No sólo su maravillosa voz, sus excelentes dotes escénicas y su rigurosa formación musical convirtieron a María Felicia García, la Malibrán, en la más famosa, admirada y amada diva del bel canto en el siglo XIX. Su belleza, personalidad y su apasionada y desgraciada existencia fueron factores que, sin duda, influyeron en hacer de ella un mito viviente, igual que le sucedería un siglo más tarde a María Callas. La vida de María Felicia bien podría haber sido el argumento de cualquiera de las óperas que en aquel tiempo triunfaban en Europa.
Nació en París en el seno de una familia española dedicada a la música. Fue hija del gran tenor Manuel García y de la no menos maravillosa soprano Joaquina Sitjes; hermana del barítono Manuel García y de la soprano y compositora Paulina Viardot. Pero María Felicia fue la indiscutible y fulgurante estrella de la familia. Cuando en 1825 la familia al completo -a excepción de Paulina que aún era muy pequeña- representó en Nueva York El barbero de Sevilla, la prensa tuvo elogios para todos, pero de María Felicia dirían: «Era el imán que atraía todos los ojos y que ganaba todos los corazones».
Tenía entonces diecisiete años. Resulta sorprendente su éxito si tenemos en cuenta que aquella era una de sus primeras representaciones. Hacía sólo unos meses que había debutado en Londres en el Teatro del Rey, precisamente con El barbero de Sevilla, y aunque conociese muy bien el papel de Rosina por haberlo interpretado con anterioridad, su experiencia en el escenario era mínima, pero también es cierto que ella estaba acostumbrada a él, ya que desde muy niña acompañaba a sus padres en todas las representaciones.
Nació en París en el seno de una familia española dedicada a la música. Fue hija del gran tenor Manuel García y de la no menos maravillosa soprano Joaquina Sitjes; hermana del barítono Manuel García y de la soprano y compositora Paulina Viardot. Pero María Felicia fue la indiscutible y fulgurante estrella de la familia. Cuando en 1825 la familia al completo -a excepción de Paulina que aún era muy pequeña- representó en Nueva York El barbero de Sevilla, la prensa tuvo elogios para todos, pero de María Felicia dirían: «Era el imán que atraía todos los ojos y que ganaba todos los corazones».
Tenía entonces diecisiete años. Resulta sorprendente su éxito si tenemos en cuenta que aquella era una de sus primeras representaciones. Hacía sólo unos meses que había debutado en Londres en el Teatro del Rey, precisamente con El barbero de Sevilla, y aunque conociese muy bien el papel de Rosina por haberlo interpretado con anterioridad, su experiencia en el escenario era mínima, pero también es cierto que ella estaba acostumbrada a él, ya que desde muy niña acompañaba a sus padres en todas las representaciones.

Manuel García se dio cuenta muy pronto del talento de su hija y se dedicó a educarle la voz y a darle clases de canto. María estudió piano con el compositor Herold y solfeo con Auguste-Mathieu Panseron. Con el deseo de que su formación fuese más completa su padre la envió a un colegio inglés. Después de un tiempo en Inglaterra regresó al hogar paterno convertida en una hermosa mujer, con una acusada personalidad y un carácter muy independiente que provocará continuos enfrentamientos con su dominante padre.
En Nueva York, María Felicia se enamora de un poeta al que su padre rechaza. María aceptó la decisión paterna, pero sabe que en la siguiente ocasión que se le presente se casará sin decírselo a nadie. Lo hizo con un banquero llamado Malibrán. El matrimonio resultó un desastre. Él deseaba el dinero que ella ganaba y María probablemente quería liberarse de la dictadura paterna. Al poco de casarse, su marido sucumbió a los celos prohibiéndole cantar. A pesar de ello, María siguió a su lado esperando el momento oportuno para dejarlo. La solución se presentó cuando su esposo fue encarcelado por estafa y bancarrota. Entonces María volvió a cantar por pura necesidad, pues debía pagar las deudas. Consiguió actuaciones en algunos conciertos y recitales. Sólo después de arreglar las cuentas se embarcó para Europa.
