domingo, 5 de febrero de 2012

Lucrecia Borgia y Giovanni Sforza ( I )

DA VINCI, LEONARDO. Beatrice d'Este



Milán tenía por entonces por duque a Gian Galeazzo Sforza, joven enfermo, consumido más bien por los placeres y el libertinaje, consentidos, si no procurados, por su tutor y tío Ludovico el Moro. Ludovico era uno de esos hombres en los que el ansia del poder muerde más agudamente incluso que el deseo de vida, y se había casado con una mujer, Beatrice d’Este, de la casa ducal de Ferrara, la cual reforzaba estas ambiciones con las suyas, que eran casi feroces. Apenas veinteañera, estaba ya segura de su meta, segura de los caminos que era necesario seguir para llegar al fondo. Mujer antojadiza, de gracias raras, de refinamientos intelectuales, de obstinado orgullo, odiaba más que nada a aquella que, a su parecer, le robaba el primer puesto de princesa en Milán, a la magnánima Isabel de Aragón, esposa de Gian Galeazzo.

Si hubiese habido menester de alguien que impulsase al Moro a llamar a los extranjeros a Italia para aplastar y dispersar la odiada dinastía aragonesa, no se hubiera hallado a nadie más adecuado que su esposa Beatrice. Ella era el alma, y un alma endemoniada, de la lucha que los Sforza habían empeñado contra el reino napolitano. Y si bien con una sombra de celos, consintió también ella en el proyecto de su cuñado el cardenal Ascanio Sforza de tratar de ligar a la hija del Papa al partido de los Sforza.

En seguida el cardenal Sforza pasó revista a su familia en las ramas directas y en las colaterales, y aquí se encontraba con un Sforza de segundo grado, Giovanni, que llevaba el título de conde de Cotignola, señor de Pesaro, y parecía resumir en sí el carácter y las características que se precisaban. El joven de veintiséis años, viudo de Magdalena de Gonzaga, educado humanísticamente, de aspecto casi insignificante pero de una cierta elegancia en el modo de presentarse y de vivir, era muy sensible a las sugestiones de la vanidad, y más aún a las de los intereses, y adicto, casi propenso, a la fastuosa prepotencia de sus parientes de Milán. Este viudo, aunque vanidoso e interesado, cuya educación no había logrado atemperar su carácter violento y rencoroso, pasaba por inteligente y culto.


Ascanio Sforza



Las conversaciones, por discretas que fueran, trascendieron, entre otras cosas porque Giovanni Sforza llegó a Roma, al palacio del cardenal San Clemente, de relativo incógnito, para asegurarse de que el Papa no cambiara de idea, como ya había ocurrido en dos ocasiones. Si Querubín de Centelles se había mantenido tranquilo, Gaspar de Prócida, informado a tiempo y acaso por persona a la cual el proyecto del matrimonio sforzesco no agradaba, marchó a Roma encontrándose allí en los mismos días que su rival. Con una prudencia que le iba muy bien, Giovanni Sforza se mantenía oculto y no salía sino de noche. Y a la actitud del cauteloso favorito, el encolerizado prometido oponía la suya, completamente diversa: tenía su contrato en el bolsillo y, sostenido y respaldado por su padre, solicitaba audiencias que no le eran concedidas, profería muchas bravatas, declaraba a todo el que quería oírle estar resuelto a no ceder y tener de su parte al rey Fernando el Católico: si no se le hacía justicia, apelaría a todos los príncipes y poderosos de la cristiandad.

El embajador de Ferrara informaba a su amo: “ Dios no permita que esta nueva boda acarree desgracias. Parece que el rey de Nápoles está descontento a este respecto. El asunto está aún en el aire, se dicen muchas cosas agradables al segundo y al tercer prometidos. En todas partes se cree que Giovanni Sforza saldrá vencedor, sobre todo porque el cardenal Ascanio ha tomado su causa en sus manos y es poderoso, tanto de palabra como de hecho ”. Giovanni no estaba seguro de su victoria, su rival contaba con muchos apoyos en España. Parece ser, pero no es noticia del todo digna de consideración, si bien bastante posible, que al pontífice le costara tres mil ducados de oro “calmar” al joven Gaspar.

