martes, 29 de noviembre de 2011

Los últimos años de Catalina de Aragón ( V )


EL EMBAJADOR CHAPUYS PLANEA UNA REBELIÓN


De vuelta a la capital y tras varios días de descanso por el viaje al castillo de Kimbolton, Chapuys empezó a auscultar el ambiente en el país. Sus espías, bien pagados, recorrían tabernas, villas, caminos y todos traían ese malestar que se respiraba en la ciudad, aunque también fue informado que las grandes ciudades no eran tan hostiles al cambio religioso como el campo. El embajador imperial quería calibrar la posibilidad de iniciar una rebelión. Una revolución a la que se unieran los nobles y los opositores al rey. Eran tiempos de destrucción de monasterios, de incautación de sus bienes, de desastrosas cosechas y de mayor presión fiscal. El descontento latente podría aprovecharse. Faltaba una cabeza visible en toda esa oposición, la reina Catalina. Pero ella nunca estaría dispuesta a derramar sangre inocente para apoderarse del trono. Por segunda vez, Chapuys no consiguió que el pueblo se alzara contra su rey y que Catalina lo dirigiera.


CATALINA VISITA A SU HIJA MARÍA

Cuando la princesa María enfermó en septiembre de 1534, parece ser que se le permitió un raro placer. Su padre, además de enviarle a su propio médico para la cura, permitió que la reina Catalina también la visitara con un boticario. A ese boticario se le instruyó para que presentara sus respetos a la princesa Isabel de un año, antes de atender a la paciente. Pero el mensaje llegó demasiado tarde, lo que debió ser satisfactorio para María y Catalina. Nada más se sabe de esa visita. Se puede suponer que nadie fue tan insensato como para pedirle a la “ obstinada ” reina Catalina que presentara sus respetos a la pequeña pelirroja que nominalmente presidía la casa. Tras el breve intervalo en que pudo abrazar a su hija, en vano pedirá volver a verla.




PLANES DE FUGA PARA MARÍA


El embajador Chapuys tuvo conocimiento de que se pretendía obligar a la princesa María a jurar la ley de sucesión y rápidamente se lo comunicó a su señora. Para el embajador había dos soluciones a ese problema: que María jurase la ley, pero con ciertos matices que luego pudieran hacer del juramento algo nulo, o sacar a la princesa fuera de Inglaterra. Catalina se negó a que su hija hiciera cualquiera de las dos cosas. Huir jamás, ella nunca lo había hecho y nunca lo haría, y tampoco jurar con matices. La reina sólo propuso que su hija hiciera lo mismo que ella estaba haciendo. Ser honesta con su propia conciencia. Antes de dejar Buckden había escrito a María: “ .. Responded con pocas palabras obedeciendo al rey, vuestro padre, en todo, salvo que ofendáis a Dios o perdáis vuestra propia alma, y no estudiéis ni disputéis más sobre la cuestión. En dondequiera y con quienquiera que os encontréis, cumplid las órdenes del rey. Hablad poco y no os entrometáis en nada … ". Cuando la princesa fue requerida para jurar la ley de sucesión, se negó a ello a pesar de las presiones físicas y psicológicas que sufrió, a pesar de las amenazas de muerte.

El embajador imperial seguía con su rocambolesca historia de hacer salir a la princesa María del país. Después se casaría con Reginald Pole, segundo hijo de la condesa de Salisbury. Chapuys, en las cartas al emperador, hablaba de una rápida galera, de barcos armados en la desembocadura del Támesis, de rescatar y escoltar a la princesa, de lo buena amazona que era y de lo rápido que sería sacar a María del país, siempre que fuesen apoyados por la marina española. La huida sería la señal para que los nobles ingleses iniciaran la rebelión. Estos escritos diplomáticos daban a entender que la reina Catalina aceptaba la idea de la marcha de su hija a la corte española. Pero en realidad no era así. Catalina no tenía ningún conocimiento de lo que tramaba el embajador.



LA PRINCESA MARÍA VUELVE A CAER ENFERMA


Mientras Chapuys estaba en medio de sus planes, la princesa enfermó en Greenwich. Miedo, excitación y una tensión nerviosa constante, pudieron haber desencadenado en una joven hipertensa de diecinueve años todos los síntomas de náuseas y debilidad que María acusaba, pero el pensamiento del veneno nunca se alejaba de la mente del embajador imperial. Lo súbito de la enfermedad de María y su gravedad parecían explicar una dosis tóxica en su comida o bebida. Enrique envió a su propio médico, el doctor Butts, para que examinara a su hija. El doctor Butts llamó al propio médico de Catalina, Miguel de la Sá, que acudió desde Kimbolton tan rápidamente como pudo y los dos, además de adoptar las medidas terapéuticas que conocían, amedrentaron a la camarera de María hasta ponerla histérica, recordándole las penas por envenenamiento. De la Sá volvió a Kimbolton e informó a Catalina que María se recuperaba lentamente, insinuando, por lo visto, que él y Butts sospechaban una causa no natural de su enfermedad.

El 12 de febrero de 1535, la reina Catalina escribió a Chapuys:

Mi especial amigo: Mi médico me ha contado algo de la enfermedad de mi hija. Me da esperanzas de que su salud está mejorando, pero su enfermedad se prolonga tanto y mi médico duda tanto de visitarla de nuevo o no, porque, en efecto, algunos días no pudo por encontrarme yo enferma, que abrigo graves sospechas sobre la causa. Por tanto, me parece que lo que pido es justo y en servicio de Dios. Os suplico que habléis al rey y que le expreséis mi deseo de tener la caridad de enviar a su hija e hija mía a donde estoy, porque yo cuidaré de ella con mis propias manos y con el consejo de mi médico y de otros. Si a pesar de ello a Dios le placiera llevársela de este mundo, mi corazón estaría en paz, y de otra forma sentiría gran dolor. Decid a Su Alteza que no hay necesidad de que la cuide nadie sino yo, que yo la pondré en mi propia cama en mi propio cuarto y velaré por ella cuando lo necesite.

He acudido a vos sabiendo que no hay nadie más en este reino que se atreva a decir al rey, mi señor, lo que os estoy pidiendo que le digáis. Ruego a Dios que premie vuestra diligencia. Desde Kimbolton, el primer viernes de Cuaresma. Catalina, la reina.






Chapuys leyó la carta de la reina a Enrique y recibió, al principio, una terminante negativa. El rey manifestó que nada aumentaría más la actual y deliberada obstinación de María que estar constantemente en compañía de su madre. Además, se decía que personas mal intencionadas estaban conspirando para secuestrar a su hija y llevarla fuera del reino, y no tenía intención de facilitarles las cosas enviándola a un lugar tan solitario. Quizá la mirada inexpresiva de Chapuys convenció a Enrique de que el tiro había errado, porque al final la persistencia de aquel mereció una especie de compromiso. Se permitiría que María fuera a una casa cerca de Kimbolton, donde de la Sá pudiera visitarla, siempre que Catalina no intentara verla. En respuesta al informe de Chapuys, la reina escribió:

Mi especial amigo: Me he quedado muy en deuda con vos por lo que os habéis esforzado al hablar con el rey, mi señor, sobre la venida de mi hija aquí. Debéis confiar que Dios os recompensará porque ( como sabéis) no puedo agradeceros de otra forma que con mi buena voluntad.

Respecto a la respuesta que se os dio, de que el rey consiente a enviarla a algún lugar cerca de mí, con tal de que no la vea, agradecedle la bondad que muestra a mi hija y a mí, y por el consuelo que he tenido en ello. En cuanto a que yo la vea, aseguradle que si ella estuviera a dos kilómetros, no la vería, porque el tiempo no me lo permite, y aunque lo deseara, no dispongo de medios. Decid a Su Alteza, sin embargo, que lo que yo deseaba más era que la enviase aquí, a donde yo estoy, porque el consuelo y alegría que tendríamos juntas serían la mitad de su cura, como yo he comprobado por la experiencia, habiendo estado enferma de lo mismo. Lo que yo deseaba era tan justo y razonable y afectaba tan de cerca al honor y la conciencia del rey, mi señor, no creí que me lo pudiera negar. Os suplico que no ceséis de hacer todo lo que esté en vuestro poder para lograrlo.

He oído que tiene algunos temores sobre su seguridad, pero no puedo creer que algo tan lejos de lo razonable pueda venir del corazón del rey, y tampoco puedo pensar que tenga tan poca confianza en mí. Si surgiera alguna oportunidad de hablar al respecto, os ruego que digáis al rey, mi señor, que estoy decidida a morir en este reino, y ahora ofrezco mi propia persona en garantía de mi hija, hasta el punto que, si tal cosa se intentara, el rey, mi señor, podría hacer justicia sobre mí como si yo fuera la mujer más traidora que jamás haya nacido. Confío lo demás a vuestra sana prudencia y sensato juicio, como amigo de confianza que sois, para quien pido a Dios buena salud.


Las súplicas de la reina para que se le permitiera ver a su amada hija no logró conmover a Enrique. Su endurecimiento corresponde al miedo a una insurrección a favor de Catalina y su hija, de lo cual existen síntomas evidentes, y también para evitar la fuga de una de las dos o de ambas. Esta es la razón de que la reina salga al paso de estas sospechas y proclame una lealtad incuestionable pero incomprensible para el maquiavélico entorno del rey. No se autorizó a María que se acercara a menos de cuarenta y cinco kilómetros de Kimbolton. Ante su Consejo, Enrique expresó su preocupación cuando dijo que Catalina " es una mujer orgullosa y terca de mucho valor. Si se le metiera en la cabeza tomar partido por su hija, podría con toda facilidad presentarse en el campo de batalla, reclutar grandes huestes y conducir contra mí una guerra tan feroz como la que jamás haya mantenido en España su madre Isabel " .


