martes, 30 de agosto de 2011

MARÍA VICTORIA DAL POZZO, Reina de España ( VII )


Una noche de verano, Amadeo y María Victoria salen a dar un paseo en landó por el parque del Retiro, donde saben que se celebran selectos conciertos al aire libre en torno al quiosco de la música. Se apean los reyes en el paseo de coches y cogidos del brazo, se dirigen hacía la plazoleta en cuyo centro se alza el quiosco de la música. Es ya bien perceptible a simple vista el embarazo de la reina, y hallándose ocupadas todas las sillas que formaban un círculo de varias filas en torno al templete de la orquesta, no hay absolutamente nadie que se levante para ceder el asiento a la pobre María Victoria. No puede decirse que los allí reunidos perteneciesen a la clase social más elevada, sino más bien a los estamentos medio e incluso modesto del país. Los soberanos intercambian una mirada con infinita tristeza y deciden regresar al Palacio Real.

En la noche del 18 de julio de 1872, cuando los reyes regresaban del Retiro, fueron objeto de un atentado, del que afortunadamente salieron ilesos. A su regreso a palacio, un coche se cruza en la calle del Arenal, obligando a detenerse en seco a la carroza real. María Victoria se agacha a recoger el chal que se le ha caído. En ese momento, Amadeo distingue en la oscuridad la sombra de un hombre apuntándole con una carabina. Instintivamente, se tira al suelo del coche para proteger con su cuerpo a la reina. Suenan ráfagas de disparos a ambos lados de la calle. El cochero fustiga a los caballos y logra salir de la encerrona. La policía que escolta a los soberanos consigue abatir a uno de los agresores, que queda tendido muerto sobre el asfalto.


Al llegar a palacio, María Victoria viene desmayada por la impresión, tumbada sobre el fondo del carruaje. Su esposo la baja del coche en volandas. Uno de los caballos, herido, cae muerto. La carroza real muestra numerosos impactos de bala, pero ni el rey ni la reina han sido heridos. Esa noche, los reyes rezan juntos, de rodillas, al pie de las camas de sus hijos, dando gracias a Dios por haberles salvado la vida.

La noticia del atentado corre como la pólvora por todo Madrid. El hecho de que no se haya respetado ni siquiera a la soberana, que está embarazada, causa repulsa en la sociedad. Cientos de madrileños se acercan a la mañana siguiente a palacio a inscribir su nombre en el libro de firmas, como símbolo de rechazo a lo ocurrido. Los monarcas, sorprendentemente serenos, celebran una recepción en palacio para recibir condolencias de personalidades públicas e incluso se ven obligados a salir al balcón a saludar a los cientos de personas que invaden la plaza de Oriente como muestra de adhesión.

Amadeo y María Victoria tienen la alegría de saber que en casi todas las iglesias del país se van celebrando misas de acción de gracias por haber salido indemnes del tremendo peligro que han corrido. Llegan telegramas de todas las cancillerías extranjeras. En Italia, la noticia causa especial conmoción. En numerosas ciudades del Piamonte se convocan manifestaciones populares en solidaridad con los duques de Aosta, circunstancialmente reyes de España. El alcalde de Turín escribe a Amadeo para recordarle el inalterable afecto que el pueblo turinés siempre sentirá por él. En la iglesia principal de Reano, señorío de los príncipes della Cisterna, se celebra un Tedeum por la vida de su añorada princesa.


La policía ha iniciado de inmediato la investigación para esclarecer los hechos y delimitar culpabilidades, deteniendo a numerosos individuos, incluso alguna mujer, y determinando que la taberna de un tal Manuel Pastor ha sido el lugar donde se ha fraguado el atentado. En represalia, alguien intenta prender fuego a la taberna esa noche. Parecía como si el regicidio frustrado fuera a servir para hacer reaccionar al pueblo en favor de los Saboya. Puro espejismo, porque el reinado de Amadeo se precipitaba irremediablemente hacia su final.

El rey emprende un viaje, como estaba proyectado, por el norte de España. Visitará Valladolid, Burgos, Palencia y toda la cornisa cantábrica, desde Santander a Galicia. María Victoria no logra reponerse de la impresión. Desde el atentado, no duerme por las noches y sufre continuas pesadillas. Cualquier ruido la sobresalta y teme recibir de un momento a otro, la noticia de que alguien ha vuelto a disparar contra su esposo. La soberana va a cumplir en el mes de agosto veinticinco años, y tiene su marido veintisiete.


María Victoria recibe información puntual del periplo que su esposo está realizando por las ciudades costeras, pero también de sus continuas infidelidades. Adela de Larra, la amante más conocida del rey, despechada por haber sido sustituida por una rubia inglesa, persiguió a la comitiva real hasta Santander, con idea de hablar con Amadeo y chantajearle con la amenaza de publicar sus cartas íntimas si finalmente la abandonaba. Para evitar el escándalo, un secretario del rey negoció con ella en secreto y la despachó, comprándole el silencio y las cartas por cien mil pesetas. Pero Adela no se resignó y siguió acosando a su ex amante, hasta el punto de que fue necesario dictar contra ella una orden de expulsión de la capital.

Después, el rey mantendrá una breve relación con una conocida cantante de ópera italiana que triunfa en Madrid, y posteriormente con una dama de la aristocracia alfonsina que la prensa llamará " la condesa X ". Mientras, la reina, instalada desde el verano en El Escorial con sus dos hijos, sufre una profunda depresión. Los celos la amargan. No tiene ilusión por nada y apenas ejerce otra actividad que leer con avidez, sentada en un sillón.



Fuentes:
María José Rubio, Reinas de España, Siglos XVIII-XXI de María Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz. La Esfera de los Libros S.L. 2009
Fernando Gonzalez-Doria, Las Reinas de España. Editorial Bitacora, S.A. 1989
José María Solé, Los Reyes Infieles. 2005 La Esfera de los Libros S.L
http://dinastias.forogeneral.es/maria-vittoria-la-olvidada-t526-72.html

domingo, 28 de agosto de 2011

MARÍA VICTORIA DAL POZZO, Reina de España ( VI )


Miniatura de María Victoria por Adriana Rostand ( 1872 )

Durante su paseo habitual en carroza abierta por el Paseo del Prado, donde la alta sociedad acostumbra a dejarse ver en sus carruajes al llegar la tarde, la reina María Victoria se sorprende al ver a todas las damas llevando prendido un alfiler con la flor de lis, símbolo de los Borbones, y haciendo alarde de su españolidad, al hallarse peinadas con la tradicional peineta y la mantilla, tanto blancas como negras, de encajes de blonda y chantilly, e incluso alguna de terciopelo de tipo goyesco. La actitud se repite durante varias tardes seguidas, durante las cuales algunas damas incluso ordenan a su cochero no detenerse a saludar a la carroza real, como era preceptivo por etiqueta. La iniciativa es encabezada por la influyente princesa Sofía Troubetzkoy, esposa del duque de Sesto y jefe del partido alfonsino, que pretende hacer patente la condición de “ extranjera “ y “ usurpadora “ de la nueva reina saboyana.

María Victoria pensó que era costumbre primaveral usar mantilla, por lo que le dijo al rey: «Mañana vendré yo también con mantilla». Al enterarse del motivo de la nueva moda entre las damas, al día siguiente no acudió al paseo. El desaire a la reina causa bochorno. La joven soberana siente profunda tristeza y amenaza con marcharse a Italia si la humillación continúa. Algunos seguidores de esta monarquía liberal deciden tomarse venganza. El joven político Felipe Ducazal, admirador de la figura de Prim y fiel partidario de Amadeo, organiza la “ contra-rebelión “, haciendo pasear en carroza por el Paseo del Prado a varias prostitutas, bien conocidas en Madrid, ataviadas con estrafalarias mantillas y peinetas, ridiculizando la actitud de las aristócratas que, avergonzadas por el escándalo, no lo volverán a repetir.
 


La reina María Victoria renunció a intentar ganarse a unos súbditos que se mostraban tan reacios, y sin cálculo alguno, guiada por verdaderos sentimientos, se dedicó en lo sucesivo a realizar obras de caridad. Buscará conversación y consejo muchas veces en dos eminentes personas, con las cuales forjará una estrecha amistad. La primera, Concepción Arenal, insigne feminista, escritora y liberal, fundadora de numerosas instituciones de beneficencia y creadora en 1871 de la revista La Voz de la Caridad en Madrid, cuya afinidad con la soberana será extremadamente productiva. La segunda, José Luis Albareda, periodista y político liberal, defensor de esta monarquía saboyana.

