domingo, 15 de abril de 2012

ANA DE PISSELEU, Duquesa de Étampes ( II )

Ana de Pisseleu, duquesa de Étampes



LA REINA LEONOR


El torneo que coronó los festejos en honor de la nueva reina vio por primera vez descender a la liza a los dos jóvenes príncipes. Según la costumbre, tenían la facultad de designar a la dama a la que querían rendir homenaje. El delfín Francisco, queriendo hacer algo grato a su padre, eligió batirse por Ana de Pisseleu. Mientras que Enrique, duque de Orleáns, inclinó la lanza a los pies de Diana de Poitiers, esposa del Gran Senescal de Normandía, la cual unía a una belleza sin parangón una virtud sin tacha. El segundo hijo del soberano apenas tenía once años y Diana treinta, pero bajo el velo del ritual caballeresco se ocultaba una auténtica declaración de amor. En efecto, llevaría toda su vida los colores de la dama del torneo.

Meses después de la boda, la nueva esposa del rey fue coronada y consagrada en la iglesia de Saint-Denis como reina de Francia. Ya aburrido de su mujer, Francisco no hizo el menor esfuerzo por esconder sus sentimientos. Al hacer su entrada oficial en París, la reina Leonor y su comitiva pasaron por el lugar donde se encontraba el rey, presenciando la recepción desde un balcón en la amorosa compañía de Ana de Pisseleu. A la vista del pueblo y de la reina, la pareja de amantes se besaban y abrazaban sin el menor recato. Desde luego, los testigos de la escena se asombraron ante el comportamiento del “piadoso” rey, que ostentaba impúdicamente a su amante y humillaba públicamente a su esposa.



Leonor, enamorada de su nuevo esposo, pronto fue consciente de que no podía tener el amor de Francisco y mucho menos retenerlo en exclusividad, incorregible infiel como era, tanto para la esposa como para la amante. Y comprobó que la verdadera reina de Francia no era ella, sino la favorita. Su esposo solo la informaba de los asuntos del reino después de haberlo hecho a su amante. Ana de Pisseleu se mostraba en todas partes al lado de su regio amante, exigía y distribuía favores, influía en las decisiones políticas. Y Leonor transigió, toleró la omnipresencia de la favorita, compartió con ella viajes y banquetes. La reina siempre intentó estar en su puesto discretamente y con el fin de no dar pie a ningún escándalo procuró llevar una vida ordenada y piadosa.

Leonor de Austria se dedicó íntegramente a defender los intereses de su patria de adopción, buscando por todos los caminos posibles la reconciliación de su marido y de su hermano, evitando el derramamiento de sangre, templando las ebulliciones de su esposo, cerrando los ojos a su permanente infidelidad, aguantando los malos modales de Ana de Pisseleu y sus reiterados intentos de indisponer a su regio amante con el emperador, afanándose en la educación y el bienestar de los hijos de su marido, de los que se ocupó como si fuesen propios.


Margarita de Angulema, reina de Navarra


MUERE LUISA DE SABOYA


Margarita de Angulema, hermana del rey, no quería a su cuñada, lo que la acercó a Ana de Pisseleu, quien tenía a su favor, además, sus gustos lingüísticos y el ser amante de la literatura y de las artes. También estaba al corriente de la teología, otro lazo de unión con Margarita. La muerte de Luisa de Saboya se produjo poco después de la boda de su hijo. La desaparición de su madre fue un duro golpe para Francisco. Tenía entonces cuarenta años, pero estaba cansado, se pasaba las mañanas enteras en la cama, se desentendía de la política y se endurecía en su actitud en el problema religioso. Ana de Pisseleu pudo aumentar su influencia al amparo de la debilidad creciente del rey.


LA VISITA A FRANÇOISE DE FOIX


Al año siguiente, el rey se dirigió a Bretaña donde su antigua amante le esperaba deseando tenerlo unos días en Châteaubriant. Por lo que Margarita, Ana y Françoise de Foix, en 1532, se encontraron bajo el mismo techo. Durante cinco semanas el rey permaneció en Châteaubriant como huésped de Françoise. El esposo de la antigua favorita fue nombrado gobernador de Bretaña. Durante aquella visita, Ana de Pisseleu vio unas sortijas de oro y deseó poseerlas. Cuando las solicitó al rey, dijo que no era por el precio o el valor de las mismas, sino por razones sentimentales, por amor a las hermosas divisas, compuestas por la reina de Navarra, grabadas en ellas.

