miércoles, 28 de septiembre de 2011

BLANCA DE CASTILLA ( I )


Esta nieta de la legendaria Leonor de Aquitania, fue la esposa del monarca francés Luis VIII y madre de San Luis. Tras la prematura muerte de su esposo, se hizo cargo del país hasta que su hijo alcanzó la mayoría de edad. Durante toda su vida se caracterizó por sus innegables dotes de gobierno y una personalidad a prueba de sediciones, conjuras y revueltas, lo que le permitió pasar a la Historia como modelo destacado de soberana medieval. Un personaje digno de esa catedral de Nôtre Dame de París cuya nave y torres se alzan al ritmo de su propia existencia.

Blanca de Castilla nació a principios de 1188 en un castillo de Palencia, donde pasó la mayor parte de su infancia. Sus padres, los reyes Alfonso VIII de Castilla y Leonor de Inglaterra, tuvieron una extensa prole, aunque la mayoría de ellos morirán en la infancia. Los reyes formaban una pareja feliz. La corte de Castilla era alegre y animada, y la más cultivada de Europa, se encontraban en ella los más grandes juglares de su tiempo. Las jóvenes infantas castellanas estaban destinadas a tener ilustres alianzas matrimoniales. Berenguela, Urraca, Blanca y Leonor fueron reinas. La infanta Constanza, en cambio, fue abadesa del Monasterio de las Huelgas de Burgos, fundado por su madre.




VIAJE A FRANCIA


Por un tratado entre el soberano francés Felipe II Augusto y el monarca inglés Juan Sin Tierra, mediante el cual ambos monarcas intentaban reconciliarse, se dispuso que el Delfín Luis, heredero de la Corona de Francia, se casara con una infanta de Castilla. En el invierno de 1200, Leonor de Aquitania, entonces una anciana de ochenta años, llegó a Palencia con el fin de conocer a sus nietas y elegir la que ella considerara más adecuada. La escogida fue Blanca, quien, tras despedirse de sus padres, hermanas y hermanos, tomó el camino hacia Francia con su abuela. Una niña de doce años abandonaba Castilla para casarse con otro niño, de tan sólo unos meses más que ella.

En una etapa del viaje, la reina Leonor abandona a su nieta para volver a su retiro de Fontevrault, dejando a uno de los grandes personajes de su escolta, el arzobispo de Burdeos, Elías de Malemort, la misión de acompañar a la joven infanta. Blanca era hermosa, de mirar claro y directo. Sus contemporáneos no nos la han descrito, se limitaron a celebrar su belleza y a jugar con un nombre que, según su testimonio, le sentaba como anillo al dedo. “ Candida candescens candore et cordis et oris “ Lo que podría traducirse más o menos así: “ Candorosa en su candidez, blanca de corazón y de rostro “.





MATRIMONIO CON EL DELFÍN LUIS


El 23 de mayo de 1200 se celebraron los esponsales entre Blanca y el Delfín Luis en la abadía de Port-Mort, en la Normandía inglesa, porque en Francia estaban suspendidas todas las ceremonias religiosas, a consecuencia del Interdicto que la Santa Sede había impuesto sobre el reino por el repudio de la reina Ingeborg por Felipe Augusto y la vida de concubinato de éste con Inés de Meranie, con la que contrajo matrimonio.

La ceremonia del casamiento se había desarrollado con todo el fausto que cabía desear, pero con algunas ausencias. A pesar de ser en territorio inglés, su tío Juan Sin Tierra no asistió a la boda, como no lo hizo su abuela Leonor de Aquitania. Nadie representaba tampoco a su familia castellana. Blanca estaba sola con su niño-esposo y su tremendo suegro. Pero nadie cuenta que llorase. Como le había explicado en el camino su abuela, las reinas no lloran.





BLANCA Y LUIS


Sus primeros meses en el reino de Francia tuvieron por marco la Île-de-France y sobre todo el palacio de la Cité parisina. Según las crónicas, los jóvenes esposos se volvieron íntimos amigos y continuaron juntos su formación hasta que tuvieron edad para llevar vida marital. En ese tiempo aprendieron a conocerse y a quererse.

El joven Luis se ha ganado, bastante pronto, su afecto. Es de estatura mediana, rubio, con unas bonitas facciones, pero de salud delicada. Ambos tienen a la vez una juventud deportiva y estudiosa. Desde su más tierna infancia han aprendido a montar a caballo. Comparten sus estudios. Blanca aprende gramática, música y también esas ciencias más arduas como son la geometría y la astronomía. Una reina de la época no puede dejar de conocer las Escrituras, el latín y al menos, un cierto manejo de las fórmulas en uso en las cancillerías. Blanca sabrá escribir no sólo en prosa, sino también en verso.



No faltaban los compañeros de juegos y de estudios. La corte real reunía a los hijos de los principales barones, empezando por aquellos que, al ser huérfanos, tenían que ser tomados a su cargo por el soberano. Así, el joven Teobaldo de Champaña había sido acogido desde la edad de cuatro o cinco años y sentía por su prima Blanca, unos diez años mayor que él, la más grande admiración. Junto con él, las dos hijas de la condesa de Flandes, Juana y Margarita –cuyo padre Balduino ha sido proclamado emperador en Oriente, y que no tardará en morir en combate- formarán parte también del círculo íntimo de Blanca y Luis. Sus íntimos son, sobre todo, el joven conde Arturo de Bretaña y su hermana Leonor, aunque por poco tiempo.

Blanca y Luis vivían, al igual que el rey, en sus residencias próximas a Fontainebleau, Melun, Étampes u Orleáns, pero su vida de adolescentes transcurría sobre todo en París. Cinco años después de su boda, pudieron ya consumar su unión. Por entonces, Blanca no sería ya la niña llegada de Castilla, sino la gentil figurita cuya imagen nos ha guardado su sello de lacre. Luis era un mozo apuesto y gallardo, buen caballero, cortés y amable con su mujer. Ésta será una felicidad sin nubes. Los contemporáneos así lo atestiguan: “ Nunca reina alguna amó y reclamó tanto a su señor, ni tanto también a sus hijos. Y el rey no les amó menos ( …) Pues se amaron tanto el uno al otro que siempre estuvieron de acuerdo en todo “. Fueron padres de catorce hijos, aunque sólo cinco de ellos alcanzaron la edad adulta.


Fuentes:
Emilio Beladiez, Españolas, Reinas de Francia. 2002 Ediciones Palabra S.A
Régine Pernoud, Blanca de Castilla. 2002 Belacqva de Ediciones y Publicaciones S. L.
http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=blanca-de-castilla-reina-de-francia
http://www.elmundo.es/suplementos/magazine/2006/346/1147455865.html
http://es.wikipedia.org/wiki/Luis_VIII_de_Francia

martes, 27 de septiembre de 2011

ANA DE BRETAÑA


Ana de Bretaña nació en Nantes el 25 de enero de 1477. Era hija del duque de Bretaña, Francisco II de Montfort, y de la infanta navarra Margarita de Foix, sobrina de Fernando el Católico. Ana tenía una hermana más joven, Isabeau, que murió en 1490. Recibió una buena educación bajo la dirección de Françoise de Dinan, Señora de Laval y Chateaubriant, y el poeta Jean Meschinot. Se destacó en música, historia y matemáticas. En 1481, su padre firmó un pacto con el rey inglés Eduardo IV para casarla con el príncipe de Gales, heredero de la corona inglesa. Sin embargo, el muchacho desapareció, y fue dado por muerto, poco después de la muerte de Eduardo IV.

Tras la muerte de su padre, Ana quedó convertida en la heredera del ducado de Bretaña. Desde 1488, con apenas once años de edad, la joven duquesa se enfrentó a las conspiraciones de la nobleza francesa por hacerse con su rica herencia.



El máximo interesado en dominar el ducado bretón era, naturalmente, el propio rey francés, Carlos VIII, que envió sus emisarios ante la corte de los Montfort para solicitar el matrimonio con la joven duquesa. Ana, no obstante, resistió hasta la saciedad esta oferta, pues sabía perfectamente que ello implicaría la progresiva absorción de Bretaña dentro del entramado territorial y gubernativo de la monarquía francesa.


