Francia estaba en guerra con España y las arcas del Estado,
tanto por la conflagración como por la favorita, estaban, más que exhaustas,
vacías. Había que poner inmediato remedio. Gabrielle insistió ante su amante
para que pusiera a Sully a cargo del Tesoro, con lo que Francia ganó un
excelente administrador. Para paliar los más inmediatos efectos de la falta de
recursos, que se traducía en el impago de las tropas, Enrique IV no dudó en
convocar a sus mayores contribuyentes en Ruán para pedirles inmediata ayuda.
Pero, pensando impresionar con belleza y pedrería al auditorio, se hizo
acompañar de una Gabrielle siempre rutilante pese a su avanzado estado de
gestación, con lo que logró que sus súbditos no le dieran ni un céntimo.
Pero Gabrielle dio pronto a luz con toda felicidad una niña
a la que se llamó Catherine Henriette. Cuando fue llamada a ser la madrina de
la niña, Catalina de Borbón, hermana del rey y primera dama del reino, se negó
lo menos tres veces, ante los más altos representantes de la corte, a tomar a
la recién nacida de la cuna y ponerla en las manos del príncipe de Conti,
encargado de conducirla a la pila bautismal. El rey no insistió y, a pesar del
incidente, la ceremonia se desarrolló con la solemnidad y el fasto debido a una
princesa de sangre.
Naturalmente, la nueva hija del rey dio lugar a festejos en
consonancia, con lo que pronto se diluyeron dineros llegados de Inglaterra y
Holanda para ayudar en la lucha contra los españoles. Quienes, aprovechando el
jolgorio francés, se apresuraron a ocupar Amiens. Realmente asustado, Enrique
cambió el traje de corte por el de pelea y picó espuelas en dirección a Amiens.
Además de sus tropas, le acompañaba Gabrielle. Los españoles se rindieron, pero
no sin haber resistido seis meses de asedio, tiempo que pasó entre fiestas y
banquetes para los sitiadores. Al menos para Enrique, Gabrielle y sus
cortesanos. Como justo y hasta modesto premio a tanto sacrificio, el rey hizo a
su amante duquesa de Beaufort.
Pero es con el nacimiento de su tercer hijo cuando la ambición
de Gabrielle y la aquiescencia de Enrique alcanzan su culminación. En diciembre
de 1598 es bautizado en Saint-Germain, Alexandre Monsieur y al final de la
ceremonia, como era costumbre cuando se trataba de un “hijo de Francia”,
heraldos, trompeteros y tañedores de oboe le rindieron gozosamente homenaje.
Como si esto no bastase, en la suntuosa cena que concluyó los festejos la
duquesa de Beaufort no se sentó en la mesa al lado del soberano sino frente a él, es decir, ocupando el lugar reservado a la
reina. Verdaderamente, aquello colmó la medida. El lealísimo ministro de Hacienda
se negó a dar a los músicos la recompensa debida por un bautizo real y se vio
obligado a recordar a Enrique el sentido de la realeza: “ Para que vuestros
hijos sean considerados hijos de Francia es necesario que haya habido con
anterioridad un matrimonio”. El pueblo también se indignó.
En 1598 Gabrielle d’ Estrées
alcanzó el pináculo de su gloria y poderío. Sus enemigos, que eran
multitud, la llamaban Cleopatra y decían que tenía encadenado al César a sus
encantos. Enrique IV sólo veía por sus ojos y sólo se preocupaba por su
felicidad. Hizo al padre, Antoine d’Estrées, gran maestre de Artillería, uno de
los cargos mejor pagados del reino, y los tíos Sourdis se permitían soñar con
una partición del territorio de Francia para que la familia de Gabrielle
tuviera, si no un reino, al menos un principado propio. En esos últimos años
del siglo es casi reina. Si la corte está en Fontainebleau, ella ocupa un
pabellón junto a las dependencias reales; si en París, el rey le ha otorgado
una mansión vecina al Louvre.
De todas las princesas extranjeras, la mejor candidata que
respondía a los intereses de la Corona francesa era la acaudalada princesa
toscana María de Médicis. Las cartas del canónigo Bonciani, encargado por el
Gran Duque Fernando de Toscana de dirigir las negociaciones matrimoniales de su sobrina, nos permiten
seguir el descarado doble juego del rey de Francia. Desde hacía tiempo, Enrique
había dado su consentimiento general al proyecto florentino, utilizando con
todo una táctica de aplazamientos para perder tiempo y diferir día tras día la
difícil cuestión de qué solución dar a su vínculo con Gabrielle. " Sin
la duquesa, el matrimonio de vuestra sobrina se acordaría en cuatro
meses ", escribía Bonciani al Gran Duque, y constataba desolado que el amor del rey
por su bella amante aumentaba cada día más, hasta tal punto que, en los
primeros meses de 1599, el canónigo parece dar por perdida la partida: "
El rey de Francia finge querer desposar a María de Médicis para obtener la
anulación de su matrimonio, y una vez obtenida se casará con Gabrielle".
