sábado, 31 de diciembre de 2011

TERESA ENRÍQUEZ, La loca del Sacramento

Apodada " la loca del Sacramento " por el Papa Julio II debido a su acendrado amor a la Eucaristía, Teresa Enríquez vino al mundo en la localidad castellana de Valladolid hacia 1450. Era hija del Almirante Mayor de Castilla, don Alfonso Enríquez, y de María Alvarado Villagrán. Era por lo tanto prima hermana de Fernando el Católico. Quedando huérfana de madre al nacer, pasa su infancia con su abuela doña Teresa de Quiñones en Medina de Rioseco. Su abuela era una persona dedicada a la oración y a realizar obras de caridad. Fundó un convento franciscano y un hospital, donde asistía para atender a los enfermos. La joven Teresa la ayudaba en el reparto de ropas y comidas.



Se casó con uno de los hombres más cercanos a los Reyes Católicos, don Gutierre de Cárdenas, sagaz político que acumuló un inmenso poder, además de fortuna y tierras gracias a sus cargos de Contador Mayor y a sus actividades diplomáticas y militares en la guerra de Granada, que le valieron, entre otros, el título de Comendador Mayor de León de la Orden de Santiago. Con su enorme fortuna adquirió más títulos y señoríos, entre ellos los de Maqueda y Torrijos, en Toledo. El matrimonio tuvo varios hijos; Diego, Alonso, María y otros dos que murieron a muy temprana edad.

Teresa Enríquez fue dama de Isabel de Castilla y su más íntima amiga y confidente hasta la muerte de la reina. Según parece, sus edades e intereses eran también comunes, y hasta sus respectivos hijos se criaron juntos. Fue compañera inseparable de la reina, a la que acompañó a la guerra de Granada y a innumerables actos públicos. Debe destacarse la labor humanitaria que realizó como enfermera en el Hospital de la Sangre de la Santa Fe, que la reina había instalado durante el largo asedio de Granada, pues se encargaba de atender a los heridos, ayudándoles a soportar los dolores y atendiéndoles en todo momento. Doña Teresa no gustaba del boato de la Corte, asistiendo sólo a aquellas fiestas que, por el cargo de su esposo, se veía obligada como parte del protocolo, acudiendo elegantemente vestida y enjoyada, lo que le desagradaba profundamente.



Cuando queda viuda en 1503, dice adiós a todo lo mundano y se retira a su Villa de Torrijos; desprendida de todo lujo, vistiendo y viviendo como pobre, con un hábito de estameña negra. Fue famosa por su religiosidad y su dedicación a las obras de caridad. Entre las muchas acciones emprendidas por ella y que dejaron una profunda huella en la sociedad española de su época, se cuenta, por ejemplo, la fundación de la Cofradía del Santísimo Sacramento de Torrijos, que se convirtió en modelo y madre de muchas otras cofradías piadosas que se crearon en las décadas siguientes en toda la geografía de España y parte de Europa. También se le debe la construcción de la colegiata de Torrijos en honor del Santísimo Sacramento, la fundación de diversos conventos en diferentes poblaciones de España, dos hospitales y colegio, así como la construcción de una capilla en la Iglesia de San Lorenzo in Dámaso de Roma. Junto con su esposo erigieron en la catedral de Toledo la capilla de la Virgen de la Antigua, en la que se puede ver el retablo en el que figuran las imágenes de este matrimonio, así como las de sus hijos.

Fervorosa cristiana, era una apasionada de las procesiones del Corpus y de las manifestaciones religiosas. Dedicaba mucho tiempo a la contemplación y meditación ante el Sagrario de la Colegiata del Corpus Christi de Torrijos, al cual accedía directamente desde su palacio a través de un pasadizo. Esto, junto a la fundación de numerosas hermandades dedicadas al Sacramento, hizo que el Papa Julio II la llamara la loca del Sacramento.



Mujer caritativa, nunca dejó a nadie sin darle alimento, pues todos los días ella misma atendía a los pobres, dándoles de comer, por lo que a Torrijos acudían gentes de todas partes para obtener una limosna, trabajo o comida. En años de sequía y malas cosechas, a los labradores les repartía tierras, le facilitaba simientes y hasta yunta de bueyes. Se preocupó por la enseñanza de los niños, instituyó lo que se llamaba “los clerizones ”, niños cantores, que además recibían instrucción y educación. Ayudó a huérfanas y a mujeres de vida descarriada, para que tuvieran educación y una dote para contraer matrimonio.

Murió a muy avanzada edad, ya que su fallecimiento tuvo lugar el 4 de marzo de 1529, siendo enterrada junto a su marido en el convento franciscano, ya desaparecido. Su cuerpo descansa en la actualidad en el convento de la Concepción de Torrijos, donde se conserva incorrupto. Doña Teresa Enríquez se halla en proceso de beatificación.


Fuentes:
http://lapuertadesantamaria.blogspot.com/2011/06/teresa-enriquez-la-loca-del-sacramento.html
http://www.conocereisdeverdad.org/website/index.php?id=4720
http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=enriquez-teresa
http://almeriapedia.wikanda.es/wiki/Teresa_Enr%C3%ADquez

jueves, 29 de diciembre de 2011

La joven infanta Isabel de Castilla y su hermano Alfonso ( III )



UNA NOTICIA INESPERADA


En el verano de 1461 la reina Juana de Portugal anunció su estado de buena esperanza, tras siete años de infructuoso matrimonio. Aquel embarazo tardío, cuando ya la Corte se afirmaba en la impotencia o en la esterilidad del rey, resultaba sospechoso y se prestaba a las murmuraciones, que saldrían a la luz cuando estallase la crisis política, con el enfrentamiento del rey con la alta nobleza castellana.

El embarazo de la reina anunciaba un cambio inmediato en algo tan importante como el orden sucesorio al trono de Castilla. Hasta entonces ese orden sucesorio recaía en los hermanos pequeños del rey. Ahora los infantes quedaban postergados a un lugar secundario, desplazados del poder por el hijo o hija que diese a luz la reina Juana. De pronto, aquellos infantes que crecían a su aire en la olvidada villa de Arévalo, adquirían, por ese mismo hecho de su desplazamiento, un especial protagonismo. Eran piezas importantes en el juego político, podían convertirse en cabezas de una rebelión nobiliaria si caían en manos de algún poderoso noble descontento. En consecuencia, el rey ordenaría su inmediata custodia, sacándolos del hogar materno para llevarlos a la Corte.
 


 

ISABEL Y ALFONSO SON LLEVADOS A LA CORTE


Una orden llevada a cabo con medidas de fuerza que causaron asombro y dolor en la pequeña Corte de Arévalo. Con razón los infantes, y sobre todo Isabel, que ya contaba con diez años de edad, lo sintieron como si se hubieran convertido en personas puestas bajo sospecha. Así lo recordaría años después Isabel en su carta-manifiesto de 1471, que ella y su hermano Alfonso habían sido arrancados por la fuerza de los brazos de su madre:

Yo no quedé en poder del dicho señor Rey mi hermano, salvo de mi madre la Reina, de cuyos brazos inhumana y forzosamente fuimos arrancados el señor Rey don Alfonso mi hermano y yo, que a la sazón éramos niños, y así fuimos llevados a poder de la Reina doña Johanna que esto procuró porque ya estaba preñada, y como aquella que sabía la verdad, proveía para lo advenidero.

De la reina Juana partió la idea del traslado de los jóvenes infantes a la corte, o al menos así lo pensaba Isabel, no por cariño, sino como personas puestas en sospecha de la reina, temerosa de que reaccionasen los infantes contra los intereses de su hija, desde el punto y hora en que se sintió embarazada, y a fin de impedir que se apoderasen de ellos los nobles rebeldes.




En el castillo de Arévalo quedaría sola, abandonada a sus penas cada vez mayores, la reina viuda Isabel de Portugal. Un desamparo que haría crecer sus horas de angustia, que poco a poco la arrojarían al pozo de la locura.

Hoy podemos decir que hubo violencia en el traslado de los infantes, sacados de Arévalo, dejando allí sola y a su desventura a la reina madre, pero que en la nueva corte de la reina Juana, si bien tenidos bajo custodia, los infantes de Castilla no fueron tratados con rigor. Aunque la reina nunca fue amable con ellos y la sensación de Isabel fue la de ser un rehén político. La infanta Isabel había cumplido diez años, momento desde el cual, de acuerdo con el testamento de su padre, debía percibir unos ingresos no inferiores a un millón de maravedíes, que no se le hizo efectivo.





