viernes, 18 de mayo de 2012

GABRIELLE D' ESTRÉES, Duquesa de Beaufort ( II )



El 22 de marzo del año siguiente, Enrique IV hizo su entrada en París y tomó posesión del Louvre y de las demás residencias reales. Muy poco después, la favorita se reunió con el rey, instalándose en el palacio del Louvre, teniendo acceso, por vía privada, a las habitaciones de su real amante. Y mientras el país entero se inclinaba ante él, también Gabrielle empezó a mirar con nuevos ojos a su viejo y poco amado cortejo. Si hasta entonces su vida había consistido en una sucesión de coacciones y renuncias, ahora tenía un objetivo por el que luchar, una razón para corresponder a los sentimientos de Enrique y tenerlo firmemente ligado a ella: se proponía convertirse en su esposa y reinar a su lado.

Un éxito decisivo supuso para Gabrielle el dar a luz en  junio de 1594 a un robusto varón, a quien pusieron por nombre César. A los cuarenta años, Enrique se abandonó a las alegrías de la paternidad. Para que el monarca pudiese reconocer a su hijo, era preciso liberar a Gabrielle de su esposo: tras un proceso farsa, en el curso del cual el pobre señor de Liancourt fue obligado a declararse impotente, el tribunal de Niort restituyó a la joven a su anterior estado de non nupta. Y, si bien la anulación del matrimonio del soberano se preveía menos sencilla, Gabrielle podía de todos modos emprender la carrera de concubina oficial sin temer ya incurrir, por lo que a ella se refería, en la acusación –entonces extremadamente grave- de adulterio.



Había que remontarse a la época de Ana de Pisseleu y de Diana de Poitiers para tropezar con un ejemplo similar de favor real. Títulos, propiedades, beneficios, cargos, cantidades astronómicas, joyas y regalos testimoniaban casi cotidiamente la irresistible ascensión de la ex baronesa de Liancourt, convertida en marquesa de Monceaux y luego en duquesa de Beaufort. 

A diferencia de Diana, sin embargo, Gabrielle no tenía una rutilante reputación que usar como escudo, y la indignación suscitada por tan insultante despilfarro del dinero público, en un país castigado por las guerras y las carestías y al borde de la bancarrota, se vio reavivada por el escandaloso acrecentamiento de los honores que se rendían a la favorita y a sus hijos. Ya en el momento de la conversión de Enrique en Saint-Denis fue necesario tomar precauciones para proteger de la hostilidad de la multitud a Gabrielle, que en los años siguientes, acusada desde el púlpito por predicadores parisienses de empujar al rey a la perdición, se convertiría de manera creciente en blanco del rencor popular. 


 
Otro ínfimo detalle se interponía entre Gabrielle y el trono: tocaba el turno a Enrique de anular su matrimonio con Margarita de Valois. Todo el mundo estaba de acuerdo en que, una vez en el trono, el rey debía consolidar la paz y la estabilidad del país tomando nueva esposa y trayendo al mundo herederos que asegurasen la continuidad dinástica, dado que su unión con la última de los Valois había resultado sin descendencia, con objeto de evitar que se reavivasen los conflictos en el momento de su sucesión.

Un consejero de Estado es despachado a la fortaleza de Usson para convencer a la reina Margarita de la conveniencia de una anulación. Tiene para ello poderosos argumentos, que pueden sintetizarse en una entrega inicial de doscientos cincuenta mil escudos para saldar sus deudas y una asignación mensual de otros doce mil. Margarita se mostró dispuesta a firmar la demanda de anulación, pero con una serie de condiciones. Si por un lado exige mayores compensaciones económicas, por otro aclara que no se opone al deseo del rey, salvo que sus intenciones fueran lograr la libertad para hacer reina a “ una mujer de tan baja extracción y que ha llevado una vida tan sucia y ruin como la que se rumorea”.

Aunque tampoco se priva de enviar cartas amables y hasta afectuosas a Gabrielle llamándola “ hermana mía” y afirmando que, después del rey, es la persona a quien más estima. En realidad, lo que Margarita de Valois buscaba era ilusionar a la favorita haciéndole esperar una inmediata solución a su problema y así lograr del rey el envío de cantidades de dinero mayores de las que, con cuentagotas, habían empezado a llegarle. Se vio claro que ni el Papa ni Margarita darían su consentimiento a la anulación sin tener a cambio la absoluta garantía de que el rey no se iba a servir de ella para casarse con su amante. Era preciso, pues, iniciar negociaciones matrimoniales creíbles y conformes con el prestigio de la monarquía francesa. Los ministros buscaban afanosamente una princesa extranjera.

