domingo, 31 de julio de 2011

CATALINA LA GRANDE, Emperatriz de Rusia ( II )


Catalina envió rápidamente manifiestos detallados que establecía su derecho al trono y su necesidad de hacerse con él para salvar a Rusia de la ruina. Después planeó una inteligente coronación, de una semana de duración, a la que invitó a los principales embajadores y monarcas de Europa para consolidar su legitimidad. Pero la pompa y la ceremonia de su coronación no podían ocultar los hechos. Catalina no había nacido en la línea de sucesión al trono ruso. Para hacerse con el poder había derrocado al emperador legítimo y había promovido su asesinato. Y ante muchos ojos, reinaba sólo como regente hasta la llegada del siguiente Zar legítimo, su hijo de ocho años, el Gran duque Pablo.

La corona rusa podía ser peligrosa, si Catalina perdía su poder, podía ser derrocada como usurpadora extranjera o ejecutada por asesinar al verdadero Zar. Y además había un nuevo Zar en potencia, su propio hijo Pablo. Pero a Pablo lo había criado la zarina Isabel y era casi un extraño para su madre. La emperatriz sabía que su hijo no era la única amenaza para su reinado. Semanas después del asesinato de su esposo, había investigado a un rival que estaba escondido, el prisionero sin nombre número uno. Durante veintiún años, todos menos el primer año de su vida, Iván VI había vivido bajo vigilancia. Había conocido a la prima Isabel I que le había derrocado y al malogrado Pedro III. Ahora era el turno de Catalina La Grande.

Iván VI



La historia de Iván, el último eslabón con el viejo régimen, ilustraba los peligros que suponían los rivales de la familia y como siempre era un tentador hombre de paja para cualquiera que planeara un golpe de estado. Catalina estaba dispuesta a dejar que Iván viviera pero con sus condiciones. Si alguien intentaba liberar al prisionero sin nombre número uno, los guardias tenían órdenes de matarle. Así que el muchacho continuó en la fortaleza de Shlisselburg en un calabozo con los guardias, daga en mano, dispuestos a matarlo si era necesario.

Otra prioridad de la zarina Catalina era asegurar su poder, a los Orlov y a la leal guardia imperial. Podía ser que Catalina tuviera la corona pero eran los Orlov quienes la habían robado para ella, y podían volvérsela a quitar. Al subir al trono, recompensó a Grigori Orlov, a su hermano Alexei y a sus amigos con medallas, títulos, tierra y siervos. En 1764, Catalina hizo nombrar a su antiguo amante Poniatowski, rey de Polonia bajo el nombre de Estanislao II. Pero también premió a la vieja nobleza y se ganó el apoyo de todo el mundo. La servidumbre era la raíz del poder zarista y la fuente de su riqueza. Los siervos eran campesinos ligados legalmente a la tierra y conducidos a la esclavitud por deudas abusivas con sus nobles terratenientes.


Cuando los nobles recibían nuevas fincas de la corona, los campesinos que vivían en ellas se convertían en sus siervos. El sistema volvió esclavos a miles de personas y dio a algunos terratenientes riquezas mayores que las de los reyes. La mayoría de los rusos tenían pocas posibilidades de escapar de la vida en lo más bajo del escalafón, pero para los pocos que estaban arriba, el sistema funcionaba perfectamente. Eran los nobles terratenientes los que apoyaban a la corona y la nueva emperatriz entendía muy bien la importancia de tenerles contentos. El poder de Catalina dependía de que la nobleza la apoyara y eso ocurriría si les dejaba en paz en sus fincas, en donde podían hacer lo que quisieran con sus siervos.

Los nobles comerciaban con sus siervos como con ganado. Los soldados eran azotados y enviados a los confines del imperio. El resentimiento crecía, hasta que la oposición empezó a centrarse en el hombre que podía desafiar el derecho de Catalina al trono. Vasily Mirovich, un soldado de la fortaleza en la que estaba recluido Iván VI, se enteró de un peligroso secreto: la identidad del prisionero sin nombre. Ideó un plan para rescatarlo y devolver al verdadero Zar al trono. Mirovich proclamó que Iván VI era el verdadero emperador y con algunos conspiradores tomó las puertas de la prisión. Pero los rescatadores de Iván no fueron los primeros en llegar a su celda. Los guardias del prisionero, siguiendo órdenes del palacio imperial, apuñalaron al desdichado Iván y lo mataron. Era el bebé Zar que había sido encerrado en la cárcel, un niño sacrificado para que Isabel I se hiciera con el poder. A los veintitrés años de edad, el zar Iván yacía asesinado. Finalmente, su cadena perpetua había terminado.

Grigori Potemkin



Tras el golpe de estado que la situó en el poder, Catalina La Grande se rodeó rápidamente de consejeros militares y políticos, hombres que otorgaban experiencia y músculos a la corte. Desde el principio, un hombre había trabajado incansablemente para ganarse tanto el corazón de Catalina como un lugar en su círculo más íntimo, el atractivo guardia Grigori Potemkin. No sólo era muy guapo sino también notablemente inteligente, un hombre especialista en religión, en asuntos militares, en política y podía hablar sobre cualquier cosa.

Potemkin era un maestro de la seducción, pero los Orlov controlaban el acceso a Catalina y sus guardianes tenían dudas sobre la creciente intimidad entre Potemkin y la emperatriz. No ayudaba que cada vez que Potemkin se encontraba con ella en los kilómetros de pasillos del palacio de invierno, se pusiera de rodillas, le cogiese la mano y la besara una y otra vez, diciendo: “ estoy apasionadamente enamorado de usted, su Majestad imperial “, porque los Orlov se habían enterado y se dice que le invitaron a jugar a billar. Los Orlov le dieron un mensaje a Potemkin con los nudillos, debía dejar en paz a Catalina. Un golpe en el ojo izquierdo de Potemkin, le dejó ciego en ese lado. Se tomó en serio el aviso y abandonó la corte imperial, por el momento.



Catalina era una experta en el juego del poder, sabía que en la Europa del siglo XVIII los monarcas eran considerados ilustrados si seguían ciertas reglas. Una, era expandir su nación; otra, llevar a cabo un programa de reforma; y una tercera, era cuidar y participar de las artes. Y cumplió muy bien con esos objetivos, así se ganó la adulación de sus contemporáneos. Abordó la delicada tarea de reformar su sociedad esclava, reescribió las leyes rusas, construyó escuelas en cada rincón del país, convirtió a Rusia en la super potencia de su época y a San Petersburgo en una capital de primera clase, llenando su palacio con obras de los mejores artistas europeos.

La emperatriz comenzó en 1764 a adquirir, de manera casi obsesiva, grandes obras de arte, joyas y libros de gran valor. Apoyó personalmente a escritores como Voltaire y Diderot, pioneros de la ilustración. Voltaire la alabó con epítetos como " La Estrella del Norte " y la " Semíramis de Rusia ". Catalina mantuvo con él una correspondencia que se alargaría quince años, desde su adhesión a la muerte del filósofo en 1778. Aunque nunca consiguió reunirse con él, la emperatriz lloró amargamente cuando murió, y adquirió su colección de libros, que compró a sus herederos, y los colocó en la Biblioteca Pública Imperial.

Impulsó la agricultura y el comercio y reorganizó el ejército. Fundó el famoso Instituto Smolny para jóvenes nobles damas. Esta escuela se convertiría en una de las mejores de su tipo en Europa y llegó incluso a admitir a niñas nacidas de ricos comerciantes, junto a las hijas de la nobleza. También poseía talento literario y encontró tiempo para componer óperas, poemas, dramas, cuentos, tratados y libros de memorias. Levantó hospitales, mejoró la sanidad y demostró la inocuidad de las vacunas, siendo la segunda rusa que se vacunó contra la viruela. Su comprensión de la importancia de la lengua rusa la llevó a iniciar la creación de la Academia de la Lengua Rusa, cuya presidenta fue nombrada su amiga personal Dashkova.


Fuentes:
http://www.dondocumentales.com/2011/03/catalina-la-grande-2-parte.html
http://es.wikipedia.org/wiki/Catalina_II_de_Rusia
http://www.mundohistoria.org/blog/articulos_web/catalina-la-grande

miércoles, 27 de julio de 2011

CATALINA LA GRANDE, Emperatriz de Rusia ( I )


Sofía Federica Augusta vino al mundo en Stettin, Pomerania, el 2 de mayo de 1729. Su padre era el príncipe Christian Augusto de Anhalt-Zerbst, un general prusiano que ejercía de Gobernador de la ciudad de Stettin en nombre del rey de Prusia, y su madre la princesa Juana Isabel de Holstein-Gottorp, que sintió desilusión al verla porque deseaba un hijo varón. Al año siguiente nació Guillermo, sobre el cual su madre volcó el afecto y el orgullo que le negaba a Sofía. La familia fue aumentando con la llegada de tres hijos más. En el castillo los niños vivían de acuerdo con su rango social, con gobernantas, preceptores, maestros de música y baile, criados y damas de honor.