Las relaciones de los embajadores italianos acreditados
en la corte francesa a sus respectivos gobiernos expresaban las mismas
perplejidades y las mismas sospechas que el diplomático toscano. El legado
Alejandro de Médicis, enviado por el Papa para actuar como mediador para la
firma de la paz con los españoles, escribirá a Su Santidad: “ Su majestad
cristianísima está resuelto a tomar esposa y todos creen que es para desposar a
la duquesa de Beaufort, a fin de que puedan sucederle los hijos que ha tenido
con ella ”. El legado estaba abiertamente en contra de la favorita, porque
aspiraba a que fuera su sobrina María de Médicis la futura reina de Francia.
Enrique tenía siempre al lado a su amante, la acariciaba
y besaba delante de todos, le reservaba un tratamiento regio, condescendía a
todos sus deseos y no toleraba que sus consejeros lo llamasen a la razón. A su
vez, Gabrielle hacía alarde de su poder con insolencia, intervenía en los
nombramientos, amenazaba a los ministros que le oponían resistencia y no
ocultaba sus esperanzas de casarse con el rey. En febrero de 1599 el rey colocó
en el dedo de su amada el anillo bendecido que había recibido el día de su
consagración. El gesto fue acompañado del compromiso formal del soberano de
casarse con la duquesa de Beaufort el primer domingo después de Pascua. Faltaba
todavía la dispensa papal, pero a Enrique no parecía preocuparle. “ ¡Tan sólo
Dios y la muerte del rey pueden impedirme ser reina de Francia! “, se
regocijaba Gabrielle, y en efecto su victoria parecía completa.
Fuentes:
CRAVERI, BENEDETTA. Amantes y reinas. Ediciones Siruela, S.A. 2006
CRAVERI, BENEDETTA. Amantes y reinas. Ediciones Siruela, S.A. 2006
GONZALEZ-CREMONA, JUAN MANUEL. Amantes de los Reyes de Francia. Editorial Planeta S.A. 1996
Imágenes pertenecientes a la coproducción europea "Henri IV" ( 2010)
Imágenes pertenecientes a la coproducción europea "Henri IV" ( 2010)





6 comentarios:
Muy interesante tu blog....te felicito....un abrazo desde azpeitia
La pobre Gabrielle se dejó llevar por la ambición,si la reina Margarita era capaz de hacer sacrificios por qué ella no??pero entre mas se tiene mas se quiere tener.
Gracias de corazón por tus palabras Azpeitia, celebro que mi blog sea de tu agrado. Feliz semana.
Un abrazo
Gabrielle vendió la piel del oso antes de comprarla, como quien dice. Se veía ya una reina y actuaba como tal, disfrutando del poder y de los lujos propios de una soberana, su despilfarro en tiempos de crisis no contribuyó a mejorar su imagen ante el pueblo. Pero, a su favor tengo que decir que su influencia sobre el rey no fue nefasta. Ella no lo convirtió en un monarca tirano e intolerante sino que contribuyó a que éste acabase con las guerras religiosas en Francia con la promulgación del edicto de Nantes que daba una cierta libertad de culto a los protestantes y prohibía su persecución. Parece que Gabrielle abogaba por una política de tolerancia, lo que era algo beneficioso para Francia.
Abrazos Masonia
En relación a tu comentario Magnolia,La verdad es que yo no creo que fuera tanto la influencia de Gabrielle,hay que recordar que Enrique ya era así mucho antes de conocerla,él en realidad nunca fue un hugonote convencido por eso le resultaba tan fácil cambiar de religión según las circunstancias,la tolerancia siempre fue un rasgo de su personalidad,ademas que creo que Enrique IV fue muy enamorado pero no era un hombre que se dejara influir mucho por las mujeres,pero aún así,reconozco que Gabrielle fue tal vez menos cargante que otras favoritas y parece que tampoco era muy fanática de lo católico o protestante,eso era una ventaja.
Es un verdadero placer intercambiar opiniones contigo Masonia sobre estos personajes relacionados con la dinastía de los Valois, de los cuales veo que sabes mucho. Yo estoy algo familiarizada en ellos pero no los conozco muy profundamente, de una manera superficial. Se dice que Enrique IV es el Gran Rey de Francia, ¿fue mejor gobernante que su nieto Luis XIV y que Francisco I?. A estos dos últimos los tenía por los grandes.
Un abrazo, gracias por comentar
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