MATRIMONIO CON MAXIMILIANO DE AUSTRIA


Ana de Bretaña decidió casarse con Maximiliano de Austria, viudo de María de Borgoña y rey de Romanos, la antesala al cetro imperial germánico. La joven novia contaba trece años y su futuro esposo, treinta y uno. El matrimonio por poderes tuvo lugar en Rennes el 19 de diciembre de 1490, pero tuvo serias consecuencias. La reacción de Carlos VIII de Francia al enterarse de la noticia fue colérica, ya que esta alianza perpetuaba la independencia de Bretaña y, a su vez, sería un germen absoluto de conflictos entre el Imperio y Francia. El monarca francés hizo valer el tratado de Le Verger, firmado entre su hermana, Ana de Beaujeau, y el padre de Ana de Bretaña, el duque Francisco II, mediante el cual ningún matrimonio de la casa Montfort, en su rama de duques de Bretaña, podía celebrarse sin consentimiento del rey de Francia.


Carlos VIII



MATRIMONIO CON CARLOS VIII


Amparado en la legalidad, el monarca francés invadió Bretaña con un potente ejército para cambiar por la fuerza de las armas el destino de Ana. Los barones locales, agrupados para defender a su joven duquesa, intentaron resistir lo posible, pero los prometidos refuerzos alemanes no llegaron jamás. Finalmente, Ana fue obligada a repudiar su matrimonio no consumado con Maximiliano de Austria y a casarse con Carlos VIII, boda que se celebró en el castillo de Langeais el 6 de diciembre de 1491, convirtiéndose así en reina de Francia. Aunque Austria hizo protestas diplomáticas, alegando que el matrimonio era ilegal porque la novia estaba legalmente casada con Maximiliano y Carlos estaba comprometido legalmente a la archiduquesa Margarita de Austria, hija de Maximiliano. El matrimonio de los reyes de Francia fue validado por el Papa Inocencio VIII en febrero del año siguiente.



En este enlace fue firmada una cláusula por la cual, en caso de muerte del esposo, y si no había descendencia, ella debería casarse con el heredero del trono, para así asegurar la continuidad de la alianza entre Francia y Bretaña. A pesar de que el interés del monarca galo residía en la absorción del ducado bretón, Ana solicitó que ella fuera nombrada única administradora y gobernadora del territorio, así como que se respetasen las costumbres tradicionales de la zona. Carlos accedió a ello, plenamente convencido de que, a la larga, el ducado pasaría a la corona. De esta unión nacieron cuatro hijos: Carlos Rolando, Carlos, Francisco y Ana, todos muertos prematuramente.



A pesar de que este matrimonio se realizase manu militari, lo cierto es que durante los siete años que permanecieron juntos ambos esposos llegaron a sentir un gran afecto mutuo. Buena prueba de ello fue el abultado y lastimoso luto que mostró Ana de Bretaña en 1498, cuando falleció Carlos VIII. Eso sí, el dolor no impidió que, de acuerdo a las cláusulas matrimoniales, Ana volviera a contraer un nuevo matrimonio con el heredero, Luis de Orleáns, sobrino de Carlos VIII, coronado como Luis XII. Para poder casarse con Ana consiguió del papa Alejandro VI la anulación de su matrimonio con Juana de Valois, alegando que había sido forzado a casarse y que su esposa era estéril.


Luis XII



MATRIMONIO CON LUIS XII


El enlace, celebrado el 8 de enero de 1499, volvió a incluir una serie de pactos con respecto al gobierno de Bretaña. De nuevo Ana se hacía con el control gubernamental del ducado. En cuanto a la regulación de la descendencia, al ser un hipotético hijo primogénito de ambos el designado para heredar la corona de Francia, Luis XII aceptó la petición de Ana de Bretaña: que el ducado quedase en manos del segundogénito o, en su defecto, de la hija mayor de Ana. En caso de que no hubiera descendencia, el ducado de Bretaña volvería a ser disputado por la línea hereditaria del linaje Montfort. Asimismo, Luis XII aceptó respetar los usos y costumbres bretonas, sin intromisiones en el gobierno o en la administración de justicia.

La boda del nuevo rey con Ana de Bretaña iba en camino del éxito. Él sabía lo raro que era encontrar una mujer honrada en la corte, apreciaba a su esposa precisamente porque era virtuosa. De esta unión nacerían las princesas Claudia y Renée.



Los últimos años de la reina Ana de Bretaña estuvieron dedicados a la reforma cortesana, tanto en Bretaña como en París. En ambas cortes, Ana fue mecenas y patrona de artistas, literatos, poetas y escribanos, y como tal aparece en la documentación que hoy se conserva. No en vano, una de las joyas de la miniatura francesa es el Libro de Horas de la reina Ana, un precioso manuscrito conservado en la Biblioteca Nacional de París.

En la corte capitalina, por otro lado, introdujo una reforma de las costumbres, al instaurar el cuerpo de damas de honor de la reina y, en general, canalizando adecuadamente la vida palaciega. Mujer de fuerte carácter, no dudó en representar a la monarquía francesa ante diversas legaciones en sustitución de su marido, cuando éste se encontraba ausente.


Claudia de Francia



Para septiembre de 1504, Ana logra firmar el tratado de Blois que estipula el matrimonio de su hija Claudia con el príncipe Carlos, duque de Luxemburgo e hijo de Felipe el Hermoso y Juana de Castilla. Ella considera que la independencia de Bretaña se garantizaría mejor casando a su hija con un Habsburgo que con un francés.

Tras una grave enfermedad, Luis XII hace un testamento en el cual rompe el compromiso de Claudia y ordena un enlace con Francisco de Angulema. Ana de Bretaña trata de disuadir al rey y se encuentra con una negación categórica. Luis XII le gana la partida a su esposa reuniendo a los Estados Generales, quienes dan la aprobación de la boda de Claudia con su primo Francisco de Angulema, el heredero al trono de Francia por no tener el rey hijos varones. La reina Ana, que siempre había luchado ferozmente por mantener la independencia de Bretaña de la corona francesa, intentó legar el ducado bretón a su hija Renée. Sin embargo, Luis XII, ignorando su deseo, se lo concedió a Claudia.




MUERTE DE LA REINA


La reina Ana no gozaba de buena salud, que estaba quebrantada desde 1511, cuando perdió un hijo varón. No le satisfacían las guerras que sostenía Luis. Ansiaba reconciliarse con todos y ponía en práctica cuantos medios se le ocurrían para ganarse al nuevo Papa. En esto, le sobrevino a Ana de Bretaña un ataque terrible de cálculos biliares en el castillo de Blois. No se rehizo. El 9 de enero de 1514, después de una agonía de cinco días, cerró sus ojos para siempre. Le faltaban quince días para cumplir los treinta y ocho años.

Hacía un cuarto de siglo que Luis XII conocía a su Ana. Lloró sobre ella como un niño al verla dentro del ataúd con el rostro descubierto y la expresión joven y tranquila. " Haced el panteón grande, que quepamos los dos - dijo con desconsuelo- Antes de terminar el año me uniré con ella, iré a hacerle compañía ".



En Cognac, Luisa de Saboya, acérrima enemiga de la bretona, y su familia estaban locos de alegría por la muerte de la reina. Tenían vía libre. Desde el momento en que Ana de Bretaña se había casado con Carlos VIII, Luisa había vivido constantemente en tensión. No bastaba compartir la satisfacción, producida por la gran noticia, con los Chabots en Jarnac, hasta donde su hijo Francisco de Angulema, caminando amorosamente al lado de la litera de su madre, se había dirigido. Luisa quería celebrarlo. Una semana después, cuando su hijo volvió a entrar en Cognac, se le hizo un recibimiento fastuoso. Precisábales asistir al entierro, y toda la familia, bien ajustadas sus caretas, se presentaron en Blois.

La larga procesión abandonó Blois tomando el camino hacia París. Francisco, su madre y su hermana, detrás del féretro, a través de ciudades y pueblos, arrastraban negros crespones. Desafiando el vendaval, seguía el cuerpo yacente conducido por mulas. Este era el acto segundo del ceremonial de los cuarenta días para conducir a la reina a su última morada de Saint Denis. El Réquiem de Ana fue compuesto probablemente por el famoso compositor Johannes Prioris.