Apenas Sofía comenzó a caminar, su madre se apresuró a llevarla a bailes, banquetes o fiestas de disfraces en las casas más importantes de la región, para que se desenvolviera en un ambiente de etiqueta. Juana era fría con su hija y el padre distante. Sofía solo recibió afecto de su gobernanta Babet Cardel, una joven francesa paciente y tierna con ella, que le enseñó a leer, escribir y hablar francés. Nunca refrenó el espíritu alegre de su alumna, sino que la alentaba a la conversación y celebraba su vivacidad e inteligencia. Ella le hizo leer a Corneille, Racine y Molière.


De pequeña, Sofía no era bonita: tenía el mentón afilado y la nariz larga, padeció varias veces de impétigo, y por eso hubo que cortarle los cabellos para eliminar las costras. Pero en ella sobresalían sus grandes y expresivos ojos azules. Tanto Sofía como su hermano Guillermo fueron fuente de preocupaciones: la primera sufría de una grave escoliosis y el segundo tenía una pierna atrofiada. Los médicos se declararon incompetentes para corregir la deformación de columna de la niña y entonces llamaron a un curandero, que era el verdugo de Stettin. El curandero confeccionó para Sofía un torturante corsé que debió usar hasta para dormir, por casi cuatro años.

Para el muchacho se intentó todo, pero sin éxito. Los baños termales a los que era sometido, le dejaron como resultado una enfermedad respiratoria que lo debilitó hasta morir. Para su madre este fue un duro golpe, ya que era su hijo favorito. A medida que iba desarrollándose, la imagen de Sofía era cada vez más grata. A los trece años, era una jovencita esbelta, bien proporcionada, de frente alta, bucles castaños y un brillo en la mirada cautivador.

Isabel I de Rusia



La zarina Isabel I de Rusia, que no tenía hijos propios, mandó traer a su sobrino alemán y lo nombró su heredero. El chico tomó el nombre de Gran duque Pedro. El único trabajo que quedaba por hacer era encontrarle una novia a su sobrino, una chica que pudiera producir la próxima generación de Romanov. En el invierno de 1744, la Zarina rusa mandó llamar a una princesa alemana de quince años. Sofía, destinada a sacudir el mundo como Catalina La Grande, entró en la Historia como novia por catálogo. Venía de una familia nada adinerada pero muy bien relacionada. Nació en los peldaños más bajos de la nobleza, ni siquiera era rusa, pero la joven encajaba con el perfil de una novia imperial del siglo XVIII. Una familia de buen pedigrí pero sin poder, al menos por el momento.

Para una oscura princesa de un pequeño estado alemán, ser elegida para ser la esposa del futuro emperador de Rusia era el sueño de toda la familia hecho realidad y era su única aspiración. La modesta princesa albergaba grandes ambiciones, pero el camino hacia sus sueños imperiales tenía un precio, un bufón inmaduro como esposo, el príncipe heredero de Rusia. El Gran duque Pedro había nacido y se había criado en el ducado alemán de Holstein, tenía dieciséis años y desdeñaba los libros, la política y a Rusia. Sofía, acompañada por su madre, partió hacia Rusia.

Juana Isabel de Holstein-Gottorp



Desde el principio, la bella joven juró ganarse a la corte rusa. Dio la espalda a sus raíces alemanas y se lanzó a una transformación a gran escala. Adoptó la religión ortodoxa, cambió su nombre por el de Catalina Alekséyevna, se dedicó con ansia al aprendizaje de la lengua rusa y absorber la cultura de su país de adopción. Su futuro esposo, en cambio, no prestaba mucha atención a la nación sobre la cual debía reinar. Irritaba a todos exhibiendo siempre sus costumbres alemanas y aferrándose al luteranismo.

La Zarina rechazaba a la madre de Catalina por su conducta. Juana ,exigente, se quejaba de que se rendían más honores a su hija que a ella. Contraía grandes deudas de juego. Recogía chismes en la corte acerca de los muchos romances de la zarina y los trasmitía al rey de Prusia, vía diplomática, mientras ella le era infiel a su esposo con el conde Iván Betski. La valija diplomática donde iban los mensajes de Juana a Alemania fue asaltada y robada, y entregada a la zarina Isabel. Furiosa, mostró las pruebas a Catalina y a su madre. Entre lágrimas y sollozos, Juana trató de disculparse. Por un momento pareció que la boda se cancelaría, pero la Zarina dejó claro que su ira estaba dirigida a la madre, no a la hija. Catalina logró posponer la expulsión de Rusia de su madre hasta después de su boda. Su padre no fue invitado y eso le dolió a ella profundamente.

Pedro III de Rusia



El 21 de agosto de 1745 se celebró en San Petersburgo, la gran capital imperial rusa, una de las bodas más suntuosas de toda la Historia. A decir de algunos investigadores, la más excéntrica, la más rica, la más desprendida, la que mejor comida sirvió a los comensales, escenarios fastuosos … en ella se dieron cita el máximo esplendor de las cortes europeas para ver como se casaban Catalina y Pedro. Ella tenía dieciséis años y él diecisiete.

Su matrimonio fue un fracaso desde la noche de bodas. El duque se acostó al lado de su esposa, sin mirarla, y se quedó dormido. Las noches siguientes tampoco la tocó. Pedro demostraba que su esposa no le interesaba como mujer en absoluto. Ella escribiría: " Mi querido esposo no se ocupaba de mí y pasaba todo el tiempo con sus lacayos, jugando con sus soldados de plomo; yo me veía obligada a representar mi papel ". El Gran duque permanecía indolente, entregado a sus particulares hobbies. Otra de las pasiones de su esposo era tocar el violín sin saber y meter sus perros en el cuarto matrimonial, que corrían y saltaban sobre la cama ladrando. La vida de Catalina era un infierno. Su esposo era alcohólico, estaba loco y era impotente. Tenía fimosis y se había negado a ser operado. Catalina pensó en la posibilidad de suicidarse, pero después buscó alivio en la lectura y en montar a caballo.

Pedro III, Catalina y su hijo Pablo



En siete años de matrimonio la Gran duquesa Catalina no consiguió quedarse embarazada. La Zarina la hizo examinar y después supo que el problema estaba en su sobrino. En medio de la vulnerabilidad de Catalina, entró en su vida el apuesto y joven aristócrata ruso Sergei Saltykov. Él la cortejó a petición de la propia Zarina, que quería un heredero que Pedro no podía darle. Catalina se mostró renuente, pero durante una tormenta, él la tomó por primera vez. Quedó embarazada de su amante dos veces, pero abortó espontáneamente. Tras la aventura, Saltykov fue alejado de Rusia y enviado en misión diplomática a Suecia. Su esposo, por órdenes de la Zarina, fue circuncidado. El Gran duque reclamó a su esposa sus derechos conyugales y ella accedió, pero con total aversión.

Catalina quedó embarazada y dio a luz en 1754 a su hijo Pablo Petrovich. La zarina Isabel acaparó a la criatura y recompensó a los padres con oro. Pedro comenzó a tener amantes, iniciando una relación con Elisabeth Vorontsova. En julio de 1755, Catalina conocía al recién llegado y joven conde polaco Estanislao Poniatowski, secretario del embajador británico sir Charles H. Williams, quien se enamoró de ella en cuanto la vio. Pronto se convirtió en su segundo amante. Ellos congeniaron romántica e intelectualmente. Catalina quedó embarazada de Estanislao y en 1757 les nacía una hija a la que llamaron Ana. Estanislao fue obligado a dejar Rusia un año después y partió a Varsovia. La pequeña Ana enfermó y murió poco después.

Grigori Orlov


En 1759, un hombre nuevo disfrutaba de los favores de Catalina. Era el oficial de artillería, el conde Grigori Orlov. Dieciocho meses después de dar a luz a su primera hija ilegítima, ya gestaba otro bastardo fruto de sus nuevos amoríos con el guapo y apuesto conde, que la tenía locamente enamorada. El niño nació secretamente y se llamó Alexei. Después de la muerte de la zarina Isabel en enero 1762, Pedro subió al trono como Pedro III de Rusia. Catalina se convirtió así en emperatriz consorte de Rusia.

Pero el nuevo Zar se granjeó la enemistad de diferentes estamentos sociales. Para los nobles patriotas rusos el tratado de paz de Pedro III con Prusia olía a traición, la decisión enfureció incluso aquellos que estaban más cerca del soberano. Pedro insultó a la guardia imperial cambiando el color de su uniforme, del verde ruso al azul prusiano. También ofendió a la iglesia, porque pretendía, de forma secreta pero muy visible a ojos de algunos, instaurar el luteranismo en detrimento de la religión ortodoxa. Esto estaba muy mal visto por la iglesia oficial y por buena parte de la población. Para complicar más el asunto, el Zar intervino en una disputa entre Holstein y Dinamarca sobre la provincia de Schleswig, apoyando al primero, su país natal, y despertando la impopularidad entre la nobleza ante una guerra muy alejada de los intereses de Rusia.


