

LA HUMILLACIÓN DE MARGOT EN EL LOUVRE
El 7 de agosto de 1583 se celebra un gran baile en la corte, en la sala de las Cariátides. Dado que la reina Luisa se encuentra ausente, Enrique III le pide a su hermana que ocupe el lugar de aquella. Ha urdido un plan maquiavélico. Margot, de punta en blanco, ha tomado asiento en el estrado real, colocado bajo un dosel. De pronto, cuando da comienzo el baile, el rey, seguido de Épernon, entra en la sala y se acerca a paso vivo hacia su hermana. Con un gesto dirigido a la tribuna, detiene a los músicos e interpela a su hermana pronunciando un imperioso:
-¡Señora!
Los bailarines, clavados en el suelo, presencian una escena atroz. Para empezar, el rey le dedica mil insultos a Margot, luego enumera los nombres de los numerosos amantes a los que ha recibido en su cama desde su matrimonio y de aquellos que actualmente gozan de favor. Al parecer incluso llegó a afirmar, volviéndose hacia los desconcertados asistentes:
-¡La reina de Navarra no se ha contentado con prostituirse con los cadetes de Gascuña! ¡ Iba a buscar a los muleros y caldereros de Auvernia!
Margot, paralizada de estupor, lívida bajo el maquillaje, ni siquiera tiene fuerzas para defenderse. Por último, el rey pronuncia el nombre que todos esperan:
- ¡ Y Champvallon!
Enrique III afirma que su hermana ha tenido un hijo ilegítimo de él, y está convencido de ello. El monarca cierra la lista de los desenfrenos de Margot espetándole esta orden a la cara:
- ¡No tenéis nada que hacer aquí! Id a reuniros con vuestro marido. ¡Y partid mañana mismo!
Una escena tan sorprendente que algunos historiadores intentaron poner en duda su autenticidad. Sin embargo, el mariscal de Bassompierre y el duque de Lauzun certificaron más tarde su exactitud. Margot, trastornada y con los ojos llenos de lágrimas, se levanta. A paso lento, avanza entre la multitud de cortesanos que se apartan sin saludarla.
-¡Señora!
Los bailarines, clavados en el suelo, presencian una escena atroz. Para empezar, el rey le dedica mil insultos a Margot, luego enumera los nombres de los numerosos amantes a los que ha recibido en su cama desde su matrimonio y de aquellos que actualmente gozan de favor. Al parecer incluso llegó a afirmar, volviéndose hacia los desconcertados asistentes:
-¡La reina de Navarra no se ha contentado con prostituirse con los cadetes de Gascuña! ¡ Iba a buscar a los muleros y caldereros de Auvernia!
Margot, paralizada de estupor, lívida bajo el maquillaje, ni siquiera tiene fuerzas para defenderse. Por último, el rey pronuncia el nombre que todos esperan:
- ¡ Y Champvallon!
Enrique III afirma que su hermana ha tenido un hijo ilegítimo de él, y está convencido de ello. El monarca cierra la lista de los desenfrenos de Margot espetándole esta orden a la cara:
- ¡No tenéis nada que hacer aquí! Id a reuniros con vuestro marido. ¡Y partid mañana mismo!
Una escena tan sorprendente que algunos historiadores intentaron poner en duda su autenticidad. Sin embargo, el mariscal de Bassompierre y el duque de Lauzun certificaron más tarde su exactitud. Margot, trastornada y con los ojos llenos de lágrimas, se levanta. A paso lento, avanza entre la multitud de cortesanos que se apartan sin saludarla.


