. La reina Juana, Gobierno, piedad y dinastía. Marcial Pons, ediciones de Historia,S.A. 2001
MARQUEZ DE LA PLATA, VICENTA. El Trágico Destino de los Hijos de los Reyes Católicos. Santillana Ediciones Generales S.L 2008
AZCONA, TARSICIO DE. Juana de Castilla, mal llamada la Beltraneja. La Esfera de los Libros S.L. 2007
RUBIO, MARÍA JOSÉ. Reinas de España Las Austrias. La Esfera de los Libros S.L. 2010

Catalina de Aragón: Su labor cultural, social y benéfica ( I )


CATALINA Y LOS HUMANISTAS


Si el tiempo y el sectario amargor de una revolución han amortiguado el recuerdo de las relaciones de Catalina con sus vasallos pobres, así mismo han borrado casi por completo las huellas de lo que, tal vez, fue su servicio más importante durante sus años pacíficos como reina: la promoción del nuevo saber y la alentadora solicitud por el Renacimiento clásico en Inglaterra, de tan corta vida. La introducción del Renacimiento cambió el rumbo de la historia inglesa e hizo de ese país otro distinto, digno de codearse con las otras naciones europeas. Su mecenazgo de la cultura no era ostentoso y gran parte del mismo lo otorgó indirectamente, a través de su esposo.

Cuando Catalina de Aragón llegó a Inglaterra apenas si había un solo noble que pudiera llamarse con propiedad un humanista. La música inglesa floreció porque el rey era un apasionado de ella y la reina también sabía tañer instrumentos y amaba la música. Pero la masa de la nobleza que mariposeaba alrededor del rey estaba todavía lejos de poder ser denominada juventud renacentista. El grupo de jóvenes fortachones amigos de Enrique no sabían leer partituras y mucho menos componer ni música ni versos. Los jóvenes de alcurnia no frecuentaban las universidades, al contrario de lo que sucedía en el resto de Europa, ni iban a Italia en busca de las fuentes del clasicismo. Por su parte, los italianos estimaban que la nobleza inglesa era más dada a jugar a los dados y a beber, que a las letras y a las artes. Lord Mountjoy dijo conocer a un caballero que preferiría ver a su hijo colgado antes que leyendo un libro. Pero el Renacimiento era potente y estaba en el aire. Los meses que siguieron al ascenso de Enrique al trono, estuvieron marcados por un nuevo interés por el Humanismo en la corte inglesa.

William Blount, Lord Mountjoy, el único noble inglés que, en esos tiempos, tenía un interés serio por las cuestiones universitarias, anunció pronto ese interés a Erasmo de Rotterdam. Lord Mountjoy fue nombrado Lord Chamberlain de la reina. Más tarde se casó con una de sus damas de honor españolas, Inés de Venegas, y fue durante mucho tiempo uno de sus más íntimos amigos y un nexo entre ella y los humanistas. Inmediatamente después de Mountjoy, la figura clave para los primeros contactos entre los humanistas y la corte fue Thomas Linacre.



Thomas Linacre



Fue Thomas Linacre, médico, sacerdote y uno de los mejores humanistas ingleses de ese tiempo. Enrique VII fue quien lo introdujo en la corte para la educación de su hijo mayor, el príncipe Arturo, quizá influido por el ahorro que suponía combinar las funciones de tutor y de médico en una sola persona. A la muerte del heredero fue olvidado y arrinconado. En la soledad de su casa escribió con calma pequeños tratados que sólo los más eruditos de Londres conocían. Tras la coronación de Enrique VIII y Catalina de Aragón, fue nombrado médico oficial de la corte. Es razonable presumir que su rápido nombramiento debía algo al recuerdo que Catalina guardaba de él de sus días de Ludlow.

La reina le apoyó como preceptor de su hija la princesa María y le pidió un texto de enseñanza de Latín para María, el cual llegó a ser uno de los más famosos textos del siglo XVI. Su médico mismo el Dr. Fernando Vitoria, que tenía algo de humanista, se asoció con Linacre para fundar el Real Colegio de Médicos, el primero que hubo en el mundo.



Tomás Moro



Pronto los amigos de Linacre empezaron a encontrar un lugar en el círculo real. Como Tomás Moro, cuya conversación marcó un nivel de ingenio y elegancia que no podían esperar igualar cortesanos de más noble cuna. Fue filósofo, teólogo, político, humanista, escritor, profesor de leyes, juez de negocios civiles y abogado. Su obra cumbre fue Utopía, escrita en 1516, y con la que se ganó el reconocimiento de todos los eruditos de Europa. Siempre elogió el papel de Enrique VIII desde el día de su coronación y veía a la reina Catalina como la mejor de las soberanas. Gustaba de asistir a la mayoría de las discusiones teológicas o filosóficas que se daban en los salones de la reina.

