
DIANA DE POITIERS
Nacida en un ilustre abolengo, casada a los quince años con un hombre que le llevaba cuarenta años, el cual desempeñaba la importantísima tarea de representar al rey en Normandía, Diana de Poitiers había sido una esposa y madre ejemplar, contenta de tener un papel de primer plano en la Corte y de pertenecer a una de las familias más nobles e influyentes del país. En 1531, a los treinta y un años, se quedó viuda y totalmente decidida a no volver a casarse. Católica ferviente, desaprobaba severamente el movimiento de la Reforma.
En la época en la que Diana intimó con el príncipe Enrique, todavía era considerada una belleza. Diecinueve años mayor que él, le había tomado bajo su tutela desde que regresó de España. Ella formaba parte del entorno de la reina Leonor, y a petición del rey se ocupó de la formación del hosco y taciturno muchacho. Sin comprometer su impecable reputación, Diana cautivó fácilmente al joven príncipe. Así, Enrique llegó a ser no sólo su aplicado discípulo, sino también su devoto admirador.
Ella fue la primera en favorecer el matrimonio del príncipe con la florentina Catalina de Médicis, en parte porque ésta aportaba nuevo lustre a su familia, dado que el abuelo materno de Catalina era hermano de la abuela paterna de Diana. Los jóvenes contrayentes contaban ambos catorce años. La solemne ceremonia religiosa es oficiada nada menos que por el tío de la novia, el papa Clemente VII en persona. Diana ocupa un lugar de honor y a ella se dirigen con excesiva frecuencia las miradas de Enrique.
En la época en la que Diana intimó con el príncipe Enrique, todavía era considerada una belleza. Diecinueve años mayor que él, le había tomado bajo su tutela desde que regresó de España. Ella formaba parte del entorno de la reina Leonor, y a petición del rey se ocupó de la formación del hosco y taciturno muchacho. Sin comprometer su impecable reputación, Diana cautivó fácilmente al joven príncipe. Así, Enrique llegó a ser no sólo su aplicado discípulo, sino también su devoto admirador.
Ella fue la primera en favorecer el matrimonio del príncipe con la florentina Catalina de Médicis, en parte porque ésta aportaba nuevo lustre a su familia, dado que el abuelo materno de Catalina era hermano de la abuela paterna de Diana. Los jóvenes contrayentes contaban ambos catorce años. La solemne ceremonia religiosa es oficiada nada menos que por el tío de la novia, el papa Clemente VII en persona. Diana ocupa un lugar de honor y a ella se dirigen con excesiva frecuencia las miradas de Enrique.

Mientras todo esto ocurría, Francisco I era tan feliz como siempre gracias a los amorosos cuidados que le dispensaba su duquesa de Étampes, pero ésta no era tan feliz por culpa de los crecientes temores que le inspiraba la evidente atracción que Diana de Poitiers inspiraba en el príncipe Enrique. Por supuesto, estos temores alcanzaron su cenit cuando la muerte inesperada del Delfín convirtió a Enrique en el heredero al trono. El rey, aunque todavía en la mediana edad, declinaba a ojos vistas y en no muchos años su hijo podía sucederle.
Si, como ella no dudaba, la gran senescala se convertía en amante oficial de su joven enamorado, el espejo ya no diría que la duquesa de Étampes era la más bella, la “única”. Ana de Pisseleu era muy bella; Diana, también. Aquella tenía nueve años menos que ésta, pero el Delfín era muy joven y el rey envejecía. La gran senescala era el futuro y Ana corría el evidente riesgo de convertirse pronto en pasado. No estaba dispuesta a aceptarlo cruzada de brazos. Lucharía contra la que ya consideraba su rival cuando fuera necesario.
Descartando las lánguidas miradas de siempre, el enamorado Delfín empezó por componer poemas en los que declaraba su amor. Y, lo más importante, ocupándose de que llegaran a manos, ojos y corazón de la destinataria. Diana se resistía, era perfectamente consciente de que tenía casi veinte años más que su enamorado y Ana de Pisseleu no se cansaba de decirle, con tono de falsa admiración: “Tú, que eres una madre para el delfín”. Catalina de Médicis observaba a su rival calladamente y con aparente serenidad. Siempre cautelosa, se esmeró en tratar a la gran senescala y a la duquesa de Étampes con la misma cortesía. Finalmente, Diana de Poitiers, que por entonces tenía treinta y ocho años, descendió de su pedestal de virtuosa viuda y aceptó a su joven enamorado, que la adoraba como a una diosa, como amante.