La relación se había roto entre los emperadores, había pasado de ser correcta a ser abiertamente hostil. Corría el rumor de que Pedro tenía planes para su esposa. En el curso de un banquete en palacio, el Zar, borracho, se fue de la lengua. Amenazó a su esposa con enviarla a un convento después de llamarla " tonta " ante la atónita mirada de la corte. Los Orlov lo tomaron como una señal de que Pedro III planeaba deshacerse de Catalina. Grigori Orlov y su hermano fueron cruciales para la seguridad de Catalina desde el momento en que la relación con su marido empezó a deteriorarse rápidamente. Eran sus protectores, sus conspiradores.

Como el Zar ofendía todas las capas de la sociedad rusa y era profundamente odiado, los regimientos de la guardia empezaron a planear la subida al poder de Catalina. En los apartamentos privados de la emperatriz consorte se comenzó a perpetrar una conjura. En dicha conspiración figuraban buena parte de los elementos aristocráticos rusos, entre ellos los hermanos Orlov y la princesa Dashkova, la propia hermana de la amante del Zar. Y todos se pusieron de acuerdo para derrocar al distraído Pedro III. Éste cometió el error político de retirarse con sus guardias de Holstein y sus amigos a Oranienbaum, dejando a su esposa en San Petersburgo. El 9 de julio de 1762, Catalina, vestida con su uniforme de teniente, se puso al frente de cuatro regimientos de la guardia imperial, que la aclamaron como la Zarina, y con el apoyo de la nobleza rusa, dio un golpe de estado, a los seis meses de subir al trono su esposo.


El apabullado Pedro III, cuando constató que su propia mujer iba al frente de la revuelta, no tuvo por menos que dejarse apresar. Apenas hubo resistencia porque nadie se situó cerrando filas en torno al Zar. Tras entregar su trono, lo que Pedro quería era volver a su patria alemana en paz. Al final escribió una carta en la que admitía que no era adecuado para gobernar, que sería mejor que Catalina se convirtiera en la emperatriz y que si le podían dejar en paz. Lo único que quería era a su amante, a su perro, a su violín y a su criado negro. Pero enviar al emperador depuesto al exilio no era una opción. Catalina sabía que al llegar a Europa, Pedro atraería a la oposición y podría volver para reclamar su trono. Los propios Orlov detuvieron al Zar y lo condujeron a su residencia de Ropsha, donde quedó recluido a expensas de noticias.

El 17 de julio, siete días después de su derrocamiento, Pedro III apareció muerto en su celda. La primera explicación oficial a cargo de la propia Catalina, fue que su marido había fallecido víctima de un colapso, que había tenido una especie de pésima digestión y eso había desembocado en un fallo multiorgánico. Después se constató que el infortunado Zar había muerto apaleado. Su cuerpo apareció con la cara ennegrecida y con hematomas por todo el cuerpo. Dicen que los Orlov se sirvieron de la correa de un fusil para estrangularle.


Fuentes:
http://www2.esmas.com/editorial-televisa/vanidades/biografias/055258/biografia-catalina-grande
http://ia700402.us.archive.org/20/items/pasajes_historia_0607/09_-_Catalina_la_Grande_Vs._Pedro_III.mp3
http://retratosdelahistoria.lacoctelera.net/post/2008/02/17/la-dinastia-romanov-miguel-iii-catalina-ii-grande-3-
http://es.wikipedia.org/wiki/Catalina_II_de_Rusia
http://es.wikipedia.org/wiki/Juana_Isabel_de_Holstein-Gottorp
http://www.dondocumentales.com/2011/03/catalina-la-grande-1-parte.html

domingo, 24 de julio de 2011

Los últimos años de Catalina de Aragón ( III )


DÍAS DE ASEDIO A BUCKDEN Y LA RESISTENCIA DE CATALINA


Las noticias corrieron como la pólvora y a las villas cercanas al castillo de Buckden llegaron rumores de un asedio a la reina Catalina. Charles Brandon, perplejo, ve arremolinarse a los lugareños en torno al castillo, algunos blandiendo cuchillos y podones simulando una indiferencia nada convincente, echando sombrías miradas a la guardia armada de Suffolk. Lo que al principio parecía iba a ser una simple misión se convirtió en un complicado sitio. El duque intentó discutir de nuevo con la puerta. Luego se sentó y comunicó las complicaciones al rey y al ministro Cromwell, solicitando a su vez pautas a seguir. Escribiría al rey: “ Hemos tropezado con la mujer más obstinada del mundo ...“ Miró a la calle, en donde parecía que el gentío iba aumentando y decidió enviar llamadas de socorro a todos los magistrados locales que se le ocurrieron. El gentío tenía mala pinta.

Las instrucciones solicitadas por el duque de Suffolk no llegaban y el asedio se prolongaba ya más de cinco días. Y del cuarto de la Torre no venía ninguna señal de rendición. La reina, con la puerta cerrada, resiste. En la corte se preocupaban más por las celebraciones de una próxima Navidad que por lo que estaba ocurriendo en un castillo alejado de la capital. Y no llegó ni una sola palabra de los magistrados locales; no apareció ningún juez de paz, a quienes esos campesinos deberían conocer y escucharían, para decirles que se dispersaran. Afuera, la multitud silenciosa, atenta, parecía cambiar pero nunca disminuir. Se veía de vez en cuando un yelmo o un hombre a caballo o caras que a distancia pudieran ser de la nobleza local, pero ninguno rendía al duque de Suffolk los cumplimientos navideños.



La paciencia del duque estaba a punto de agotarse y no quería continuar más tiempo en esas frías e inhóspitas tierras de Cambridge. Tenía una solución, completamente desesperada. Si Catalina no quería mudarse por propia iniciativa, sería obligada a hacerlo. Mandó a sus soldados que fueran desalojando los salones y todas las habitaciones del castillo. Debían bajar los tapices, lámparas, muebles, baúles y los pocos objetos de decoración al patio. Se solicitaron carros y mulas para ir cargando con la ropa de cama, los cortinajes y todo lo que pertenecía a la reina y sus sirvientes. El gentío miraba con alerta contenida.

Suffolk volvió para gritar a través de la puerta cerrada. Todos los muebles estaban embalados … sin embargo, la tradición popular todavía indica el lugar por donde los habitantes de Buckden volvían a reintroducir en la fortaleza el mobiliario quitado por el duque. El castillo tenía que ser abandonado. Puesto que la reina no cedía a la persuasión, debería ceder a la fuerza. Sería trasladada a Somersham, lo consintiera o no, por orden del rey. Respondió la voz de Catalina. La fuerza era la fuerza. El duque debería tirar la puerta abajo y sacarla en volandas, pues ella no daría un paso por su propio pie.



Charles Brandon no tenía valor para romper la puerta y sacarla a rastras o a hombros. No era lo suficientemente valiente para hacerlo y ni siquiera para pedírselo a uno de sus subordinados. Eso lo sabía muy bien Catalina. Los soldados estaban cansados, hambrientos y con frío. Ya se había producido alguna rencilla por la falta de solución a tan extraño conflicto. No aguantaban más. Además, los hombres y mujeres de la comarca se arremolinaban como curiosos a las puertas del castillo y daban ánimos a la reina e insultaban a la guardia real. Las gentes querían que Catalina continuara en Buckden y eso desesperaba a los enviados del rey.



De improviso y ásperamente, Suffolk ordenó a sus hombres que soltaran a los criados de la reina y que se reunieran en el patio preparados para marcharse a caballo. Para disimular su disgusto, arrestó, más o menos al azar, a algunos de los ingleses de la Casa de la reina e hizo que los ataran con cuerdas. Entre ellos estaba Thomas Abell, uno de los confesores más queridos por Catalina, que volvió así a la Torre, después de un breve período de libertad, para esperar su muerte durante cinco años. Ya anciano y enfermo, no opuso resistencia.

Suffolk dejó una guardia testimonial en la casa del guarda y volvió a la corte sin conseguir su objetivo, con el miedo en el cuerpo porque sabía que el rey descargaría su ira sobre él y sus hombres. La perpleja multitud de campesinos observaba su retirada en silencio, luego, una vez que estuvieron seguros de que los extraños se habían ido, se dispersaron en pequeños grupos hacia sus casas. Buckden parecía un castillo saqueado por mercenarios, pero Catalina y su puñado de leales quedaron en su posesión.



ROMA DECLARA VÁLIDO EL MATRIMONIO DE ENRIQUE Y CATALINA


Algunos miembros de su administración habían sido desplazados arbitrariamente por Suffolk, algunos de los tapices nunca volvieron a ser colgados, parte de la ropa de cama y de la plata faltaban. Con soldados hostiles en el patio y en la Gran Sala, la reina se limitaba a estar en sus propias habitaciones, oyendo misas a través de la ventana que daba a la capilla, cosía un poco, temblaba de frío en la gran cama mientras sus doncellas preparaban su cena en el hogar de su alcoba. En ese diciembre de 1533, Cromwell estaba madurando planes que incluían proporcionar a Enrique una excusa legal para la ejecución de Catalina, y el embajador Chapuys, completamente consciente de lo que Cromwell tramaba, estaba trabajando frenéticamente para desbaratarlos en Inglaterra y fuera.