En 1828 está de nuevo en París. Regresa a los escenarios con el papel de reina en la ópera Semiramide. Pronto consigue la portada de los diarios y revistas especializadas, que empiezan a referirse a ella como la Malibrán. A pesar de su triunfo, el enfrentamiento con Henriette Sontag fue inevitable desde un comienzo y si bien la Malibrán poseía claras ventajas sobre la soprano, tanto público como críticos se dividieron en opiniones. Cuentan la anécdota que a la Malibrán le desesperaba la hermosura de la voz más convencional y menos extensa de la Sontag, tanto que entre lágrimas se preguntaba: "¿ Por qué tiene que cantar tan bien?". La rivalidad entre ambas terminó una noche en que se presentaban en Semiramide de Rossini, tras finalizar el dúo "Alle più care immagini" ambas cantantes se abrazaron fraternalmente extasiadas la una de la otra por la manera suprema de cantar y ornamentar. Gracias a esta amistad el público parisino pudo disfrutar de ambas cantantes combinadas en la misma ópera.
En Nueva York, María Felicia se enamora de un poeta al que su padre rechaza. María aceptó la decisión paterna, pero sabe que en la siguiente ocasión que se le presente se casará sin decírselo a nadie. Lo hizo con un banquero llamado Malibrán. El matrimonio resultó un desastre. Él deseaba el dinero que ella ganaba y María probablemente quería liberarse de la dictadura paterna. Al poco de casarse, su marido sucumbió a los celos prohibiéndole cantar. A pesar de ello, María siguió a su lado esperando el momento oportuno para dejarlo. La solución se presentó cuando su esposo fue encarcelado por estafa y bancarrota. Entonces María volvió a cantar por pura necesidad, pues debía pagar las deudas. Consiguió actuaciones en algunos conciertos y recitales. Sólo después de arreglar las cuentas se embarcó para Europa.
En 1828 está de nuevo en París. Regresa a los escenarios con el papel de reina en la ópera Semiramide. Pronto consigue la portada de los diarios y revistas especializadas, que empiezan a referirse a ella como la Malibrán. A pesar de su triunfo, el enfrentamiento con Henriette Sontag fue inevitable desde un comienzo y si bien la Malibrán poseía claras ventajas sobre la soprano, tanto público como críticos se dividieron en opiniones. Cuentan la anécdota que a la Malibrán le desesperaba la hermosura de la voz más convencional y menos extensa de la Sontag, tanto que entre lágrimas se preguntaba: "¿ Por qué tiene que cantar tan bien?". La rivalidad entre ambas terminó una noche en que se presentaban en Semiramide de Rossini, tras finalizar el dúo "Alle più care immagini" ambas cantantes se abrazaron fraternalmente extasiadas la una de la otra por la manera suprema de cantar y ornamentar. Gracias a esta amistad el público parisino pudo disfrutar de ambas cantantes combinadas en la misma ópera.

El éxito en París no fue solamente como cantante. La Malibrán se convirtió en el símbolo de una nueva generación de artistas románticos y juventud progresista. A su situación de mujer separada y autosuficiente, se sumaba su calidad como artista que reunía una figura bellísima, morena y símbolo absoluto de lo hispánico, una cantante extraordinaria con una músico consumada y además un talento dramático fuera de lo común en las cantantes de la época. En resumen se convirtió en el símbolo máximo del romanticismo.
Dicen que Rossini, muy amigo de la familia García Sitjes, le ofreció 100.000 francos anuales por un contrato de cuatro años en la ópera de París. María Felicia lo rechazó. Estaba segura de su éxito en cualquier escenario y no deseaba sujetarse a un solo público. La Malibrán era una auténtica diva. Y como tal se permitía elegir la ópera que iba a representar. Sus biógrafos cuentan que en una ocasión la contrataron para cantar en la Scala de Milán y cuando el director le consultó qué obra deseaba interpretar, ella, que era especialista en Rossini, eligió Norma. Aquella decisión no tendría mayor importancia si Norma no fuese la ópera que siempre había interpretado en la Scala, Giuditta Pasta, diva italiana contemporánea en quien Bellini había pensado al crear aquella obra. Parece ser que el director se negó ante lo que sin duda era un desafío por parte de María, pero al final, aunque con miedo, aceptó el reto.
La noche del estreno de Norma en la Scala, la Pasta acudió al teatro en un intento de poner nerviosa a la Malibrán. La Pasta sabía que aquel era su público y buscaba su reacción. Deseaba que la viesen y que rechazasen a aquella intrusa que se atrevía a interpretar un papel que era suyo. En cierta medida, la Pasta consiguió su objetivo. Al comienzo de la representación los espectadores se encontraban totalmente fríos. La Malibrán estuvo magistral, a ella no le afectó en absoluto la presencia de la Pasta. Al final de la representación la actitud del público era totalmente distinta, y aunque se escuchaba algún que otro abucheo la mayoría aplaudía entusiasmada.