Ciertamente, Alejandro VI envolvió en tal red de atemperadas negativas y simuladas concesiones a los dos españoles, padre e hijo, que en agosto se extendía un acta no tanto de disolución cuanto de aplazamiento de los contratos matrimoniales: en el acta había una cláusula por la cual el joven valenciano se obligaba a no desposarse durante un año, de modo que “ sobreviniendo momentos más propicios ” las bodas entre él y Lucrecia pudieran tener lugar. Es difícil de imaginar qué pensaba Alejandro VI mientras dictaba esta cláusula: se sirvió de ella, quizá, para tender una trampa en la que cayó, y no muy fácilmente, el obstinado pretendiente, para que entretanto dejase libre a su hija.


ROSSETTI, DANTE GABRIEL. Lucrezia Borgia



Lucrecia, comprometida, liberada de su compromiso y comprometida de nuevo en lapso de sólo dos meses, conservaba pocas ilusiones acerca del carácter sagrado del matrimonio. Sin quererlo, se había convertido en el objeto de la rivalidad entre dos pretendientes y la causa de un primer escándalo público. Como figura conocida, debía presentar en adelante un estilo de vida intachable. Las miradas de todos los embajadores del mundo estaban atentas a su manera de ser, caminar, vestirse, bailar, expresarse y reír. La juzgaban por sus gestos, su voz, su belleza, sus réplicas. Beatrice d’Este se interesaba por los atractivos de la joven Borgia: “ Pregunté si era torpe y amanerada; me respondieron que no, que estaba, por el contrario, muy dotada pues sabía conversar y cantar, así que no dudo del resto ”. Lucrecia dominaba el arte de agradar así como el de la conversación, principal pasatiempo de esa sociedad refinada. Su despierta inteligencia obraba maravillas. La pedantería era desconocida entonces en Roma y se valoraba la habilidad de una mujer para fingir que no sabía nada aun cuando lo supiese todo.

Una provocación del rey napolitano obligó al Papa a apresurar sus proyectos matrimoniales: Ferrante de Nápoles, temeroso de una posible unión de Lucrecia con el sobrino de Ludovico el Moro, dirigió una carta a su primo Fernando el Católico en la que reprochaba al Santo Padre “ no mostrar respeto alguno por su trono. Su único objetivo es encumbrar a sus hijos a cualquier precio. El fraude y el disimulo impregnan todos sus actos ”. Estas acusaciones, que se hicieron públicas, irritaron a Alejandro VI, pero lo que más le inquietaba era la presencia constante de los ejércitos de los condotieros napolitanos en las inmediaciones de los Estados Pontificios. El pontífice no vaciló más y decidió confirmar la alianza con Milán mediante la unión de Lucrecia con Giovanni Sforza. El futuro esposo, se había retirado a Pesaro, dejando el asunto en manos de sus protectores.


CADOGAN-COWPER, FRANK. Lucretia Borgia Reigns in the Vatican in the Absence of Pope Alexander VI



Giovanni estaba en preparativos nupciales, se sentía un personaje importante. Por medio del Papa había obtenido un mando y un alto grado en el ejército milanés con buenísimo sueldo. Era envidiado por esta esposa que tantos le habían disputado, nuevecita, es más, lo que se dice sin madurar, y que en sus manos de niña tenía preso el corazón del padre. Sabía que poseía ropas y joyas de maravilla – un solo traje, el de novia, costaría quince mil ducados-, que le harían grandes regalos y que el hermano, aquel duque de Gandía que era el más elegante y fastuoso joven de Roma, ostentaría unas joyas magníficas. Figurar al menos como ellos, pensaba el conde de Pesaro, era un deber de cortesía hacia los nuevos parientes. Pero no siendo sus arcas de tanto, sufría ya la humillación. Sobre todo le faltaba un collar de oro, hermoso y rico, trabajado de maravilla, una de esas labores de los orfebres del Renacimiento que eran como la enseña del poderío, de la riqueza y del gusto del que lo llevara. Giovanni se decide a pedir en préstamo el collar al marqués de Mantua, hermano de su primera esposa, y al Gonzaga le pareció oportunísimo enviarle algunas de las más ricas joyas de su colección, para hacerse grato a “ el hijo querido de Alejandro VI ”.

El 2 de febrero de 1493 se firmó en el Vaticano el certificado de matrimonio, en presencia del embajador de Milán y del enviado del Papa, Niccolò da Saiano. Lucrecia habría de recibir una dote de treinta y un mil ducados más diez mil ducados en ropa, joyas y muebles. Ante el notario y no ante el sacerdote, Niccolò da Saiano, en nombre de Giovanni Sforza, puso el anillo de bodas en el anular de la novia, “ porque de ese dedo parte una vena que va al corazón ”.


