Catalina envió rápidamente manifiestos detallados que establecía su derecho al trono y su necesidad de hacerse con él para salvar a Rusia de la ruina. Después planeó una inteligente coronación, de una semana de duración, a la que invitó a los principales embajadores y monarcas de Europa para consolidar su legitimidad. Pero la pompa y la ceremonia de su coronación no podían ocultar los hechos. Catalina no había nacido en la línea de sucesión al trono ruso. Para hacerse con el poder había derrocado al emperador legítimo y había promovido su asesinato. Y ante muchos ojos, reinaba sólo como regente hasta la llegada del siguiente Zar legítimo, su hijo de ocho años, el Gran duque Pablo.
La corona rusa podía ser peligrosa, si Catalina perdía su poder, podía ser derrocada como usurpadora extranjera o ejecutada por asesinar al verdadero Zar. Y además había un nuevo Zar en potencia, su propio hijo Pablo. Pero a Pablo lo había criado la zarina Isabel y era casi un extraño para su madre. La emperatriz sabía que su hijo no era la única amenaza para su reinado. Semanas después del asesinato de su esposo, había investigado a un rival que estaba escondido, el prisionero sin nombre número uno. Durante veintiún años, todos menos el primer año de su vida, Iván VI había vivido bajo vigilancia. Había conocido a la prima Isabel I que le había derrocado y al malogrado Pedro III. Ahora era el turno de Catalina La Grande.

Iván VI
La historia de Iván, el último eslabón con el viejo régimen, ilustraba los peligros que suponían los rivales de la familia y como siempre era un tentador hombre de paja para cualquiera que planeara un golpe de estado. Catalina estaba dispuesta a dejar que Iván viviera pero con sus condiciones. Si alguien intentaba liberar al prisionero sin nombre número uno, los guardias tenían órdenes de matarle. Así que el muchacho continuó en la fortaleza de Shlisselburg en un calabozo con los guardias, daga en mano, dispuestos a matarlo si era necesario.
Otra prioridad de la zarina Catalina era asegurar su poder, a los Orlov y a la leal guardia imperial. Podía ser que Catalina tuviera la corona pero eran los Orlov quienes la habían robado para ella, y podían volvérsela a quitar. Al subir al trono, recompensó a Grigori Orlov, a su hermano Alexei y a sus amigos con medallas, títulos, tierra y siervos. En 1764, Catalina hizo nombrar a su antiguo amante Poniatowski, rey de Polonia bajo el nombre de Estanislao II. Pero también premió a la vieja nobleza y se ganó el apoyo de todo el mundo. La servidumbre era la raíz del poder zarista y la fuente de su riqueza. Los siervos eran campesinos ligados legalmente a la tierra y conducidos a la esclavitud por deudas abusivas con sus nobles terratenientes.
Cuando los nobles recibían nuevas fincas de la corona, los campesinos que vivían en ellas se convertían en sus siervos. El sistema volvió esclavos a miles de personas y dio a algunos terratenientes riquezas mayores que las de los reyes. La mayoría de los rusos tenían pocas posibilidades de escapar de la vida en lo más bajo del escalafón, pero para los pocos que estaban arriba, el sistema funcionaba perfectamente. Eran los nobles terratenientes los que apoyaban a la corona y la nueva emperatriz entendía muy bien la importancia de tenerles contentos. El poder de Catalina dependía de que la nobleza la apoyara y eso ocurriría si les dejaba en paz en sus fincas, en donde podían hacer lo que quisieran con sus siervos.
Los nobles comerciaban con sus siervos como con ganado. Los soldados eran azotados y enviados a los confines del imperio. El resentimiento crecía, hasta que la oposición empezó a centrarse en el hombre que podía desafiar el derecho de Catalina al trono. Vasily Mirovich, un soldado de la fortaleza en la que estaba recluido Iván VI, se enteró de un peligroso secreto: la identidad del prisionero sin nombre. Ideó un plan para rescatarlo y devolver al verdadero Zar al trono. Mirovich proclamó que Iván VI era el verdadero emperador y con algunos conspiradores tomó las puertas de la prisión. Pero los rescatadores de Iván no fueron los primeros en llegar a su celda. Los guardias del prisionero, siguiendo órdenes del palacio imperial, apuñalaron al desdichado Iván y lo mataron. Era el bebé Zar que había sido encerrado en la cárcel, un niño sacrificado para que Isabel I se hiciera con el poder. A los veintitrés años de edad, el zar Iván yacía asesinado. Finalmente, su cadena perpetua había terminado.