El relicario de Ana de Bretaña



Si bien sus restos reposan en Saint Denis, la reina Ana legó su corazón a su amada Bretaña. De acuerdo a su voluntad, su corazón fue colocado en un relicario de oro y trasladado a Nantes. El corazón de Ana no estaría indefinidamente allí. Durante la Revolución francesa se destrozó su tumba y se intentó fundir la urna de oro. El corazón desapareció un tiempo, aunque fue encontrado después desprovisto de la envoltura. En la actualidad podemos ver el relicario del corazón de Ana en el Musée Dobrée de la capital de Bretaña.

Actualmente, la figura de Ana de Bretaña es vista con notable simpatía por la historiografía francesa, que ha hecho de ella el paradigma de mujer inteligente, culta y excelente gobernadora de la casa real gala en el complejo tránsito del Medievo al Renacimiento.



Francisco I de Francia




Al enviudar, Luis XII se vuelve a casar con María Tudor, hermana de Enrique VIII de Inglaterra, que entonces contaba con dieciocho años y el monarca francés tenía cincuenta y dos, en un intento infructuoso de concebir un heredero varón para su trono. El matrimonio apenas duró tres meses, muriendo el rey en París en enero de 1515. Tras la muerte del monarca fue coronado rey de Francia, Francisco de Angulema, quien se había casado con Claudia de Francia, nueva duquesa de Bretaña. Un enlace que no hubiera tolerado la difunta Ana de Bretaña. La otra hija, la princesa Renée, se uniría más tarde con un hijo de Lucrecia Borgia y terminaría calvinista.



Fuentes:
http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=ana-de-bretanna-reina-de-francia
Francis Hackett, Francisco I de Francia. 1941 Editorial Juventud, S. A.
http://www.grupoese.com.ni/2002/10/02/crrMMII1002.htm
http://es.wikipedia.org/wiki/Luis_XII_de_Francia
http://es.wikipedia.org/wiki/Ana_de_Breta%C3%B1a
http://www.ecured.cu/index.php/Ana_de_Breta%C3%B1a

lunes, 26 de septiembre de 2011

ELENA SANZ, Amante de Alfonso XII


Sólo Elena Sanz logró anestesiar el dolor de Alfonso XII de España cuando el rey, a punto de enloquecer, se desplazaba a diario al panteón de El Escorial para llorar ante la tumba de la reina María de las Mercedes, su prima y esposa durante apenas cinco meses, muerta a los dieciocho años. Y es que Elena fue una persona especial, tanto por su maravillosa voz de contralto, dúctil y con una tesitura inusual entre las voces españolas, como por ser « elegantísima, guapetona, de grandes ojos negros fulgurantes, espléndida de hechuras, bien plantada », según Benito Pérez Galdós, e impactante según Emilio Castelar: « Quien haya visto en su vida a Elena Sanz no podrá olvidarla ».

Elena Sanz y Martínez de Arrizala nació en Castellón de la Plana en 1844. Su padre era primo del marqués de Cabra, por lo que, aunque sin fortuna, tenía cierta pátina aristocrática. Su familia se traslada a Madrid cuando Elena es sólo una niña e ingresa en el madrileño colegio de las Niñas de Leganés. Era aquella una institución destinada a proteger y educar a niñas sin familia ni recursos, sobre todo a las más bonitas, que por lo mismo “ estaban más expuestas a los peligros del mundo “. Allí, la joven Elena aprenderá canto a la vez que realizará sus primeras actuaciones en el coro de su Iglesia. Su voz destacó enseguida en el coro, hasta el punto de llegar a oídos de la reina Isabel II, que se convirtió en su protectora.




Alfonso XII


Debido a las peculiaridades de su voz, ingresa en el Real Conservatorio de la capital. Allí será discípula de Baltasar Saldoni, quien le proporcionará una audición con Enrico Tamberlick. Éste, reconociendo la calidad de la contralto, la recomienda para que vaya a París y en 1868 la inscribe como artista en el Teatro Chambery, representando ese mismo año el papel de Azucena en El trovador. Desde este momento, es reconocida en los grandes teatros del mundo. Será una asidua en la Scala de Milán, en donde compartirá cartel en muchas ocasiones con Julián Gayarre y cosechará sus mejores éxitos. Elena Sanz realizará giras por todo el mundo, Gayarre la solicita para su gira americana por Argentina y Brasil, y Adelina Patti para su gira en San Petersburgo frente a los zares y otras capitales centro europeas.

En 1872 tuvo lugar su primer encuentro con el futuro Alfonso XII, cuando el joven príncipe era alumno del prestigioso Colegio Theresianum de Viena. Una noche en París, después de una de sus actuaciones en la Ópera, Elena Sanz saludó a Isabel II. Al saber la reina que la contralto marchaba hacia la capital austríaca, le encargó que visitara de su parte a su hijo y le hiciera entrega de un regalo con una cariñosa carta. Elena visitó al joven Borbón en el Theresianum. Éste era un adolescente vivaz y políglota de quince años, que quedó extasiado ante la popular diva de la ópera, trece años mayor que él. Como reflejó Benito Pérez Galdós en sus Episodios Nacionales. « Vestida con suprema elegancia, la belleza de la insigne española produjo en la turbamulta de muchachos una especie de estupor ».



Mercedes de Orleáns


Elena Sanz se fue de gira por Sudamérica, de donde regresó madre de un varón de padre desconocido. Y Alfonso cayó rendido ante su prima Mercedes de Orleáns al conocerla. A pesar de la oposición de Isabel II a la boda, a causa del enfrentamiento que mantuvo con su cuñado y padre de la novia, el duque de Montpensier, y de la preferencia del gobierno por un matrimonio con alguna princesa europea, se impusieron los deseos del ya convertido rey Alfonso XII, celebrándose la boda en enero de 1878 en la madrileña basílica de Atocha. Pero la dulce Mercedes murió de tifus cinco meses después. El joven monarca se sumió en tal desesperación, que sus allegados temieron que cometiera una locura.

Su consuelo llegó gracias al estreno de la ópera La Favorita de Donizetti en el madrileño Teatro Real. El tema del libreto era la pasión entre el rey castellano Alfonso XI y su amante, la hermosísima Leonor de Guzmán. Junto al gran tenor Julián Gayarre actuaba Elena Sanz. Cuando subió al palco a cumplimentar al monarca, renació la fascinación de éste. Alfonso XII se convirtió en su fiel seguidor, como atestigua una de sus cartas, donde dice: « Idolatrada Elena: mucho gusto he tenido en verte todos los días en estas funciones ».



María Cristina de Austria



Elena Sanz acabó sucumbiendo al amor del rey, abandonando los escenarios. Alfonso XII, loco de pasión, aprovechaba cualquier resquicio para ver a su amante. Al año siguiente, en 1879, sobre la pareja planean las primeras sombras. Cánovas, jefe de Gobierno que propició la Restauración, plantea al rey la urgencia de una nueva boda para dar un heredero. Consciente de sus deberes, Alfonso XII accede a su pesar. «Me casaré si me buscan ustedes novia». La elegida fue la archiduquesa María Cristina de Austria, prima del emperador austriaco Francisco José I, inteligente pero poco agraciada. Se casaron en Madrid en el mes de noviembre, mientras su romance con Elena Sanz seguía viento en popa y estaban esperando su primer hijo, el cual nacería dos meses después del segundo matrimonio del rey, y al que llamaron Alfonso.

La reina María Cristina no logró conquistar nunca el corazón de su esposo, cambiando el simple afecto, la cortesía y la admiración, que desde luego el rey manifestaba a su mujer, por el verdadero amor que la reina anhelaba. María Cristina tendría que soportar hechos personales y políticos que pondrían a prueba su férrea voluntad austriaca. Para empezar, ella y el rey estuvieron a punto de morir en un atentado al mes de casarse, casi a la vez que supo de la existencia de Elena Sanz.




La reina, furiosa de celos y herida en su dignidad, convence al presidente Cánovas para que expulse de España a la amante del rey. Por esta razón, Elena Sanz se traslada a París, donde inscribe al niño en el registro civil. María Cristina, que desde el principio había hecho esfuerzos para hacerse querer por su suegra, tuvo que ver cómo Isabel II, que admiraba profundamente a la amante de su hijo y había promocionado su carrera lírica, amadrinaba al nieto ilegítimo y se refería a Elena como « mi nuera ante Dios ».

