domingo, 1 de abril de 2012

APHRA BEHN, escritora y espía


El siglo XVII fue pródigo en voces femeninas de éxito que, recuperadas en tiempos recientes, han demostrado haber sido capaces de sobrevivir al paso de los siglos y al olvido o los prejuicios vertidos sobre ellas. Uno de los ejemplos más destacados es el de Aphra Behn, que triunfó como dramaturga, poeta y novelista en la Inglaterra de la Restauración, en las décadas de 1670 y 1680.

Arrastrando las críticas a su condición femenina y compitiendo de igual a igual con los hombres, Aphra Behn probó con creces que era una mujer radicalmente independiente y libre como pocas y, a la vez, ferozmente comprometida con algunas de las causas políticas de su tiempo. Su vida es misteriosa, y en su caso no sólo por el silencio que suele rodear la existencia de tantas mujeres, sino también porque a su actividad profesional como escritora se unió igualmente la de espía y activista política, lo que la convierte en un personaje tan extraño como novelesco.



Aunque su entorno solía afirmar que era de origen noble, parece más probable que Behn proviniera de las clases populares. Debió de nacer hacia 1640 en un pueblo cercano a Canterbury. Su padre era posadero o barbero, y su madre sin duda trabajaba como criada o nodriza para una familia aristocrática de la región, los Colepeper, en cuya residencia Aphra pudo haberse criado de niña. Probablemente fuera el señor Colepeper quien la indujo a trabajar como espía al servicio de la monarquía.

Eran tiempos de gran agitación política y social en Inglaterra. En 1642 estallaba la guerra civil, al levantarse el Parlamento contra Carlos I, quien se había mantenido en permanente conflicto con la asamblea representativa. Tras la victoria del ejército parlamentario en 1649, el rey fue juzgado por alta traición y ejecutado, mientras se proclamaba la república de la Commonwealth. Comenzaba así la breve etapa de gobierno del puritano Oliver Cromwell. Pero a su muerte en 1658, el hijo del anterior monarca, refugiando hasta entonces en Francia, fue coronado como Carlos II. Con él se iniciaba la época de la Restauración. Gran Bretaña volvía a ser una monarquía, aunque, tras aquella primera revolución del mundo moderno, el poder del Parlamento se mostraría en adelante inviolable.



Desde su juventud, Aphra Behn estuvo intensamente implicada en toda aquella actividad política como firme partidaria de Carlos II, para cuyos servicios secretos efectuó diversas misiones. Entre los primeros misterios de su vida, se encuentra el de su viaje a la colonia inglesa de Surinam, situada en América del Sur. Behn debió de viajar allí hacia 1662, cuando tenía probablemente veintidós años, no se sabe si en calidad de espía o, simplemente, como acompañante de alguna dama. En cualquier caso, el lugar no sólo la deslumbró por su belleza y la impresionó por la crueldad que los colonos mostraban hacia los esclavos negros, sino que le inspiró años más tarde, su mejor y más conocida novela.

Tras su regreso a Inglaterra, hacia 1665, Aphra se casó con el hombre cuyo apellido llevó desde entonces, probablemente un comerciante llamado Johann Behn. El matrimonio fue muy breve —en 1666 estaba ya viuda— y sin duda poco afortunado, a juzgar por sus constantes críticas contra esa institución y su negativa a volver a casarse.



En 1666, Aphra Behn ejercía de espía profesional. Ese año fue enviada a Holanda, desde donde mandaba sus informaciones en cartas cifradas bajo los supuestos nombres de Astrea y Celadon. Su trabajo consistía en obtener datos sobre los exiliados que trataban de conspirar contra Carlos II. Pero su estancia se vio dificultada por los problemas económicos, y parece probable que terminara por ser encarcelada debido a las muchas deudas contraídas y a la indiferencia de sus responsables en Londres, que esperaron hasta el último momento para hacerse cargo de los pagos. De regreso a Inglaterra, Behn vivió los dos años siguientes, según parece, a costa de un amante que la mantenía. Pero de pronto, en 1670, se presentó como autora en la escena londinense con su primera tragicomedia, titulada The Forc'd Marriage [El matrimonio forzoso].

