Los días que faltaban para la boda pasaban lentamente, el calor en París se tornaba oprimente, las calles estaban polvorientas y la sofocante ciudad se llenaba de forasteros que llegaban desde toda Francia. La mayoría de los hugonotes se alojaban en posadas y tabernas. Muchos campesinos de las provincias, la mayoría con alojamiento propio, habían acudido a la ciudad para participar en las festividades y contemplar el gran espectáculo del casamiento de su princesa con el rey de Navarra. Debido a la sequía y a que la última cosecha había sido mala, había también un gran número de humildes trabajadores que bloqueaban los accesos a París con la esperanza de conseguir algo que comer en las grandes fiestas que se avecinaban. Las iglesias, los conventos y otros edificios habían sido abiertos especialmente para albergar la inesperada afluencia de gente. Sin embargo, muchos visitantes debían acomodarse precariamente o dormir amontonados en las calles.
Cuando llegaron los primeros protestantes, la ciudad ultracatólica parecía pacífica, lo que sorprendió a muchos hugonotes, quienes habían esperado enfrentarse a un odio latente. Pero, a mediados de mes, los púlpitos hervían con un clamor de desaprobación por la boda. Los encendidos sermones, llenos de odio y dirigidos principalmente contra los protestantes y contra la familia real, dieron origen a numerosos rumores infundados que corrieron desde las congregaciones hasta la multitud. Incluso el Parlamento de París decidió mostrar su malestar por este matrimonio. Las protestas del pueblo se evidenciaron, y se acentuaron ante el derroche de gastos y lujos que este matrimonio comporta. La atmósfera era tensa en las calles de París, que no era el París actual con sus anchos bulevares, sino una ciudad medieval de calles estrechas y retorcidas que a veces se abrían hacia grandes plazas, y a veces se estrechaban aun más, hasta terminar en callejones sin salida.
Cuando llegaron los primeros protestantes, la ciudad ultracatólica parecía pacífica, lo que sorprendió a muchos hugonotes, quienes habían esperado enfrentarse a un odio latente. Pero, a mediados de mes, los púlpitos hervían con un clamor de desaprobación por la boda. Los encendidos sermones, llenos de odio y dirigidos principalmente contra los protestantes y contra la familia real, dieron origen a numerosos rumores infundados que corrieron desde las congregaciones hasta la multitud. Incluso el Parlamento de París decidió mostrar su malestar por este matrimonio. Las protestas del pueblo se evidenciaron, y se acentuaron ante el derroche de gastos y lujos que este matrimonio comporta. La atmósfera era tensa en las calles de París, que no era el París actual con sus anchos bulevares, sino una ciudad medieval de calles estrechas y retorcidas que a veces se abrían hacia grandes plazas, y a veces se estrechaban aun más, hasta terminar en callejones sin salida.

LA BODA
Durante el tiempo que medió hasta el día de la boda, Margot había demostrado escaso entusiasmo por lo que le esperaba. A la joven la atemorizaba la idea de abandonar la brillante corte francesa para vivir en Nérac, con toda su austeridad protestante. Aquella princesa, hija de la diversión, el coqueteo y el gusto por la moda, temía que el reino de su esposo llegara a ser para ella como una tumba en vida. Como comprendía y temía a su madre, Margot era realista acerca de los peligros que implicaba ser la esposa de Enrique de Navarra. En caso de que hubiera más conflictos religiosos, el bando de su esposo no confiaría en ella, y su propia y desconfiada familia – cuando ya no les sirviera de nada- la consideraría igualmente manchada. Así, si la paz que su boda pretendía afirmar no se mantenía, se vería definitivamente separada de ellos. La joven no amaba demasiado a su madre ni a sus hermanos mayores, pero, a pesar de todo, tenía miedo de que la abandonaran.
Súbitamente, la joven toma una decisión y declara a la reina madre y al duque de Anjou que se niega a desposarse con el hugonote Enrique de Navarra, por muy rey que éste sea. La escena es violenta y espantosamente larga. Desconocemos las rudas palabras que se intercambiaron los protagonistas, pero sí sabemos que, cuando la señora de Curton entra en la estancia, encuentra al rey sentado en el lecho de su madre, desgranando el rosario para pedir perdón por su furia, mientras Margot, vencida, sometida y resignada, vierte abundantes lágrimas. A fin de ofrecer un poco de consuelo a la futura desposada, ésta recibe una dote todavía más importante que la prevista. El rey de Navarra, por su parte, colabora con ciento ocho mil libras en joyas, pero no le proporciona ningún sosiego a la prometida.
Súbitamente, la joven toma una decisión y declara a la reina madre y al duque de Anjou que se niega a desposarse con el hugonote Enrique de Navarra, por muy rey que éste sea. La escena es violenta y espantosamente larga. Desconocemos las rudas palabras que se intercambiaron los protagonistas, pero sí sabemos que, cuando la señora de Curton entra en la estancia, encuentra al rey sentado en el lecho de su madre, desgranando el rosario para pedir perdón por su furia, mientras Margot, vencida, sometida y resignada, vierte abundantes lágrimas. A fin de ofrecer un poco de consuelo a la futura desposada, ésta recibe una dote todavía más importante que la prevista. El rey de Navarra, por su parte, colabora con ciento ocho mil libras en joyas, pero no le proporciona ningún sosiego a la prometida.

