domingo, 18 de marzo de 2012

CATALINA DE ARAGÓN, Princesa de Gales ( VI )



LA BODA CON ARTURO DE GALES


Al joven príncipe Enrique, duque de York y hermano de Arturo, lo asignaron como “caballero” de Catalina acompañándola cuando salía montada en su mula y como Enrique era un soberbio jinete, lucíase en la silla con la magnífica confianza del que jamás ha permitido que se le refrene. Hubo de escoltarla por las calles de Londres, en donde llamaba poderosamente la atención la joven y bella princesa con su airoso sombrero de anchas alas, su cofia púrpura y los colores de España. Así el pueblo, bullanguero y curioso, se tiraba a las calles mal empedradas de la capital inglesa para ver a su futura reina y al hidalgo mozuelo, que más satisfecho que un pavo real, aspiraba con deleite el incienso de aquellos vítores.




Catalina de Aragón y Arturo de Gales se casaron el 14 de noviembre de 1501 en la antigua catedral de San Pablo de Londres. Era un domingo radiante. Al entrar en la catedral sonaron las inmensas trompetas y las botainas llegadas expresamente de tierras hispanas para tan magna y regia ocasión. El hermano menor del novio, Enrique, fue el encargado de acompañarla de la mano por toda la nave central de la catedral. El muchacho sólo tenía diez años pero era alto - mucho más que Arturo, cinco años mayor que él- de anchos hombros, corpulento y vestía camisa de terciopelo de color plata.

Un detalle castellano se veía en el traje blanco de Catalina, al igual que sus damas de honor, llevaba una mantilla bordada en hilos de seda blanco y dorado, en la que se habían engarzado diversas perlas y piedras preciosas. El arzobispo de Canterbury la unió en matrimonio con el joven novio vestido de blanco. El pueblo vitoreó el casamiento y tras la salida de los príncipes de Gales de la catedral se abrieron los grifos del vino, regalo de los reyes Enrique e Isabel de York al pueblo de Londres, y las campanas de toda la ciudad resonaron al unísono. Londres no había visto nunca una boda tan espléndida. Quedaban diez días de celebraciones y diversiones.

Uno de los vecinos que se entusiasmó con la gran fiesta del matrimonio de los príncipes fue un joven Tomás Moro, que en años venideros se convertiría en uno de los grandes humanistas de Europa y en uno de los grandes amigos de Catalina. En una de sus misivas, concretamente la carta más antigua que de él se conserva, dice: " La muy ilustre Catalina, hija de España y esposa de nuestro preclaro príncipe, entró hace poco en la City con tanto esplendor y pompa que no se recuerda jamás recibimiento semejante. La suntuosidad desplegada por nuestra nobleza causaba admiración (...) En cuanto a la princesa, créeme si te digo que resultó de extraordinario agrado a todas las personas. No le faltaba una sola de las gracias que deben adornar a la más hermosa doncella. Todo el mundo acabó por elogiarla muchísimo, pero no la elogió bastante. Yo tengo la esperanza de que este celebérrimo enlace resulte ser para Inglaterra señal fausta y venturosa ".



BANQUETE Y FESTEJOS


El banquete tuvo lugar en el castillo de Baynard que había sido reconstruido por Enrique VII el año anterior y ahora era utilizado principalmente para las celebraciones. Catalina estuvo durante toda la comida sentada a la derecha del rey, con el ingenioso embajador Ayala, los condes de Oxford y de Derby y con varias de sus damas de compañía. Arturo se sentó en una mesa separada para los niños con el príncipe Enrique y sus hermanas: la princesa Margarita, de doce años, vestida con traje dorado y la princesa María, de cinco años, con un traje carmesí con detalles de piel.