No sabemos qué camino había seguido hasta llegar allí, cuál había sido su preparación ni los motivos por los cuales decidió dedicarse al teatro. Era una viuda sin recursos económicos, necesitada de sobrevivir como fuera; una mujer de vida libertina en el libertino Londres de la Restauración, que tal vez había establecido buenos contactos con el medio teatral en las largas noches de las tabernas, y que acaso se hubiera dado cuenta de que en ese ámbito podía desarrollar su talento y, además, mantenerse a sí misma sin necesidad de depender de un hombre. El teatro ofrecía en aquel momento buenas posibilidades en Londres. Tras los años de cierre de los escenarios, vividos bajo el gobierno del puritano Cromwell, los espectáculos dramáticos se habían convertido con la Restauración en los lugares de reunión favoritos del pueblo inglés. Satíricos y amorales, eran por supuesto muy criticados por las personas más estrictas.

Pero el gusto de Carlos II por el teatro, y por las artes y la diversión en general, hizo que en el entorno de la corte empezara a considerarse de buen tono asistir a los estrenos, en los que se entremezclaban gentes de todas las clases sociales. Escribir para la escena, igual que ocurría en España, era pues una actividad codiciada, ya que podía reportar buenos beneficios a quien lo lograse. Para una mujer con una fama que guardar era por supuesto un riesgo. Pero la fama de Behn se había perdido mucho tiempo atrás. Y además, ¿acaso no había corrido riesgos mayores, incluso el de su vida, durante sus misiones como espía?.


Fuera como fuese, la escritora se las arregló desde el principio para llegar muy lejos. De hecho, su primera obra fue representada por una de las compañías más importantes de la ciudad, la del Duque, dirigida por sir William Davenant, probable hijo ilegítimo del propio Shakespeare. The Forc'd Marriage no obtuvo un gran éxito. Fueron muchos además los que criticaron que una mujer se atreviese a exponerse de esa manera ante el público y, para colmo de males, cobrara por ello. Como tantas veces sucedía, para algunos aquella era una actitud propia de una meretriz y no de una dama, condena moral a la que contribuía el contenido de sus piezas, de cierto tono erótico, y por supuesto la libertad de costumbres de la autora. Pero Behn, valiente y animosa como pocas, siguió a pesar de todo adelante y llegó a estrenar más de veinte obras de teatro, algunas de ellas con gran éxito. En el prólogo que escribió en 1686 para la edición de su tragicomedia The Lucky Chance [La venturosa fortuna], se defendió de las acusaciones vertidas contra ella por su pertenencia al sexo femenino. La autora era perfectamente consciente de que la mayor parte de las críticas que se le hacían se debían a su condición de mujer y que, de haber sido hombre, sus obras habrían sido recibidas de modo muy distinto.

El de Aphra Behn es el grito de tantas intelectuales y creadoras menospreciadas por el hecho de ser mujeres. Pero, si otras muchas se rindieron a la presión, ella en cambio, a pesar de sus amenazas, no abandonó nunca la pluma. Siguió escribiendo sus excelentes obras, en las que criticaba una y otra vez muchas de las costumbres de la sociedad del momento, en especial su hipocresía y su dogmatismo religioso, comprometiéndose además de pleno en la defensa de los derechos de las mujeres, a las que solía presentar como víctimas de la voluntad y el capricho masculino, de la de sus padres, maridos o amantes. Behn practicaba la libertad en su propia vida —estableciendo relaciones con diversos hombres y quizá también con alguna mujer— y la defendía para todas sus congéneres.


Carlos II de Inglaterra


Además, a través de su obra literaria participó plenamente en la intensa vida política del momento. A lo largo del reinado de Carlos II, el Parlamento se dividió entre tories y whigs. Los primeros eran partidarios de que el sucesor del rey fuese su hermano, el católico Jacobo, duque de York. Los segundos querían alzar al trono al hijo ilegítimo —y protestante— del monarca, el duque de Monmouth. Se trataba en realidad de la defensa de dos maneras distintas de ver la vida, la primera más respetuosa con las libertades en todos los sentidos, también el moral, y la segunda mucho más estricta y pudibunda. Behn se proclamó desde el comienzo ferviente tory y, al igual que hacían la mayor parte de los autores de su tiempo, utilizó sus obras dramáticas, novelas y poemas para criticar a los whigs, creando personajes y sucesos de ficción que eran trasunto de personajes y sucesos reales, perfectamente reconocibles para sus contemporáneos. Sus mordaces poemas políticos circulaban en pliegos sueltos por las tabernas y los salones londinenses, a menudo de forma anónima, y servían para animar a los partidarios de la causa tory.

