domingo, 30 de octubre de 2011

MARÍA DE SALINAS, Baronesa Willoughby



Esta dama del Renacimiento nació en Vitoria hacia 1490. Era hija de Martin de Salinas y Josefa González de Salas, judíos conversos y empleados en la corte real de Castilla, que estaban probablemente emparentados con la familia real. Siendo muy joven entró al servicio de Isabel la Católica, pasando posteriormente al de su hija Catalina de Aragón, prometida del príncipe inglés Arturo de Gales.

En 1501 llegó a Inglaterra acompañando a la princesa y fue su amiga más íntima y leal. Juntas compartieron la luz de Granada, el aterrador viaje por mar, el efímero primer matrimonio con Arturo de Gales y la desesperante situación de penuria de los años siguientes, los anteriores a la boda de Catalina de Aragón con su cuñado Enrique VIII. En 1511 fue madrina de bautizo de Mary Brandon, hija de Charles Brandon, duque de Suffolk, y de su segunda esposa Anne Browne. María de Salinas se volvió ferozmente pro inglesa y fue una de las personas que aconsejaron a la reina Catalina que se olvidase de España y fuese reina de Inglaterra ante todo. El embajador español Carroz escribió al rey Fernando de Aragón: " María de Salinas ... muestra en esta y en todo, enemiga mortal. Apartan a la reina de todo lo que cumple al servicio de Su Alteza ". En años venideros sería una de las defensoras acérrimas de la reina Catalina.




Permaneció soltera hasta el 5 de junio de 1516, cuando se casó con el noble inglés William Willoughby, barón Willoughby de Eresby. Tuvieron una hija, Catherine, probablemente ahijada de Catalina de Aragón. Como regalo de boda, el rey cedió el castillo de Grimsthorpe a la familia Eresby. Enrique VIII sintió una gran estima por ella, y para agradecer la compañía y todo el bien que hacía a su esposa, bautizó uno de sus barcos con su nombre Maria Willoughby.

En octubre de 1526 murió Lord Willoughby y su esposa volvió a entrar al servicio de la reina. María pasó entonces varios años luchando contra su cuñado, Sir Christopher Willoughby, por el control de sus propiedades. El duque de Suffolk se convirtió en protector de su hija Catherine, a quien convertiría más tarde en su cuarta esposa.




En agosto de 1532, poco después de la anulación del matrimonio entre Catalina de Aragón y Enrique VIII por el arzobispo Cranmer, se le ordenó dejar la residencia de la reina y no intentar comunicarse con ella. A finales de 1535 la reina se encontraba muy enferma. La noticia de su enfermedad viajó rápidamente y María de Salinas pensó que nunca volvería a ver a su señora. Venía solicitando desde hacía mucho tiempo un permiso especial de Cromwell para visitar a la reina, a la que guardaba honda gratitud y cariño, pero el permiso le fue negado.

La noche de Año Nuevo de 1536, una dama de aspecto desaliñado llamó a las puertas del castillo de Kimbolton, lugar en el que se encontraba recluida la reina, explicando que se había caído del caballo a menos de dos kilómetros de allí y que necesitaba cobijo para recuperarse. Era María de Salinas, que había salido al trote de su residencia londinense, decidida a volver junto a su señora en sus últimas horas. Interpretó una elaborada charada para acceder al interior del castillo y correr al lado de Catalina, asegurando que la carta que la autorizaba a entrar estaba de camino y rogándoles que no rechazaran a una mujer que se había caído de su caballo en una fría noche de invierno. Los hombres que dirigían la casa no encontraron respuesta y le permitieron la entrada. María fue directa a los aposentos de la reina y cerró la puerta al entrar. " Y desde ese momento no la vimos más, ni tampoco una carta que la autorizara a venir aquí ", comentaba sir Edmund Bedingfield, el ofuscado mayordomo.

La baronesa Willoughby, que no dejó en ningún momento a su señora, lloró con lágrimas de impotencia cuando vio a Catalina de Aragón expirar su último aliento en sus brazos el día 7 de enero. El cuerpo de la reina fue puesto en la capilla de Kimbolton y velado por la propia María y las tres damas de la Casa. Veintidós días después, en representación de la corte, María de Salinas, junto a su hija la duquesa de Suffolk y Lady Eleanor Brandon, acompañó los restos mortales de su amiga en el cortejo fúnebre que salió del castillo de Kimbolton hasta su última morada en la Abadía de Peterborough.



Catherine Willoughby


La baronesa Willoughby vivió tres años más, durante los cuales pasó la mayor parte del tiempo en su residencia londinense de Barbican. Su hija Catherine, duquesa de Suffolk, se convirtió en amiga íntima de la sexta esposa de Enrique VIII, Catherine Parr, quien era también ahijada de Catalina de Aragón. En 1546, circularon rumores de que el rey estaba planeando anular su matrimonio con su sexta esposa y hacer de Catherine Willoughby, viuda, su séptima reina. La única hija de la católica y fiel María de Salinas se convirtió, más adelante, en una importante activista protestante.

María tuvo cuatro nietos, Henry y Charles Brandon, que murieron durante la adolescencia, y Peregrine Bertie y Susan Bertie, condesa de Kent, que sobrevivieron para continuar el linaje familiar. Esta dama española tiene numerosos descendientes entre la nobleza británica y la alta burguesía, como la difunta Diana Spencer, princesa de Gales. Murió en su residencia de Londres en 1539, a los cuarenta y nueve años de edad. En contra de lo que decía una leyenda, María de Salinas no fue enterrada con su gran amiga Catalina de Aragón en la Catedral de Peterborough, ya que en 1896 se comprobó que el ataúd de la reina era el único de la fosa.


Fuentes:
http://es.wikipedia.org/wiki/Mar%C3%ADa_de_Salinas
MATTINGLY, GARRETT. Catalina de Aragon. 1998 Ediciones Palabra, S.A.
ULARGUI, LUIS.Catalina de Aragón. 2004 Random House Mondadori S.A.
TREMLETT, GILES. Catalina de Aragón, reina de Inglaterra. 2012 Editorial Crítica S.L.

http://www.euskomedia.org/aunamendi/120638

sábado, 29 de octubre de 2011

BLANCA DE CASTILLA ( X y última)


El año 1252 comenzó con una explosión de indignación de los burgueses de París contra la fuerza armada, a la que acusaban de no haber dado prueba alguna de energía frente a los pastorcillos y de haber dejado que saquearan tiendas y casas. Ahora que el peligro había desaparecido era hora de ajustar cuentas. Hubo choques y muertos y solo con esfuerzo pudo la reina restablecer la paz.

Más para Blanca una preocupación dominaba por encima de cualquier otra: la de su hijo que permanecía en Tierra Santa y las ayudas que debía hacerle llegar con la máxima urgencia. Pero parecía tener el santo de espaldas: una nave que había hecho equipar costosamente con la ayuda de Alfonso y de Carlos, que llevaba dinero y refuerzos, se perdió en la mar con todos sus bienes y tripulación. A principios de ese año quiso ponerse en viaje a Lyon para ver al Papa, que regresaba a Roma. El Pontífice no tenía ganas de verla porque temía que iba a pedirle dinero para los cruzados. Por eso le escribió disuadiéndola del desplazamiento, sobre todo en su estado de salud.



Hubo un estallido en todo el reino al saberse poco después que el Papa hacía predicar una Cruzada contra Conrado IV, el hijo del difunto emperador Federico II. Blanca había de recuperar entonces toda su energía y sus fuerzas para proclamar, a quien quisiera oírla, que echaría mano de las tierras y de los bienes de aquellos que tomasen la cruz al llamamiento del Papa contra su enemigo personal: “ ¡ Que aquellos que combatan por el Papa vivan a costa del Papa y que se vayan para no volver jamás ! “.

Por lo demás, la administración del reino hubiera bastado para tener absorbidas todas las energías de la reina. Continuaba supervisándolo todo, haciendo frente personalmente a las dificultades que se presentaban un poco por todas partes. Marsella hubo de ser forzada para que aceptase a Carlos de Anjou. Flandes, Boulogne, Inglaterra: otros tantos desvelos diarios. Y Blanca buscando soluciones temporales, en espera del regreso del rey. Que no llegaba. La reina era consciente del declinar de sus fuerzas y consciente asimismo de las ambiciones a las que había que poner coto, de las injusticias que había que prevenir o reparar. La ausencia de Luis IX se dejaba sentir pesadamente en el reino.




LA LIBERACIÓN DE LOS SIERVOS


La reina Blanca tendría ocasión de dar muestra de su energía en un episodio que marca el último acto público de su existencia. El enfrentamiento del Capítulo de París con sus siervos, que protestaban a propósito del pecho – el impuesto que éstos pagaban a los canónigos – que calificaban de abusivo. La reina Blanca se entera un buen día de que los canónigos, no contentos con haber encarcelado a sus siervos, les negaban todo alimento. Solicitó en seguida la liberación de los presos. Ella misma se encargaría de llevar a cabo una investigación. Los canónigos, furiosos por la intromisión de la reina en lo que definieron como un asunto puramente eclesiástico, mandan encarcelar también a las mujeres y a los niños. La prisión se hallaba abarrotada de esos pobres siervos que se encontraban, en la época de más calor del año, todos hacinados. En unas condiciones tan extremas, que varios murieron. Fueron a decírselo a Blanca. Ella reaccionó con uno de sus arrebatos de ira.