EL NACIMIENTO DE LA PRINCESA JUANA


Cercano ya el parto de la reina, por lo tanto en pleno invierno, Enrique IV ordenó el cuidadoso traslado – en andas, para mayor seguridad – de su esposa a Madrid. De ese modo, a primeros del año 1462, Juana de Portugal daría a luz en el viejo alcázar regio madrileño a una niña rubia, a la que se pondría su propio nombre. Había nacido Juana de Castilla, a la que la maledicencia cortesana pondría años después un humillante título: Juana la Beltraneja.

Pero eso sería pasado algún tiempo, cuando las intrigas nobiliarias trajeran a Castilla los aires de una guerra civil, enfrentándose con su rey natural. Pues, por lo pronto, no hubo ninguna reacción adversa, siendo celebrado el principesco nacimiento con la solemnidad y con las alegrías que pedía la tradición: solemne bautismo, convocatoria de Cortes para el juramento de reconocimiento de la nueva heredera del trono y fiestas populares; las alegrías de que nos hablan los documentos. Y en primer lugar, el bautismo de la neófita. Asistamos a ese acto. Es importante que nos fijemos en él, porque sería el primero en el que la infanta Isabel tendría un destacado papel.





EL BAUTIZO


Estamos en Madrid, y más concretamente en su viejo alcázar regio. El día, el 8 de marzo de 1462. La comitiva del bautizo hace su entrada solemne. La recién nacida es llevada por su madrina, la infanta Isabel, que aún no ha cumplido los once años. Una chiquilla, por lo tanto, pero sin duda consciente de la importancia que se le está dando. Porque los sucesos posteriores acabarán enfrentando a esos dos menudos personajes, pero de momento la realidad es que el rey ha querido vincular a los dos, haciendo que su hermana sea una de las madrinas de su hija; la otra sería la marquesa de Villena. Y al frente de la ceremonia religiosa, todo un arzobispo primado, Alfonso Carrillo, arzobispo de Toledo, asistido de los obispos de Calahorra, Osma y Cartagena. Como padrinos, el conde de Armagnac, embajador de Francia, y el marqués de Villena. Nada hace presagiar, pues, el adverso destino que aguarda a la princesita niña.




EL ASCENSO DE BELTRÁN DE LA CUEVA


El rey dejó a un lado al antiguo privado Juan Pacheco, marqués de Villena, para volcar todo su favor en nuevos cortesanos; tal, Miguel Lucas de Iranzo, al que nombraría nada menos que Condestable de Castilla, y sobre todo Beltrán de la Cueva, mayordomo mayor de palacio, al que elevaría por aquellos días a la alta nobleza castellana, nombrándole conde de Ledesma e incluso prometiéndole el Maestrazgo de Santiago, la gran preeminencia que su padre, Juan II, había reservado para el infante Alfonso en su testamento, como el nombramiento de Condestable de Castilla. Lo que produjo cierto descontento entre algunos miembros de la nobleza.

En abril había cumplido la infanta Isabel ya los once años. Estaba en el centro del poder, en la propia corte regia, era la infanta, y su mirada atenta empezaba a captar aquellos signos de que algo no iba bien en el reino. Por otra parte, las mercedes de su hermano, el rey, volcadas tan aparatosamente sobre Beltrán de la Cueva, le afectaban de forma directa, pues una de ellas sería Cuellar, la villa que Juan II le había dejado en su testamento. Enrique IV, por lo tanto, elevaba a su privado a costa también de la infanta Isabel. Era un abuso de autoridad regia y también una torpeza, porque al mostrarse tan desmedidamente generoso con Beltrán de la Cueva, no hacía sino favorecer un escándalo. ¿No sería que con ello trataba de pagar algún secreto favor?. El más turbio, puesto que si durante tantos años se había mostrado impotente, de pronto le había nacido una hija. De ahí la pregunta que estaba en el aire. ¿Quién era, en verdad, el padre?.


 


JUANA ES JURADA HEREDERA AL TRONO


El 9 de mayo se reunieron Cortes en Madrid con el fin de jurar a Juana como heredera de la Corona de Castilla. La ceremonia tuvo lugar en la iglesia de San Pedro el viejo. La infanta Isabel estaba sentada en el estrado teniendo enfrente a los treinta y dos procuradores en Cortes. Era la primera vez que la infanta estaba presente en una reunión de Cortes y seguramente quedó deslumbrada con su boato y oficialidad. De nuevo, el arzobispo Carrillo se convirtió en protagonista, entrando con la pequeña princesa en sus brazos. Y todos los presentes, conforme el ritual de tal acto, van jurando a Juana de Castilla como heredera del trono: el alto clero, la alta nobleza y los procuradores de las Cortes, como representantes de las ciudades del reino. De este modo, Isabel pasaba a ocupar oficialmente el tercer puesto.

Sin embargo, la infanta Isabel era ajena a toda la trama política que previa a la ceremonia de jura de Juana como heredera había llevado a cabo el marqués de Villena. Éste había hecho levantar acta delante de un notario, protestando la nulidad de los actos: usando de amenazas y de engaño se estaba reconociendo y jurando como sucesora a quien de derecho no le pertenecía, aunque en dicho documento se olvidó de decir el por qué. Varias copias de este acta fueron guardadas por sus íntimos y aliados políticos. Había, pues, una parte de la nobleza que consideraba ilícito el juramento prestado.

Hacia el año 1463 los dos infantes viven en Aranda, en las casonas palaciegas donde moraba la reina Juana con su hija. Eran dos muchachos que ya empezaban a comprender el cúmulo de intrigas que les circundaban, pues Isabel contaba ya los doce años y Alfonso había cumplido los diez.



Fuentes:
Azcona, Tarsicio de. Juana de Castilla, mal llamada la Beltraneja. La Esfera de los Libros S.L. 2007
Fernández Álvarez, Manuel. Isabel La Católica. Espasa Calpe S.A, 2006
Martialay, Teresa. Isabel I. Homo Legens 2009
Azcona, Tarsicio de. Isabel la Católica: Vida y Reinado. La esfera de los Libros S.L., 2002
Suárez, Luis. Isabel I, Reina. Editorial Ariel, S.A. 2000 y 2005
Imágenes pertenecientes a la primera temporada de la serie " Isabel ", producida por Diagonal TV.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

La joven infanta Isabel de Castilla y su hermano Alfonso ( II )

Castillo de Arévalo



El día a día de la pequeña Isabel en Arévalo transcurría sobre todo dentro del recinto de su formidable castillo. Pero también en el palacio que se levantaba en la plaza del Real. La estancia en el castillo fue sin duda mayor, dando lugar a la entrañable amistad con Beatriz de Bobadilla, la hija del alcaide, que con sus catorce años, se erigió desde el primer momento en la protectora de los juegos de la infanta. Protección que no olvidaría Isabel en toda su vida.

Enrique IV se instaló en Arévalo, con alguna breve ausencia, desde mediados de septiembre de 1454 hasta marzo del año siguiente, dirigiendo desde allí la administración del reino. Es de suponer que durante estos meses tuvieron que existir contactos entre el rey y su madrastra en relación con los niños, y acaso se intentó llegar a algún pacto o convenio familiar. El comportamiento del rey significaba, sin duda, un deseo de vigilar y controlar a Isabel de Portugal y a sus hermanos pequeños que, en principio, no parece que le produjeran mucho respeto, si es cierta la información transmitida por el cronista Palencia, la Crónica castellana y Galíndez de Carvajal, al contar que Pedro Girón, con el apoyo del soberano, intentó sobrepasarse deshonestamente con la reina viuda.



Desde luego, las relaciones entre las dos ramas de la familia no debieron de ser muy halagüeñas, porque el rey se ausentó de Arévalo precisamente durante las fiestas de Navidad y Año Nuevo de 1454-1455, que pasó en Segovia, su asentamiento preferido, para aposentarse de nuevo en Arévalo por algunos días en el mes de enero, y luego, tras otra estadía en Segovia, durante buena parte de marzo, antes de partir hacia la frontera con el reino de Granada. En cualquier caso, su propósito de supervisión resulta evidente al pretender, antes de abandonar la villa para la campaña andaluza, que la viuda y los infantes se mudaran a Segovia, ciudad muy bien fortalecida, en la que él tenía gran confianza, de modo que se evitara “ ningunt trato que contra él se fiziese en el tiempo de su absençia “.

El rey, seguramente porque sus relaciones con su madrastra no eran buenas, delegó en otras personas que hablasen con ella. Pero no pudieron convencerla, la reina viuda respondió que su voluntad era estar en aquella villa de Arévalo, que era suya, o en Madrigal. Ante tan rotunda decisión, el monarca decidió supervisar a la madre y los niños con personas de su entera confianza, dejando su guarda a Pedro de Acuña, Pedro Portocarrero y a Fernando de Villafañe.