La desaparición de la favorita, además, será sólo momentánea, pues Alfonso XII se encarga de hacerla regresar inmediatamente a Madrid y de instalarla en un piso cercano a palacio, donde habitualmente la visita. En febrero de 1881 nace el segundo vástago de los amantes. Otro varón, Fernando, para desgracia de María Cristina, que dará a luz a dos niñas seguidas, las infantas María Mercedes y María Teresa.

Crónicas y comentarios múltiples de esa época coinciden por unanimidad en que Elena Sanz, al final, se cansa de la relación prohibida y de su papel de favorita real. El amor de la contralto por su regio galán se apagó, dando paso a una discreta amistad, que negaba todo intento de aproximación sexual. Elena se afincó en París con sus hijos, sobreviviendo con las 5.000 pesetas mensuales que le mandaba el rey. No siempre puntual. «Querida Elena: hasta hoy no te he podido remitir lo que va adjunto porque cerré el mes con deudas y sin un cuarto», se excusaba en una carta.



María Cristina y su hijo Alfonso XIII



Pero la felicidad con la que María Cristina acoge la ruptura de su esposo con Elena Sanz es fugaz. Sabría de la aparición de otra cantante de ópera Adela Borghi, de Blanca Escosura, Adela Aymerich (la Cubana), y de otros affaires de un hombre que parecía beber la vida a medida que su tuberculosis avanzaba. Alfonso XII murió en el palacio de El Pardo el 25 de noviembre de 1885 a los veintiocho años, y no llegó a conocer a su único hijo legítimo, Alfonso, nacido siete meses después.

María Cristina, embarazada del futuro Alfonso XIII, se convirtió en regente y anuló la pensión que Elena Sanz percibía. Ésta contrató a un abogado para que defendiese legalmente sus intereses. Se trataba de Nicolás Salmerón, quien fuera primer mandatario de la I República y persona de la más acreditada integridad. Éste propuso entonces a palacio un acuerdo económico a cambio de no hacer público el contenido de más de un centenar de cartas de Alfonso, las cuales no dejaban absolutamente ninguna duda sobre la paternidad de los dos niños de Elena. Los responsables de las finanzas palaciegas terminaron por comprometerse a pagar una elevada cantidad a cambio de las cartas y por la expresa renuncia a cualquier petición legal de reconocimiento de paternidad. Las cartas se entregaron tras un primer pago que suponía un tercio del total. Se pactó que con el resto se crearía un fondo, del que los dos chicos podrían disponer en su mayoría de edad.



Elena Sanz murió en Francia en 1898. Nada más producirse el fallecimiento, varios funcionarios de la embajada española se presentaron en su casa y se llevaron de allí una serie de objetos, joyas y documentos varios, entre ellos la partida de nacimiento del hijo pequeño nacido en Madrid. Cuando los dos hermanos reclamaron su fortuna al alcanzar su mayoría de edad, no había nada. El banco había quebrado. En 1907, Alfonso Sanz inició un pleito reclamando su filiación como hijo de Alfonso XII, pero lo perdió.



Fuentes:
Mercedes de la Fuente, Valencianas célebres y no tanto (s. XIII-XXI). Generalitat 2009
Fernando Gonzalez-Doria, Las Reinas de España. Editorial Bitacora, S.A. 1989
José María Solé, Los Reyes Infieles. 2005 La Esfera de los Libros S.L
http://www.elmundo.es/suplementos/cronica/2006/570/1159653602.html
http://www.filomusica.com/filo20/jenri.html

domingo, 25 de septiembre de 2011

EUGENIA DE MONTIJO, EMPERATRIZ DE LOS FRANCESES de GENEVIÈVE CHAUVEL

Eugenia de Montijo es uno de los personajes más singulares y peor conocidos de la historia europea, y sin embargo una mujer que transformó el mundo en el que le tocó vivir. Hija de un Grande de España y formada en Francia e Inglaterra, en 1853 se convirtió en la esposa de Napoleón III y, desde la campaña de Italia ( 1859 ), en sus manos recayó el destino de un imperio en decadencia. Tras el desastre de Sedán tuvo que abandonar precipitadamente Francia y refugiarse en Inglaterra, donde intervino en las intrigas que desembocaron en la capitulación de Metz.

Con absoluta libertad y sin censuras de ningún tipo, Geneviève Chauvel ha reconstruido la trayectoria de esta fascinante mujer a partir de los ricos Archivos Nacionales franceses, de una cuantiosa correspondencia privada y de numerosas entrevistas y testimonios de primera mano. Y la realidad siempre supera la ficción.

Geneviève Chauvel, gran conocedora del mundo árabe, cubrió como periodista los grandes acontecimientos del siglo XX en Oriente Medio y Extremo Oriente. Tras publicar diversas novelas situadas en esas zonas, en 1991 se convirtió en la primera escritora no árabe que obtuvo el premio internacional Emir Fakherddine, por su novela Saladino. El unificador del Islam.

En los últimos años ha iniciado un ciclo narrativo dedicado a las grandes mujeres de la historia europea, con obras como Reina por amor, dedicada a Marie Casimire de la Grange, reina de Polonia, a la que siguieron Eugenia de Montijo, emperatriz de los franceses y Lucrecia Borgia, la hija del Papa.

sábado, 24 de septiembre de 2011

MUJERES RENACENTISTAS EN LA CORTE DE ISABEL LA CATÓLICA de VICENTA MARQUEZ DE LA PLATA

Bajo la protección de Isabel la Católica existió un pequeño grupo de mujeres brillantes, independientes y eruditas que encarnan el ideal del Renacimiento. Supieron aprovechar su talento y conocimientos para ser verdaderas pioneras del espíritu moderno y demostrar que eran capaces de beneficiarse de conocimientos y estudios si éstos les eran ofrecidos. Son las conocidas como " docta Puellas ".

El ejemplo y patronazgo de Isabel la Católica conmovió el mundo de su tiempo, no sólo el masculino sino (y más aún) el femenino. Liberadas del peso de tener que ser ignorantes para poder ser virtuosas, las mujeres se lanzaron con entusiasmo a bucear en el conocimiento. Pensadoras, poetisas, místicas, no había campo vedado, ni edad demasiado tardía para iniciarse en el conocimiento ... Pero con la muerte de la Reina, el espíritu que sustentaba esta fuerza, que parecía imparable dada su brillantez, decayó. Sin apoyos, teniendo en contra a los varones (que veían escaparse de las tareas "femeninas" a hijas y esposas), y con las guerras de religión como telón de fondo, sin hacerse notar, la mujer se confinó de nuevo en el interior del hogar. Con ello finalizó aquel breve tiempo en el que pudieron vivir un verdadero Renacimiento.

Las posiciones antifeministas antes esgrimidas por Antón de Montoro, Hernán Mexía, Torres Naharro y otros, ganaron el espacio dejado por la ausencia de la Reina. Fray Luis de León manifiesta que la mujer ha de quedarse en casa y, sobre todo, callar, ya que Dios no le ha dado sabiduría; inclusive Santa Teresa de Ávila preferirá que la mujer no sea educada sino dedicada a Dios en la intimidad de la casa o el convento. Los jesuitas terminaron por rematar el asunto predicando en el púlpito los males de las mujeres viragos.

Beatriz de Bobadilla ( Camarera mayor y consejera de Estado ), Beatriz Galindo ( Maestra de Reinas ), Lucía de Medrano ( Una mujer catedrático en el siglo XVI ), Beatriz de Silva y Meneses ( Fundadora de las religiosas concepcionistas) , Catalina de Aragón ( una soberana renacentista para Inglaterra ) y María Pacheco ( La última de los Comuneros ) , son las seis mujeres renacentistas que Vicenta Márquez de la Plata rescata en su libro para darles el protagonismo que merecen.