Grigori Potemkin
Tras el golpe de estado que la situó en el poder, Catalina La Grande se rodeó rápidamente de consejeros militares y políticos, hombres que otorgaban experiencia y músculos a la corte. Desde el principio, un hombre había trabajado incansablemente para ganarse tanto el corazón de Catalina como un lugar en su círculo más íntimo, el atractivo guardia Grigori Potemkin. No sólo era muy guapo sino también notablemente inteligente, un hombre especialista en religión, en asuntos militares, en política y podía hablar sobre cualquier cosa.
Potemkin era un maestro de la seducción, pero los Orlov controlaban el acceso a Catalina y sus guardianes tenían dudas sobre la creciente intimidad entre Potemkin y la emperatriz. No ayudaba que cada vez que Potemkin se encontraba con ella en los kilómetros de pasillos del palacio de invierno, se pusiera de rodillas, le cogiese la mano y la besara una y otra vez, diciendo: “ estoy apasionadamente enamorado de usted, su Majestad imperial “, porque los Orlov se habían enterado y se dice que le invitaron a jugar a billar. Los Orlov le dieron un mensaje a Potemkin con los nudillos, debía dejar en paz a Catalina. Un golpe en el ojo izquierdo de Potemkin, le dejó ciego en ese lado. Se tomó en serio el aviso y abandonó la corte imperial, por el momento.
Catalina era una experta en el juego del poder, sabía que en la Europa del siglo XVIII los monarcas eran considerados ilustrados si seguían ciertas reglas. Una, era expandir su nación; otra, llevar a cabo un programa de reforma; y una tercera, era cuidar y participar de las artes. Y cumplió muy bien con esos objetivos, así se ganó la adulación de sus contemporáneos. Abordó la delicada tarea de reformar su sociedad esclava, reescribió las leyes rusas, construyó escuelas en cada rincón del país, convirtió a Rusia en la super potencia de su época y a San Petersburgo en una capital de primera clase, llenando su palacio con obras de los mejores artistas europeos.
La emperatriz comenzó en 1764 a adquirir, de manera casi obsesiva, grandes obras de arte, joyas y libros de gran valor. Apoyó personalmente a escritores como Voltaire y Diderot, pioneros de la ilustración. Voltaire la alabó con epítetos como " La Estrella del Norte " y la " Semíramis de Rusia ". Catalina mantuvo con él una correspondencia que se alargaría quince años, desde su adhesión a la muerte del filósofo en 1778. Aunque nunca consiguió reunirse con él, la emperatriz lloró amargamente cuando murió, y adquirió su colección de libros, que compró a sus herederos, y los colocó en la Biblioteca Pública Imperial.
Impulsó la agricultura y el comercio y reorganizó el ejército. Fundó el famoso Instituto Smolny para jóvenes nobles damas. Esta escuela se convertiría en una de las mejores de su tipo en Europa y llegó incluso a admitir a niñas nacidas de ricos comerciantes, junto a las hijas de la nobleza. También poseía talento literario y encontró tiempo para componer óperas, poemas, dramas, cuentos, tratados y libros de memorias. Levantó hospitales, mejoró la sanidad y demostró la inocuidad de las vacunas, siendo la segunda rusa que se vacunó contra la viruela. Su comprensión de la importancia de la lengua rusa la llevó a iniciar la creación de la Academia de la Lengua Rusa, cuya presidenta fue nombrada su amiga personal Dashkova.
Fuentes:
http://www.dondocumentales.com/2011/03/catalina-la-grande-2-parte.html
http://es.wikipedia.org/wiki/Catalina_II_de_Rusia
http://www.mundohistoria.org/blog/articulos_web/catalina-la-grande



