Enrique IV pondría dificultades al cumplimiento del testamento del difunto Juan II. El rey no se mantuvo al día en el pago de las rentas de la infanta, ni tampoco las de su madre y hermano. Algunos historiadores aseguran que el monarca no cumplió ninguna de las cláusulas testamentarias y que durante sus años en Arévalo, el infante Alfonso carecía de rentas, señoríos y oficio, al incumplirse el testamento del padre. El cronista Fernando del Pulgar recordaba la vida de Isabel: " la reyna nuestra señora, desde niña, se le murió el padre, y aun podemos dezir la madre, que a los niños no es pequeño infortunio. Vínole el entender, y junto con él los trabajos y cuidados e, lo que más grave se siente en los (personajes) reales, mengua estrema de las cosas necesarias ". En más de una ocasión fueron los nobles castellanos quienes hubieron de sostener a la reina y los infantes.



La tutoría de los dos hermanos quedó bajo el cuidado de su madre asistida por fray Lope de Barrientos, el prior Gonzalo de illescas y Juan de Padilla. En los primeros años, los pequeños infantes tendrían la ayuda materna, al menos en su formación espiritual. Parece que debió de ser su madre la primera forjadora de sus hijos; ella y el ambiente de su casa. La reina profesaba una sincera fe cristiana y era gustosa de oír misa diaria en su propia capilla, para lo que tenía licencia pontificia, incluso aunque el reino estuviese en entredicho. Así las cosas, bajo la vigilancia o elección de la madre, y con la anuencia o no de los otros tutores, dado que no parece que los medios económicos permitieran contar con docentes de renombre traídos de fuera, resultaba indudable que la enseñanza infantil sólo podía recaer en manos de religiosos.

Había en Arévalo un convento franciscano y otro trinitario, amén de un monasterio con monjas cistercienses, por lo que no es de extrañar que de allá saliera algún preceptor para Isabel y Alfonso. En Arévalo fue donde la infanta tomó contacto con el que sería su preceptor: fray Martín de Córdoba, quien compuso para ella un tratado completo de educación cristiana el Jardín de nobles doncellas que le entregó cuando cumplió dieciséis años.

Muchos historiadores señalan la presencia de Gonzalo Chacón, el joven camarero de don Álvaro de Luna, en aquella reducida corte de Arévalo teniendo a su cargo a los dos infantes, en lo que le habría ayudado que su esposa fuera dama de la reina. Por él mismo sabemos que en una ocasión llevó a los dos niños a Toledo, lo que hoy podríamos entender como una pequeña excursión, pero para la época, y dada su corta edad, casi les debió de parecer toda una aventura.



Cabe dar por seguro que la educación de los hermanos no fue conjunta; primero porque las previsiones de futuro no eran idénticas y en la Edad Media la preparación infantil de un individuo tenía mucho que ver con las funciones que debía desempeñar en su ámbito social; segundo, porque una diferencia de dos años y medio de edad era bastante notable en cuanto al inicio de la docencia primaria; y tercero, porque aun cuando algunos aspectos coincidían, los varones recibían una instrucción especial relacionada con sus futuras actividades guerreras.

Es muy probable por tanto que la infanta, además de aprender a leer, escribir y calcular, junto con los principios fundamentales de la doctrina cristiana, iniciara el aprendizaje de la música y la danza, materias imprescindibles en la etiqueta cortesana, a parte de algunas normas de buena conducta y pautas de comportamiento. Recordemos que no estaba destinada a ser reina, y que por ejemplo, no comenzará sus estudios de latín hasta pasados los treinta años.

Isabel iba creciendo. Quienes la rodeaban insistían en presentarla como una chiquilla despierta. En este primer decenio de su vida se darían momentos de gozo alternados con la tristeza de ver cómo se iba agravando progresivamente la enfermedad mental de su madre. La niña asumió su papel de hermana mayor y cuidaba del pequeño Alfonso, que no conseguiría alcanzar la madurez. Se dice que fue en Arévalo donde la afligida reina viuda llegó a sentirse tan culpable por la muerte de don Álvaro de Luna que comenzó a perder la cordura. Según algunas fuentes, Isabel de Portugal empezó a sospechar que el castillo estaba hechizado y, posteriormente, a afirmar que escuchaba como se murmuraba el nombre de Alvaro de Luna día y noche a orillas del río Adaja, que discurría junto al castillo en el que cada día se sentía más cautiva.


Fuentes:
Edwards, John. Isabel la Católica:poder y fama. Editorial Marcial Pons 2004
Fernández Álvarez,Manuel. Isabel La Católica. Espasa Calpe S.A, 2006
Martialay, Teresa. Isabel I. Homo Legens 2009
Azcona, Tarsicio de. Isabel la Católica: Vida y Reinado. La esfera de los Libros S.L., 2002
Suárez, Luis. Isabel I, Reina. Editorial Ariel, S.A. 2000 y 2005
Salvador Miguel, Nicasio. Isabel La Católica: educación, mecenazgo y entorno literario. CENTRO DE ESTUDIOS CERVANTINOS 2008
Imágenes pertenecientes a la primera temporada de la serie " Isabel ", una producción de Diagonal TV.

martes, 27 de diciembre de 2011

La joven infanta Isabel de Castilla y su hermano Alfonso ( I )



EL NACIMIENTO DE ISABEL DE CASTILLA


La tarde del Jueves Santo del 22 de abril de 1451, un correo salió al galope para, cambiando monturas, llevar con presteza a Juan II de Castilla, que se encontraba en el alcázar viejo de la villa de Madrid, la noticia de que, a las cinco menos veinte de la tarde, había nacido en el palacio de Madrigal, tras un difícil parto de la reina, una niña muy blanca, muy rubia. Desde Madrid el rey ordenaría luego comunicar a todo el reino la buena noticia, que ampliaba perspectivas sucesorias, hasta entonces limitadas al hijo de su anterior matrimonio: Enrique, que ostentaba el título de príncipe de Asturias, casado con Blanca de Navarra y carente de descendencia.

La nueva infanta recibió inmediatamente las aguas del bautismo con el mismo nombre de su madre, Isabel. La recién nacida no fue alimentada por su madre Isabel de Portugal. Consta que la nodriza de la pequeña fue María Lopes, a buen seguro una portuguesa del cortejo de la reina, quien pasando el tiempo, en 1495, recibiría una regia recompensa de 10.000 maravedíes, porque la dicha María Lopes dio a Su Alteza de su leche.


LA MUERTE DE DON ÁLVARO DE LUNA

En el breve período de tiempo en que Isabel fue la única hija pequeña del rey, tuvo lugar la prisión y ejecución en el cadalso del poderoso valido don Álvaro de Luna, por mandato real y no por sentencia, pues no habían apreciado los jueces suficiente figura de delito. Se decía que en la conjura que dio al traste con el valimiento del Condestable y con la pérdida de la gracia regia había intervenido la propia reina Isabel de Portugal, deseosa de la caída del valido para gobernar ella a su marido y de ese modo a Castilla entera. Desde ese momento, la salud quebradiza de Juan II se fue deteriorando poco a poco.



EL NACIMIENTO DE ALFONSO DE CASTILLA


El 17 de diciembre de 1453 nacería también en Madrigal su hermano Alfonso, llamado el Inocente. Según otras fuentes el nacimiento del infante tuvo lugar el 15 de noviembre en Tordesillas. La infanta aún no había cumplido los tres años pero ya empezaba a ser todo un personajillo. Y no hace falta mucha imaginación para darse cuenta de que miraría con recelo, al menos al principio, la irrupción de aquel hermanillo que la desplazaba del centro de atención materno. Otro desplazamiento se producía, y ese de mayor envergadura. Porque el nacimiento de Alfonso suponía cambiar el derecho de sucesión. Isabel ya no era la que iba detrás de su hermano Enrique en la lista sucesoria al trono castellano. Ese puesto correspondía ahora al nuevo infante, lo cual, dada la reconocida impotencia del futuro Enrique IV, tenía su importancia, sobre todo con aquella inquieta y ambiciosa nobleza, siempre anhelando nuevos cambios.


EL FALLECIMIENTO DE JUAN II

Apenas medio año más tarde, en el transcurso de un viaje a Valladolid, el rey Juan II enfermaría de fiebres cuartanas y fallecería en la ciudad del Pisuerga en julio de 1454, dejando huérfanos de padre a los dos pequeños infantes. Empezaba un nuevo reinado: el de Enrique IV, que para entonces había repudiado a su esposa Blanca de Navarra e iniciado las negociaciones de su nueva boda con una infanta de Portugal: Juana de Avis, hija póstuma del rey Duarte.