Fuente:
http://libros.fnac.es/a184629/Vicenta-Marquez-de-la-Plata-Mujeres-renacentistas-en-la-Corte-de-Isabel-la-Catolica
http://www.librosyliteratura.es/Comprar-Libros/MUJERES-RENACENTISTAS-EN-LA-CORTE-DE-ISABEL-LA-CATOLICA-ISBN-84-9740-173-5.html

CATALINA DE ARAGÓN, Reina de Inglaterra ( XII )


LA CORRIENTE LUTERANA LLEGA A INGLATERRA


En 1521 el luteranismo ya se había infiltrado en Inglaterra, donde encontraría terreno fértil en las universidades y también entre algunos seguidores del Nuevo Saber. La reina Catalina discutía las cuestiones planteadas por Lutero con su confesor de la iglesia española de frailes observantes en Greenwich, fray Alfonso de Villa Sancta, que también tenía estrecha amistad con Tomás Moro. Villa Sancta era una buena fuente de esclarecimiento, escribiría varias obras tales como Problema Indulgentiarum argumentando contra la posición de Lutero y De Libero Arbitrio, adversus Melanchthonem, impreso en 1523, que fue dedicado a la reina. Villa Sancta le dio a la reina el título de Fidei Defensor más habitualmente asociado con su esposo, Enrique VIII lo recibió del Papa en octubre de 1521 por un trabajo en oposición a Lutero conocido como La defensa de los siete sacramentos contra Martín Lutero.


LA EJECUCIÓN DEL DUQUE DE BUCKINGHAM



El 13 de mayo de 1521, Edward Stafford, duque de Buckingham, fue juzgado y condenado a muerte, acusado de escuchar las profecías de la muerte del rey y de intención de asesinar a Enrique. Cuando Catalina supo de la detención del duque, corrió hacia el rey para pedir clemencia. Habló como una reina y como una amiga, y suplicó perdón para el noble, en el caso de que hubiera algo que perdonarle. Pero imploró en vano.

Cuatro días después murió decapitado en Tower Hill. Su ejecución levantó un clamor de simpatía y dolor popular por la víctima. Se creía que el cardenal Wolsey, por pura maldad, había provocado su caída, ya que era bien sabido que los dos se odiaban. Catalina lloró con rabia, pero a escondidas, la muerte de Buckingham. Su primer gran amigo inglés que le había dado la bienvenida a su llegada a Inglaterra, que había bailado y bromeado en su primera y lejana boda, que le había enviado fruta y venado en los años adversos de su viudedad, y tenía sus mismas opiniones.




LA CONDESA DE SALISBURY Y SU FAMILIA SUFREN LAS CONSECUENCIAS



Los miembros de la nobleza rancia unidos por lazos de sangre a Buckingham, entre ellos la condesa de Salisbury, Margaret Pole, cuya hija estaba casada con el hijo del duque, además de estar ella misma peligrosamente cerca del trono, sufrieron la repulsa del rey. Lady Salisbury fue apartada de su cargo de gobernanta de la princesa María, su hijo mayor pasó una breve temporada en la Torre, a la vez que otros de sus hijos se vieron afectados por el enojo del rey.

Pero la reina Catalina no se olvidó de su gran amiga ni se resignó a que su hija prescindiese en sus años más receptivos de una compañía a su parecer insustituible. Ninguna tan digna, íntegra, piadosa, valiente, ilustrada y perspicaz como la condesa de Salisbury, que pronto volvió a ocupar su puesto junto a la princesa.



EL CARDENAL WOLSEY ESPÍA A LA REINA


Catalina sabía que sus palabras, entrevistas y correspondencia eran materia conocida e interceptada por el cardenal Wolsey. Cada vez que la visitaba el embajador de su sobrino Carlos V, el cardenal se encontraba allí, nunca a solas o con sus damas de mayor confianza. Wolsey rodeaba de espías a la reina y una de sus damas renunció a su puesto por no querer seguir traicionando a su señora.

La reina, a sabiendas de la filtración que sufrían sus mensajes, no dejaba de pedir a su sobrino el emperador que fuera sincero con su esposo y dijera francamente si estaba dispuesto a observar sus compromisos y a no prometer lo que no pudiera cumplir en el futuro. “ Mientras nuestro sobrino guarde su promesa de casarse con nuestra hija, la alianza permanecerá intacta; mientras el tratado matrimonial se mantenga, puede estar seguro de Inglaterra ”.


El cardenal violó la correspondencia del embajador del emperador, Praest, y a consecuencia de esto se interrumpió la relación entre Inglaterra y Carlos durante casi dos años. En todo ese tiempo, Catalina no pudo hablar con un embajador de su sobrino para aconsejarle, pues no lo había.

La reina, al margen de la política internacional, propiciaría el matrimonio de la princesa María con Reginald Pole, el más prometedor de los hijos de la condesa de Salisbury, en quien veía garantizadas la paz interna de la Corona y la felicidad de su hija.



LA ELEVACIÓN DE HENRY FITZROY


El emperador Carlos rompió su compromiso matrimonial con María Tudor para casarse con su bella prima Isabel de Portugal. El monarca inglés, encendido de cólera, consideró esa disolución del acuerdo matrimonial con su hija como la mayor afrenta que le habían hecho. Con independencia del hecho de que la pobre Catalina se sentía tan traicionada como Enrique, éste descargó algo de su resentimiento en su esposa. El rey arregló de pronto la exaltación pública de su hijo ilegítimo de seis años, Henry Fitzroy, en dos partes.

El 7 de junio de 1525, se celebró en la capilla de San Jorge en Windsor la primera ceremonia solemne con el nombramiento del niño como Caballero de la orden de la Jarretera. Al pequeño se le concedió el segundo lugar al lado del soberano. Catalina de Aragón presenciaba la ceremonia desde el sitio reservado a la reina, decorado con sus insignias de granadas, que miraba al altar. La reina en ningún momento había sentido un ápice de rencor hacia el pequeño. Para ella, Henry Fitzroy era uno más en la corte, un niño como muchos otros hijos de nobles que correteaban por los pasillos.

Dos semanas más tarde, el muchachito fue nombrado duque de Richmond, earl de Nottingham y duque de Somerset. Eran los títulos de un príncipe, tradicionalmente reservados para el heredero del trono. A estos títulos se unieron grandes propiedades y el nombramiento de Gran Almirante, Teniente General al norte de Trent y custodio de todas las provincias hasta Escocia. El pequeño duque de Richmond iría ahora al norte para ser criado como convenía a su posición. Se le concedió además una renta anual que superaba las cuatro mil libras.



La reina Catalina estaba furiosa. Como todas sus esperanzas para el futuro estaban concentradas ahora en su hija concebida legalmente, no podía dejar de sentirse mortificada por la elevación del hijo ilegítimo. Lo consideró una amenaza para la posición de su hija la princesa María. Al niño sólo le faltaba el título de príncipe de Gales. Los espías de Wolsey en la casa de la reina informaron a su señor de que tres damas españolas de Catalina la estaban animando a armar un escándalo por el reciente ascenso del chico. El cardenal ordenó inmediatamente que las despidiesen y cuando la reina pidió al rey que revocara la orden, Enrique se negó a complacerla.

Catalina cobró así, de forma dolorosa, conciencia de su aislamiento. Cerca de los cuarenta años de edad, con una salud que distaba de ser óptima y sin poder confiar en sus propios sirvientes, sabía que sus deseos ya no contaban para su esposo. Por si fuera poco, el emperador había dejado plantada a la hija de Catalina. Como es natural, las relaciones entre Enrique y su ex aliado se habían enfriado y ahora parecía que el sueño de Catalina de un matrimonio español para María nunca se haría realidad.

Fuentes:
Maria Jesús Pérez Martín, Maria Tudor: La gran reina desconocida. 2008 Ediciones Rialp, S.A
Alison Weir, Enrique VIII, el rey y la corte. 2003 Editorial Ariel S.A.
Antonia Fraser, Las seis esposas de Enrique VIII. 1998 Ediciones B Argentina, S.A.
Garrett Mattingly, Catalina de Aragon. 1998 Ediciones Palabra, S.A.
Luis Ulargui, Catalina de Aragón. 2004 Random House Mondadori S.A.