La reina enviaba cartas a su sobrino y ya no eran delicadas, sino insistentes, puntillosas. Catalina hablaba con verdadera preocupación. " Por nada del mundo dejaré de informar ... de todos los males que veo delante de mí a todas las personas capaces de ponerlos remedio ... Suplicad a Su Santidad que actúe como debe por el servicio de Dios y la tranquilidad de la Cristiandad. Todas las otras consideraciones, incluso mi vida y la de mi hija, deben ser puestas de lado ... No necesito contaros nuestros sufrimientos ... No podría soportar tantas cosas si no creyera que las sufro por Dios ... Mientras viva no dejaré de defender nuestros derechos ". Y en una postdata desesperada: " Os suplico que mostréis más afecto hacia mí y hacia mi hija ".

Finalmente, el 24 de marzo de 1534, en un Consistorio pleno, el Papa Clemente VII, sin haber celebrado juicio, dictó una sentencia en la que reconocía la validez del matrimonio de Enrique VIII y Catalina de Aragón, considerándoles como esposos ante Dios y ante los hombres. Roma sentenció que la dispensa de Julio II era adecuada, basándose en la bula conocida en Inglaterra desde el principio, sin considerar que el apoyo del breve, aportado posteriormente, fuera en absoluto necesario para el caso. El poder de la dispensa fue reafirmado y el matrimonio declarado válido en virtud de la misma. La cuestión de la consumación del primer matrimonio de Catalina se consideró irrelevante.



Todo había terminado. Ya había sentencia de Roma. El Papa había decidido a favor de la reina, pero era tarde, demasiado tarde. Nuestra querida Catalina esperó durante años esa decisión de Clemente VII, pero en esos momentos de nada le servía. Catalina calló al conocer la noticia. Lloró en lo más profundo de su corazón. Sabía que ya no podía hacerse más. Muchos creían que las revueltas se acallarían y que todas las aguas volverían a su cauce. Pero no fue así. El rey continuó acorralando a todo aquel que tuviera algo que ver con la reina Catalina. A todo aquel que pensara como ella o que simplemente la considerase como la verdadera reina consorte.




El Parlamento aprobó la Ley de Supremacía, que otorgaba al rey amplios poderes religiosos y eclesiales: gobierno de la Iglesia de Inglaterra, derecho de excomunión y de persecución y castigo de las herejías, concesión de dispensas, nombramiento de obispos y creación de impuestos. Y el Acta de Sucesión, que declaraba formalmente la validez del matrimonio de Enrique y Ana Bolena, y se desheredaba a la princesa María. Los descendientes de Ana fueron declarados legítimos y pasaron a estar en la línea de sucesión a la Corona. Se considera que esta es la respuesta de Enrique a la sentencia papal.


Fuentes:
Garrett Mattingly, Catalina de Aragon. 1998 Ediciones Palabra, S.A.
Luis Ulargui, Catalina de Aragón. 2004 Random House Mondadori S.A.
Maria Jesús Pérez Martín, María Tudor: La gran reina desconocida. 2008 Ediciones Rialp, S.A

sábado, 23 de julio de 2011

AGUSTINA DE ARAGÓN de María Pilar Queralt del Hierro

Zaragoza, julio de 1808. Una mujer de poco más de veinte años arranca el botafuego de las manos de un artillero muerto y dispara el cañón que éste tenía a su cargo. Su intervención, tan arriesgada como valiente, obligó a retroceder a la tropa francesa que amenazaba la zaragozana puerta del Portillo y permitió al general Palafox reestructurar la defensa. La mujer había nacido en Barcelona en 1768, se llamaba Agustina Saragossa y pasaría a la historia como Agustina de Aragón.

Poco más se sabe de ella. El mito la convierte en la más popular de las heroínas de la Guerra de la Independencia pero, tras su gesta y después de recibir de la Corona el cargo y sueldo vitalicios de alférez de Infantería como reconocimiento a su valentía, su nombre se pierde para la historia. ¿Qué fue de Agustina al finalizar la contienda? Y aún más, ¿qué hacía en Zaragoza la joven esposa de un artillero que por entonces se hallaba de operaciones en Belchite? ¿Desde cuándo reposan sus restos en Zaragoza si murió en Ceuta?. A la luz de la documentación existente y de la tradición, María Pilar Queralt del Hierro da respuesta a estas y otras preguntas, y recrea la peripecia vital de una mujer envuelta en la bruma de la leyenda, con el telón de fondo de la apasionante y apasionada España que vivió una de las mayores convulsiones políticas y sociales de su historia.


Fuente:
http://www.lecturalia.com/libro/23588/agustina-de-aragon

LA COMUNERA de Toti Martínez de Lezea

En Agosto de 1511, dos jóvenes de 15 y 20 años, respectivamente, se unen en matrimonio por acuerdo de sus familias. La joven ha retirado la palabra a su padre al considerar que su enlace es desigual y que el rango de su futuro marido está muy por debajo del de ella. Son doña María Pacheco, descendiente de los Mendoza y de los Villena, Grandes de Castilla, y Juan de Padilla, pequeño hidalgo de Toledo.

Diez años más tarde, él muere degollado en Villalar y ella toma su puesto en la defensa de la Comunidad de Toledo, única ciudad que aún no se ha rendido a las tropas imperiales de Carlos I. María mantendrá la lucha durante seis largos meses para, finalmente, verse obligada a exiliarse en Portugal, donde morirá en la pobreza y abandonada por su poderosa familia.

A lo largo de la presente narración, el lector recorre la vida de unos personajes singulares que osaron liderar un movimiento revolucionario para la época: la revuelta de las Comunidades de Castilla que exigían el derecho del pueblo a participar en la gobernación del reino y a la libre elección de sus representantes políticos, en contra del poder absoluto encarnado por el monarca y la nobleza.Es también la historia del amor entre dos seres cuyos destinos unió la vida de manera casual y que ni la derrota ni la muerte pudieron destruir.

Toti Martínez de Lezea, nacida en Vitoria Gasteiz en 1949, vive en Larrabetzu, un pequeño pueblo de Vizcaya, en compañía de su familia, rodeada de libros y objetos de artesanía de diversas procedencias. Durante veinte años compaginó su profesión de traductora técnica con trabajos para teatro y televisión, donde escribió y dirigió más de mil programas infantiles.

Desde noviembre de 1998, año en el que vio publicada su primera novela, La calle de la Judería, esta autora prolífica, apasionada de la novela histórica, no ha dejado de escribir y de sorprender a sus lectores. Las torres de Sancho, La herbolera, Señor de la guerra, La abadesa, Los hijos de Ogaiz, La voz de Lug, La comunera, El verdugo de Dios, así como Leyendas de Euskal Herria y las novelas juveniles El mensajero del rey y La hija de la luna, han visto sucesivamente la luz con gran éxito.

Fuentes:
http://www.quedelibros.com/libro/9916/La-Comunera.html
http://www.abretelibro.com/foro/viewtopic.php?p=507731

LA VALIDA de Vicenta Márquez de la Plata

Doña Leonor López de Córdoba, hija del Maestre de Calatrava y ahijada de la infanta doña Constanza, vivió desde su nacimiento con el rey de Castilla, don Pedro el Cruel, y su familia, gozando de sus mismos privilegios. Al morir el rey, asesinado por su hermano bastardo Enrique de Trastámara, toda la familia de Leonor cayó en desgracia: su padre muere de la manera más deshonrosa, y ella, su hermano y su marido son encarcelados en la Atarazanas de Sevilla. Al ser liberada restauró su patrimonio y desde la nada subió a lo más alto del poder en la Corte, llegando a convertirse en la primera valida de la historia, y en uno de los grandes personajes de la Edad Media, conservándose un libro de Memorias donde contaba todos los hechos que en esta novela se narran.

Vicenta Márquez de la Plata es historiadora y especialista en temas medievales. Es diplomada superior en Genealogía y Heráldica por el Instituto Salazar y Castro (CSIC), profesora de Nobiliaria en la Escuela Marqués de Avilés y en la Escuela de Salazar y Castro, y profesora invitada de la Universidad Moderna de Lisboa. Ha publicado diversos artículos en revistas especializadas, ha impartido conferencias y ha escrito diversos libros sobre temas históricos como: Nobiliaria española: origen, evolución e instituciones, 1991; El libro de oro de los duques, 1995; Los españoles hace 900 años, 1997; Reinas medievales españolas, 2000; Los validos de los reyes de España, 2004; Bastardos, ilegítimos e incluseros en la historia de España, 2004; Mujeres renacentistas en la corte de Isabel la Católica, 2004; El trágico destino de los hijos de los Reyes Católicos, 2008; así como las novelas históricas El eunuco del Rey, 2007; La concubina del rey-emperador, 2008 y La valida, 2009.


Fuentes:
http://www.librosaguilar.com/es/autor/vicenta-marquez-de-la-plata/

viernes, 22 de julio de 2011

VALS NEGRO de Ana María Moix

La biografía novelada de la emperatriz Sissi, uno de los libros más deliciosos y exitosos de Ana Moix.

