sábado, 21 de mayo de 2011

La amarga juventud de María Tudor ( II )


En Hatfield, la princesa María se hallará sometida a Lady Shelton, tía de Ana Bolena, que junto a Lady Clere, otra pariente de la nueva consorte, había recibido órdenes terminantes de humillarla y vigilarla estrechamente. La harán esperar hasta que pase el cortejo de la pequeña Isabel; cuando se la traslade en una litera real, a ella la obligarán a caminar a su lado, incluso con fango, y en viajes más largos se le adjudicará una litera de ínfima categoría, sin que valgan de nada sus protestas, a la fuerza llegarán a introducirla en una ocasión.

Tendrá que compartir el comedor con la servidumbre, aguantando escenas groseras, alimentos mal preparados y peor presentados. Nadie prueba su comida; cuando se encuentre enferma tendrá que quedarse en ayunas o ir al comedor arrastrándose. Cuando pida comer en su habitación se lo prohibirá Ana Bolena. De nada sirven sus protestas alegando falta de salud y temor a ser envenenada. Le negarán la dieta prescrita por sus médicos pretextando inconveniencias y gastos que decían ascender a la suma de 26, 13 y 14 libras durante tres meses.



Es una situación que no tarda en conocerse. Chapuys informa al Emperador: “ No podéis imaginar el dolor del pueblo ante este abominable proceder, se teme tratan de matarla de tristeza para hacerle renunciar a sus derechos, o casarla bajamente, o que mancille su honra, para tener excusa de desheredarla “. Ante las protestas de Chapuys reacciona peor el Rey: Mis palabras solo sirvieron para irritarle y volverle más fiero y obstinado, por lo que he resuelto no volver a dirigirle la palabra, a no ser que me obligue, sin un mandato de la Reina “.

¿ Cuál fue la primera reacción de María ante aquella avalancha de desprecios y humillaciones ? Una gran resignación y entereza, como se conoce por la actitud de Lady Shelton, quien, al principio, tiene que confesar: “ Merece honra y buen trato por su bondad y virtudes “. Así contesta al reproche de Ana Bolena, que, a través de Norfolk y de su hermano, le insta a que la trate con mayor aspereza. Tanto ansiaba humillarla que encarga a su tía que la abofetee cada vez que se declare princesa “ por lo maldita bastarda que es “. Y acusa a Lady Shelton de permitir que María pudiera asomarse a la ventana y que grupos de transeúntes se agolpasen proclamándola princesa de Gales y que en sus desplazamientos la vitorearan y bendijesen como si fuera el Salvador del mundo.



Se le prohibirá a María hacer ejercicio, pasear por la galería pública de la casa o por el jardín y acudir a misa a la iglesia cercana. Todas sus cartas serán sometidas a escrutinio, reteniendo muchas de ellas. Periódicamente se registrarán sus pertenencias e incluso se requisarán sus papeles para ser enviado todo a Cromwell, que procuraría que no pudiera escribir ni comunicarse con nadie. Ella, más adelante, se excusará de su mala caligrafía: " llevo más de dos años sin escribir ", dirá en su primera comunicación oficial. Algunas personas serían enviadas a la Torre acusadas de mantener comunicación privada con María y de llamarla princesa a pesar de la prohibición vigente.

La princesa María no dejará de protestar por el trato vejatorio que recibe y a medida que proteste se le irán confiscando sus joyas, sus vestidos; así se la va despojando de cuanto posee. A los tres meses se encuentra casi privada de vestidos y de otras cosas necesarias. Creyendo que su padre no tolerará aquella situación, le envía un mensajero para que se lo haga saber, advirtiendo que no aceptará ningún escrito en que no la titulen princesa.

Los simpatizantes de María eran muchos y muy bien distribuidos en todos los estamentos y escalas sociales. Chapuys podría siempre, aunque a veces con ímprobas dificultades, hacerle llegar un mensaje oral o escrito a través del cordón de vigilantes de Ana Bolena. Randall Dodd, su antiguo paje, permaneció con María a pesar de las purgas de sus fieles servidores y fue siempre un leal e ingenioso mensajero. Pero debió de contar con más, porque en marzo de 1534 hubo un registro de la servidumbre de María.



Pocos debían de ser y muy discretos para poder continuar en su servicio, porque cualquiera de la casa que mostrase afecto especial por ella era despedido. Una doncella de la confianza de María que le procuraba mensajes secretos de sus amigos fue amenazada con ser encerrada en la Torre y finalmente despedida. Amargamente se dolerá de ello la princesa; esta joven no tenía dinero ni adonde ir.