Al instante manda hacer venir al castellano del Louvre con unos hombres de armas. La reina misma, tras haber recobrado todo su ardor, se pone a la cabeza de la tropilla. El pueblo de París asiste estupefacto a esta salida inopinada de su soberana, rodeada de ballesteros y de alguaciles de maza. Se dirige hacia el Capítulo. Cuando ella se presenta, el claustro está casi desierto. Blanca arrancó del portero las llaves de la prisión y con la maza de un alguacil dio el primer golpe en la puerta de una de las mazmorras, que fueron rápidamente abiertas o derribadas. Los supervivientes de la dura prisión se arrojaron a los pies de su libertadora. Estaban ya bajo la protección de su soberana. La reina ordenó una investigación. La historia acabó con la liberación de estos siervos a cambio del pago, por parte de éstos, de una renta anual al Capítulo.



La liberación de los siervos era, por otra parte, una cuestión que preocupaba a Blanca. Había intervenido algún tiempo antes para hacer liberar a los siervos de Wissous y, poco antes de su muerte, en marzo de 1252, ratificaba la liberación de toda una población de siervos en La Varenne, Saint-Maur y Chennevières, dependiente de la abadía de Saint-Maur-des-Fossés.

Las pruebas se suceden a lo largo de este pesado año. Blanca habrá de soportar algunas que, esta vez, excederán sus fuerzas. Primero es la muerte de su sobrino Fernando III de Castilla, el hijo de su hermana Berenguela. Este sobrino al que no ha conocido es persona querida para ella, como todo cuanto proviene de su familia y sobre todo de Berenguela, esa hermana que había contado con todo su afecto. Fernando III, al tener noticia del desastre infligido a los cruzados, había tomado él mismo la cruz y Blanca se había mostrado agradecida por su gesto, pero la enfermedad y luego la muerte, le habían impedido cumplir con su voto e ir en ayuda de su primo Luis IX.

Casi simultáneamente, Alfonso de Poitiers se vio aquejado de una especie de parálisis parcial; durante algún tiempo se temió por su vida, pero se recuperó. Formaba con su mujer una pareja ejemplar, pero desgraciadamente sin hijos. Del ataque sufrido, Alfonso conservó unos defectos de visión. Al año siguiente envió a dos de sus íntimos a consultar a un médico judío en Aragón. No sabemos si esta consulta a distancia fue o no eficaz, el hecho es que Alfonso terminó por restablecerse paulatinamente del todo. Su primer gesto, una vez recobrada la salud, fue retomar la cruz también él.




LA MUERTE DE BLANCA DE CASTILLA


Blanca no tenía ya más que un anhelo, un deseo: el retorno de su hijo Luis. Se sentía en el límite de sus fuerzas. Ahora veía como un derecho ese descanso al que desde hacía tiempo aspiraba. En noviembre de 1252, la reina cae enferma en Melun. Blanca expresó su intención de tomar el hábito y de hacerse religiosa hasta su muerte, sucediera lo que sucediese y aun si después de aquella enfermedad recuperaba la salud. Era pues un acto de abandono, renunciaba libremente al poder real para entrar en religión. A partir de este momento se consideró bajo la obediencia de la abadesa de Maubuisson, el convento que había fundado y al que tantas donaciones había hecho. Había dejado de ser reina para ser esclava del Señor.

Y allí, tendida sobre rústico lecho de paja, con el hábito cisterciense, la nobilísima castellana muere rezando, en voz muy tenue, las plegarias de los agonizantes. Era el 26 o 27 de noviembre de 1252, a primeras horas de la tarde, a eso de las tres. La reina Blanca fue revestida con los ornamentos reales, pero sobre su cabeza se puso el velo de religiosa cisterciense y se le colocó encima la corona. Su cuerpo así engalanado fue colocado sobre unas andas que sus hijos y los barones allegados al rey llevaron desde Melun hasta París, y desde allí seguidamente a la abadía de Saint-Denis. El pueblo llano se sintió muy afectado por su muerte, pues había impedido que fuesen explotados por los ricos y mantenía como es debido la justicia. Su muerte dejó al reino de Francia desconsolado.


Abadía de Maubuisson



Fue velada una noche entera por el clero y este pueblo humilde que amaba a su reina, en el coro de la hermosa iglesia abacial recientemente reconstruida, donde ardían gran cantidad de cirios. La mañana del día 29, tras la misa y el oficio de difuntos, el cortejo tomó el camino de la abadía de Maubuisson, donde de nuevo se celebró un servicio antes de que el cuerpo de Blanca fuera depositado en el panteón de la abadía. Su tumba fue una placa de cobre esmaltado como la de los nietos que había perdido. Había de subsistir hasta la Revolución, en que fue fundida.

Alfonso de Poitiers sucedió a su madre en el puesto de regente hasta el regreso de su hermano el rey. Meses después, Luis IX recibía en Tierra Santa la noticia de la muerte de su madre. Su duelo fue tan grande que durante días se aisló totalmente. Blanca de Castilla ha pasado a la Historia como una de las grandes reinas de Francia. Su mayor timbre de gloria fue hacer suya y amarla como propia, la patria de su marido y de sus hijos, con tal altura de miras y tal lealtad, que le ganaron el respeto y el amor de esa Francia que ella defendió con todas las fuerzas de su espíritu.


Fuentes:
Emilio Beladiez, Españolas, Reinas de Francia. 2002 Ediciones Palabra S.A
Régine Pernoud, Blanca de Castilla. 2002 Belacqva de Ediciones y Publicaciones S. L.
http://www.doredin.mec.es/documentos/00820073000131.pdf
http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=blanca-de-castilla-reina-de-francia

viernes, 28 de octubre de 2011

FRANCISCA GUARCH


Hacía falta valor en la España de 1872 para recorrer solo y andando casi cuatrocientos kilómetros en un país recién salido de la Revolución del 68 y sacudido por la III Guerra Carlista, máxime siendo una mujer de quince años, pero el arrojo fue consustancial a la voluntaria carlista Francisca Guarch, castellonense de Castellfort, nacida en 1857. El origen del Carlismo se remonta a 1833, cuando la muerte del rey Fernando VII divide a los partidarios de que herede el trono su hija Isabel II, y a quienes defienden la coronación del hermano del rey, el infante Carlos María Isidro, que dará nombre al movimiento.

De modesta familia de tejedores y deslumbrada por los relatos de su padre, una tarde salió del Rosario y marchó hacia Benasal sin avisar a nadie, con lo puesto y decidida a imitar a su hermano mayor sumándose a alguna de las partidas voluntarias que defendían la causa carlista. Temiendo ser reconocida en el Maestrazgo, marcha a Cataluña y alterna las jornadas agotadoras con ocasionales trabajos a cambio de comida hasta encontrarse con un matrimonio, también tradicionalista, que le cambia sus sayas femeninas por pantalón de pana, blusón y gorra. Un corte de pelo y Francisca se transformó en Francisco, un imberbe pero «fornido y bien dispuesto muchacho» que llegó a Gerona y logró el fusil y la ansiada boina encarnada que harían de ella una heroína.

Vestida de hombre luchó en el bando carlista durante siete meses. Estampido de cañones, noches al raso, olor a sangre y pólvora llegaron a la vida del «bizarro Francisco», capaz de cargar kilómetros con un camarada herido, ejecutar a un traidor o granjearse la admiración de voluntarios y jefes de partida por su valor: «este muchacho es un león», diría su capitán mientras el infante Alfonso le otorgaba la cruz del mérito militar que muestra hoy la foto exhibida en los museos del Ejército de Madrid y Valencia. Las agallas de «lo valensianet» luchando admiraban tanto como su gracejo con las jóvenes allí donde recalaba la partida. Así vivió un delirante enredo fingiendo ser el marido de una recién casada y llegó a prometerse con una pubilla llamada Carmen, a quien colmaba de requiebros y por quien tuvo una disputa «entre hombres» que llevó a Francisco/a varios días a la cárcel.



La aventura acaba cuando su padre, que la busca sin tregua en una odisea paralela, la encuentra finalmente en Mieras. La noticia de una mujer disfrazada de hombre entre las filas carlistas se convierte en leyenda y, tras vivir un tiempo en Francia por seguridad, trabajando de criada en una familia carlista, al volver a Castellfort es ya una heroína. Aún protagonizaría otras hazañas vitales esta atípica mujer que acabó sus días convertida en fervorosa monja de la Caridad hasta su muerte en 1903.