Si, como ella no dudaba, la gran senescala se convertía en amante oficial de su joven enamorado, el espejo ya no diría que la duquesa de Étampes era la más bella, la “única”. Ana de Pisseleu era muy bella; Diana, también. Aquella tenía nueve años menos que ésta, pero el Delfín era muy joven y el rey envejecía. La gran senescala era el futuro y Ana corría el evidente riesgo de convertirse pronto en pasado. No estaba dispuesta a aceptarlo cruzada de brazos. Lucharía contra la que ya consideraba su rival cuando fuera necesario.
Descartando las lánguidas miradas de siempre, el enamorado Delfín empezó por componer poemas en los que declaraba su amor. Y, lo más importante, ocupándose de que llegaran a manos, ojos y corazón de la destinataria. Diana se resistía, era perfectamente consciente de que tenía casi veinte años más que su enamorado y Ana de Pisseleu no se cansaba de decirle, con tono de falsa admiración: “Tú, que eres una madre para el delfín”. Catalina de Médicis observaba a su rival calladamente y con aparente serenidad. Siempre cautelosa, se esmeró en tratar a la gran senescala y a la duquesa de Étampes con la misma cortesía. Finalmente, Diana de Poitiers, que por entonces tenía treinta y ocho años, descendió de su pedestal de virtuosa viuda y aceptó a su joven enamorado, que la adoraba como a una diosa, como amante.
Ana de Pisseleu, duquesa de Étampes
DIANA DE POITIERS VS DUQUESA DE ÉTAMPES
Al confirmarse lo que tanto temía desde tiempo atrás, Ana de Pisseleu vivía momentos de verdadera furia. En tiempos ya lejanos se había celebrado, más en broma que en serio, un concurso de belleza en la Corte y el jurado había elegido ganadora a Diana en detrimento de ella. Ante su visible furia se dijo que todo había sido un juego, que no había vencedoras ni vencidas, y todos olvidaron el incidente. Todos menos la perdedora. Segura de que su rival la desplazaría del privilegiado lugar que ocupaba en la Corte y no pudiendo aceptar que fuera precisamente la odiada Diana quien la desplazase, la irascible duquesa se dispuso a la guerra.
Un poeta bien pagado compuso unos epigramas en los que se pretendía ridiculizar a la gran senescala, como que llevaba dientes postizos y que ni siquiera sus cabellos eran propios. En una palabra, se la presentaba como una vieja para que todos recordaran su edad. Al llegar a su conocimiento los epigramas, Diana señaló a la de Étampes como su autora crematística, lo que motivó que ésta iniciara una nueva ofensiva. Esta vez no contrató a nadie. Ella misma recorrió salones y jardines diciendo a quien quisiera oírla – y también a quien no quisiera- que Diana de Poitiers era una vieja desdentada y que ella había nacido precisamente el mismo día en que aquella se casara, cuando en realidad era apenas nueve años menor que su odiada rival. En la Corte se exageraban todos los rumores sobre la favorita de Enrique y se comentaban vehemente las diferencias entre las dos mujeres.
La respuesta de Diana no se hizo esperar y fue contundente. Acusó a su enemiga de engañar al rey con una larga lista de caballeros, cuyos nombres no se privó de dar, agregando que “había en la corte más de diez que podían afirmar, sin pecar, haberle puesto la mano en el trasero”. Pero Francisco I no creyó en las acusaciones, o hizo como que no creía, y, para despejar dudas y chismorreos, en una visita que hizo al Papa llevó con él a su amante oficial.
La joven Catalina de Médicis flotaba entre ellas, sin intimar con ninguna pero manteniendo una relación civilizada con ambas. El rey era incapaz de negarle algo a su amante, ella estimulaba sus cansados sentidos y él satisfacía sus propios deseos, y mientras tanto, la enorme familia de la duquesa de Étampes se enriquecía escandalosamente.
