
Margarita de Valois
Margarita de Valois mantuvo una relación amistosa con su ex esposo Enrique IV, a quien llamaba “ mi hermano, mi amigo y mi rey “. También entabló una firme amistad con la reina María de Médicis y, como no tenía hijos, se encariñó mucho con los de ella, sobre todo con el Delfín Luis. Muchas de las propiedades que por derecho le pertenecían le habían sido devueltas, como también otros bienes, y en señal de reconocimiento, Margot nombró heredero al Delfín.
Instalada de nuevo en París, pensó que necesitaba una residencia que estuviera a la altura de su rango. Generosamente, Enrique le concedió una gran extensión de tierra junto al palacio de las Tullerías. Margot hizo construir allí el encantador palacio des Augustins, con su gran extensión de parque y jardines sobre la margen izquierda del Sena. Además de mejorar la ribera izquierda del río, convocó en su palacio a músicos, escritores y filósofos, lo que atrajo a sus salones a mucha gente culta. Margot le escribía con frecuencia a Enrique para darle su opinión sobre consejeros o cortesanos, y en varias ocasiones advirtió a su ex esposo de algún complot contra él.

Charlotte de Montmorency, princesa de Condé
A principios de 1609 el rey se enamora de una bellísima joven de catorce años, Carlota de Montmorency, hija del jefe de una de las más poderosas familias de Francia, ya prometida al noble Bassonpierre. Decidido el monarca a hacerla su favorita, y tras hablar con el prometido y con el padre de la joven, decide casarla con el príncipe de Condé, su sobrino, de quien se decía que no le gustaban las mujeres. María de Médicis se entera, provoca escenas violentas contra su real esposo, inútilmente, ya que éste le anuncia que si bien él la ama como a una esposa, no renunciará a la joven belleza, que espera será su amante oficial.
La proyectada y arreglada boda de los jóvenes se celebra, pero el sobrino se niega a ser un marido paciente y consentidor. Contra todo lo previsto, huye con su bella esposa en sendos caballos y galopan hasta el castillo de Muret, cerca de Soisson. Enterado el rey, emprende su persecución, pero los príncipes de Condé se dirigen hacia los Países Bajos españoles, esta vez en una carroza tirada por ocho caballos y escoltados por algunos de sus caballeros. Llegan a Bruselas donde piden asilo al gobernador, el archiduque Alberto, que en un principio los acoge contento de poder contrariar al monarca francés. Sin embargo, temiendo los problemas que esto pudiese acarrearle, aconseja a su protegido que salga del país, lo que él hace de inmediato yéndose a Colonia, dejando a su esposa al cuidado del archiduque.

Enrique IV de Francia
Enterado Enrique IV, decide raptar a la bella Carlota, confiando la misión al marqués de Coevres, quien, acompañado de un grupo de caballeros, decide escalar las murallas del castillo donde se encuentra la princesa de Condé, con la intención de salvarla de su “ prisión “, pero sus planes fracasan y tienen que abandonar la empresa. Parece ser que, como es su costumbre, el rey ha confiado a su esposa su proyecto, quien sin pérdida de tiempo, no tarda en comunicarlo al nuncio de Su Santidad, que a su vez informa al embajador de España, el cual manda un correo a Bruselas. Allí, la ciudad queda rodeada por doquier. La guardia vigila cada lugar estratégico, las entradas a la ciudad están controladas de manera que los hombres del marqués de Coevres tienen que abandonar la empresa, volviendo vencidos … El archiduque Alberto decide conducir a la princesa junto a su esposo.
Envalentonado el rey por las cartas de amor que Carlota le envía, a pesar de la estrecha vigilancia de las damas españolas residentes en Bruselas, no desiste de su empresa, ofuscado y furioso, reclama a su adorada princesa, se la tendrán que ceder por las buenas o por las malas, y ante la negativa de las autoridades que la vigilan, Enrique está a punto de declarar la guerra. No puede confesar la causa de su decisión pero, inesperadamente, un suceso importante le puede servir de pretexto: la muerte del protestante duque Juan Guillermo de Cleves, que no tiene hijos. Entre los pretendientes a la herencia se encuentran los electores de Brandeburgo y de Neoburgo. Enrique IV decide ayudarlos yendo en contra del emperador de Austria, Rodolfo II, aliado de España, que sigue siendo la rival de Francia, con lo que el monarca francés entraría en el conflicto.