Obra de culto, merecedora del premio Ciudad de Barcelona, esta novela, a medio camino entre la narración y la evocación biográfica, es una de las piezas más bellas de entre todas las que ha generado el mito de Sissi. Princesa de Baviera, última emperatriz consorte de Austria-Hungría, anoréxica, republicana, lectora de poetas, frecuentadora de dementes, bohemios y revolucionarios, Sissi es el personaje en torno al que Ana María Moix, dueña más que nunca de un estilo lírico y turbador, construye su particular crónica, ficticia y a la vez verídica, de la decadencia del Imperio Austro-Húngaro. Más allá de la abundante documentación que a lo largo de los años ha arropado la figura de esta mujer excepcional, Moix nos cuenta la historia de Elisabeth de Baviera de un modo a la vez tierno y distante, utilizando como coro el vasto ritual burocrático de la corte más protocolaria, ordenada y perversa del mundo. De las cadencias de este vals mortífero surge la figura misteriosa, errabunda, cruel y desesperada de una heroína de fin de siglo, víctima y protagonista de la patética decadencia de un Imperio que con Freud, Wittgenstein, Musil, Broch, Mahler, Loos y Klimt, alumbró nuestra definitiva modernidad.

Ana María Moix nació en Barcelona en 1947 y es allí donde estudió Filosofía y Letras. Poetisa y novelista. Formó parte del grupo de escritores de la poesía española contemporánea que se relaciona con el poeta Carlos Barral. En 1970 fue incluida por José María Castellet en su antología Nueve novísimos poetas españoles. También en 1970, ganó el Premio Vizcaya de Poesía con No time for flowers y en 1985 el premio Ciudad de Barcelona con Las virtudes peligrosas. En 1995 obtiene este galardón de nuevo con Vals negro. En la actualidad dirige las colecciones de poesía y relatos de la editorial Plaza y Janés. Es hermana del escritor Terenci Moix.

Fuente:
http://www.iliber.com/es_libros_detalle.html?Cat=12&Id=4828
http://es.wikipedia.org/wiki/Ana_Mar%C3%ADa_Moix

LA PRISIONERA DE ROMA de José Luis Corral

Novela histórica de una excepcional mujer que a finales del siglo III desafió el poder Roma, gobernó un imperio sobre la mitad del mundo conocido desde una ciudad de leyenda y soñó con construir un mundo nuevo.

En el año 267 una hermosa joven llamada Zenobia se convirtió en soberana de la fabulosa ciudad de Palmira, en el desierto de la provincia romana de Siria. Tras el asesinato de su esposo Odenato, Zenobia hizo de Palmira el centro de un nuevo reino que dominó las tierras ubicadas entre el Mediterráneo y Mesopotamia. Durante cinco años su sueño imperial fue posible y Zenobia, dotada de una belleza legendaria y de una capacidad de gobierno encomiable, se independizó del Imperio romano, reinó sobre Asia occidental, conquistó Egipto, fue aclamada como la nueva Cleopatra y mantuvo a raya al Imperio persa.

En el año 272, Aureliano, emperador de Roma, se enfrentó al ejército de Palmira después de que Zenobia se atreviera a proclamar su independencia del Imperio romano. Derrotada y presa la reina Zenobia y conquistada Palmira, el Imperio romano recuperó la gloria de los tiempos de los grandes césares y todavía sobreviviría un par de siglos, a veces inmerso en períodos de lenta agonía.

José Luis Corral Lafuente nació en Daroca (Zaragoza) en 1957. Catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Zaragoza, fundador y presidente de la Asociación Aragonesa de Escritores, ha sido profesor invitado en universidades españolas e internacionales.

Reconocido como " el maestro de la novela histórica española contemporánea ", es autor de una treintena de ensayos y libros de investigación histórica, como Historia de la pena de muerte (2004), Breve Historia del Temple (2006) y Una historia de España (2008) y de dos centenares y medio de artículos de Historia en diversas revistas españolas y extranjeras, también ha publicado, entre otras, las novelas El salón dorado (1996), El amuleto de bronce. La epopeya de Gengis Kan (1998), El invierno de la Corona. Pedro el Ceremonioso (1999), El Cid (2000), Trafalgar (2001), Numancia (2003), El número de Dios (2004), Fulcanelli. El dueño del secreto (2008) y Fátima. El enigma de las apariciones (2009). Además ha escrito los cuentos infantiles El corazón rojo (1998) y Los tres amigos (2009).

Colaborador habitual en diversos medios de comunicación y revistas de divulgación, ha realizado excavaciones arqueológicas en yacimientos de época medieval y fue asesor de Ridley Scott en la película 1492. La conquista del paraíso.

jueves, 21 de julio de 2011

Los últimos años de Catalina de Aragón ( II )


LA VIDA EN BUCKDEN


Pasaban los días, los vientos traían frías ventiscas del norte, la luz se hacía más corta y nadie traía noticias de la ciudad de Roma. Catalina esperaba. Las horas y las semanas transcurrían lentas, pero de forma apacible. Todos los días escuchaba misa y cada dos confesaba sus pecados. Rezaba de rodillas sobre la dura piedra sin servirse de los cojines. Sus damas observaron que la piedra aparecía muchas veces mojada por sus lágrimas. Una de ellas, al encontrarla llorando amargamente, comenzó a maldecir a Ana Bolena. " No la maldigáis, más bien pedid por ella, pronto llegará un tiempo en que tengáis razón en compadecerla y lamentar su caso ", contestó Catalina.

Hacía tres comidas al día. Eran sencillas, sin lujos ni suntuosidades. Las tardes las pasaba cerca de la chimenea, si hacía frío, o cerca de las ventanas, si el sol calentaba. Se hacía acompañar por todas las damas y, mientras una leía poemas o pasajes de la vida de los santos, el resto cosía y bordaba. Entre las prendas que hilvanaban con delicadeza esas mujeres, estaba el ajuar de la princesa María. Delicadas sábanas con filigranas de seda, preciosas ropas con secretos encajes.


Enrique insistía en que depusiera su actitud. Todo tipo de personalidades se paseaban por las estancias de la reina pidiendo audiencia y entrevistas. A nadie negaba Catalina la visita, aun sabiendo que todos venían para recriminarle su postura. A todos decía que " no ", que ella seguía siendo la reina, la señora de aquel país, la mujer del rey de Inglaterra, su señor Enrique VIII. Ella se negaba, con rotundidad, pero con amables palabras, con serenidad y tristeza en los ojos, con voz serena, pero con nervioso tono, a aceptar a Ana Bolena como reina. A Buckden también llegaron dos frailes observantes, a quienes Cromwell rápidamente encarceló en la Torre, pero de quienes no pudo arrancar ninguna confesión de la “ traición” de la reina. Otras personas, embozadas en sus capas, también visitaron Buckden, a quienes Cromwell no pudo detener.


EL ENFRENTAMIENTO CON EL DUQUE DE SUFFOLK


Enrique aprovechó la petición de Catalina de que se le permitiera trasladarse a una casa menos húmeda, como excusa para disponer un encarcelamiento más estrecho. A comienzos de diciembre, el duque de Suffolk, gruñendo que se quebraría una pierna antes que desempeñar semejante misión, fue enviado hacia el Norte con instrucciones terminantes. Exigiría a todos los criados de Catalina que juraran que no la tratarían de otra manera que como princesa viuda de Gales, despediría a los que se negaran y trasladaría a Catalina y al resto, o bien al castillo de Fotheringay, una residencia decente, pero fuertemente fortificada y que tenía la fama de estar en uno de los grandes focos de malaria de Inglaterra, o bien a Somersham, una casa solitaria y en ruinas en medio de los pantanos de Cambridge, rodeada de charcas y marismas. Ninguna de las dos opciones eran atractivas para nadie.


Las dos nuevas residencias eran torres de insalubre aire, donde cada movimiento de Catalina y sus seguidores estaría bien vigilado y donde pocas posibilidades de vivir largos años tendría la que ellos llamaban princesa viuda. Quizá Enrique esperaba que con un poco de ayuda, la Naturaleza le libraría de la molestia de la continua existencia de su esposa. O, quizá, sólo esperaba que la humedad, actuando sobre su reumatismo, la dispondría a aceptar cualquier medida con tal de tener un alojamiento más seco.

Charles Brandon, duque de Suffolk, llegó al castillo de Buckden hacia el 18 de diciembre de 1533. Catalina le recibió en su alcoba privada y con todas sus damas de honor y sirvientes a su alrededor. La chimenea calentaba la estancia pero el viento polar se colaba por los cristales. Al principio, la reina creía que Charles venía como amigo después de haberse opuesto, con poca fuerza eso sí, a las actuaciones del rey en relación a su segundo matrimonio, al repudio y a su política religiosa años atrás. Como muchos otros nobles había aceptado esos hechos consumados, aunque en el fondo no los aprobara. Le traía una carta de su gran amiga María de Salinas, convertida en suegra de Suffolk al casarse éste con su hija Catherine Willoughby, tras la muerte de su anterior esposa, María Tudor, la hermana del rey.


