Nunca antes en la historia de Francia una favorita real había estado tan cerca de convertirse en reina consorte como Gabrielle d'Estrées, cuya oportuna muerte le impidió sentarse en el trono junto a Enrique IV. Nuestra protagonista nació en el castillo de la Bourdaisière o en el castillo de Coeuvres entre 1570 y 1573, en el seno de una aristocrática familia. En su familia materna las mujeres tenían desde hacía tiempo una pésima reputación. Su abuela podía jactarse de haber logrado deslizarse tanto en el lecho del papa Clemente VII como en el de Francisco I. Su madre, Françoise Babou de la Bourdaisière, abandonó a su marido y a sus ocho hijos para seguir a su último amante, darle una hija y morir con él de muerte violenta. Confiada a su padre, Antoine d'Estrées, que ejercía el cargo de gobernador de Picardía, Gabrielle creció, al lado de su hermana Diane, lejos de la corte, en el fastuoso castillo de Coeuvres, donde llevó una existencia tranquila hasta que, a los diecisiete años, descubrió el amor en los brazos de Roger de Saint-Lary, conde de Bellegarde, Gran Escudero de Francia.
Antes de pasar a servicio del nuevo monarca, el bello Roger había sido uno de los mignons de Enrique III. En 1590, hallándose en Picardía cumpliendo una misión, se enamoró de Gabrielle a primera vista y decidió casarse con ella. Todo parecía indicar un destino feliz para la joven pareja, pero Bellegarde cometió un error fatal: se confió con el soberano jactándose de la belleza de su amada en unos términos que suscitaron la curiosidad de éste. Así, poco tiempo después, encontrándose en Compiègne, Enrique IV quiso cerciorarse personalmente de los atractivos de Mademoiselle d’Estrées. Los dos caballeros marcharon a Coeuvres y el rey quedó prendado de la joven. Verla y desearla fue todo uno.
Gabrielle era, efectivamente, muy bella. Era blanca, blanquísima, tenía los cabellos color de oro y peinados en grandes trenzas cuajadas de pedrería. Sus ojos eran celestes, su cuerpo perfecto y hasta sus manos eran objeto de admiración masculina y femenina envidia. Una mujer, en suma, nacida para el amor. El furioso deseo de posesión que la joven había despertado en Enrique IV, lo indujo a abusar sin pudor de su autoridad de soberano, mandando a Bellegarde que se quitase de en medio y le cediese su lugar en el corazón y en el lecho de su amada. El Gran Escudero agachó la cabeza, pero Gabrielle se mostró menos dócil. La joven amaba a su bello Roger y experimentaba un auténtico rechazo hacia aquel hombre veinte años mayor que ella, muy galante pero poco agraciado.
Gabrielle, sin pensárselo dos veces, montó en su carroza, se presentó ante el rey y le hizo saber con muy directas palabras que amaba a Bellegarde, que esperaba casarse con él y que Enrique no ganaría más que su odio si trataba de impedirlo. Trastornado y cada vez más loco de pasión, el monarca intentó todo tipo de acercamientos sin el menor resultado, hasta que, más juiciosamente, optó por nombrar a Antoine d’Estrées miembro de su consejo privado, con lo que, al menos, logró tener a la bella joven en su corte todavía trashumante. El rey acudió al padre y a la tía materna de la joven, Isabelle de Sourdis, haciendo entrever a todos ellos las ventajas de las que gozaría toda la familia si la bella se decidiera a mostrarse un poco más complaciente. En febrero de 1591, Gabrielle fue obligada a capitular.
La relación entre ambos tuvo un comienzo borrascoso. Entregado a la reconquista del país, permanentemente en armas, Enrique llevaba una vida itinerante y hacía que Gabrielle se reuniera con él en tal o cual puesto militar avanzado, en cuanto las circunstancias lo hacían posible. Para permitir que su amante abandonase la casa paterna respetando las apariencias, en 1592 el rey le dio un marido de conveniencia, Nicolas d’Amerval, señor de Liancourt, un viudo entrado en años dispuesto a renunciar al ejercicio de sus derechos conyugales a cambio de un sustancioso provecho económico. Pero ni siquiera esto fue suficiente para proteger a Enrique de las asechanzas de los celos.
Gabrielle no se esforzaba en fingir unos sentimientos que no experimentaba ni, en realidad, había interrumpido nunca su relación con Bellegarde.
En las apasionadas cartas que Enrique le dirige aquellos primeros años no es raro que las declaraciones de amor se entremezclen con las recriminaciones, los ruegos y las amenazas. Mientras tanto, el padre de la joven, Antoine, de gobernador de Noyon pasó a ser gobernador de toda la Île-de-France, y a la misma Gabrielle se le otorgó el castillo de Saint-Lambert con todas sus posesiones, más el señorío de Assy. Hasta el señor de Liancourt recibió su regalo: gentilhombre de cámara.
El rey, por lo general más bien tacaño, se volcó en
presentes para su amada. Que no sólo eran joyas y todo tipo de obras de arte,
también castillos y señoríos, que se sumaban a los ya recibidos. Gabrielle
recibía y recibía pero nunca estaba satisfecha ya que su ambición no tenía límites.
Soñaba con ser reina de Francia. De hecho ya gobernaba o, en el mejor de los
casos para Enrique, cogobernaba el reino. Participaba en las reuniones más
restringidas e importantes, hacía nombrar o destituir funcionarios, repartía dádivas
o castigos. Hacía mucho más de lo que hacían las reinas, pero no era reina, y
por ello su ambición no podía estar satisfecha.