Fue en 1518 cuando por primera vez entró a servir al rey. Wolsey estaba en esos años modernizando los distintos sistemas administrativos y llamó a Moro para que pusiera orden en el ruinoso mundo judicial de Londres. Posiblemente Catalina tuviera algo que ver en esa decisión del cardenal Wolsey, pues no paraba de elogiar sus discursos, de repetir sus máximas, de enaltecer su figura y cada uno de sus escritos. Durante tres años Moro fue el Master Request de la corte, y así entró en el círculo de consejeros cercanos a Enrique VIII. La amistad entre el rey y el humanista fue creciendo y con el tiempo el monarca requería cada vez más sus consejos, le pedía que escribiera sus cartas y que le ayudara con sus discursos y pláticas.

A los tres años de los primeros trabajos de Tomás Moro, su fama de consejero se engrandecía. La amistad con la reina era cada vez mayor y Enrique VIII le nombró vicecanciller. Incluso en varias ocasiones fue requerido por el rey para que defendiera los intereses ingleses en países extranjeros. Por esa razón fue nombrado embajador inglés en Flandes en 1515 y 1521. Y en Francia en 1527. Además de ser vicetesorero del reino y speaker del Parlamento.



John Colet



John Colet, desde hacía mucho tiempo el predicador preferido del rey y de la reina, había sido designado Deán de San Pablo por favor real y se le ayudó a fundar una famosa escuela. Otro joven humanista, Richard Pace, a quien sus contemporáneos consideraron comparable a Moro por sus conocimientos, por su ingenio y por su amable carácter, gravitó, naturalmente, en torno a la órbita de Catalina a su vuelta de Italia. En las dos décadas que siguieron a 1509, apenas hubo un inglés instruido o que prometiera que no tuviera alguna conexión especial con la reina Catalina, desde Richard Whitford por cuya piadosa erudición la reina visitaba con frecuencia el Monasterio de Sion, hasta el joven John Leland, más tarde anticuario famoso, quien en Greenwich y en Richmond tenía libre acceso a los libros de Catalina.



Erasmo de Rotterdam



Su mecenazgo no se limitaba a los humanistas nacidos en Inglaterra. Erasmo de Rotterdam debe ser contado entre los visitantes de la esfera de la reina Catalina. No sabemos si ella tuvo algo que ver con la invitación que le hizo Mountjoy en 1509, pero sí sabemos que se mostró muy activa tratando de que permaneciera en Inglaterra y más tarde intentando persuadirle de que volviera. Sabemos que respetaba su genio, que disfrutaba con su conversación y que leía y atesoraba sus libros.

Erasmo en una de sus visitas a Inglaterra, y tras una entrevista con los reyes, exaltó la corte londinense: era el mayor " modelo de sociedad cristiana, tan rica en personas de los más altos logros que cualquier universidad podría envidiarla ", y todo gracias a Enrique VIII y Catalina de Aragón. Unos monarcas que, siendo niños, simples príncipes, recibieron una educación severa y completa. La música, la teología, las lecturas de clásicos griegos y latinos, la historia y las costumbres constituían todo un compendio de saber que estaba dando sus frutos en la corte.

El filósofo holandés quedó sorprendido por todo lo que sucedía alrededor de los reyes de Inglaterra y sobre todo por la propia reina. Cuando le hablaban de ella, sostenía que Catalina era una gran lectora y que leía tan deprisa que sorprendía. Erasmo, en una conversación privada con el rey de Inglaterra, dijo: " Vuestra esposa pasa leyendo el sagrado volumen el tiempo que otras princesas ocupan con los naipes y los dados ". Opinaba que la reina era “ milagrosamente culta para ser una mujer ”, dijo claramente que la erudición de Catalina era más impresionante que la de Enrique VIII y reconoció repetidamente tener una especial deuda con ella. Erasmo estaba emocionado, por no decir admirado, con la educación de la reina Catalina y su actitud ante cada uno de los retos de su vida. A ella dirigió un mayor número de cartas.



En muchas de esas misivas pueden encontrarse hasta recriminaciones por parte de Catalina al afamado humanista por haber puesto en duda palabras de grandes santos, cuando en 1516, la reina censuró su Nuevo Testamento en griego, traducido de la Vulgata en latín de San Jerónimo. "¿Por qué Erasmo corrige a Jerónimo? ¿Acaso es más sabio que Jerónimo?", preguntó Catalina. Le impresionó mucho más el libro de Erasmo titulado La institución del matrimonio ( 1526), escrito por encargo suyo. “ Su Majestad la Reina considera acertadamente que es de suprema importancia”, comentó Tomás Moro.