Pero Charles no venía como amigo, aunque tampoco como un enemigo. Eso sí, llevaba mucha prisa y no se anduvo por las ramas, ni quiso poner literatura a cada una de las palabras del rey. Fue preciso, directo y nada locuaz. Catalina, sorprendida por las amenazas contra ella y sus sirvientes, miró con desprecio a los ojos del duque. Ella no impediría que se solicitara el juramento a sus sirvientes, y ellos eran libres para hacer lo que su conciencia les dictase, pero nunca aceptaría tan deshonroso título, puesto que era un verdadero ultraje a su persona y a la de su esposo. Prefería verlos marchar antes que verles jurar tan despótico papel.


Con respecto a la segunda de las misiones, la del traslado a uno de los dos castillos, la reina se opuso con enérgicas palabras. Ir a cualquiera de esas dos estancias reales era sentenciar su propia muerte y la de sus sirvientes. Los dos lugares eran odiosos. Ante las dos negativas de Catalina, Charles Brandon, quien nunca se había caracterizado por ser un hombre de tacto y delicadeza, empezó a gritar en las estancias. La cortesía le había abandonado. Ante el espectáculo y el discurso de necedades, Catalina dio media vuelta y salió de la estancia cerrando la puerta. Para la reina, no había más de que hablar, y mucho menos en ese tono repleto de insolencia. El duque se quedó gritando y soltando amenazas e improperios contra Catalina.


Charles Brandon se desquitó reuniendo a todos los sirvientes de la reina y les pidió el juramento. Pero eso supuso un nuevo problema para el duque. Los pocos sirvientes que quedaban al servicio de Catalina, la consideraban su reina y señora. Uno por uno, tanto ingleses como españoles, le dieron la misma respuesta: habían jurado lealtad a Catalina como reina, no podían dirigirse a ella con ningún otro título. Esa oposición, junto a las palabras de los sirvientes, irritaron en demasía al real emisario. Sus propios hombres habían ocupado el edificio y ordenó a sus soldados encerrar a los leales criados en la portería, amenazando con adoptar medidas horrendas y esperando que se sintieran tan incómodos como él se sentía.


Volvió para gritar a través de la cerrada puerta de la torre norte, en donde Catalina y dos de sus damas resistían el sitio, y no obtuvo ninguna respuesta. El enviado de Enrique se tomó su misión como una hazaña bélica, como la peor de las batallas. La noche fue larga y, ante la testarudez regia de Catalina, Brandon no pudo más que soltar a tres de los ayudantes de la que él llamaba princesa viuda. Se trataba del médico de la reina, su farmacéutico y su confesor. Los tres fueron en dirección a la alcoba de la reina y entraron como si nada hubiese pasado. Pero las consideraciones del duque sobre la comodidad de Catalina y su tardío esfuerzo diplomático, no surtieron ningún efecto. Esa noche, Buckden tenía el aspecto de un castillo tomado al asalto, con los últimos de la guarnición resistiendo en una torre.



Fuentes:
Garrett Mattingly, Catalina de Aragon. 1998 Ediciones Palabra, S.A.
Luis Ulargui, Catalina de Aragón. 2004 Random House Mondadori S.A.

miércoles, 20 de julio de 2011

AMELIA EARHART


Entre los pioneros de los vuelos aéreos figura el nombre de una mujer que en el siglo XX se convirtió en una leyenda, Amelia Earhart. Nacida en Kansas en 1898, lo tenía todo para ser una heroína moderna, era hermosa, valiente, inconformista y perseverante. Se impuso ante el mundo por ser la primera mujer en cruzar dos veces el Atlántico, una en 1928 volando como pasajera y otra en 1932 volando en solitario, y la primera mujer en cruzar volando en solitario los Estados Unidos.

Tras la primera guerra mundial, Amelia sintió la necesidad de abandonar sus estudios para dedicarse a algo constructivo. Después de un breve curso de primeros auxilios, empezó a trabajar como enfermera. A menudo, era enviada a un hospital militar donde la mayoría de heridos eran pilotos de avión. Escuchaba sus historias con mucha atención y soñaba despierta, pensando que algún día sería ella la que llevaría el mando de la nave. Y así fue como, entre enfermos y heridos, nació su pasión por el vuelo.


En la década de 1920 había una normativa militar que prohibía volar a las mujeres, pero Amelia acudía cada día al campo de vuelo para aprender las maniobras, observar las técnicas y sentirse un poco más cerca de este mundo que la fascinaba. Sabía lo que quería y nada ni nadie se lo iba a impedir. Trabajó para pagarse las clases de instrucción de vuelo con Anita Snook, la primera mujer que se graduó en una escuela de aviación, y a los veinticuatro años, con sus ahorros y la ayuda de toda la familia, se compró su querido Canario, un avión color amarillo chillón, y empezó a volar. Tras sufrir algunos sustos en el aire y muy corta de dinero, tanto, que a menudo no podía pagar ni la gasolina, Amelia se sacó la licencia de vuelo.

Un día, recibió una llamada. Le proponían el reto de ser la primera mujer en cruzar el Atlántico como pasajera. Sin comunicárselo a sus padres y dejando un par de cartas escritas por si moría en el intento, Amelia no tuvo que pensar mucho la respuesta. Su sueño empezaba a hacerse realidad, aunque de momento fuera desde el asiento posterior del avión. Años más tarde, intentó esa misma hazaña pilotando ella el aparato y se convirtió así en la primera mujer que cruzaba el Atlántico como pasajera y como piloto. Aquí empezaron los récords en su Lockheed Vega de color rojo.


Volar en la época de Amelia era muy peligroso. Los aviones, muy distintos a los de ahora, eran máquinas de madera y hierro oxidado que perdían aceite y gasolina y donde la radio y el altímetro, además de cualquier instrumento de navegación, se estropeaban a la primera de cambio. Volar en los años 30 era un acto de valentía y de fuerza. Amelia lo pasó muy mal en alguno de sus vuelos como aquél famoso viaje en solitario. En pleno vuelo su altímetro dejó de funcionar, voló sin visibilidad en medio de la niebla y de una tormenta, y el tubo de escape se quemó provocando un incendio. El avión perdía gasolina y podía haber explotado en cualquier momento. No tenía comunicación por radio y aterrizó en un campo de Irlanda trece horas después de su despegue. Amelia demostró tener mucha sangre fría para pilotar un avión en esas condiciones y conseguir llegar a tierra.

Su afán de superación le permitió ser la primera mujer que cruzaba Estados Unidos sola en un avión, la primera en superar las 300 millas por hora y la primera en llegar a una altura de 14.000 pies. Junto a otras mujeres, constituyó una organización de aviadoras femeninas de la que sería presidenta. Empezó a dar conferencias y consiguió la admiración de la prensa, fue honrada por el senado francés, premiada por National Geographic y alabada por las feministas. Contrajo matrimonio en 1931 con George Putnam, quien la ayudó a publicar su libro Veinte horas, cuarenta minutos.

Rubia, alta y de hermosos ojos azules marcó un estilo en su época y simbolizaba la mujer independiente hecha a sí misma. Durante mucho tiempo acaparó las portadas de las revistas de moda y ofrecía entrevistas como estrella de Hollywood. Ella siempre potenció su aire andrógino como parte de su encanto y es cierto que físicamente era muy parecida al aviador Charles Lindbergh. Cuidaba su imagen como una top model, se diseñaba ella misma su ropa, sus chaquetas de piel y ajustados pantalones se hicieron famosos.

Sus compañeros contaban que tras un aterrizaje forzoso, lo primero que hizo al salir del avión fue retocar su maquillaje. Al margen de estos detalles de coquetería, Amelia no pecaba de frivolidad, al contrario, se convirtió en un modelo a seguir por miles de jovencitas, “ me enorgullezco de haber abierto el camino a otras mujeres que se atrevan a seguirme “, había dicho en más de una ocasión esta pionera feminista.


Amelia quería llegar hasta el final, dar la vuelta al mundo. Se compró un avión nuevo y despegó rumbo a Costa Rica, Venezuela, Brasil, Senegal, Dakar, India, Singapur … Tras cuarenta días de vuelo, se enfrentó sin éxito al Pacífico, del que nunca saldría con vida. La señal de su avión se perdió en el limbo. Probablemente al quedarse sin carburante. Nunca se encontró la máquina, ni el cuerpo de Amelia ni el de su acompañante. Se los tragó el océano.

Amelia sabía que se trataba de un reto peligroso. En una de las cartas que le mandó a su marido mientras daba la vuelta al mundo, escribió: “ Cuando termine, pienso retirarme de esta clase de vuelos de malabarismo de larga distancia “. Era consciente de los riesgos, pero sentía la necesidad de probarlo, de arriesgar la vida por su gran pasión, de imponer el reto del vuelo ante la monotonía cotidiana. El suyo es un gran ejemplo de alguien que se jugó la vida para cumplir un sueño. En 1997, Linda Finch consiguió ser la primera mujer en dar la vuelta al mundo en avión.


