jueves, 19 de abril de 2012

ANA DE PISSELEU, Duquesa de Étampes ( IV )


ENFRENTAMIENTO RELIGIOSO


Dentro de la corte se habían ido formando clanes alrededor de la amante del rey, Ana de Pisseleu, y de la amante del delfín, Diana de Poitiers. La primera se interesó activamente por la Reforma protestante, mientras que la segunda detestaba el movimiento reformista. Alrededor de Diana se agrupaba el delfín Enrique, el condestable de Montmorency, la reina Leonor y los Guisa. En tanto en el grupo de Ana se hallaba Margarita de Navarra, hermana del rey, y otros personajes favorables a la propagación de las ideas reformistas. Incluso el rey, aunque católico, pertenecía a esta facción, ya que su política era tolerante con los protestantes.

Entre el 17 y 18 de octubre de 1534 tuvo lugar lo que se conoció como “el asunto de los pasquines”. Durante un día entero en las calles de París y en otras ciudades de Francia como Tours, Orleáns y Blois, los protestantes se dedicaron a pegar pasquines que atacaban la Iglesia, su liturgia y sus dogmas, y uno de esos pasquines fue fijado en la puerta del mismísimo aposento real. Aquel hecho adquirió la categoría de máxima gravedad para la Corona. El rey se enfureció y Diana de Poitiers hizo correr la voz de que había sido la duquesa de Étampes quien colocara el pasquín, pero ésta logró calmar a Francisco con sus caricias. El monarca hubiera perdonado como siempre a los protegidos de su amante, pero el Parlamento persiguió a los culpables y cuando hubo capturado a los seis implicados, ordenó quemarlos vivos.



La duquesa de Étampes y Margarita de Navarra no tardaron en convencer al rey sobre las nuevas ideas religiosas que ellas apoyaban, pero el rey no se convirtió al luteranismo y otorgó al Parlamento, muy a su pesar, el derecho a perseguir la herejía. Al ver la favorita del rey que sus protegidos podían ser quemados vivos, estalló en una crisis de nervios rompiendo con sus dientes un hermoso pañuelo. Por su parte, Diana de Poitiers se alegró íntimamente, deseando más de una vez que Ana de Pisseleu fuese acusada de hereje. Sus protegidos fueron condenados y ella, estallando de ira, ordenó que se destruyeran las imágenes de santos en varias iglesias de Francia, lo que enfureció a los católicos que, liderados por los Guisa, Montmorency y, por supuesto, Diana, se prepararon para la guerra.

Diana de Poitiers, como contribución particular, acusó públicamente a su rival de engañar al rey con Théodore de Bèze, un señalado protestante. Francisco I respondió invitando a la duquesa de Étampes a participar en las reuniones de su consejo privado. Así se incorporaron oficialmente las amantes reales al gobierno de Francia. Y su presencia en el consejo no era meramente decorativa. La duquesa se aprovechó de la nueva situación, ocasionada principalmente por la decadencia física de Francisco, para hacer sentir su poder. Especialmente, en lo concerniente a empleos y dádivas de todo tipo, era a ella a quien había que dirigirse. Por otra parte, el rey sólo se interesaba por las mujeres, aunque no fueran Ana de Pisseleu. Parecía adivinar que su fin no estaba lejano y quería aprovechar al máximo lo que le quedaba de vida.




LA DUQUESA Y EL EMPERADOR


Ana de Pisseleu, a su vez, no sólo se ocupaba del gobierno de Francia sino de su propio futuro. Con vistas a él imaginó la locura de desbancar al delfín, casando al hijo menor del rey, Carlos de Angulema, con una hija del emperador. Apoyándose en la fuerza de éste, confiaba en convertir en heredero a su protegido. Midiendo sus pasos, comenzó por convencer a su regio amante de la necesidad de llegar a una paz negociada con Carlos V. No se firmó nada definitivo, pero si mejoraron las relaciones entre ambos monarcas lo suficiente como para que el emperador aceptara atravesar Francia en su viaje a los Países Bajos para aplastar la rebelión de Gante. Era la oportunidad para que Francisco, ya totalmente convencido por la duquesa de Étampes, pidiera para su hijo menor la mano de una de las hijas del emperador. En el curso de las reuniones privadas que se sucedieron entre el anfitrión y su huésped, siempre en presencia de la duquesa, Carlos V muy pronto compendió en quién radicaba la fuerza y obró en consecuencia.

