martes, 29 de mayo de 2012

La boda de Juana de Castilla y Felipe el Hermoso



EL PRIMER ENCUENTRO


El 17 de octubre llegó el archiduque Felipe a Lier, pequeña ciudad de Brabante a escasa distancia de Amberes. Allí se trasladó inmediatamente doña Juana. Si excesiva había sido la espera hasta que llegó el novio, no fue menos extraordinaria la rapidez con la que se celebró la boda, tanta que ni siquiera sabemos a ciencia cierta cómo se desarrollaron los acontecimientos. De entrada, los autores muestran ciertas discrepancias a la hora de fijar la fecha del encuentro entre los esposos. Padilla relata en su crónica que, cuando llegó el archiduque, “ fue a ver la archiduquesa (…) y esa misma noche se desposaron”. Esto supondría, contando con que Felipe llegara el 17 de octubre, que la unión se bendijo ese día. Sin embargo, parece que doña Juana no se trasladó a Lier hasta la jornada siguiente. Zurita es más preciso, aunque confunde Lier con Lille: según su relato “ vino a Lila y allí se celebraron los desposorios el día de Sant Lucas y a veynte de otubre se velaron por manos del obispo de Cambray”. Es decir, que se habrían casado el día 18 de octubre.

Si contrajeron matrimonio la noche del 18, tuvo que ser nada más conocerse y con tanta rapidez que las noticias que nos han llegado son confusas. A partir de aquí, se ha dicho que la unión la bendijo un párroco llamado apresuradamente porque entre los jóvenes había nacido una pasión amorosa. El hispanista alemán Ludwig Pfandl relató el primer encuentro de los novios de la siguiente manera: “ A la primera mirada se encendió el apetito genésico de los dos jóvenes (ella tenía dieciséis años y él dieciocho), con tal fogosidad que no esperaron al casamiento fijado para dos días después, sino que mandaron traer el primer sacerdote que se encontrara para que les diese la bendición y poder consumar el matrimonio aquella misma tarde ”. Llama la atención esa ansiosa búsqueda de sacerdote cuando a Juana la acompañaba su capellán. Pero no hay ni una sola prueba de que esto fuese así, todo lo contrario. El matrimonio lo ofició el capellán de la archiduquesa, Diego Ramírez de Villaescusa, y lo hizo sustituyendo al obispo de Jaén, que había fallecido unos días antes.


 Lier, Bélgica


Que se eligiera una pequeña población cercana a Amberes como Lier y no aquella ciudad – donde además estaba alojada doña Juana-  u otra de las poderosas urbes de Brabante o Flandes, parece responder al interés de Felipe por no mostrar una especial deferencia hacia ninguna celebrando allí su matrimonio, pues eso hubiera ido en detrimento de las demás. Así, Lier, villa fortificada erigida en la confluencia de los ríos Grote Nete y Kleine Nete, era una plaza adecuada para los fines políticos del archiduque.

Se decidió que Juana se instalase en el Hof van Mechelen, palacio que los Berthout –señores de Malinas y Grymberghen- tenían en Lier. El archiduque se aposentó en la abadía de San Bernardo, antiguo palacio de los duques de Brabante. Por orden de Felipe, entre el 8 y el 9 de octubre, llegaron Margarita de Austria y el conde de Nassau para preparar la boda. No había tiempo y tampoco eran muchas las posibilidades que ofrecía la villa, ni siquiera alojamientos, pero tanto las autoridades municipales como los vecinos, sin duda sorprendidos por los acontecimientos, se esforzaron en homenajear a sus señores.


 Iglesia de San Gumaro en Lier


LA BODA

Doña Juana iba rodeada de su extraordinaria comitiva, al frente de la cual estaba el almirante de Castilla. A Felipe, por su parte, le acompañaban todos los personajes importantes de sus territorios y Francisco de Rojas, embajador español y verdadero artífice del matrimonio. Las autoridades obsequiaron con doce brocs de vino al novio y siete a la novia (un broc equivale a cuatro pintas), y a los acompañantes con entre cuatro y seis brocs según su rango.

Desde el Hof van Mechelen, donde se alojaba la novia, y desde la abadía de San Bernardo, donde se había instalado el archiduque, hasta la iglesia colegial de San Gumaro, y desde esta al ayuntamiento, todo el recorrido estaba decorado para la ocasión con multitud de escudos de armas de la pareja y con flores. Se levantaron arcos de triunfo y en diferentes puntos se montaron tableaux vivants en honor de los contrayentes, como el patrocinado por los magistrados en las proximidades del antiguo palacio ducal. Tal fue la afluencia de curiosos que se produjo un desgraciado suceso. Durante una representación la multitud se colocó sobre un puente de madera, pero la estructura cedió bajo el peso y muchos cayeron al río entre las tablas, lo que provocó el pánico general y varias víctimas.


