Durante el verano de 1880, el primero que la reina pasa en el real sitio de
La Granja, todo gira en torno a los preparativos del próximo parto, que la
obliga a llevar una vida sedentaria. María Cristina tiene la gran alegría de
recibir en el mes de junio a su hermano Carlos Esteban de Austria, que regresa
de un largo periplo americano y desea pasar la temporada veraniega junto a
ella. La reina considera que la infanta Paz, amable y bondadosa, sería una
esposa ideal para él e intenta influir en pos del noviazgo. El archiduque, sin
embargo, queda encandilado con la infanta Eulalia, más bella y con mayor
desparpajo, y logra el permiso de Alfonso XII para cortejarla. Este compromiso,
en cambio, no gusta al archiduque Alberto de Austria, tutor del joven, reticente ante la dudosa paternidad de las
hijas de Isabel II, y se deshará tan pronto como su pupilo regrese a Austria.
NACE LA PRINCESA MERCEDES
En septiembre, la reina da a luz a su primera hija. A
sugerencia de la propia soberana, la niña será bautizada con el nombre de María
de las Mercedes, en recuerdo de la primera esposa del rey, y amadrinada por
Isabel II, que acaba de regresar a España por ese motivo. Con gran tristeza
para María Cristina, la noticia del nacimiento de una niña causa decepción en
su esposo, la Corte y el Gobierno, dada la urgente necesidad de afianzar la
Corona y la preferencia general de que recaiga en un varón. El pueblo de
Madrid, al escuchar que la salva de cañonazos se detiene en quince, anunciando
el nacimiento de una niña, en vez de seguir hasta los veintiuno preceptivos
para varón, manifiesta igualmente su chasco.
No obstante, lo más doloroso para la soberana radica en
comprobar que a su hija se le niega el rango de princesa de Asturias, tal como
le correspondería por ser la primogénita. Las razones que para ello aducía el
Gobierno se basaban en la conveniencia de que como el matrimonio real era
joven, y se daba por seguro que había de tener más descendencia, si se
reconocía a la pequeña Mercedes como princesa de Asturias, su asignación
económica sería superior a la que debía percibir siendo simplemente infanta. Y
el Gobierno –celoso de un presupuesto nada halagüeño- se niega a que se repita
el precedente habido con la infanta Isabel, que continuó recibiendo la misma
asignación cuando dejó de ser princesa de Asturias al nacer su hermano Alfonso.
Este asunto hiere el orgullo de María Cristina, al ver que
no se consideran sus opiniones, celosa de la compenetración existente entre
Alfonso XII, su hermana Isabel, Cánovas y el marqués de Alcañices, de quienes
parten todas las decisiones relativas a la vida de palacio y el gobierno. La
reina no acierta a imponerse en palacio, y durante el otoño pasa muchos ratos
en soledad allí, recuperándose del parto y ocupándose de su hija, mientras las
infantas asisten a las corridas de toros, los teatros y las cacerías en El
Pardo, acompañadas por Alfonso, que mantiene su relación con Elena Sanz. En
febrero de 1881 tendrá lugar en Madrid el nacimiento del segundo hijo ilegítimo
del rey, llamado Fernando. El monarca firma un decreto reconociendo a la infanta
Mercedes como princesa de Asturias, y dos meses después, la pequeña es investida
con todos sus honores en el Salón del Trono, en presencia de los soberanos y el Gobierno, para gran satisfacción de la reina.
Los médicos de cámara, pendientes de los problemas
respiratorios del rey, le aconsejan los aires de una ciudad costera y los baños
de mar. Durante el verano, los reyes realizan juntos su primer viaje oficial por
varias provincias del norte. El viaje resulta enriquecedor e interesante. De
regreso a Madrid, la reina mantiene a veces un incomprensible deseo de soledad.
