viernes, 6 de abril de 2012

LUISA ROLDÁN, Escultora de cámara ( I )


Es curioso lo alejadas que han permanecido las mujeres a lo largo de la historia del mundo de la escultura. Antes del siglo XIX, tan sólo conocemos hoy por hoy los nombres de dos escultoras: Properzia de Rossi y Luisa Roldán. El caso de esta última —conocida como la Roldana— fue pues realmente excepcional en la historia. Y lo fue además no sólo por su rara actividad, sino también por el extraordinario rango que llegó a adquirir como escultora de cámara de Carlos II, el último rey de la Casa de Austria, y de Felipe V, el primer Borbón en el trono de España. Ella triunfó, además, en una época en la cual, de entre las mujeres españolas, apenas aparecen figuras que destaquen con fuerza en las artes plásticas.

Hubo un pequeño grupo de hijas o esposas de pintores que a lo largo del XVII colaboraron con ellos y llegaron incluso a desarrollar su propia obra, pero lo cierto es que ninguna de ellas ha dejado más que un levísimo rastro en la historia: María Blanca de Ribera, hija de José de Ribera; Jesualda Sánchez, que tuvo su propio taller en Valencia; Josefa de Ayala o de Obidos, que trabajó como pintora y grabadora en esa ciudad portuguesa; María Eugenia de Beer, importante grabadora con taller propio en Madrid, o María de la Concepción Valdés, hija del gran pintor sevillano Valdés Leal, son las únicas mujeres artistas cuyo desvaído recuerdo nos llega desde el riquísimo período del arte barroco español.


Los primeros pasos de Jesús por Luisa Roldán



La historia de Luisa Roldán comienza como la mayor parte de las historias de las mujeres artistas: érase una vez una niña que aprendió de su padre a tallar la madera. Pero, en su caso, la rebeldía y el ansia de desarrollar por sí misma su talento la llevarían para siempre muy lejos de él. Cuando Luisa Ignacia nació en 1652, Pedro Roldán era uno de los escultores más prometedores de la importante escuela sevillana. Aunque sumida ya en la crisis que arrastró a todo el Imperio español, Sevilla era aún a mediados del XVII la ciudad más poblada, activa y bulliciosa de la Corona de Castilla. Pintores y escultores aprovechaban el empuje de la Iglesia postrentina, el flujo de riquezas y de encargos provenientes de América y la constante afluencia de visitantes para instalar talleres que recibían peticiones incesantes y en los que florecía, en aquella mitad del siglo, el talento inigualable de Zurbarán, Murillo, Valdés Leal o Alonso Cano. Y el del escultor Pedro Roldán, emigrado desde Granada, cuyo negocio de tallas religiosas iba creciendo constantemente desde su llegada a la ciudad en 1647. Tanto, que los ocho hijos del matrimonio de Roldán y Teresa de Mena se acostumbraron desde pequeños a ayudar al padre. Los niños y las niñas.

Es seguro que al menos tres de las hijas trabajaron habitualmente: la propia Luisa y también María y Francisca, aunque las dos últimas permanecerían siempre bajo la égida paterna, limitándose a ayudar al cabeza de familia. Lo mismo hicieron por supuesto los hijos varones, que lograron mantener el taller tras la muerte del padre, aunque ninguno de ellos llegó a poseer ni el talento ni la vocación que Luisa demostró desde pequeña. Ella no se conformó con ocuparse de la policromía que debía dar verosimilitud a aquellos Cristos, Vírgenes o Santos representados en madera, sino que enseguida comenzó a diseñar por sí misma y a tallar, una actividad sin duda poco «femenina», pues obligaba a manejar con brusquedad escoplos, martillos, sierras y escarpelos, a dar golpes, hacer ruido, llenarse de polvo y lastimarse los dedos. Quizás, en la expresión de esa energía física, la Roldana daba también salida a su propia energía mental, la que la llevaría enseguida a rebelarse contra el dominio de su padre.


La educación de la Virgen por Luisa Roldán



No sabemos qué sentía Pedro Roldán ante el paulatino desarrollo del talento de su hija. ¿Veía en ella una posible competidora, una criatura que se alzaba por sí misma más allá de su poder y que podría acabar arrebatándole importantes encargos y clientes? ¿O consideraba, por el contrario, que ella era la garantía —anormal garantía, por supuesto— de la continuidad del taller? Algo extraño debía de haber desde luego en aquella relación padre-hija, porque extrañas fueron las circunstancias que acompañaron el matrimonio de Luisa y su posterior independencia.

