sábado, 2 de junio de 2012

Juana de Castilla y su primera estancia en Flandes ( II )



La archiduquesa Juana, que llegó a los Países Bajos con un impresionante tesoro, pronto descubrió un lujo extraordinario que no dependía de la cantidad de sus posesiones. Los grandes recibimientos en las ciudades, los palacios de ensueño con todas las comodidades imaginables, incluida el agua corriente a la temperatura elegida, las maravillosas pinturas flamencas y los increíbles tapices manufacturados en Arras, Oudenaarde o Bruselas que entusiasmaban a Isabel La Católica, eran algo habitual en el entorno de nuestra Juana en tierras de su esposo. A esto hay que sumar las fiestas continuas con música y danzas novedosas, las partidas de caza, etc…

La archiduquesa residió fundamentalmente en tres ciudades: Bruselas, Brujas y Gante. Las tres con palacios que por desgracia han desaparecido: el Prinsenhof de Brujas, el Prinsenhof de Gante y el palacio de Coudenberg de Bruselas. El palacio bruselés era un enclave excepcional para las partidas de caza, y parece ser que Juana, siempre que podía, y la dejaban, gustaba de acompañar a su esposo durante las batidas en el cercano bosque de Soignes, donde las damas podían contemplar las cacerías desde un pabellón. Era una vida desconocida y placentera, pero sólo en apariencia, porque la archiduquesa tuvo que darse cuenta pronto de la rigidez del sistema borgoñón, donde hasta el último acto de la corte estaba gobernado por una estricta etiqueta que acabó limitando sus movimientos y relegándola a un lugar sin importancia, incluso después de haberse convertido en la heredera de dos grandes reinos.

Antiguo palacio de Coudenberg, Bruselas



CASA Y SERVIDORES

La casa de Juana demostró ser el punto de mira en la competición entre las costumbres castellanas y borgoñonas representadas, en principio, por los sirvientes nativos de cada tierra. La corte que la había acompañado en su viaje fue relegada, o sencillamente desmantelada, poco tiempo después de llegar a los Países Bajos. Cuando la archiduquesa llegó en septiembre de 1496, su casa se componía de noventa y ocho servidores españoles y de once damas españolas. Ya para marzo del siguiente año, sólo dieciséis de los noventa y ocho españoles originales se quedaron con ella. Muchos españoles abandonaron esas tierras por diferentes razones: por la dureza del clima, por el elevado coste de la vida o por lo que ellos percibían como bajas conductas morales. A la inversa, los borgoñones despreciaban a los españoles por su forma modesta de vestir, sus gastos frugales y sus prácticas a la hora de comer.

La marcha de servidores españoles permitió a los privados de Felipe dominar la casa de Juana, que fue organizada al modo borgoñón. La reina Isabel estaba sorprendida, no porque los borgoñones quisieran servir personalmente a su archiduquesa, sino por el rechazo manifestado hacia los servidores españoles que ella había escogido con tanto celo para su hija. Informada de los intentos borgoñones de reemplazar a los sirvientes castellanos, en octubre de 1496, la reina envió al obispo de Catania, Pedro Ruiz de la Mota, para solicitar que no echasen de la casa de la archiduquesa a las personas que consigo llevó para su servicio. Mientras que la reina Isabel criticaba estos cambios, la misma Juana no mostraba signos de resistencia.


Imágenes de Maximiliano de Austria, María de Borgoña, Felipe el Hermoso y Juana de Castilla en una cristalera de la iglesia de St. Sebaldus en Nuremberg.


Los sitios dejados vacantes por los españoles fueron ocupados por borgoñones que habían pertenecido anteriormente a la casa del mismo archiduque. La que había sido institutriz de Felipe, madame de Hallewin, se convirtió en la principal dama de honor de la archiduquesa. Charles de Lattre y Bonnet Desne, que habían sido escuderos del archiduque, tomaron a su cargo los establos de su esposa. Incluso el que había sido sastre de Felipe, Gilles le Monnier, pasó a serlo de Juana. Su escribiente y secretario, Jehan de la Chapelle, lo había sido también de su esposo antes de pasar a su casa. Así, prácticamente, todos eran ojos y oídos del archiduque en la intimidad de Juana. 