Acompañada por su mayordomo mayor y una dama de honor, recibe en audiencia diaria a quien lo solicita, especialmente personas con grandes necesidades por enfermedad o penurias. La soberana distribuye al mes más de cien mil pesetas, que en su mayor parte proceden de su fortuna personal, en obras de caridad y donativos a hospitales, hospicios y establecimientos benéficos. Le gusta salir a pie de palacio y recorrer iglesias, donde reza en los reclinatorios mezclada con los demás fieles. Cuando no tiene audiencias, sale a visitar sus instituciones favorecidas y museos. Desde el incidente de las mantillas en el Paseo del Prado, esquiva a la nobleza para no exponerse a sus desaires.




Su primer gran proyecto benéfico en España surge muy pronto: el Asilo de Lavanderas, una hermosa fundación, a medio camino entre hospital y escuela, para que las lavanderas que acudían a hacer la colada en las orillas del Manzanares, pudieran tener un lugar en el que dejar a sus hijos pequeños, recibiendo educación. Puede decirse que fundó ella la primera guardería infantil de España.

Sensible a todas las peticiones de ayuda, María Victoria se compromete siempre a encontrar solución a cualquier problema social que se le plantee. Informada un día del cierre de una fábrica textil por falta de trabajo, que sumirá en la miseria a numerosas familias, dispone de forma privada que se haga a esta fábrica un monumental encargo: un tapiz de cien metros cuadrados, que destinará a la iglesia de San Felipe en Turín y se lucirá en su honor todos los sábados santos.
 



Tampoco abandona en Madrid su pasión por el estudio. En palacio es asidua de la biblioteca real, donde lee con ansia los volúmenes de historia de España. Ama la música y con el tiempo organizará conciertos, a los que acudirán varios cientos de personas. Aunque sufre mucho por el boicot de la nobleza, disfruta de la compañía de los nuevos personajes que componen esta “corte democrática“: profesores universitarios, literatos, periodistas, artistas, científicos y políticos liberales, a los cuales sorprende por la profundidad de sus conocimientos.

A las personas que les demostraban adhesión les obsequiaban con verdadera magnificencia, tanto María Victoria como Amadeo, y en un viaje que éste hizo por varias provincias llevó un verdadero cargamento de relojes de oro con cadena, que entregaba a los alcaldes en recuerdo de la visita. La correspondencia que recibe la reina, repleta de apelaciones a su caridad, posee también misivas anónimas con detalles sobre las aventuras amorosas de Amadeo, que continúa siendo un mujeriego. Uno de los deslices del monarca – aquella supuesta escena en la que, durante uno de sus paseos nocturnos, fingiría ser un duque ante una humilde violetera, que no solamente le habría regalado un ramillete de flores, sino que se le habría entregado sobre el frío banco de una plaza arbolada y a la luz de un farol- daría lugar a que, años más tarde, dos compositores escribieran un par de canciones románticas que popularizarían Raquel Meller y otras cupletistas de la época.



Eugenia de Montijo


María Victoria, triste en su vida íntima, encuentra satisfacción en su continuada labor benéfica, guiada por Concepción Arenal, por cuyo consejo funda nuevas instituciones: un hospicio para niños desamparados y una casa-colegio para los hijos de las cigarreras, además de promover la novedosa iniciativa conocida como “ la sopa económica “, un conjunto de cocinas distribuidas por la capital que dan de comer a diario hasta seiscientas personas sin recursos. La propia soberana suele presentarse algunos días, sin avisar, a vigilar el reparto de alimentos. Durante su breve reinado como consorte se creó la Orden Civil de María Victoria, de muy corta vida, siendo disuelta tras la proclamación de la Primera República.

Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III y emperatriz de Francia, recientemente derrocada con motivo de la guerra franco-prusiana, se ha trasladado en septiembre de 1871 a Madrid para hospedarse en casa de su madre la condesa de Montijo, cuyos salones son lugar de encuentro de la nobleza alfonsina opuesta a Amadeo. A los pocos días de su llegada, la emperatriz y la reina María Victoria se encuentran casualmente en el interior de la iglesia de Santo Tomás. Las dos se conocen desde hace tiempo y comparten parentesco con Clotilde de Saboya, cuñada de ambas. Al principio, muestran alegría al verse y se detienen para saludarse, pero, coaccionadas por las circunstancias políticas, evitan el saludo y cada una sigue por su lado.

María Victoria, apenada, reconoce a Amadeo que no ha saludado a la emperatriz por miedo a que ésta la desairara en público. Con idea de corregir el desagradable desencuentro, los soberanos invitan días después a Eugenia a visitarles en palacio, dónde se la recibiría con honores reales, como a una soberana. Aún así, Eugenia se había negado. Los Montijo y los Alba, dijo, eran alfonsinos. El salón de la condesa de Montijo seguirá siendo promotor del boicot contra los saboyanos. En la primavera de 1872, la reina queda nuevamente embarazada. Para principios del año siguiente, se espera que nazca el primer hijo de los Saboya nacido en España. La reina parece ilusionada; quizás esta circunstancia familiar procure más adeptos a la dinastía.



Fuentes:
María José Rubio, Reinas de España, Siglos XVIII-XXI de María Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz. La Esfera de los Libros S.L. 2009
Fernando Gonzalez-Doria, Las Reinas de España. Editorial Bitacora, S.A. 1989
José María Solé, Los Reyes Infieles. 2005 La Esfera de los Libros S.L
http://es.wikipedia.org/wiki/Rebeli%C3%B3n_de_las_Mantillas
http://colecciondeminiaturas.blogspot.com/2008/11/una-aproximacin-la-miniatura-en-espaa_25.html
http://dinastias.forogeneral.es/maria-vittoria-la-olvidada-t526-72.html

sábado, 27 de agosto de 2011

MARÍA VICTORIA DAL POZZO, Reina de España ( V )


Resulta habitual ver al rey Amadeo por las calles de Madrid, visitando comercios, sin apenas escolta, desayunando como un burgués en el café de París o frecuentando otros lugares donde se divertían ciudadanos de a pie. Algunos le advierten de su temeridad, pues se escuchan rumores sobre la existencia de complots para asesinarle, pero él resta importancia a las supuestas amenazas. La gente de Madrid casi ni le miraba cuando se lo encontraban en algún sitio y esta indiferencia inicial se irá convirtiendo día a día en marcado desdén, que desembocará en manifiesta grosería, en especial por parte de la clase aristocrática. Pronto será motejado como “ Rey Macarroni “. No hablar español será un obstáculo para poder comunicarse, aunque dos años más tarde lo hablará con alguna soltura. El rey se siente solo.

Las primeras críticas al monarca no vendrán por la gestión de los asuntos de Estado, sino por su vida privada, que pronto comienza a ser objeto de habladurías. Amadeo ha conocido en el Teatro Español a una bella dama de tez mate, ojos negros profundos, boca grande y sonriente, y ondulado cabello que caía por delante de sus orejas en dos gruesos mechones, por lo que se la apodaba “ la dama de las patillas “. Era Adela de Larra, hija del escritor Mariano José de Larra. Llevaba una intensa vida social y ostentaba un desmedido lujo eclipsando con sus joyas y trajes a las aristócratas de más relumbrón.


El día que el rey la conoció, recibió en el palco un ramo de flores con una tarjeta que decía “ de un italiano que se siente muy solo ”. No está claro si aún vivía con su esposo o estaba separada de él, cuando inició una apasionada relación amorosa con Amadeo, diez años más joven que ella. Las visitas nocturnas del soberano al hotelito del paseo de la Castellana, donde reside Adela, se comentan ya en todo Madrid. Y también María Victoria, en Turín, sabe de la infidelidad de su esposo por ciertos anónimos recibidos.

La reina, aún no del todo repuesta, se decidió a anticipar su viaje. Fuese o no fuese cierto el rumor de la vida galante de Amadeo, su deber era hallarse en su puesto al lado de su esposo, y que sus hijos crecieran en España y empezaran a familiarizarse con ellos sus súbditos cuanto antes. Empeñada en embarcarse, abandona Turín el 14 de febrero de 1871, en compañía de sus dos hijos pequeños junto a una pequeña corte. A los pocos días de partir, María Victoria se ve aquejada de intensa fiebre. El cortejo se detiene en la ciudad de Alassio y allí permanece durante tres semanas. La soberana parece hallarse en peligro de muerte, hasta el punto de que pide despedirse de sus hijos, se le administra el Viático y da sus últimas instrucciones al confesor para repartir limosna y dotar, en su memoria, a pobres enfermos del Hospital de San Juan en Turín.