María de Médicis
Enrique prepara un gran ejército que debería invadir los Países Bajos y seguiría hacia las fronteras del imperio austríaco. El nuncio Ubaldini y algunos de los consejeros del rey insisten para que abandone el proyecto. Aunque parezca increíble, declara que si le entregan a la princesa de Condé se podrá llegar a un acuerdo. La guerra parece inminente, ante el desconcierto del Papa, que, contrario a la ayuda a los príncipes protestantes, amenaza con excomulgar al rey francés. María de Médicis se opone a la decisión de su esposo, no solamente por lo que para ella representa la rivalidad con la princesa de Condé, sino también por el aspecto político, ya que sigue siendo partidaria de mantener buenas relaciones con los países católicos. Teme cualquier manera de violencia y una posible guerra contra España, y para evitarla, se vuelve a hablar de una alianza matrimonial entre los príncipes de ambos países. El Delfín se casaría con la infanta Ana de Austria y la princesa Isabel con el príncipe de Asturias. Enrique IV no quiere hablar de todo esto y prepara un ejército que con sus aliados alcanza una cifra de doscientos mil hombres.
La vida de Enrique estaba en peligro. Había salido ileso de dos atentados, uno de ellos inspirado por un médico y perpetrado por una mujer a la que trataron de bruja, el segundo por un iluminado. Ambos atentados se descubrieron a tiempo y los culpables fueron ajusticiados. Por otra parte, el rey había estado gravemente enfermo, temiéndose por su vida. Una adivina le profetizó que sería asesinado en la primera gran fiesta a la que asistiese y que moriría en una carroza.

La inseguridad del soberano hace que, tanto la reina como los Consejeros de la Corona, prefieran asegurar la regencia del reino en caso de accidente, y como primera medida se propone el solemne coronamiento de María de Médicis, al tiempo que se constituye un Consejo de Regencia, compuesto por quince notables y presidio por la reina. Un poco forzado, el rey acepta que se corone a su esposa. Enrique le expresó a su ministro y amigo de confianza Sully sus temores : “ Amigo mío, este coronamiento no me gusta nada, no sé por qué pero el corazón me dice que ocurrirá una desgracia “. Su ministro le aconseja que anule la coronación, pero la insistencia de la reina fue tal, que los preparativos continuaron sin cambiar la fecha ni el lugar.
La consagración iba a tener lugar en la Basílica de Saint Denis el día 13 de mayo de 1610. Las calles de París aparecían ya adornadas para la fiesta y miles de personas iban de un lado para otro. A las dos de la tarde de aquel mismo día, con un lleno impresionante, tuvo lugar en la Basílica la ceremonia religiosa. Al terminar, regresaron los reyes Enrique y María de Médicis en su carroza al Louvre. Sus hijos habían presenciado la ceremonia.

