Retablo de la Inmaculada del Convento de Santa María de Jesús, Sevilla
En principio, la pareja permaneció algunos años en Sevilla. Convertida ahora en competidora de su padre, la Roldana consiguió algunos encargos no muy importantes, procedentes de diversas iglesias y cofradías. Fue entonces cuando empezó a desarrollar su técnica personal, la que la convirtió en una artista singular dentro del panorama escultórico del momento: comenzó a trabajar con barro, un material que gozaba de poco prestigio, pues era considerado «pobre», propio de la artesanía popular y sin ningún valor artístico. Ella logró, sin embargo, ponerlo de moda en los círculos eclesiásticos y nobiliarios de Sevilla y de Madrid. Luisa aprendió a manipular la tierra y a darle el punto de cocción justo para hacer desaparecer su aspecto rústico. En barro ejecutó numerosos pequeños grupos de figuras llenas de encanto y expresividad, que hoy en día están presentes en las colecciones de museos o particulares de diversos países. No obstante, nunca abandonó la talla de madera, que la mantenía ligada a la mejor tradición del barroco español y, en particular, a su propio padre.
Su fama iba extendiéndose poco a poco, hasta convertirla en una artista capaz de competir con sus rivales masculinos. En 1686, cuando tenía tan sólo veinticuatro años, fue contratada por el cabildo de la catedral de Cádiz para realizar varios encargos importantes, de aquellos que solían disputarse los hombres de más prestigio y los que gozaban de más contactos. La escultora ejecutó allí las tallas de los patriarcas y los ángeles del nuevo monumento del templo, y también las de los santos patronos de la ciudad.
Su fama iba extendiéndose poco a poco, hasta convertirla en una artista capaz de competir con sus rivales masculinos. En 1686, cuando tenía tan sólo veinticuatro años, fue contratada por el cabildo de la catedral de Cádiz para realizar varios encargos importantes, de aquellos que solían disputarse los hombres de más prestigio y los que gozaban de más contactos. La escultora ejecutó allí las tallas de los patriarcas y los ángeles del nuevo monumento del templo, y también las de los santos patronos de la ciudad.
Prioral Nazareno. Iglesia Mayor, Puerto de Santa María, Cádiz
Al terminar esas obras, la Roldana y su familia se trasladaron a Madrid. Corría el año 1688, y semejante decisión ponía sin duda de relieve la profunda seguridad en sí misma que debía de sentir: la corte ofrecía, por supuesto, muchas posibilidades para un artista, pero también significaba, en su caso particular, alejarse del mundo conocido y protector de Andalucía, exponerse a la falta de clientela y someterse, además, a intensas luchas con los muchos rivales que trataban de hacerse un hueco entre la clientela de la capital de los reinos de España. Ella parecía sin embargo dispuesta a hacer frente a todos los riesgos con tal de triunfar.
Durante los primeros cuatro años de su estancia en Madrid, su nombre empezó a ponerse de moda entre los miembros de la nobleza, que comenzaron a adquirir sus grupos de barro para decorar los oratorios y las capillas de sus palacios. Ascendiendo poco a poco en el círculo de los artistas cercanos a la corte, en 1692 Luisa Roldán obtuvo un privilegio reservado a muy pocos, uno de los máximos honores que podía recibir un creador: fue nombrada escultora de cámara del rey Carlos II. Ninguna otra mujer antes o después de ella —con la excepción de Sofonisba Anguissola— llegó a gozar nunca en España de semejante consideración. Desde entonces, la Roldana ejecutaba por encargo del monarca obras en barro o en madera para sus palacios y residencias, para las iglesias y conventos de su devoción, para los monarcas de otros Estados y hasta para el propio Papa. Merece la pena destacar que el monarca, además de distinguir a Luisa Roldán como escultora de cámara, creía de verdad en ella y consideraba que su trabajo era excelente.
Durante los primeros cuatro años de su estancia en Madrid, su nombre empezó a ponerse de moda entre los miembros de la nobleza, que comenzaron a adquirir sus grupos de barro para decorar los oratorios y las capillas de sus palacios. Ascendiendo poco a poco en el círculo de los artistas cercanos a la corte, en 1692 Luisa Roldán obtuvo un privilegio reservado a muy pocos, uno de los máximos honores que podía recibir un creador: fue nombrada escultora de cámara del rey Carlos II. Ninguna otra mujer antes o después de ella —con la excepción de Sofonisba Anguissola— llegó a gozar nunca en España de semejante consideración. Desde entonces, la Roldana ejecutaba por encargo del monarca obras en barro o en madera para sus palacios y residencias, para las iglesias y conventos de su devoción, para los monarcas de otros Estados y hasta para el propio Papa. Merece la pena destacar que el monarca, además de distinguir a Luisa Roldán como escultora de cámara, creía de verdad en ella y consideraba que su trabajo era excelente.