La gesta y obligada retirada de Francisca a Francia fue recordada años después en sus memorias por María de las Nieves de Braganza de Borbón, otra carlista singular que interrumpió su luna de miel para incorporarse al frente, tras casarse en un castillo de Baviera con el infante Alfonso, hermano del pretendiente carlista al trono, Carlos VII. Hija del rey portugués en el exilio, María de las Nieves acompañó voluntariamente a su marido mientras éste dirigió la campaña catalana de la III Guerra Carlista y cuenta cómo tomaron por loco al padre de Francisca cuando se presentó reclamándola, así como la reacción de su hija: «Estaba desconsolada porque ahora, ¡adiós filas! ¡Adiós batirse por la Religión!, único motivo por el que dejó su casa... Tenía una fuerza extraordinaria para su edad. [...] ¡Qué dolor el abandonar su uniforme! El quedar en España era demasiado expuesto [...], así que la mandamos a Francia».

El paso a suelo francés llegó a ser práctica habitual a medida que avanzaba y se perdía la guerra, y algunos historiadores cifran en veinte mil los refugiados carlistas al otro lado de los Pirineos. Muchos aceptaron los indultos que ofrecieron sucesivamente el rey Amadeo de Saboya y la I República, pero en el ideario carlista estaba mal visto y Francisca lo rechazó varias veces.



Fuente:
Mercedes de la Fuente, Valencianas célebres y no tanto (s. XIII-XXI). Generalitat 2009

miércoles, 26 de octubre de 2011

BLANCA DE CASTILLA ( IX )


Aún podía dar dolores de cabeza a Blanca el conde de Tolosa, que había regresado de una peregrinación a Compostela y se había cruzado para ir con el rey de Francia a Tierra Santa. Pero no se iba, ni siquiera con las promesas de ayuda financiera del Papa, y un día la muerte le sorprendió. Dejaba a su hija Juana de Tolosa – casada con Alfonso de Poitiers - como heredera. Pero Juana y Alfonso estaban ya en Oriente y la aceptación de la herencia debía hacerse a marchas forzadas. En el Mediodía no estaban las heridas tan cicatrizadas como para poder dejarlo sin administrador por todo el tiempo que la cruzada durase. Blanca, imposibilitada de salir de París, envió delegados que, en nombre de Juana y Alfonso, recibieran el juramento de homenaje de los súbditos. Y, aunque hubo resistencias, todos acabaron por someterse.

Entre tanto se recibían buenas noticias de los cruzados: ya habían salido de Chipre para Egipto, ya habían desembarcado en el Delta, ya habían tomado Damieta. Todo iba bien. Al menos, lo parecía. Sin embargo, empezaron a llegar rumores vagos, inconsistentes, sin pruebas pero con colores de tragedia. Hasta la confirmación terrible. El espléndido ejército de Cristo había sido aniquilado, los vencedores de Damieta yacían muertos en las riberas del Nilo o se hallaban cautivos en las prisiones sarracenas en espera de la muerte de un momento a otro. Toda Francia se sumió en el dolor. Blanca, pese a su entereza, se sintió durante algún tiempo aniquilada, rota: su hijo Roberto muerto en Mansura, sus otros hijos prisioneros del sultán, las fuerzas cristianas dispersadas, humilladas, y en el reino tantas familias sumidas en el llanto …



Finalmente se supo que el rey, liberado al igual que sus hermanos y principales barones, había podido reagrupar a sus fuerzas y decidir acerca de la estrategia que convenía seguir. Blanca se había rehecho. Se perfilaba un refuerzo para ir en ayuda de los cruzados; el rey de Inglaterra había tomado también la cruz y parecía querer cumplir su voto. Además, Enrique III, de forma espontánea, propuso prolongar dieciséis años más la tregua anteriormente firmada con el rey de Francia. Blanca esperaba que su hijo el rey, tras el desastre que había destrozado literalmente al ejército de los cruzados, aceptara los consejos de sus cartas y regresara a Francia. Su decepción fue inmensa cuando supo que él quería permanecer en Tierra Santa para poder liberar a las pobres gentes retenidas en las prisiones egipcias y reconstruir las fortalezas de Siria y de Palestina. Al menos mandaba de vuelta a Occidente a sus dos hermanos, Alfonso y Carlos, que intentarían hacerle llegar ayuda.

Saber que habían regresado dos de sus cuatro hijos y que el rey estaba en libertad fue un bálsamo, pero su salud se había resentido y en todo el país, tras una oleada de duelo y de consternación, los habitantes se hallaban agitados. Las gentes murmuraban contra el clero y el Papa, ¡ siempre dispuestos a predicar, pero nunca a aflojar su bolsa; saben perfectamente que a la reina Blanca le ha costado recoger los diezmos adeudados por el clero para ir en ayuda del rey ! ¿ Y qué hace, pues, el Papa ?. Desasosiego, agitación, pequeñas trifulcas que estallan aquí y allá, entre clérigos y burgueses sobre todo – lo cual crea en el reino una tensión creciente -. Sobre todo los jóvenes están impacientes por actuar. ¿ A qué esperan estos clérigos, estos barones, para ir volando ellos también en ayuda del rey ?. Basta ya de vacilaciones, basta ya de demoras: ¡ hacia Tierra Santa! ¡hacia Jerusalén!.




LOS PASTORCILLOS


Y se forman partidas un poco por todas partes; en los campos, en las ciudades; jóvenes pastores abandonan sus rebaños, los aprendices la fragua, el molino, el buril. Muchachos y muchachas se ponen en camino, en grupos exaltados en los que se entonan himnos. Vestidos con oropeles, los cabellos al viento, confeccionan banderas, piden pan, duermen de noche en las granjas y arman un gran alboroto por allí por donde pasan: “ ¿Quiénes son estos niños? ¿Qué quieren? ”, se preguntan las buenas gentes, viendo circular a estos grupos desmelenados. Se les responde, sacudiendo la cabeza: ¡ son unos pastorcillos ! Pero los padres que les ven acercarse se ven obligados a vigilar a sus propios hijos e hijas de cerca: cuántos advertirán al amanecer que éstos han desertado de la casa paterna para unirse a los pastorcillos.

Ya en toda Francia del Norte el movimiento ha adquirido la amplitud de un maremoto. Los pastorcillos se cuentan por cientos, luego por miles. Y estos jóvenes han encontrado a su caudillo. Es un extraño personaje, una especie de asceta pálido y flaco, con la mirada de un iluminado: un anciano, por lo demás, de unos sesenta años, luenga barba blanca, trazas de mago y de inspirado. Afirma que se le ha aparecido la Virgen María para mandarle que predique la Cruzada a los pastorcillos. Ella le hizo incluso entrega de una carta que guarda celosamente en su mano izquierda, siempre cerrada. Por otra parte, es persona muy instruida, habla varias lenguas y con una elocuencia que diríase irresistible. Le llaman el Maestro de Hungría.



A una voz suya los jóvenes se organizan; les agrupa en cuadrillas a las que designa un jefe y que forman bajo su bandera: un cordero portando el estandarte con la cruz. Y la masa de los pastorcillos no hace sino crecer sin cesar. A decir verdad, se unen a ella un buen número de muchachos descarriados y de muchachas de mala vida, felices de poder aprovechar esta oportunidad de oro, de pasar inadvertidos entre sus filas y, eventualmente, de vivir a costa de los ingenuos burgueses. Y también se murmura que estos nuevos cruzados distan mucho de llevar una vida irreprochable: el Maestro de Hungría les casa como ellos quieren; las parejas se hacen y deshacen a su antojo y en esta multitud vagabunda son incontables las muchachas encintas. Los pastorcillos se dirigen hacia París.

En el círculo de la reina todos la presionan para que tome medidas a fin de dispersarlos. Ya es hora de detener semejantes desórdenes, de poner fin al vagabundeo de los jóvenes y de devolver los hijos a sus padres, los aprendices a sus maestros. Es una verdadera subversión lo que se está produciendo. Blanca duda. En el fondo de sí misma siente por estos jóvenes una simpatía que no trata de disimular. Existía, sin embargo, el peligro de que removieran la Universidad, eternamente inquieta. Los pastorcillos - algunos han calculado su número en unos sesenta mil - se desparramaron libremente por París sin verse inquietados; pero cuando algunos de ellos quisieron cruzar el Petit-Pont que llevaba hacia la orilla izquierda, vieron obstaculizado su paso por unas sólidas barricadas y un cordón de gentes de armas que hacían calle para impedirles la entrada.



