El 22 de marzo del año siguiente, Enrique IV hizo su entrada
en París y tomó posesión del Louvre y de las demás residencias reales. Muy poco
después, la favorita se reunió con el rey, instalándose en el palacio del
Louvre, teniendo acceso, por vía privada, a las habitaciones de su real amante.
Y mientras el país entero se inclinaba ante él, también Gabrielle empezó a
mirar con nuevos ojos a su viejo y poco amado cortejo. Si hasta entonces su
vida había consistido en una sucesión de coacciones y renuncias, ahora tenía un
objetivo por el que luchar, una razón para corresponder a los sentimientos de
Enrique y tenerlo firmemente ligado a ella: se proponía convertirse en su
esposa y reinar a su lado.
Un éxito decisivo supuso para Gabrielle el dar a luz en junio de 1594 a un robusto varón, a quien
pusieron por nombre César. A los cuarenta años, Enrique se abandonó a las
alegrías de la paternidad. Para que el monarca pudiese reconocer a su hijo, era
preciso liberar a Gabrielle de su esposo: tras un proceso farsa, en el curso
del cual el pobre señor de Liancourt fue obligado a declararse impotente, el
tribunal de Niort restituyó a la joven a su anterior estado de non nupta. Y, si
bien la anulación del matrimonio del soberano se preveía menos sencilla,
Gabrielle podía de todos modos emprender la carrera de concubina oficial sin
temer ya incurrir, por lo que a ella se refería, en la acusación –entonces
extremadamente grave- de adulterio.
Había que remontarse a la época de Ana de Pisseleu y de Diana de Poitiers para
tropezar con un ejemplo similar de favor real. Títulos, propiedades,
beneficios, cargos, cantidades astronómicas, joyas y regalos testimoniaban casi
cotidiamente la irresistible ascensión de la ex baronesa de Liancourt,
convertida en marquesa de Monceaux y luego en duquesa de Beaufort.
A diferencia de Diana, sin embargo, Gabrielle no tenía una
rutilante reputación que usar como escudo, y la indignación suscitada por tan
insultante despilfarro del dinero público, en un país castigado por las guerras
y las carestías y al borde de la bancarrota, se vio reavivada por el
escandaloso acrecentamiento de los honores que se rendían a la favorita y a sus
hijos. Ya en el momento de la conversión de Enrique en Saint-Denis fue
necesario tomar precauciones para proteger de la hostilidad de la multitud a
Gabrielle, que en los años siguientes, acusada desde el púlpito por
predicadores parisienses de empujar al rey a la perdición, se convertiría de
manera creciente en blanco del rencor popular.
Otro ínfimo detalle se interponía entre Gabrielle y el
trono: tocaba el turno a Enrique de anular su matrimonio con Margarita de
Valois. Todo el mundo estaba de acuerdo en que, una vez en el trono, el rey debía
consolidar la paz y la estabilidad del país tomando nueva esposa y trayendo al
mundo herederos que asegurasen la continuidad dinástica, dado que su unión con
la última de los Valois había resultado sin descendencia, con objeto de evitar
que se reavivasen los conflictos en el momento de su sucesión.
Un consejero de Estado es despachado a la fortaleza de Usson
para convencer a la reina Margarita de la conveniencia de una anulación. Tiene
para ello poderosos argumentos, que pueden sintetizarse en una entrega inicial de
doscientos cincuenta mil escudos para saldar sus deudas y una asignación
mensual de otros doce mil. Margarita se mostró dispuesta a firmar la demanda de
anulación, pero con una serie de condiciones. Si por un lado exige mayores
compensaciones económicas, por otro aclara que no se opone al deseo del rey,
salvo que sus intenciones fueran lograr la libertad para hacer reina a “ una
mujer de tan baja extracción y que ha llevado una vida tan sucia y ruin como la
que se rumorea”.
Aunque tampoco se priva de enviar cartas amables y hasta
afectuosas a Gabrielle llamándola “ hermana mía” y afirmando que, después del
rey, es la persona a quien más estima. En realidad, lo que Margarita de Valois
buscaba era ilusionar a la favorita haciéndole esperar una inmediata solución a
su problema y así lograr del rey el envío de cantidades de dinero mayores de
las que, con cuentagotas, habían empezado a llegarle. Se vio claro que ni el Papa ni Margarita darían su
consentimiento a la anulación sin tener a cambio la absoluta garantía de que el
rey no se iba a servir de ella para casarse con su amante. Era preciso, pues,
iniciar negociaciones matrimoniales creíbles y conformes con el prestigio de la
monarquía francesa. Los ministros buscaban afanosamente una princesa
extranjera.
Iniciadas en 1594 las diligencias relativas a la
anulación, se prolongaron durante casi
seis años, los más intensos y serenos de la relación del rey con Gabrielle.