Un mensajero fue enviado a Françoise.
Habían sido contados los regalos de valor que el rey había hecho a su primera amante: brocados, joyas y aquellas sortijas. La condesa de Châteaubriant mandó a decir que dentro de unos días devolvería aquel regalo. Hizo fundir las joyas y las transformó en lingotes, luego lo envió todo a Francisco: “ Id y llevad esto al rey. Decidle que, puesto que es su deseo quitarme lo que antes me había regalado generosamente, yo se lo devuelvo en lingotes de oro. En cuanto a las divisas, las llevo bien impresas y conservadas en mi pensamiento, y me son tan queridas, que no podía permitir que nadie más que yo dispusiera de ellas, las disfrutara o tuviera ese placer " (1). Aquella provocación admiró al rey.



Jean de Brosse, duque de Étampes


UN ESPOSO PARA ANA

En 1532, el rey juzgó conveniente casar a su amante, y poco le costó encontrar un marido ad hoc. Se trataba de Jean de Brosse, noble en difícil situación, ya que su padre había seguido al condestable de Borbón cuando éste abandonó a Francisco para unirse a Carlos V, por lo que su nombre fue tachado de la nobleza y sus bienes confiscados. Con la devolución de dichos bienes más el condado de Étampes, que muy pocos años más tarde se convertiría en ducado, el bueno de Jean aceptó hacer el papel de marido complaciente.

Francisco era muy feliz con su joven amante que lograba revitalizar su cuerpo, más gastado por las andanzas de todo tipo que por la edad. Y Ana era felicísima porque, además de tener su amor, tenía el poder. Un poder todavía más cortesano que institucional, pero indiscutido e ilimitado. Era ella, y no Leonor de Austria, la reina de los salones; la más inteligente, la más culta, la más bella. Y todo podría haber seguido siendo así hasta su muerte o la del rey, de no haber entrado en escena Diana de Poitiers.


Fuentes:
GONZALEZ-CREMONA, JUAN MANUEL. Amantes de los Reyes de Francia. Editorial Planeta S.A. 1996
CRAVERI, BENEDETTA. Amantes y reinas. Ediciones Siruela, S.A. 2006
BELADIEZ, EMILIO. Españolas, Reinas de Francia. 2002 Ediciones Palabra S.A
(1) datos aportados por mi amiga Diana de Meridor.
http://costumevalois.canalblog.com/

4 comentarios:

La Dame Masquée dijo...

Desde luego, está claro que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Es inexplicable que Leonor pudiera amar realmente a Francisco. No solo era el enemigo de su familia, causante de tanta sangre derramada entre los suyos y de muchas penalidades por sostener esas guerras, sino que además, en lo personal, no la pudo humillar más.
Pero algo parecido le pasó también a María Teresa con Luis XIV. Supongo que algunas mujeres tienen un puntito masoquista :)

Feliz tarde de domingo, madame.

Bisous

Magnolia dijo...

Madame, ese es el sino de muchas de las descendientes de Isabel la Católica, amar a quien las humilla. Es curioso que una tía y una sobrina estuviesen soportando una situación parecida por las mismas fechas, aunque más dramática en el caso de Catalina de Aragón. Mientras en Inglaterra vivían el triángulo Catalina-Enrique-Bolena y después el Enrique-Bolena-Seymour, en Francia se vivía el Pisseleu-Francisco-Foix y el Pisseleu-Francisco-Leonor y después aparece la Poitiers, aunque fuera de ese triángulo, para fastidiar a la Pisseleu. Pero que entretenida era la corte de los Valois, cada vez me gusta más ...

Feliz domingo querida madame

RaeCJ dijo...

Hola Magnolia,
Muy interesante tu entrada sobre estas mujeres amantes de grandes reyes.
Yo no sé porque, pero no logro entender la forma libertina de los reyes de esta época y de las disolutas mujeres; manipuladoras y amantes más del dinero y de la fama que del hombre en cuestión.
En fin...había mujeres para todo y no deja de ser interesantes sus vidas.
Gracias por tus lecciones de historia.
Besos!!!

Magnolia dijo...

Saludos querida Rae, qué alegría me da leerte. Los reyes de Francia hacían ostentación sin el menor reparo de sus amantes y les permitían participar en política, fueron verdaderas reinas en la sombra, hacian y deshacian a su antojo porque tenían al rey comiendo de su mano. Ciertamente unas vidas muy interesantes pero no envidiables.

Abrazos guapa!!!!

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