Blanca, en aquel preciso momento, se encontraba en Maubuisson y concedía una entrevista al Maestro de Hungría. Ese buen hombre despertaba su interés. Le hizo algunas preguntas. Él respondía con una mezcla de aplomo y de fe que la dejaba perpleja. Su intención de llegar a Tierra Santa parecía sincera y, para Blanca, llegar a Tierra Santa significaba ir en ayuda de su hijo. Dejó marchar al Maestro de Hungría después de haberle colmado de presentes. Desde entonces éste, crecido por este aliento y por un apoyo que consideraba ya ganado hiciera lo que hiciese, iba a revelar su verdadera personalidad, la de un pobre individuo henchido de arrogancia. Se puso a predicar en la Iglesia de San Eustaquio, ataviado de obispo con báculo y mitra, mientras a su alrededor los pastorcillos, a ejemplo suyo, se conducían como en un país conquistado, metiéndose con los clérigos, y sobre todo con los frailes mendicantes, vapuleando a unos, desvalijando a otros, y finalmente no dejaron París sino tras haber cometido toda suerte de tropelías.

Comprendiendo que de ahora en adelante ninguna ciudad era lo bastante importante para albergar y alimentar a toda esta multitud, el Maestro de Hungría dividió a sus tropas en varios cuerpos, los cuales se señalaron un poco por todas partes por un mismo entusiasmo en entregarse al pillaje y devastar a la buena de Dios todo cuanto encontraban a su paso. En Ruán, dieron un asalto en toda regla al palacio episcopal. En Orleáns, donde había una Universidad, se enzarzaron con los estudiantes. El tono no tardó en encresparse. Llegaron a las manos y hubo muertos y heridos. En Tours, atacaron los conventos de frailes predicadores y de mínimos, y se dedicaron a profanar las iglesias. En Bourges, por último, fueron los bienes de los judíos los que atacaron, invadiendo la sinagoga y haciendo pedazos los libros sagrados.



Esta vez la población estaba ya harta. Los oficiales reales, con la ayuda de las milicias municipales, se pusieron a perseguir y dispersar a los pastorcillos. El Maestre de Hungría cayó muerto. Algunas cuadrillas consiguieron llegar hasta el valle del Ródano, otras se habían dirigido hacia la Guyena, donde el conde de Leicester, Simón de Montfort, que administraba entonces la provincia en nombre de su cuñado el rey inglés, les dispersó siguiendo sus expeditivos métodos. Algunos habían desembarcado en Inglaterra y se habían empeñado en predicar, pero el rey no tenía ninguna intención de dejar a su juventud unirse a un movimiento que se había revelado malhechor por todas partes, y los guardianes de los puertos recibieron orden de hacerles reembarcar sin más tardanza. Finalmente, hubo un cierto número de pastorcillos que, aviniéndose a razones, depusieron las cruces que se habían dado a sí mismos, retomaron otras de las manos del clero y llegaron efectivamente a Tierra Santa. El peligro que un momento representaron para Blanca se había desvanecido.

Fuentes:
Emilio Beladiez, Españolas, Reinas de Francia. 2002 Ediciones Palabra S.A
Régine Pernoud, Blanca de Castilla. 2002 Belacqva de Ediciones y Publicaciones S. L.

lunes, 24 de octubre de 2011

BLANCA DE CASTILLA ( VIII )


PREPARANDO LA CRUZADA


La cruzada iba a producir, como todas las empresas militares, víctimas. La primera, antes ya de comenzar, la reina Blanca. Cuando su hijo decidió cruzarse, ella tenía cincuenta y seis años. Llenos aún de energía, de lucidez mental, de capacidad decisoria. Pero la tarea que se le venía encima en el umbral de la senectud era digna de más juventud. Porque Luis IX, al preparar su ausencia, decidió llevar consigo a sus tres hermanos y a Margarita, su esposa. Y dejar al frente del reino, de nuevo, a su madre Blanca. Asistida de algún fiel vasallo, pero, en definitiva, aplastada por el peso de la responsabilidad de la gobernación.

Tres años duraron los preparativos de la aventura, aunque no fue el dinero el que faltó. Ciudades, conventos, el propio Estado y los particulares, contribuyeron con una generosidad demostrativa del orden con que se administraba bajo Luis y su madre, un país en paz y rico. A pesar de los años consumidos en guerras intestinas. Se buscaron barcos, se creó un puerto, se movilizaron huestes, se aprestaron armas e ingenios de guerra. Y se alistaron soldados, cruzados de la fe, nobles de todas las provincias y, entre ellos, algunos que habían dado tantas preocupaciones a Blanca: Hugo de la Marche y Mauclerc, el duque de Bretaña.


Margarita de Provenza



En espera del momento del embarque para Oriente y de que soldados, barcos y dineros estuvieran prontos, Blanca quiso que, antes de que el rey emprendiera la cruzada, dejase casado a su hermano Carlos de Anjou. Se le buscó novia de prisa y corriendo y se le casó en París con la condesa Beatriz de Provenza, hermana de la reina de Francia.

Esta boda irritó a la reina Margarita. Nunca había querido a su joven cuñado, pero a partir de entonces le detestaría. Su desacuerdo iba a hacerse sentir dolorosamente en el ambiente de la corte real, hasta entonces muy unida, y a llevar a Margarita a manifestar abiertamente su predilección por su familia inglesa. Su hermana Leonor de Provenza estaba casada con el rey Enrique III de Inglaterra y su otra hermana Sancha de Provenza con Ricardo de Cornualles, hermano del monarca inglés.



LA PARTIDA



Por fin, todo estuvo listo. Luis y los suyos se pusieron en marcha, comenzando el largo camino de la cruzada. Blanca le acompañó aún tres jornadas. Una expedición semejante representaba entonces una ausencia de muchos años. Blanca tenía casi sesenta y lo más probable era que no volviera a ver nunca más a sus hijos que iban a liberar de los infieles los Santos Lugares. El rey le dijo:

- Madre querida, por la confianza que me debéis, regresad ya. Os dejo a mis tres hijos para que cuidéis de ellos, Luis y Felipe e Isabel; y os dejo el reino de Francia para que lo gobernéis; y sé perfectamente que estarán bajo una buena guarda y que el reino será bien gobernado.

Entonces le respondió la reina entre sollozos:

- Queridísimo hijo, ¿cómo podrá soportar mi corazón mi partida y la vuestra? En verdad será más duro que la piedra si no se rompe en dos mitades; pues habéis sido el mejor hijo que haya tenido jamás madre alguna.

A estas palabras cayó desvanecida. El rey la levantó y la besó, despidiéndose de ella entre sollozos. Los hermanos del rey y sus mujeres se despidieron de la reina llorando. Blanca sufrió un nuevo desvanecimiento y estuvo largo rato sin sentido. Cuando volvió en sí, dijo: “ Queridísimo hijo, no os veré nunca más; el corazón me lo dice ”. Y bien decía, pues murió antes de que él regresara. Nos imaginamos a Blanca dirigiendo una última mirada a sus cuatro hijos tan distintos entre sí y, sin embargo, reflejando cada uno de ellos algún rasgo de su esposo y de ella misma. Roberto de Artois y Carlos de Anjou más impetuosos. Luis IX y Alfonso de Poitiers más reservados y más dulces.



Fue en el Hospital, a la entrada de Corbeil, donde tuvo lugar la separación, en medio del doble esplendor de una bonita jornada de junio y de una ciudad en plena prosperidad. Blanca, asistida por su hijo Alfonso, debió de seguir con la vista el cortejo que descendía la cuesta en dirección al Sena y al Essonne. Blanca ha enjugado sus lágrimas. Una vez más debe olvidarse de su tristeza, dominar su pena. Es la reina. Una orden y su escolta parte hacia el Norte.

Su hijo Alfonso se ha quedado a su lado, posponiendo su partida para dentro de unos meses: las treguas con Inglaterra no tardarán en llegar a su término y, ¿ cuál será entonces la actitud de Enrique III ? ¿ Habrá que tomar de nuevo las armas ? En tal caso allí estará el conde de Poitiers, cuenta veintiocho años y puede mandar personalmente una acción militar. Además, le han confiado la tarea de escoltar más tarde hacia Tierra Santa a la esposa de su hermano Roberto, Matilde de Brabante, que, al hallarse encinta, se ha quedado en Francia, pero espera participar en la Cruzada al lado de su esposo tal como lo han hecho sus cuñadas. Blanca se encuentra haciendo de madre para los hijos de Luis y Margarita. Tiene a su lado, asistiéndola en sus diversas tareas, a su bella hija Isabel.



BLANCA, REGENTE DE FRANCIA


Fuera de Francia, al otro lado del Canal de la Mancha, Enrique III de Inglaterra renovaba sus apetencias sobre el antiguo dominio de los Plantagenet, exigiendo la restitución de Normandía y del oeste de Francia. La partida del rey francés a Oriente, junto con sus más aguerridos barones, era la ocasión para invadir de nuevo el continente. Había logrado el apoyo de su cuñado el emperador Federico II, casado con su hermana Isabel de Inglaterra. Los bienes del rey de Francia eran en principio inviolables durante su expedición de cruzado. El Papa había intervenido para recordarlo. Pero Enrique no dejó por ello de convocar a sus caballeros. Les había dado orden de reunirse en Londres para un embarque en Portsmouth.

