
TOMANDO DECISIONES
Después de celebrada la boda, Arturo debía volver a sus asuntos de Gales. El consejo debatía si el príncipe era suficientemente fuerte para comenzar sus deberes conyugales y si sería mejor que la joven pareja viviera separada uno o dos años. Los cuatro padres al parecer convinieron que no debía haber ninguna precipitación. Enrique VII e Isabel de York estaban ansiosos por proteger la salud de su hijo. Fernando e Isabel hicieron explícito que también se sentirían más agradados que insatisfechos si se demoraba la consumación por algún tiempo, en vista de la edad tierna de Arturo. El joven príncipe permanecía callado y Catalina rehusaba pudorosamente expresar sus preferencias dejando la decisión a su suegro.
Se pensó que la princesa permaneciese en Londres bajo la tutela de su suegra Isabel de York y con su cuñada la princesa Margarita como compañera, mientras se permitía que Arturo siguiera creciendo, sin perturbarse por las distracciones de una esposa, en el castillo de Ludlow. Sin embargo, hubo cambio de planes, la princesa se puso en marcha en diciembre hacia Ludlow. Este cambio, que enfureció a los españoles, estaba relacionado con la cuestión de la dote de la princesa. El rey Fernando había convenido entregar 200.000 coronas como dote de su hija. Se había enviado la mitad en un primer pago. De pronto anunció que una porción sustancial de la suma debida restante, 35.000 coronas, estaba siendo consignada en vajilla de plata y joyas.
Arturo Tudor, principe de Gales
No le llevó mucho tiempo a Enrique VII idear un plan maquiavélico. En el caso de que la princesa de Gales fuese enviada a Ludlow, Catalina debería usar su propia vajilla, esto imposibilitaría a Fernando volver a referirse a esas mismas joyas y vajilla de plata, ahora de segunda mano, como parte de la dote debida a Enrique VII. El rey inglés escribiría a los Reyes Católicos: "Aun cuando son varias las personas que se oponen a esta decisión, no hemos querido permitir que el príncipe y la princesa vivieran lejos el uno del otro. Y es nuestro deseo revelaros nuestro sentir en esta carta, para que por ella juzguéis del profundo amor que nos inspira la ilustre señora Catalina, nuestra hija común, cuyo bien y felicidad deseamos, aun a riesgo de la salud de nuestro propio hijo ". Si el monarca inglés hubiera aceptado la plata como parte de la dote y hubiera dado un recibo por ella, la joven princesa se hubiera ahorrado muchos sinsabores en el futuro, pero no se hizo así y la cuestión de las joyas, como dice Mattingly, amargaría su existencia durante años.
A su nueva residencia fueron acompañados por soldados, juristas y administradores, caballeros, infantes y arqueros. Todo un cortejo de honor comandado por uno de los hombres de confianza y más eficaces que tenía en la corte Enrique VII, sir Richard Pole, una persona que conocía a la perfección toda la administración de la casa Tudor. Era familia del rey por parte materna, presidente del Consejo del príncipe de Gales y mano derecha de Arturo. Habiendo cumplido el encargo de Isabel y Fernando de acompañar a Catalina hasta que ésta contrajese matrimonio, una parte de su séquito regresó a España. Para la casa permanente de Catalina quedaron su capellán, Alessandro Geraldini, sus camareros, ujieres y pajes encabezados por don Pedro Manrique, además de las damas de compañía vigiladas siempre por doña Elvira Manuel.

Pocas son las informaciones que hay sobre la vida y la corte de los príncipes en el frío y tétrico castillo de Ludlow, situado en el condado de Shropshire, en la frontera con Gales. Esta fortaleza normanda se convirtió, a partir de 1473, en el centro administrativo de la provincia de Gales. La torre donde vivieron los jóvenes esposos se denomina " Torre del Príncipe Arturo ". Se tiene conocimiento de los actos protocolarios de los distintos condes y señores de las tierras de Gales que venían a caballo para rendir homenaje a los príncipes. Entre esos dignatarios se encontraba sir Rhys ap Thomas, hombre al que Arturo llamaba “ padre Rhys”.
Tanto Catalina como su nuevo esposo eran amantes de la lectura, ya que los dos jóvenes habían sido educados con esmero. Poco se conoce de ese muchacho pero si puede decirse que era una persona culta, capaz de seguir una discusión con doctores sin ningún problema. A la lectura se sumaban las fiestas y los paseos a caballo. Catalina aprovechó su estancia en Gales para aprender a hablar inglés, incluso en más de una ocasión tuvo como profesor a su propio esposo.