Amadeo recibe noticias del grave estado de su esposa y pretende regresar de inmediato a Italia, pero el Consejo de Ministros se lo impide. Por suerte, la infección que sufre María Victoria remite con lentitud y el 8 de marzo está suficientemente repuesta para embarcar, animada también por el telegrama que recibe de su marido: “ Te espero ansioso. Tengo necesidad de ti, en todos los sentidos “.

El día 17 de ese mes, la reina María Victoria llega al puerto de Alicante, en el cual la espera impaciente Amadeo desde hace tres días. El cariñoso reencuentro con su familia resulta extraordinariamente emotivo. La soberana promete no volver a separarse jamás de su esposo. La ciudad levantina les acoge con bastante simpatía. La belleza de la reina y la apostura de Amadeo, impresionan gratamente.


En Madrid, la nueva reina se encuentra con un inmenso palacio en el que no existe corte. Amadeo planea la elección de damas para su esposa y considera favorecer a las nobles de nuevo cuño, las recién encumbradas por los acontecimientos del reinado de Isabel II, ya que éstas probablemente agradecerán el honor que se les ofrece. Ofrecen el cargo de Camarera Mayor a la duquesa de la Torre, esposa del general Serrano, quien lo rechaza, pues ella, que ha tenido tratamiento de Alteza como esposa del Regente, durante el tiempo en que el trono ha estado vacío, considera que no puede descender a servir a “ La Cisterna “, que es como las damas alfonsinas han apodado inmediatamente a la reina.

Se ofrece después este puesto palatino a la duquesa de Prim, que lo acepta halagada, pero al saber que se lo habían ofrecido antes a la esposa de Serrano y que ésta lo había rechazado, da marcha atrás. Declina el honor del nombramiento pretextando el luto riguroso que guarda todavía por la muerte de su marido. Ante esta circunstancia, se ofrece el puesto a la duquesa de Fernán-Núñez, esposa del barón de Benifayó, que lo rechaza por mantenerse fiel a Isabel II, a pesar del “ amadeísmo” de su esposo. María Victoria estará atendida por un reducidísimo número de damas, dos de ellas procedentes de la nueva nobleza. El resto de las damas serán viudas de militares de inferior rango, conocidas en palacio como las “ damas chicas “.


Palacio Real de Madrid



Los nuevos reyes ordenan clausurar muchas de las habitaciones del Palacio Real para reducir el gasto en su mantenimiento. Al tener noticia Isabel II de que Amadeo y María Victoria solamente utilizaban siete habitaciones, comentó: “ ¡ Pobrecillos! ¡ no podrán ni moverse! “. A las recepciones que ofrecían en palacio tan sólo asistían los altos funcionarios, quienes obviamente lo hacían por obligación. María Victoria no quiere, sin embargo, recluirse entre los muros palaciegos, sino que, al igual que ha hecho su marido, pretende dejarse conocer en las calles y participar de las actividades populares. La reina desea integrarse y ser querida por los españoles. Pero la rancia nobleza se ha empeñado en hacer notoria su campaña de desdén hacia la nueva dinastía.

Cuando los reyes pasean por la capital en carroza hacia el Congreso, encuentran las ventanas de los palacios señoriales cerradas a su paso. Si participan en la procesión del Corpus, la nobleza anuncia su ausencia y guarda los tapices que tradicionalmente adornan los balcones en esta ceremonia. Ninguna de las grandes aristócratas ha acudido a presentarse ante la soberana, pero la inocente María Victoria ni siquiera imagina que éstas han ideado además un complot para humillarla en público, que será conocido como “ la rebelión de las mantillas “.


Fuentes:
María José Rubio, Reinas de España, Siglos XVIII-XXI de María Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz. La Esfera de los Libros S.L. 2009
Fernando Gonzalez-Doria, Las Reinas de España. Editorial Bitacora, S.A. 1989
José María Solé, Los Reyes Infieles. 2005 La Esfera de los Libros S.L

jueves, 25 de agosto de 2011

MARÍA VICTORIA DAL POZZO, Reina de España ( IV )


A finales del año 1870, varios fueron los candidatos barajados para ocupar el trono español del que había sido arrojada Isabel II. La idea más generalizada consistía en mantener, si bien bajo planteamientos completamente diferentes, el sistema monárquico. El general Prim, jefe del Gobierno provisional, y que debe presentar definitivamente su candidato a las Cortes españolas, envía emisarios a negociar con Victor Manuel II y rogarle que acepte el ofrecimiento de convertir a su hijo Amadeo en soberano de España. El proyecto interesa al rey, pero choca con el rechazo absoluto del duque de Aosta, que se niega a abandonar Italia.

La elección de Amadeo de Saboya es vista como la solución más aceptable para las potencias europeas y la presión sobre él se torna insoportable. El príncipe se resiste a aceptar la Corona española. El ministro de Asuntos Exteriores italiano le habla de la necesidad de que acepte “ por razones humanitarias ", su padre le insiste en que “ es su deber ". María Victoria sufre viendo a su esposo hundido moralmente por el cargo de conciencia y también lo anima convencida de que puede llegar a ser un buen monarca.

El 13 de octubre, el general Prim recibe noticias de que el duque de Aosta acepta el trono. Y en las Cortes, en solemne sesión que tiene lugar el día 16 de noviembre, es elegido Amadeo de Saboya, por mayoría absoluta, como rey de España. De inmediato, una comisión integrada por veinticuatro diputados viaja a Florencia a buscar al nuevo monarca y acompañarle hasta Madrid.


María Victoria había dado a luz en Turín a su segundo hijo, Víctor Manuel, un niño que ya puede ser considerado infante de España. La nueva reina ha quedado muy debilitada por el parto. Los médicos recomiendan una pausada recuperación, algo difícil de lograr en esas circunstancias. Desde la elección de Amadeo, algunos periódicos radicales le dedican oscuras amenazas, cercanas a la apología del regicidio. Además se reciben varias comunicaciones, unas anónimas y otras firmadas por relevantes personalidades, aconsejando a los reyes que renunciaran a venir a España.

Los amigos íntimos de la pareja real les exhortan a retrasar su marcha hacia España hasta que María Victoria esté repuesta y la situación política se clarifique, pero la comisión de diputados españoles se impacienta ante la indecisión de Amadeo. La mayoría emprende el retorno, dejando una pequeña representación compuesta por siete diputados, que se desplazan a Turín a conocer a la reina María Victoria, aún en cama por el reciente parto. La reina causa en los diputados españoles mejor impresión que su esposo. Recibieron la agradable sorpresa de comprobar que la joven soberana les saludó y conversó con ellos en correcto castellano, sin apenas acento. Se escribe sobre ella: Tiene un rostro de rasgos pronunciados y bellamente correctos, el brillo de sus ojos es especial y su mirada penetrante, su voz es dulce y cariñosa, y la conversación instructiva y amena, e inspira su presencia, al par que el más profundo respeto, la más afectuosa simpatía. Aunque todos hemos oído hablar las grandes cualidades que la adornan, la realidad supera nuestras esperanzas y todos salimos prendados de la que había de ser la Reina de España.


El día 30 de diciembre, Amadeo I llegaba, sin su esposa, al puerto de Cartagena a bordo de la fragata Numancia. Allí recibe la noticia de que su mayor valedor, el general Prim, no ha podido trasladarse para darle la bienvenida en este puerto, como estaba previsto, por haber sufrido un atentado y encontrarse muy grave en su residencia de Madrid. Los italianos que acompañaban al monarca, en especial el marqués de Dragonetti, consideran esa noticia como un mal presagio, aconsejándole que no desembarque y renuncie a la Corona. Pero Amadeo, profundamente conmovido por la suerte del general e impulsado por su estricto sentido del deber, se reafirma en su obligación de cumplir con el compromiso de ser rey de España.

En el camino hacia la capital le comunicaron el fallecimiento del general Prim. Este homicidio, que nunca quedaría aclarado, lanzaba sombras de sospecha sobre destacados personajes de la vida política. El 2 de enero de 1871, el nuevo monarca hace su entrada en Madrid bajo una intensa nevada. En la estación le espera el general Serrano, aún regente del reino. Los asesinos de Prim no han sido apresados y la policía teme que quieran atentar también contra el soberano. Por ello, Serrano sugiere al rey que haga su entrada oficial en carroza y no a caballo, como estaba previsto. Amadeo da ejemplo de extraordinario valor, negándose a iniciar su reinado escondido por miedo ante su pueblo.


