LOS AÑOS DE LA REGENCIA DE MARÍA CRISTINA
Desde el mismo momento de su nacimiento, el niño rey se convierte en el centro de la vida palaciega. Es gracioso, rubio y de ojos oscuros. La obsesión por su crianza, ya que ha nacido con una débil constitución, se convierte en una nueva preocupación para la soberana. Sin dejar de prestar atención a la educación de sus hijas, la regente se entregará en cuerpo y alma a la educación y formación del rey. Lo hará ocupándose personalmente de sus comidas y controlando sus paseos, juegos y vacaciones. Alfonso nunca se irá a dormir sin haber escuchado alguno de los cuentos de su madre y sin haberle dado antes un beso. La vida de María Cristina se divide entre el amor a sus hijos y la dedicación a la corona, y poco a poco el pueblo comienza a comprenderla y a estimarla, lo cual es para ella un gran consuelo.
La regencia entra en su pleno desarrollo y durante el siguiente trienio vive una auténtica edad de oro. María Cristina se ve pronto recompensada por sus desvelos hacia la monarquía. En julio de 1886 recibe del Vaticano la máxima distinción que el Papa concede a las reinas católicas: la Rosa de Oro, una distinguida alhaja en forma de jarrón cuajado de rosas, en oro y plata, que recibe de manos del nuncio en Madrid. No obstante, en el ámbito político la reina sufre su primer grave conflicto, cuya resolución conllevará un nuevo gesto que aumenta su popularidad.
Práxedes Mateo Sagasta
En septiembre dos guarniciones de Madrid, al mando del general Villacampa, se sublevan al grito de “¡Viva la República! “. El alzamiento da pie al sanguinario enfrentamiento entre los revolucionarios y las fuerzas leales, dejando muchas bajas en ambos bandos. Sofocada la insurrección a las pocas horas, el general Villacampa es apresado y sometido a juicio sumarísimo, en el cual se le condena a pena de muerte ante un pelotón de fusilamiento. La reina interviene, imponiendo al Consejo de Ministros su firme resolución de indultar al general sublevado, una actitud valiente que la hace ganarse el respeto de diputados republicanos, como Emilio Castelar, que reconoce su asombro ante el “ maravilloso instinto político de la regente” y también dijo que: “ En la calle debe uno descubrirse hasta los pies cuando se encuentra al Santísimo o a la Reina Regente.”
Como consecuencia de los incidentes, se produce la primera crisis ministerial del periodo. María Cristina confirma su confianza en Sagasta, que procede a la reorganización del gobierno y al cambio de algunos ministros. A pesar del turno pacífico establecido entre conservadores y liberales durante los dieciséis años que durará la regencia, la reina tendrá que hacer frente a veinticuatro crisis de gobierno y tomar juramento a ochenta y cuatro ministros. Y también se promulgaron, entre otras, la Ley de Sufragio Universal y la Ley de Asociaciones.
La reina María Cristina y sus hijos
Después de la muerte de su esposo, la reina y su familia viven casi siempre en el Palacio Real, que carece de las más elementales comodidades. María Cristina emprende la remodelación del edificio para hacerlo cómodo a su familia y planta un magnífico parque alrededor del mismo. A pesar de que casi toda su vida transcurrirá en el palacio de Oriente, nunca acabará de sentirse completamente a gusto allí, sino más bien, según sus propias palabras, “una invitada de honor”. Tampoco le agradaban los Reales Sitios de El Escorial, de Aranjuez y La Granja. En este último lugar veraneó durante los primeros años de la regencia, pero se sentía allí incómoda, falta de la intimidad y aislamiento que deseaba para descansar, ya que con ella veraneaban en tal lugar los principales personajes de la corte y los ministros, con lo que diariamente la soberana había de mantener trato inexcusable con las mismas personas a quienes asiduamente veía en Madrid.
Fue así como decidió trasladar su veraneo, acompañada solamente de sus hijos y de unos pocos servidores, al palacio de Ayete en San Sebastián, que pusieron a su disposición los duques de Bailén.
Tanto agradaron a la reina el clima de Guipúzcoa, el carácter de sus gentes y la bahía que abrazaba la ciudad donostiarra, que decidió comprar un terreno con el dinero de su patrimonio privado y levantar en él una mansión que bautizó con el nombre de Miramar, una residencia que había de gozar ya para siempre de su preferencia y en ella pasaría todos los años la temporada estival. En San Sebastián, la reina María Cristina tendrá el honor de recibir en abril de 1889 a la reina Victoria de Inglaterra, quien navega en su yate Victoria & Alberto. Ésta acepta su invitación para asistir a un almuerzo informal en el palacio de Ayete, durante el cual se conocen por fin personalmente, después de haber mantenido una larga y afectuosa relación epistolar. Junto a la soberana inglesa viaja su hija Beatriz y su esposo, príncipes de Battenberg, cuya hija Victoria Eugenia, diecisiete años después, se convertirá en la esposa de Alfonso XIII.