Un día, mientras se lavaba las manos y la real amante le entregaba una toalla para que se las secara, como sin querer dejó que uno de sus gruesos anillos cayera desde su dedo al suelo. Cuando Ana de Pisseleu, tras haberlo cogido, intentó entregárselo, él, galantemente, se negó diciendo que tras haber estado en tan bella mano no podía volver a la suya. Envalentonada, la duquesa esa misma noche hizo que Francisco planteara el tema matrimonial, con el agregado de que la hija del emperador llevara como dote nada menos que Milán. El posible futuro consuegro dijo a todo que sí y al día siguiente abandonó la Corte. Gran triunfo para la duquesa de Étampes y dolor para Diana de Poitiers.


Carlos de Angulema



La relación entre el delfín Enrique y su hermano Carlos, que nunca había sido afectuosa, se convirtió en peligroso enfrentamiento. Las partes contendientes, lideradas por la gran senescala y la duquesa de Étampes, disfrutaron de un considerable respaldo de los correspondientes seguidores de cada uno de los príncipes. Pero la alegría le duraría poco a la duquesa, porque Carlos V, una vez en sus Estados, dijo que el proyectado matrimonio había que pensarlo y que, de todos modos, del Milanesado ni hablar. Entonces el rey de Francia volvió a la guerra con su viejo enemigo y los príncipes hermanos compitieron por la gloria militar.


LA DUQUESA TRAIDORA

Aunque no existen pruebas concretas contra ella, se cree que la duquesa de Étampes pasó información secreta al emperador y, por lo tanto, que fue culpable de traición. Informó secretamente a agentes imperiales de la marcha del delfín Enrique y su ejército a la imperial Perpiñán, la que fue de inmediato reforzada con diez mil hombres y a la que el delfín sitió infructuosamente. Finalmente tuvo que retirarse, pero no había muerto, así que nada había conseguido la duquesa con su felonía.




LA PAZ DE CRÉPY


Carlos V llegó hasta las puertas mismas de París. Los contendientes, exhaustos, negociaron un acuerdo, y en septiembre de 1544 se firmó la Paz de Crépy, que rubricaba la victoria imperial y en la que se concedía al hijo menor del rey de Francia la posibilidad de contraer matrimonio con alguien de la familia del triunfador. Bien con la infanta María, hija del emperador, o con la archiduquesa Ana, hija de su hermano Fernando. La primera alternativa matrimonial suponía la aportación de los Países Bajos y el Franco Condado como dote. La segunda, el Milanesado. El emperador optó por la boda de Carlos de Angulema con su sobrina y con ello su determinación de cederle Milán. La duquesa de Étampes se encontraba en el cortejo que acompañó a la reina Leonor a Bruselas para encontrarse allí con sus hermanos, escoltados de brillantísima corte.


Fuentes:
GONZALEZ-CREMONA, JUAN MANUEL. Amantes de los Reyes de Francia. Editorial Planeta S.A. 1996
FRIEDA, LEONIE. Catalina de Médicis. Siglo XXI de España Editores, S. A. 2006
SCHEUBER, YOLANDA. Leonor de Habsburgo. 2009 Ediciones Nawtilus S.L

2 comentarios:

isthar dijo...

Hola Magnolia, un gusto saludarte y decir que esta entrada como todas las tuyas,esta interesantisima.Una epoca increible, por sus contrastes y porque Francisco I, era una personalidad avasallante.
En el mas importante museo de New York, vi un cuadro con la figura de Ana de Pisseleu. Que historia la suya.
Sigo leyendo
Un abrazo
Marissa

Magnolia dijo...

Hola Marissa guapa, el gusto es mío de recibir tu visita, gracias por dejarme tu comentario. El Renacimiento ha dejado la impronta de grandes mujeres en muchos campos tanto de la política, las artes, la cultura etc... Una época fascinante como no puede ser menos aquellas mujeres que se destacaron en ella. Pero por supuesto, no nos olvidemos de los hombres. Francisco fue un monarca que supo vivir la vida y lleno de contrastes, pero un personaje fascinante.

La vida de Ana de Pisseleu es como una noria, subió hasta lo más alto que pudo soñar, no fue reina pero actuó como tal, hasta que llegó el momento de caer en picado y vivir en el olvido. También es un personaje polémico e interesante que merece una mayor atención, aunque yo simpatice con Leonor de Austria, reconozco que la duquesa es una mujer de un gran peso en la Francia de aquella época, una reina sin corona. Como todo ser humano tiene su lado positivo y negativo, cometió muchos errores, se dejó llevar por la codicia y la ambición, y su rivalidad con Diana de Poitiers no benefició a Francia, pero también fue mecenas de poetas y artistas, y estuvo vinculada a la causa de la propagación de la Reforma protestante en Francia. Una mujer que tuvo una intensa vida y que de haber muerto trágicamente,y no en una cama, ahora sería mucho más conocida. Los historiadores románticos la habrían convertido en una heroína.

Abrazos, feliz semana

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