Dicen que Rossini, muy amigo de la familia García Sitjes, le ofreció 100.000 francos anuales por un contrato de cuatro años en la ópera de París. María Felicia lo rechazó. Estaba segura de su éxito en cualquier escenario y no deseaba sujetarse a un solo público. La Malibrán era una auténtica diva. Y como tal se permitía elegir la ópera que iba a representar. Sus biógrafos cuentan que en una ocasión la contrataron para cantar en la Scala de Milán y cuando el director le consultó qué obra deseaba interpretar, ella, que era especialista en Rossini, eligió Norma. Aquella decisión no tendría mayor importancia si Norma no fuese la ópera que siempre había interpretado en la Scala, Giuditta Pasta, diva italiana contemporánea en quien Bellini había pensado al crear aquella obra. Parece ser que el director se negó ante lo que sin duda era un desafío por parte de María, pero al final, aunque con miedo, aceptó el reto.
La noche del estreno de Norma en la Scala, la Pasta acudió al teatro en un intento de poner nerviosa a la Malibrán. La Pasta sabía que aquel era su público y buscaba su reacción. Deseaba que la viesen y que rechazasen a aquella intrusa que se atrevía a interpretar un papel que era suyo. En cierta medida, la Pasta consiguió su objetivo. Al comienzo de la representación los espectadores se encontraban totalmente fríos. La Malibrán estuvo magistral, a ella no le afectó en absoluto la presencia de la Pasta. Al final de la representación la actitud del público era totalmente distinta, y aunque se escuchaba algún que otro abucheo la mayoría aplaudía entusiasmada.

Al día siguiente la Pasta volvió a la Scala, pero todos se olvidaron de su presencia. La Malibrán los había conquistado. Fue tal el éxito y el calor de los asistentes a la segunda representación de Norma, que a la salida de la Scala, los espectadores, emocionados, desengancharon los caballos del carruaje que debía llevar a la Malibrán al hotel y ellos mismos los sustituyeron. La Malibrán había vencido a la Pasta, ella era la auténtica diva.
Además de su belleza, de su voz, de sus dotes escénicas, se preocupaba de la escenografía y del vestuario de las óperas que interpretaba. Ella misma diseñaba algunas veces los trajes que utilizaría en escena y encargaba siempre un estudio del ambiente y costumbres de la época en que se desarrollaba la historia para poder contar con una decoración adecuada. La Malibrán amaba su trabajo y el público lo notaba, y se lo agradecía considerándola la mejor.
Desde su regreso de Nueva York, la Malibrán es la diva indiscutible. Año tras año se suceden los éxitos. Su presencia en el escenario despierta pasiones y son muchos los hombres que darían todo lo que tienen por conseguir su favor. Se dijo que el marqués de Lafayette sucumbió a sus encantos. Lo cierto es que llegará un momento en que el marqués consiga para María Felicia algo impensable en aquel tiempo.
Continuará ...
Fuentes:
ALVAREZ,MARÍA TERESA. Ellas mismas, Mujeres que han hecho historia contra viento y marea. La Esfera de los libros S.L. 2003
http://es.wikipedia.org/wiki/Mar%C3%ADa_Malibr%C3%A1n
Además de su belleza, de su voz, de sus dotes escénicas, se preocupaba de la escenografía y del vestuario de las óperas que interpretaba. Ella misma diseñaba algunas veces los trajes que utilizaría en escena y encargaba siempre un estudio del ambiente y costumbres de la época en que se desarrollaba la historia para poder contar con una decoración adecuada. La Malibrán amaba su trabajo y el público lo notaba, y se lo agradecía considerándola la mejor.
Desde su regreso de Nueva York, la Malibrán es la diva indiscutible. Año tras año se suceden los éxitos. Su presencia en el escenario despierta pasiones y son muchos los hombres que darían todo lo que tienen por conseguir su favor. Se dijo que el marqués de Lafayette sucumbió a sus encantos. Lo cierto es que llegará un momento en que el marqués consiga para María Felicia algo impensable en aquel tiempo.
Continuará ...
Fuentes:
ALVAREZ,MARÍA TERESA. Ellas mismas, Mujeres que han hecho historia contra viento y marea. La Esfera de los libros S.L. 2003
http://es.wikipedia.org/wiki/Mar%C3%ADa_Malibr%C3%A1n

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