Palacio de Miramar
Algunos consideran que la vida de corte durante este período se caracteriza por ser muy aburrida. La infanta Eulalia, la más joven de sus cuñadas, de carácter rebelde, llegará a describir el círculo que rodeaba a la reina durante la regencia como propio de un convento, ya que todo comenzaba y acababa con oraciones y nunca “ pasaba nada”. Pero María Cristina se siente perfectamente a gusto en ese ambiente sobrio y frugal. Es más, casi nunca asiste a fiestas o bailes y se mantiene alejada de toda vida social. A su servicio sigue teniendo las mismas damas de honor, ya entradas en años, que sirvieron a Isabel II y a María de las Mercedes.
Se cuenta que durante una procesión del Corpus Christi en que la reina salió de palacio con sus damas en pos del Santísimo Sacramento, una mujer del pueblo criticó en voz alta la fealdad de las damas de compañía de la soberana, a lo que la condesa de Puñoenrostro, que la había oído, le respondió: “¡Y bien que lo sentimos nosotras, hija!”. La anécdota parece confirmada por la historia de aquel príncipe marroquí que, después de ser recibido en palacio por Su Majestad, comentó: “Todo me ha parecido magnífico, muy suntuoso, y el joven Alfonso XIII muy simpático, pero su harén deja bastante que desear.”
Se inaugura a mediados del mes de mayo de 1888 la Exposición Universal de Barcelona, un hito más en la popularidad de la regente, que llevando a Alfonso XIII en brazos se presenta en la inauguración en medio de las aclamaciones. El pequeño, sentado en un trono durante la ceremonia, sorprende a los presentes por su buen comportamiento a pesar de su corta edad. Con tan sólo dos años, Alfonso escucha continuamente de su madre: “ Tú eres el rey”, y parece haber asimilado pronto una gran dignidad regia. La Exposición Universal resulta un gran éxito nacional e internacional. La Ciudad Condal se convierte en punto de encuentro de soberanos y altas personalidades de numerosos países. El acontecimiento marca el momento álgido de la regencia, cuando tras dos años de intenso trabajo del gobierno liberal de Sagasta, junto con la reina, se ha conseguido unir bajo la Corona a la política y el ejército, controlar el republicanismo y acallar las asonadas carlistas. La Exposición supone, además, un testimonio del progreso económico del país y de sus buenas relaciones diplomáticas, ya que en ella participan las representaciones de casi cincuenta países.
Los mejores años de la regencia pasan rápidamente.
La última década del siglo XIX va a resultar sombría para la historia de España. Comienza el año 1890 con una terrible epidemia de gripe que asola el territorio, causando miles de muertos, entre ellos importantes personalidades, algún ministro, políticos, artistas y cantantes, como el famoso Julián Gayarre. El país se sobrecoge, sin embargo, cuando se notifica oficialmente que el propio Alfonso XIII, que aún no ha cumplido los cuatro años, se encuentra gravemente enfermo. Ha contraído una gripe tan severa que los médicos temen que se trate de una meningitis. A lo largo de diez días sufre de alta fiebre, convulsiones y cólicos violentos, sumido en un continuo sopor que hace prever un dramático desenlace.
María Cristina, profundamente angustiada, no se separa un momento de su lecho. La acompañan Isabel II y el archiduque Eugenio, hermano de la regente, que la reconfortan y ayudan, junto a la enérgica infanta Isabel. La familia real pasa noches enteras en vela, entre idas y venidas a la capilla, donde María Cristina ha ordenado exponer el Santísimo Sacramento y mantener las puertas abiertas para que se rece continuamente por la curación de su hijo.
Hasta palacio se acercan más de veinticuatro mil personas de toda condición para interesarse por la salud del pequeño monarca y firmar en los pliegos de visitas dispuestos para ello. El gobierno se constituye en consejo permanente y los ministros se turnan para velar por parejas en las habitaciones reales.
Una noche, de madrugada, el niño sufre pérdida de conocimiento durante un largo rato, haciendo cundir el pánico entre el personal que lo cuida. En la confusión de noticias, Sagasta da por muerto al rey y así lo hace saber a los periodistas que esperan a la puerta de palacio. Sin embargo, un médico de guardia salva la vida in extremis a Alfonso XIII, que milagrosamente logrará recuperarse poco a poco al cabo de unos días. Tras esta amarga experiencia, María Cristina se obsesiona con la salud de su hijo y pone a partir de ese momento especial énfasis en la actividad física y los deportes como parte fundamental de su formación.
Fuentes:
GONZALEZ-DORIA, FERNANDO. Las Reinas de España. Editorial Bitacora, S.A. 1989 RUBIO, MARÍA JOSÉ. Reinas de España, Siglos XVIII-XXI de María Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz. La Esfera de los Libros S.L. 2009
HABSBURGO, CATALINA DE. Las Austrias. Matrimonio y razón de Estado en la monarquía española. La Esfera de los Libros, S.L. 2006





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