PLANES DE DIVORCIO
Si el hugonote Enrique de Navarra aspiraba a reinar en
una Francia católica, era conveniente que abjurase de su religión. Así pues, el 25 de julio de
1593, Enrique IV se convierte al catolicismo por tercera vez, momento en que se
le atribuye la célebre frase: «París bien vale una misa». Fue coronado rey y reconocido como soberano legítimo incluso por la mayor parte de las regiones y de las ciudades que habían permanecido hostiles a él. Las relaciones entre
el rey y la reina habían evolucionado favorablemente. Margot se había
apresurado a felicitar a su marido con motivo de su abjuración y su coronación.
Todo el mundo estaba de acuerdo en que, una vez en el trono, Enrique debía consolidar la paz y la estabilidad del país tomando una nueva esposa y trayendo al mundo herederos que asegurasen la continuidad dinástica, con objeto de evitar que se reavivasen los conflictos en el momento de su sucesión. Cuando le pidieron a la reina su opinión sobre el asunto del divorcio, ella se mostró dispuesta a firmar la demanda de anulación, naturalmente con la salvedad de una serie de condiciones.
Tres meses duraron las conversaciones o los regateos. Margot se encontraba en una situación de fuerza: sabía que Roma sólo aceptaría estudiar la disolución del matrimonio real si ella también la solicitaba. Le propusieron doscientos cincuenta mil escudos para saldar sus deudas, lo cual era una suma considerable. El rey también había previsto el pago de una renta vitalicia de doce mil escudos. Pero su esposa pedía dos mil más: “ Eso no es nada para Su Majestad y sí es mucho para mí, que cuento con tan pocos medios ”. Tras salirse con la suya, Margot solicita otra cosa: la propiedad absoluta de la fortaleza de Usson. Tal exigencia era bastante grave: los hugonotes podían apoderarse de esa puerta de la Auvernia o bien los miembros de la terrible Liga, que, pese a la conversión del rey al catolicismo, aún no se había disuelto. Enrique espera, alargando las cosas, que su esposa se canse y deje de reclamar la posesión de Usson. “ El rey debería fiarse más de mí – exclama Margot- que de los que quieren quitármelo “.
Para tener en cuenta la opinión pública católica, Enrique se vio obligado después a apelar directamente a la autoridad del Papa, pero la dispensa pontificia requería paciencia. Recientemente convertido, el rey debía ser ante todo absuelto de la acusación de herejía, además, el Sumo Pontífice deseaba ser informado de la identidad de aquella a la que su dispensa habría de aprovechar.
Todo el mundo estaba de acuerdo en que, una vez en el trono, Enrique debía consolidar la paz y la estabilidad del país tomando una nueva esposa y trayendo al mundo herederos que asegurasen la continuidad dinástica, con objeto de evitar que se reavivasen los conflictos en el momento de su sucesión. Cuando le pidieron a la reina su opinión sobre el asunto del divorcio, ella se mostró dispuesta a firmar la demanda de anulación, naturalmente con la salvedad de una serie de condiciones.
Tres meses duraron las conversaciones o los regateos. Margot se encontraba en una situación de fuerza: sabía que Roma sólo aceptaría estudiar la disolución del matrimonio real si ella también la solicitaba. Le propusieron doscientos cincuenta mil escudos para saldar sus deudas, lo cual era una suma considerable. El rey también había previsto el pago de una renta vitalicia de doce mil escudos. Pero su esposa pedía dos mil más: “ Eso no es nada para Su Majestad y sí es mucho para mí, que cuento con tan pocos medios ”. Tras salirse con la suya, Margot solicita otra cosa: la propiedad absoluta de la fortaleza de Usson. Tal exigencia era bastante grave: los hugonotes podían apoderarse de esa puerta de la Auvernia o bien los miembros de la terrible Liga, que, pese a la conversión del rey al catolicismo, aún no se había disuelto. Enrique espera, alargando las cosas, que su esposa se canse y deje de reclamar la posesión de Usson. “ El rey debería fiarse más de mí – exclama Margot- que de los que quieren quitármelo “.
Para tener en cuenta la opinión pública católica, Enrique se vio obligado después a apelar directamente a la autoridad del Papa, pero la dispensa pontificia requería paciencia. Recientemente convertido, el rey debía ser ante todo absuelto de la acusación de herejía, además, el Sumo Pontífice deseaba ser informado de la identidad de aquella a la que su dispensa habría de aprovechar.