Cuando venían visitantes a Hatfield, muchos de ellos con ánimo de ver a María, los introducían en la cámara de Isabel y a ella la encerraban en su habitación, llegando en ocasiones a sellarle las ventanas. En esta persecución enconada María siempre se refugiaba en la oración, como se lo había aconsejado la reina Catalina.



Enrique visitaba ostensiblemente a su hija menor y no parecía desear la presencia de María. En una ocasión, Cromwell y otros ministros principales le acompañaban; Ana Bolena le había prevenido para que el rey no viera a María. Según su costumbre, Enrique le envía un mensaje ordenándole que obedezca y rechace toda prerrogativa de princesa. María, sin acceder ni rehusar, solicita verle y besarle las manos. No se lo conceden. Cuando Enrique, a caballo, partía de Hatfield, uno de su séquito le indicó que levantara la mirada. En la terraza superior del edificio aparecía la figura de María, que había llegado hasta allí burlando el cerco de sus guardianes y permanecía arrodillada elevando sus brazos y manos suplicantes. El rey con una inclinación de cabeza alzó su mano al sombrero para saludarla y sus cortesanos, observándolo, se descubrieron e hicieron una profunda reverencia.



Fuente:
Maria Jesús Pérez Martín, María Tudor: La gran reina desconocida. 2008 Ediciones Rialp, S.A

La amarga juventud de María Tudor ( I )


El 7 de septiembre de 1533 nacerá Isabel Tudor, la primogénita de Enrique VIII y Ana Bolena. Supuso una decepción para el rey, convencido que sería un varón, pero también una necesidad de marcar distancias entre las dos hijas. En consecuencia, a los pocos días de producirse el nacimiento, la princesa María ve cómo se retiran las libreas de sus servidores en verde y azul y se reemplazan por las del rey. Ya no es oficialmente princesa de Gales. Su Casa será reducida, aunque la condesa de Salisbury continúa como gobernanta, Lord Hussey de Chambelán y Richard Fetherstone de maestro. La nueva Cámara solo contará con cincuenta personas, encabezadas por Margaret Douglas.

Los domésticos se habían mermado en una tercera parte pero todavía seguía rodeada de amigos y recibiendo en ese entorno el tratamiento de princesa al que ella se veía incapaz de renunciar. Pudo escribir una carta de consolación a su madre con motivo del nacimiento de Isabel, pero poco duraría aquella relativa tranquilidad.


El último día de septiembre se vio sorprendida por una comisión presidida por el earl de Oxford. Tenía algo muy importante que comunicarle: el rey estaba sorprendido al saber, tanto por las cartas de Lord Hussey como de ella misma, que, olvidando su deber y obediencia filiales, tenía la arrogancia de usurpar el título de princesa, pretendiendo ser la heredera del trono y que alentaba a los demás a hacer lo mismo. Para prevenir el contagio de ejemplo tan pernicioso debería reconocer su locura y el peligro a que se exponía. Había incurrido en el mayor desagrado del rey y en el castigo de la ley. Si se sometía y dejaba de reclamar el título de princesa, su padre, llevado de compasión paternal, podría perdonarla y promover su bienestar. María respondió con una entereza heredada de su madre: no sólo rechazaba aquella propuesta sino que se declaraba incapaz de creer lo que le comunicaban.


En carta a su padre fechada el 2 de octubre no tiene empacho en ratificar su postura: ¿ cómo dejaban de llamarla princesa ? Imposible que se lo ordenara su padre que siempre la había tenido por hija legítima, nacida de auténtico matrimonio. Ella, en conciencia, no podía aceptarlo, porque ofendería a Dios. Seguía siendo humilde y obediente hija en todo lo demás, como ninguna hija lo pudiera ser con su padre. Y firmaba: “ Vuestra más humilde hija, María, princesa “. Enrique no podía tolerar aquel desafío y envía otra comisión, esta vez de sus consejeros, para doblegarla en su residencia de Beaulieu.

A las amenazas y acusaciones, María contestará impertérrita. Su voz, profunda y potente, resonará en los últimos rincones de la estancia. Ella obedecería a su padre toda la vida pero no podía renunciar a los títulos y privilegios que Dios, la naturaleza y sus padres le habían concedido. Como hija de rey y de reina era princesa, nadie la haría reconocerse ilegítima sin comprometer la posición de su madre, cuyo ejemplo quería seguir, dejándose enteramente en las manos de Dios y llevando con paciencia sus tribulaciones.