Fuentes:
Garrett Mattingly, Catalina de Aragon. 1998 Ediciones Palabra, S.A.
Luis Ulargui, Catalina de Aragón. 2004 Random House Mondadori S.A.
Antonia Fraser, Las seis esposas de Enrique VIII. 1998 Ediciones B Argentina, S.A.

domingo, 27 de noviembre de 2011

JUANA AZURDUY DE PADILLA


Juana Azurduy de Padilla, heroína de la independencia del Alto Perú (actual Bolivia), nació en Chuquisaca en 1780. Dicha ciudad también recibía los nombres de La Plata o Charcas y era una de las más importantes de la América española. Sus padres fueron un hombre de bienes y propiedades pero de dudoso linaje español, don Matías Azurduy, y una madre de sangre mestiza, doña Eulalia Bermúdez. Quedó huérfana en edad muy temprana. Sus tíos se hicieron cargo de ella y de su hermana menor Rosalía. Pero la relación entre Juana y sus tutores era muy tensa, así que éstos decidieron que su díscola sobrina ingresará en un convento para hacerse monja.

Sin embargo, la vida conventual no estaba hecha para esa adolescente que amaba el cabalgar desafiando a los vientos, el trepar a los árboles sin temor a los porrazos, el zambullirse en aguas torrentosas, y terminó en una tremenda trifulca con la madre superiora que decidió la expulsión de Juana del monasterio de Santa Teresa. La joven regresó a Chuquisaca y sus tíos convinieron que viviría en las fincas de su padre, don Matías, colaborando en su administración. Era una muchacha muy agraciada y esa indiscutible belleza será en parte responsable del carismático atractivo que Juana ejerció sobre sus contemporáneos. Fue descrita como " de aventajada estatura, las perfectas y acentuadas líneas de su rostro recordaban el hermoso tipo de las transtiberianas romanas ".



En 1802 contrajo matrimonio con Manuel Ascencio Padilla, con quien tendría cinco hijos. Tras el estallido de la revolución independentista el 25 de mayo de 1809, Juana y su marido se unieron a los ejércitos populares, creados tras la destitución del virrey y al producirse el nombramiento de Juan Antonio Álvarez como gobernador del territorio. El caso de Juana no fue una excepción; muchas mujeres se incorporaban a la lucha en estos años.

Juana colaboró activamente con su marido para organizar el escuadrón que sería conocido como Los Leales, el cual debía unirse a las tropas enviadas desde Buenos Aires para liberar el Alto Perú. Durante el primer año de lucha, Juana se vio obligada a abandonar a sus hijos y entró en combate en numerosas ocasiones, ya que la reacción realista desde Perú no se hizo esperar. La Audiencia de Charcas quedó dividida en dos zonas, una controlada por la guerrilla y otra por los ejércitos leales al rey de España.

En 1810 se incorporó al ejército libertador de Manuel Belgrano, que quedó muy impresionado por el valor en combate de Juana. En reconocimiento a su labor, Belgrano llegó a entregarle su propia espada. Juana y su esposo participaron en la defensa de Tarabuco, La Laguna y Pomabamba.



Mención especial merece la intervención de Juana en la región de Villar, en el verano de 1816. Su marido tuvo que partir hacia la zona del Chaco y dejó a cargo de su esposa esa región estratégica, conocida también en la época como Hacienda de Villar. Dicha zona fue objeto de los ataques realistas, pero Juana organizó la defensa del territorio y, en una audaz incursión, arrebató ella misma la bandera del regimiento al jefe de las fuerzas enemigas y dirigió la ocupación del Cerro de la Plata. Por esta acción y con los informes favorables de Belgrano, el gobierno de Buenos Aires, en agosto de 1816, decidió otorgar a Juana Azurduy el rango de teniente coronel de las milicias, las cuales eran la base del ejército independentista de la región.

Tras hacerse cargo el general José de San Martín de los ejércitos que pretendían liberar Perú, la estrategia de la guerra cambió. San Martín quería atacar Lima a través del Pacífico, por lo que era necesario, para poder desarrollar su estrategia, la liberación completa de Chile. Esta decisión dejó a la guerrilla del Alto Perú en condiciones muy precarias. Juana y su marido vivieron momentos extremadamente críticos, tanto que sus cuatro hijos mayores murieron de hambre.



Poco tiempo después Juana, que esperaba a su quinto hijo, quedó viuda tras la muerte de su marido en la batalla de Villar el 14 de septiembre de 1816. El cuerpo de su marido fue colgado por los realistas en el pueblo de la Laguna, y Juana se halló en una situación desesperada: sola, embarazada y con los ejércitos realistas controlando eficazmente el territorio. Tras dar a luz a una niña, se unió a la guerrilla de Martín Miguel Gümes, que operaba en el norte del Alto Perú. A la muerte de este caudillo se disolvió la guerrilla del norte y Juana se vio obligada a malvivir en la región de Salta.

Tras la proclamación de la independencia de Bolivia en 1825, Juana intentó en numerosas ocasiones que el gobierno de la nueva nación le devolviera sus bienes para poder regresar a su ciudad natal, pero a pesar de su prestigio no consiguió una respuesta favorable de los dirigentes políticos. Según las fuentes consultadas murió en la provincia argentina de Jujuy a los ochenta y dos años de edad, en la más completa miseria: su funeral costó un peso y fue enterrada en una fosa común. Sin embargo, un atento lector ha tenido a bien señalarme que esta información es errónea y que Juana Azurduy de Padilla falleció el 25 de mayo de 1865 en la capital boliviana, Sucre. Sólo póstumamente se le reconocerían el valor y los servicios prestados al país.


Fuentes:
http://www.biografiasyvidas.com/biografia/a/azurduy.htm
http://www.geograficasucre.8m.net/Conferencias/conferencia6.htm

sábado, 26 de noviembre de 2011

LA BELLA OTERO


La Bella Otero fue uno de los personajes más destacados de la Belle Époque. Poseedora de un indiscutible ángel, supo cautivar al mundo y convertirse en una diosa dentro y fuera de los escenarios. Rica y famosa, bella y maldita, su nombre y su figura atraían a todos. Inventó sus orígenes y vivió envuelta en un misterio que alimentó el deseo de muchos hombres, la envidia en las mujeres y el escepticismo de sus rivales, que se preguntaban cuál era su encanto. Fue amante de reyes, hombres de grandes fortunas, príncipes y presidentes de naciones.

La historia de esta fascinante mujer, considerada una de las más atractivas de su tiempo, comienza en el año 1868 cuando nace en un pequeño pueblo pontevedrés llamado Ponte de Valga, una niña de nombre Agustina Otero Iglesias. Era hija de una mujer humilde y soltera, quien le dio sus apellidos. El padre nunca reconoció a la niña como hija suya. La pequeña iba creciendo entre mil dificultades económicas, destacando muy pronto por su gracia y hermosura. A la tierna edad de diez años vivió una brutal experiencia que la dejaría marcada para toda la vida, un desalmado la abordó en un camino y la violó salvajemente, dejándola inconsciente y sufriendo una hemorragia que la tuvo al borde de la muerte durante varios días. Esta agresión le produjo la esterilidad y un descrédito social que la llevó a marcharse de su pueblo con una compañía de cómicos portugueses, huyendo de las habladurías y del hambre.

Con doce años, la niña ya era vistosa y bonita, y los cómicos la aceptaron bien. Bailaba como si el demonio se la llevase, por y para los hombres que continuamente iban en su búsqueda. Al dejar la compañía se vio obligada a ejercer oficios poco recomendables para salir adelante, como bailar en locales de la más diversa índole e incluso llegar a ejercer la prostitución.



Las correrías llevaron a la muchacha hasta Francia. En un tugurio de Marsella la conoce el empresario norteamericano Ernest Jurgens, quien se aventura en contratarla a fin de enfrentarla a la entonces famosa Carmencita, otra bailarina española. El empresario se convirtió en el amante de la Otero y gastó una fortuna para guiar su vocación. Puso a su servicio al acreditado profesor de música y canto el maestro Bellini, - quien, en realidad, jamás creyó en las aptitudes de la alumna -, y por si fuera poco, formó una compañía que le permitiera a su protegida lucirse bailando jotas y tanguillos. Luego de darle algunas clases, Bellini fue sincero en su apreciación: “ Sus medidas (97-53-92), sus 51 kilos de peso y su estatura de 1.70 harán que el talento no sea todo en la escena. La muchacha tiene algo valioso: fuego en los ojos y en el pelo, y, sobre todo, mucha sensualidad en cada uno de sus movimientos ”. El maestro no se equivocó.

La bailarina transformó su nombre en Carolina Otero y se hizo pasar por condesa andaluza y de origen gitano, hasta circularon documentos de identidad que la hacían nacer en Cádiz e incluso inventó que era hija ilegítima de Eugenia de Montijo. Su verdadero pasado se encargó de ocultarlo durante toda su vida. Aunque mantuvo correspondencia con el sacerdote de su pueblo natal, al que enviaba dinero y vestidos de sus actuaciones para que se los diese a los pobres, pero el párroco utilizó los vestidos para vestir a los santos de la iglesia.