Blanca no parece, sin embargo, haberse tomado la manifestación muy en serio: conoce mejor que nadie a su primo inglés. Es un ser veleidoso. Sus resoluciones no son más que fuegos de artificio – y sus vasallos ingleses son los primeros en dar visibles muestras de estar hartos de ello-. Blanca no se asombra de recibir al que se convierte cada vez más en el hombre fuerte del reino – Simón de Montfort, cuñado de Enrique-, que viene a verla a Lorris para proponerle renovar la tregua. De plazo en plazo es preciso mantenerse así hasta el regreso de Luis.


Fuentes:
Emilio Beladiez, Españolas, Reinas de Francia. 2002 Ediciones Palabra S.A
Régine Pernoud, Blanca de Castilla. 2002 Belacqva de Ediciones y Publicaciones S. L.

domingo, 23 de octubre de 2011

BLANCA DE CASTILLA ( VII )


Blanca puso toda su atención, todo su cariño en darle una buena educación a su hijo Luis, en prepararle con esmero para la gran tarea que le aguardaba. Le proporcionó los mejores maestros, vigiló sus estudios y se encargó de confiarle a unos clérigos que sabía piadosos e irreprochables tanto como sabios. Tanto el joven rey como sus hermanos o su hermana – ésta se volverá tan sabia que será capaz más tarde de reprender a sus capellanes cuando cometan una falta en latín- eran personas instruidas. La oración y ejercicios religiosos formaban parte de su vida diaria. Blanca de Castilla impuso en su familia y en la corte un tono de vida decoroso y cristiano. Ella conservaba sus gustos españoles, pero a los hijos los educaba en los usos de Francia.

El salterio de Blanca es un precioso libro de horas cuyas líneas servirían probablemente para enseñar a leer a sus hijos y darles la base de aquella honda preparación de que dieron prueba todos ellos. De esas páginas arrancaría el amor a los libros de su heredero y su gusto por lo bello en música y arquitectura. La catedral de Chartres estaba casi acabada cuando Luis IX fue coronado y Notre Dame de París seguía su lenta construcción. El gótico llegaba a su cenit bajo la impulsión de Blanca – favoreció oportunos mecenazgos que levantaron bellos santuarios, como Sainte-Chapelle, iglesia concebida para albergar las santas reliquias traídas de Oriente - y de su hijo, que la sobrepasó en el empeño de elevar conventos, abadías e iglesias que aún hoy mueven a admiración.





MARGARITA DE PROVENZA


Había llegado 1234 y Luis iba a cumplir veinte años. Era preciso casarlo para asegurar el porvenir de la dinastía. Luis reinaba ya de hecho, pero su madre seguía a su lado dirigiendo el Estado. Casar un rey es tarea de Estado y Blanca, como madre y estadista, se ocupó de buscarle la novia. Su elección, aceptada sin vacilaciones por el hijo, recayó en Margarita, la hija mayor de los condes de Provenza. El matrimonio se celebró el 26 de mayo en la catedral de Sens. Desde su primer encuentro, Luis y Margarita se enamoraron instantáneamente el uno del otro. La joven reina no tiene aún más que trece años. Todos los testigos concuerdan en decir que era muy hermosa y culta.

Cuando las ceremonias hubieron terminado – de todas ellas se había ocupado cuidadosamente Blanca-, la corte se puso de nuevo en marcha y, por necesidades militares, Luis hubo de separarse de su esposa de trece años para ponerse al frente del ejército. Alguien ha pensado que no era imprescindible la separación de los reyes, que Luis debiera haber continuado junto a su mujer y que el alejamiento fue impuesto por la reina madre por celos de la felicidad de los recién casados. Por desavenencias con la joven nuera. Por ganas de probar su poder sobre el hijo.

A partir de estos pretextos la imaginación ha elaborado: que Blanca no dejaba estar juntos al matrimonio, arrancaba al hijo del lado de la nuera siempre que podía, incluso en una ocasión en que estaba enferma Margarita. Los esposos hubieron de inventar todo un sistema de alarma para avisarles de la llegada de la terrible suegra y madre y separarse antes de que llegase. Blanca había dispuesto que un rey no tenía nada que hacer donde estuvieran damas y más si estaba su mujer.





¿UNA SUEGRA DIFÍCIL?



Para comenzar, Blanca fue el arquitecto del matrimonio de su hijo. Ella buscó la novia, ella se volcó en los preparativos y en la realización de la boda. Y no debió oponerse tanto a la cohabitación de Luis y Margarita, pues llegaron a tener nada menos que once hijos. ¡Mal debió aplicarse Blanca a separarlos!. Toda la información relativa a la mala voluntad de la reina madre contra la joven reina procede del cronista Joinville, que escribió muchos años después de esta etapa de la vida de la madre del rey. Y sin embargo, él mismo hace una, quizá involuntaria, aclaración cuando dice que Blanca no podía sufrir que su hijo estuviese en compañía de su mujer, excepto por la noche cuando iba a yacer con ella. Celos que resultan un tanto extraños.

De la propia frase resulta desmontada toda la teoría de los celos. De ser ciertos, Blanca hubiera aumentado su oposición precisamente cuando el hijo se iba a dormir con su esposa. Pero Blanca no se oponía a la vida marital. A lo que se oponía ferozmente era a que su hijo perdiese – durante el día- el tiempo junto a Margarita faltando a sus deberes de rey. El primer deber de un rey era gobernar. Como Leonor de Aquitania le enseñó. Como ella misma había hecho. Las obligaciones de un soberano deben pasar por delante de sus sentimientos por muy rectos que sean. Francia debía tener precedencia sobre todo. En ese terreno Blanca no estaba dispuesta a ceder. Guardar la corona de un esposo para un hijo había sido una tarea sobrehumana, y no podía, ni debía, tolerar que debilidades humanas arruinaran tan ingente labor. Eso no estaba dispuesta a tolerarlo ni siquiera a su hijo.

Luis, por cierto, jamás hizo un gesto, ni tuvo una palabra para censurar la actitud de su madre. Madre que, por lo demás, no tenemos testimonio alguno de que se entremetiera en las vidas privadas de sus otros hijos casados, cosa explicable, puesto que, al fin y al cabo, ellos no eran el rey de Francia. Cabe que suegra y nuera no se llevasen bien. Era muy posible. Blanca debía tener una enorme costumbre de mandar y ser obedecida. Y Margarita parece que no era tampoco fácil.



Francia en paz, Luis podía gobernar tranquilamente. Los barones rebeldes estaban quietos e Inglaterra inmovilizada al otro lado del Canal por unas treguas satisfactorias. Blanca podía mirar sosegadamente el horizonte, sin una nube que lo enturbiara, sin una amenaza por lejana que fuese. Todos los años transcurridos desde el matrimonio de su hijo son para Blanca años en que está ocupada en concertar uniones y en impedir otras. Facilita las que le parecen que propician fructíferos acercamientos de feudos y previene aquellas que parecen peligrosas para el futuro de la Corona, todo ello con una imperturbable energía.

De repente, una crisis de salud de Luis trastocó todo. En diciembre de 1244, cuando se encontraba en el castillo de Pontoise, sufrió un aniquilador ataque, tal vez de paludismo. La vida se escapó de sus ojos y sus labios. Los doctores le dieron por moribundo. Blanca ordenó traer junto a él las reliquias de la Pasión, orando sin interrupción: “ Señor, salva a Francia”. Su hijo yacía inerte. Muerto. Y su rostro devastado por la muerte fue cubierto con un lienzo. Hasta que un suspiro del aparente cadáver hizo volver las perdidas esperanzas. Luis se recuperó para las fiestas de Navidad. Pero la crisis había sido agudísima y el terror ante la muerte grande. Por eso no es difícil comprender lo que siguió: Luis IX anunció que tomaba la cruz. Él mismo le contaba más tarde a Joinville que su madre mostró “ tan gran pesar como si le hubiera visto muerto “.


Blanca reaccionaba como una madre atenta: era muy poco razonable, tras un impacto semejante, ir a exponer su salud a los azares de un largo viaje, y más aún en una región cuyo clima ponía a prueba a tantas gentes sanas. Luis era, como su padre, de constitución endeble, vulnerable a los fuertes calores, a las fiebres, al paludismo; había soportado mal el clima meridional; ¡qué sería con el de Siria y Palestina!. Por otra parte, reaccionó también como reina. Sus enseñanzas en Castilla y de su difícil gobierno a la muerte de su marido le decían que para un rey su deber primero es la defensa del reino. Contra invasores sarracenos o contra barones sublevados. Irse a buscar enemigos lejanos era desguarnecer el propio reino y dejarlo inerme en manos enemigas. Las ausencias, y más tan lejanas, pueden ser fatídicas. Nada se había perdido en Tierra Santa y el recuerdo de la cruzada de Felipe Augusto era prueba concluyente. La gloria de Luis no estaba en la otra punta del mundo. Era mejor no ir. Y hubieran hecho bien en escucharla. Pero no bastaron argumentos. Y Blanca misma, en el fondo de su corazón, no podía negarse a una decisión del hijo que la Providencia le acababa de devolver desde el más allá. Los preparativos de la cruzada comenzaron.