GABRIELLE D' ESTRÉES
La pensión prometida, cuyo pago se efectúa sin esperar la
anulación, es satisfecha con mucha irregularidad. Las “ desgracias de la época
son la causa, y no mi mala voluntad”, responde el rey. Su buena voluntad se
encuentra, sobre todo, al servicio de su actual amante, Gabrielle d’Estrées,
que le cuesta muy cara. Esta presencia inquieta terriblemente a la reina.
Gabrielle había entrado en 1591 en la vida del monarca, y tres años más tarde nacía
un primer hijo ilegítimo: César. Desde entonces, Enrique contemplaba seriamente
la posibilidad de casarse con su amante. Y Margot insiste en que no se opone al
deseo del rey salvo – precisa sin ambages- si es para poner en su lugar a “ una
mujer de tan baja extracción y que ha llevado una vida tan sucia y ruín como la
que se rumorea”. En tal caso, ella rechazaría el divorcio y no abandonaría su
título “ para verlo tan mal colocado”.
Sin embargo, en París, Enrique IV está cada vez más
enamorado de Gabrielle, que ahora ostenta el título de marquesa de Monceaux.
El rey legitima al pequeño César y le concede a la madre de éste la abadía de
Saint-Corneille, que pertenece a Margot. No sin ironía, la reina le escribe a
su esposo: “ Me ha causado mucho placer que una cosa que dependía de mí
haya podido resultar apropiada para demostrarle a esa honesta mujer hasta qué
extremo tendré siempre la voluntad de servir a su contento y cuán resuelta
estoy a amar y honrar toda mi vida lo que vos amáis”. “Amar y honrar” a la
amante del rey: Margot no piensa hacer ni lo uno ni lo otro, pero le interesa
representar ese papel. Y las cosas se
alargan.
Iniciadas en 1594, las diligencias relativas a la anulación se prolongaron durante casi seis años, los más intensos y serenos de la relación del rey con Gabrielle, que le daría tres hijos. En el mes de diciembre de ese año, Enrique IV escapa a un
atentado. Un iluminado, Jean Chatel, le ha atacado con un puñal, hiriéndole en
el labio y el cuello. Margot le escribe al que sigue siendo su marido para “
expresarle a Vuestra Majestad el pesar que me ha causado vuestro mal y la
alegría que he sentido al saber que habéis escapado a tan gran peligro. Dado
que habéis tenido a bien, Monseñor, honrarme tanto y recomendarme en vuestras cartas
que me ocupase debidamente de mi conservación, me permitiréis que os suplique
muy humildemente no ser, en el futuro, tan descuidado con la vuestra”.
A principios de 1595, Margot envía a París a su dama de
honor, la señora de Vermont, con una carta que debe entregar al rey y que acaba
con estas palabras: “Os suplico muy humildemente que me permitáis conservar el
honor de vuestra buena gracia y besaros muy humildemente las manos, rogando a
Dios, Monseñor, que conceda a Vuestra Majestad total y perfecta felicidad“. Y
firma: “ Vuestra muy humilde y muy obediente servidora, esposa y súbdita”. Como
se puede ver, Margot no deja pasar ni una sola ocasión de señalar que la
prisionera de Usson continúa siendo su esposa. Al regreso de su dama de honor,
la reina le escribe a su marido: “ He recibido a través de la señora de Vermont
las garantías que os ha complacido darme de vuestra amistad, para la más grande
dicha y estima que yo haya conocido …”. Lamenta mucho “ la excesivamente inmensa
desgracia que, no durante tantos años, sino durante tantos siglos, me ha
privado de prestarle al rey mis servicios”.
Durante el carnaval de 1597, el rey se divierte como un loco
con su querida Gabrielle y Francia es inundada de pasquines:
La mujer ajena devolverás
que tú retienes injustamente,
y la tuya de nuevo tomarás
si quieres vivir sanamente.
Y obrando así evitarás
el cuchillo del hermano Clemente.
Margot puede temer, con razón, que el rey, exasperado por la
lentitud de las transacciones, decida hacerla prisionera para obligarla a ceder
sin una contrapartida financiera excesiva. La reina intenta convertir a la amante de su
esposo en su aliada, a fin de lograr que se le pague su pensión con mayor
regularidad." Señora marquesa - le escribe-, bendigo toda ocasión que me permite recibir cartas del rey y de vos; por tal motivo, el hecho de verme privada de ellas durante tan largo espacio de tiempo me hacía vivir sumida en una gran preocupación, pues temía que mis enemigos hubieran utilizado alguna artimaña para privarme de los favores del rey y de vuestra amistad, que siempre intentaré conservar ... Todos mis actos e intenciones jamás tenderán a otra cosa ... Os rogaría que aprobarais que os hable con libertad y como a la que deseo tener por hermana, y a quien, después del rey, más honro y aprecio. Me ha otorgado tanta confianza la seguridad que me habéis dado de amarme, que no quiero tomar otro protector para lo que debo requerir al rey".