Montado a caballo, encabezando la comitiva, atraviesa las heladas calles vacías de la ciudad, altivo y sereno, dejándose observar furtivamente por los madrileños desde las ventanas de las casas. Su primera parada será en la basílica de Atocha para visitar la capilla ardiente del general Prim, ante cuyo cadáver expuesto reza con visible emoción. Seguidamente, se dirige al palacio de las Cortes para jurar la Constitución y las leyes del reino. Después de esta ceremonia, se encamina al palacio de Buenavista, sede del Ministerio de la Guerra, para presentar sus condolencias a la viuda del general Prim, Francisca Agüero, y anunciar una de sus primeras medidas: la concesión del título póstumo de duque de Prim, que podrán utilizar la viuda y sus descendientes.

De camino hacia la residencia real, Amadeo encuentra las contraventanas de los palacios nobiliarios cerradas a cal y canto a su paso. Así le castiga la vieja nobleza, decantada en su mayoría hacia la restauración de la monarquía en el príncipe Alfonso de Borbón, hijo de la expulsada Isabel II. Uno de los gestos más humillantes que recibe el flamante soberano de la casa de Saboya. A los pocos días de instalarse en el palacio real, Amadeo pondrá en evidencia dos cosas: sus gustos sencillos y su poca afición al protocolo … y su debilidad por las mujeres hermosas.



Fuentes:
María José Rubio, Reinas de España, Siglos XVIII-XXI de María Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz. La Esfera de los Libros S.L. 2009
Fernando Gonzalez-Doria, Las Reinas de España. Editorial Bitacora, S.A. 1989
José María Solé, Los Reyes Infieles. 2005 La Esfera de los Libros S.L
http://dinastias.forogeneral.es/maria-vittoria-la-olvidada-t526.html

viernes, 19 de agosto de 2011

MARÍA VICTORIA DAL POZZO, Reina de España ( III )


Con motivo de su matrimonio, María Victoria demuestra su extremada generosidad para las obras de caridad. Acostumbrada desde niña a la austeridad de vestimenta y joyas, manifiesta su voluntad de donar el traje de novia y muchos de los espléndidos regalos recibidos, bien para decorar altares e imágenes religiosas, bien para convertirlos en dinero a distribuir entre pobres y enfermos de la ciudad. Poco antes, ante la inminencia de su enlace y en acción de gracias a Dios, la princesa ha fundado dos hospicios para recién nacidos en Reano y Vestignè, y donado dinero para dotar a las muchachas sin medios de estas localidades.

La tranquilidad del palacio de Stupinigi, construido en el siglo XVIII y rodeado de jardines y bosques, serena el ánimo de la pareja, que inicia su vida en común. Poco después, bajo el título de incógnito de condes de Pollenza, embarcan en Génova en el buque María Adelaida, que les conduce a Marsella y de allí van en ferrocarril a la capital de Francia, para visitar la famosa exposición de París. Serán recibidos por los emperadores Napoleón III y Eugenia de Montijo.

Luego irán a Londres, donde conocerán a la reina Victoria en el castillo de Windsor. La soberana británica les recibe muy afablemente, saludándoles en francés, pero inmediatamente María Victoria se expresó en un inglés correctísimo, lo que agradó mucho a la reina. La amena conversación de la joven duquesa de Aosta causa tan excelente impresión en Victoria de Inglaterra, que organiza paseos y excursiones en honor del nuevo matrimonio, deseando tener siempre a su lado a María Victoria, sintiéndose Amadeo sumamente orgulloso de su esposa. También visitaron Bélgica, para que el príncipe conociese las propiedades de los Merode.


De regreso a Italia, Amadeo es ascendido por su padre al cargo de Vicealmirante de la flota, con la responsabilidad de reorganizar la marina italiana. Esta ocupación le obligará a estar frecuentemente embarcado en los buques de guerra y a viajar de puerto en puerto a lo largo del reino. Durante el año 1868, fallece la madre de María Victoria en el palacio dal Pozzo della Cisterna en Turín y los duques de Aosta reciben la noticia de que una revolución ha destronado en España a la reina Isabel II, que se ve obligada a emprender el camino del exilio hacia París. Amadeo expresa el temor de que lo ocurrido en la península Ibérica sea el detonante que provoque iguales consecuencias en otras monarquías europeas.

En el mes de enero de 1869 nace su primer hijo, el príncipe Manuel Filiberto. En su honor, todos los niños nacidos en Italia el mismo día serán apadrinados por los duques de Aosta. María Victoria, que aparentemente goza de buena salud, queda muy debilitada por el parto, circunstancia que se repetirá con sus sucesivos embarazos. Tarda mucho en recuperarse, mientras se ocupa personalmente de la crianza de su recién nacido.


En la primavera de 1869 el matrimonio se instala en el puerto de La Spezia, desde el cual Amadeo va a emprender una interesante expedición como almirante. Al mando de una escuadra embarca hacia Oriente Próximo, donde llevará a cabo una misión diplomática, visitando los Santos Lugares. Por encargo de su esposa, deja una valiosa corona de oro y piedras preciosas elaborada con las mejores joyas de la casa della Cisterna, gesto que el rey Victor Manuel II encuentra absolutamente excesivo, por lo que ordena requisar el regalo y devolvérselo a su nuera.

Desde Jerusalén, el duque de Aosta prosigue viaje hasta Egipto, donde habrá de representar oficialmente a Italia en la apertura del canal de Suez, junto a los demás jefes de Estado presentes en el gran acontecimiento. María Victoria no soporta la larga ausencia de Amadeo y decide embarcarse, junto a su pequeño hijo, para reunirse con su esposo en El Cairo. El periplo resulta fascinante. En Egipto visita las pirámides y los templos, recorre el nuevo canal.



Un telegrama dirigido a los duques, trastoca repentinamente sus planes. Victor Manuel II se encuentra gravemente enfermo, es probable que muera y se ruega a los duques de Aosta que regresen de inmediato. Aunque el rey de Italia no fallece en este trance, apunto están de hacerlo su hijo y su nuera, que en su viaje de retorno sufren la explosión de una de las calderas del acorazado que les traslada, provocando trece muertos y cuarenta y ocho heridos. Ellos mismos socorren a algunos de los moribundos y María Victoria hace fabricar vendas con sus enaguas para asistir a los heridos.

La duquesa de Aosta se amolda a la vida itinerante de Amadeo. Las ciudades de Nápoles, Brindisi, Tarento, Siracusa, Génova o La Spezia son lugares habituales de residencia para ella, pues lejos de permanecer en el hogar familiar de Turín, viaja de puerto en puerto, con su hijo en brazos y un reducido número de servidores, simplemente por tener el placer de pasar unas horas con su esposo, recibirle y despedirle cada vez que se embarca hacia una nueva escala. La servidumbre de los duques se queja de parecer más una compañía de cómicos que una corte de príncipes. El matrimonio forma una feliz pareja hasta que la turbulenta situación de España les pone en el punto de mira de la política internacional europea.


Fuentes:
María José Rubio, Reinas de España, Siglos XVIII-XXI de María Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz. La Esfera de los Libros S.L. 2009
Fernando Gonzalez-Doria, Las Reinas de España. Editorial Bitacora, S.A. 1989

martes, 16 de agosto de 2011

MARÍA VICTORIA DAL POZZO, Reina de España ( II )


El príncipe Amadeo de Saboya, duque de Aosta, era uno de los cinco hijos de Victor Manuel II - rey de Cerdeña y del Piamonte, y posteriormente, primer rey de la Italia unificada- y María Adelaida de Austria. En junio de 1866, Italia declaró la guerra a Austria con la pretensión de arrancarle su posesión del Véneto. Amadeo marcha al escenario bélico, siendo gravemente herido en la batalla de Custozza. Evacuado del frente, es operado de urgencia en un hospital de campaña y se le traslada a Turín para su convalecencia, instalándole en el castillo de Moncalieri, propiedad de los Saboya. Por su brillante comportamiento en batalla se le concedió la medalla de oro al valor militar.

Acuden algunos de sus compañeros de armas del Regimiento de Novara a hacerle tertulia, y Amadeo oye hablar por vez primera de “ la rosa de Turín “. Esa bellísima joven que en una carroza de luto acude por las tardes con su dama de compañía, miss Boshell, al paseo de San Mauro. Cuentan los oficiales al duque de Aosta aquello que Luisa de Merode ha dicho acerca de que su hija se convertirá en princesa real o ingresará en un convento, y entre bromas le emplazan para que pruebe a ser él el caballero que libere de esa extraña reclusión a María Victoria dal Pozzo della Cisterna.


