La preocupación política se ahonda. En el despacho del Consejo de Ministros, la reina María Cristina lucha por encontrar una solución al asunto de Cuba. Sagasta, ya mayor y cansado de la función pública, trata de resolver las cuestiones que Cánovas ha dejado a medio hacer en la colonia. El nuevo gobierno intenta otra vez pacificar la isla por medios exclusivamente administrativos, concediendo finalmente una amplia amnistía y la aprobación de una nueva Constitución que la convierte en provincia autónoma de España con un gobierno propio, el cual inicia su andadura en enero de 1898. Sin embargo, de nada sirve la medida. La crispación y la violencia se han adueñado del clima social cubano.
El año de 1898 va a ser recordado como el del desastre colonial. El fin de una era para España, que a la regente costará gran sufrimiento personal. Con apenas cuarenta años cumplidos, María Cristina de Austria ha envejecido mucho en los últimos años. Su cabello encanecido, sus negras ojeras y su rostro cansado delatan muchas noches de insomnio.
Los sucesos se precipitan. En Madrid, las presiones del embajador estadounidense sobre el gobierno y la regente para que permitan la intervención norteamericana en Cuba o la compra de la isla son constantes, pero ninguna negociación prospera. Estados Unidos envía a su acorazado Maine a Cuba para proteger los intereses de los residentes estadounidenses en la isla. Este viaje era más bien una maniobra intimidatoria y de provocación hacia España.
El 25 de enero de 1898, el Maine hacía su entrada en La Habana sin haber avisado previamente de su llegada, lo que era contrario a las prácticas diplomáticas tanto de la época como actuales. En correspondencia a este hecho, el gobierno español envió al crucero Vizcaya al puerto de Nueva York. A pesar de lo inoportuno de la visita, la población habanera permanecía tranquila y expectante y parecía que el capitán general, Ramón Blanco, controlaba perfectamente la situación. Por otra parte, a pesar de que el Maine tuvo un gélido recibimiento por parte de las autoridades españolas, Ramón Blanco y el capitán del navío, Charles Sigsbee, simpatizaron desde el primer momento y se hicieron amigos.
El 15 de febrero siguiente se consuma la tragedia: el Maine se ve sacudido por una tremenda explosión, hundiéndose en la bahía de la Habana. De los 355 tripulantes, murieron 254 hombres y 2 oficiales. El resto de la oficialidad disfrutaba, a esas horas, de un baile dado en su honor por las autoridades españolas. El general Blanco envió al sitio del suceso todos los elementos necesarios para el auxilio de los heridos y salvamento de los náufragos. Sin esperar el resultado de una investigación, la prensa sensacionalista norteamericana publicaba al día siguiente el siguiente titular: «El barco de guerra Maine partido por la mitad por un artefacto infernal secreto del enemigo».
A fin de determinar las causas del hundimiento se crearon dos comisiones de investigación: una española y otra estadounidense, puesto que estos últimos se negaron a una comisión conjunta. Los estadounidenses sostuvieron desde el primer momento que la explosión había sido provocada y externa. La conclusión española fue que la explosión era debida a causas internas. Los españoles argumentaron que no podía ser una mina como pretendían los estadounidenses, pues no se vio ninguna columna de agua y, además, si la causa de la explosión hubiera sido una mina, no tendrían que haber estallado los pañoles de munición. En el mismo sentido, hicieron notar que tampoco había peces muertos en el puerto, lo que sería normal en una explosión externa. España negó desde el principio que tuviera algo que ver con la explosión del Maine, pero la campaña mediática realizada desde los periódicos sensacionalistas norteamericanos convencieron a la mayoría de los estadounidenses de la culpabilidad de España.
Estados Unidos culpa al gobierno español de sabotaje y declara la guerra. España, después de tantos años de desgaste económico y militar en las colonias, no está claramente capacitada para enfrentarse al poderío norteamericano. La reina Maria Cristina, consternada, insiste en la vía diplomática, escribiendo cartas autógrafas a los soberanos de Europa solicitando desesperadamente su mediación en el conflicto para detener el enfrentamiento. Sólo el emperador Francisco José de Austria y el papa León XIII responden positivamente. María Cristina sufre otra amarga decepción a la vista de la pobre respuesta internacional y, ante la perspectiva de una situación que sólo acarreará muertos y ruina a la Corona, se muestra proclive a negociar la venta de la isla. Estados Unidos ofrece trescientos millones de dólares, pero Sagasta se niega a firmar una medida que significaría su deshonor como político. El pueblo español, dominado ya por un ciego patriotismo, reclama la guerra como única solución posible.
Por todo el país se abren suscripciones y se organizan actividades benéficas con el fin de recaudar fondos para sufragar los gastos del ejército. En el discurso ante la Cámara y el Senado, la reina dice serenamente: " Con la nación unida y compacta ante la agresión extranjera, y con aquella fe en Dios que guió siempre a nuestros mayores, atravesaremos también, sin mengua de nuestra honra, la que hoy conturba nuestros corazones." Comenzaba así la Guerra Hispano-Estadounidense, que con posterioridad se extendería a otras colonias españolas como Puerto Rico, Filipinas y Guam. La guerra, sin embargo, resulta el desastre largamente anunciado. Europa contempla atónita la fulminante victoria estadounidense sobre la vieja España. Sus colonias ultramarinas de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam pasaran a estar bajo control directo de Estados Unidos.
A pesar de la tempestad de la guerra, María Cristina saldrá fortalecida a los ojos del pueblo por la dignidad con la que se ha enfrentado al desastre. Su responsabilidad nunca será cuestionada ya que, a pesar de la rectitud de su carácter, nadie esperaba de ella que realizara un milagro. Ese mismo año trágico el mundo pierde otra leyenda, porque la bella emperatriz de Austria, Sissi, es asesinada en Ginebra por un anarquista. La reina de España siente una gran pena al enterarse de la noticia, pero le consuela pensar que, al menos, esta alma inquieta ha encontrado la paz. Los sufrimientos y la angustia de los últimos años han fortalecido la fe de María Cristina, quien encuentra un gran alivio en la oración.
Fuentes:
RUBIO, MARÍA JOSÉ. Reinas de España, Siglos XVIII-XXI de María Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz. La Esfera de los Libros S.L. 2009
HABSBURGO, CATALINA DE. Las Austrias. Matrimonio y razón de Estado en la monarquía española. La Esfera de los Libros, S.L. 2006
http://es.wikipedia.org/wiki/Guerra_hispano-estadounidense




4 comentarios:
Gracias por amenizar estos calores. te sigo.
un abrazo amiga
Muchos abrazos querida Genetticca, aqui estoy con el aire acondicionado :-)
Gracias por pasarte
Querida Magnolia: Como siempre eres mi mejor libro de historia y es que no hay nada mejor que contarla a través de las mujeres. Una idea que te alabo y que nos enseña que aunque a veces pasemos inadvertidas siempre tendremos nuestro lugar en la historia.
Saludos, disfruta de un buen verano y hasta tu próxima publicación.
Besitos desde Málaga
Querida Pepa, no sabes cuánto me alegra servirte de ayuda. Esta es mi idea, contar retazos de historia a través de pequeños apuntes biográficos de personajes femeninos. No es mi intención hacer ningún tipo de apología política, porque el foco principal de mi blog es el papel de la mujer en la historia, con sus aciertos y errores, con su gran o pequeña huella dejada en el camino.
Muchos abrazos guapísima, espero que pases una feliz semana
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