En 1890 llegó a la ciudad de los rascacielos, donde alcanzó su primer éxito, precedida por una inteligente campaña de prensa que le urdió quien fue su descubridor y manager Ernest Jurgens. No sólo consiguió triunfar sino introducirse en la alta sociedad neoyorquina, convirtiéndose en amante del millonario Vanderbilt. Para Jurgens comenzaba un calvario. Primero porque todos los gastos de promoción corren de su cuenta, está rendidamente enamorado de su representada y sufre en silencio verla en manos de otros hombres. Por amor a ella defrauda a la empresa para la que trabaja y pronto el éxito económico de la Otero se edifica sobre su ruina. Terminó suicidándose, arruinado y desesperado por la indiferencia de la bailarina.

Pero la carrera de la Bella Otero es ya imparable, pronto, en los últimos años del siglo XIX, el mundo se pone a sus pies, continente tras continente. En países como Argentina, Uruguay, Brasil, Estados Unidos, Inglaterra, Hungría, Austria, Rusia y Japón, fue aclamada como una mujer verdaderamente excepcional. La Otero actuó durante muchos años en París en el Folies Bergère, donde era la estrella, y en el Cirque de Eté. Carolina no era una bailarina profesional y su arte era más instintivo que técnico. Sus danzas eran una mezcla de estilos: flamenco, fandangos o danzas exóticas. También era cantante y probó suerte como actriz. Representó Carmen de Bizet y piezas teatrales como Nuit de Nöel.



Toda una generación de poetas, pintores y políticos se rindió, batió y arruinó ante su belleza y poder de seducción. Toulouse-Lautrec le dedicó una obra a pastel conservada en el Museo de Albi, y el gran poeta José Martí, que la conoció en Nueva York, le dedicó también algunos versos. A sus numerosos enamorados les sacaba grandes cantidades de dinero y, especialmente, pedrerías magníficas. Ella no dejaba tocar un palmo de su piel si antes no le daban un buen regalo e incluso a veces tenían que pasar días y varios regalos para obtener algún favor. Fue amante, entre otros, de Alberto I de Mónaco, el príncipe Nicolás de Montenegro, Leopoldo II de Bélgica, Muzafar al-Din de Persia, Guillermo II de Alemania, Nicolás II de Rusia, Alfonso XIII de España, Eduardo VII de Inglaterra, el artista Maurice Chevalier, el poeta D´Annuncio, el pintor Renoir y Aristide Briand, con quien tuvo una relación entrañable hasta la muerte del político.

Se dice que a la Bella Otero parecía rodearle un halo maldito. Acaso la más dramática de estas leyendas fue la de un joven que se arrojó ante su carruaje diciéndole: " Te doy lo único que tengo: mi vida ". Y siete hombres se quitaron voluntariamente la vida por no haber conseguido sus favores, lo que provocó que se la llamase la Sirena de los Suicidios.

Hay quienes afirman que su perversidad con los hombres estaba motivada por el trauma sufrido a causa de su brutal violación cuando niña, que la dejó estéril. De carácter indomable, vehemente, segura de sí misma y fría, tal vez no conoció el auténtico amor, aunque alguna vez fue definida como puro fuego. Con sus congéneres fue solidaria. Patrocinó a varias mujeres, incluyendo a Colette, y a una colega que entrenó y casó con un lord.



Carolina Otero llegó a ser una de las mujeres más ricas de su época, pero a la vez fue una ludópata sin remedio que dilapidó toda su fortuna en el juego en los casinos de Montecarlo y Niza. Fue dueña de joyas espectaculares como el collar de la ex emperatriz Eugenia, otro de la emperatriz de Austria y un collar de diamantes que había sido propiedad de María Antonieta. Se calcula que por aquel entonces su fortuna ascendía a unos dieciséis millones de dólares, lo que suponía en aquel tiempo una cifra exorbitante.

Se retiró de los escenarios a los cuarenta y seis años para que la gente no viese cómo perdía su belleza, para preservar el mito. Se estableció en Niza, donde vivió hasta su muerte en 1965, totalmente arruinada y sola. Vivía de una pensión que le pasaba el Casino de Montecarlo en agradecimiento por los millones de francos que en él dejara. Nunca se casó.

De su vida se han escrito varias biografías y se han hecho películas y series para la televisión. Debido a que Otero inventó parte de su pasado para obviar hechos como su violación o sus orígenes extremadamente humildes, muchas biografías, películas u otros trabajos en torno a su persona tienen datos inexactos y hechos que nunca sucedieron de verdad.



Fuentes:
http://es.wikipedia.org/wiki/La_Bella_Otero
http://www.carmenposadas.net/res-ent-not-ficha.php?resentnot=13
http://docelinajes.blogspot.com/2011/02/la-bella-otero-amante-de-reyes.html
http://www.elartedevivirelflamenco.com/bailaores152.html
http://www.habanaenlinea.cu/musica_arte/12.html
http://my.opera.com/antonio%20Nascimento/blog/la-bella-otero
http://www.comentariosdelibros.com/comentario-la-bella-otero-575idl575idc.htm
http://docelinajes.blogspot.com/2011/02/la-bella-otero-amante-de-reyes.html
http://antoncastro.blogia.com/2008/013101-historia-de-la-bella-otero.php

miércoles, 23 de noviembre de 2011

GRACE O' MALLEY ( II y última)


SEGUNDA PARTE


Al principiar el último cuarto de siglo, Grace poseía una veintena de barcos y la sola mención de su nombre hacía temblar a los comerciantes ingleses de Galway. Los honrados mercaderes exigieron la ayuda de la reina Isabel de Inglaterra, y la obtuvieron. Una flota inglesa sitió Rockfleet en 1574, pero los valientes piratas de Grace la obligaron a retirarse. Dos años después, Grace cambió radicalmente de política e inició un acercamiento a los ingleses. Aprovechando la visita de Galway de sir Henry Sydney, representante de la soberana inglesa en Irlanda, se entrevistó con él y negoció su sumisión personal a la Corona. La capitana se comportó con tanta delicadeza que incluso invitó a su galera a sir Henry para que el aristócrata pudiera comprobar desde el mar las defensas de Galway.

Grace tenía razones personales para mostrar tamaña amabilidad. Si los Mac William se sometían antes que ella, la posición de Richard, su actual amante y antiguo esposo, peligraba, y consecuentemente la suya propia. Richard era el tanaiste ( jefe de guerra ) electo de los Mac William y conservaría el cargo mientras viviese el cabecilla del clan; luego, de acuerdo con el derecho irlandés, podría optar a la jefatura absoluta, a la que se accedía mediante la votación de todos los varones de la familia dominante del clan. La subordinación de los Mac William a Isabel implicaba la imposición del derecho inglés o, lo que es lo mismo, la sucesión automática del padre por su hijo mayor. Con lo cual las esperanzas de Richard se evaporaban. Mientras Grace entretenía a sir Henry, el viejo caudillo del clan falleció de repente y el tanaiste se hizo con el poder. Su primera medida fue acogerse al regazo de la reina inglesa, adoptar el derecho de los ingleses y disfrazarse de inglés: añadió un lema inglés a su divisa de armas y aceptó un título nobiliario. Se convirtió en sir Richard Bourke y su compañera de correrías en la muy honorable lady Grace.




La respetabilidad y buenos propósitos de la pareja quedó de manifiesto cuando los ingleses de Galway, usando la parafernalia habitual, invistieron a Richard. Grace, cuya feminidad nadie ponía en duda, sorprendió a todos presentándose vestida de mujer. Una sorpresa de lo más agradable, pues el gobernador inglés se apresuró a informar a Londres que la famosa pirata podía ser, si así lo quería, una grandísima lady. Grace aguantó las complicadas y caras ropas femeninas que tanto entusiasmaban a sus sirvientas el tiempo que tardó el bueno de Richard en consolidar su posición. Cuando su situación quedó clara, la mujer se puso los cómodos pantalones masculinos y volvió a las andadas.

En 1577, coincidiendo casi con el aniversario del nombramiento de sir Richard Bourke, el conde de Desmond la capturó mientras efectuaba una incursión de saqueo. El aristócrata la envió a Dublín y el nuevo gobernador de Irlanda, lord William Drury, la encerró en una celda del castillo. La astuta irlandesa permaneció en prisión dieciocho meses. Se las ingenió para salir libre de cargos y continuar su carrera delictiva.



En 1583 Richard murió y Grace inició un nuevo período de saqueos, pillajes y piraterías. Su actitud depredadora tal vez pudo responder a la intuición política que a veces mostraba, o acaso lo hizo porque estaba en su naturaleza. En cualquier caso, las relaciones entre las monarquías inglesa y española eran francamente malas e Isabel Tudor, temiendo una invasión española, encargó la pacificación de la región a Richard Bingham, uno de sus cortesanos más duros. La lucha entre el inglés y la irlandesa duró bastante tiempo y los contendientes alternaron los éxitos con los fracasos. Grace, nombrada general en jefe de las tribus de la región, se levantó tres veces en armas contra los ingleses y las tres fue vencida, aunque se cuidó mucho de reforzar su ejército con expertos mercenarios escoceses.

Bingham, un auténtico tirano, no titubeó en emplear la traición para dominar a la irlandesa. Ordenó asesinar al hijo mayor de Grace, capturó a Tibbott y amenazó con ejecutarlo si seguían las incursiones piratas, y finalmente logró que Murrough, el segundo hijo de la pirata, se le uniera. La respuesta de Grace a esta última ofensa fue terrible. Decidida a dar una lección al desnaturalizado Murrough; tripuló su flota de galeras, atracó en Ballinahinche, donde habitaba, quemó su ciudad y despojó a sus habitantes de su ganado y bienes y asesinó a cuatro de sus hombres que ofrecieron resistencia.