Amadeo de Saboya siente curiosidad por conocerla en persona y acude al paseo de San Mauro, cruzándose con la enlutada carroza de la hija de los príncipes della Cisterna. El duque queda fascinado de la bella y rica heredera vestida de negro.Y comienza por admirarla de lejos, esperándola en la calle cuando la joven asiste a misa en la iglesia de San Felipe de Turín, la observa cuando transita en carroza por las calles de la ciudad y durante sus escasos paseos por los jardines públicos. Lo que comienza como un juego acaba convirtiéndose en un platónico romance.

El joven Amadeo controla los horarios de la princesa, le deja notas ocultas en los reclinatorios de la iglesia, sin saber si llegarán a su mano, y espera fumando en la esquina del palacio della Cisterna para contemplar a su amada si se asoma a algún balcón. María Victoria se percata del interés del duque de Aosta por ella y desde la distancia le da muestras de sentirse halagada. La institutriz que acompaña a la princesa también se percata del seguimiento a que las somete el hijo del rey y, en cumplimiento de su obligación, avisa de lo que ocurre a Luisa de Merode.

La princesa viuda, consciente de que la sociedad piamontesa estará pronto al tanto de los devaneos del príncipe de Saboya, desea proteger a su hija de un desengaño o de una frivolidad que comprometa su reputación. Da por hecho que el duque de Aosta tendrá pronto proyectos matrimoniales con princesas de otras monarquías y no quiere que el honor de María Victoria quede manchado por una relación pasajera. Por ello, envía recado a Amadeo rogándole que cese en su persecución a su hija.


La recriminación de Luisa de Merode actúa como un revulsivo para el príncipe, que está dispuesto a hacer público su amor por María Victoria y pedirla en matrimonio. El rey Victor Manuel II, que prefiere ver a su hijo casado con alguna princesa real europea, cede ante esta unión por amor y da su consentimiento, dado que Amadeo, segundo en la línea de sucesión, no parece destinado a reinar y que María Victoria dal Pozzo procede de la más alta alcurnia y que aporta una excelente dote. Luisa de Merode tiene la dicha de suspender el rigor de su luto, muy poco después, para recibir en su casa al rey de Italia que, acompañado del príncipe Amadeo, acude en persona a pedirle la mano de su hija.

La enamorada pareja se casaba un 30 de mayo de 1867. El día de la boda, Luisa de Merode se encuentra enferma en cama y no puede acompañar a su hija, quien, en tan señalada ocasión, no contará con la presencia de ninguno de sus familiares. Acompañada por su cuñada Clotilde, recorre en carroza las engalanadas calles de Turín, flanqueada por un impresionante cortejo de guardias reales. En el Salón de Baile de palacio se celebrará el matrimonio civil, y a continuación, en la Capilla Real, la ceremonia religiosa, oficiada por el arzobispo de Turín, cardenal Ricardo di Netro.


La dichosa circunstancia del matrimonio de los duques de Aosta estuvo, no obstante, rodeada de una serie de sucesos trágicos, aprovechados por la prensa para crearle a la pareja un aura de mal fario. En los días previos a la ceremonia, una de las modistas que cosían el vestido nupcial de María Victoria se suicida, ahorcándose en el taller de costura. La princesa se negó a ponerse ese vestido y hubo que confeccionar otro a velocidad meteórica. El portero del palacio de María también se suicidó, abriéndose las venas. El coronel de la Guardia Real no pudo mandar a las fuerzas que cubrían la carrera por presentársele una insolación. El senador Ataulfo, que intervino en el matrimonio civil, muere de apoplejía. Un amigo del príncipe Amadeo, que había actuado de testigo de la boda, nada más terminar el banquete, se pegó un tiro. El abogado Beolici, que medió en el contrato de capitulaciones, también falleció.

Aún más, cuando los duques suben al tren que los llevará a Stupinigi de viaje de novios, el jefe de estación cruza la vía, nervioso y atento a la pareja, sin percatarse de la llegada de una máquina de ferrocarril que lo arrolla trágicamente. María Victoria y Amadeo, consternados, prosiguen el trayecto a Stupinigi, con el cortejo que les acompaña, en carroza. El conde de Castiglione, recién nombrado jefe de la casa de los duques, que marcha a caballo como escolta, a pocos kilómetros de llegar a destino, sufre un desmayo por agotamiento y cae bajo las ruedas de la carroza, que le aplasta el pecho y lo mata. Amadeo, espantado por tanta fatalidad, grita al cielo: “ ¡ Basta de muertes ! “


Fuentes:
María José Rubio, Reinas de España, Siglos XVIII-XXI de María Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz. La Esfera de los Libros S.L. 2009
Fernando Gonzalez-Doria, Las Reinas de España. Editorial Bitacora, S.A. 1989

lunes, 15 de agosto de 2011

MARÍA VICTORIA DAL POZZO, Reina de España ( I )


La muerte de su padre, la enajenación mental de su madre, su belleza y su cultura, crearon una romántica leyenda en torno a esta generosa, efímera y olvidada reina de España. Se casó con Amadeo de Saboya en 1867, a quien tres años más tarde las Cortes españolas eligieron rey en sustitución de la derrocada Isabel II. La reina María Victoria intentó sin resultado agradar a sus nuevos súbditos españoles, mostrando un espíritu solidario y abierto que la condujo a protagonizar diversas obras sociales, como la creación de la primera guardería infantil que se abrió en España. Tras la abdicación de su esposo, regresó a su país y siguió, hasta el último instante de su vida, mandando muchas ayudas para españoles necesitados con la exigencia de que los donativos se hicieran anónimamente o bajo estas iniciales V.P.M ( Victoria dal Pozzo Merode ).

La futura reina de España nació en París el 7 de agosto de 1847. María Victoria Carlota Enriqueta era la primogénita del matrimonio formado por el noble piamontés Carlos Manuel dal Pozzo –príncipe della Cisterna– y de la condesa belga Luisa Carolina Ghislaine de Merode. Su familia paterna era una antigua familia aristocrática originaria del Reino de Cerdeña, mientras que por parte materna estaba emparentada con los Grimaldi de Mónaco. María era un precioso bebé de cabellos rubios, ojos azules y tez pálida, todo un paradigma de belleza tal y como se estilaba en aquella época. Cuatro años más tarde nacería Beatriz, su única hermana.


Palazzo dal Pozzo della Cisterna

Las princesitas conocen en su infancia a tres institutrices por igual de severas y competentes. Primero es la inglesa miss Wilkinson, a quien sucede luego mademoiselle Brebion, sustituida después por María Cerretelli. Las niñas hablan desde bien pequeñas italiano, francés, inglés y español. Más tarde los conocimientos lingüísticos de María se enriquecerán con el aprendizaje del alemán, el latín y el griego. En 1852 la familia se trasladó a Turín para instalarse en el antiguo palacio de los Cisterna, donde las jóvenes completaron su extensa formación cultural.

María y Beatriz se sienten felices en Italia, bajo los atentos cuidados de su aya italiana y la constante compañía de su padre que con frecuencia las lleva de excursión por el Piamonte. Su madre les enseña los valores de la devoción cristiana y la caridad. El príncipe contrata a ilustres profesores universitarios para instruir a sus hijas en la literatura y las ciencias. María asombra a todos por su despierta inteligencia y por su afán de estudiar.


Sin embargo, aquel luminoso futuro que se abría ante ella se oscureció de forma abrupta el 25 de marzo de 1864, tras la inesperada muerte de su padre y la posterior enajenación temporal de su madre. Luisa de Merode se negó a enterrar el cadáver de su esposo y obligó a sus dos hijas a permanecer encerradas junto a ella y a velar durante varios días al difunto príncipe, en la capilla ardiente instalada en uno de los suntuosos salones del palacio que habitaban. Este hecho marcaría profundamente a las dos adolescentes, en especial a la menor de las hermanas. La visión del cadáver en progresiva descomposición, el mal olor y las muchas horas pasadas en oración, dejan a la pequeña Beatriz profundamente impactada y extenuada.

Cuando al fin la princesa viuda accede a que el féretro de su marido se cierre para ser llevado a enterrar, su hija menor queda postrada en el lecho, del que no volverá a levantarse. Los médicos dictaminan que se debe al "gasto emotivo" por el fallecimiento del padre. Un mes más tarde fallece la pequeña Beatriz dal Pozzo, víctima de un ataque virulento de tifus, a los trece años de edad.


