lunes, 23 de abril de 2012

JANE DORMER, Duquesa de Feria ( I )



EL CONDE DE FERIA

Don Gómez Suárez de Figueroa había nacido en Badajoz en 1514 y como segundo hijo de Lorenzo III Suárez de Figueroa y Catalina Fernández de Córdoba, condes de Feria y marqueses de Priego, inició su carrera en la diplomacia, y al que vemos a mediados de siglo como embajador de Carlos V en Génova. En 1552 hereda el título de conde de Feria por la muerte de su hermano mayor, sin sucesión masculina. Pero, en vez de enriscarse en su nuevo señorío, como tantos otros miembros de la alta nobleza castellana, se mantiene ya en el servicio de la corte. Soltero en esa fecha, intentaron casarlo con su sobrina Catalina, marquesa de Priego e hija del fallecido hermano, para así asegurar la unión de las casa de Feria y Priego. Firmado el compromiso, había que esperar hasta la mayoría de edad de la novia, porque su corta edad obligaba a un aplazamiento del matrimonio.


LADY JANE DORMER


Lady Jane Dormer había nacido el 6 de enero de 1538 en Heythorp (Oxfordshire). Sus padres fueron sir William Dormer, miembro del Parlamento inglés, y Mary Sidney, que murió muy joven. Por lo que la pequeña Jane fue criada por sus abuelos paternos en Ashridge. En sus primeros años fue compañera de juegos del príncipe Eduardo, muy aficionado a ella, ya que su abuelo, sir Robert Dormer, era tutor del joven heredero de la Corona. El ambiente familiar profundamente católico, pero profesado en privado, la unió a la princesa María. Cuando ésta accedió al trono en 1553, tras la muerte de su hermano Eduardo VI, lady Jane ocupó un puesto influyente en la corte de Londres como dama de honor de la reina María, a pesar de su juventud.




EL CONDE Y LA DAMA


En 1554 el conde de Feria viajó a Inglaterra formando parte del séquito de cortesanos que acompañaban al príncipe Felipe para asistir a su boda con la reina María Tudor. El que fuese uno de los pocos españoles que hablaba inglés, propiciará su permanencia en la corte de Londres como embajador real. Y en la corte inglesa conoce y se enamora de la joven y bella Jane Dormer, que era la dama de mayor confianza de la reina. Estaba con ella en sus insomnios y a menudo dormía en su cámara, leían los oficios litúrgicos juntas y era Jane la que cuidaba de “ las joyas de todos los días ” y otros ornamentos valiosos. Cuando comía, Jane le cortaba la carne, y aunque la asediaban numerosos pretendientes, la reina insistía en que ninguno la merecía y no la dejaba casar. En realidad propiciaba su enlace con el conde de Feria.

La delicada belleza de Jane le hizo olvidar al conde a la prometida que le esperaba en tierras extremeñas. Por supuesto que su nuevo compromiso encontró el cordial apoyo de la reina María, gozosa de que su dama preferida desposara con el noble español. En cambio, la madre del conde se opuso, tratando de evitarla, y no sólo porque la novia inglesa desbarataba sus proyectos para su hijo, sino también porque temía que influyera negativamente sobre su formación religiosa. Se decían demasiadas cosas de aquella Inglaterra para que doña Catalina estuviese tranquila con la noticia de que su hijo iba a desposar a una noble de aquella corte. Y ello hasta el punto de consultar con el padre Laínez, quien hubo de sacarla de sus temores, porque lo cierto es que Jane Dormer era una mujer de carácter dulcísimo. De ella diría don Álvaro de la Quadra, que había sido su huésped en Londres durante medio año:  … cierto, es muy gentil señora y de muy santas costumbres … 



En 1558, la reina María, mortalmente enferma, se encontraba bajo el cuidado inmediato, constante, celosísimo y con ternuras filiales de Jane Dormer, que apenas se separó un instante de su cabecera desde finales de agosto, momento en que la reina guardó cama definitivamente. En vísperas del traslado de la corte a Londres, había enfermado Jane y la reina la envió a la capital por delante, en su propia litera y acompañada de uno de sus médicos; “ tuvo gran cuidado y preocupación por ella, más como su madre o hermana que como su reina y señora”. Cuando llega la reina a St James, su gran amiga, ya restablecida, la esperará al pie de la escalera para reanudar con ella sus servicios filiales.

Se puede decir que la inminente boda de esta dama con el conde de Feria constituyó para la reina María el único motivo de alegría durante su enfermedad. El conde de Feria, “ el más perfecto caballero ”, gozaba de gran favor con la reina. María insistía en favorecer al futuro matrimonio con dones y posesiones semejantes al afecto que les profesaba, pero era tal la penuria de la Corona que no podía concedérselos. Al principio le pidió a Jane que retrasara su matrimonio hasta que Felipe regresara a Inglaterra- tan ansiosa se hallaba de que volviera- para mayor lustre del enlace. Cuando se le agrave el mal se lamentará de no poder asistir o siquiera ver la ceremonia.

La reina María en su lecho de muerte encarga a Jane Dormer la misión de entregarle a su hermana y heredera Isabel Tudor sus joyas privadas y otros recuerdos familiares como despedida. La envía para pedirle encarecidamente que cuide de sus criados, pague sus deudas y, sobre todo, que continúe fiel a la religión católica. Ruega también a su fiel dama que, en unión de sus doncellas, la amortaje con el hábito pardo de las religiosas benedictinas y le ponga entre los dedos la cruz y el rosario. Nada de símbolos de realeza. El 17 de noviembre de 1558 cerraba sus ojos para siempre la infeliz reina.


Fuentes:
FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, MANUEL. Felipe II y su tiempo. Espasa Calpe S.A. 2006
PÉREZ MARTÍN, MARÍA JESÚS. María Tudor, La gran reina desconocida. Ediciones Rialp S.A. 2008
RUBIO MASA, JUAN CARLOS. LOS SUÁREZ DE FIGUEROA, Memorial del linaje de la casa de Feria

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