LA REINA MARGOT SE MARCHA DE PARÍS
Una vez en su habitación, da las órdenes necesarias para su partida, que debe tener lugar, en efecto, al día siguiente. La reina se siente inquieta por su amante, y no se equivoca. Esa misma noche, por orden del rey, los guardias han rodeado la casa de Champvallon, penetrado en la morada y registrado su habitación. Pero el apuesto infiel se había dado prudentemente a la fuga y regresado al principado independiente de Sedan.
Al día siguiente, Margot deja París. Se encuentra cenando en Bourg-la-Reine cuando le anuncian que se acerca el cortejo real. Enrique III se dirige a Bourbon-Lancy, donde se encuentra su esposa tomando las aguas. Al pasar ante su hermana, que se ha levantado de la mesa y permanece en la calzada, el rey corre ostensiblemente la cortina de cuero de su carroza, a fin de que quede muy claro que no quiere saludar a su hermana. Y sin embargo, este será el último encuentro que se produciría entre estos dos seres que tanto se habían amado y odiado.
La misma noche, entre Palaiseau y Saint-Clair, sesenta arcabuceros bajo el mando del capitán Larchant detienen el carruaje de la reina de Navarra. Obligan a las damas a descender del vehículo, mientras ellos lo registran todo en busca de Champvallon. A falta de él, arrestan al señor de Lodon, así como al escudero de Margot, a su secretario y a su médico. Algunos de los prisioneros son incluso abofeteados. Todos son conducidos a Montargis, donde el rey se empeña en interrogarlos personalmente seis o siete veces, a cada uno en particular sobre la vida, las costumbres y los desenfrenos de su señora. Entre otras cuestiones, se les pregunta si es cierto que la reina ha traído al mundo un hijo que, manifiestamente, no podía ser del rey de Navarra. No habiendo podido descubrir nada por boca de los prisioneros, el rey dejó que la reina de Navarra prosiguiera su viaje.
Al día siguiente, Margot deja París. Se encuentra cenando en Bourg-la-Reine cuando le anuncian que se acerca el cortejo real. Enrique III se dirige a Bourbon-Lancy, donde se encuentra su esposa tomando las aguas. Al pasar ante su hermana, que se ha levantado de la mesa y permanece en la calzada, el rey corre ostensiblemente la cortina de cuero de su carroza, a fin de que quede muy claro que no quiere saludar a su hermana. Y sin embargo, este será el último encuentro que se produciría entre estos dos seres que tanto se habían amado y odiado.
La misma noche, entre Palaiseau y Saint-Clair, sesenta arcabuceros bajo el mando del capitán Larchant detienen el carruaje de la reina de Navarra. Obligan a las damas a descender del vehículo, mientras ellos lo registran todo en busca de Champvallon. A falta de él, arrestan al señor de Lodon, así como al escudero de Margot, a su secretario y a su médico. Algunos de los prisioneros son incluso abofeteados. Todos son conducidos a Montargis, donde el rey se empeña en interrogarlos personalmente seis o siete veces, a cada uno en particular sobre la vida, las costumbres y los desenfrenos de su señora. Entre otras cuestiones, se les pregunta si es cierto que la reina ha traído al mundo un hijo que, manifiestamente, no podía ser del rey de Navarra. No habiendo podido descubrir nada por boca de los prisioneros, el rey dejó que la reina de Navarra prosiguiera su viaje.

LA REACCIÓN DE ENRIQUE DE NAVARRA
Antes de reemprender la marcha, Margot, profundamente trastornada, le escribe a su madre. ¡No!¡No ha tenido ningún hijo de Champvallon! Para demostrar su inocencia, incluso pide que tengan a bien, tras su muerte, abrir su cuerpo y demostrar a todos, mediante una autopsia, esta última calumnia. Cuando el rey de Navarra se entera de lo sucedido y del escándalo que se ha producido en el Louvre, asume una postura iracunda y beligerante, exigiendo pruebas del mal comportamiento de su esposa y además declarando que él no podía recibir de vuelta a su esposa a menos que el rey de Francia hiciese una declaración para hacer pública su inocencia. El rey de Navarra se encontraba preso de una furiosa cólera por las afrentas que su esposa había recibido en la corte francesa y deseaba obtener una reparación.
Enrique III acaba por enviarle una carta a su cuñado en la que reconoce que la reina de Navarra tal vez ha sido víctima de calumnias. ¡Ninguna princesa se halla libre de esas cosas! … ¿ Acaso la piadosa reina Juana de Albret no había padecido antaño por la misma causa?
- Ayer el rey me llamaba cornudo, ¡hoy, hijo de puta!- exclama Enrique de Navarra- ¡Le estoy muy agradecido!