La Soledad
Pero la corte de aquel pobre enfermo que fue Carlos II el Hechizado apenas se parecía ya al mundo de los Austrias anteriores, ávidos de coleccionar obras de arte y dispuestos a tratar a los creadores con respeto, cuando no con generosidad. El Alcázar madrileño era ahora un lugar polvoriento, cada vez más tenebroso, asolado por las enfermedades del rey y por su incapacidad para engendrar descendientes y sometido a la angustia de una insalvable crisis económica y de gobierno que acabaría por enterrar definitivamente los restos del antiguo esplendor del Imperio español. Las arcas de la Hacienda pública carecían de dinero. El rey carecía de dinero. Los nobles carecían de dinero. El pueblo pasaba hambre.
Luisa Roldán sólo fue una de las muchísimas víctimas de aquella situación. Muy a menudo, los nobles que adquirían sus obras no llegaban a pagarle. Y en los ocho años que estuvo al servicio de Carlos II, apenas recibió dinero. Parece que los pagos se demoraban y frecuentemente la Real Hacienda no pagaba. Lo cierto es que la Roldana pasó graves apuros económicos en aquellos años. A juzgar por sus patéticas peticiones, debió de vivir incluso rozando la miseria. Una y otra vez la escultora escribía a los altos personajes de la corte, y en particular a la reina Mariana de Neoburgo, solicitando ayudas que le resultaban imprescindibles para sobrevivir. Más tarde le pide una de las habitaciones vacías del edificio del Tesoro para poder instalarse en ella, pues su pobreza no le permite pagarse un alojamiento. E incluso llega a suplicar que le concedan alguna «ración en especies» para poder alimentar a sus dos hijos, un niño y una niña, los únicos que le sobrevivieron de los seis que tuvo.
Luisa Roldán sólo fue una de las muchísimas víctimas de aquella situación. Muy a menudo, los nobles que adquirían sus obras no llegaban a pagarle. Y en los ocho años que estuvo al servicio de Carlos II, apenas recibió dinero. Parece que los pagos se demoraban y frecuentemente la Real Hacienda no pagaba. Lo cierto es que la Roldana pasó graves apuros económicos en aquellos años. A juzgar por sus patéticas peticiones, debió de vivir incluso rozando la miseria. Una y otra vez la escultora escribía a los altos personajes de la corte, y en particular a la reina Mariana de Neoburgo, solicitando ayudas que le resultaban imprescindibles para sobrevivir. Más tarde le pide una de las habitaciones vacías del edificio del Tesoro para poder instalarse en ella, pues su pobreza no le permite pagarse un alojamiento. E incluso llega a suplicar que le concedan alguna «ración en especies» para poder alimentar a sus dos hijos, un niño y una niña, los únicos que le sobrevivieron de los seis que tuvo.
Jesús con San Juanito
Al cabo de tantas peticiones, se le concedió lo que parecía razonable, es decir, un salario anual con efectos retroactivos. Pero el condestable de Castilla, encargado de proporcionárselo, se negó a hacerlo a menos que el rey le dijera expresamente de dónde debía sacar ese dinero. No hubo manera de encontrarlo en ningún lado. La escasez de las arcas era desde luego sobrecogedora. Y la falta de apoyos y recursos de la pobre Luisa Roldán, a pesar de su prestigio, no lo era menos. Entretanto, ¿qué hacía su esposo?. Tan sólo consta que solicitó un puesto de criado en la corte que le fue denegado, aunque terminó por concedérsele algún tiempo después. No es extraño que ante la difícil situación familiar el carácter de Luisa experimentara ciertos cambios de humor. Muchos expertos en su obra han visto reflejada en la misma estas mudanzas de carácter, que podían oscilar entre la más profunda tristeza y la alegría desbordante. Parece seguro que Luisa Roldán sufría desajustes emocionales.
A pesar de esa durísima situación, Luisa ni por un momento parece haberse planteado volver a Sevilla, cobijarse de la pobreza al amparo de su padre, cuyo taller se había convertido en el más importante de la ciudad y uno de los más destacados de toda España, una verdadera empresa que hizo de Pedro Roldán un hombre rico y enormemente influyente en los ámbitos artísticos. En su testamento fechado en 1689 —aunque no falleció hasta diez años más tarde—, el escultor incluía a su hija como heredera. Es evidente pues que la había perdonado por su huida y que probablemente la hubiera acogido de nuevo entre los suyos. Pero ella permaneció en Madrid, pasando necesidades y hasta hambre. ¿Fue una defensa a ultranza de su independencia artística o, simplemente, una cabezonería de mujer orgullosa y testaruda? .