 
Iniciadas en 1594 las diligencias relativas a la anulación, se prolongaron durante casi seis años, los más intensos y serenos de la relación del rey con Gabrielle. Como atestiguan las extraordinarias cartas que Enrique escribió a su amante y que han llegado hasta nosotros, no se trataba solamente de la perduración de una violenta pasión física. En la atribulada y dramática existencia del soberano, la joven había llegado con el tiempo a constituir un refugio seguro, un oasis, de calma, de belleza, de armonía, de refinado hedonismo. El consejero Sully, que sin embargo no quería a Gabrielle, ha enumerado en sus memorias las cualidades que el soberano decía apreciar más en ella, cualidades entre las cuales figuraban la dulzura, la gracia y la amabilidad. Era ella  la persona a la que el rey  podía confiar sus secretos y sus preocupaciones y recibir un tierno y afectuoso consuelo.

La joven caprichosa e inestable, dispuesta a aprovechar cuantas oportunidades tuviera para tomar revancha de la violencia sufrida, había dejado paso a una compañera fiel y cómplice, atenta a responder a las exigencias afectivas del rey y orgullosa de la influencia que ejercía sobre él, una influencia que no era nefasta, puesto que Gabrielle era, junto con su familia, convencida partidaria de una política de tolerancia y contribuyó a empujar a Enrique tanto a la conversión al catolicismo como a la promulgación del edicto de Nantes, que tuvo por objetivo regularizar la situación de los protestantes y poner término a las luchas religiosas en Francia.



El nacimiento de tres hijos y la común preocupación por asegurarles el mejor porvenir posible, habían coadyuvado más aún a consolidar la unión entre los dos amantes. Por grande que fuese el ascendiente que Gabrielle hubiese adquirido sobre Enrique, su situación seguía siendo frágil y aleatoria, ya que dependía de la benevolencia del soberano, que, a su vez, no siempre era dueño de decidir según sus deseos. Ella sabía, por tanto, que el único estatus capaz de garantizar sus derechos era el de reina y, si bien semejante hipótesis parecía inconcebible, durante años Enrique autorizó a la mujer amada a creerla realizable.

Pero el rey sabía bien que no era más que un sueño y que no era la aspiración a la felicidad la que guiaban las elecciones matrimoniales de un soberano. Una mujer que había sido públicamente su concubina jamás podría convertirse en reina, y aun cuando esto hubiera sido posible, no había anulación capaz de remediar el hecho de que los hijos tenidos por Gabrielle eran fruto del adulterio y por lo tanto no estaban en ningún caso legitimados para sucederle. Sólo los hijos que pudieran nacer después del matrimonio de Enrique con Gabrielle tendrían derecho a subir al trono, mas ¿a costa de qué terribles conflictos con sus hermanos mayores y con qué funestas consecuencias para todo el país?. Pero, si las cosas estaban así, ¿ por qué había engañado Enrique deliberadamente a Gabrielle haciéndole creer que el sueño podía hacerse realidad? ¿ Por debilidad, por egoismo, para vivir tranquilo o se mecía él mismo en la ilusión de conservar intacto su paraíso privado y encontrar una solución en el último momento?.

En enero de 1595, Enrique IV reconoció y legitimó con cartas patentes registradas por el Parlamento de París al pequeño César, el primer hijo habido de Gabrielle. Y se le dotó con tierras y dignidades. El gesto, que no tenía precedentes, suscitó no poco escándalo, hasta el punto de que las malas lenguas atribuyeron la paternidad del niño a Bellegarde. 

Fuentes:
CRAVERI, BENEDETTA. Amantes y reinas. Ediciones Siruela, S.A. 2006
GONZALEZ-CREMONA, JUAN MANUEL. Amantes de los Reyes de Francia. Editorial Planeta S.A. 1996
Imágenes pertenecientes a la coproducción europea "Henri IV" ( 2010)
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