Fuentes:
Emilio Beladiez, Españolas, Reinas de Francia. 2002 Ediciones Palabra S.A
Régine Pernoud, Blanca de Castilla. 2002 Belacqva de Ediciones y Publicaciones S. L.
http://www.elmundo.es/suplementos/magazine/2006/346/1147455865.html
http://www.doredin.mec.es/documentos/00820073000131.pdf

sábado, 22 de octubre de 2011

BLANCA DE CASTILLA ( VI )

EL CONFLICTO CÁTARO


Si la primera y más apremiante de las empresas de Blanca fue eliminar el peligro representado por los poderosos señores feudales, la segunda gran tarea era acabar para siempre con el problema cátaro del Sur. La crisis duraba, con períodos de relativa calma, desde hacía más de veinte años. La reina Blanca tuvo a su lado al cardenal legado de Saint-Ange, Romano Frangipani, que la apoyó para sacar la contribución que el clero francés debía dar- y se negaba a hacerlo- para poder pagar la cruzada contra los herejes cátaros, defendidos por el conde Raimundo VII de Tolosa, que el Papa insistía en pedir. Y se acabará por imponer la paz. Vencido por las tropas reales, hacia la Navidad de 1228, el conde tolosano, mediante los buenos oficios de Teobaldo de Champaña, pidió entrar en la unidad de la Iglesia y permanecer bajo el dominio, en fidelidad y servicio a su señor, el rey de Francia y de la señora reina madre. Blanca le recibió personalmente en París, era su primo hermano por línea materna.

El asunto realmente importante era el levantamiento de la excomunión que pesaba sobre el conde. Raimundo tuvo que someterse a una ceremonia expiatoria y descalzo, en calzas y camisa delante del pórtico de Notre-Dame de París, juró solemnemente obediencia a la Iglesia y se comprometió a ir durante cinco años en cruzada a Tierra Santa. Los tratados preveían un matrimonio: uno de los hermanos del rey, Alfonso, se casará con Juana, hija del conde de Tolosa, entonces una niña de nueve años que, de acuerdo a la costumbre, sería criada en la corte de Francia al lado de su prometido. Gracias a Blanca, Francia daba un importante paso en el camino de su formación. El territorio del Mediodía pasaba a integrarse en la monarquía de los Capetos. La reina se ocupó, lograda la paz, de conseguir de la Iglesia un trato benévolo para con sus nuevos súbditos herejes.


Incendio de la universidad de la Sorbona en 1670



EL PROBLEMA UNIVERSITARIO


El tercero de los problemas con los que se tuvo que enfrentar la reina Blanca durante su gobierno de Francia, fue un enfrentamiento en toda regla con el mundo universitario. Todo comenzó de manera banal. El lunes de carnaval del año 1229, algunos estudiantes de la Universidad de París se desplazaron a Saint-Marcel, un burgo de los arrabales, para tomar el aire y entregarse a sus habituales esparcimientos. Una vez allí, encontraron por casualidad en una taberna un vino excelente, delicioso al paladar. Pues bien, estalló una discusión entre los estudiantes que bebían y los taberneros acerca del precio de este vino. Se enzarzaron y se liaron a puñetazos hasta que acudieron las gentes del burgo, liberaron a los taberneros de las manos de los estudiantes pero hirieron a éstos, que se negaban a soltar su presa, y les obligaron a emprender la huida tras haberles dado una buena somanta palos.

Vueltos éstos a la ciudad con las ropas hechas jirones, excitaron a sus compañeros para que les vengaran. Al día siguiente, tras volver a Saint-Marcel con espadas y garrotes, irrumpieron violentamente en la taberna, rompieron todos los vasos y derramaron el vino por el suelo. Luego, yendo por calles y plazas, echaron el guante a todos cuantos encontraron, ya fuesen hombres como mujeres, y les dejaron medio tundidos. El deán del Capítulo de Saint-Marcel tomó de inmediato la defensa de sus gentes contra los estudiantes y presentó una queja ante el legado pontificio y el obispo de París. Éstos se van conmocionados a ver a la reina.

Blanca reaccionó irritada ante los desmanes estudiantiles. Para ella el asunto era, simplemente, de orden público y, como tal, competencia y responsabilidad de la corona. Dio orden al preboste de la ciudad y a algunos de sus hombres de confianza que castigasen a los causantes del altercado y, por desgracia, la mano más bien dura de algunos gendarmes se abatió con rudeza sobre unos estudiantes que no habían participado en absoluto en los violentos incidentes de Saint-Marcel. Los atacados reaccionaron violentamente, hasta el punto que se organizó una auténtica batalla campal que duró largo rato, con muertos y heridos de ambas partes y docenas de estudiantes encerrados en las cárceles.



Este desmán llegó a oídos de los profesores de la Universidad. Se reunieron todos en presencia de la reina y del legado pontificio. Piden con insistencia que se les haga justicia por un agravio semejante. Les parecía indigno que la culpa de algunos estudiantes censurables recayera sobre toda la Universidad. Al serles negado todo tipo de justicia tanto por parte del rey como del legado pontificio y del obispo de la ciudad, todos los profesores y estudiantes se dispersaron en su totalidad, hasta el punto de que no quedó uno solo de ellos en la ciudad y ésta se vio privada de los estudiantes de los que tanto solía gloriarse.

París sin estudiantes, interrumpidos los cursos, terminadas las “ disputas “ que resonaban en las casas de los letrados: era algo grave. El portavoz de la Universidad no temió emplazar a la reina: si para la próxima Pascua, profesores y estudiantes no habían obtenido una reparación, se decidiría una huelga general por seis años. Ocurría que, en virtud del privilegio estudiantil otorgado por el rey Felipe II Augusto, les estaba prohibido a los alguaciles reales levantar la mano contra los estudiantes. Para Blanca aquello rebasaba la medida. La coacción era intolerable. El cardenal legado insistía en la firmeza. El asunto no era de docencia, sino de gobierno, de mantenimiento de la paz, de la equiparación de todos ante la justicia. Su contestación fue que la justicia seguiría su proceso normal.

Profesores y estudiantes interpretaron que tal justicia era solo injusticia y decidieron poner en ejecución su amenaza de huelga general. Y abandonaron París; marchando a Reims, Orleáns, Angers, Tolosa, Coimbra, Bolonia, Oxford … El rey inglés se convirtió en su defensor. Una ola de propaganda de intelectuales de pluma envenenada se vertió sobre Blanca. Hasta la honra de la reina quedó en entredicho, acusándola de tener amores con el legado pontificio y de estar encinta de él. Algún cronista ha contado- sin pruebas, por lo demás- que se vio obligada a mostrarse casi desnuda para probar que no estaba esperando un hijo del cardenal legado.



El 24 de noviembre de 1229, el papa Gregorio IX dirigía al rey de Francia y a su madre una carta severa. Tomaba el partido de los estudiantes y los profesores. En el momento en que Blanca recibió esta carta, ya había hecho lo que estaba en su mano para apaciguar las diferencias, pues desde el mes de agosto su hijo el rey había renovado el privilegio otorgado por Felipe Augusto a la Universidad. El preboste de París había prestado incluso juramento de respetar en adelante las inmunidades universitarias. Se puso en libertad a los detenidos. La huelga no por ello cesó, había de durar aún por espacio de dos años. El curso normal de los estudios iba a reanudarse durante ese año de 1231.

Sin embargo fue una experiencia y un aprendizaje para la reina Blanca, que pudo ver todo el daño que, sin mesnadas ni vasallos armados, pueden hacer a un gobernante los círculos intelectuales cuando se creen perjudicados o perseguidos por el Estado. Unos versos satíricos, el cese de unas clases, pueden representar tanto peligro como la revuelta de un conde feudal y, a veces, deja huella aun más difícil de cicatrizar. Las calumnias inventadas por unos hombres que sabían leer y escribir hicieron a la reina más daño que las espadas de Mauclerc, de la Marche y del rey de Inglaterra reunidas.


Fuentes:
Emilio Beladiez, Españolas, Reinas de Francia. 2002 Ediciones Palabra S.A
Régine Pernoud, Blanca de Castilla. 2002 Belacqva de Ediciones y Publicaciones S. L.

domingo, 16 de octubre de 2011

BLANCA DE CASTILLA ( V )


Pedro Mauclerc no se daba por vencido y en octubre de 1229 fue a Inglaterra para convencer a Enrique III de llevar a cabo una seria campaña contra la reina Blanca y su hijo el rey Luis. Los dos aliados decidieron preparar conjuntamente la invasión para Pascua del año siguiente y, mientras tanto, Mauclerc hizo presente al monarca inglés de su ducado de Bretaña. Mientras el bretón se preparaba, Blanca actuaba. El rey de Inglaterra podía - como lo hizo- desembarcar y pasearse por la Francia occidental procurando no chocar con el ejército real, ya que la reina le privaba - por negociación, soborno, amenaza - de los pocos y pequeños aliados con que esperaba poder contar. El 28 de octubre de 1230, Enrique III desembarcaba de nuevo en Inglaterra, después de haber perdido inútilmente seis meses entre Saint Malo y Burdeos. La aventura del Plantagenet había concluido y Mauclerc quedaba solo.