EL TESTAMENTO DEL REY


Poco antes de fallecer, Juan II había redactado un testamento en el que regulaba su propia sucesión. De acuerdo con él, si sus hermanos llegaban a fallecer sin descendencia legítima, a la infanta Isabel correspondería recibir la sucesión que ahora tenía Enrique. Además de reglamentar la sucesión, tuvo cuidado de dejar bien situados a los dos hijos de su segundo matrimonio. Establecía para ellos un régimen de tutoría y administración de sus bienes, presidido por la reina madre, pero siempre de acuerdo y con el Consejo de Lope de Barrientos, obispo de Cuenca, y de fray Gonzalo de illescas, prior del monasterio de Guadalupe. Este Consejo debía contar con la reina siempre " que estuviese en mis regnos y mantuviese castidad, e non de otra manera ".

En sus últimas voluntades nombraba al infante Alfonso, Maestre de la Orden de Santiago y Condestable de Castilla. Para representarle en esos cargos, hasta que cumpliese los catorce años, el rey había designado a Juan de Padilla. Además le concedía la ciudad de Huete y las villas de Escalona, Maqueda, Portillo y Sepúlveda. También pasarían al infante, muerta su madre, las villas de Soria y Arévalo. La situación del infante era envidiable y fastuosa. A Isabel, su padre le reconocía el pleno derecho sobre la villa de Cuellar, con sus rentas y jurisdicción. Muerta la reina madre, pasaría a la infanta la villa de Madrigal, que le pertenecería hasta que estuviese dotada y casada; en tal caso, ambas serían reintegradas a la corona. Desde que cumpliese diez años y hasta que contrajese matrimonio, se le asignaría una pensión de un millón de maravedíes para su mantenimiento, descontándole de esa cantidad el importe de las rentas de Cuellar y de Madrigal.




LA VIDA EN ARÉVALO


Sin saber a ciencia cierta qué hacer con la segunda esposa de su padre, su desolada viuda, Enrique IV decidió enviarla fuera de la Corte. Por muchas razones pensó que estaría mejor encerrada en la fortaleza de Arévalo, lejos de todo con sus dos hijos y sus servidores, entre quienes no debían faltar las damas portuguesas con las que la reina viuda había llegado a Castilla en 1447. La pequeña infanta contaba con tan solo tres años de edad; su hermano, aún no había cumplido el año.

Durante siete años, Arévalo se convertiría en el hogar de la pequeña Isabel que creció junto a su hermano y su madre alejada de la Corte y de la política del reino. Era un ambiente, en buena medida, portugués. El carácter melancólico de la reina viuda se acentuó tras la muerte de su esposo, y eso hizo que la abuela materna, Isabel de Barcelos, presente en Castilla con motivo del nacimiento de Alfonso, prolongara su estancia hasta su muerte en 1465, ocupándose de los asuntos de la casa.


Fuentes:
Imágenes extraídas de la web de rtve y pertenecientes a la primera temporada de la serie " Isabel ", una producción de Diagonal TV.
Fernández Álvarez,Manuel. Isabel La Católica. Espasa Calpe S.A, 2006
Martialay, Teresa. Isabel I.Homo Legens 2009
Azcona, Tarsicio de. Isabel la Católica: Vida y Reinado. La esfera de los Libros S.L., 2002
Suárez, Luis.Isabel I, Reina. Editorial Ariel, S.A. 2000 y 2005
http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=juan-ii-rey-de-castilla-y-leon
Márquez de la Plata, Vicenta. Mujeres Renacentistas en la corte de Isabel La Católica. Editorial Castalia, 2005

lunes, 26 de diciembre de 2011

TRÓTULA DE SALERNO, Una mujer médico en la Alta Edad Media

John William Waterhouse



Se desconoce la fecha en que nació Trótula de Salerno, una importante ginecóloga de la Alta Edad Media. Se dice que vivió en Salerno, ciudad italiana situada al sureste de Nápoles, en la bahía de Pestum, entre los siglos XI y XII, donde ocupó la cátedra de medicina en la Escuela de Medicina, en la cual muchas mujeres fueron estudiantes y profesoras de dicha ciencia. Algunos la han identificado como esposa de un médico, Johannes Platerius, y madre de Matthias y Johannes el Joven, dos autores de libros de medicina. Además, parece ser que perteneció a la noble familia de los Di Ruggiero. Fue autora de dos obras médicas: Passionibus Mulierum Curandorum o Trotula major y Ornatu Mulierum o Trotula minor. Aunque se piensa que murió en su ciudad de nacimiento, nada se conoce acerca de su muerte.

Cuando ella era joven, la Alta Edad Media estaba en su auge, el urbanismo avanzaba y las Cruzadas estaban en su apogeo. Nuevas universidades reemplazaron a los antiguos monasterios como centros de enseñanza. Salerno fue la primera escuela médica no regida por religiosos y estaba abierta a árabes y judíos lográndose así un enriquecimiento cultural especial. También fue pionera en admitir mujeres. La escuela de Salerno va a brindar a la mujer con vocación médica dos importantes oportunidades: ser el primer centro que permite el libre acceso de la mujer a la formación médica y a su titulación; y no limitar su campo de acción a las enfermedades de la mujer y el cuidado de los lactantes, sino ampliarla al ejercicio de la medicina general. Su ubicación estratégica en el Mediterráneo permitió fusionar el conocimiento greco-romano con la tradición islámica y judía. Salerno era el lugar para ser visto; su escuela de Medicina se convirtió en la más prestigiosa del siglo XI en Europa.



En la Edad Media, el ejercicio de la medicina estaba prohibido para la mujer salvo la práctica de la obstetricia y los cuidados al niño en sus primeros meses, que estaban casi exclusivamente, en manos femeninas. En un Salerno abierto a la vocación médica femenina, pronto surgirán los nombres de cinco mujeres expertas en el arte de curar: Trótula, Salernitana, Constanza y Calenda, alemanas, Rebeca Guarna, judía y Abella, musulmana, que simbolizan la conjunción de los saberes de judíos, árabes y cristianos. Entre todas ellas destacaría Trótula, que ocuparía un lugar importante en el campo de la ginecología y obstetricia. Fueron Trótula y “ las damas de Salerno ” quienes ayudaron a que se produjera el renacimiento médico que marcó el fin del oscurantismo en Europa.

Sus libros se centran en los problemas médicos de las mujeres. Escribió el más célebre tratado de Obstetricia y Ginecología de la Edad Media conocido como Trotula Major. Este consta de sesenta y tres capítulos. Trata sobre la menstruación, la concepción, el embarazo, el parto, el control de la natalidad, además de diversas enfermedades ginecológicas y de otro tipo, así como de sus remedios. Se usó como texto de medicina hasta el siglo XVI.



Sus teorías médicas fueron increíblemente avanzadas. Sobre las causas y tratamientos de la infertilidad señaló que: “ es igualmente frecuente que la concepción se vea impedida por un defecto del hombre como de la mujer ”. Trótula impuso un pensamiento que iba contra la creencia religiosa de aquella época, que dictaba que el dolor de la mujer en el parto y otros aspectos de la vida se debían al rol de Eva en el pecado original. Sus escritos reflejaron ideas muy avanzadas para su tiempo: un ejemplo es su apoyo a que se suministrasen opiáceos a las mujeres durante el parto para mitigar el dolor, una práctica que entonces era perseguida por las autoridades. Describe también diversas técnicas quirúrgicas, postula brindar una eficaz protección perineal y hace descripciones de avanzada sobre las episiotomías. Sus tratados pediátricos dan normas sobre los lactantes y respecto al cuidado del niño en sus primeros meses de vida. Ella creía en una evaluación amplia de los pacientes y no sólo centrada en los síntomas llamativos, poniendo énfasis en una evaluación integral.

Escribió un segundo tratado sobre el cuidado de la piel, la higiene y la cosmética conocido como Trotula minor. Recomienda también a las mujeres de su época cuidar de la higiene diaria, ejercicio físico regular, masajes con aceites y una dieta equilibrada y saludable. Y completa estas recomendaciones con unas simples y curiosas recetas de cosmética femenina: Una crema para eliminar las arrugas, la fórmula de un lápiz de labios en la que utiliza la miel, el jugo de remolachas, la calabaza y agua de rosas. Para conservar sana y blanca la dentadura recomienda limpiarlos con una infusión caliente de corteza de nogal. Y como iba a olvidarse de los cuidados del cabello. Trótula dará opción a las damas salernitanas a lucir una deslumbrante cabellera rubio platino o un discreto color castaño.


John William Waterhouse



En su obra aún hoy se siguen encontrando elementos novedosos. Su fama fue tal que sus libros fueron copiados y vueltos a copiar por varios siglos. Con el descubrimiento de la imprenta por Gutenberg, la obra de Trótula es impresa por vez primera en Estrasburgo en el año 1554. Las enseñanzas ginecológicas de Trótula de Salerno serían seguidas durante muchos años en toda Europa, convirtiéndola en la mujer de mayor prestigio en Obstetricia y Ginecología de la Edad Media. A pesar de las corrientes misóginas en la historia, el rol de Trótula es importante y poderoso, el de una mujer y médico con carisma, inteligencia y dotes especiales de maestra e innovadora.