Reducen su Casa y su renta drásticamente. Chapuys, muy preocupado por lo que sucede, admira su valor pero teme por su vida. Le suplica que disimule y que firme una protesta declarando que sólo la violencia la obliga a someterse. A mediados de diciembre llega el duque de Norfolk con órdenes terminantes del rey: María tendrá que incorporarse a la Casa de Isabel, la princesa de Gales. Sin apearse de su título de princesa, María accede a obedecer a su padre y pide al duque que interceda para que se remunere a su fiel servidumbre, que quedaba desvalida. ¿ Cuántos podría llevar con ella ? En Hatfield, le contestó, encontraría suficientes servidores. Lady Salisbury, que presenciaba indignada aquella escena, intervino: ella estaba dispuesta a sufragar de su bolsillo la servidumbre de la princesa, cosa que rechazó Norfolk.

Tras un forcejeo, María solo podría llevar consigo dos doncellas, su tutor y un pequeño número de caballeros. La princesa pide media hora para prepararse, se retira a su habitación y firma una protesta: ha sido obligada por la fuerza a renunciar a sus derechos y si la obligan a casarse sin su consentimiento o a profesar, ella repudiará aquellos actos que la perjudican de antemano. El duque de Norfolk será quien la conduzca a Hatfield sin ninguna ceremonia, en una modesta litera desprovista de toda insignia real, así tendrá que viajar. Se despide, pensando que va a ser para siempre, de la que ha sido su segunda madre. La condesa de Salisbury la bendice y abraza con toda ternura, presagiando lo peor para las dos. A la bondadosa condesa se le ordenaría rudamente que abandonase la Corte.



En el camino, el limosnero del rey, Dr. Fox, cabalga a su lado y aprovechará la oportunidad, en un momento en que no le observan, para decirle: “ Habéis hecho muy bien en no someteros, por el amor de Dios, permaneced firme “. Al llegar a Hatfield, el duque de Suffolk le pregunta si quiere presentar sus respetos a la princesa Isabel. María sólo supo contestarle: “ Fuera de mí no conozco a ninguna princesa en Inglaterra “. Si el rey reconocía a la hija de madame de Pembroke como hija suya, como lo había hecho con Richmond, ella la trataría como a una hermana pero nunca como princesa de Gales. Suffolk insiste: ¿ ningún recado para el rey cuando vuelva a Londres ? Ninguno, salvo que la princesa de Gales, su hija, solicita su bendición. Palabras tan desafiantes que el duque no se atreve a transmitirlas. Entonces, pide María, marchaos y dejadme sola.

Tras despedir de aquella manera a Suffolk, fue conducida a la habitación que se le había asignado. Una habitación, la peor de la casa, que no hubiera sido apta para la última de sus doncellas. Allí, en soledad, pudo dar rienda suelta al llanto que había estado conteniendo para desahogar su profundo malestar. Hasta entonces había sido el centro de cuantas atenciones se pueden prodigar a una persona desde su nacimiento. Bruscamente va a verse objeto de desprecio, maltrato y persecución enconada.


Fuente:
Maria Jesús Pérez Martín, María Tudor: La gran reina desconocida. Ediciones Rialp, S.A. 2008

martes, 17 de mayo de 2011

AGNÈS SOREL


En la historia de Francia encontramos algunas notables e influyentes amantes reales que llegando a ser más poderosas que las propias reinas e intervinieron en la política de su país. Y la primera amante de un rey de Francia reconocida oficialmente como tal, como maîtresse en titre, fue la bella y culta Agnès Sorel.

Se cree que nació en 1422 en Fromenteau de la Touraine. Hija de Jean Sorel, señor de Coudem, y de Catherine de Maignelais. Desde su más temprana adolescencia había sido puesta por sus padres al servicio de Isabel de Lorena, quien mucho debió valorarla ya que fue la mejor pagada – con mucha diferencia – de sus damas.



Carlos VII de Francia era un hombre inteligente, culto y amante de las artes, pero también indolente, tímido y amigo de la soledad. Estaba casado con la bondadosa María de Anjou, con la que tuvo doce hijos. En 1443 Francia gozaba de una prolongada tregua en su ya casi secular guerra contra los ingleses y los borgoñones. Batidos por Juana de Arco, los ingleses habían perdido buena parte de sus dominios franceses pero aún continuaban siendo señores de Aquitania y, especialmente, de la bella y rica Normandía.