Fuentes:
CHASTENET, GENEVIÈVE. Lucrecia Borgia, ángel o demonio. Ediciones B, S.A. 2004
BELLONCI, MARIA. Lucrecia Borgia. Editorial Renacimiento, S.A. 1961

8 comentarios:

RaeCJ dijo...

Hola Magnolia, ya puedo comentar. Me ha gustado mucho la entrada. La vida de los Borgia es interesante y misteriosa, y más la de Lucrecia. Haces un trabajo precioso. Besos.

Anna Devert dijo...

Magnolia, magnífica y lúcida la forma que tienes de hacernos vislumbrar la psicología de los personajes. "El ansia de poder muerde más agudamente incluso que el deseo de vida". Precioso.
Me gusta, también, y especialmente, el retrato de Lucrezia de Dante Gabriel Rossetti. Hay algo tan dulce e inocente en su gesto...

Felicidades, de nuevo.

Un abrazo.

Reichfurst dijo...

Hola Magnolia:

Nuevamente enganchado con otro personaje historico fascinante como Lucrecia Borgia: luz y sombras, felicidad y tragedia, todo combinado en una vida realmente novelesca...

Quisiera saber si tienes pensado realizar la biografía de Beatriz d'Este, la esposa de Ludovico el Moro: ella si que fue una joven en extremo ambiciosa; sus pugnas con Isabel de Aragon fueron terribles y muy probablemente ella fue el alma impulsadora del destronamiento y muerte misteriosa de Gian Galeazzo, legitimo duque de Milan. La reseña que hiciste de ella al inicio de esta entrada me encanto!!, ojala pudieras en algun momento dedicarle un espacio.

Muchas gracias por darnos a todos la oportunidad de conocer mas a fondo a las mujeres que dejaron su propia huella en la historia. Un fuerte abrazo y sigue con tu genial trabajo!!!!

Magnolia dijo...

Gracias RaeCJ, reconozco que tardó algunos años en despertarse mi interés sobre Lucrecia Borgia y su familia, desde pequeña estaba influenciada por la mala prensa de esta familia y pensaba que no merecía la pena leer nada sobre una familia de corruptos, incestuosos, depravados etc ... pero poco a poco me he ido reconciliando con los Borgia y algunos libros como el de Genevieve Chastenet y el de María Bellonci me han ayudado a comprender la vida de Lucrecia.

Abrazos y feliz semana

Magnolia dijo...

Gracias Anna Devert, todo el mérito de las descripciones son de las autoras de los libros que tomo como fuente para estas entradas: Genevieve Chastenet y María Bellonci, ambas hicieron un excelente trabajo con la biografía de Lucrecia Borgia.

Gabriel Dante Rossetti es un pintor que me encanta junto con Waterhouse. Me apasiona los retratos que representan mujeres del Renacimiento o del Medievo.

Abrazos, feliz semana

Magnolia dijo...

Saludos reichfurst. Pues precisamente hace tiempo que me rondaba la cabeza presentar a Beatrice d' Este en mi blog, pero como no dispongo de la información necesaria para poder hacer una entrada en condiciones, intenté recopliar datos en internet que no me sirvieron para hacer la entrada que yo quería, asi que voy a intentar buscar libros que ofrezcan las biografias de las grandes mujeres renacentistas italianas a ver si puedo hacer algo con Beatrice, Isabella d'Este e Isabel de Aragón, duquesa de Milán. Bueno, tengo que reconocer que en esa pugna entre esas dos mujeres de los Sforza, mi preferida es Isabel de Aragón, como siempre barriendo para casa :-)

Muchas gracias por dejarme tu comentario tan elogioso, celebro que te atrape la serie de entradas sobre estas grandes damas de la Historia, alguna sólo me llega para ahcer una entrada y con otras me sale una serie.

Un abrazo, feliz semana

María dijo...

Hola Magnolia, llegué aquí por casualidad y me gustó, seguro que voy volver, tengo una gran atraccíón por lo femenino, tanto en pintura y literatura como en Historia.
Besos

Magnolia dijo...

Muchas gracias María por dejarme tu comentario, aqui siempre encontrarás la puerta abierta.

Abrazos y besos

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