Un poeta bien pagado compuso unos epigramas en los que se pretendía ridiculizar a la gran senescala, como que llevaba dientes postizos y que ni siquiera sus cabellos eran propios. En una palabra, se la presentaba como una vieja para que todos recordaran su edad. Al llegar a su conocimiento los epigramas, Diana señaló a la de Étampes como su autora crematística, lo que motivó que ésta iniciara una nueva ofensiva. Esta vez no contrató a nadie. Ella misma recorrió salones y jardines diciendo a quien quisiera oírla – y también a quien no quisiera- que Diana de Poitiers era una vieja desdentada y que ella había nacido precisamente el mismo día en que aquella se casara, cuando en realidad era apenas nueve años menor que su odiada rival. En la Corte se exageraban todos los rumores sobre la favorita de Enrique y se comentaban vehemente las diferencias entre las dos mujeres.
Diana de Poitiers
La respuesta de Diana no se hizo esperar y fue contundente. Acusó a su enemiga de engañar al rey con una larga lista de caballeros, cuyos nombres no se privó de dar, agregando que “había en la corte más de diez que podían afirmar, sin pecar, haberle puesto la mano en el trasero”. Pero Francisco I no creyó en las acusaciones, o hizo como que no creía, y, para despejar dudas y chismorreos, en una visita que hizo al Papa llevó con él a su amante oficial.
La joven Catalina de Médicis flotaba entre ellas, sin intimar con ninguna pero manteniendo una relación civilizada con ambas. El rey era incapaz de negarle algo a su amante, ella estimulaba sus cansados sentidos y él satisfacía sus propios deseos, y mientras tanto, la enorme familia de la duquesa de Étampes se enriquecía escandalosamente.

LA SOMBRA DE UN REPUDIO
Catalina de Médicis no quedaba embarazada, pero sabía que no seguiría siendo la esposa de Enrique si no lograba engendrar y dar a luz un hijo. Por otra parte, ya se había iniciado una campaña secreta para repudiar a la Delfina. La duquesa de Étampes apoyaba resueltamente el plan porque deseaba ver tambalearse la posición de su rival, Diana, por la llegada de una nueva novia para Enrique.
Pero la Delfina encontró una aliada en la favorita de su esposo, que estaba desesperada por evitar la aparición de alguna idónea, joven y encantadora prometida, que tal vez no aceptara su relación con Enrique con la misma aparente resignación con que Catalina la había aceptado. Entonces Diana respaldó con todo su poder a quienes apoyaban a la Delfina, y además hizo valer su enorme influencia sobre Enrique. Recalcó ante él las numerosas cualidades de su esposa. Sobre todo, argumentó, lúcidamente, que los rumores de divorcio llevaban impresa la marca de los enemigos de Enrique (es decir, de los suyos), particularmente de la duquesa de Étampes y quienes la adulaban. Toda sugerencia de que su padre o la favorita de su padre podrían estar tratando de manipularle, encendía inmediatamente una furia ciega en el Delfín, quien por el momento dejó pasar el tema. La decisión final estaba en manos del rey, que ya había empezado a considerar una nueva esposa para su hijo, pero ante las súplicas de Catalina se conmovió y suspendió su decisión.
Fuentes:
GONZALEZ-CREMONA, JUAN MANUEL. Amantes de los Reyes de Francia. Editorial Planeta S.A. 1996
CRAVERI, BENEDETTA. Amantes y reinas. Ediciones Siruela, S.A. 2006
FRIEDA, LEONIE. Catalina de Médicis. Siglo XXI de España Editores, S. A. 2006


2 comentarios:
Menudos puñales se clavaban entre todas, y como dice mi madre, ¡Cuanto puterío había!
¿Seguirás pronto con la reina Margot?
Que por cierto, Margot tuvo una vida muy pero que muy intensa, por lo que has contado
Era una corte de gatas con las uñas bien afiladas, la pobre Leonor desentonaba en ese ambiente tan libertino ... Después de acabar con Ana de Pisseleu retomo a Margot para concluirla, me imagino que este fin de semana vereis sus entradas, calculo que me quedaran unas tres de esta reina fascinante aun con todos sus errores.
Abrazos Vianna, gracias por comentar
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