Los pocos españoles que aún permanecían junto a la archiduquesa se iban afrancesando. En el rol de pagos en donde se les mencionaba por sus nombres y apellidos fueron perdiendo incluso sus nombres españoles, siendo éstos sustituidos por una versión afrancesada de los mismos. Castilla quedaba muy lejos y la archiduquesa no tenía ni la más mínima independencia ni dinero para pagar a sus damas y sirvientes, lo que hacía que las fidelidades, si las hubo, se tornasen hacia el que pagaba, el archiduque. Felipe y sus asesores intentaron, y todo parece confirmar que lo consiguieron, comprar las voluntades de los pocos servidores de la archiduquesa mediante regalos suntuosos y cargos honoríficos.

A la separación de buena parte de sus sirvientes, la archiduquesa tuvo que añadir el estrangulamiento económico que sufrió desde los primeros momentos. Aunque los intentos de rodear a las esposas extranjeras con el personal local no eran nada nuevo, la incapacidad de Juana para tener acceso a su propia dote representaba una alarmante innovación. 


 Boda de Felipe el Hermoso y Juana de Castilla



APRIETOS  ECONÓMICOS


El acuerdo matrimonial firmado en 1495 había estipulado que el archiduque Felipe y el príncipe Juan proporcionarían a Juana y a Margarita pensiones anuales de 20.000 escudos para mantener a sus personas y casas. Mientras la princesa de Asturias recibía su estipendio en mano y puntualmente, la archiduquesa encontró que sus ingresos prometidos estaban controlados por la Chambre des Comptes en Lille, es decir, que para recibir sus haberes éstos habían de ser aprobados, cada vez, por terceras partes.

Sin ningún dinero a mano, Juana de Trastámara no podía pagar a sus acompañantes, ni a sus servidores, ni hacer regalos, ni pensionar a nadie, ni tan siquiera pudo casar a sus damas con personajes poderosos como se suponía que se hacía con las damas jóvenes que iban al extranjero acompañando a una infanta. Ésta era una costumbre que seguía a los matrimonios entre los reyes, pues contribuía a anudar fuertes lazos entre las naciones con los vínculos de parentesco. Y la razón de que no pudiera casar a sus damas era que ellas, dada la situación penosa de su señora, no eran buenos partidos para los nobles de Flandes y Borgoña, pues la archiduquesa no podía dotarlas y, además, sin dote, ni cargos ni dinero, no tenían ningún prestigio para que un señor noble y rico viese en cualquiera de ellas un buen partido y una boda apetecible.

Dando un paso más, y escudándose en la sacralización de la persona del soberano, se dificultó el acceso a la persona de la archiduquesa. Con el pretexto de cumplir a rajatabla con la etiqueta borgoñona, Felipe y sus consejeros fiscalizaron el acceso a la persona de Juana, que era el camino para controlarla a ella misma y a todas sus actividades. La archiduquesa casi nunca tenía la posibilidad de reunirse con su esposo. Sólo cuando Felipe decidía visitarla en sus aposentos o con motivo de alguna fiesta, que desde luego no determinaba ella, se producía el encuentro. La etiqueta de Borgoña lo impedía.


Fuentes:
ZALAMA, MIGUEL A. Juana I: Arte, poder y cultura en torno a una reina que no gobernó. Centro de Estudios Europa Hispánica 2010
ARAM, BETHANY. La reina Juana, Gobierno, piedad y dinastía. Marcial Pons, ediciones de Historia, S.A. 2001
MARQUEZ DE LA PLATA, VICENTA. El Trágico Destino de los Hijos de los Reyes Católicos. Santillana Ediciones Generales S.L 2008
http://maninblue1947.wordpress.com
http://www.moleiro.com/en/art-books/talleres-del-renacimiento/miniatura/414