Fuentes:
Cristina Morató, Viajeras intrépidas y aventureras. 2001 Random House Mondadori, S.A.
Teresa Vallbona, Grandes mujeres, el lado femenino de la historia. Editorial Océano S.L. 2010

sábado, 16 de julio de 2011

BONA SFORZA, Reina italiana de Polonia


Bona nació en 1494 en la dinastía italiana de los ricos y poderosos Sforza que gobernaban Milán. Era la hija de Gian Galeazzo Sforza, duque de Milán, e Isabel de Aragón, princesa de Nápoles. Fruto de este matrimonio eran también sus hermanos Francesco, Hipólita María y Bianca, los tres murieron jóvenes. Después de la prematura muerte de su padre, su tío paterno, Ludovico el Moro, se hizo cargo del ducado de Milán. Se creyó por toda Italia que Gian Galeazzo no murió de enfermedad natural, sino que había sido envenenado. Uno de los médicos reales afirmó que había signos manifiestos de ello. No hubo nadie que dudase que si había sido veneno habría sido administrado por las maquinaciones de su tío Ludovico, que había ejercido el poder durante la minoría de su sobrino.



Isabel de Aragón



Isabel de Aragón, junto con sus hijas, salió de la corte milanesa cuando se dio cuenta de que sus intentos para que fuesen reconocidos los derechos de su hijo Francesco, eran en vano. La duquesa fijó su residencia en Bari, donde promovió un movimiento de humanistas, médicos y escritores. Bona vivió su infancia en un ambiente cultural refinado y recibió una buena educación. Su maestro fue Crisóstomo Colonna, quien supervisó su educación junto con Antonio Galateo. La princesa sabía idiomas, literatura, estudió los clásicos, historia, derecho, administración, teología, danza, tocaba varios instrumentos, montaba a caballo y aprendió a cazar. Su madre, teniendo en cuenta las perspectivas de futuro de su hija, le enseñó el arte de gobernar. La joven princesa pasaría también un tiempo en la corte de Nápoles.

La ambición de Isabel por recuperar el ducado de Milán fue destruida por la conquista del pequeño estado por Francisco I de Francia. Estaba decidida a encontrar un pretendiente bueno para Bona, su única hija viva. Sus dos primeras opciones, el príncipe Maximiliano Sforza y luego Felipe, hermano de Carlos de Saboya, no llegaron a nada. Gracias a la ayuda de su cuñado el emperador Maximiliano I de Austria, pudo encontrar para Bona al rey Segismundo I de Polonia, llamado “ El Viejo “, que había enviudado recientemente. Aunque el rey era veintisiete años mayor que su novia, era el gobernante de un país que territorialmente era el quinto o sexto más grande.



El 6 de diciembre de 1517, fiesta de San Nicolás, patrono de Bari, tuvo lugar en Nápoles la boda por poderes y en abril del siguiente año, Bona llegó a Cracovia, por entonces la corte polaca residía en esta ciudad, acompañada por Próspero Colonna, el cardenal Ippolito d'Este y un séquito de 345 personas, entre damas y caballeros, recibida por todos con gran entusiasmo. Las ceremonias de matrimonio y la coronación de Bona se celebraron en Cracovia el 18 de abril de 1518. El matrimonio real tuvo seis hijos: Isabela, Segismundo II Augusto, Sofía, Ana, Catalina y Alberto. Bona consiguió matrimonios ventajosos para sus hijas. A tres de ellas las sentó en los tronos de Hungría, Polonia y Suecia como reinas consortes, y otra fue duquesa de Brunswick.

Esta princesa de Milán trajo muchas novedades de Italia y las introdujo en la corte polaca. La reina Bona abrió la puerta a los artistas italianos. Además de sus cortesanos, ella traía consigo constructores, arquitectos, artesanos y pintores para hacer su nuevo país tan hermoso como el que ella dejó. Cuando el Renacimiento estaba llegando a su fin en Italia, floreció de nuevo en el norte, especialmente en Polonia, en parte debido a la influencia de Bona. La reina fue una mecenas y coleccionista, también interesada en la ciencia. Admiradora de Maquiavelo y de Leonardo da Vinci, contribuyó a la constitución de la notable biblioteca del palacio real. Bona tuvo una gran influencia en el desarrollo y la difusión de la cultura musical polaca. A la muerte de su madre Isabel en 1524, heredó los títulos de duquesa de Bari y princesa de Rossano, además de pretendiente al título de Rey de Jerusalén como descendiente de Hugo de Brienne.



La reina Bona implantó la moda española entre los miembros de la alta aristocracia. La mujer polaca comenzó a imitar a su reina. Llevaban muchas joyas, cadenas de oro y cofias de cuentas. Los tejidos que estaban en boga eran exuberantes: terciopelos, sedas, rasos, brocados y telas de oro. En 1533, Bona trajo de Brujas los primeros catorce tapices flamencos que el rey había ordenado para el castillo de Wawel. Hoy en día, Bona es más recordada en la cocina polaca. Ella introdujo muchos alimentos, especialmente vegetales, desconocidos en la mesa polaca como la coliflor, espinacas, tomates, judías verdes, alcachofas, brócoli, apio, perejil, puerro y el repollo. La lengua polaca contiene muchos términos para vegetales asimilados del italiano.

La reina también contribuyó en la economía y administración. Sobre la época del matrimonio de la pareja real, el estado de la tesorería en el Gran Ducado de Lituania era desastroso. El rey nombró como Tesorero del Gran Ducado a Ezofowicz Abraham, miembro de una distinguida familia judía, y también buscó la ayuda de su banquero, Boner Jan, y Bona, quien tenía un ingreso sustancial de su principado en Italia. Con la inyección de fondos fue posible liberar muchas de las propiedades del Rey que habían sido adquiridas por los magnates como garantía para préstamos.

Segismundo I de Polonia


Bona se esforzó en aumentar los ingresos reales con la compra de propiedades y una administración inteligente. Introdujo nuevos cultivos, erigió iglesias, fundó parroquias, ciudades fortificadas, monasterios, mejoró las condiciones de higiene, dio privilegios a las ciudades, financió la construcción de hospitales, puentes y canales. Trató con armadores venecianos para dotar a Polonia de una flota propia. Hacia el final de la vida de su marido, cuando el rey senil comenzó a perder interés en los asuntos de Estado, ella prácticamente se hizo cargo de la dirección del país.

Luchó contra el poder de los nobles para hacer de Polonia un Estado absolutista moderno, siguiendo el ejemplo de Francia, España e Inglaterra, y por mejorar la situación internacional de su reino. Firmó un tratado de paz con Turquía en 1569, unió Lituania a Polonia, se acercó a Francia para protegerse de los poderosos Habsburgo, se llevó bien con España porque quería proteger sus intereses en el ducado de Bari y además hizo una alianza con los Habsburgo, a los que temía, al casar a su hijo Segismundo Augusto con la archiduquesa Isabel de Habsburgo, hija del emperador Fernando I y Ana de Bohemia, en 1543.

Isabel de Habsburgo, sobrina de Carlos V

El primer matrimonio de Segismundo Augusto no fue feliz. Joven, inexperta y tímida, Isabel de Habsburgo no se sintió atraída por su marido. La situación se deterioró cuando le diagnosticaron una enfermedad incurable, la epilepsia. Su esposo le era infiel con una noble lituana llamada Bárbara Radziwill. Al mismo tiempo, Bona mostró abiertamente su aversión a Isabel. Su disputa con la reina Bona sobre el queso parmesano es comúnmente conocida en Polonia. La única persona que mostraba simpatía por ella era su suegro.

En la primavera de 1545, la salud de la joven reina se deterioró, atormentada por sus ataques cada vez más frecuentes de epilepsia. El 15 de junio, Isabel murió agotada por muchos ataques epilépticos, tenía sólo diecinueve años y no dejó descendencia. Pero los rumores decian que Bona Sforza había usado el veneno para acabar con su nuera por no haber sido capaz de dar un heredero al trono.



Segismundo II Augusto

Sin tener en cuenta que correspondía a los nobles la elección del rey, antes de que muriera su marido, la reina Bona hizo coronar a su hijo Segismundo II Augusto sin contar con la nobleza, para imponer así la línea dinástica hereditaria. También consiguió del Papa la aprobación para poder nombrar a los obispos, ya que era la manera de que se mantuvieran fieles a su soberano, pero a la vez no obstaculizó la presencia de fieles de otras creencias: ortodoxos, judíos, calvinistas etc … Aunque Bona había apoyado la muerte en la hoguera de Catharine Weygel, a la edad de ochenta años, por sus opiniones antitrinitarias, la lectura de las obras de Bernardino Ochino le hizo cambiar sus puntos de vista.

Las estrechas relaciones intelectuales que Cracovia mantenía con Alemania favorecieron una difusión precoz de las ideas de Lutero en Polonia. La religión reformada se incubó durante el reinado de Segismundo I y explotó después de su muerte: las familias más poderosas del país aceptaron la Reforma, la Cámara de los Nuncios fue dominada por los protestantes y el rey permitió una tolerancia de hecho.