Fuentes:
http://www.galenusrevista.com/trotula-de-salerno
http://www.uv.mx/cienciahombre/revistae/vol19num1/articulos/trotula/index.htm

domingo, 25 de diciembre de 2011

JUANA DE VALOIS, La reina santa de Francia y duquesa de Berry

Santa Juana de Valois



El 23 de abril de 1464 les nacía a los reyes de Francia, Luis XI y Carlota de Saboya, una niña a la que llamaron Juana. La pequeña princesa fue rechazada por su padre desde su nacimiento por ser una hembra y también por su complexión enfermiza y deforme. Vivió junto a la reina Carlota en el castillo de Amboise hasta que, a la edad de cinco años, su padre mandó que la aislaran de la corte y la condujeran al castillo de Linieres. Nunca más volvió a ver a su madre.

Su infancia se desliza, solitaria y monótona, en el castillo de Linieres, cuyos dueños la tratan con cariño, respeto y solicitud, sufriendo intensamente del estado de abandono no sólo moral sino material al que la ha reducido Luis XI. Aprende a bordar y a tocar el laúd, pero sobre todo dedica la mayor parte del tiempo a leer salmos y libros piadosos y a la oración.


Luis XI de Francia



Su padre no la visitaba ni quería saber mucho de ella, pero como gran estratega político que era, comenzó a organizar la boda de su hija cuando Juana era aún muy pequeña. Se eligió como futuro marido de la princesa a su primo Luis, hijo de su tío el duque Carlos de Orleáns y de la princesa María de Cléves. Los años pasaron y en toda Francia empezó a susurrarse que la segunda hija del rey era jorobada y coja, rumor que, naturalmente, llegó al castillo de Blois, donde Luis de Orleáns, huérfano ya de padre, llevaba una vida de lujo y de placer al lado de su madre, terrible contraste con la vida monótona y triste de su prometida. Al recibir María de Cléves al emisario del rey que le notificaba la ratificación de los esponsales entre su hijo y la princesa Juana, creyó que se trataba de un error y que la futura duquesa sería Ana, la hija mayor del rey, pero, al ver con sus propios ojos el escrito de Luis XI, exclamó midiendo toda la tragedia que se avecinaba: "La casa de Orleáns está perdida". Y en seguida, majestuosamente, se negó en rotundo.

El monarca llegó a amenazar con la muerte al joven duque y en estas condiciones, mientras la infeliz Juana no sospechaba lo más mínimo y, mujer al fin, esperaba con ilusión la felicidad al lado del esposo que todo el mundo alababa por sus maneras afables y corteses, se decidió la boda para el 8 de septiembre de 1476 en la capilla de Montrichard. Todavía un momento antes de la ceremonia, a la que el rey no se dignó asistir, el obispo, preocupado, preguntó al duque de Orleáns: " Monseñor, ¿estáis decidido a pasar por todo? ", a lo que el joven respondió: " Se me hace fuerza, no hay remedio ". Y se efectuó la triste ceremonia en la que el novio no tuvo ni una mirada, ni una palabra para la pobre princesa.


Luis XII de Francia



Lo extraño de esta boda es que no hay indicios de si fue consumada o no, dada la importancia que tenía en esta época la consumación de un matrimonio. Tras su matrimonio, la princesa sufrió aún más que antes, pues Luis odió a la mujer que le había sido impuesta y ella sufría humillaciones continuas. Vivía en Linieres la mayor parte del tiempo aislada de la corte y cuando su esposo forzosamente la visitaba, éste se pasaba el tiempo cazando o persiguiendo mujeres. El rey quería herederos de esta unión e imponía a su yerno que cumpliera su deber marital, éste último siempre negaría la consumación de este matrimonio.

En cuanto a su padre, una vez le verá antes de morir el rey, para sufrir aún más, amargamente al comprender el estupor de aquella mirada, pues nunca creyó Luis que era tanta la deformidad de su hija. Ella le quería y le admiraba, pero no pudo quedarse con él y tuvo que volver a su soledad mientras veía, sin ninguna envidia de su parte, a su hermana Ana objeto de las complacencias de su padre. Luis XI muere en el año 1483 asistido por San Francisco de Paula y la vida de Juana va a cambiar al subir al trono su hermano Carlos VIII, que la aprecia y quiere tenerla cerca de él.

Pero otra prueba la espera: durante la minoría de Carlos, es Ana de Beaujeu, la hermana mayor, la que llamaron "el rey de Francia", la que tiene las riendas del gobierno. El duque de Orleáns, levantisco y rebelde, aunque muy querido de su cuñado, se mete en varios movimientos contra la corona y es detenido y apresado. Juana emplea toda su diplomacia y todo su corazón para obtener el perdón del que tanto la martiriza a ella. En una ocasión va a verle al calabozo y su marido se vuelve del otro lado, molesto, sin tener una mirada de agradecimiento para la sufrida mujer que tanto hace por él. Pero la fortuna es cambiante y movediza y cuando Luis de Orleáns ve venir a los emisarios reales, creyendo que le traen una nueva orden de detención, estupefacto los ve doblar la rodilla, llamarle señor y comunicarle el fallecimiento repentino de su cuñado y la noticia de que en un momento ha pasado a regir los destinos de Francia como Luis XII. Era el año de 1498.


Ana de Bretaña



Los trámites de la anulación del matrimonio, que había comenzado Luis ocultamente, van a apresurarse ahora. De las causas alegadas, las dos de más valor son: la fuerza exigida al esposo y la no consumación del matrimonio. Sobre el primer argumento se encuentra una carta escrita de puño y letra de Luis XI a Antonio de Chabannes, gran dignatario del reino, en la que, además, da por hecho que Juana no podrá tener descendencia. En cuanto al segundo, ante el desacuerdo de las partes, Luis XII tiene que hacer juramento público de la no consumación del matrimonio. Por ese mismo hecho, Alejandro VI extiende la Bula de anulación y en seguida el rey contraerá matrimonio con Ana de Bretaña, la viuda de Carlos VIII.

Por orden del rey, Juana de Valois se convertía en duquesa de Berry en 1499 y le fue entregada esa provincia para gobernarla. Durante su vida en Bourges, la capital, cumplió sus deberes como gobernante con toda conciencia y ternura por el bienestar de sus súbditos. Junto con su director espiritual franciscano, Gilbert Nicolas, fundó la congregación religiosa femenina de la Orden de las Anunciadas. Varias muchachas jóvenes, con deseo de vida religiosa, se reunieron con ella y, después de muchas vicisitudes, Alejandro VI aprobó la regla de la nueva Orden justo cuando alboreaba el siglo XVI. Por fin la repudiada reina halló felicidad en dedicarse a su trabajo y hacia el final de su vida, ella misma hizo sus votos, se quitó su anillo matrimonial –que sin embargo, siempre había llevado-, y vistió el hábito bajo sus ropas. A pesar de su mala salud y constante sufrimiento, había hecho mucha penitencia corporal toda su vida, además de dedicar muchas horas a la oración.

Cerca de su muerte oraba por su esposo de cruel corazón y dejó como legado a su orden que siempre se rezara por el alma de él, por la de su padre y hermano. Desgastada por el ayuno continuo al que se sometía, murió el 4 de febrero de 1505. Tenía apenas cuarenta años. Se encontró sobre su cuerpo lacerado un singular cilicio: un trozo de laúd, había clavado en él cinco clavos de plata en recuerdo de las cinco llagas de Cristo y lo mantenía fijo a su pecho por un círculo de hierro. Su esposo, que la había humillado y rechazado tantas veces, hizo celebrar en su honor grandes funerales. Fue beatificada en el siglo XVIII y canonizada el 28 de mayo de 1950.


Fuentes:
http://es.wikipedia.org/wiki/Juana_de_Valois_%281464-1505%29
http://ec.aciprensa.com/j/juanadevalois.htm
http://www.mercaba.org/SANTORAL/FEBRERO/04-2.htm

jueves, 22 de diciembre de 2011

La última morada de Catalina de Aragón y algunos homenajes


LA CATEDRAL DE PETERBOROUGH


La catedral de Peterborough es uno de los pocos ejemplos en el Reino Unido de la arquitectura normanda del siglo XII y tiene una curiosa historia a sus espaldas. Tuvo su origen en una iglesia monástica fundada por el rey Peada de Mercia alrededor del año 655 y se convirtió en uno de los primeros centros del cristianismo en el centro de Inglaterra. Fue destruida después por los daneses en 870 y reconstruida de nuevo, como parte de una abadía benedictina, en 972. Esta nueva iglesia fue dedicada a San Pedro - de ahí el nombre de la ciudad que significa, literalmente, “ ciudad de Pedro " – y más tarde también a San Pablo y San Andrés. Dañada durante las luchas entre los invasores normandos y los habitantes de la zona, fue reparada y continuó siendo utilizada hasta que un incendio la destruyó en 1116. Fue entonces cuando se levantó el templo normando de la actual catedral entre 1118 y 1238, como iglesia abacial.