CATALINA DE ARAGÓN, Reina de Inglaterra ( XI)



LA ENTREVISTA DEL CAMPO DEL PAÑO DE ORO

En junio de 1520, Enrique con la reina y un vistosísimo séquito de la nobleza encabezado por el duque de Buckingham, se embarcó para Calais. Aquella famosa entrevista, se conocería más adelante por el nombre del “ Campo del Paño de Oro”, fue todo un acontecimiento. Más de cinco mil personas habían seguido a los reyes, para quienes tuvieron que alzarse cientos de tiendas y pabellones. Los observadores italianos admiraron la abundancia de cadenas de oro que llevaban los ingleses, pero los franceses les parecieron más elegantes en el vestir.
Los ingleses opinaban que los vestidos de las damas francesas eran demasiado atrevidos y singularmente inapropiados para las personas castas, a la vez que el embajador mantuano opinó que las damas inglesas vestían mal y eran demasiado aficionadas al alcohol. Las visitantes pronto empezaron a adoptar la moda francesa y lo que perdieron en recato lo ganaron en gracia.


Durante dos semanas hubo banquetes, justas, bailes y juegos de estío, en los cuales las dos cortes compitieron por la supremacía. Sin embargo, Enrique y Francisco no dejaban de odiarse cordialmente. Entre tanto abrazo y derroche se ratificaría el tratado matrimonial de la princesa de Inglaterra con el Delfín. Solo las reinas Catalina y Claudia, amables, discretas y sencillas, parecían ajenas a aquella insoportable emulación. Cuando los dos reyes se hallaban en cónclave, entonces las dos reinas estaban ocupadas visitándose u orando juntas en la misa.
Catalina estaba sin duda entre aquellos que no gozaron de la experiencia. Sin embargo, vestida con toda la gloria hierática de sus ricas ropas, sus preciosas joyas y perlas (que fueron estimadas las más bellas de todas), estuvo en el cenit de su encanto y jugó su parte en la más auténtica y amistosa escena de todo el encuentro, cuando ella y la reina Claudia, al ir a darse el ósculo de la paz, procurando cada una ceder la precedencia a la otra, de repente se pusieron a reír besándose en cambio la una a la otra.


REUNIÓN CON CARLOS V Y MARGARITA DE AUSTRIA

Tras despedirse del rey Francisco y de la reina Claudia el 25 de junio e intercambiar gran número de costosos regalos, entre ellos joyas, caballos y una litera, Enrique y Catalina se retiraron a Calais, donde el rey dio las gracias a sus cortesanos por acompañarle y mandó a la mitad de ellos a casa. El 10 de julio los reyes ingleses y sus reducidos séquitos fueron a caballo hasta Gravelines, donde se reunieron con el emperador y Margarita de Austria.
Al día siguiente volvieron con ellos a Calais, donde era hora para otro prolongado banquete –se dice que duró cuatro horas- en otro palacio artificial construido especialmente. Aunque ahí se descompuso el tiempo caluroso: grandes vientos y una lluvia torrencial arruinaron la estructura. Siguieron dos días de discusiones. A pesar del tiempo, esas charlas fueron positivas.


Fuentes:
Maria Jesús Pérez Martín, Maria Tudor: La gran reina desconocida. 2008 Ediciones Rialp, S.A
Alison Weir, Enrique VIII, el rey y la corte. 2003 Editorial Ariel S.A.
Antonia Fraser, Las seis esposas de Enrique VIII. 1998 Ediciones B Argentina, S.A.
Garrett Mattingly, Catalina de Aragon. 1998 Ediciones Palabra, S.A.

martes, 20 de septiembre de 2011

Los últimos años de Catalina de Aragón ( IV )




CATALINA SE NIEGA A JURAR LA LEY DE SUCESIÓN


La primera comisión que vino a Buckden para pedir a Catalina de Aragón que prestara el juramento establecido en la Ley de Sucesión, no había formulado ninguna amenaza, y se retiró después que ella les dijo que se adhería a la sentencia final del Papa. Pero la segunda, quince días más tarde, encabezada por Lee, arzobispo de York, y Tunstall, obispo de Durham, tenía instrucciones más severas.

Obligaron a la reina Catalina y a su Casa a que oyeran una lectura de la ley. El enmarañado preámbulo fue interrumpido, de vez en cuando, por duras críticas de la reina y entonces Lee, volviéndose hacia ella, le advirtió solemnemente que no estaba exenta de las penas establecidas en la ley. “ Si alguno de vosotros tiene el encargo de ejecutar esa pena en mí ”, replicó Catalina al instante, “ estoy preparada. Lo único que pido es que se me permita morir a la vista del pueblo “.



Lo mismo que la reina, sus servidores rehúsan jurar y los españoles recurren a un truco verbal sugerido por la misma doña Catalina. Contestan en español “ reconozco que el rey se ha hecho cabeza de la Iglesia “, en vez de “ sea hecho cabeza de la Iglesia “. Así podrán permanecer con ella.

Los enviados del rey tuvieron que conformarse con arrestar a varios de los criados de la reina, como simple muestra de intimidación hacia la princesa viuda de Gales. Ante este hecho, la reina Catalina no pudo más que recriminar a los enviados: “ Yo creo, señores obispos, que el rey no os mandó que despidieseis a mis criados; no lo hacéis bien “. Palabras repletas de ironía que no sirvieron de mucho, pues los criados fueron llevados presos a la Torre de Londres.



Kimbolton Castle en la actualidad




TRASLADO A KIMBOLTON

En mayo de 1534 Catalina recibió la orden de volver a trasladarse de casa. En menos de cuatro años había pasado por más de cinco palacios distintos. Enrique solicitaba a la princesa viuda de Gales que fuese a vivir al castillo de Kimbolton. El lugar estaba a tan sólo media jornada de cabalgada de Buckden. Y aunque los sirvientes estaban apesadumbrados por la nueva residencia, que se hallaba en un estado de gran deterioro, hay que decir que era un lugar mucho más idóneo que los que un momento llegaron a sopesarse como nuevas residencias en la reunión con Charles Brandon. Catalina tuvo, en más de una ocasión, que tranquilizar a sus damas que estaban atemorizadas por la imagen tétrica y fantasmagórica con la que se mostraba el castillo de Kimbolton. A pesar de ello, la mudanza fue larga, pesada y lenta. El castillo de Kimbolton estaba rodeado por un ancho foso, con puente levadizo incluido. Su nueva residencia era en realidad su nueva cárcel.



En su nueva residencia, la reina se encontró con un grupo de nuevos sirvientes. En Kimbolton, sir Edmund Bedingfield y sir Edward Chamberlayn, dos caballeros en cuya lealtad creía Enrique que podía confiar, fueron nombrados, respectivamente, Steward y Chamberlain. Los criados de Bedingfield sustituyeron a los que ella había perdido, y se dieron estrictas órdenes al Steward para que no permitiera a nadie visitarla sin permiso especial del rey. Los nuevos funcionarios de su Casa habían jurado tratarla solamente como “ princesa viuda “ y ella ignoraba a todo aquel que no se dirigía a su persona con el apelativo de reina. En consecuencia, Catalina permaneció encerrada en sus propias habitaciones, no viendo a nadie excepto a los pocos ayudantes personales que le quedaban. Entre aquellos se encontraban cuatro leales españoles, su confesor, su médico, su Maestresala y su farmacéutico; dos doncellas, tres damas de honor y otras seis u ocho mujeres, incluyendo criados inferiores.

Sus habitaciones eran menos húmedas y más cómodas que las de Buckden, algunas de sus ventanas se abrían a vistas más allá del foso y de los techos del pueblo, hacia el suavemente ondulado campo que se extendía tras aquellos. Detrás de su capilla había un estrecho jardín amurallado por el que podía pasear sin ser molestada, cuando hacía buen tiempo, calentándose al sol. La reina y sus damas pasaron los días en el castillo de Kimbolton de la mejor forma que sabían; entre lecturas, rezos y bordados. Diversas congregaciones recibieron casullas, albas y dalmáticas perfectamente bordadas.