En espera de que el asunto sea resuelto y su esposo pueda recibirla, Margot se ha refugiado en Agen, donde permanecerá más de siete meses. Mientras tanto, el rey de Navarra inicia una relación con la bella condesa de Gramont, la famosa Corisande, cuya influencia en el soberano resultará beneficiosa. Junto a ella, se volverá caballeresco. Finge creer a su cuñado cuando éste se retracta públicamente y lamenta la horrible escena que se desarrolló en el Louvre, así como las palabras tan crueles que pronunció ante la corte. Lo cual no impide al rey de Navarra apoderarse, a modo de represalia, de Mont-de-Marsan, y hacerle saber a su cuñado que sólo acogerá a Margot si ve alejarse las guarniciones católicas de las ciudades que rodean y amenazan Nérac.
En resumen, las injurias proferidas por Enrique III contra su hermana servirán de moneda de cambio a Navarra, quien dirige a Margot muchas y sinceras palabras: “ Cuando nos reunamos – le escribe- que sea de buen grado”. Y le asegura, llamándola “amiga mía”, que no cree en absoluto las calumnias de que ha sido objeto: “ Sin ellas - afirma-, en estos momentos tendríamos el placer de estar juntos ".
Enrique III acaba por enviarle una carta a su cuñado en la que reconoce que la reina de Navarra tal vez ha sido víctima de calumnias. ¡Ninguna princesa se halla libre de esas cosas! … ¿ Acaso la piadosa reina Juana de Albret no había padecido antaño por la misma causa?
- Ayer el rey me llamaba cornudo, ¡hoy, hijo de puta!- exclama Enrique de Navarra- ¡Le estoy muy agradecido!

En espera de que el asunto sea resuelto y su esposo pueda recibirla, Margot se ha refugiado en Agen, donde permanecerá más de siete meses. Mientras tanto, el rey de Navarra inicia una relación con la bella condesa de Gramont, la famosa Corisande, cuya influencia en el soberano resultará beneficiosa. Junto a ella, se volverá caballeresco. Finge creer a su cuñado cuando éste se retracta públicamente y lamenta la horrible escena que se desarrolló en el Louvre, así como las palabras tan crueles que pronunció ante la corte. Lo cual no impide al rey de Navarra apoderarse, a modo de represalia, de Mont-de-Marsan, y hacerle saber a su cuñado que sólo acogerá a Margot si ve alejarse las guarniciones católicas de las ciudades que rodean y amenazan Nérac.
En resumen, las injurias proferidas por Enrique III contra su hermana servirán de moneda de cambio a Navarra, quien dirige a Margot muchas y sinceras palabras: “ Cuando nos reunamos – le escribe- que sea de buen grado”. Y le asegura, llamándola “amiga mía”, que no cree en absoluto las calumnias de que ha sido objeto: “ Sin ellas - afirma-, en estos momentos tendríamos el placer de estar juntos ".
Fuentes:
FRIEDA, LEONIE. Catalina de Médicis. Siglo XXI de España Editores, S. A. 2006
CASTELOT, ANDRÉ. La Reina Margot. Ediciones Martínez Roca,S.A. 1994
Imágenes extraídas de la película " La Reina Margot" (1994) dirigida por Patrice Chéreau.
2 comentarios:
Pobre Margot, me imagino su tristeza ante el ataque de su hermano. ¿Su madre le creyó lo que le escribió en la carta? Al menos el rey de Navarra ganó algo después de ese terrible incidente.
Feliz semana, excelentísima Magnolia.
Besos y abrazos...
Pues no sé si llegó a creerla, lo que si te puedo decir querida lady Grey que más adelante se sentirá avergonzada de su hija. Qué hipocritilla el hermanito ... no era quien para dar lecciones a nadie de moralidad, ¿no era también él un adúltero? ¿no había seducido a su propia hermana? Se tiene que predicar con el ejemplo y él no era el más apropiado para echar al fango a Margot delante de los cortesanos.
Muchos abrazos guapa
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