La Abadía contenía diversas reliquias, la más famosa de todas era el supuesto brazo de San Osvaldo. Todos estos objetos sagrados crearon un aura de gran importancia alrededor de la catedral, que alcanzó el cenit de su poder y su riqueza inmediatamente antes de la Reforma, cuando era el sexto monasterio de Inglaterra, albergando a 120 monjes y con cargos que incluían un limosnero, un enfermero, un sacristán y un carbonero. Esta Abadía fue una de las pocas que sobrevivieron a las expropiaciones de Enrique VIII y en 1541, la iglesia se convirtió en la catedral de la nueva diócesis de Peterborough, con su abad nombrado nuevo obispo y el recinto abacial de Peterborough convertido en una ciudad. Durante la guerra civil en el siglo XVII, los puritanos de Cromwell causaron numerosos daños al edificio.

En el año 2001 se produjo un incendio que ennegreció el interior de la catedral. Unas sillas de plástico apiladas tras el coro ardieron produciendo una intensa humareda cuyo hollín ennegreció la cubierta, muros y vitrales. El agua para apagar el fuego colaboró a ensuciar más el interior de la iglesia, que acababa de ser restaurada y limpiada en aquellas fechas. En este bello edificio estuvo también enterrada María Estuardo tras su ejecución en 1587, hasta que años después su hijo Jacobo I de Inglaterra hizo trasladar sus restos a la Abadía de Westminster. El lugar donde descansaron los restos de la reina escocesa está señalado por una lápida existente en la columna contigua y frente a ella penden dos banderas escocesas, colocadas allí en 1920 por la Peterborough Caledonian Society.



LA TUMBA DE CATALINA DE ARAGÓN


Catalina de Aragón fue enterrada junto a las gradas del lado Norte del Altar Mayor, en donde sigue en la actualidad. Frente a la tumba se puede leer la última carta que envió a su esposo el rey Enrique VIII. En la parte Norte de la sillería del Coro, tallada en 1893, hay una estatua de Catalina y otra, en piedra, destinada en principio a la fachada, se encuentra en el ventanal del baptisterio, a la izquierda de la entrada, en la fachada Norte, es decir, todo en la misma orientación que su sepulcro.



El catafalco fúnebre y paño negro que cubrían al lugar fueron destruidos en 1643 por los soldados de Oliver Cromwell. En 1896, una suscripción pública a la que se invitó a participar a todas las mujeres que se llamasen Catherine o Katherine en Inglaterra, Escocia, Irlanda e incluso Australia y América, fue lo que proveyó fondos para colocar una gran losa de buen mármol irlandés. En la losa se grabó con letras doradas: " Catalina, reina de Inglaterra ". Se puso una edad errónea de fallecimiento, 49 años, cuando era 50.

El 26 de Septiembre de 1930 la reina María de Teck, esposa de Jorge V, hizo colocar junto a la tumba unos estandartes con las armas de Catalina como reina de Inglaterra y como infanta de Castilla y Aragón, el segundo de los cuales fue regalado por el Barón de Montalbo del Castillo de Buckden. El 10 de Enero de 1981, estos estandartes, ya muy deteriorados, fueron sustituidos por otros donados por la reina Isabel II de Inglaterra y la Embajada de España.


HOMENAJES


El 29 de Enero de 1986, con motivo del 450 aniversario del entierro, tuvieron lugar unas emotivas ceremonias conmemorativas. Los ciudadanos de Peterborough costearon una placa, para situarla junto a la tumba. En la placa dice: " Una reina amada por el pueblo inglés por su lealtad, piedad, coraje y compasión ". En la tumba nunca faltan flores frescas y el Ayuntamiento de la localidad organiza anualmente un acto conmemorando el aniversario del entierro de Catalina. También en la capital de Aragón, con motivo de este aniversario, tuvo lugar un homenaje a la que fuera Infanta de la Casa Real de Aragón y de Castilla.




Peterborough conmemoró la fecha del 472 aniversario con una ceremonia civil y religiosa en la que se habló, rezó y actuó en español y en inglés. Con el objetivo de conmemorar la fecha de su sepelio cientos de personas se unieron a esta celebración en la que hubo una procesión, danzas, cánticos, vestimentas y música medievales, rezos, lectura de textos de Catalina y una ofrenda floral a su tumba. Más de cien niños, representantes de las autoridades civiles y religiosas de Peterborough, una comitiva española presidida por el embajador de España en Londres, asociaciones hispánicas y decenas de ciudadanos, participaron.

Peterborough es una ciudad situada al norte de Londres donde muchos niños aprenden la historia de Catalina y también el idioma español. A pesar de que la relación de la reina con esta ciudad se limita a que sus restos descansan en su catedral, los habitantes sienten un vínculo emocional con ella y dicen cuidarla mucho. Esta ciudad está hermanada con Alcalá de Henares, ciudad natal de la reina.




La desdichada esposa de Enrique VIII era recordada en Alcalá de Henares con la calle de la Infanta Catalina y con una placa descubierta en diciembre de 1985, con motivo del quinto centenario de su nacimiento, en el lateral del torreón de Tenorio que da al patio de armas del Palacio Arzobispal.

En abril de 2007, se le erige una estatua en bronce obra del escultor Manuel González Muñoz, que la representa como la joven que fue cuando vivió en la ciudad. La estatua quedó instalada junto a la fachada lateral del Palacio Arzobispal.




En 1773 fue construido un monumento en honor a Catalina de Aragón ( Queen Katherine's Cross) en Ampthill, donde estuvo recluida durante un tiempo desde 1531 a 1533. En la base del monumento hay una inscripción en inglés que dice:
 
"In day's of old here Ampthill's towers were seen,
The mournful refuge of an injured Queen;
Here flowed her pure but unavailing tears,
Here blinded zeal sustain'd her sinking years.
Yet Freedom hence her radiant banner wav'd,
And Love aveng'd a realm by priests enslav'd;
From Catherine's wrongs a nation's bliss was spread.
And Luther's light from Henry's lawless bed."






El 25 de Julio de cada año se celebra el Aragon Day Festival en Ampthill para conmemorar la estancia de la reina Catalina de Aragon en el castillo de esta localidad. En dicho festival hay una muestra de música y danza, títeres y cuentos, junto con el tiro con arco y hacer encajes.
 

Fuentes:
Garrett Mattingly, Catalina de Aragon.1998 Ediciones Palabra, S.A. http://terraeantiqvae.blogia.com/2008/013002-peterborough-habla-espanol-para-honrar-a-la-reina-catalina-de-aragon.php
http://alcalafoto.blogsome.com/2008/05/27/estatua-de-catalina-de-aragon/
http://es.wikipedia.org/wiki/Catedral_de_Peterborough
http://es.scribd.com/doc/56825594/112/Peterborough-de-abadia-a-catedral

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Los últimos años de Catalina de Aragón ( XIII y última )



LAS DISPOSICIONES DE CATALINA


A la muerte de la reina, se recogieron todas sus pertenencias en el castillo de Kimbolton. Algunas de ellas fueron donadas, otras repartidas entre sus sirvientes y la mayoría de ellas llevadas a la Corte para que fuesen guardadas por el rey. Otras estaban perfectamente custodiadas en un armario cerca de su alcoba. Y entre los papeles se encontró su lista de súplicas.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo:
Yo Catalina, etc., suplico al rey Enrique VIII, mi buen señor, y dispongo, si así place me deje disponer de los bienes que poseo, tanto en plata como en oro, como en otros objetos, y también lo que se me debe en dinero por atrasos por el tiempo pasado, para que pueda pagar mis deudas y recompensas a mis criados por los buenos servicios que me han prestado. Lo mismo dispongo tan afectuosamente como puedo, por la necesidad en la cual estoy dispuesta a morir y a entregar mi alma a Dios.
Primero, deseo que mi cuerpo sea enterrado en un convento de frailes observantes.
Ítem, que algún personaje vaya a Nuestra señora de Walsingham en peregrinación y distribuyan en el camino limosnas veinte nobles.
Ítem, lego a la señora Darrell veinte libras para su casamiento.
Ítem, lego el collar de oro que traje de España a mi hija …
Ítem, si place al Rey mi señor, que permita que todos los vestidos que poseo se tornen en ornamentos de iglesia, para que sirvan como tales en el convento donde me han de enterrar, y las pieles que se le den a mi hija.