Al día siguiente, Enrique decide salir del Louvre para ir a ver a su ministro Sully. Misteriosamente encuentra un billete en su gabinete de trabajo en el que hay escrito: “ Sire, no salgáis esta tarde “. Duda el monarca si debe salir de palacio, va a ver a la reina que le aconseja que no lo haga y permanezca tranquilo a su lado. Todo fue inútil, manda preparar su carroza y rechaza ser escoltado por capitanes de Guardia. Le acompañan el duque d' Epernon, que se sentó a su derecha, Montalbán y Laforce, que se sentaron a su izquierda, mientras otros dos cortesanos, Mirabeau y Liancourt, se sentaban enfrente. Otros gentileshombres les seguían a caballo y algunos criados a pie.
Un cuarto de hora más tarde, la carroza se detiene en la calle de la Ferronière, que es sumamente estrecha. Dos carretas, una cargada de cubas de vino y la otra por haces de heno, le cierran el paso. Aparece un hombre empuñando un puñal, se abalanza hacia el rey y le asesta una puñalada, que hirió superficialmente su pecho a la altura del corazón."¡Ay!" exclamó el Rey sorprendido,"¡me han herido!". El asesino dirigió una segunda puñalada y esta vez con más acierto consiguió atravesar el pulmón, seccionando la aorta y la vena cava. Aún, sin que nadie al parecer se hubiese repuesto del sorpresivo ataque, dirigió velozmente una tercera cuchillada que atravesó la manga del Duque de Montbaron.
“ Estoy herido, pero no es nada “, exclama el rey débilmente al recibir la segunda puñalada, pero una bocanada de sangre salió de su boca. Cae inconsciente, se piensa que sólo se ha desmayado. Sus acompañantes hacen prisionero al regicida, de nombre Jean François Ravaillac, no quieren que se le mate. Cubren el cuerpo del rey con un manto, piensan que se le puede salvar, y corren precipitadamente hacia el Louvre con la esperanza de que se le pueda curar. Llega el cirujano, que confirma la muerte del rey.

Al ver los despojos ensangrentados de su marido, la reina se sintió desfallecer y fue sacada de allí en volandas por las damas de su séquito. Entretanto, todos los personajes más importantes de la corte que estaban en aquel momento en el Louvre, acudieron a su cámara, arrojándose a sus pies, besándole las manos y prometiéndole fidelidad y apoyo. Presa de una febril agitación, la reina pasaba de uno a otro pidiendo ayuda y consejo, aunque sin ser todavía capaz de prestar atención a lo que le decían. Y como no dejaba de repetir "ay de mí, el Rey ha muerto!", alguien tuvo que recordarle que " en Francia los reyes no mueren " y, señalando al delfín, que estaba silencioso y asustado junto a ella, añadió: " Señora, he aquí el rey vivo". El Delfín tiene apenas nueve años, es ahora el rey Luis XIII. Su madre asumirá el gobierno del reino durante la minoría de su hijo. Sabe que también ella tiene enemigos, por lo que, para su seguridad, nombra cien guardias que la protegerán día y noche.
Se afirma que la muerte del rey ha sido preparada por un complot, se dan nombres … Jacqueline le Voyer d' Escoman, criada de la Marquesa de Verneuil, formuló una serie de acusaciones que implicaban al duque d' Epernon y a la Marquesa de Verneuil como inductores del crimen, afirmando que ella había sido testigo de conversaciones que demostraban la existencia de una conspiración contra el rey. Sus acusaciones fueron consideradas falsos testimonios y fue recluida en un convento.
Ravaillac, un fanático católico, fue interrogado y torturado durante varios días. Pese a los sufrimientos padecidos, no despegó los labios. Siempre declararía que había actuado por su cuenta y que no había sido contratado por nadie. Se dictó sentencia sobre él y fue condenado a muerte. Se le dio atroz suplicio descuartizándole vivo en la parisina plaza de la Greve. Si detrás de su mano ejecutora se escondían otras personas, es un secreto que se llevó a la tumba.
Fuentes:
GARCÍA LOUAPRE, PILAR. Ana de Austria. Editorial Alderabán
FRIEDA, LEONIE. Catalina de Médicis. 2006 Siglo XXI de España Editores, S.A
CRAVERI, BENEDETTA. Amantes y reinas. Ediciones Siruela, S.A. 2006
http://www.gorgas.gob.pa/museoafc/loscriminales/magnicidios/enrique%204.html
http://es.wikipedia.org/wiki/Fran%C3%A7ois_Ravaillac