Como atestiguan las extraordinarias cartas que Enrique escribió a su amante y
que han llegado hasta nosotros, no se trataba solamente de la perduración de
una violenta pasión física. En la atribulada y dramática existencia del
soberano, la joven había llegado con el tiempo a constituir un refugio seguro,
un oasis, de calma, de belleza, de armonía, de refinado hedonismo. El consejero Sully, que
sin embargo no quería a Gabrielle, ha enumerado en sus memorias las cualidades
que el soberano decía apreciar más en ella, cualidades entre las cuales
figuraban la dulzura, la gracia y la amabilidad. Era ella la persona a la que el rey podía confiar sus secretos y sus
preocupaciones y recibir un tierno y afectuoso consuelo.
La joven caprichosa e inestable, dispuesta a aprovechar
cuantas oportunidades tuviera para tomar revancha de la violencia sufrida,
había dejado paso a una compañera fiel y cómplice, atenta a responder a las
exigencias afectivas del rey y orgullosa de la influencia que ejercía sobre él, una influencia que no era nefasta, puesto que Gabrielle era, junto con su familia, convencida partidaria de una política de
tolerancia y contribuyó a empujar a Enrique tanto a la conversión al
catolicismo como a la promulgación del edicto de Nantes, que tuvo por objetivo regularizar la situación de los protestantes y poner término a las luchas religiosas en Francia.
El nacimiento de tres
hijos y la común preocupación por asegurarles el mejor porvenir posible, habían
coadyuvado más aún a consolidar la unión entre los dos amantes. Por grande que fuese el ascendiente que Gabrielle hubiese
adquirido sobre Enrique, su situación seguía siendo frágil y aleatoria, ya que dependía
de la benevolencia del soberano, que, a su vez, no siempre era dueño de decidir
según sus deseos. Ella sabía, por tanto, que el único estatus capaz de
garantizar sus derechos era el de reina y, si bien semejante hipótesis parecía
inconcebible, durante años Enrique autorizó a la mujer amada a creerla realizable.
Pero el rey sabía bien que no era más que un sueño y que no era la aspiración a la felicidad la que guiaban las elecciones matrimoniales de un soberano. Una mujer que había sido públicamente su concubina jamás podría convertirse en reina, y aun cuando esto hubiera sido posible, no había anulación capaz de remediar el hecho de que los hijos tenidos por Gabrielle eran fruto del adulterio y por lo tanto no estaban en ningún caso legitimados para sucederle. Sólo los hijos que pudieran nacer después del matrimonio de Enrique con Gabrielle tendrían derecho a subir al trono, mas ¿a costa de qué terribles conflictos con sus hermanos mayores y con qué funestas consecuencias para todo el país?. Pero, si las cosas estaban así, ¿ por qué había engañado Enrique deliberadamente a Gabrielle haciéndole creer que el sueño podía hacerse realidad? ¿ Por debilidad, por egoismo, para vivir tranquilo o se mecía él mismo en la ilusión de conservar intacto su paraíso privado y encontrar una solución en el último momento?.
En enero de 1595, Enrique IV reconoció y legitimó con cartas patentes registradas por el Parlamento de París al pequeño César, el primer hijo habido de Gabrielle. Y se le dotó con tierras y dignidades. El gesto, que no tenía precedentes, suscitó no poco escándalo, hasta el punto de que las malas lenguas atribuyeron la paternidad del niño a Bellegarde.
Pero el rey sabía bien que no era más que un sueño y que no era la aspiración a la felicidad la que guiaban las elecciones matrimoniales de un soberano. Una mujer que había sido públicamente su concubina jamás podría convertirse en reina, y aun cuando esto hubiera sido posible, no había anulación capaz de remediar el hecho de que los hijos tenidos por Gabrielle eran fruto del adulterio y por lo tanto no estaban en ningún caso legitimados para sucederle. Sólo los hijos que pudieran nacer después del matrimonio de Enrique con Gabrielle tendrían derecho a subir al trono, mas ¿a costa de qué terribles conflictos con sus hermanos mayores y con qué funestas consecuencias para todo el país?. Pero, si las cosas estaban así, ¿ por qué había engañado Enrique deliberadamente a Gabrielle haciéndole creer que el sueño podía hacerse realidad? ¿ Por debilidad, por egoismo, para vivir tranquilo o se mecía él mismo en la ilusión de conservar intacto su paraíso privado y encontrar una solución en el último momento?.
En enero de 1595, Enrique IV reconoció y legitimó con cartas patentes registradas por el Parlamento de París al pequeño César, el primer hijo habido de Gabrielle. Y se le dotó con tierras y dignidades. El gesto, que no tenía precedentes, suscitó no poco escándalo, hasta el punto de que las malas lenguas atribuyeron la paternidad del niño a Bellegarde.
Fuentes:
CRAVERI, BENEDETTA. Amantes y reinas. Ediciones Siruela, S.A. 2006
GONZALEZ-CREMONA, JUAN MANUEL. Amantes de los Reyes de Francia. Editorial Planeta S.A. 1996
Imágenes pertenecientes a la coproducción europea "Henri IV" ( 2010)
Imágenes pertenecientes a la coproducción europea "Henri IV" ( 2010)





No hay comentarios:
Publicar un comentario en la entrada