En contra de lo que se podría pensar, Grace jamás pidió ayuda a los españoles, que habían llevado a Irlanda la guerra con Inglaterra. Todo lo contrario, cuando algunos barcos supervivientes de La Invencible pasaron junto a Rockfleet no dudó en asaltarlos. Su hijo Tibbott era mucho más hispanófilo y negoció con los agentes españoles el apoyo a una rebelión general de las tribus del actual Ulster. Sir Richard se enteró y ordenó su detención. La grave acusación dejaba poco margen de maniobra a Grace, pero ella no se rindió y efectuó una audaz jugada. En julio de 1593 escribió a la reina Isabel de Inglaterra proponiéndole un tratado de paz. Si la “cabeza del clan Tudor “, como siempre la llamó, liberaba a su hijo pequeño y devolvía las tierras confiscadas a Tibbott y a Murrough, que al parecer había vuelto al redil, ella se comprometía “ durante su vida a combatir con espada y fuego a los enemigos de Su Alteza donde estuvieran o pudieran estar, sin ninguna interrupción de ninguna persona o personas “.

Isabel, tan astuta como Grace, le envió un exhaustivo cuestionario con dieciocho preguntas. En función de las respuestas, concedería o no un indulto a la díscola familia. La irlandesa contestó rápidamente la encuesta y la reexpidió a la corte londinense. No esperó la respuesta. Se embarcó en su barco y se presentó en el Palacio de Greenwich exigiendo una entrevista personal con la “ mujer Tudor “. El latín fue la lengua que emplearon durante la entrevista, pues Grace sabía muy poco inglés y la reina no hablaba gaélico, y tomaron un té que Isabel sirvió en persona. Ambas mujeres llegaron a un acuerdo y cuando zarpó, la irlandesa llevaba consigo un decreto real ordenando a Bingham que pusiese en libertad a Tibbott y que devolviese sus propiedades a los dos hijos de la nueva aliada del reino.




Sir Richard Bingham se horrorizó al leer la carta que la pirata le entregó a mediados de septiembre. Puso en práctica las órdenes reales aunque introdujo algunas modificaciones de su propia cosecha. Liberó a Tibbott y entregó las heredades a los hermanos, si bien, como favor personal, les cedió un buen número de soldados ingleses para que velaran por la seguridad de sus tierras. Lo mismo hizo con Grace, ya que se había comprometido a combatir hasta la muerte por Inglaterra, era de justicia que llevase soldados de la reina en sus galeras. Bingham cayó en desgracia en 1595 y Grace volvió de inmediato a las andadas. Dos años después, navegó hacia Escocia y asoló la costa como represalia por el ataque de un clan escocés. Al poco tiempo, se unió a la rebelión de dos poderosos jefes de guerra del Ulster y volvió a batir a los ingleses en el mar.

Por desgracia para la madre y el hijo, los líderes de la revuelta, fervientes partidarios de la ley irlandesa, removieron el viejo asunto de la elección de Richard Bourke como jefe del clan Mac William y depusieron a Tibbott. Lógicamente, Tibbott se pasó de inmediato a los ingleses y finalizó la campaña capitaneando los barcos de su madre, que ahora navegaban bajo la enseña de Inglaterra. Se destacó sirviendo a los ingleses y ganó una gran fama en la batalla de Kinsale. Nombrado sir en 1603, recibió el título de vizconde de Mayo en 1627. Por lo que atañe a Grace, abandonó la piratería y la política y se retiró al castillo de Rockfleet, donde murió en 1603. Su cuerpo reposa en la abadía de la isla de Clare, junto a su único y gran amor: el océano Atlántico.


Fuentes:
Vázquez Chamorro, Germán. Mujeres piratas. 2004 Algaba Ediciones S.A.

martes, 22 de noviembre de 2011

GRACE O' MALLEY ( I )


PRIMERA PARTE


En la verde Irlanda del siglo XVI vivió una legendaria mujer pirata conocida como Grace O’ Malley , nombre inglés del gaélico Gráinne Ni Mháille, que se convirtió en la pesadilla de la poderosa reina Isabel I de Inglaterra, soberana que protegió y se benefició de la piratería. La brava irlandesa fue una mujer excepcional que dominó durante medio siglo el mar de Irlanda y asaltó cualquier nave inglesa que se pusiera al alcance de sus galeras de guerra.

Nació en 1530 en el actual condado de Mayo, en la costa noroeste de la isla. Era hija del jefe del clan, Owen Dubhdara O’Malley y de su esposa Margaret. Los O’Malley, a diferencia de las demás tribus irlandesas, nunca se dedicaron a la agricultura. Controlaban la bahía de Clew, un hermoso puerto natural en la costa occidental de Irlanda, e hicieron de la mar su modo de vida. La divisa que figuraba en su escudo de armas no podía ser más clara: " Poderoso en la tierra y en el mar ". El clan explotaba cualquier recurso marítimo a su alcance: concedía licencias a ingleses, franceses y españoles para pescar en sus ricos caladeros, comerciaba con los puertos ibéricos y norteafricanos, y transportaba de las High Landers escocesas a la verde Erin a los mercenarios que los jefes guerreros irlandeses contrataban cada año por primavera, la época del renacer de la naturaleza y de los conflictos tribales. Pero, sobre todo, se dedicaba con entusiasmo a la piratería. Esta última actividad acabó convirtiéndose en la principal fuente de ingresos.



Se sabe poco de la infancia de Grace. Su padre, uno de los pocos caudillos que se negó a rendir vasallaje a Enrique VIII de Inglaterra, se pasaba la vida en el mar y la pequeña creció en compañía de Donal, su medio hermano, señor de la isla de Clare. Parece ser que la niña prefería la cubierta de las naves a las cocinas. Se cuenta al respecto que incluso llegó a embarcarse disfrazada de grumete y con el pelo rapado en el barco paterno. Cuando se descubrió el engaño, la flotilla estaba lejos de la costa y Grace pudo seguir el viaje, aunque tuvo que aguantar las bromas de la tripulación, empeñada en llamarla Grace la Calva.

Con apenas quince años, se casó con Donal-an-Coghaidh O' Flaherty, jefe del clan vecino, y dio a luz tres hijos: Owen, Murrough y Margaret. Por suerte para la joven, la rutina hogareña duró poco, pues la situación política irlandesa se enrarecía por momentos. Enrique VIII presionaba con fuerza a las tribus libres, bloqueando su comercio, persiguiendo a los navíos de los clanes y quemando sus cosechas. Unas medidas que, por otra parte, también se aplicaban a los grupos sometidos, aunque de forma más suave. Los O’ Flaherty sufrían el embargo bastante más que los restantes clanes, porque Donal era un tipo valiente, aunque algo inmaduro y alocado, y bastante pendenciero. Así las cosas, las gentes del clan pidieron a Grace que se hiciera cargo de las operaciones bélicas y ella, por supuesto, aceptó encantada. Se lanzó al mar y los O’ Flaherty pronto se volvieron ricos gracias a sus piraterías, secuestros, robos, contrabandos y extorsiones.



Las principales víctimas eran los ricos comerciantes ingleses de Galway. Tanto pánico sentían los burgueses de la ciudad por los piratas de Grace, que incluso intentaron exorcizarlos escribiendo con grandes letras sobre la puerta occidental de las murallas, una oración similar a la que rezaban las multitudes asustadas por las hordas vikingas: " ¡ Oh Dios, líbranos de los salvajes O’ Flaherty ! ". Mientras tanto, Donal, que continuaba con sus interminables e inútiles peleas, murió en una de las frecuentes escaramuzas con los Joyce, los enemigos de toda la vida. Había capturado el castillo de Cock, una de las guaridas de sus adversarios, y los Joyce se lanzaron de inmediato a reconquistarlo, pensando que lo tomarían sin ningún problema. No contaban con Grace la Calva, que los obligó a huir tras masacrarlos. En adelante, la fortaleza fue conocida como el Castillo de la Gallina, porque ella lo defendió con la misma furia que un pájaro protege su nido.

Grace, mitad pagana y mitad cristiana, esperaba que el clan la elegiría jefe, pues, al fin y al cabo, era la viuda de Donal y la caudilla de facto. Calculó mal. Los O’Flaherty no solo prefirieron al primo de su llorado marido, tan inmaduro como él, sino que rechazaron de plano su propuesta de partir el " reino " que ella había creado. La cólera de Grace estalló como un volcán. Cogió a sus retoños, reunió a todos los guerreros que la apoyaron y volvió al hogar, a la entrañable isla de Clare. Desde allí, con el apoyo que le daban doscientos hombres y un buen puñado de galeras, retomó su antiguo título de terror de los mares y se convirtió en la sanguinolenta pesadilla de los O’ Flaherty. La dama mató a bastante gente durante ese período de su vida, asaltó decenas de barcos y tuvo unos cuantos amantes pasajeros. Respecto a los compañeros sentimentales no está de más añadir que los cambiaba cuando quería. Cuando ella quería, porque el desgraciado que se interponía en sus caprichos tenía claro su futuro: moriría degollado por las gráciles manos de Grace.



Esta época de sexo, vino, poder absoluto y frenesí homicida, terminó pronto. Grace, traumatizada por su trigésimo quinto cumpleaños, decidió asentar la cabeza y volvió a casarse. El novio, Richard-in-Iron Bourke, jefe de guerra de los Mac William, controlaba el castillo de Rockfleet, al norte de la bahía de Clew, un lugar mucho más seguro que la isla de Clare. Escarmentada por la anterior experiencia, Grace exigió un matrimonio pagano. Conviviría con Richard un año, finalizado el cual podría divorciarse si quería, y quiso.