Margaret Pole, octava condesa de Salisbury y mártir católica, murió decapitada por orden de Enrique VIII en 1541. El inexperto verdugo erró varias veces el golpe y fueron necesarios diez hachazos para terminar con la vida de una pobre anciana. Había sido la última princesa Plantagenet, el último miembro legítimo de esa dinastía real. En ese gélido castillo surgió una gran amistad entre Catalina y Margaret Pole, condesa de Salisbury, que se fue afianzando con los años. Dos mujeres no demasiado cercanas en edad, la condesa tenía casi treinta años, pero que compartían el mismo tipo de carácter. Ambas poseían el encanto de la bondad, eran bien educadas, afectuosas, pías y lectoras, aparentemente sumisas pero fuertes por dentro. Lady Margaret era una mujer de porte delgado y digno, de cara alargada con divertida nariz aguileña. Estaba casada con sir Richard Pole y era prima de la reina Isabel de York. Su hermano, Eduardo Plantagenet, conde de Warwick, había sido ejecutado por orden de Enrique VII en 1499 para poder formalizar el matrimonio del príncipe Arturo.
Se dice que ese fue el precio que impuso Fernando de Aragón para que se llevase a cabo esta alianza matrimonial. Warwick era el más peligroso competidor dinástico del rey Tudor, un potencial pretendiente al trono que había que eliminar. Reza la leyenda que la pobre Catalina se sentía profundamente responsable de ese terrible delito, que a veces decía que su primer matrimonio estaba destinado a ser desgraciado, que estaba amasado con sangre. Por este motivo la princesa cobró particular afecto a Lady Margaret Pole, una de sus primeras amigas entre la antigua nobleza, quien años más tarde fue nombrada gobernadora de la Casa de la princesa María. Catalina promovió la educación de su hijo Reginald Pole en la Corte, casi como si fuera un príncipe real, y se le atribuye manifestar que todavía podría reparar el daño causado inocentemente a la Casa Plantagenet y restaurar su sangre en el trono casando a su hija con el hijo de Lady Salisbury. Pero regresemos otra vez a Ludlow.
Durante la primavera en la que Arturo y Catalina estuvieron en Gales, el clima fue adverso. Días de frío, lluvias continuas y mucha humedad. Esas condiciones climáticas hacían proliferar infinidad de enfermedades entre cortesanos, nobles y sirvientes. Fue uno de los siglos más fríos que se hayan conocido en la historia de Inglaterra. Parece ser que la temida enfermedad del sudor llegó a Ludlow en marzo.
Un buen día Arturo decidió salir de caza, una de esas aficiones aprendidas de su padre. El tiempo no era muy agradable pero se habían visto venados y jabalíes en los bosques cercanos al castillo y el príncipe estaba ansioso por salir a caballo con sus perros. La cacería, a la que habían acudido los más importantes nobles de las marcas de Gales, debía durar todo el día, pero a media mañana apareció un sirviente que gritaba con jadeos de cansancio que el príncipe estaba enfermo y que volvía hacia el castillo en una rudimentaria camilla hecha con maderas en el mismo bosque.
Cuando llegó, Catalina estaba esperándole en la puerta del castillo y vio cómo su joven esposo estaba completamente demacrado, con los labios morados, síntomas de que padecía altas fiebres. La corte se inquietó ante la enfermedad del heredero. La princesa pasó días a los pies de su lecho, rezando y murmurando palabras de consuelo que sirvieran de friegas espirituales a su marido. A los pocos días, Catalina también empezó a sentirse mal. Los dos estaban enfermos pero ella era mucho más fuerte. Arturo no pudo salvarse. Murió el 2 de abril de 1502, casi cinco meses después de haber contraído matrimonio con la infanta española.
Fuentes:
ULARGUI, LUIS. Catalina de Aragón. 2004 Random House Mondadori S.A.
MATTINGLY, GARRET.Catalina de Aragón. 1998 Ediciones Palabra, S.A.
FRASER, ANTONIA. Las seis esposas de Enrique VIII. 1998 Ediciones B Argentina, S.A.
4 comentarios:
Magnolia, te quería ofrecer por si te interesa, imagenes de mi muñeca Catalina de Aragón. Me haría mucha ilusión que las incluyeras en una de tus entradas. Saludos. Mª Victoria.
Muchísimas gracias por permitirme utilizar la imagen de tus muñecas en mi blog, precisamente soy una enamorada de tus trabajos, son una preciosidad y tus manos hacen veraderas obras de arte. ¡ Enhorabuena ! Será un honor emplear tus muñecas y si me permites utilizar también a Juana de Castilla me harias un inmenso favor porque como va a ser una serie muy larga la de estas reinas, me voy quedando sin imágenes.
Muchos abrazos María Victoria y ¡¡¡ gracias !!!
Magnolia, puedes emplear las imagenes que desees de mi blog, no hay ningún problema. Me encanta que las vean el mayor número de personas posible. Sería una pena que solo las vieran quienes vienen a mi casa.
Te felicito por tu blog, siempre me gusto la historia y cada día hay algo que aprender. Además pones unas imagenes divinas. Cuando las veo me dan ganas tranformarlas a todas en muñecas.
Muchos besos y ¡de nada!
María Victoria.
Muchas gracias a ti, María Victoria. Como puedes comprobar te he tomado la palabra y tu muñeca ya luce divina en la siguiente entrada. Enhorabuena por las exquisiteces que realizas con tus hábiles manos, sigue mostrándonos tus bellos trabajos.
Muchos abrazos y feliz semana, gracias por visitarme.
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