En la mañana del 18 de agosto de 1572, la novia se preparaba para la ceremonia. Había pasado la noche en el palacio episcopal, junto a la catedral de Notre-Dame. Margarita de Valois, suntuosamente ataviada con un vestido resplandeciente de piedras preciosas, luciendo en la cabeza una brillante corona ribeteada de armiño y arrastrando un abrigo azul con una cola de nueve metros de largo, llevada por tres princesas, y flanqueada por sus hermanos, Carlos IX y el duque de Anjou, caminó hasta la plataforma que se había levantado especialmente fuera de Notre-Dame, donde habría de tener lugar la primera parte de la ceremonia. Mientras la novia subía los peldaños de la plataforma con sus hermanos, Enrique de Navarra marchaba a su encuentro desde el otro lado, acompañado por Enrique de Condé y sus nobles, incluido al almirante de Coligny, líder del partido hugonote.
En un relato de la boda se dice que Anjou, Alençon, el rey y Enrique de Navarra vestían una seda del mismo color pálido, cubierta por otra seda bordada. Anjou, incapaz de resistirse al deseo de embellecer más su traje, había agregado un toquet emplumado, tachonado por 30 grandes perlas. Tal como había hecho para la boda de Carlos, la reina madre descartó su habitual traje negro y lució un vestido de brocado púrpura oscuro. Aparte de la fanfarria de trompetas que anunció la llegada de la pareja y de la familia real, la multitud contempló la primera parte de la ceremonia en silencio.
En un relato de la boda se dice que Anjou, Alençon, el rey y Enrique de Navarra vestían una seda del mismo color pálido, cubierta por otra seda bordada. Anjou, incapaz de resistirse al deseo de embellecer más su traje, había agregado un toquet emplumado, tachonado por 30 grandes perlas. Tal como había hecho para la boda de Carlos, la reina madre descartó su habitual traje negro y lució un vestido de brocado púrpura oscuro. Aparte de la fanfarria de trompetas que anunció la llegada de la pareja y de la familia real, la multitud contempló la primera parte de la ceremonia en silencio.