Erasmo empezó a dictar una cátedra como profesor titular de Teología en la Universidad de Cambridge en Inglaterra, durante el gobierno del rey Enrique VIII, donde haría amistades que le durarían toda la vida: Tomás Moro, John Colet y Thomas Linacre. Se le ofreció un trabajo vitalicio en el Queen's College de la Universidad de Cambridge y es posible que, de desearlo, hubiese podido pasar el resto de su vida enseñando Ciencias Sagradas a lo mejor de la realeza y la nobleza inglesa. Sin embargo, su naturaleza inquieta y viajera y su espíritu curioso, junto a un incontrolable rechazo a todo lo que significara rutina, lo hicieron declinar ese cargo y todos los que se le ofrecerían en adelante.



Luis Vives


Después de Erasmo, quizá ningún humanista del período era más dotado, más prolífico o más distinguido que el paisano de Catalina, Juan Luis Vives. Contaba veintinueve años, estaba casado y vivía en Brujas en relativa oscuridad y mediocridad económica. Catalina le remitió dinero y una carta dándole ánimos, pronto seguida por una pensión regular. Así confortado, dedicó a Enrique VIII sus largamente meditados Comentarios sobre San Agustín y en 1523 fue llamado para que enseñara Literatura Clásica y Derecho en el nuevo Colegio de Wolsey en Oxford. Vives veía cumplido así su anhelo de establecerse en una corte, único lugar en el que un humanista podía desarrollar dignamente su trabajo investigador de la cultura y enseñar los descubrimientos de sus estudios.

La reina le nombró su secretario y lo convirtió en preceptor de su hija la princesa María. Catalina buscaba con frecuencia la compañía de Luis Vives para poder hablar en castellano. Cualquier excusa era buena, como la visita al Monasterio de Sion, adonde la reina solía acudir con asiduidad. Era uno de los centros humanistas claves de Inglaterra, un centro de educación para mujeres muy querido por Catalina y un lugar de donde salieron importantes escritos de literatura piadosa. Esos paseos en la gran falúa, de adornos de oro y de veinticinco remeros, por las calmadas aguas del Támesis acompañada por Vives, esas sesiones de pláticas y comentarios, hicieron pensar mucho a la reina.



Catalina le pidió que escribiera un tratado para la educación de su hija, que a su vez pudiera valer para las demás mujeres. Luis Vives se opuso a más de un contemporáneo que decía que la mujer no estaba dotada para el estudio. Y puso como ejemplo a Catalina, la reina de Inglaterra, mujer dotada para las letras. El libro De institutio Christianae feminae, salió a la luz. Una tesis dedicada a la reina. Un libro donde Catalina y todas sus hermanas constituían el ejemplo a seguir para toda mujer que quisiera ser culta. La amistad de Vives con la reina le permitió que el 28 de abril de 1525 se le concediera la licencia para importar vino y lana hasta Inglaterra y exportar trigo al continente. Con los beneficios de este comercio y la pensión real, su situación económica mejoró.

Cuando Luis Vives decidió trasladarse al continente, la reina Catalina pidió a Richard Hyrde que escribiera un tratado sobre la mujer y la religión. De esas ideas salió Instrucciones para la mujer católica, un libro donde hay multitud de referencias a la princesa María y a la reina Catalina. La reina fue una verdadera seguidora de las enseñanzas de Hyrde y financió con dinero del Tesoro las traducciones que el humanista realizó de las obras que Luis Vives escribía en Brujas.

A raíz de la publicación de libros de enseñanza dedicados a la reina, los nobles de alta alcurnia pedían a los más eruditos que les escribieran el mejor de los planes de estudio para sus hijos. De aquí que William Blount, Lord Mountjoy, pidió al valenciano Luis Vives que escribiera un tratado para la educación de su hijo Charles. De ahí salió la obra De Ratione Studii Puerilis, Epistolae I et II. Una obra también dedicada a la reina y a la princesa María. En ella aparece una lista de los libros de obligada lectura para toda persona que quiera ser algo en la vida.


Fuentes:
Alison Weir, Enrique VIII, el rey y la corte. 2003 Editorial Ariel S.A.
Garrett Mattingly, Catalina de Aragon. 1998 Ediciones Palabra, S.A.
Antonia Fraser, Las seis esposas de Enrique VIII. 1998 Ediciones B Argentina, S.A.
Vicenta Marquez de la Plata, El trágico destino de los hijos de los Reyes Católicos. 2008 Santillana Ediciones Generales, S.L
Maria Jesús Pérez Martín, Maria Tudor: La gran reina desconocida. 2008 Ediciones Rialp, S.A
Luis Ulargui, Catalina de Aragón. 2004 Random House Mondadori S.A.
http://es.wikipedia.org/wiki/Tom%C3%A1s_Moro
http://es.wikipedia.org/wiki/Erasmo_de_Rotterda
http://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Luis_Vives
http://en.wikipedia.org/wiki/Thomas_Linacre
http://en.wikipedia.org/wiki/John_Colet
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