Palazzo dal Pozzo della Cisterna

Es un duro golpe para nuestra María, que aún no ha cumplido diecisiete años, y queda sola con su madre. La joven, como única y última descendiente de esta dinastía, hereda todas las posesiones y títulos familiares acumulados durante siglos. Es inmensamente rica. Su vida, sin embargo, lejos de traslucir riqueza y títulos, se convierte en un mundo de encierro, luto y soledad.

La muerte de Beatriz no hizo más que incrementar el desequilibrio de su madre. La princesa viuda se niega a recibir visitas, despide a la mayoría de los criados, viste los palacios de Reano y de Turín de negro. Se cierran los salones de recepción, se enfundan los muebles y se colocan crespones de luto por todas las habitaciones. Apenas se abren las contraventanas de los balcones y los palacios parecen deshabitados.



María no se separa de su madre ni de día ni de noche y colabora con ella en la meticulosa gestión del patrimonio heredado. Viven con extraordinario recogimiento y economía de gastos. Ahorran en lujos comunes a otras familias aristocráticas y la joven María apenas renueva su vestuario. No asiste a fiestas ni al teatro, ni siquiera se relaciona con jóvenes de su edad. Si sale del palacio familiar, es casi siempre para acompañar a su madre, en la carroza de luto, a visitar conventos e iglesias.

Lo único en lo que Luisa de Merode no escatima, es en la educación de su hija, cuyo afán por el estudio se ha convertido en el principal alivio para mitigar su amargura. Los consejeros espirituales de la princesa viuda critican la excesiva soledad en que mantiene a su hija, que por su carácter bondadoso se ha acostumbrado a seguir los deseos de su madre, siempre triste y melancólica.


Amadeo de Saboya

En mayo de 1865, un año después de tan señalada desgracia familiar, Luisa de Merode decide poner fin al enclaustramiento y llevar a su hija de viaje, permitiendo que conozca Florencia y la Toscana. Desde allí parten hacia París y Bruselas, para reencontrarse con la familia Merode y recorrer las posesiones que la princesa viuda della Cisterna posee allí y que en un futuro pasarán a ser propiedad de su hija. En Turín corre el rumor de que han ido a buscar marido para la joven, que ya tiene dieciocho años.

En el Piamonte, por su condición de rica heredera, sus títulos nobiliarios, belleza y exquisita formación, se conoce a María Victoria como “ la rosa de Turín “, una codiciada soltera para cualquier familia de alto rango. Su madre, sin embargo, afirma a quien le pregunta sobre el asunto: “ María sólo se casará con un príncipe real o entrará religiosa “. Y esta última eventualidad no se daría, porque al año escaso de la muerte de su padre, María conoce al joven Amadeo de Saboya, duque de Aosta, que acababa de regresar de la guerra con Austria.


Fuentes:
http://www.elmundo.es/suplementos/magazine/2006/366/1159285359.html
María José Rubio, Reinas de España, Siglos XVIII-XXI de María Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz. La Esfera de los Libros S.L. 2009
Fernando Gonzalez-Doria, Las Reinas de España. Editorial Bitacora, S.A. 1989
http://es.wikipedia.org/wiki/Mar%C3%ADa_Victoria_del_Pozzo

domingo, 14 de agosto de 2011

MARÍA BASHKIRTSEFF



María Konstantinovna Bashkirtseva nace el 24 de noviembre de 1858 en Gavrontsy, población rural de Ucrania, en el seno de una familia de alto linaje aristocrático. Tras la separación de sus padres, siendo María una niña aún, acompañó a su madre en sus constantes viajes por Europa, llegando a vivir temporadas en Viena, Baden y Ginebra. A los doce años le pide a su familia trasladarse a Niza, consciente ya de que esa ciudad le permitiría desarrollar sus dotes artísticas. Es allí donde, a los trece años, inicia la redacción de un diario en el que, sin pudor, pone al descubierto su particular psicología y su visión personal de la lucha de las mujeres artistas.

Además del ruso y francés, que conocía desde la cuna, María habla inglés, alemán, italiano, griego y latín. También muestra gran interés por la música, para la cual estaba especialmente dotada, llegando a tocar el arpa y el piano. Aprende a bailar el ballet clásico de los grandes compositores rusos y su prodigiosa voz de mezzo-soprano la anima a probar suerte en el mundo de la ópera.



A los diecinueve años, cuando una tuberculosis ya irreversible trunca sus proyectos como cantante, decide trasladarse con su familia a París e iniciar allí su carrera en las bellas artes. Alterna sus clases en la Academia del maestro Rodolphe Julian (uno de los pocos establecimientos en que aceptaban estudiantes femeninas) con visitas a balnearios curativos donde encontrar remedio al mal que la va consumiendo. Se dedica a la pintura con el mismo entusiasmo con que lo hizo a la música y ni siquiera su quebradiza salud la disuade de salir a las húmedas y frías calles parisinas a la caza de imágenes que, luego, darán vida a sus telas y cartones.

María no abandona la diaria redacción de su vida, y es a través de sus escritos que sabemos de la lucha titánica de esta mujer por superar su enfermedad. En sus página cuenta el sufrimiento que le producen las curas, llegando a padecer una sordera que la aísla y apenas le permite escuchar las arias de la ópera cuando acude al teatro. Aun así, María no se resigna a perder este personal pulso con la muerte y sigue creando.



El día veinte de octubre de 1884, con sólo veintiséis años, muere María en los brazos de su madre. Sus últimas palabras fueron de elogio a lo que más quería: " ¡ Mamá... mamá... la vida... es bella ! ". Fue sepultada en el Cementerio de Passy en Paris. Su tumba, una pequeña capilla de estilo ruso diseñada por Emile, arquitecto y hermano de su amigo el pintor Jules Bastien-Lepage, es una recreación de su estudio y ha sido declarada monumento nacional por el gobierno de Francia.

María Bashkirtseff pasó como una estrella fugaz por la vida y por el universo del arte, pero le dio tiempo suficiente para dejar huella: tras su muerte se exponen sus obras (un centenar de óleos y pasteles de indudable valor realista que ahora cuelgan en prestigiosos museos de todo el mundo) y en 1887 se publica el " Journal de Marie Bashkirtseff " con un enorme éxito de público y de crítica, sobre todo en Estados Unidos, Inglaterra y Francia. Sus cuadros más conocidos son Un meeting (representando a niños de los barrios pobres de Paris) y El Atelier Julián (sus compañeras artistas durante el trabajo). Muchas de sus obras fueron destruidas durante los bombardeos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial.


The Meeting (1884)


Automne (1883)



L'atelier Julian ( 1881 )

Fuente:
http://www.escritorasypensadoras.com/fichatecnica.php/299
http://es.wikipedia.org/wiki/Maria_Bashkirtseff

FLORENCE NIGHTINGALE


Florence Nightingale fue una célebre enfermera, escritora y estadística británica, considerada una de las pioneras de la enfermería moderna y creadora del primer modelo conceptual de enfermería. Se destacó desde muy joven en matemáticas y aplicó sus conocimientos de estadística a la epidemiología y a la estadística sanitaria.

Nació el 12 de mayo de 1820 en el seno de una familia británica de clase alta en Florencia, Italia, y recibió el nombre de su ciudad natal. Mientras sus padres le buscaban un marido adecuado para que pasara el resto de su vida bajo un cobijo seguro y estable, ella, independiente y consciente de que no estaba hecha para la vida ordinaria, gritaba a los cuatro vientos que quería estudiar matemáticas. Florence era una mujer moderna que, pese a la moral conservadora de la época, siempre se salió con la suya. Pero no lo hizo por un acto de rebeldía, sino porque tenía muy claro hasta dónde quería llegar. Cuando, siendo adolescente, dijo a sus padres que quería ser enfermera, se creó tal revuelo que no le quedó otra opción que esperar a ser mayor de edad para poder dedicarse a lo que quería. Y logró formarse como enfermera.


El oficio de enfermera estaba mal visto. En esa época, se asociaba a una clase social baja e ignorante. Gracias a Florence Nightingale nació una nueva profesión para la mujer y se universalizó la formación de enfermeras. Lo primero que hizo fue crear una escuela de enfermería, una institución laica donde primaban las prácticas en el hospital y donde cada alumna tenía un salario mínimo. De la escuela de Nightingale salieron enfermeras destinadas a todos los rincones del mundo, creando una red internacional de escuelas que aplicaban el mismo sistema de enseñanza. El concepto básico era que la enfermera tenía que velar por el bienestar del paciente.