Gabrielle gozaba de la entera confianza de su regio amante y le
influyó en su decisión de convertirse al catolicismo. En julio
de 1593, con gran solemnidad, Enrique IV fue recibido en Saint-Denis por las
autoridades eclesiásticas como hijo de la Iglesia, en tanto el católico pueblo
atronaba los aires con vivas al que ahora sí consideraba su rey. Claro que los
católicos más exigentes no podían ver con buenos ojos la presencia de
Gabrielle, en la que centraron sus ataques que, por elevación, llegaban hasta
el mismo Enrique. El rey, para calmar los ánimos, confinó momentáneamente a
Gabrielle en el monasterio de Montmartre, aunque sin privarse por ello de
visitarla asiduamente.
Fuentes:
CRAVERI, BENEDETTA. Amantes y reinas. Ediciones Siruela, S.A. 2006
GONZALEZ-CREMONA, JUAN MANUEL. Amantes de los Reyes de Francia. Editorial Planeta S.A. 1996




6 comentarios:
Es bastante logio que Margot despues de haber sabido de las andanzas de Diana de Poiters y su padre, es natural que no quisiera ser "rebajada" por una persona, que encima en este caso ni siquiera lo queria a Enrique.
Bravo por Gabrielle, que le cantó las cuarenta al rey.( Que luego fuese su amante, eso es otra historia). A mi siempre me repugna el rey que usa su poder para acostarse con todo lo que lleve faldas y me repugna que las mujeres no solo lo permitieran, si no que lo deseaban y se sentían afortunadas. ¿Qué necesidad tenían las damas de la nobleza de convertirse en unas p*** ?
De hambre no se iban a morir y ya tenían todo lo que querían. Jamás lo entenderé.
Bueno,es lógico que lo que empujó a Gabriela de Estress a aceptar a Enrique,(y mas tarde Enriqueta de Entragues)era la ambiguedad de su situación matrimonial con Margot,un matrimonio estéril que tarde o temprano tenía que ser anulado y la esperanza de convertirse en reina era demasiado fuerte para ella,yo creo que si Enrique hubiese tenido algún hijo varón con Margarita de Valois quizás Gabriela no le habría hecho ningún caso al rey,Gabriela venia tambien de familia noble y no creo que le hubiese hecho gracia ser solo una concubina real sin ninguna posibilidad de pasar de ahi,yo tambien pienso que Gabriela nunca quiso a Enrique IV sino que fue mas que nada empujada y presionada por su familia.
La vida de Gabrielle no es mas que el fiel reflejo de aquellas mujeres de la nobleza sacrificadas por sus familiares en beneficio propio, bien se las casaba con otro noble para unir títulos y propiedades o se las empujaba a ser amantes de reyes para conseguir favores reales y ascender en la corte, sin importarles manchar la reputación de la hija. Pero tampoco pasaba nada por perder la honra con el rey, porque siempre encontraban a alguien con quien casarlas una vez se cansaban de ellas, al marido le ofrecían buenas compensaciones por recibir las migajas del rey, o se buscaba un marido complaciente que actuase de tapadera de la aventura del rey. Pero si la favorita aspiraba a algo más de lo que se le permitía, podía acabar mal. Lo sensato era, una vez aceptado ser la amante del rey, vivir esa relación, y una vez acabada, esperar al marido destinado por el rey para ella.
Yo tampoco comprendo, en el caso de Gabrielle, que pudiera ser capaz de soportar en el lecho a una persona que había utilizado su poder para separarla del hombre que ella amaba y que ella despreciaba. Lo lógico es que se mostrase " poco apasionada" y el rey, por muy enamorado o encaprichado que estuviese, no habría tolerado por mucho tiempo esta frialdad, un hombre es un hombre. En cambio, parece que Gabrielle cumplía con las expectativas de Enrique y le hacía feliz, o sabía fingir muy bien o algún sentimiento le unía a él para tolerarlo.
Muchísimas gracias dama de oro, Anastasia y Masonia por vuestros comentarios. Que tengais un buen fin de semana.
Abrazos
Tienes razón Magnolia,aunque yo pienso que a Enrique IV y a otros reyes no se necesitaba mucho para tenerlos felices y contentos,los hombres como él que gozaban de un poder casi ilimitado eran un derroche de egocentrismo y vanidad,siendo reyes se creian el centro del universo y no les pasaba por la cabeza que no los pudieran querer por ellos mismos sino solo por su corona.En cuanto a Gabrielle,tambien pienso lo mismo,lo lógico era que detestara a Enrique IV por obligarla a dejar al hombre que ella amaba,pero pues hay que tener en cuenta que no se trataba de cualquier hombre sino del mismisimo "rey" y un rey en trámite de separarse.Hay que recordar las buenas dosis de "persuación" familiar que les aplicaban a las doncellas que no aceptaban de buen grado el destino que sus familias querian para ellas,aunque no excluyo que Gabrielle haya sido una mujer tambien que se dejó llevar por la ambición y no fue capaz de ver el límite,por eso le ocurre lo que le ocurre.No me simpatiza mucho Gabriella Estress pero no deja de darme pena.
Cuantos quebraderos de cabeza le han dado a sus reinos los reyes llamados Enriques a causa de sus amoríos. Harry 8 fue capaz de romper dramáticamente con Roma en un cisma que trajo derramamiento de sangre y persecuciones religiosas y Henri 4 por convertir a una mujer en su amante estuvo a punto de llevar a Francia a una guerra contra los Habsburgo, creo que esta es una de las razones por las que fue asesinado por el fanático católico Ravaillac. A mi también me da pena Gabrielle aunque no comulgue con su forma de actuar, aunque por algunos aspectos no me cae mal del todo esta mujer.
Gracias Masonia por dejarme tus comentarios. Abrazos
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