LA CABALGATA DE CHAPUYS


La reclusión de la reina Catalina en Kimbolton preocupaba al embajador Chapuys. Después de haber esperado en vano durante un mes, prometiéndosele constantemente un permiso para visitar a la reina y retrasándoselo constantemente, no pudo aguantar más. Anunció que iba en peregrinación a Nuestra Señora de Walsingham y que esperaba ver a la reina durante el trayecto. Se cuidó de dar la mayor publicidad posible a este acto de desafío. Difundió la noticia de su viaje por la ciudad de Londres, invitó a los principales comerciantes españoles a acompañarle, hizo ir a caballo a todo su propio séquito, incluidos los lacayos, y los vistió a todos con nuevos uniformes; y así reunió al partir más de sesenta jinetes, engualdrapando sus caballerías como si escoltaran a un rey. A su cabeza marchaban todos los tambores y trompetas que se podían alquilar en Londres.

Al son de esta fanfarria desafiante, la cabalgata desfiló por las calles londinenses, y cuando las puertas de Londres se quedaron detrás de ellos y el cortejo levantaba el polvo de julio a lo largo de la vieja carretera del Norte, Chapuys mantuvo a los músicos en el carromato, con órdenes de tocar lo más alto que pudieran al entrar en todos los pueblos. Así todo el mundo podría divisar el águila negra y los castillos y los leones, y constatar que el embajador del Imperio y de España estaba en route a Kimbolton.



A mitad del viaje, el grupo recibió un mensaje que provenía de la corte. Se comunicó a Chapuys que bajo ningún concepto podía visitar a la princesa viuda de Gales. El embajador imperial dio las gracias al mensajero real y continuó su marcha por los páramos centrales de la isla. El grupo se alojó a menos de ocho millas del castillo donde estaba presa Catalina de Aragón. Primero envió un mensaje en manos de uno de sus subordinados pidiendo audiencia a la reina. Sólo hubo una clara y escueta contestación de la reina: el rey su marido le había prohibido recibirle y, por tanto, sería bueno que no continuara.

A la mañana siguiente, un bullicioso grupo llegó hasta el propio foso del castillo de Kimbolton, armando una algarabía entre divertida y cómica. Hicieron que bailaran sus caballos, cabriolas que se unieron a canciones en castellano y a versos que recordaba la reina de su infancia en tierras españolas. Un alboroto bien concertado, realizado justo debajo de la ventana de la habitación de la reina. Con ellos estaba uno de esos enanos españoles, con cuyas payasadas Catalina había disfrutado otrora.




El bufón, que llevaba un candado pendiente de la capucha, al ver a las damas de la reina Catalina asomadas a las ventanas, arrojó su candado a las ventanas ( las damas se sintieron decepcionadas al descubrir que no contenía un mensaje secreto) y se puso a dar brincos al borde del foso, suplicando extravagantemente que se le dejara entrar, hasta que, habiéndose caído en las fangosas aguas, fue aupado en medio del exultante deleite de los criados de Bedingfield y de las damas de la reina. Catalina apareció sonriendo en una ventana alta.

Después, las damas ofrecieron a los caballeros españoles un cordial desayuno en la sala inferior del castillo. Pero el bufón, mimando el hecho de que le dolía una muela ante el barbero del castillo ( responsable de tales asuntos), hizo que el hombre le revisara la boca, momento que aprovechó para morderlo, haciéndole gritar. Y hubo otras bromas. Chapuys, separado de todo eso, se cuidó de cabalgar de regreso tan ostentosamente como pudo, de modo que pudiera verse que el embajador del emperador había tratado de visitar a la reina.


Fuentes:
Garrett Mattingly, Catalina de Aragon. 1998 Ediciones Palabra, S.A.
Luis Ulargui, Catalina de Aragón. 2004 Random House Mondadori S.A.
Antonia Fraser, Las seis esposas de Enrique VIII. 1998 Ediciones B Argentina, S.A.

sábado, 17 de septiembre de 2011

HILDEGARDA DE BINGEN


Recientemente, un disco titulado “ Hildegard von Bingen: Canticles of Ecstasy ” ha gozado de gran éxito en Europa y en los Estados Unidos, tanto más inesperado cuanto que su contenido se limita a los himnos de Hildegarda de Bingen, una abadesa alemana del siglo XII. Lo que muchos ignoraban es que no sólo es la mística más importante de la Edad Media, sino también fue médico, compositora y escritora. Desarrolló una intensa labor religiosa, científica, artística e incluso política, fundó dos monasterios y mantuvo correspondencia con reyes, emperadores y papas. Escribió varios libros, algunos de ellos enciclopédicos, incluido dos tratados sobre ciencia y medicina. Una de las mentes más prolíficas y sorprendentes de la religión, el arte y la ciencia de todos los tiempos. Es conocida como la Síbila del Rin

Nació en 1098 en Bermersheim, Alemania. Última de los diez hijos de un matrimonio de la nobleza local, sus padres consideraron que había que regalarla a Dios como “diezmo”. A los seis años comenzó a tener visiones que siguieron durante el resto de su vida. Fue entregada al monasterio de Disibodenberg, que se encontraba bajo la órdenes de Jutta de Spanheim, quien se encargó personalmente de su educación. Así, tuvo un profundo aprendizaje de latín, griego, liturgia, música, oración y ciencias naturales, y además mantenía una disciplina ascética. Más tarde, a la edad de quince años, Hildegarda profesó como monja en este lugar. Cuando Jutta murió en 1136, Hildegarda fue elegida abadesa de la comunidad a la edad de treinta y ocho años.



Como las visiones continuaban, el monje Godfrey, su confesor, lo reveló a su abad, el cual lo comunicó al arzobispo de Maguncia, que examinó sus visiones con sus teólogos y dictaminó que eran de inspiración divina, y le ordenó que comenzase a escribirlas. Hildegarda tenía dudas sobre la oportunidad de escribir o no lo que percibía, y recurrió a San Bernardo de Clavaral, fundador de monasterios y uno de los grandes doctores de la Iglesia, con el que en el futuro mantendría una fluida relación epistolar, para que la aconsejara. No sólo recibió la aprobación de este santo, sino también la del Papa Eugenio III, quien autorizó la publicación de sus obras.

De los libros que escribió, se destacan: Scivias, de carácter místico; Liber Vitae Meritorum, sobre ética, y Operatione Dei, sobre teología. Otro de sus libros, el Liber Simplicis Medicinae es importantísimo para la medicina, pues en él se hace un acercamiento a la ciencia de curar desde una perspectiva global, incluyendo conocimientos de botánica y de biología. De la misma forma, el Liber Compositae Medicinae trata sobre las enfermedades, pero desde el punto de vista teórico, explicando sus causas y síntomas. Hildegarda no sólo se dedicó a escribir, sino que además compuso música gregoriana y escribió setenta y siete canciones, aproximadamente, y una ópera Ordo Virtutum. Como compositora fue más allá de las normas de la música medieval, otorgándole un nuevo lenguaje.



Su fama hizo que su comunidad creciera, de modo que tomó la decisión de establecer a sus monjas en un monasterio propio, para lo que fundó un convento en Rupertsberg, cerca de Bingen. Fue el primer monasterio de monjas autónomo, pues hasta entonces siempre habían dependido de otro de varones. Entre 1147 y 1150, las monjas se trasladan a su nuevo monasterio. Los monjes de Disibodenberg se opusieron a este traslado, pues veían disminuidas las rentas y la influencia de su monasterio, pero la tenacidad y energía de Hildegarda venció todas las dificultades y en 1150 el Arzobispo consagró el nuevo monasterio, que siguió atrayendo numerosas vocaciones y visitantes. En 1165, y debido al incremento de monjas en el convento de Rupertsberg, parte de ellas se transladaron al cercano convento de Eibingen, entonces vacío.

Se conservan casi 400 cartas a personas de toda índole que acudían a ella en demanda de consejos como árbitro que dirimiese sus contiendas. Se conservan las cartas cruzadas con dos emperadores, Conrado III y su hijo y sucesor el emperador Federico I Barbarroja, con los Papas, Eugenio III, Anastasio IV, Adriano IV y Alejandro III, con el Rey inglés Enrique II y su esposa Leonor de Aquitania, y una larga serie de nobles, cardenales y obispos de toda Europa, a quienes aconsejaba y si era necesario reprendía, escuchada por todos como referencia moral de su tiempo.