Florence dignificó el trabajo de la enfermera gracias a la experiencia adquirida durante los años de la guerra de Crimea. Después de hacer prácticas en varios hospitales de Inglaterra y Europa, la designaron como directora de un grupo de treinta y ocho enfermeras que trabajaban con los militares heridos en la guerra. A partir de ese momento fue conocida como «La Dama de la Lámpara», por su costumbre de realizar rondas nocturnas con una lámpara para atender a sus pacientes.


A su regreso a Londres comenzó a reunir evidencia ante la Comisión Real para la Salud en el Ejército, a fin de sustentar su posición de que los soldados fallecían debido a las deplorables condiciones de vida en el hospital. Esta experiencia influyó decisivamente en su carrera posterior, llevándola a abogar por la importancia de la mejora en las condiciones sanitarias hospitalarias. En consecuencia, ayudó a reducir las muertes en el ejército durante tiempos de paz y promovió el correcto diseño sanitario de los hospitales.

Uno de sus mayores logros fue la introducción de enfermeras entrenadas para el cuidado de enfermos a domicilio, en Inglaterra y en Irlanda a partir de 1860. Esto significó que los enfermos pobres podrían acceder a ser cuidados por personal capacitado, en lugar de ser cuidados por otras personas de buena salud, pero también de escasos o nulos recursos como para acceder a una formación adecuada en la materia. Esta innovación es vista como el antecedente del Servicio Nacional de Salud británico, establecido cuarenta años después de la muerte de Florence Nightingale.

A inicios de los años 80, escribió un artículo para un libro de texto en el cual abogó por la toma de estrictas precauciones para eliminar los gérmenes. Dicho trabajo sirvió como inspiración para las enfermeras que actuaron en la Guerra de Secesión Estadounidense. El gobierno de la Unión solicitó su consejo para la organización de la sanidad militar. A pesar de que sus ideas se toparon con el rechazo de la oficialidad, igualmente inspiraron el cuerpo de voluntarios de la Comisión Sanitaria de Estados Unidos.

Florence ha sido descripta como una verdadera pionera en la representación gráfica de datos estadísticos y se le atribuye el desarrollo de una forma de gráfico circular, hoy conocido como diagrama de área polar o diagrama de la rosa de Nightingale, equivalente a un moderno histograma circular, a fin de ilustrar las causas de la mortalidad de los soldados en el hospital militar que dirigía. En sus últimos años realizó un exhaustivo informe estadístico acerca de las condiciones sanitarias en las zonas rurales de la India, y lideró la introducción de mejoras en la atención médica y del servicio de salud pública en ese país.


Además de Notas sobre Enfermería, entre sus libros más populares figuran Notas sobre Hospitales, que trata sobre la correlación entre las técnicas sanitarias y las instalaciones médicas; y Notas en cuestiones que afectan la Salud, la Eficiencia y la Administración Hospitalaria del Ejército Británico.

El 13 de agosto de 1910, a los noventa años, falleció mientras dormía y fue sepultada en el cementerio de St. Margaret Church en East Wellow, Hampshire. En la actualidad se celebra en el aniversario de su nacimiento el Día Internacional de Concienciación de las Enfermedades Neurológicas e Inmunológicas Crónicas.


Fuentes:
http://es.wikipedia.org/wiki/Florence_Nightingale
Teresa Vallbona, Grandes mujeres, el lado femenino de la historia. Editorial Océano S.L. 2010

CATALINA LA GRANDE, Emperatriz de Rusia ( IV y última )


La despreciada clase alta se concentraba en centros urbanos como Kazan. Allí la revuelta explotó en una guerra de clases. Durante dos días, los rebeldes avanzaron hacia el centro de la ciudad, destrozando las casas de los nobles que encontraban a su paso. Quemaban las casas, robaban todo lo que podían, mataban al terrateniente, violaban y mataban a las mujeres, y seguían adelante. El único lugar a salvo del terror era la fortaleza del centro de la ciudad. La ciudadela central de Kazan, una guarnición militar llena de armas y municiones. Si caía la ciudadela, el camino hacia Moscú quedaría abierto. Para Pugachev, el cosaco que quería ser emperador, Kazan era la primera parada en el camino al trono ruso.

Cuando Catalina supo que Kazan estaba siendo atacada, se dio cuenta de que aquello no era una rebelión campesina normal. Supo que Pugachev había reunido a sus fuerzas, reformado su ejército, mayor que nunca, y que había saqueado la ciudad de kazan. No sólo la fuerza del imperio estaba amenazada sino también su vida y su reino. La emperatriz se empezó a preocupar de verdad, no estaban preparados para enfrentarse a esa fuerza. No habían calculado bien su tamaño, habían subestimado las estrategias de Pugachev, su versatilidad y su astucia en las tácticas militares.


Durante dos días, las fuerzas de Pugachev aterrorizaron a la ciudad pero no consiguieron el premio, la fortaleza central de Kazan. Desde dentro las fuerzas de Catalina devolvían el fuego, matándolos a miles. El ejército rebelde abandonó la ciudad confundido y desordenado. Tras diez meses de violencia, la revuelta finalmente había terminado. Pugachev y sus hombres fueron echados de Kazan y después tomaron diferentes rumbos. Él intentó regresar a la región del Don, de donde era originario, para volver a conseguir apoyo, pero nunca llegó. Catalina puso precio a la cabeza de Pugachev. Una recompensa de diez mil rublos. Mientras la emperatriz sofocaba la revuelta, Grigori Potemkin hacia historia en el frente turco. Los generales rusos obligaron a los turcos a firmar un tratado de paz. La guerra turca de Catalina finalmente había terminado.

Ahora el único enemigo contra el que debían luchar las tropas de Catalina era Pugachev y los restos de su revuelta. Con diez mil rublos por su cabeza, el aspirante a zar de Rusia se convirtió en un hombre perseguido. Su propia gente, los cosacos, encabezaban la búsqueda. La recompensa de Catalina era demasiado tentadora para resistirse. Si podía llegar al Volga, podría ir nadando hasta la frontera y la libertad, sino se enfrentaría a la ira de la emperatriz. Pugachev fue capturado por los cosacos y lo llevaron hasta las autoridades imperiales del corazón de la región del rio Yaík. Le encadenaron y lo metieron en una jaula de metal construida especialmente, como si fuera una especie de animal salvaje, y le enviaron a Moscú para interrogarle.


En el campo, los terratenientes se tomaron la justicia por su mano y empezaron a matar a los siervos que habían apoyado la revuelta. Catalina lamentaba la violencia, pero la humanitaria emperatriz no se decidió a liberar a los esclavos rusos. Liberar a los siervos significaría la bancarrota de todas las familias nobles de Rusia y probablemente, le costaría el trono. En lugar de liberar a los siervos, la emperatriz intentó arreglar las divisiones de Rusia perdonando a todos los campesinos que habían tomado las armas en la rebelión. Los mensajeros proclamaban su amnistía por todas partes. Pero para uno de los rebeldes no habría perdón.

En enero de 1775, Pugachev era juzgado ante un tribunal especial. La condena estaba garantizada. La sentencia por su traición: ser destripado y despedazado. La emperatriz se negó a asistir a su juicio o a su ejecución, no pondría un pie en Moscú hasta que el rebelde fuese exterminado. Pero hasta con el traidor, Catalina tuvo un toque de piedad, ordenó que se le decapitara inmediatamente. Pero su cuerpo fue desmembrado y quemado, y sus cenizas esparcidas al viento.


Catalina también tendría que enfrentarse a otro reclamante del trono ruso, en este caso, una joven que decía ser la princesa Tarakanova, hija de la zarina Isabel I y de su amante el conde Razumovsky. Su hermosura y gran atractivo, sedució y conquistó a un gran número de personalidades que acabaron por unirse a su causa. Catalina con la ayuda de Orlov planeó tenderle una trampa, en la que cayó, siendo arrestada y encarcelada. Murió de tuberculosis en su lúgubre celda.

Después de su romance con Grigori Potemkin, la emperatriz siguió manteniendo una vida sentimental prolífica. Ella siempre mostró su generosidad hacia sus amantes, que eran elevados a altos cargos durante todo el tiempo en que fueron favoritos, e incluso después del final de un romance les concedía grandes riquezas en tierras y siervos. Su último amante, el príncipe Zubov, cuarenta años menor que ella, resultó ser el más caprichoso y extravagante de todos ellos.