Poco antes de acabar el plazo, Richard regresó de una de sus grescas nocturnas y se encontró con las puertas de la fortaleza cerradas. Tras aporrear la puerta, una irritadísima Grace se asomó a las almenas y gritó: “ ¡ Te despido. Rockfleet es mío ahora ! “. Estas palabras hicieron que se deshiciera el matrimonio, pero como ella poseía el castillo, se lo quedó. Richard aceptó mansamente. Una vez que el castillo cambió de manos, volvieron a vivir juntos para escándalo del sacerdote local, quien abandonó la isla en señal de protesta. La relación duró diecisiete años y el fruto de la misma nació, como era de esperar, en la maloliente sentina de una galera que surcaba el Atlántico.

Al día siguiente del nacimiento de su hijo Tibbott-ne-Long, la nave fue atacada por los piratas de Salé, una ciudad corsaria de la costa atlántica de Marruecos. El capitán, incapaz de contener el abordaje, bajó aterrorizado a la bodega y pidió a la mujer que subiera a la cubierta. “ ¡ Ojalá esté siete veces peor que yo durante los siguientes doce meses quien no puede pasar un día sin mí ¡ “, maldijo Grace, y dejando al bebé, tomó una espada y subió las escaleras. Los corsarios se sorprendieron ante la repentina aparición de una furiosa mujer y perdieron la batalla.



Fuentes:
Vázquez Chamorro, Germán. Mujeres piratas. 2004 Algaba Ediciones S.A.
pirateuniversity.webs.com
paintingsilove.com
united-celtic-brotherhood.webs.com
tripadvisor.es
http://es.wikipedia.org/wiki/Grace_O'Malley

lunes, 21 de noviembre de 2011

MARÍA SIBYLLA MERIAN, La pasión por los insectos


María Sibylla Merian fue una naturalista, exploradora y pintora alemana. Aunque ignorada durante mucho tiempo, es considerada actualmente como una de las más importantes iniciadoras de la entomología moderna, gracias a las observaciones detalladas y a su descripción, con ilustraciones propias, de la metamorfosis de las mariposas. Hija del famoso grabador y editor Mattheus Merian, nació en Frankfurt el 2 de abril de 1647. Se quedó huérfana de padre a la edad de tres años. Su madre se volvió a casar con un pintor flamenco, Jakob Marell, que enseñó a María a dibujar, pintar y grabar en cobre. A los trece años ya pintaba sus primeras imágenes de insectos y de plantas a partir de modelos que capturaba directamente.

A los dieciocho años se casó con un pintor especializado en arquitectura, Johann Andreas Graff, diez años mayor que ella. Dos años más tarde, tuvo a su primera hija, Johanna Helena, y la familia se mudó a Nuremberg. La creencia de la época aseguraba que los insectos eran el resultado de la " generación espontánea en el lodo en putrefacción ". Esta opinión se remontaba a Aristóteles y había llevado a la Iglesia a designar a estos animales como " bestias del diablo ". A pesar de esta creencia, María se preguntaba cómo podían surgir las más bellas mariposas de las orugas. Estudió la metamorfosis, los detalles de la crisálida y las plantas de las cuales se alimenta la oruga. Ilustró así todos los estadios del desarrollo en su libreta de bocetos.



Esta libreta de bocetos es la trama de su primer libro, publicado cuando tenía veintiocho años, en 1675, con el nombre de Nuevo libro de flores. En éste sólo las flores son reproducidas de forma muy ingeniosa y detallada. Los dos últimos volúmenes del libro se publicaron en 1677. En 1678 nació su segunda hija, Dorotha María, y un año más tarde, el hecho que ella publicara su segunda gran obra La oruga, maravillosa transformación y extraña alimentación floral en alemán, la hizo popular en la alta sociedad. Por esa misma razón era rehuida por los científicos de su tiempo, ya que la lengua oficial para la ciencia era el latín. En este libro presenta los distintos estadios de desarrollo de las distintas especies de mariposas sobre las plantas de las que se alimentan.

A partir de cierto momento su vida sufrió cambios: se separó de su marido y se convirtió a una secta protestante fundada por el jesuita Jean de Labadie en un castillo holandés de Bosch, donde se trasladó con su madre y sus dos hijas. En medio de las obras de arte que cubrían las paredes, descubrió una maravillosa colección de mariposas de Surinam. Convencida de la necesidad de estudiar los insectos en el propio medio, dejó la vida simple y piadosa de la comunidad para viajar a Amsterdam, con el fin de conseguir ayuda de las autoridades y de los científicos.

A mediados de 1699 se embarcó acompañada de su hija menor con destino a Paramaribo, capital de Surinam, una de las más descuidadas colonias holandesas. Después establecieron su base en las distintas plantaciones de azúcar a lo largo del río Surinam. De este modo, ambas mujeres exploraron el interior y sobrevivieron a muchos peligros. Allí permaneció durante dos años, dibujando y clasificando plantas e insectos. En 1701 se contagió de malaria y debió interrumpir su viaje y volver a Amsterdam.



Sus dibujos y bocetos le sirvieron de base para realizar un trabajo de importancia sobre la fauna y la flora de Surinam. Con la ayuda de varios conciudadanos, el editor publicó, luego de tres años de trabajo intensivo, la obra más importante de María Sibylla Merian: Metamorfosis de los insectos del Surinam , publicada en Amsterdam en 1705. Su libro era para la época bastante caro y había pocos compradores, María no podía vivir sólo gracias a su pintura. Se dedicó a dar cursos de dibujo y a la venta de utensilios de pintura, preparaciones a base de plantas y animales de todo tipo de especies. Merian, que contaba con una gran reputación de naturalista y artista, murió en 1717 a los setenta años en Amsterdam. Hacía dos años que debía desplazarse en silla de ruedas tras un ataque de apoplejía.

En los últimos años del siglo XX, su trabajo fue redescubierto, restaurado y varias veces honrado. Los dibujos de plantas, serpientes, arañas, iguanas y coleópteros tropicales, realizados por su mano, son considerados incluso hoy en día como obras de arte y coleccionados por aficionados de todo el mundo. Su retrato se puso en el billete de 500 marcos alemanes y en un sello de 0.40 marcos de 1987. Varias escuelas llevan su nombre y en enero de 2005, la ciudad de Warnamünde botó un barco con su nombre perteneciente al Instituto de Investigación en el Mar Báltico.


Fuentes:
http://es.wikipedia.org/wiki/Anna_Maria_Sibylla_Merian
http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/publicacionesbanrep/boletin/boleti3/bol3/ella.htm

domingo, 20 de noviembre de 2011

KAREN BLIXEN, Pasión por África ( IV y última )

Por entonces llegó una buena noticia, la guerra había terminado y los granjeros y peones regresaban a casa. El hermano de Karen, Thomas Dinesen, que había combatido en Europa, fue condecorado con la Cruz Victoria y se convirtió en un héroe. Ahora todos los que antes criticaban a la baronesa se quitaban el sombrero ante su presencia y le llovían las invitaciones a fiestas y cenas en casa del gobernador. Denys Finch-Hatton acababa de regresar de Egipto y durante unos días se instaló en la granja de Ngong para recuperarse de unas fiebres. Con él llegaron las lluvias y Karen abrió las puertas de su casa a los amigos que disfrutaban como de costumbre con sus sabrosas recetas y su animada conversación. A mediados de 1919, los Blixen decidieron viajar a Dinamarca para visitar a sus respectivas familias y hablar del futuro de la compañía. Bror regresó a África tras una larga visita a Suecia, ignorando que su futuro en la granja pendía más que nunca de un hilo. Los tíos de Karen que más dinero habían aportado a la compañía, ahora querían verle fuera porque ya no le tenían ninguna confianza.

Mientras, el barón se había instalado de nuevo en la granja de Ngong y, ajeno a lo que se avecinaba, seguía llevando la vida disoluta de siempre. Cuando unos meses después, la baronesa llegó a la casa acompañada de su hermano Thomas, descubrió escandalizada que durante su ausencia, la granja se había convertido en un hotel donde su marido se divertía con sus amantes. La fina cristalería había servido para hacer prácticas de tiro, con la plata se pagó a los hambrientos acreedores y algunos muebles fueron vendidos para saldar más cuentas. Entonces, Bror abandonó para siempre la finca y se fue a vivir un tiempo a la reserva masai, pensaba dedicarse a la caza profesional que comenzaba a ser un lucrativo negocio. Durante varios meses Karen no quiso saber nada de él y se metió de lleno en los asuntos de la finca. Su hermano se encargaría ahora de dirigir la compañía cafetera que se encontraba en una situación catastrófica. Fue un gran apoyo, invirtió su dinero en M’bogani, aunque sabía que la granja estaba condenada a la ruina y animó a su hermana a resistir.



En los dos años siguientes, la baronesa, ahora única responsable de la granja, vio muy poco a Denys, que se pasaba la vida de safari en safari o viajando a Inglaterra. Hacia 1922, el barón Blixen le pidió el divorcio porque pensaba contraer un segundo matrimonio. Karen aceptó sin demasiado agrado, no le gustaban los escándalos y mucho menos perder su título de baronesa. En medio de todos los problemas, su relación con Denys era aún un oasis de paz. El independiente y solitario aventurero cayó rendido ante los encantos de Karen y en verano de 1923 se trasladó a vivir definitivamente a la granja.