EL NACIMIENTO DE LA INFANTA MARÍA TERESA
Las esperanzas de nacimiento de un heredero varón se renuevan cuando en junio de 1882 se anuncia el segundo embarazo de la reina. Sin embargo, la ilusión por un príncipe se desvanece cuando en noviembre María Cristina da a luz a otra niña, que recibe los nombres de María Teresa y será ahijada de la emperatriz Sissi. Este nacimiento no solamente decepciona a la reina, por ver truncadas por segunda vez sus esperanzas, sino que tampoco el rey disimula su contrariedad. Sabe don Alfonso que su estado de salud no es bueno y le preocupa carecer de descendiente varón, pues habida cuenta de las convulsiones que sacudieron el reinado de su madre y lo próxima que estaba todavía la última tentativa carlista de hacerse con el trono, comienza a obsesionarle dramáticamente la idea de que él pueda desaparecer pronto, dejando la Corona sobre las sienes de una niña y bajo la regencia de una esposa totalmente inexperta en asuntos de la gobernación, que no gozaba aún de grandes simpatías populares. Se rumorea que carlistas y republicanos han celebrado el acontecimiento de la llegada de una niña.
UNA NUEVA AMANTE
Tras dos años de casados, el rey empieza a evidenciar la
gravedad de su enfermedad pulmonar. María Cristina se siente frustrada por no
engendrar ese niño que todos ansían y cree advertir que Alfonso busca con menos
frecuencia el trato con ella, eludiendo su presencia cuanto puede. Pronto
descubre que el rey mantiene desde hace tiempo una nueva relación amorosa con
otra famosa cantante de ópera, una bella italiana llamada Adela Borghi, conocida como la Biondina por el color rubio de sus cabellos. La reina consagra su tiempo al cuidado de sus hijas y se
ocupa con gran interés de numerosas labores sociales y de beneficencia,
mientras su situación matrimonial empeora por momentos hasta hacerla sentirse
terriblemente desgraciada. Si alguna persona en su presencia osa hacer un comentario sobre el comportamiento del monarca, ella responde distante que su marido todavía es muy joven y que Alfonso se divierte yendo de flor en flor, pero que con el tiempo cambiará.
En la primavera de 1883 la corte es escenario de felices
acontecimientos, tales como la boda de la infanta Paz con su primo el príncipe
Fernando de Baviera o la visita de los reyes Luis I y María Pía de Portugal,
que no descartan sellar el compromiso matrimonial de su hijo el príncipe Carlos
de Braganza con la infanta Eulalia, aunque la idea no prosperará finalmente. El
ambiente de celebración, sin embargo, no encubre el creciente distanciamiento
entre Alfonso XII y María Cristina.
Dada su arraigada discreción, la reina
sigue siendo un personaje secundario en la corte, a la cual no ha logrado dar
su impronta como otras soberanas. No ha intervenido hasta ahora para nada en política y no se atreve a alterar las costumbres del palacio real, no todas de su agrado, ni a pedir que sean cambiados algunos servidores, que tampoco le eran demasiado afectos. Pese a haber dado ya a su esposo dos hijas, que crecen con toda normalidad poniendo una nota de alegría en el regio hogar, María Cristina de Austria sigue siendo una sombra gris, una figura pálida sin matiz alguno, en la que se hace imposible adivinar a la magnífica gobernante constitucional que demostrará ser luego.
Fuentes:
GONZALEZ-DORIA, FERNANDO. Las Reinas de España. Editorial Bitacora, S.A. 1989
RUBIO, MARÍA JOSÉ. Reinas de España, Siglos XVIII-XXI de María Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz. La Esfera de los Libros S.L. 2009
GONZALEZ-DORIA, FERNANDO. Las Reinas de España. Editorial Bitacora, S.A. 1989
RUBIO, MARÍA JOSÉ. Reinas de España, Siglos XVIII-XXI de María Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz. La Esfera de los Libros S.L. 2009
Imágenes pertenecientes a la película " ¿Dónde vas triste de ti?"




2 comentarios:
Triste desprecio a la condición femenina. Ni siquiera se puede ser reina,siempre los hombres,incluso en la gente común y vulgar siempre se presfiere un varon.
Que tristeza la de Maria Cristina, tener hijos y notar el desencanto del padre debe ser tortura.
Un abrazo
La institución de la monarquía es un claro ejemplo de menosprecio a la capacidad de la mujer para gobernar, siempre anteponiendo al varón o poniendo trabas al derecho de ellas a reinar con la ley sálica.
Muchos abrazos Genetticca, gracias por pasarte
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