Catalina se comportó duramente con su hijo Pablo. En sus memorias, indicó que su primer amante, Sergei Saltykov, era su verdadero padre. Pero Pablo se parecía físicamente a su esposo el zar Pedro III. Parece muy probable que tenía la intención de excluir de la sucesión al heredero y dejar la corona a su nieto mayor, Alejandro. Ello se debería probablemente a la desconfianza que le producía el carácter de su hijo. De esta manera, lo mantuvo en un estado de semi-destierro en Gatchina y Pavlovsk, resuelta a no permitir que se debatiera su autoridad.

En 1796, la gran Catalina II de Rusia falleció a los 67 años de edad, dos días después de sufrir una embolia cerebral. Subió al trono su hijo Pablo I y una de sus primeras acciones como zar fue ordenar que se exhumasen los restos de su padre Pedro III para rendirles los honores que sin duda se merecía a su juicio. Los enterró en la catedral de San Pablo y San Pedro de San Petersburgo junto a Catalina. Sobre los dos ataúdes puso un estandarte que decía: Separados en vida, unidos en la muerte.


Fuente:
http://es.wikipedia.org/wiki/Catalina_II_de_Rusia
http://www.dondocumentales.com/2011/03/catalina-la-grande-2-parte.html
http://www2.esmas.com/editorial-televisa/vanidades/biografias/055258/biografia-catalina-grande
http://ia700402.us.archive.org/20/items/pasajes_historia_0607/09_-_Catalina_la_Grande_Vs._Pedro_III.mp3

sábado, 13 de agosto de 2011

CATALINA LA GRANDE, Emperatriz de Rusia ( III )


Como Pedro el Grande, Catalina procuró occidentalizar Rusia y amplió las fronteras del imperio ruso hacia el sur y hacia el oeste, absorbiendo Nueva Rusia, Crimea, Ucrania, Bielorrusia, Lituania y Curlandia, a expensas de los dos estados más extensos de la zona, el Imperio otomano y la Mancomunidad Polaco-Lituana. En total añadió unos 518.000 km² al territorio ruso. Durante su reinado, Catalina tuvo varios enfrentamientos con el poderoso imperio turco otomano, al que derrotó sucesivamente, y controló los intentos de independencia de Polonia.

Para los rusos la expansión del imperio de Catalina sólo traía hambre, penurias y muerte. Los pueblos y las familias quedaban destrozados tras el reclutamiento y empobrecidos tras los impuestos de la guerra. Los siervos del campo estaban hartos de que los terratenientes les explotasen y abusasen de ellos. Los campesinos estaban cansados de ver a miembros de su familia arrastrados al ejército de Catalina. El brillante esplendor en el que vivía la emperatriz, su corte y un pequeño número de aristócratas, era posible gracias al sudor y al esfuerzo de millones de hombres y mujeres que se quedaban muy poco de lo que su trabajo generaba.


En 1773, los cosacos de la región del rio Yaík se atrevieron a protestar contra las injusticias del régimen de Catalina. En respuesta, los inspectores del ejército les castigaron con brutales azotes o cortándoles la nariz. Las humillaciones y la brutalidad generaron desprecio hacia el régimen. Un cosaco desertor del ejército ruso, llamado Emelian Pugachev, anunció que era el zar derrocado, aprovechando que a miles de kilómetros de San Petersburgo nadie había visto nunca al asesinado Pedro III y nadie estaba muy seguro de cómo había muerto. Podría haber escapado, y eso significaba que la bandera que enarbolaba era la supuesta bandera del verdadero zar, cuyo lugar había sido tomado por su esposa de forma ilegítima.

Pugachev no era un cosaco perdido sino el marido de Catalina, que regresaba de entre los muertos para pedir justicia para su pueblo. Decía que su espada era un regalo de su abuelo Pedro El Grande y que su espalda era un mapa de los abusos que había sufrido a manos de los secuaces de la emperatriz. Publicó un manifiesto proclamando el fin de la servidumbre y de los impuestos, así como del reclutamiento militar. Venía para traer a los campesinos tierra y libertad. Eran palabras que la gente llevaba muchas generaciones queriendo oír. Empezaron a apoyarle y rápidamente comenzó a hacerse con pueblos y más pueblos. Los clérigos le bendecían. Cuantas más fortalezas tomaba, cuantos más escuadrones de soldados imperiales vencía, mayor era su prestigio, más seguidores conseguía, más cañones capturaba, más se expandía la rebelión.


A 1.600 kilómetros, en la corte de San Petersburgo, también se abría otro frente para la emperatriz. Su hijo y heredero de diecinueve años, quería la corona rusa mas pronto que tarde. El Gran duque Pablo no sentía cariño por su madre y para algunos, Catalina sólo era regente por su hijo. Cuando el heredero alcanzó la mayoría de edad pidió a la guardia imperial que apoyase su derecho al trono. Catalina contraatacó, dejó clara su autoridad sobre su hijo casándole con una princesa alemana y enviando a los guardias desleales a Siberia. Aún así, Pablo continuaba decidido a reclamar su derecho de nacimiento. Era el legítimo zar.

El amante de Catalina, Grigori Orlov, también había traicionado su confianza. A Orlov le habían encontrado con otras mujeres y su única misión política, conseguir un acuerdo de paz con los turcos, había sido un rotundo fracaso. De repente, además de la guerra con Turquía, de un hijo hambriento de poder y de un amante incompetente, Catalina se enfrentaba a una nueva prueba. Una lucha por el alma de Rusia con un fantasma, un cosaco que afirmaba ser su marido asesinado, el zar Pedro III. Su llamada a las armas contra el régimen de Catalina atraía a los campesinos y jornaleros de todo el imperio.


Desde su improvisado trono, el falso zar sometía a los terratenientes y nobles capturados a duros castigos. El ejército de Pugachev asesinaba gente, violaban mujeres, tomaban las fortalezas y las quemaban. Pugachev tomaba como cortesanas a todas las chicas aristócratas que podía capturar. Incluso encargó que le hicieran un retrato real sobre un cuadro de Catalina La Grande, dejando sus ojos expuestos para que el insulto fuera mayor.

Mientras la rebelión amenazaba con engullir el campo, Catalina dio algunos valientes pasos para contenerla. Impuso la censura de las noticias, durante meses sólo los más cercanos al trono supieron del desarrollo de la revuelta. La emperatriz no podía permitirse dejar que el cáncer se extendiera. Los soldados imperiales persiguieron a Pugachev. Con su ejército ocupado en la guerra turca, Catalina sólo podía enviar pequeñas fuerzas para controlar la frontera. Incapaces de capturar a Pugachev, las tropas imperiales idearon una nueva estrategia. Buscaron a su esposa y a sus hijos, y les exhibieron por las tierras rebeldes como pruebas vivientes de que el cosaco no era Pedro III. Pero no pudieron detener la insurgencia.


La creciente velocidad de la rebelión dejó a Catalina perdida. Necesitaba un aliado, un hombre, un experimentado militar en quien pudiera confiar. Atrajo a un viejo admirador, Grigori Potemkin, ahora héroe de guerra del distante frente turco. Potemkin regresó rápidamente a la corte y pronto reclamaría el premio que había deseado durante tanto tiempo: el corazón de Catalina. Romántico y héroe de guerra, estaba a la altura de la emperatriz en pasión y ambición. De todos sus amantes, sólo Potemkin consiguió la categoría de verdadero compañero. Corrió el rumor de que la pareja se había casado en secreto durante la primavera de 1774. Potemkin incluso llegó a compartir el poder del trono.

Juntos, la zarina y su alma gemela, planearon una estrategia para el imperio. Con dos frentes abiertos: la guerra turca y la revuelta de Pugachev, Potemkin exhortó a Catalina a terminar con la guerra. Si sus generales firmaban la paz en el campo de batalla, podían liberar tropas para aplastar la rebelión del centro del país. Las fuerzas de Catalina montaron su base de operaciones en un lugar estratégico: la mayor de las ciudades orientales de Rusia, Kazan. Hasta allí llegó Pugachev con un ejército de casi 30.000 campesinos y cosacos, y lanzó un ataque sobre Kazan. Si la ciudad caía su siguiente objetivo estaba claro: la joya de la Corona del imperio de Catalina, Moscú. Si la llamada de una lucha de clases de los rebeldes llegaba al corazón del imperio, la sociedad rusa quedaría destrozada.


Fuentes:
http://www.dondocumentales.com/2011/03/catalina-la-grande-2-parte.html
http://es.wikipedia.org/wiki/Catalina_II_de_Rusia
http://www.mundohistoria.org/blog/articulos_web/catalina-la-grande
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...