 
La boda – en realidad velación- fue oficiada el 20 de octubre por Henri de Berghes, obispo de Cambrai y canciller de la Orden del Toisón de Oro, quien posteriormente sería el líder de la facción españolista. Además de Margarita de Austria y Margarita de York, los testigos del monumental acontecimiento incluían a los vasallos más importantes de Felipe: Bernard III, margrave de Baden; Philippe de Clèves, señor de Ravenstein; Engelbert II, conde de Nassau, Balduino de Borgoña, Philippe de Borgoña, señor de Beveren; Jean III de Berghes; Guillaume de Croy, señor de Chièvres; Hugues de Melun, señor de Hendine; Balduino de Lannoy, señor de Molenbaix; Henri de Beersel y Pierre de Frenoy, todos miembros de la orden del Toisón de Oro. En la compañía de la novia figuraban el almirante Fadrique Enríquez y su hermano Juan Enríquez, conde de Melgar, Rodrigo Manríquez, Enrique Enríquez, Francisco Enríquez, Fernando de Córdoba, Sancho de Tovar y Martín de Távara.

Ese mismo día los contrayentes ratificaron todos los acuerdos ya alcanzados y sellaron el documento con sus firmas, de lo que dio fe François de Busleyden, preboste de Lieja y arzobispo de Besançon, declarado filofrancés y por tanto contrapunto político de Henri de Berghes. La intervención de estos poderosos personajes en la ceremonia presagiaba una pugna entre ambos bandos cuyas consecuencias sufriría especialmente Juana de Castilla. Durante la ceremonia el archiduque estuvo asistido por Francisco de Rojas, que representaba a los Reyes Católicos. El oficiante leyó la dispensa de Alejandro VI para que los cónyuges pudiesen contraer matrimonio, aunque hubiese parentesco hasta en tercer grado, y procedió a bendecir el enlace. Los principescos novios se casaron en la capilla Colibrant. La ceremonia apenas debió de rodearse de aparato, pues la capilla es de reducidas dimensiones, tanto que no podría haber acogido a todos los testigos de los contrayentes a la vez.



Concluido el oficio religioso se celebró el banquete en el antiguo palacio ducal. La comunidad invirtió una suma importante en agasajar a sus ilustres huéspedes, corriendo con los gastos del vino y la cerveza. Felipe el Hermoso, además, fue obsequiado con un lucio, pescado, en la villa. El regalo llevaba una fuerte carga simbólica, pues se consideraba que el lucio tenía tres vidas y con él se deseaba larga vida al duque de Borgoña. Se quemaron muchas antorchas y se recompensó a los que más se habían esforzado en embellecer la villa para la ocasión. 

Apenas hubo días de asueto para la pareja de recién casados y pronto salieron de Lier hacia Amberes. La unión de Juana de Castilla y Felipe el Hermoso se convirtió en una de las más importantes de la historia de Europa y en el origen de una de las leyendas más conocidas sobre la monarquía.


Fuentes:
ZALAMA, MIGUEL A. Juana I: Arte, poder y cultura en torno a una reina que no gobernó. Centro de Estudios Europa Hispánica 2010
FERNANDEZ ALVAREZ, MANUEL. Juana La Loca, La Cautiva de Tordesillas. Espasa Calpe S.A. 2000
Algunas imágenes pertenecen a la película " Juana La Loca" ( 2001)

2 comentarios:

RaeCJ dijo...

Menudo encuentro entre esta pareja, yo creo que fue tanta la atracción que surgió entre ellos que les hizo consumar su pasión enseguida.
Juana amó de verdad a ese hombre!!!
Besos!!!

Magnolia dijo...

Es evidente que Juana lo amó a él muchísimo más que él a ella. No creo que Felipe llegara a sentir algo por ella, desde un principio se mostró descortés con su novia al no estar presente para darle la bienvenida a Flandes, tiempo tuvo para viajar a sus dominios desde Alemania y poder recibirla nada más pisar tierra ella. Después, su tardanza en hacerlo, la estuvo esperando un largo mes en Amberes. Si a Felipe se le despertó una pasión nada más verla, poco le duró, puesto que a los pocos días la dejó sola para marchar con su hermana y no regresar con su esposa hasta meses después. Y que no quisiera pagarle los escudos que se habían acordado, dejándola sin recursos y totalmente dependiente de él, demuestra que no la quería. Por no hablar de sus otros comportamientos hacia Juana que todos conocemos.

Muchos abrazos querida Rae, me alegra que te gusten estas entradas sobre nuestra Juana. Gracias por comentar.

Besotes

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