Las visitas de Denys estaban cargadas de romanticismo. Cenaban vestidos de etiqueta a la luz de las velas mientras escuchaban discos de música clásica en el gramófono que él le había regalado. Tras la cena Denys echaba unos cojines en el suelo, se sentaba junto a la chimenea y le pedía que le contara un relato. A veces fumaban juntos hachís, opio y miraa, una hierba alucinógena utilizada por los nativos. Denys la animó a escribir aquellos hermosos relatos, sin saber que estaba despertando en ella su extraordinario talento narrativo. Salían juntos de caza y estos safaris les unieron aún más. Montaban sus tiendas en parajes idílicos, cenaban a la luz de las antorchas con la música de Schubert como telón de fondo y bajo un cielo estrellado que les hacía sentirse insignificantes. Tenían suerte con los leones e incluso los abatían de noche. Cuando esto ocurría regresaban a la granja y se sentaban frente al fuego a beber un buen vino. Otras veces Denys se la llevaba a su casa de la costa, cerca de Mombasa.



En las largas ausencias de su amante, Karen pasaba mucho tiempo sola y deprimida. Aunque quisiera disimularlo, cada vez dependía más de él y se entretenía escribiéndole nuevas historias para sorprenderle a su regreso. Durante aquellos años felices, ella siempre tuvo pánico a perder lo que más amaba: Denys y la granja. Karen tenía entonces treinta y nueve años, seguía obsesionada con sus problemas económicos, deprimida por el divorcio de su marido y padecía fuertes dolores a causa de su enfermedad. La idílica vida de la narradora danesa y el solitario aventurero en su refugio de Ngong, se iría lentamente desvaneciendo.

Hacia 1929, Karen se quedó embarazada de Denys y le envió a éste un telegrama a Londres donde en clave le informaba de su estado y del bebé que esperaba, al que llamó Daniel. Su amante se limitó a responderle con estas escuetas y duras palabras: “ Te pido encarecidamente que canceles la visita de Daniel “. No se sabe si la escritora perdió a su hijo o si fue una falsa alarma. Ella siempre había deseado ser madre. Entre la pareja se extendió un manto de silencio y la convivencia a partir de entonces fue cada vez más difícil. Karen se había vuelto una mujer arrogante, celosa y posesiva, algo que él detestaba. Denys fue espaciando más sus visitas a la granja con la excusa de algún safari.



Ocurrió entonces un acontecimiento que rompió la monotonía de la granja. El príncipe de Gales, el futuro rey Eduardo VIII, visitó en 1928 por primera vez el África oriental británica y él mismo se invitó a cenar a la casa de Karen y a asistir a una de sus famosas ngomas o danzas rituales de la cosecha. Entre los invitados se encontraban dos extraordinarias mujeres de la Kenia colonial. Una era Vivienne de Watteville, hija de un conocido naturalista suizo y audaz exploradora, que acabaría escribiendo emocionantes libros sobre sus vivencias africanas. La otra, Beryl Markham, la atractiva hija del capitán Clutterbuck, entrenador de los caballos de lord Delamere. La joven tenía entonces veinticuatro años, era una mujer deportista y rebelde que muy pronto se convertiría en una experta aviadora. Su agitada vida sentimental tenía escandalizada a la alta sociedad colonial. Karen la sentó a la mesa junto a su amigo Denys, ignorando que acabarían siendo amantes y viviendo juntos en el Muthaiga. La cena fue un éxito gracias al arte de su cocinero Kamante y la ngoma reunió a cerca de tres mil personas que danzaron a la luz de la luna llena.



El tiempo pasaba y la vida en la granja seguía siendo muy dura para Karen, que ahora luchaba sola contra las heladas, una terrible plaga de langosta que arrasó los paisajes que tanto amaba y los tenaces acreedores. Su vida social era muy reducida. Al perder su condición de baronesa, los miembros de la alta sociedad británica la dejaron de lado. Se sentía muy sola en la casa y ahora ya no disfrutaba como antes de los safaris. Sólo la caza del león aún le parecía irresistible.

En 1930 Denys se compró una avioneta y le mostró su granja desde el cielo. A menudo Denys aterrizaba en la pradera de la finca y volaban juntos al atardecer sobre las colinas de Ngong. Otras ponían rumbo al lago Natrón donde habitaban miles de flamencos rosados y al tocar tierra almorzaban junto al avión rodeados de curiosos guerreros masais, ataviados con sus elegantes tocados de plumas de avestruz y sus afiladas lanzas.



Aquellos románticos vuelos sobre las llanuras africanas junto al hombre que amaba fueron el mejor recuerdo de sus últimos años en Kenia. Por entonces, Denys ya compartía su vida de manera discreta con Beryl Markham. Ambos tenían mucho en común, eran espíritus libres y rebeldes, amaban volar y la imponente naturaleza africana. A finales de 1930 Karen seguía intentando salvar su granja pero finalmente fue vendida en subasta pública. El comprador le permitió seguir viviendo unos meses en ella para recoger la última cosecha y arreglar el porvenir de sus trabajadores. Fueron unos días muy difíciles para Karen, se encontraba sola en la finca y muy delicada de salud a causa de una disentería. Tuvo que subastar sus muebles y objetos más preciosos, deshacerse de sus caballos y regalar sus queridos galgos. Viajaba con frecuencia a Nairobi para apaciguar a sus acreedores y conseguir para sus aparceros kikuyus un pedazo de tierra donde pudieran permanecer todos juntos con su ganado.


Denys Finch-Hatton



A principios de mayo de 1931, Denys Finch-Hatton moría en un extraño accidente aéreo cuando regresaba a Nairobi en su avioneta. Dos días antes se había negado a que le acompañara Karen, porque iba a localizar desde el aire elefantes para sus futuros safaris y le parecía un viaje agotador para su delicada salud. Las dos mujeres que más amaron a Denys coincidieron en su entierro en las colinas de Ngong. Beryl Markham diría que tuvo que comprobar en silencio cómo Karen Blixen escenificaba el papel de viuda. La aviadora no recibió ningún pésame ni telegramas de condolencia por parte de los miembros de la colonia británica, aunque todos sabían que la pareja mantenía una relación íntima. Beryl recogió las pertenencias de Denys que tenía en su apartamento y las envió a Londres, a la dirección de su hermano mayor. Karen le sobreviviría más de treinta años y nunca olvidó a sus sirvientes, con los que mantuvo contacto durante toda su vida. De regreso a Dinamarca, se recluyó en la casa que la vio nacer y se entregó por completo a la escritura. Su nombre se barajó en varias ocasiones para el Premio Nobel de Literatura.

En los últimos años de su vida, le habían extirpado buena parte del estómago tras diagnosticarle una úlcera, estaba prácticamente inválida y pesaba poco más de cuarenta kilos. Hasta sus últimos días le gustó escandalizar y para exagerar su aspecto cadavérico solía vestir de negro, llevaba turbantes en la cabeza, acentuaba su palidez con polvos blancos y mucho kohl alrededor de sus enormes ojos. Se rumoreaba que sólo se alimentaba de ostras y champán porque apenas podía comer alimentos sólidos. El 7 de septiembre de 1962 Karen Blixen, alias Isak Dinesen, murió en su casa de Rungstedlund en Dinamarca. Tenía setenta y siete años y ese día había escuchado poco antes un aria de Händel que Denys solía cantarle en sus visitas a la granja. Tal como había pedido a su familia fue enterrada bajo un gran árbol, como los lugares sagrados de los Kikuyus en las llanuras africanas.


Fuente:
Morató, Cristina. Las Reinas de África. 2003 Random House Mondadori S.A.

jueves, 17 de noviembre de 2011

KAREN BLIXEN, Pasión por África ( III )


Al poco de llegar a la granja, Karen comenzó a encontrarse mal, aunque los síntomas no eran los de la malaria que conocía muy bien. Había perdido mucho peso, se sentía deprimida, le dolían las articulaciones y padecía insomnio Cuando acudió a la consulta del médico en Nairobi, recibió la terrible noticia de que tenía sífilis en estado muy avanzado y debía someterse a un tratamiento en Europa. Seguramente la baronesa ya conocía las infidelidades de su esposo, aunque no su gran promiscuidad sexual que incluía relaciones con mujeres nativas, especialmente masais. Intentó por todos los medios que su familia no se enterara de la noticia. Se sabe muy poco sobre cómo afectó la noticia de su enfermedad a la relación entre los esposos, ella quiso seguir casada con Bror.

En mayo de 1915, Karen Blixen volvía a su país enferma y debilitada. En París los médicos a los que consultó, especialistas en enfermedades venéreas, le dijeron que iba a necesitar un tratamiento largo y duro, así que partió hacia Copenhague y se internó en un hospital. En los tres meses que permaneció allí sólo recibió la visita de su hermano y confidente Thomas, el único que estaba al tanto de su enfermedad. Cuando gracias a la medicación los síntomas comenzaron a remitir, la paciente regresó a su casa de Rungstedlund, donde al fin pudo reunirse con su familia.



En el verano de 1916 Bror Blixen llegó a Dinamarca para reunirse con su esposa. Karen lo encontró más ilusionado que nunca y lleno de nuevos proyectos para la granja. Le contó que la escasez de café a causa de la guerra había puesto los precios de este producto por las nubes y ahora su compañía cafetera tenía un incalculable valor. Bror, persuasivo como siempre, convenció a los tíos de su esposa para que ampliaran el capital y fundaran una nueva sociedad con el nombre de The Karen Coffee Company. Unos meses después, el matrimonio partía de nuevo al África oriental británica animado ante las buenas perspectivas.