El rey Luis, acompañado de su madre, fortificó Angers, avanzó por el Anjou a lo largo del Loira para llegar a la frontera de Bretaña, en Ancenis, donde acampó. Desde allí, lanzó su condena contra el “ ex duque de Bretaña ” y desligó a sus súbditos del vasallaje que le debieran. Las tropas francesas, después de un amago de invasión del ducado, se retiraron ante un adversario en desintegración. Mauclerc volvía de nuevo a verse solo y firmó una tregua de tres años. Era 1231.


Teobaldo de Champaña, viudo por segunda vez, quiere volver a tomar esposa y ha elegido, nada menos, a la hija de Mauclerc, Yolanda, que había sido prometida a un hijo de la reina de Francia. Debía de tener el conde una cierta dosis de inconsciencia para elegir como prometida justamente a la hija de aquel que había sido su peor enemigo así como el adversario de la reina. Tal vez, dado que su sentido político fue siempre bastante romo, imaginaba poner fin así a unas desavenencias que duraban ya demasiado tiempo. La reina Blanca pensaba de forma muy distinta. Sabiendo mejor que nadie hasta que punto podía ser influenciable el conde de Champaña, veía hundirse de golpe el paciente dispositivo concebido por ella para aislar a Mauclerc.

El duque bretón había mandado a Yolanda a una abadía muy renombrada de Valsecret, de la Orden premonstratense, cerca de Château-Thierry. Teobaldo, entregado a sus proyectos, acababa de dejar esta villa para ir a reunirse con ella, cuando fue abordado por un compañero del rey, Godofredo de la Chapelle: “ Señor conde de Champaña, el rey acaba de enterarse de que habéis acordado con el duque de Bretaña tomar a su hija por esposa. El rey os manda que no lo hagáis si no queréis perder todo lo que poseéis en el reino de Francia, pues bien sabéis que el duque de Bretaña le ha causado más daño que ningún otro hombre vivo”. Teobaldo, estupefacto de verse así descubierto y adelantado, tuvo un momento de vacilación, luego una breve charla con su escolta, tras lo cual, muy avergonzado, reanudó el camino de Château-Thierry.


Luis IX perdona a Mauclerc de Georges Rouget



Es a un amigo, Felipe de Nanteuil, a quien Teobaldo pide que interceda, en un momento en que él mismo no se atreve a enfrentarse a la mirada de la reina. Luego pudo medir la magnitud del error en el que le había evitado caer Blanca, al tener noticia de que en el mismo momento en que él concertaba este matrimonio, Mauclerc, que no se cansaba nunca de ofrecer la mano de su hija, estaba negociando para saber si conseguiría hacerla casar más bien con el rey de Inglaterra. Teobaldo se consoló casándose con Margarita de Borbón, hija de uno de los vasallos más leales de la corte de Francia.

El único que de la fallida boda salía furibundo era, de nuevo, el duque de Bretaña. Y cuando la tregua terminó, fue preciso que el rey se echara de nuevo al campo contra el sedicioso duque al que nadie apoyaba. Hasta se permitió concederle una tregua de agosto a noviembre de 1234, al fin de la cual el bretón no tuvo más remedio que hacer acto de sumisión total al rey ante la corte reunida al efecto, entregando plazas fuertes, pagando indemnizaciones y anulando su vasallaje al rey de Inglaterra. Con la rendición de Pedro Mauclerc terminaba la vieja insumisión de los barones. Luis IX era ya mayor y su madre le había desembarazado de turbulentos nobles. Ahora podía reinar en paz, que para ello Blanca había sabido tejer alianzas, deshacer coaliciones enemigas, reforzar la monarquía.



Teobaldo de Champaña, metepatas incorregible tanto como gran poeta, había de pasarse la vida excitando alternativamente el furor y el perdón de la reina Blanca. Cuatro años más tarde, que entre tanto ha sido coronado rey de Navarra en Pamplona, recogiendo así la herencia materna, y que ha declarado estar dispuesto a tomar la cruz para ir a ultramar, tiene de nuevo planes matrimoniales. No se trata esta vez ya de él mismo, sino de su hija; y como sus elecciones son inevitablemente desafortunadas, piensa darla por esposa al hijo de Mauclerc, Juan el Pelirrojo, heredero de Bretaña. Bonito matrimonio, ciertamente, pero la reina no lo quiere y el rey toma las armas junto con sus dos hermanos, Roberto y Alfonso. Acaba de poner sitio a Montereau, que pertenece a Teobaldo. Éste no se atreve siquiera a librar batalla y no le queda más remedio que implorar la intervención del Papa: ha sido cruzado, en efecto, dos años antes y los bienes de los cruzados son inviolables.

El Papa se dirige al rey y, de forma más eficaz aún, Blanca interviene otra vez. Se firma la paz mediante la cesión al rey de Montereau y de Bray-sur-Seine y Teobaldo es invitado a ir a dar una explicación a palacio en presencia de Luis y de Blanca y a renovar el juramento de fidelidad al que ha faltado. Tras lo cual, Teobaldo I de Navarra había de tomar decididamente la cruz para ir a ultramar y señalarse por muchas hazañas en Tierra Santa, sin dejar de pensar en la bella reina de Francia.

Dama, a quien mi deseo está consagrado,
salud os deseo desde allende la mar salada,
como a aquella en quien pienso noche y día,
ningún otro pensamiento me hace sentir dichoso.



Como epílogo de la lucha contra la nobleza, años después, Hugo de la Marche volvió a sublevarse, empujado por su mujer, Isabel de Angulema, que cerró la puerta de sus habitaciones a su enamorado esposo, utilizando, además del arma de sus encantos, la persuasión de sus lágrimas y el acicate de su lengua acerada. Isabel no cejaría hasta haber recuperado ese Poitou del que había tenido la soberanía en tanto que reina de Inglaterra y que ahora estaba en posesión de Alfonso de Poitiers, hermano y mano derecha del rey Luis IX. A fin de contentar a su esposa, Hugo iba a convertirse en conspirador. Mantuvo reuniones secretas con varios barones potevinos, éstos prometieron rebelarse contra el rey de Francia a la primera ocasión que se presentase, y contó con el apoyo de su hijastro Enrique III de Inglaterra. Pero la reina Blanca se mantenía informada de sus movimientos gracias a su espía.

Enrique III quiso aprovechar la oportunidad que se presentaba para recuperar las regiones antaño perdidas: Normandía, Poitou, Anjou, así como reconstruir hasta el Atlántico el reino de los Plantagenet. Su padrastro le había asegurado que, una vez en suelo francés, encontraría tanta ayuda como quisiera, pues el deseo de los potevinos no era otro que volver a estar bajo su soberanía. El rey inglés desembarcó en sus dominios de la Guyena, en Royan, un día de mayo de 1242. En la orilla le aguardaba su madre Isabel de Angulema: “ Buen hijo ”, le dijo ella besándole muy dulcemente, “ sois persona de buen natural, ya que venís a socorrer a vuestra madre a quien los hijos de Blanca de España quieren con malas artes humillar y aplastar. Pero, si Dios quiere, ¡la cosa no sucederá como ellos se piensan! ”. No cabía engaño al respecto: a las reivindicaciones de la vasalla se sumaba la rivalidad femenina, era a “ Blanca de España ” a quien Isabel esperaba combatir. El rey Luis no se había quedado de brazos cruzados, había citado a sus barones y organizado su ejército. En el momento del desembarco del soberano inglés, el rey francés ya se había apoderado a su paso de algunas pequeñas fortalezas.



Fue entonces cuando tuvo lugar un extraño episodio: dos hombres fueron sorprendidos dentro de las cocinas del campamento real, justo en el momento en que acababan de echar veneno en la carne del rey. Un veneno que les habría sido entregado por la propia Isabel de Angulema, con el encargo de ponerlo en el plato o en la copa del rey de Francia. Los dos hombres fueron colgados de inmediato y, según la única crónica que hace mención del hecho, Isabel se puso enferma de furor. Sea como fuere este episodio, lo cierto es que la marcha de las operaciones no se vio retardada por ello, así como tampoco las negociaciones que eran de rigor en la época: envío de embajadas y cartas de desafío por una y otra parte, etc. El rey Luis consolidaba sus conquistas en el Poitou y la batalla de Taillebourg decidió la campaña a favor del monarca francés.