El rey Enrique aprovechó para regalar a sus más honorables nobles diversas joyas en agradecimiento por su devoción en los últimos años. Al duque de Buckingham le dio un diamante, al marqués de Dorset un rubí y al resto de condes y gentileshombres diversos anillos de oro. Una manera de tener contenta a tan recia y arcaica nobleza de la isla. Tras el banquete, los novios pasearon en falúa por las aguas del Támesis para acercarse al recinto donde se celebrarían los torneos y las justas, el Westminster Hall, que se encontraba tapizado con las más lujosas y costosas telas, traídas para la ocasión.




En ese escenario se celebraron obras de teatro, donde monstruos de leyenda y guerreros se enfrentaban entre sí, junto con enanos y saltimbanquis que hicieron las delicias de nobles y plebeyos. En las representaciones no faltaron titiriteros españoles, fingidas sirenas, juegos de bolos, monos bailarines, danzas y cortejos de fuego. Lo que más divirtió a la joven princesa fue el desfile de carrozas que conducían los nobles ingleses. Un desfile carnavalesco, grotesco, donde lord Major sacó un dragón rojo que iba precedido por un gigante que agarraba un árbol entre sus manos. El conde de Essex no se quedó atrás en ese colorido desfile de sorpresas legendarias: sobre una inmensa montaña de hierbas silvestres y de piedras iba una agradable doncella, en representación de la virtud, la juventud y la virginidad.

Enrique VII quiso honrar al joven matrimonio con un espectáculo de canto. En la sala de baile hizo desfilar en una carroza, que asemejaba un castillo medieval, a un coro de niños cantores. La carroza iba tirada por cuatro bestias encadenadas y a sus pies se colocaron dos leones de plata y oro. Tras los cánticos aparecieron dos nuevas carrozas, donde se representaban alegorías del deseo y de la esperanza, junto con una mujer de exóticos rasgos que simbolizaba a la princesa española.




Después vino el baile nupcial. Catalina cautivó a los cortesanos por la dignidad y gracia con que ella y sus bellas damas de honor interpretaron las típicas danzas de su país, enseñando a todos sus artes de galante bailarina. El rey Enrique e Isabel de York mostraron su contento, extendiendo luego su admiración al baile que Arturo, modestamente, interpretó con Lady Cecil. Pero lo que más gustó a todos fue el ímpetu juvenil y gracioso con que el príncipe Enrique tiró sus pesados chaquetones y brincó alegremente en ropa interior con su hermana Margarita.

Parece ser que en todo el período de festejos y celebraciones oficiales que siguieron, el príncipe Arturo jugó un papel pasivo, poco participativo, en los mismos. Los cronistas, testigos de todo ello, aseguran que el príncipe, que tenía que haber sido allí la figura principal, " era demasiado joven y frágil para los torneos ".





NOCHE DE BODAS


Tras la boda, los espectáculos, banquetes y danzas, se preparó y realizó el ceremonial del tálamo nupcial que pusiera de moda Margaret Beaufort, madre de Enrique VII. Una condesa española y una duquesa inglesa habían supervisado en persona la preparación de la cama nupcial. Un conde inglés había acudido para cerciorarse de que habían realizado el trabajo adecuadamente. Incluso la había probado él mismo, primero de un lado y después del otro, para asegurarse de que era lo bastante cómoda y estaba bien hecha.

Catalina fue llevada a la alcoba real por los duques de Norfolk y un grupo de damas españolas. Observada por la comitiva de mujeres se metió en la cama y allí aguardó al pálido joven de quince años, labios delgados y pelo caoba con el que acababa de casarse. Llevaba un camisón de elegante belleza y se cubría la cabeza con un velo blanco.

El príncipe entró en la habitación acompañado de un séquito de amigos, sirvientes y funcionarios. Arturo, en camisa y con una bata por encima, saludó a su esposa y se introdujo entre las sábanas de seda. Antes de que todo el séquito se marchase a continuar la fiesta, el obispo bendijo la cama y todos rezaron para pedir a Dios que el matrimonio fuese fructífero. Tras los rezos y un amén en coro, dejaron a la pareja, no sin antes recordarles que en una de las mesas encontrarían vino y especias para tan importante y larga noche.