Pero a Margot se le ve el plumero cuando hace alusión a lo que para ella es lo principal: " Ahora, mi necesidad es tan acuciante que ya no hay modo de soportarla aquí. Si el rey tiene a bien autorizarme a ir a una de las casas que poseo en Francia, la más alejada que pueda elegir de la Corte, os agradeceré inmensamente que me hagáis saber su decisión, que será para mí una ley perpetua, como perpetuo será también el fiel afecto que profeso a vuestro mérito, para seguir siendo eternamente vuestra afectísima y más fiel amiga".
Pero a Margot se le ve el plumero cuando hace alusión a lo que para ella es lo principal: " Ahora, mi necesidad es tan acuciante que ya no hay modo de soportarla aquí. Si el rey tiene a bien autorizarme a ir a una de las casas que poseo en Francia, la más alejada que pueda elegir de la Corte, os agradeceré inmensamente que me hagáis saber su decisión, que será para mí una ley perpetua, como perpetuo será también el fiel afecto que profeso a vuestro mérito, para seguir siendo eternamente vuestra afectísima y más fiel amiga".
UNA PRINCESA PARA ENRIQUE
Se vió claro que
ni el Papa ni Margot darían su consentimiento a la anulación sin tener a
cambio la absoluta garantía de que el rey no se iba a servir de ella
para casarse con su amante. Era preciso, pues, iniciar negociaciones
matrimoniales creíbles y conformes con el prestigio de la monarquía
francesa.
No obstante, la lista de princesas europeas todavía libres y en edad de
procrear era muy limitada, y tampoco el pasado hugonote de Enrique y su
reciente conversión contribuían a facilitar la búsqueda. De todas, la
candidata que mejor respondía a los intereses de la corona era una
princesa Médicis.
En 1598, María de Médicis tenía veinticinco años y una belleza de matrona; huérfana de padre y madre, era sobrina del Gran Duque Fernando de Toscana y llevaba en dote la anulación de la inmensa deuda que Enrique había contraído con las bancas florentinas para financiar la reconquista de su reino. El proyecto, respaldado con fuerza por el fidelísimo ministro de Hacienda de Enrique, gozaba asimismo del apoyo incondicional del primo del Gran Duque, el papa Clemente VIII.
Desde hacía tiempo, Enrique había dado su consentimiento general al proyecto florentino, utilizando con todo una táctica de aplazamientos para perder tiempo y diferir día tras día la difícil cuestión de qué solución dar a su vínculo con Gabrielle. El canónigo Bonciani, encargado por el Gran Duque de Toscana de dirigir las negociaciones matrimoniales de la princesa, escribía: "Sin la duquesa, el matrimonio de vuestra sobrina se acordaría en cuatro meses". Y constataba desolado que el amor del rey por su bella amante aumentaba cada día más, hasta tal punto que, en los primeros meses de 1599, el canónigo parece dar por perdida la partida: " El rey de Francia finge querer desposar a María de Médicis para obtener la anulación de su matrimonio, y una vez obtenida se casará con Gabrielle".
LA MUERTE DE GABRIELLE
En febrero de 1599, Enrique IV coloca en el dedo de su amada el
anillo que recibió con motivo de su coronación, símbolo de su enlace con
Francia. “ ¡Tan sólo Dios y la muerte del rey pueden impedirme ser reina de
Francia! “, exclama con orgullo Gabrielle. La reina Margot va todavía más lejos. Le regala al pequeño hijo
ilegítimo de Enrique su ducado de Étampes, a pesar de que le horroriza la idea de
que un hijo fruto del adulterio pueda acceder un día a la corona de
Francia. Pero en abril, Gabrielle muere muy oportunamente a consecuencia de un
terrible aborto. Los médicos han extraído del cuerpo de la joven una criatura
muerta y a trozos. Muchos no dudaron en ver la sombra del veneno en su desaparición. El dolor de Enrique IV es espectacular. Sin embargo, no
tardará en consolarse entre los brazos de Henriette d'Entragues.