Enrique III se batió en retirada. Mauclerc, que no intervino en la campaña, se ofreció para negociar la paz. Hugo de la Marche se presentó con su esposa y sus hijos ante el rey Luis para suplicar clemencia entre sollozos y lágrimas: “ Rey de buen corazón, perdonadnos y tened piedad de nosotros, pues hemos ido malintencionadamente y por orgullo contra vos. Señor, por la gran franqueza y gran misericordia que os distingue, perdonad nuestra mala acción ”. El rey, al ver al conde de la Marche pedir tan humildemente perdón no pudo tenerle en cuenta su felonía y en seguida se mostró clemente. Hizo levantar al conde y le perdonó todo el mal que había hecho. Vencidos, sometidos, convencidos o comprados, los barones se entregaron todos a la clemencia real de Luis IX y su madre Blanca de Castilla. Isabel de Angulema se retiró a la abadía de religiosas llamada de Fontevrault y allí, en aquel refugio de paz, acabó sus días. Su efigie yacente está cerca de la admirable tumba de Leonor de Aquitania. En cuanto a su esposo, Hugo de la Marche, había de partir, ya viudo, para la Cruzada y morir como héroe frente a Damieta.


Fuentes:
Emilio Beladiez, Españolas, Reinas de Francia. 2002 Ediciones Palabra S.A
Régine Pernoud, Blanca de Castilla. 2002 Belacqva de Ediciones y Publicaciones S. L.

domingo, 9 de octubre de 2011

BLANCA DE CASTILLA ( IV )



EL RAPTO DE SAN LUIS


Mauclerc, el duque de Bretaña, no se daba por vencido. Imaginó raptar a Luis IX. Los nobles levantiscos se habían dado cuenta ya de la fortaleza de la mano de Blanca. Si querían llevar a término sus ambiciones, el único procedimiento era desarmarla. No había, por tanto, nada mejor que hacer que dirigir los ataques contra el joven Luis IX: asegurarse su persona, alejarle de su madre. Mantener al rey, pero gobernar en su nombre el reino: programa a buen seguro más hábil y sutil que el que consistía en rebelarse abiertamente.

El joven Luis, de trece años, está justamente llevando a cabo una ronda por sus dominios y llega de visita a Orleáns. Los barones le han hecho saber que su madre la reina Blanca no debía gobernar algo tan grande como era el reino de Francia y que no le correspondía a una mujer hacer tal cosa. Manda responderles el rey que él no tiene necesidad para gobernar de otra ayuda que la de las buenas gentes de su consejo. Pero está en guardia y cuando tiene noticia de que un poderoso ejército se ha concentrado en Corbeil, juzga que su exigua escolta no estará en condiciones de darle protección. Se dirige al castillo de Montlhéry a toda prisa, hace levantar el puente levadizo y proteger las almenas, y a continuación envía a su madre, que se ha quedado en París, dos mensajeros para que le den cuenta de lo que sucede.



Mientras los barones cercaban la fortaleza, Blanca, encolerizada, se dispuso al contragolpe. No le da tiempo a convocar a los vasallos y apela al pueblo de Paris, los burgueses se declaran dispuestos a prestarle ayuda. Y aconsejan a la reina que convoque también a los municipios de Francia. Blanca envía cartas por toda la región circundante pidiendo que acudieran en ayuda de las gentes de París, a fin de liberar a su hijo de los enemigos. Así se reunieron en París, caballeros de toda la región y otras buenas gentes. Una vez juntos todos ellos, se armaron, y con la reina a la cabeza, emprendieron a marchas forzadas el camino de Montlhéry, al par que los barones, asustados de la oleada de entusiasmo popular que acompañaba a la reina, prefirieron abandonar el sitio del castillo y desbandarse. El regreso de Luis a París fue un paseo triunfal. El rey niño, abandonado de gran parte de la alta nobleza, debía su libertad y su corona al pueblo que le aclamaba sin cesar. Nunca lo olvidaría.


SIGUEN LOS ATAQUES CONTRA LA REINA


Aunque derrotados por segunda vez por una fuerza que no sospechaban, los barones rebeldes no deponen las armas. En su afán por desacreditar a la reina, esa extranjera que gobierna el reino, programan todo tipo de acusaciones. Utilizan, a falta de mejores medios, la técnica del rumor, tan eficaz siempre. La acusan de mantener relaciones con su enamorado poeta Teobaldo de Champaña, de haber envenenado a su esposo en connivencia con el conde de Champaña, de despilfarrar los bienes del reino, de ser muy generosa con la corte de Castilla y con el conde Teobaldo.


El duque de Bretaña, Pedro Mauclerc, estimó oportuno buscar algún aliado, encontrándolo en la ambición de Felipe Hurepel, el hijo bastardo de Felipe Augusto y tío del rey, investido con el condado de Boulogne. Olvidando sus deberes para con el sobrino y Blanca, llegó a convencerse de que él era el más idóneo para regentar el país durante la minoría de Luis que no una mujer extranjera. Los mensajeros de los barones rebeldes recorrían los valles de Francia buscando ayudas, cruzando las aguas para suplicar la intervención extranjera, la del rey Plantagenet, Enrique III.

Blanca, enterada de que algo tramaban, los convocó en Melun, pero no se dignaron comparecer. Era la declaración de guerra y esta vez a sangre y fuego, convencidos de que la reina se vería desarmada frente a las fuertes huestes de la más alta nobleza del país entero. La partida estaba ganada de antemano. Pero eso era olvidar quién era Blanca. Segura ahora ya de la fidelidad de los municipios y del pueblo llano en toda la región del norte y del este del dominio real, ha decidido ir a sorprender a Mauclerc en sus propias tierras. Y no será poca su sorpresa, pues contrariamente a las previsiones de los conjurados, el ejército que ella envía es imponente. El joven rey Luis, al mando de las huestes reales, emprende el sitio del castillo de Bellême, considerado inexpugnable. Éste será el objetivo de la primera expedición militar llevada a cabo personalmente por Luis IX. No cuenta aún quince años, pero sabe que a su edad su abuelo Felipe libraba también sus primeros combates.



Su objetivo es, por otra parte, audaz: sin hablar de las defensas del castillo, estamos en pleno mes de enero, y el invierno promete ser crudo. El duque de Bretaña, que ha comenzado a asolar aquí y allá las tierras del rey de Francia a su alcance, no se esperaba una reacción antes de primavera. El rey sabe que el sitio puede ser largo. La misma Blanca acude para animar a sus soldados y llevarles alimentos, ropas, armas y, sobre todo, leña para calentar sus cuerpos ateridos. Bêlleme, la fortaleza inexpugnable, se rendirá al cabo de dos días de asalto y el rey Luis perdona la vida a la guarnición. Sorprendidos del éxito alcanzado por la tenacidad de Blanca en pleno invierno, otras dos fortalezas se rinden.

“ Me decíais que ese joven rey no conseguiría ayuda alguna de sus hombres: veo que cuenta con más gentes de las que vos y yo tenemos ”, escribía agriamente el rey de Inglaterra, al cabo de un cierto tiempo, al duque de Bretaña. Un fuerte ejército, pero ¿ de dónde nace dicha fuerza ? La respuesta les llegó pronto: del conde Teobaldo de Champaña, de su viejo cómplice, incapaz de dejar a su reina y señora idolatrada a solas contra aquellos permanentes insurrectos. Le va a costar caro. Se convierte en el blanco de las burlas, de los epigramas y romances que circulan desde los castillos hasta las ferias, contra el barón, “ viejo y sucio y abotargado ” ( la gordura de Teobaldo que, dicho sea de paso, no tiene treinta años en aquel entonces, será toda su vida objeto de bromas).



El amor de Teobaldo había pasado por encima de sus intereses políticos. Le repugnaba, como hombre y como vasallo, ver levantados contra la reina los que más le debían, los que más debieran respetarla y rendirle homenaje como a soberana y como a mujer. El conde podía tener sus flaquezas de noble y poderoso de aquel siglo, pero tenía tiernos sentimientos de hombre y de poeta y una idolatría sin límites por Blanca. Ella, sin duda, se daría cuenta entre halagada – como mujer- y agradecida – como reina-. Al fin y al cabo, la fidelidad y el amor de Teobaldo habían permitido derrotar una vez más a los barones rebeldes, que no encontraron mejor salida que dirigir sus armas contra las tierras de Teobaldo, la Champaña.

Blanca de Castilla, agradecida, corresponde a la lealtad del conde, auxiliándole. Sin más tardanza, ella y su hijo dirigen sus huestes hacia la Champaña. Y pronto Hurepel hubo de someterse arrastrando a otros señores y dejando aislado a Mauclerc. Teobaldo escribió: Par ma foi, madame, mon coeur et mon corps, et toute ma terre sont en votre commandement.


Fuentes:
Emilio Beladiez, Españolas, Reinas de Francia. 2002 Ediciones Palabra S.A
Régine Pernoud, Blanca de Castilla. 2002 Belacqva de Ediciones y Publicaciones S. L.
http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2489607
http://www.enciclopedianavarra.biz/navarra/teobaldo-i/17330/1/
http://www.lebrelblanco.com/anexos/a0104.htm

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