Bárbara Radziwill


La muerte del rey Segismundo en 1548, a la edad de ochenta y un años, puso fin al reinado de Bona y su influencia. Había un conflicto entre ella y su hijo, incluso antes de convertirse en rey. La situación se hizo insostenible después del segundo matrimonio de Segismundo Augusto. Al quedarse viudo de su primera esposa, Bona aspiraba a casarlo con una princesa de Este o con una hija del rey de Francia, pero Segismundo se casó sin informar a la Dieta, es decir al Parlamento polaco, con su amante Bárbara Radziwill, lo que además de enfurecer a su madre, que hacía peligrar las alianzas deseadas, lo enfrentó a la Dieta, que trató de que repudiara a la Radziwill o que abdicara, incluso privar a su esposa de sus derechos como reina. Todo fue inútil, Bárbara fue coronada reina sin la presencia de Bona Sforza en la ceremonia.

Sin embargo, Bárbara enfermó muy pronto, sin ninguna esperanza de recuperación, y es, en este momento, cuando Bona quiere reconciliarse con su nuera. En una carta declara " reconocer y honrar a Vuestra Alteza Serenísima como su propia hija y bienamada nuera [...] Ruego y espero que el Señor Dios la sane pronto ". Pero la curación no tuvo lugar y Bárbara murió en 1551, sin dar hijos al rey. Su inesperada muerte desató otra vez el rumor de que la reina Bona había eliminado a su nuera mediante el uso del veneno, dada la fama de envenenadores que rodeaban a los príncipes italianos en el siglo XVI. Segismundo Augusto volvió a casarse dos años después, esta vez con Catalina de Austria, la hermana de su primera esposa, con la que tampoco llegó a tener descendencia.




Bona tuvo que abandonar Cracovia y se trasladó a Varsovia. En 1555 decidió abandonar Polonia, la Dieta le dio permiso para hacerlo con la condición de que dejara todas sus propiedades polacas y lituanas a su hijo, pero se podía llevar muchos de sus tesoros, para el transporte de los cuales necesitó de un centenar de carros. Al año siguiente, regresó a Bari, pero encontró sus dominios en pésimas condiciones debido a las guerras entre franceses y españoles.

El señorío barense, ocupado en su momento por las tropas de Fernando el Católico, pasó a manos de la reina de Polonia en régimen de vasallaje respecto al emperador Carlos V. Bona prestó a Felipe II la cantidad nada desdeñable de 430 mil ducados, las llamadas “sumas napolitanas“, un préstamo que no fue devuelto. Bona Sforza falleció un año después de su llegada a Bari. Corrió el rumor de que había sido envenenada por su secretario privado Gian Lorenzo Pappacoda, por orden de los Habsburgo. Sus restos descansan en la Basílica de San Nicolás de Bari.






Fuentes:
http://info-poland.buffalo.edu/classroom/Bona/Bona.html
http://uk.ask.com/wiki/Queen_Bona?qsrc=3044
http://es.wikipedia.org/wiki/Gian_Galeazzo_Sforza
http://www.canaluned.com/index.html#frontaleID=F_RC§ionID=S_RADUNE&videoID=4021&searchKey=Bona Sforza&pag=1
http://es.wikipedia.org/wiki/Giorgio_Blandrata
http://en.poland.gov.pl/Bona,Sforza,(1494,%E2%80%93,1557),1958.html
http://it.wikipedia.org/wiki/Bona_Sforza
http://www.science24.org/show/Elisabeth_of_Austria_(1526-1545)
http://www.sinequanon.org/site/article.php?ID=2977&l=

BENAZIR BHUTTO


Fue la primera mujer en asumir el máximo cargo político de un país musulmán. Y lo hizo en dos ocasiones, entre los años 1988-90 y 1993-96. El nombre de Benazir Bhutto está asociado a la democracia de Pakistán. Impulsora de un estado seglar, de la tolerancia en una sociedad sectaria y de las libertades fundamentales, lo de Benazir fue más una declaración de buenas intenciones que una realidad palpable. Como en el caso de Indira Gandhi, primera ministra de la India, la tradición política le venía de familia. Las dos mujeres fueron hijas de un importante dirigente, y en ambos casos, tras su muerte, fueron sus hijos los que tomaron las riendas del poder ejercido por sus madres. Encarnaron la emergencia del liderazgo femenino en Asia. Pero sus mandatos llevaron consigo una advertencia de los radicales: la llegada al poder de una mujer es una novedad contraria a los principios del islam. Benazir murió en un atentado el 27 de diciembre de 2007.

Benazir Bhutto era una mujer moderna y laica. Su padre, Zulfikar Ali Bhutto, un hombre de ideas liberales en relación con el papel de la mujer, le permitió que fuera a estudiar a Estados Unidos y a Inglaterra, en donde estudió Filosofía, Ciencias Políticas y Economía en la Universidad de Oxford. Allí completó un curso en Derecho Internacional y Diplomacia. Inteligente y atractiva, se pintaba los labios de rojo y los ojos de negro para destacar sus bellos rasgos. Cuando asumió el mando del Partido Popular de Pakistán, después de que ejecutaran a su padre tras ser derrocado por un golpe militar, el máximo dirigente de la formación, Benazir era una mujer libre de todo compromiso, en definitiva, una mujer independiente, algo poco común en el Pakistán de la época y algo que no gustaba a los más radicales.


Benazir comenzó a sufrir numerosas persecuciones por parte del dictador Mohamed Zia ul-Haq, su lucha política la llevó a la cárcel en numerosas ocasiones. Estuvo cinco años y medio entre rejas y en abril de 1984 regresó a Londres. A finales de 1985 volvió a Pakistán. Antes de asumir el cargo de primera ministra, Benazir se casó con un empresario, Asif Ali Zardari, hijo de un magnate industrial. La pareja tuvo tres hijos: Bilawal, Bakhtwar y Aseefa.

Ocupó en dos ocasiones el cargo de primera ministra de su país y en ambas ocasiones fue destituida. Opositora de la dictadura militar que regia Pakistán, pidió elecciones anticipadas y las ganó. El cargo fue asumido por una mujer en un estado de mayoría islámica, sin experiencia política y con tan solo 35 años, reto que asumió sin miedo, convencida de lo que hacía. Sus propuestas eran la defensa de los derechos humanos, la reducción del déficit público y del paro y la protección de la maternidad y la infancia. A pesar de sus buenas intenciones sobre el papel, en la práctica, sus propuestas eran difíciles de llevar a cabo, ya que Pakistán, que hacía once años que no tenía elecciones, no estaba acostumbrado al consenso democrático; era un país militarizado e islamizado. Su gobierno no tardó en debilitarse y fue acusada de abuso de poder y corrupción.



El segundo mandato fue algo así como un dejà vu. Una vez más, atender a los desfavorecidos, perseguir la corrupción y sacar a Pakistán del aislamiento político, fueron sus objetivos de su política de centro-izquierda, pero una vez más, todo quedó en papel mojado. Fue acusada nuevamente de corrupción y tuvo que exiliarse en Dubai durante más de ocho años. Los conflictos étnicos, materializados en atentados suicidas y cientos de muertos, marcaban entonces la política de Pakistán.

Siempre altiva y retadora, Benazir Bhutto se crecía ante las adversidades. Durante toda su vida sufrió persecuciones y, a pesar de todo, esta mujer dura y comprometida, llevó hasta el final su voluntad de hacer triunfar la democracia en su país. La única manera de poner fin a la violencia que imperaba en Pakistán era que la dirigente política regresara de su exilio. Pese a las amenazas de muerte que recibía a diario, no dudó en volver a su país. No se iba a acobardar ante los extremistas. Por muchos enemigos que tuviera, estaba convencida de llevar su misión hasta el final: el triunfo de la democracia. Pero lo hizo por poco tiempo. Dos semanas después de los comicios fue asesinada.


Inicialmente se pensó que fue directamente por un ataque suicida con armas de fuego durante una manifestación política del Partido Popular de Pakistán en Rawalpindi. Testigos del asesinato dijeron que Benazir se había levantado a través del techo corredizo del Toyota Land Cruiser Blindado blanco que la transportaba, minutos después de terminada la manifestación, para saludar a sus seguidores. Una primera información decía que un hombre en una motocicleta disparó contra ella y la hirió en el cuello haciendo que cayera dentro del vehículo. Después de esto, el asaltante detonó un explosivo que causó su muerte, la de 22 personas más y varios heridos. Benazir Bhutto fue llevada al Hospital General de Rawalpindi, donde falleció.

De acuerdo con el Ministerio del Interior pakistaní, el tiro en el cuello fue la causa de la muerte. Sin embargo, desde el Gobierno se dijo después que no había heridas de bala y que se encontró una fatal herida en el cráneo producida al caer, impulsada por la onda expansiva, sobre una palanca del vehículo que la transportaba y que ésa fue la verdadera causa de su muerte. Su familia no autorizó la autopsia.



Fuentes:
http://es.wikipedia.org/wiki/Benazir_Bhutto
Teresa Vallbona, Grandes mujeres, el lado femenino de la historia. Editorial Océano S.L. 2010
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