Hildegarda realizó al menos cuatro grandes viajes fuera de los muros del convento a instancias de los prelados de diversos lugares. En ellos predicó en iglesias y abadías sobre los temas que más urgían a la Iglesia: la corrupción del clero y el avance de la herejía de los cátaros. Fue la única mujer a quien la Iglesia permitió predicar al pueblo y al clero en templos y plazas.

Murió el 17 de septiembre de 1179 y fue sepultada en la iglesia de su convento de Rupertsberg del que fue Abadesa hasta su muerte. Sus reliquias permanecieron allí hasta que el convento fue destruido por los suecos en 1632. Actualmente sus restos se encuentran en Eibingen.



Fuentes:
http://www.hildegardiana.es/1vida.html
http://www.solonosotras.com/archivo/21/biog-hildegard.htm
http://www.abc.es/20110526/cultura/abci-almas-mujer-201105260302.html
http://www.infodoctor.org/neuro/Art29.htm

Otro premio recibido


Después de encontrarme de mal humor esta mañana, me he levantado con el pie izquierdo, qué agradable es comprobar que compañeros de este mundo bloggero se acuerden de una servidora y me honren con un premio, el "Fidelitas", otorgado por el aniversario del nacimiento de un gran blog " España Eterna ".

Gracias a ti Pedro por tus magistrales artículos de Historia y por el premio que me has otorgado. Le deseo una larga vida a tu blog y poder seguir leyéndolo. ¡ Felicidades por su año !

jueves, 15 de septiembre de 2011

TEODORA DE BIZANCIO


Teodora de Bizancio fue una de las mujeres más carismáticas de Oriente en un tiempo en el que todavía humeaban los rescoldos del Imperio Romano. Señalada por el historiador Procopio de Cesarea, como una meretriz arribista que con las armas de la seducción y la intriga, logró acceder al trono como esposa del emperador Justiniano; Teodora fue proclamada santa por la iglesia ortodoxa, debido a su indiscutible labor humanitaria a favor de las minorías y de las clases sociales más desprotegidas, en una época de prohibiciones y acentuada subvaloración de la mujer.

Los especialistas no están de acuerdo acerca del origen de esta enérgica, ambiciosa y polémica emperatriz. La versión más divulgada cuenta que nació en el año 501 d.C. en un hogar humilde en la costa asiática de Turquía o quizá en una de las islas cercanas, Creta o Siria. Su padre, Acacio, fue un cuidador de osos en un circo que viajaba por los pueblos junto al Danubio y que al morir, dejó a su viuda y a sus tres hijas en Constantinopla, majestuosa capital del Imperio Bizantino.



Obligada por la miseria, la madre de Teodora permitió que las niñas deambularan por el Hipódromo, lugar donde se efectuaban carreras de cuadrigas, danzas, obras de teatro y exhibiciones de exóticos animales. Allí, Teodora y sus hermanas fueron presas fáciles de la explotación y el escarnio de los habituales asistentes. En aquellas circunstancias, no había para ellas alternativas diferentes al teatro y la prostitución. Teodora comenzó a actuar a los diez años y pronto, su delicada belleza y el carácter demostrado en sus papeles teatrales, la llevaron a ser la favorita en las fiestas comunitarias de la nobleza, hasta el punto que rápidamente se convirtió en la actriz mejor pagada y más celebrada en Constantinopla. Cuenta Procopio que uno de sus números predilectos consistía en montar semidesnuda en briosos corceles.

En una de aquellas fiestas comunitarias, conoció a Ecebolo, gobernador de la provincia africana de Pentápolis, quien la invitó a compartir su vida con él. Ella, complacida por la oferta, accedió viajando al remoto lugar dispuesta a olvidar su tumultuoso pasado. Empero, tras cuatro años de aburrida convivencia, el bizantino la abandonó argumentando que la hija que esperaba no era fruto de su amor sino del adulterio. Teodora, desengañada y triste, optó por refugiarse en la luminosa Alejandría, lugar en el que conoció a Severo, líder de la secta cristiana de los monofisos, que defendían la divinidad exclusiva de Jesucristo. Convencida sobre esta doctrina, regresó a Constantinopla, donde vivió varios años lejos de las fiestas palaciegas, dedicada a hilar en una rueca y apartada de la compañía de los hombres.



Se dice que su amiga Antonina, quien se había convertido en amante de Belisario, general del Imperio; fue quien la persuadió para que asistiera a una fiesta de aristócratas en la cual conoció al príncipe Justiniano, sobrino del emperador Justino y heredero del trono bizantino, que quedó prendado de su belleza e inteligencia. Después de enfrentarse a la ley que prohibía que la realeza se casara con prostitutas, criadas o mujeres de origen dudoso; Justiniano desposó a Teodora.

Cuando Justiniano conoció y se enamoró de Teodora, las mujeres de la familia imperial se opusieron a su boda con la actriz, destacando su tía Lupicina Eufemia, esposa de su tío el emperador Justino. Esta augusta dama, mientras vivió, vetó ese casamiento. Tras la muerte del emperador, su sobrino accedió al trono y con él, su flamante esposa, de veintisiete años de edad. Lo que nadie pudo sospechar, en ese momento, es que Teodora se iba a convertir en una de las mujeres más influyentes de la Historia.



Su magnetismo y poder de convicción cautivó de tal manera a su esposo, que éste no opuso ninguna traba para que Teodora aportara sus ideas al Corpus Juris Civilis, la inmensa obra legislativa elaborada por Justiniano. Inspiradas por ella aparecieron leyes que defendían la igualdad de la mujer, el derecho al divorcio, la prohibición de castigos por adulterio, el reconocimiento hacia los hijos bastardos y la defensa de sus derechos de herencia, la imposición de penas para los violadores, la posibilidad de abortar, el matrimonio libre entre clases sociales, razas o religiones, la libertad de culto, la prohibición de la prostitución a la fuerza y de la pederastia, que era castigada con la castración. También dictó leyes que permitían a las mujeres ser propietarias o herederas y mejoró el sistema de atención a la salud femenina. En muchos de estos casos se han necesitado casi 1.500 años para igualar lo avanzado por Teodora de Bizancio.

Además, Teodora se encargó de crear planes para que muchas prostitutas fueran rehabilitadas y pudieran aprender otros oficios. Con este fin mandó construir un convento, situado en la orilla asiática del Bósforo, llamado Metanoia, donde las prostitutas reclusas aprendían diversos oficios, todos ellos considerados típicamente femeninos, tales como corte y confección, el huso y la rueca, cocina, enfermería, etc. Aprendizajes que se alternaban con los rezos, doctrina cristiana y el arrepentimiento de los pecados. Si contraían matrimonio, la Emperatriz se encargaba de concederles una dote. Y si persistían en el oficio, debían trabajar en burdeles regentados por ellas mismas, con reglamento especial para evitar los abusos.


La Emperatriz Teodora de Bizancio y su corte (mosaico de la Basílica de San Vitale en Rávena)



Sin embargo, también cabe atribuirle algún exceso como la exigencia de impuestos abusivos a la población para financiar obras faraónicas como la catedral de Santa Sofía, al igual que una actitud cruel con los opositores al régimen imperial. En ese sentido, famosa fue la sublevación de Nika, palabra que significaba victoria y que sirvió de estímulo para una oprimida ciudadanía levantada en armas ante los abusos de Justiniano. Sólo la decidida actuación de Teodora y del general Belisario lograron aplastar el motín, dejando más de 20.000 muertos. Fue una jornada sangrienta que sirvió para que autores como Procopio incrementaran la leyenda negra de la emperatriz.

En 548 se le manifestó un incontenible cáncer de pecho que en pocos meses le arrebató la vida. Tenía poco más de cuarenta años y había logrado entrar en la galería de personajes más relevantes y decisivos de la Historia. Su importancia se demostró tras su fallecimiento, pues el reinado de Justiniano entró, tras ese suceso, en el más absoluto de los declives.


Fuentes:
http://www.elmundo.es/suplementos/magazine/2005/300/1119642259.html
http://www.uac.edu.co/images/stories/publicaciones/revistas_cientificas/encuentros/volumen-7-no-14/literatura4.pdf
http://www.claseshistoria.com/revista/2010/articulos/mayor-teodora-bizancio.pdf
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