Perdido su reino de las Dos Sicilias, Renato de Anjou y su esposa, Isabel de Lorena, ambos parientes muy próximos del rey de Francia, corrieron a refugiarse en su corte. Traían con ellos, además de un insaciable deseo de diversiones que mal casaban con el amor a la soledad del rey, toda su corte, entre la que se contaban las damas de honor de la reina. Una de las cuales era la joven Agnès Sorel, de veintiún años. El cronista Olivier de la Marche opinaría de ella: “ ciertamente una de las más hermosas mujeres que han existido ”. Isabel de Lorena presentó a la joven Agnès, junto con el resto de sus damas, al monarca francés. Tal belleza no podía pasar inadvertida ni siquiera a los mortecinos ojos de Carlos VII, que quedó impresionado al verla y comenzó a perseguirla. No muchos días después del primer encuentro, la muchacha caía en los brazos del rey.



Agnès pasó al servicio de la mismísima reina de Francia, quien no sospechó al principio pero no tuvo más remedio que hacerlo cuando la bella joven tuvo embarazo, parto y niño muy distinguido por el rey. María de Anjou se convirtió en íntima y leal amiga de la amante de su esposo, lo que fue debidamente valorado y agradecido por éste. Agnès dio cuatro hijos a su enamorado rey. El primero, un varón, falleció a los seis meses de nacer. Las restantes, todas niñas, llegarían a la adultez y harían grandes casamientos. A la menor se la bautizó Jeanne en recuerdo de Juana de Arco, cuya vida el rey de Francia nada había hecho por salvar, a pesar de que Agnès intentó que su regio amante mediara en favor de la Doncella de Orleáns y cuya muerte en la hoguera la entristeció enormemente.

Agnés era de mediana estatura, de rubios cabellos y ojos azules. Poseía una cuidadísima educación, era de suaves maneras y, al menos de momento, no aprovechaba su tan privilegiada posición para obtener ventajas personales y familiares. Carlos VII quiso colmarla con toda clase de demostraciones de su pasión. Demostraciones que ella no pedía pero aceptaba. Collares, anillos, piedras preciosas, tapices, sedas y raros objetos de arte se fueron acumulando en el discreto y apartado pabellón real en el que vivía y recibía a su regio amante. Hasta que éste decidió que ya era hora de proveer de vivienda propia a la amada. Le regaló un hermoso palacete construido sobre el Marne, a la altura del bosque de Vincennes, y que se llamaba Beauté- sur- Marne. Con lo cual, Agnès Sorel devino señora de la Beauté ( Belleza). El monarca también le regalaría otras mansiones.


A partir de su conversión en terrateniente, comenzó a frecuentar los salones de París, donde se la trataba, admiraba y envidiaba como amante oficial del rey. Fue la primera mujer en lucir diamantes tallados y en depilarse las cejas. Sacó a la moda femenina de la Edad Media para situarla en el chispeante Renacimiento. Comenzó por transformar las amorfas túnicas al uso en vestidos ceñidos al cuerpo. Creó la moda del “ seno al aire “ y que consistía, como su nombre indica, en dejar a la vista de todos uno de sus senos, concretamente el izquierdo. Es fácil imaginar el revuelo que armó entonces su new look. Las francesas ninguna lo aprobaba, ya que o no se atrevían o no podían imitarla.

Las críticas que se hicieron a su original aportación a la moda femenina muy pronto se ampliaron a sus joyas, sus imaginadas riquezas y sus visibles palacios. En las no frecuentes ocasiones en que Agnès paseaba por París, el pueblo no se privaba de hacerle saber, con gritos, abucheos y hasta gestos amenazantes, lo que pensaba de ella. Hija de nobles y viviendo en la corte desde los quince años, la joven jamás había tenido contacto con el pueblo. Ignoraba cuánta hambre se padecía en París y en casi todas las ciudades del reino.



Agnès, que era sensible a las desgracias ajenas, recurrió a Pierre de Brézé y Jacques Coeur en busca de información. Quería saber el motivo de tanta agresividad. Brézé la puso al tanto con todo detalle de la situación militar del reino. Le hizo ver que el rey se ocupaba y preocupaba más de ella que de los asuntos de Estado. Agnès quedó desolada al oirlo. Jamás hubiera imaginado que la casi constante presencia del rey junto a ella, que no podía pasar ni una hora separado de su amada, significara una casi total dejación de sus deberes.

Coeur habló de dinero. Del que Carlos VII desviaba del erario público para regalarle joyas, tapices y mansiones, y del dinero que al pueblo le faltaba para sus más primarias necesidades. Agnès supo que por el loco amor que el rey le tenía, el pueblo pasaba hambre. Dolida hasta las lágrimas, la alegre y despreocupada cortesana de veintiséis años dio, tras esas conversaciones, un gran giro a su vida. Como primera e inmediata compensación ordenó que importantes sumas de dinero se distribuyeran entre los pobres. Creó fundaciones, reconstruyó iglesias, dotó a doncellas pobres y demostró una devoción a santa María Magdalena que no la abandonaría durante toda su vida.