A pesar de esa durísima situación, Luisa ni por un momento parece haberse planteado volver a Sevilla, cobijarse de la pobreza al amparo de su padre, cuyo taller se había convertido en el más importante de la ciudad y uno de los más destacados de toda España, una verdadera empresa que hizo de Pedro Roldán un hombre rico y enormemente influyente en los ámbitos artísticos. En su testamento fechado en 1689 —aunque no falleció hasta diez años más tarde—, el escultor incluía a su hija como heredera. Es evidente pues que la había perdonado por su huida y que probablemente la hubiera acogido de nuevo entre los suyos. Pero ella permaneció en Madrid, pasando necesidades y hasta hambre. ¿Fue una defensa a ultranza de su independencia artística o, simplemente, una cabezonería de mujer orgullosa y testaruda? .
Descanso en la huida a Egipto
El rey hechizado fallecía en 1700, sin descendencia ni herederos cercanos. Terminaba así el largo reinado de los Austrias en las tierras de España y comenzaba la guerra de Sucesión, que enfrentaría a los partidarios del duque de Anjou —nombrado sucesor por Carlos II antes de su muerte— con los defensores del archiduque Carlos de Habsburgo. En abril de 1701, el duque de Anjou entró en Madrid y fue proclamado rey como Felipe V, el primer rey de la casa de Borbón en el trono de España. Para entonces, hacía dos años que Pedro Roldán había muerto pero, por alguna razón que ignoramos, probablemente de tipo legal, su hija no había recibido aún nada de su herencia.
En situación desesperada, Luisa Roldán le presentó al monarca unos días después de su coronación dos obras, un Nacimiento y un Entierro de Cristo, junto con la petición para ser nombrada de nuevo escultora de cámara. Aunque, esta vez, la pobre mujer ponía por delante ciertas condiciones, solicitando no dinero, pero sí una casa para vivir y una «ración» [alimentos] suficiente para toda su familia. En su carta, la escultora informaba al nuevo rey de que podía trabajar la madera, el barro, el bronce, la plata y cualquier otro material que se le propusiera: por mucha hambre que pasara, la Roldana seguía mostrándose segura de su talento y su formación.
Es probable que esa primera petición no recibiera respuesta, pues volvió a enviar dos cartas más, explicando en ellas los trabajos que había realizado para el monarca difunto. A pesar de que algunos altos personajes como el marqués de Villafranca le dieron a Felipe V opiniones no demasiado favorables sobre su trabajo, considerando que sólo tenía habilidad en las modestas «hechuras de tierra», el rey terminó por concederle de nuevo el cargo a finales de 1701. Luisa Roldán falleció en Madrid cuando discurría el año 1704, a los cincuenta y dos años, envejecida y pobre, pero acaso ferozmente orgullosa de la tenaz defensa de su autonomía. Una mujer que soportó todo para seguir dedicándose a aquello en lo que creía y le hacía feliz.
En situación desesperada, Luisa Roldán le presentó al monarca unos días después de su coronación dos obras, un Nacimiento y un Entierro de Cristo, junto con la petición para ser nombrada de nuevo escultora de cámara. Aunque, esta vez, la pobre mujer ponía por delante ciertas condiciones, solicitando no dinero, pero sí una casa para vivir y una «ración» [alimentos] suficiente para toda su familia. En su carta, la escultora informaba al nuevo rey de que podía trabajar la madera, el barro, el bronce, la plata y cualquier otro material que se le propusiera: por mucha hambre que pasara, la Roldana seguía mostrándose segura de su talento y su formación.
Es probable que esa primera petición no recibiera respuesta, pues volvió a enviar dos cartas más, explicando en ellas los trabajos que había realizado para el monarca difunto. A pesar de que algunos altos personajes como el marqués de Villafranca le dieron a Felipe V opiniones no demasiado favorables sobre su trabajo, considerando que sólo tenía habilidad en las modestas «hechuras de tierra», el rey terminó por concederle de nuevo el cargo a finales de 1701. Luisa Roldán falleció en Madrid cuando discurría el año 1704, a los cincuenta y dos años, envejecida y pobre, pero acaso ferozmente orgullosa de la tenaz defensa de su autonomía. Una mujer que soportó todo para seguir dedicándose a aquello en lo que creía y le hacía feliz.
Fuentes:
ALVAREZ,MARÍA TERESA. Ellas mismas, Mujeres que han hecho historia contra viento y marea. La Esfera de los libros S.L. 2003
CASO, ANGELES. Las Olvidadas. 2005 Editorial Planeta
http://www.foroxerbar.com/viewtopic.php?t=6248





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