De los casi cien poemas de Aphra Behn que conocemos, muchos son de temática amorosa. Pero que nadie piense encontrar en ellos la dulce voz de una mujer enternecida. Por el contrario, la escritora utiliza a menudo para hablar del amor su registro erótico o su tono más agudamente sarcástico. A veces une erotismo y sátira, como en El desengaño, una larga y atrevida composición que narra una escena de fracaso sexual masculino.



En 1683, en uno de sus misteriosos viajes en misión secreta, Behn se trasladó a París. Es probable que allí conociera a algunos autores de novelas, un género que iniciaba su expansión por Europa y que en Inglaterra aún no se había desarrollado, al menos en su fórmula moderna. En cualquier caso, aquel contacto con la más innovadora literatura francesa supuso un estímulo importante para la escritora.

Al regresar a Londres algunos meses después y encontrarse con una escena en decadencia, en la que los encargos habían disminuido a causa de la fusión de las dos compañías más importantes, Behn tuvo que buscar otros recursos para sobrevivir. Comenzó entonces a traducir a diversos novelistas franceses y ella misma se atrevió a abordar, con gran éxito, ese nuevo género. Love-Letters Between a Nobleman and His Sister [Cartas de amor entre un caballero y su hermana] fue, en 1684, su primera novela. Aunque su tema aparente fuera la narración de los estragos que el deseo puede causar en los seres humanos —hombres y mujeres—, lo cierto es que Behn no dejó tampoco esta vez de hacer política a través de su obra: la historia se basaba en un suceso real, el escandaloso romance de un noble perteneciente a la facción whig con su propia cuñada; tras los nombres supuestos de los personajes, los ingleses podían descubrir a los auténticos protagonistas de los sucesos, criticados por su despotismo y su hipocresía.

Política fue también su novela más famosa, Oroonoko, publicada en 1688 y basada en las observaciones hechas durante su estancia en la colonia de Surinam. Firmemente comprometida con la libertad del ser humano y en contra de la tiranía, Oroonoko está considerada la primera obra antiesclavista de la literatura inglesa, en la que narra la historia de la fracasada rebelión de un príncipe africano esclavizado en ese territorio.


Jacobo II de Inglaterra


Ese mismo año de 1688, Aphra Behn debió de sufrir una gran decepción cuando Jacobo II, que había llegado al trono a la muerte de su hermano Carlos II tres años atrás, huyó a Francia. El monarca católico, apoyado firmemente hasta entonces por los tories, no fue capaz de hacer frente al ataque de las tropas del estatúder de Holanda, Guillermo III de Orange, que había sido llamado por la facción whig del Parlamento. Podemos imaginar los sentimientos de la escritora, buena parte de la lucha de toda su vida personal y profesional había sido traicionada por la actitud cobarde de Jacobo. Su salud, siempre frágil, se vio seriamente afectada. Murió poco después, el 16 de abril de 1689. Tenía cuarenta y cinco años, y una vida agitada, intensa y productiva tras de sí. Fue enterrada en la abadía de Westminster, donde sólo eran acogidos los restos de personajes de prestigio: su actividad literaria y su esforzado apoyo a la monarquía debieron de unirse para que le fuese concedido semejante privilegio.

Durante algunas décadas, sus poemas, obras dramáticas y novelas fueron reeditados en diversas ocasiones hasta mediados del siglo XVIII. A veces, según los vaivenes de la moralidad, fueron también censurados por gobiernos timoratos. Después, su obra desapareció de las librerías y las bibliotecas y, cómo no, de las historias de la literatura inglesa. Sólo Virginia Woolf, con su amor por las voces femeninas, rescató su nombre del olvido en la primera mitad del siglo XX y lo lanzó de nuevo hacia su ansiada inmortalidad.


Fuente:
CASO, ANGELES. Las Olvidadas. 2005 Editorial Planeta
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...