Lo que sucedió en esa noche de bodas es todo un misterio. Hay quien dice que en la primera noche estuvieron acompañados por una dama de alta alcurnia. Otros afirman que estaban solos. Parece ser que la reina Isabel de York había dado órdenes a doña Elvira Manuel para que actuara como espía, pues no quería que otro de sus hijos muriera por su fogosidad pasional. La dama española nunca llegó a pasar la noche en la alcoba, sólo aconsejó a la princesa para que actuara con delicadeza.

En las audiencias celebradas años después en Zaragoza, los testigos españoles que servían a Catalina en Inglaterra, se mostraron tajantes sobre la impotencia del joven esposo. Arturo se escabulló de la habitación temprano, abrumado por no haber podido cumplir, y la princesa señaló a un joven perteneciente a su servicio y murmuró a sus damas: " Ojalá mi marido, el príncipe, fuese tan fuerte como ese muchacho, porque me temo que nunca podrá mantener relaciones conmigo". Aseguraron que no se apreciaban las manchas de sangre propias de una virgen en las sábanas.

Juan de Gamarra, a la sazón un joven de doce años al servicio de Catalina, declaró en la audiencia que había permanecido en la antecámara de la reina la noche de bodas. "El señor príncipe Arturo se levantó muy temprano, lo que sorprendió mucho a todos", decía. Cuando Gamarra entró en la habitación de Catalina, la atmósfera entre sus damas era de preocupación por ella y decepción con Arturo. "Encontró a la vicecamarera, que era española y se llamaba Francisca de Cáceres, encargada de vestir y desvestir a la reina, y en la que ella confiaba mucho y a la que quería, con el rostro triste, diciendo a las otras doncellas que no había pasado nada entre el príncipe Arturo y su mujer, lo que sorprendía a todos, que se burlaban del príncipe". Los testigos de Inglaterra, por el contrario, afirmaron que se habían topado con un exultante Arturo pidiendo cerveza para saciar la sed de una dura noche de sexo. Catalina insistiría en que su primer matrimonio no fue consumado, ni en su noche de bodas ni en las que prosiguieron.

Parece que el príncipe Arturo era un adolescente poco desarrollado para su edad y creo posible que no hubiese alcanzado la madurez sexual en los cinco meses que duró su matrimonio, y si tomamos en cuenta algunos testimonios, era débil y enfermizo. Algún historiador apunta que padeció cáncer testicular. En favor de Catalina diré que no tenía ninguna necesidad de utilizar una mentira tan arriesgada y que se podía probar, la virginidad es fácilmente comprobable mediante un examen ginecológico. Su caso no es extraño ni aislado, en la Historia se conocen matrimonios jóvenes que tardaron meses e incluso años en llegar a la consumación. Toda persona es inocente mientras no se demuestre lo contrario con pruebas concluyentes.

Fuentes:
MATTINGLY, GARRET. Catalina de Aragón. 1998 Ediciones Palabra, S.A.
FRASER, ANTONIA. Las seis esposas de Enrique VIII. 1998 Ediciones B Argentina, S.A.
ULARGUI, LUIS. Catalina de Aragón. 2004 Random House Mondadori S.A.
TREMLETT, GILES. Catalina de Aragón, reina de Inglaterra. 2012 Editorial Crítica S.L.



2 comentarios:

Anny D Lee dijo...

Cuantos post!!! ahora mismo me los leo todos ^^.

por cierto la primera imagen es del juego de vestir de los tudor, lo hiciste tu?

Besos!!!

Magnolia dijo...

Si Amy, a falta de imágenes de una Catalina de Aragón joven y bella, voy haciendo muñequitas con ese juego. Hay que ilustrar las entradas, sino quedan sosas sin imágenes :-)

Gracias por comentar guapa,

¡¡ Abrazos !!!

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