Tras conocer la última voluntad de Catalina, el rey no quiso aceptarla y puso objeciones a cada una de las peticiones que realizó la reina. Por un lado, se negó a que fuese enterrada en un convento ni que su cuerpo fuese depositado junto a su primer esposo en la catedral de Worcester. Incluso dio un paso más, quiso quedarse con las joyas de la reina y con sus pieles. Sus consejeros le criticaron esa actitud, pues la ley prohibía la apropiación, pues si así lo hacía, daba a entender que fue su legítima esposa. Había una solución, el rey podía hacerse cargo de los bienes como albacea y administrador, para así pagar las deudas contraídas por Catalina y costear su entierro.

Había que buscar un lugar para enterrarla. Enrique sopesó con miedo y durante largo tiempo las catedrales, iglesias y conventos seleccionados para inhumar el cuerpo de Catalina de Aragón. Desde un principio se pensó en un lugar cercano al castillo de Kimbolton, donde se estaba velando el cadáver, para no alentar al pueblo a salir a los caminos para vitorear a la que había sido su reina. Tampoco quería hacer un entierro de Estado, ella era una princesa española, casada con su hermano mayor, no era más que una simple princesa viuda y tampoco quería gastar mucho dinero en las honras fúnebres. Finalmente se eligió una pequeña capilla en la Abadía de Peterborough, a tan sólo treinta kilómetros de su última residencia, el castillo de Kimbolton.

Las medidas del rey impiden a cuantos habían asistido a la reina en sus últimas horas salir del país. Al médico no se le concede el pasaporte cuando lo solicita y le ofrecen un puesto al servicio del rey, cosa que rehúsa. Jorge de Ateca, obispo de Llandaff, tampoco obtiene el pasaporte; trata de salir de Inglaterra sin permiso y acaba prisionero en la Torre.




EL ENTIERRO DE CATALINA DE ARAGÓN


El sepelio tuvo lugar tres semanas después de su muerte, el 29 de enero de 1536. El cortejo fúnebre a Peterborough iba presidido por el ataúd de la reina. Detrás iban la joven sobrina del rey, lady Eleanor Brandon; la joven madrastra de esta última, la duquesa de Suffolk, acompañada de su madre María de Salinas, y un grupo de pobres a los que habían vestido con batas negras, caperuzones y que portaban velas de cera negra. Como persona fallecida en olor de santidad, el pueblo abarrotó los caminos por los que pasó el cortejo y fue recibida en la Abadía por todo el pueblo.




En su capilla fúnebre ardieron mil cirios y se rezaron en la catedral más de trescientas misas por todos los sacerdotes de unos veinticinco kilómetros a la redonda, asistiendo a los funerales unas 800 personas. Aquel día el rey se vistió de negro y asistió a una misa de réquiem en Greenwich. La muerte de Catalina debió haber iniciado el período más feliz de la vida de la ahora reina Ana Bolena, en cambio, trajo su caída. El mismo día que era enterrada su rival, Ana sufrió un aborto. El bebé presentaba el aspecto de un varón de quince semanas. Fue el inicio de su trágico fin. Las dos mujeres habían fracasado en su deber de dar un hijo varón al rey y ambas lo pagaron con sus vidas. Una con el corazón roto y la otra bajo el filo de una espada.

Dice la leyenda que el día de la ejecución de Ana Bolena, los monjes de Peterborough dijeron haber presenciado un milagro. Las antorchas junto a la tumba de Catalina de Aragón se encendían y apagaban por sí solas. Se le notificó al rey y muchos de su corte llegaron allí para ser testigos de este fenómeno.




A la princesa María no se le permitió acompañar los restos mortales de su madre ni asistir a su funeral. El embajador Chapuys se había negado a asistir al sepelio de Catalina de Aragón si éste no era con rango real. Enrique VIII dio órdenes expresas de que no se le rindieran honores de reina de Inglaterra, dándole tratamiento de princesa de Gales como esposa de Arturo. Y para colmo, el predicador John Hilsey, obispo de Rochester, anunció en su sermón que Catalina misma había reconocido no haber sido la reina de Inglaterra. Esa falsificación de la verdad fue perpetuada – por el momento – en la tumba que se preparó para ella: siguiendo órdenes del rey, las armas de Gales, no las de Inglaterra, se pusieron junto a las de España. La disposición de su hija María de que se la enterrara con ella en Westminster no se cumplió.


Fuentes:
Fraser, Antonia. Las seis esposas de Enrique VIII. 1998 Ediciones B Argentina, S.A.
Pérez Martín, María Jesús. María Tudor: La gran reina desconocida. 2008 Ediciones Rialp, S.A
Ulargui, Luis. Catalina de Aragón. 2004 Random House Mondadori S.A.
Mattingly, Garrett. Catalina de Aragón. 1998 Ediciones Palabra, S.A.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Los últimos años de Catalina de Aragón ( XII )



REACCIONES A LA MUERTE DE CATALINA



La noticia de la muerte de Catalina de Aragón llegó a oídos del embajador Chapuys en Londres el 9 de enero. Cuando la conoció el emperador en Nápoles, guardó un triste y silencioso luto de tres días. No salió de sus habitaciones, suspendió todas sus audiencias y no quiso ver a nadie. Se le dejaba la comida en la mesa de un salón y él mismo la recogía. El dolor y la pena por el fallecimiento de la hermana de su madre fue grande.

Los solemnes funerales debidos al rango real de Catalina de Aragón se irán celebrando en España y en todas las ciudades del imperio. La emperatriz Isabel acudió a las magníficas exequias que tuvieron lugar en Valladolid acompañada del príncipe Felipe, de ocho años. Muy serio, se sumó al dolor por aquella reina difunta y por aquella princesa perseguida en las lejanas brumas inglesas.



Enrique se emocionó levemente al saber la noticia de la muerte, después exclamó aliviado: " ¡ Dios sea loado ! Ahora quedan alejados de nosotros los temores de que surja una guerra. Ha llegado el momento de que yo pueda pactar con los franceses a mi gusto, pues, temerosos de que yo firme una alianza con el emperador, harán cuanto yo les pida “. En una biografía del siglo XVII se dice que el rey lloró al leer la última carta de Catalina.

Fiel a su decisión de negar que Catalina había sido su esposa legítima, Enrique apareció ante la corte engalanado con ropas de color amarillo brillante – color de júbilo - con una pluma blanca en el sombrero, y no consintió que se suspendiese ninguna de las fiestas organizadas para aquel invierno. El rey llevó a su hija Isabel a la capilla acompañados del sonido de las trompetas para asistir a una misa solemne. Luego la enseñó orgullosamente a sus cortesanos en un banquete al que siguieron bailes y justas. Mostrándose más alegre y animado que nunca.



El desagradable color amarillo también es atribuido a Ana Bolena. Ella no estaba, por lo visto, con Enrique en aquella ocasión. Cierto que durante los primeros meses de su nuevo embarazo se mantuvo alejada de la corte la mayor parte del tiempo. Se mostró animosa y alegre tras conocer la muerte de su rival. Un ambiente de euforia se respiraba en el círculo de la familia Bolena. Escribía Chapuys:

No podéis concebir la alegría que el Rey y los que favorecieron el concubinato han mostrado a la muerte de la buena Reina, especialmente el earl de Wiltshire y su hijo, quien dijo que era una lástima que la Princesa no le hubiera hecho compañía.

Durante los días que siguieron al fallecimiento de la reina, Ana vistió ropa de color; pero a medida que fue pasando el tiempo, algunas frases del rey y la actitud de las personas que la rodeaban le hicieron variar de tono. Muchos la criticaron, pues, aunque eran enemigas, la muerte no es sinónimo de celebración. También se ha difundido que tanto Enrique como Ana se vistieron de amarillo como muestra de respeto hacia la reciente muerte de Catalina, porque ese era el color de luto de la corte española. Las fuentes son erróneas porque el color de luto en España era el negro. La historiadora Alison Weir viendo que había caído en este error, trató de subsanarlo en otro de sus libros, The lady in the tower, afirmando lo siguiente: " Es un error pensar que el amarillo era el color del luto en la Corte española: la elección de Ana en el atuendo fue nada menos que un insulto calculado hacia la memoria de la mujer a la que había suplantado " (pág 18).



La princesa María, destrozada por el dolor, había suplicado en vano asistir a su difunta madre. Encerrada en su habitación, vistiendo de luto durante semanas, sufre el doloroso contraste de saber que en la corte paterna se celebra con justas y torneos la muerte de la anterior reina.