En lo sucesivo, Margot ya no tendrá que hacer teatro. No existe ningún motivo para alargar las cosas: “ Empiezo a tener esperanzas en lo relativo a mis asuntos – le escribe a Sully, consejero del rey -, deseo que se aceleren con éxito para satisfacción del rey y de todos los buenos franceses, dado que me aseguráis desear tan ardientemente verle hijos legítimos que le puedan suceder sin disputas en esta corona que él ha salvado de la ruina…, no queriendo ver en mi lugar a una fulana tan despreciable – se refiere a Gabrielle-, que considero indigno poseerla, pero ahora que las cosas han cambiado gracias al cielo y que no dudo en absoluto de la prudencia del rey y del sabio consejo de sus buenos servidores …deseo acabar el resto de mis días en paz tanto física como espiritual …Me adaptaré a todo lo que dicten las conveniencias y que vos mismo me aconsejéis “.
CRAVERI, BENEDETTA. Amantes y reinas. Ediciones Siruela, S.A. 2006
CASTELOT, ANDRÉ. La Reina Margot. Ediciones Martínez Roca, S.A. 1994
Imágenes pertenecientes a la coproducción europea " Henri IV " ( 2010 )








5 comentarios:
Creo que la indignación de Margot es bastante hipócrita, no creo que haya mucha diferencia en los comportamientos libertinos de Gabrielle y Margarita, aunque una tenga más dinero y posición social que la otra.
Mis respetos por la serie de la Reina Margot, está magníficamente realizada.
Besos y abrazos...
Muchas gracias Lady Grey, hubiera terminado ya con esta serie la semana pasada sino hubiera descuidado el blog estos días. Procuraré acabarla cuanto antes, antes de comenzar con mujeres de otro período tengo que modificar la entrada de la rival de Margot, Gabrielle, posiblemente se extenderá a dos entradas o quizás tres, con las informaciones que he encontrado.
Ciertamente, que tomase una actitud mojigata es ser algo hipócrita, Margot no era una mujer muy virtuosa precisamente y no era la más apropiada para juzgar a otra mujer con sus mismos defectos. Pero aqui se imponía el orgullo de casta y la dignidad real, Margot no podía tolerar perder una corona real en favor de una mujer inferior a ella, tenía que ser una princesa como ella quien la reemplazase.
Besos y abrazos amiga mía
Yo rompo una lanza tambien a favor de la reina Margot, y Enrique tampoco se queda atras en lo hipócrita,ya que acusa a Margot de sus "excesos" como si él hubiese sido una blanca paloma.El caso es que yo creo que lo que jugó en contra de Margot es el haber sido incapaz de haber dado un heredero al trono y no su vida "libertina".Las cosas hubiesen sido de otro modo de haber ella y Enrique tenido hijos,quizás no hubese habido tantas favoritas persiguiendo a Enrique con el fin de convertirs een reinas.
Tienes razón, si el matrimonio hubiese sido fructífero posiblemente la vida de Margot fuese diferente, tal vez no habría abandonado a su marido ni habría vivido tanto tiempo prisionera, y las aventuras de su esposo no pasarían de ser anécdotas sin llegar a suponer para la reina un peligro. Aunque, de haber sido madre ... ¿ Margot habría cambiado su estilo de vida? ¿ Hubiera sido menos libertina?.
Saludos amigo/a desconocido/a
Lo mas probable es que Margot hubiese seguido siendo la misma,aunque ya siendo madre quizás se hubiera frenado un poco más.Pero lo que si es cierto es que no hubiese sido tan fácil echarla del trono apoyandose solo en su vida libertina.Además como decian por ahi en otro comentario las costumbres en ese entonces y sobre todo en Francia estaban mucho muy relajadas,había muchas esposas que una vez cumplida la misión de darle el consabido varón a su marido se separaban de él y hacian su vida aparte con sus amantes.Creo que en el caso de la reina Margot su mas que probada esterilidad quizás fue el factor que la hizo a llevar una vida demasiado relajada,total,tarde o temprano Enrique se hubiese tenido que separar de ella por esa razón, y si no lo hizo Enrique antes creo que fue porque no le convenia mientras no estuviese bien asentado en el trono de Francia,hay que recordar que fue precisamente su matrimonio con Margarita lo que lo llevó a convertirse en el heredero de la corona.De no haber existido la ley sálica en Francia Margot hubiese sido la reina al morir su último hermano.
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