En Hatfield, la princesa María se hallará sometida a Lady Shelton, tía de Ana Bolena, que junto a Lady Clere, otra pariente de la nueva consorte, había recibido órdenes terminantes de humillarla y vigilarla estrechamente. La harán esperar hasta que pase el cortejo de la pequeña Isabel; cuando se la traslade en una litera real, a ella la obligarán a caminar a su lado, incluso con fango, y en viajes más largos se le adjudicará una litera de ínfima categoría, sin que valgan de nada sus protestas, a la fuerza llegarán a introducirla en una ocasión.
Tendrá que compartir el comedor con la servidumbre, aguantando escenas groseras, alimentos mal preparados y peor presentados. Nadie prueba su comida; cuando se encuentre enferma tendrá que quedarse en ayunas o ir al comedor arrastrándose. Cuando pida comer en su habitación se lo prohibirá Ana Bolena. De nada sirven sus protestas alegando falta de salud y temor a ser envenenada. Le negarán la dieta prescrita por sus médicos pretextando inconveniencias y gastos que decían ascender a la suma de 26, 13 y 14 libras durante tres meses.
Es una situación que no tarda en conocerse. Chapuys informa al Emperador: “ No podéis imaginar el dolor del pueblo ante este abominable proceder, se teme tratan de matarla de tristeza para hacerle renunciar a sus derechos, o casarla bajamente, o que mancille su honra, para tener excusa de desheredarla “. Ante las protestas de Chapuys reacciona peor el Rey: “ Mis palabras solo sirvieron para irritarle y volverle más fiero y obstinado, por lo que he resuelto no volver a dirigirle la palabra, a no ser que me obligue, sin un mandato de la Reina “.
¿ Cuál fue la primera reacción de María ante aquella avalancha de desprecios y humillaciones ? Una gran resignación y entereza, como se conoce por la actitud de Lady Shelton, quien, al principio, tiene que confesar: “ Merece honra y buen trato por su bondad y virtudes “. Así contesta al reproche de Ana Bolena, que, a través de Norfolk y de su hermano, le insta a que la trate con mayor aspereza. Tanto ansiaba humillarla que encarga a su tía que la abofetee cada vez que se declare princesa “ por lo maldita bastarda que es “. Y acusa a Lady Shelton de permitir que María pudiera asomarse a la ventana y que grupos de transeúntes se agolpasen proclamándola princesa de Gales y que en sus desplazamientos la vitorearan y bendijesen como si fuera el Salvador del mundo.
Se le prohibirá a María hacer ejercicio, pasear por la galería pública de la casa o por el jardín y acudir a misa a la iglesia cercana. Todas sus cartas serán sometidas a escrutinio, reteniendo muchas de ellas. Periódicamente se registrarán sus pertenencias e incluso se requisarán sus papeles para ser enviado todo a Cromwell, que procuraría que no pudiera escribir ni comunicarse con nadie. Ella, más adelante, se excusará de su mala caligrafía: " llevo más de dos años sin escribir ", dirá en su primera comunicación oficial. Algunas personas serían enviadas a la Torre acusadas de mantener comunicación privada con María y de llamarla princesa a pesar de la prohibición vigente.
La princesa María no dejará de protestar por el trato vejatorio que recibe y a medida que proteste se le irán confiscando sus joyas, sus vestidos; así se la va despojando de cuanto posee. A los tres meses se encuentra casi privada de vestidos y de otras cosas necesarias. Creyendo que su padre no tolerará aquella situación, le envía un mensajero para que se lo haga saber, advirtiendo que no aceptará ningún escrito en que no la titulen princesa.
La princesa María no dejará de protestar por el trato vejatorio que recibe y a medida que proteste se le irán confiscando sus joyas, sus vestidos; así se la va despojando de cuanto posee. A los tres meses se encuentra casi privada de vestidos y de otras cosas necesarias. Creyendo que su padre no tolerará aquella situación, le envía un mensajero para que se lo haga saber, advirtiendo que no aceptará ningún escrito en que no la titulen princesa.
Los simpatizantes de María eran muchos y muy bien distribuidos en todos los estamentos y escalas sociales. Chapuys podría siempre, aunque a veces con ímprobas dificultades, hacerle llegar un mensaje oral o escrito a través del cordón de vigilantes de Ana Bolena. Randall Dodd, su antiguo paje, permaneció con María a pesar de las purgas de sus fieles servidores y fue siempre un leal e ingenioso mensajero. Pero debió de contar con más, porque en marzo de 1534 hubo un registro de la servidumbre de María.
Pocos debían de ser y muy discretos para poder continuar en su servicio, porque cualquiera de la casa que mostrase afecto especial por ella era despedido. Una doncella de la confianza de María que le procuraba mensajes secretos de sus amigos fue amenazada con ser encerrada en la Torre y finalmente despedida. Amargamente se dolerá de ello la princesa; esta joven no tenía dinero ni adonde ir.
Cuando venían visitantes a Hatfield, muchos de ellos con ánimo de ver a María, los introducían en la cámara de Isabel y a ella la encerraban en su habitación, llegando en ocasiones a sellarle las ventanas. En esta persecución enconada María siempre se refugiaba en la oración, como se lo había aconsejado la reina Catalina.
Enrique visitaba ostensiblemente a su hija menor y no parecía desear la presencia de María. En una ocasión, Cromwell y otros ministros principales le acompañaban; Ana Bolena le había prevenido para que el rey no viera a María. Según su costumbre, Enrique le envía un mensaje ordenándole que obedezca y rechace toda prerrogativa de princesa. María, sin acceder ni rehusar, solicita verle y besarle las manos. No se lo conceden. Cuando Enrique, a caballo, partía de Hatfield, uno de su séquito le indicó que levantara la mirada. En la terraza superior del edificio aparecía la figura de María, que había llegado hasta allí burlando el cerco de sus guardianes y permanecía arrodillada elevando sus brazos y manos suplicantes. El rey con una inclinación de cabeza alzó su mano al sombrero para saludarla y sus cortesanos, observándolo, se descubrieron e hicieron una profunda reverencia.
Fuente:
Maria Jesús Pérez Martín, María Tudor: La gran reina desconocida. 2008 Ediciones Rialp, S.A
Maria Jesús Pérez Martín, María Tudor: La gran reina desconocida. 2008 Ediciones Rialp, S.A






