La pareja se arrodilló frente al cardenal de Borbón. Enrique, cuando se le preguntó si tomaba a Margot por esposa, contestó con un claro “ sí ”. Luego, el cardenal le preguntó a la novia si aceptaba a Enrique por esposo, pero la princesa permaneció en silencio. El cardenal formuló la pregunta por segunda vez, pero no obtuvo respuesta. Por último, el rey, exasperado por la actitud de su hermana, se colocó detrás de ella y bruscamente la obligó a inclinar la cabeza, como si estuviera asintiendo. Luego, caminando a zancadas, volvió a su asiento. De esa forma, mediante ese gesto, la novia se convirtió en la esposa de Enrique. El incidente fue más tarde uno de los factores decisivos que le permitieron hacer anular su matrimonio, con el argumento de que no había consentido por su libre voluntad.
A continuación, Enrique de Navarra condujo a Margot hasta donde estaba Anjou, quien había sido elegido su representante dentro de la catedral para asistir a la misa junto con el resto de la familia real. Durante la misa, Enrique y Coligny destacaban en la plataforma, conversando a la vista de la multitud. Cuando terminó el servicio religioso, Enrique se acercó a recibir a su esposa y la condujo, seguida por la comitiva real, hasta el palacio episcopal, donde se serviría un espléndido banquete para celebrar la boda.
A continuación, Enrique de Navarra condujo a Margot hasta donde estaba Anjou, quien había sido elegido su representante dentro de la catedral para asistir a la misa junto con el resto de la familia real. Durante la misa, Enrique y Coligny destacaban en la plataforma, conversando a la vista de la multitud. Cuando terminó el servicio religioso, Enrique se acercó a recibir a su esposa y la condujo, seguida por la comitiva real, hasta el palacio episcopal, donde se serviría un espléndido banquete para celebrar la boda.

Más tarde, se celebró un magnífico baile en la Salle Voutée del Louvre, seguido por el banquete en el palacio episcopal. Se habían colocado en la salle enormes rocas artificiales pintadas de plata, simulando montañas, y sobre ellas se sentaron los príncipes más importantes. Tanto Enrique de Guisa como Coligny asistieron a la celebración, aunque Guisa presentó sus excusas y pidió autorización al rey para retirarse temprano. Coligny lo siguió poco después. Cuatro días durarían las fiestas y los magníficos espectáculos. Las celebraciones resultaron sorprendentemente amables y pacíficas, teniendo en cuenta la tensión que había existido antes de la boda.
Fuentes:
FRIEDA, LEONIE. Catalina de Médicis. Siglo XXI de España Editores, S. A. 2006
CASTELOT, ANDRÉ. La Reina Margot. Ediciones Martínez Roca,S.A. 1994
http://es.wikipedia.org/wiki/Matanza_de_San_Bartolom%C3%A9
Imágenes extraídas de la película " La Reina Margot" ( 1994) dirigida por Patrice Chéreau.

6 comentarios:
No creo que Margot fuese tan linda como la Adjanni,( mas bien los retratos la muestran como una Catalina joven y rubia) pero evidentemente era mucho mas inteligente que muchas princesas de su epoca. Ahora veo claramente las sabias razones por las que se resistía con tanto empeño a esa boda.Gracias Magnolia.
Es verdad, yo también veo a Margot muy parecida físicamente a su madre. Hoy me ha sido imposible escribir la siguiente entrada, espero encontrar tiempo mañana.
Abrazos dama de oro, feliz fin de semana
Me pregunto que habrá pensado Enrique de Navarra cuando Margarita no respondió a la pregunta.
Margot debía sentirse presa en un matrimonio que temía acabase con sus costumbres y su vida. Creo que la princesa tenía un espíritu tan libre que era imposible atarle cadenas, estoy ansiosa por saber cómo fue su vida de casada y cómo anuló su matrimonio.
Te sigo atentamente.
Besos y abrazos...
Me encanta tu blog y esta entrada sobre una maravillosa mujer como es la Reina Margot me parece genial. Un abrazo desde Asturias.
Querida Lady Grey, te adelanto un poco cómo fue el matrimonio de esta pareja, los dos fueron infieles y a pesar de muchos momentos difíciles en su vida común, una vez divorciados mantuvieron una buena amistad.
La tensión que se respiraría en aquellos instantes del sí quiero, debió de cortar el aire. Qué violento para Enrique ver cómo obligan a la fuerza a la novia a aceptarlo como esposo.
Muchos abrazos, feliz fin de semana
Miles de gracias Hypatia por dejarme tus palabras y dedicarme un pedacito de tu tiempo. Estoy muy contenta de que esta serie sobre Margot de Valois os esté gustando, espero concluir su vida en esta semana, una vez que termine con las dos entradas más dificultosas, para mí, que son las de la matanza de hugonotes, el resto de entradas serán más agiles. Ahora mismo he comenzado a escribir parte de la nueva entrada, mañana la veréis.
Abrazos a la hermosa tierra asturiana desde Aragón
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