Junto con la noticia del fallecimiento también empezaron a difundirse los rumores de que habían envenenado a la reina Catalina. De todas partes llegaban noticias calificando de asesinato aquella muerte. Desde Venecia, un agente de Cromwell escribe a Thomas Starkey en febrero de 1536:

Aquí se ha divulgado la noticia de la muerte de la reina Catalina y se recibió con lamentaciones, porque era increíblemente querida de todos por su buena fama, que es gran gloria entre naciones extrañas ( … ) Gran murmuración ha causado su muerte; todos temen que la princesa siga brevemente a la madre. Os aseguro que la gente habla tragice de estos asuntos que no pueden tratarse en cartas.


Fuentes:
Fraser, Antonia. Las seis esposas de Enrique VIII. 1998 Ediciones B Argentina, S.A.
Pérez Martín, María Jesús. María Tudor: La gran reina desconocida. 2008 Ediciones Rialp, S.A
Hackett, Francis. Enrique VIII y sus seis mujeres. 2006 Editorial Juventud, S.A.
Ulargui, Luis. Catalina de Aragón. 2004 Random House Mondadori S.A.
Rubio, María José. Reinas de España Las Austrias. La Esfera de los Libros S.L. 2010
http://lostudor.foroactivo.net/t3671-muerte-de-catalina-de-aragon

sábado, 17 de diciembre de 2011

Los últimos años de Catalina de Aragón ( XI )


EL CONSUELO DE UNA AMIGA


Catalina también recibió otra grata sorpresa. Entre las damitas, todas ellas bellas, que la habían acompañado desde La Coruña a Inglaterra hacía treinta años, había una que venía solicitando desde hacía mucho tiempo un permiso especial de Cromwell para visitar a la reina, a la que guardaba honda gratitud y cariño. La reiterada negativa del secretario no la arredró. Saliendo en coche de Londres, María de Salinas tomó la dirección de Kimbolton, y al llegar a dicho lugar fingió sufrir un percance que le impedía seguir adelante y pidió, en nombre de Dios, que se le diera asilo. Siendo como era suegra del duque de Suffolk, nadie se atrevió a contrariarla, y la amiga de la reina aprovechó un descuido de los oficiales de la guardia de Kimbolton para correr al lado de Catalina, de la que nadie, luego, se atrevió a separarla.



La llegada de esta entrañable amiga y la de Chapuys, animó a la reina al extremo de que pudo dormir mejor y hasta permitió que el embajador hiciera pasar a su bufón a la pieza para distraer a Catalina con sus chanzas. Cuando el embajador cabalgó de regreso a Londres en la mañana del 6 de enero, confiaba en que ella se recuperaría, aunque fuera brevemente. Pero esa noche la reina tuvo una recaída. María de Salinas se quedó con ella al marcharse Chapuys y fue la que sostuvo a su señora. Al caer la noche, la reina aún pudo peinarse y atarse el pelo sin la ayuda de sus criadas.




LAS ÚLTIMAS HORAS


La última noche de Catalina fue larga. Su fiel María estuvo en todo momento a la vera de su cama. En un momento dado, Catalina pidió que viniera su médico, el doctor de la Sá. Le pidió que le dijera la verdad de su enfermedad, de su estado de salud. El médico no supo mentir, no quiso darle esperanzas vanas y sólo pudo contestar: “ Señora, debéis morir ". A esas dolorosas palabras, la reina sólo contestó con un lacónico “ Lo sé ". Sin embargo, escrupulosa hasta el fin, se negó a que dijeran misa por ella antes del amanecer - la hora más temprana permitida por las reglas de la Iglesia católica - cuando lo sugirió su capellán, citando en latín el artículo de la Ley Canónica que lo impedía. Una creciente sensación de pánico invadió a su pequeño grupo de fieles sirvientes.




Finalmente, en aquella oscura estación de pleno invierno, llegó el amanecer y la reina recibió la comunión y se confesó, aunque el obispo de Llandaff olvidó que había prometido a Chapuys que arrancaría a Catalina un juramento para dilucidar para la posteridad la cuestión que había dominado buena parte de sus últimos años: si conservó la virginidad durante su matrimonio con Arturo. La reina aprovechó sus últimas horas de fuerza para dictar dos cartas, una al emperador y otra a Enrique. A su esposo le escribió:

Mi amadísimo señor, rey y esposo:
Ahora que se aproxima la hora de mi muerte, el tierno amor que os debo me obliga, hallándome en tal estado, a encomendarme a vos y llevar a vuestro recuerdo, en unas pocas palabras, la salud y salvación de vuestra alma, a la que debéis preferir sobre todas las cosas de la tierra, y antes que el cuidado y regalo de vuestro cuerpo por el que me habéis arrojado en muchas calamidades y a vos mismo a tantas preocupaciones. Por mi parte, os perdono todo, y deseo, pidiéndoselo a dios devotamente, que él también os perdone. Por lo demás, os encomiendo a nuestra hija María, suplicándoos seáis un buen padre para ella, como siempre he deseado. También os pido, de parte de mis doncellas, que las proveáis de dote, lo que no es mucho al no ser más que tres. Para el resto de mis criados os solicito los salarios que se les deben y un año más, para que no queden desvalidos. Finalmente, hago este voto: que mis ojos os desean por encima de todas las cosas.

CATALINA LA REINA






EL FINAL DE UNA REINA


Catalina se dispuso a rezar. Pidió a Dios que devolviera a su esposo Enrique al buen camino y le perdonara por tratarla mal. También pidió perdón por su propia alma. La muerte acechaba en el horizonte. A las diez de la mañana el obispo de Llandaff le administró la Extremaunción. La reina le respondió con valentía, en una voz clara y audible, y continuó murmurando oraciones para sí. Pero no llegaba el fin. Se hicieron las dos de la tarde antes de que muriera. No le permitieron tener el consuelo de abrazar por última vez a su amada hija y despedirse de ella. Cuando llegó su hora, Catalina arropada en su cama, con las blancas sábanas cubriéndola hasta el cuello, y con sudores fríos, levantó las manos y exclamó: “ In manus tuas, Domine, commendo Spiritum meum ”. Luego la reina entregó su alma a Dios. Tenía poco más de cincuenta años.

María de Salinas, que no dejó en ningún momento a la reina, lloró con lágrimas de impotencia cuando vio cómo Catalina de Aragón expiraba su último aliento en sus brazos. Era el 7 de enero de 1536. Al otro lado de la cama estaban las únicas tres damas que continuaban a su servicio: Elizabeth Darrell y las hermanas Blanche e Isabel de Vargas.



SOSPECHAS DE ENVENENAMIENTO


Los jefes de palacio recogieron inmediatamente el cadáver de Catalina de Aragón, encargando el embalsamamiento a un humilde funcionario, un vendedor de velas con experiencia en cera. Contra toda usanza no se permitió a ninguno de entre su gente presenciarlo, ni siquiera a los médicos o al capellán. Cuando el cerero de la casa lo abrió para embalsamarlo, acompañado nada más que por otro criado, encontró todos los órganos sanos, excepto el corazón, que estaba ennegrecido y presentaba un aspecto horrendo con la adherencia de un tumor negro. Partió el corazón por la mitad y lo lavó varias veces, pero seguía oscuro. Cuando fue informado el doctor de la Sá dijo que era una prueba positiva de envenenamiento. El embajador Chapuys estaba igualmente convencido de que la reina había sido envenenada. Uno de sus biógrafos, Giles Tremlett, dice en su libro que Catalina se bebió un barril de cerveza galesa en diciembre de 1535, recordemos que el agua inglesa no era potable, y pronto se sintió peor. Chapuys pensaba que podía contener un veneno de acción lenta.

La razón que algunos científicos tienen para hablar de envenenamiento es que si hubiera sido una enfermedad crónica, como así parecía – la cual producía síntomas dolorosos como vómitos, malas digestiones y continuas flatulencias – también se habrían dañado otros órganos. Un especialista de fines del siglo XIX señaló que la reina Catalina murió de una forma de cáncer – sarcoma melanótico – entonces imposible de diagnosticar para su médico. El tumor en el corazón era casi seguramente secundario y el cerero no habría visto el núcleo principal. Fácil sería con los actuales adelantos de la ciencia comprobar en sus restos si recibió alguna sustancia tóxica que ayudase a acelerar su muerte o definitivamente la causa de su fallecimiento era un cáncer. Su cuerpo fue puesto en la capilla de Kimbolton y velado por María de Salinas y por las tres damas de la Casa, Elizabeth Darrell y Blanche e Isabel de Vargas.


Fuentes:
Mattingly, Garrett. Catalina de Aragón. 1998 Ediciones Palabra, S.A.
Ulargui, Luis. Catalina de Aragón. 2004 Random House Mondadori S.A.
Fraser, Antonia. Las seis esposas de Enrique VIII. 1998 Ediciones B Argentina, S.A.
Pérez Martín, María Jesús. María Tudor: La gran reina desconocida. 2008 Ediciones Rialp, S.A
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