Karen siempre recordaría el año de 1917, en el que una terrible y prolongada sequía acabó con la cosecha de café dejándoles sin beneficios. El encargado de la plantación les abandonó porque veía que aquel negocio era una ruina y Bror se mostraba cada vez más inepto para llevar la granja. De nuevo tuvieron que pedir ayuda a su familia en Dinamarca para hacer frente a la difícil situación en la que se encontraban. Poco a poco, los que hasta ahora los habían apoyado económicamente se mostraban recelosos con el futuro de la compañía. En aquel año, los Blixen se trasladaron a una nueva casa, más amplia y lujosa, situada a dieciséis kilómetros de Nairobi y conocida como M’bogani, al pie de las colinas de Ngong. Ésta fue la finca que inspiraría sus Memorias de África y en donde pasaría los mejores años de su vida.



La guerra no había terminado, la derrota británica frente a los alemanes era inminente y sus vecinos comenzaron a darle la espalda acusándola de ser espía alemana. Karen se refugió en su granja y se dedicó a pintar, apenas salía a la ciudad para evitar que la gente se apartara de su camino o se levantara de una mesa contigua a la suya en el restaurante del Norfolk. Las lluvias en ocasiones la dejaban incomunicada con Nairobi, el correo tardaba meses en llegar y tenían escasez de alimentos, por lo que muchas veces salía de caza en la finca para proveerse.

Un año después las cosas no habían mejorado para la baronesa. La relación con su esposo era cada vez más tirante. Bror se ausentaba a menudo de la granja, despilfarraba el poco dinero que tenían y seguía con sus conquistas femeninas. Karen había perdido las esperanzas de tener un hijo con él y esto la deprimía aún más. Decidida a olvidar, la escritora partió de safari a las llanuras de Tana con un amigo de su esposo, el barón y oficial sueco Eric von Otter. Por la carta que le escribió a su madre sobre este viaje, se desprende que fue inmensamente feliz y vivió un corto pero intenso romance con el veterano cazador.



En una divertida cena en el club Muthaiga conoció al que sería el auténtico amor de su vida, cuando unos amigos le presentaron a Denys Finch-Hatton, un aristócrata inglés de treinta y dos años del que había oído hablar con gran admiración. Enseguida se sintió atraída por este hombre apuesto, deportista, culto e ingenioso que acababa de regresar de Somalia y que les deleitó toda la noche con historias de sus cacerías africanas. Un mes más tarde, se reencontraron en una cacería en su granja y el invitado se quedó a pasar la noche en M’bogani. Ya entonces la baronesa siente que ha encontrado a su príncipe azul. Bror estaba al tanto de la relación que mantenían, pero seguía viviendo en la granja con Karen y se comportaban como un matrimonio normal ante la gente.

El barón, que no era un hombre celoso, aceptó con humor este triángulo amoroso. Se daba la circunstancia de que Denys y Bror eran buenos amigos y en ocasiones habían compartido habitación en Ngong. Los dos eran grandes cazadores, expertos en safaris y amantes de la naturaleza. Dejando a un lado estas aficiones, eran bien distintos. A Bror le interesaban más los rifles que los libros, Denys amaba la poesía, la música y el arte moderno.



En verano de 1918 los Blixen partieron a un largo safari al paraíso de Naivasha, donde Bror tenía un contrato para labrar unos acres de tierra. Durante este tiempo, Karen se dedicó a pintar y a disfrutar de nuevo de las veladas junto al fuego y de la vida nómada. No olvidó, sin embargo, ni un instante a Denys, que por entonces aprendía a pilotar aviones en Oriente Medio. De nuevo en la granja, comprobaron desalentados que la sequía continuaba y amenazaba con arruinar sus cosechas. Sus vecinos granjeros ya habían tenido que despedir a sus peones, pero lo peor estaba aún por llegar.

Los pozos se secaron, los nativos se morían de hambre y apareció la peste. Durante días, Karen se convirtió en enfermera, vacunó a los trabajadores contra la viruela, alimentó como pudo a los niños que acudían a la granja en busca de comida y repartió maíz molido entre las familias kikuyus. Fueron tiempos muy duros para la escritora, estaban llenos de deudas, les perseguían los acreedores y su familia danesa responsabilizaba a Bror de todos los desastres.


Fuente:
Morató, Cristina. Las Reinas de África. 2003 Random House Mondadori S.A.

martes, 15 de noviembre de 2011

KAREN BLIXEN, Pasión por África ( II )


Al tiempo que el juerguista barón se divertía en sus safaris y cada día se despreocupaba más de la finca, Karen organizaba como podía su nueva vida de granjera. Colaboraba con los nativos en la siembra del café, visitaba a los Kikuyus en sus tierras y preparaba a su personal doméstico. La baronesa en África mantuvo siempre sus mundanas costumbres y recibía a sus invitados igual a como lo hubiera hecho en su castillo de Dinamarca. En M’bagathi se cenaba con cubertería de plata y copas de cristal, en vajilla de porcelana, se bebían vinos franceses y se comía foie y caviar ruso. Los sirvientes vestían de uniforme y atendían la mesa con guantes, algo que les debería resultar bastante incómodo. Nunca faltaban hermosos arreglos florales que ella misma preparaba y con los que decoraba las distintas dependencias. La escritora siempre fue amante de la buena cocina, que aprendió antes de viajar a Kenia de la mano de un chef francés. Con el tiempo se llegó a decir que en su casa se servía la mejor cocina de todo el país. Sus siempre bien elegidos comensales nunca olvidaban sus deliciosos platos que regaba con vinos y champán traídos directamente de París.

En aquellos días la señora Blixen comenzó a encontrarse mal, tenía escalofríos, dolor de cabeza y fiebre muy alta. Había contraído la malaria y durante varias semanas tuvo que guardar cama. Bror, como siempre, se encontraba ausente y su fiel criado Farah no se separó de su lado. Mientras se encontraba convaleciente, el criado le enseñó la lengua suajili, la puso al día de todo lo que ocurría en la granja y le habló de sus creencias religiosas y de sus miedos. Farah se convirtió en su hombre de confianza y confidente, guardaba su dinero, pagaba sus cuentas, salarios, dirigía la cocina y el servicio doméstico, conducía su coche y controlaba los establos. Acabó dependiendo de él para casi todo.



La comunidad blanca que habitaba en Kenia nunca simpatizó con ella. Karen Blixen les parecía una mujer excéntrica que se tomaba demasiadas libertades con sus sirvientes. Cuando se enteraron de que pretendía fundar una escuela para los kikuyus que habitaban en sus tierras, pusieron el grito en el cielo. La escritora siempre mantuvo sus distancias con los representantes de la Kenia colonial a los que tachaba de “ incultos, racistas y provincianos “. Ella prefería el contacto con los nativos y la naturaleza salvaje a tomar el té con las aburridas ladys de la alta sociedad.

Cuando ya se recuperó de las fiebres, Karen comenzó a recorrer su finca a lomos de su yegua Aimable y visitó las tierras de sus aparceros Kikuyus en compañía de Farah, que le hacía de intérprete. La mayoría de sus peones eran agricultores kikuyus que ya vivían en estas tierras mucho antes de ser vendidas, cultivaban sus acres de tierra y a cambio trabajaban para el dueño de la finca un cierto número de días al año. Durante su estancia en África, la baronesa lucharía por cambiar estas leyes feudales impuestas por los blancos que consideraba injustas y no dudaría en implorar por sus legítimos derechos al príncipe de Gales, que la visitaría en su granja.



Muy pronto los nativos comenzaron a respetarla y acudían a ella con frecuencia cuando necesitaban ayuda o un buen consejo. Las ancianas la llamaban Jerie, que en kikuyu significa “ la que escucha “, y se admiraban al ver, por primera vez, cómo un blanco cogía en brazos a un niño africano. Su esposo Bror sería bautizado con el apodo de Wahoga “ el que anda como un pato “, algo que divertía mucho a la baronesa. En aquellas salidas también frecuentaba a sus vecinos masais, que vivían al otro lado del río en los límites de la granja, y comenzó a hacer negocios con ellos comprándoles ganado. En los años veinte, Karen se dedicó a pintar en su granja algunos retratos de sus amigos Kikuyus y masais que todavía se conservan en su casa danesa de Rungstedlund, hoy convertida en museo.

En junio de 1914 ya había seiscientas plantas de café cultivadas, comenzaba la época de lluvias y ahora sólo quedaba esperar a que la naturaleza hiciera el resto. Las plantas no darían su fruto hasta pasados tres o cuatro años, si todo iba bien, así que los Blixen decidieron darse un respiro. Su esposo, ansioso por cazar de nuevo, la invitó a ir de safari un mes a la reserva masai. Tras una semana de ejercicios de tiro en la granja había aprendido a manejar las armas con gran habilidad. Bror, antes de partir, le regaló un rifle con mira telescópica y se pusieron en marcha acompañados por nueve criados y tres carros tirados por mulos. Guías, rastreadores, porteadores de fusiles, cocinero, lavandera y varios criados domésticos con Farah al frente, formaban parte de la expedición. En aquel viaje, Karen Blixen descubriría su auténtica pasión por la caza y su gusto desmedido por la sangre. Su primer safari fue una auténtica carnicería, donde la escritora no dejó de disparar por placer a todas las especies que se cruzaban en su camino.



Cuando en el mes de agosto de 1914 estalló la Primera Guerra Mundial, la tranquila vida de los granjeros europeos que vivían en el África oriental británica dio un vuelco. Bror, para evitar suspicacias y que le acusaran de progermano, como a Karen por su origen danés, decidió apoyar a los ingleses contra sus enemigos los alemanes. El barón Blixen se alistó como oficial de comunicaciones en la patrulla fronteriza que lideraba lord Delamere, uno de los hombres más poderosos del Protectorado. Al cabo de unos días se despedía de su esposa y partía en una motocicleta cargada con jaulas de palomas mensajeras rumbo a Kijabe, en la cabecera del ferrocarril.