Todas las muchachas Roldán se casaron, fieles a la vieja tradición, con ayudantes del negocio familiar. Tanto ellas como sus maridos siguieron colaborando obedientemente con el padre, protegidas así de cualquier riesgo que el deseo de independencia hubiera podido suponerles. Todas, salvo Luisa Ignacia, quien contrajo matrimonio en contra de la voluntad paterna, una anomalía más de aquella mujer de vida anómala. Y sin embargo, su marido, Luis Antonio de los Arcos, era otro de los asistentes de Pedro Roldán, igual que las parejas elegidas para sus hermanas. ¿Cuál fue entonces la razón por la cual él se negó de manera contumaz a consentir aquella boda? Tan sólo podemos hacer suposiciones al respecto. Quizá sospechara que Luis Antonio alejaría a Luisa de su taller, privándole así a él de su continuadora. O quizá, simplemente, no le gustaba el carácter del novio. De haber sido ése el motivo, el paso del tiempo parece haberle dado la razón: vistas las posteriores dificultades económicas de la pareja y las constantes inquietudes de la escultora, da la sensación de que su marido fue un hombre cuando menos abúlico.



Virgen Peregrina por Luisa Roldán



No sabemos si Luisa se enamoró realmente o si él fue su camino para lograr la autonomía, pero se conservan documentos que demuestran que estaba decidida a oponerse a su padre a toda costa y a disponer de su vida a su manera. En 1671, cuando tenía diecinueve años, llevó incluso el asunto de su boda ante los tribunales de justicia. En el mes de diciembre de ese año, por mandato judicial, la joven salió de la casa de sus padres y fue depositada en el hogar de un amigo de la familia, donde permaneció unos días, hasta la celebración del matrimonio.

El procurador de los tribunales eclesiásticos de Sevilla se presentó ante el juez de la iglesia para decirle en nombre de Luis Antonio de los Arcos que quería contraer matrimonio con Luisa Roldán, hija de Pedro Roldán, con la que «había tratado de requiebro de dos años a esta parte», dándose palabra de casamiento el uno al otro. Y para que todo marchara por cauces legales, pidieron al citado juez de la iglesia que mandase al alguacil mayor del Arzobispado para que sacara a Luisa Roldán y la llevara a su presencia para preguntarle si efectivamente conocía a Luis Antonio y le había dado palabra de casamiento.

La joven fue llevada por el alguacil al Arzobispado, donde declaró que, efectivamente, ella y Antonio, se habían dado mutuamente palabra de casamiento, que no habían cumplido aún por oponerse a ello su padre. Al día siguiente fue el pretendiente quien declaró. De hecho, era el único modo de que ambos se casaran legalmente, según la ley y por la Iglesia, sin despertar habladurías de la gente y como correspondía a personas creyentes y practicantes de la religión católica. Por fin, a finales del mes de diciembre se casaron en Sevilla.


Arcángel San Miguel aplastando al diablo por Luisa Roldán



Fuera como fuese, la boda supuso para Luisa Roldán la inmediata independencia de la tutela personal y artística de su padre. Desde entonces, ella sería la jefa de su propio taller y también la cabeza visible de la familia, para bien y para mal. Luis Antonio se convirtió en su ayudante, el hombre que se limitaba a estofar y dorar las obras de su esposa. ¿Era eso lo que él esperaba de su matrimonio o acaso aspiraba a la situación opuesta, él el escultor, ella la asistente? ¿Hubo celos profesionales por su parte hacia aquella mujer que triunfaba mucho más allá de lo imaginable? Ignoramos todas esas circunstancias de su vida, aunque parece que no fue un matrimonio muy bien avenido. La tradición cuenta incluso que en la talla del Arcángel San Miguel que Luisa realizó en 1692 para el monasterio de El Escorial, le puso al santo su propia cara y dio en cambio la de su marido al demonio que se debate a sus pies.


Fuentes:
ALVAREZ,MARÍA TERESA. Ellas mismas, Mujeres que han hecho historia contra viento y marea. La Esfera de los libros S.L. 2003
CASO, ANGELES. Las Olvidadas. 2005 Editorial Planeta
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