Karen Blixen se quedó sola en su granja pero por poco tiempo. Cuando los oficiales británicos le pidieron que abandonara la casa porque allí no podían protegerla de los nativos y se trasladara a la ciudad con las demás mujeres y niños europeos, decidió escapar. En plena contienda cerró las puertas de M’bagathi y marchó a lomos de caballo seguida de Farah, el cocinero Ismael, algunos sirvientes y veinte kikuyus en dirección a Kijabe. Al llegar acampó en los alrededores de la estación y cuando su marido le envió un mensaje desde el frente pidiéndole que alguien les hiciera llegar un suministro de provisiones para las tropas, ella misma organizó una caravana de tres carros tirados por cuarenta y un bueyes.




Partió sola al alba con sus sirvientes y recorrió a pie los ciento cincuenta kilómetros que la separaban del campamento de Narok. Tardó cuatro días en llegar, durante el viaje tuvo que instalar su tienda de campaña en lugares desiertos y peligrosos, cazar para alimentar a su gente y hasta defenderles del ataque nocturno de un león que mató a uno de sus bueyes. Cuando finalmente apareció en el campamento vestida con sombrero, pantalones de montar y botas altas, armada con un látigo de piel de rinoceronte en la mano y llena de polvo y barro, sorprendió al propio Delamere.

Cuando Karen Blixen pudo regresar a M’bagathi casi no reconoció la casa. Los granjeros blancos la habían utilizado como cuartel general y el desorden reinaba por todos los rincones. La plantación de café había sido abandonada y la selva se adueñó de la tierra cultivada, los peones fueron reclutados para ir al frente, los bueyes habían muerto de fiebre y los carros requisados por los ingleses. La guerra había estado a punto de hundir su compañía cafetera en la que habían puesto todo su dinero e ilusiones. Unos meses más tarde, su esposo apareció en la finca cansado y abatido, los británicos habían sufrido una humillante derrota a manos de las tropas alemanas. Pero a Karen aún le quedaba por librar una batalla más dura.



Fuente:
Morató, Cristina. Las Reinas de África. 2003 Random House Mondadori S.A.

domingo, 13 de noviembre de 2011

KAREN BLIXEN, Pasión por África ( I )


“ Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong … “, con estas palabras comienza la gran película de Sydney Pollack protagonizada por Meryl Streep y Robert Redford. Y es que hasta el día de su muerte, la escritora danesa Karen Blixen llevó el recuerdo de África en su corazón. En el continente africano encontró su verdadero hogar pero pagó un alto precio por aquella aventura. Divorciada de su marido, enferma de sífilis, sin poder tener hijos, enamorada del aventurero Denys Finch-Hatton, que nunca quiso ser algo más que su amante, y enfrentándose sola a la responsabilidad de explotar una plantación de café ruinosa, sólo encontró consuelo en el contacto diario con los nativos y en la grandeza de los paisajes africanos que retrató como nadie. Junto al mar de Dinamarca, muy lejos de su amada África, enferma y arruinada, recuperó los recuerdos de su pasión africana y publicó la obra que la catapultó a la fama, Memorias de África, con el seudónimo masculino de Isak Dinesen.

Karen había nacido en 1885 en el seno de una aristocrática familia danesa y desde niña siempre admiró a su padre, del que heredó su espíritu aventurero y rebelde. El señor Wilhelm Dinesen fue soldado, poeta, cazador y acabó dedicándose a la política. El capitán Dinesen, que heredó una gran fortuna a la muerte de su padre, acabó casándose con Ingeborg Westenholz, que provenía de una familia danesa de la alta burguesía. La joven era una muchacha hermosa y culta de veinticuatro años, que hablaba varios idiomas, le gustaba la lectura y había vivido en distintas ciudades europeas para completar su formación. Tuvieron cinco hijos, Karen fue la segunda y la favorita de su padre. Todos nacieron en la finca de Rungstedlund.



Karen, de niña en casa la llamaban Tanne, nunca asistió a la escuela y fue educada en aquella solariega mansión junto a sus cuatro hermanos por su estricta y religiosa madre, una institutriz y su tía Bess. Cuando tenía diez años perdió a su adorado padre y confidente en un trágico suceso que la marcó para siempre. En 1895 Wilhelm Dinesen se suicidó ahorcándose en la habitación de un hotel de Copenhague. Su madre, al enterarse de la noticia, cayó gravemente enferma. Durante cuatro años permaneció casi inválida y sin apenas poder hablar. Karen siempre creyó que su padre había contraído la sífilis y que no tuvo el valor de enfrentarse a su familia.

Ya en su adolescencia la joven se dedicó a pintar y a escribir sus primeros cuentos y relatos. Estudió arte en París y Roma, y finalmente se instaló en Copenhague para huir del asfixiante ambiente familiar. Allí comenzó a alternar con jóvenes aristócratas ociosos que dedicaban su tiempo a montar a caballo, jugar al bridge y beber whisky en grandes cantidades. En este ambiente frívolo y aburrido, conoció a los gemelos Hans y Bror von Blixen-Finecke, que pertenecían a la nobleza sueca. En un principio se enamoró locamente de Hans, pero éste nunca le correspondió. Unos años después, en 1912, Karen sorprendió a su familia anunciando su compromiso con Bror.



El barón Bror von Blixen-Finecke era la oveja negra de la familia. Había estudiado para granjero pero era un irresponsable con el dinero, le gustaba la buena vida, la emoción de la caza y sobre todo las mujeres. Fue un tío suyo quien, a su regreso de un safari por el Protectorado británico del África oriental, en la actual Kenia, recomendó a la pareja que viajaran juntos a aquel lugar donde podrían hacer fortuna. A Karen la idea de “ huir “ a un país remoto y comenzar una nueva vida le atrajo desde el primer instante. Cuando el impetuoso Bror la pidió en matrimonio aceptó encantada y comenzó a hacer las maletas. Con esta unión el barón von Blixen le ofrecía un título nobiliario aunque no tuviera el dinero necesario para emprender aquella romántica aventura. Fue la familia materna de Karen quien aportó el capital para comprar una granja de setecientos acres en Kenia y dedicarla a la explotación ganadera.

Bror decidió partir antes que su prometida para cerrar el trato, amueblar la casa y contratar al personal doméstico. Sin consultárselo a su futura esposa vendió la granja que habían comprado para criar ganado y en su lugar adquirió una extensa plantación de café. El incauto granjero ignoraba que aquellas tierras no eran aptas para este cultivo y que la lluvia sería insuficiente para mantener las delicadas plantas de café.



En diciembre de 1913 la señorita Dinesen embarcó en Nápoles en el barco Admiral rumbo a la costa oriental africana para casarse con su prometido. No viajaba ligera de equipaje. Karen deseaba verse rodeada de confort y de sus objetos más queridos. Le acompañaba también un hermoso galgo escocés, regalo de bodas, llamado Dusk. El viaje a África oriental a principios del siglo pasado duraba unas tres semanas. Karen pasó buena parte del viaje mareada, nerviosa y deprimida. Al día siguiente de su llegada a Mombasa, se casó por lo civil con Bror en una sencilla ceremonia que no duró más de diez minutos, oficiada en la comisaría del distrito. La pareja pasó su luna de miel sentada en los incómodos bancos del ferrocarril que les llevaba a las anheladas tierras altas donde pensaban hacer fortuna.

Llegaron a Nairobi tras veinticuatro horas de fatigoso viaje en tren y la baronesa aún tuvo que recorrer treinta kilómetros de baches en un carro tirado por bueyes, con su cristalería, cuadros y alfombras persas a cuestas, hasta llegar a su granja de M’bagathi. No era la hermosa casa colonial que ella había soñado, se trataba de un sencillo bungalow de ladrillo visto con cuatro habitaciones y un porche rodeado de un extenso bosque. Karen no pudo tener mejor recibimiento que el que le ofrecieron los mil doscientos trabajadores kikuyus que la esperaban formando una larga fila para darle la bienvenida. Fue uno de los momentos más felices de su vida, tras saludarles uno por uno, les dirigió un corto discurso y les prometió regalarles algo de carne. Desde el primer día que pisó tierras africanas, Karen se sintió cautivada por la majestuosidad de los paisajes que la rodeaban.




Antes de instalarse y verse absorbidos por el trabajo en la granja, los Blixen partieron de safari al lago Naivasha en la que sería su verdadera luna de miel. Durante unos días se alojaron en una rústica cabaña y la baronesa nunca olvidaría su primer contacto con una naturaleza salvaje, las veladas junto a la chimenea, las cacerías nocturnas y el amor apasionado de Bror. Al regreso del safari, Karen dedicó todas sus energías a remodelar la casa y adaptarla a sus necesidades. En menos de un año el bungalow se convirtió en una confortable y amplia vivienda – rodeada de un cuidado jardín de césped con estanque para los patos incluido – que decoró con sus objetos más apreciados traídos de Dinamarca.

En sus primeras cartas a la familia, Karen habla muy poco de su relación con Bror y cuando lo hace es para alabar su valor y su espíritu emprendedor. Pero la escritora no podría ocultar por mucho tiempo las desavenencias con un marido al que sólo le interesaba la caza y conquistar a las esposas de los amigos, que lo encontraban irresistible con sus atractivos ojos azules y su robusta constitución.


Fuente:
Morató, Cristina. Las Reinas de África. 2003 Random House Mondadori S.A.