Coeur y De Brézé soñaban convertir a una Francia todavía en parte ocupada, destrozada por una guerra que llevaba casi un siglo, empobrecida y dividida, en un país totalmente liberado, unido, fuerte y próspero. Querían que todas las artes y todos los artistas confluyeran en Francia para convertirla en el centro de la cultura occidental. Pero Carlos VII era un abúlico. Vieron en la inteligente y preocupada Agnès a la persona ideal, la única capaz de poner al rey en movimiento.

Agnès urdió una trama. Dijo a su regio amante que siendo niña un astrólogo le había predicho que sería amada por el rey más grande y valiente de la cristiandad. Al recibir las primeras muestras de interés por parte de Carlos, ella había respondido con alegría, convencida de que se cumplía lo profetizado, pero, tras todos esos años, se dolía al ver que se había equivocado de amante. Ahora venía a descubrir que el valiente rey no era él sino el rey de Inglaterra, capaz de reinar sobre ciudades francesas ante las mismas barbas de su señor natural, que nada hacía por recuperarlas.



Ante el temor de perder el objeto de su loco amor, Carlos VII pasó de deprimido a eufórico, de indolente a hiperactivo. En poco más de un año se había completado la puesta a punto del ejército, creado una gendarmería real, redistribuido mucho más equitativamente los impuestos, reorganizado la administración y la justicia e impulsado hasta límites desconocidos el comercio, tanto interior como exterior. La coronación de todo esto fue la fulminante campaña contra los ingleses que permitió liberar Normandía. En 1453, con la reconquista de Burdeos, pudo decirse que toda Francia – excepto Caen- estaba en manos francesas. Gracias a Agnès Sorel, la guerra de los Cien Años terminó.

La fama de Agnès Sorel creció como la espuma y los comentarios sobre su persona hablaban ahora de inteligencia, sensibilidad y patriotismo con entusiasmo. Pero también tenía poderosos enemigos. El delfín Luis, que por diversos motivos o excusas odiaba a su padre y a su amante desde siempre, planeó seducir a la bella Agnès para humillar y destruir a Carlos VII. Ella lo despachó con la premura y el desprecio que se merecía, con lo que el fallido seductor se convirtió en su más activo y peligroso enemigo.



Se cuenta que estaba el rey Carlos VII acampado en Jumièges, preparando con su estado mayor el ataque a Harfleur, en manos inglesas, cuando, para su tremenda sorpresa, se le anunció la llegada de la amante que debía estar a muchas leguas de allí, a punto de dar a luz. Con el bello rostro descompuesto por la inminencia del parto y las incomodidades de la marcha, Agnès le informó sobre un complot que se tramaba contra él, en connivencia con los ingleses, a quienes sería entregado. Nada se comprobó en esos días pero mucho después pudo saberse que si había habido conspiración y que sus jefes renunciaron a actuar al saber que el rey había sido informado y que los estaba esperando.

Fue la última contribución de Agnès Sorel a su rey y a su patria. Al día siguiente de su llegada, tras tremendos sufrimientos, dio a luz una niña que sólo viviría unos meses. Ella misma no pudo recuperarse totalmente, aunque luchó denodadamente contra la muerte, que la venció el 9 de febrero de 1450. En tanto, el pueblo intentaba canalizar el dolor que le producía la desaparición de su benefactora diciendo que había sido envenenada por el delfín. Éste descargaba su odio contra Jacques Coeur, como seguro medio de debilitar a su odiado padre. Coeur fue encarcelado y juzgado bajo la acusación de haber envenenado a Agnès Sorel. No se pudo probar, por lo que se le condenó a larga prisión por malversación de fondos. Poco después, pudo huir y refugiarse en Roma bajo la protección del Papa. Carlos VII lloró mucho la muerte de su amada, pero no durante mucho tiempo. El rey se volvió a enamorar locamente de Antoinette de Maignelais, que era muy hermosa y prima de Agnès.


Al hacerse público el testamento de Agnès a nadie sorprendió que dejara toda su fortuna a los niños pobres. Actualmente dos hospicios en Francia llevan su nombre. En el año 2005, su cuerpo fue exhumado para estudiar la causa de su muerte. Gracias a la luz sincrotrón, pelos y trozos de piel de Agnès Sorel fueron estudiados. La forma en que murió se desconoce, no obstante, se encontraron grandes cantidades de mercurio en sus restos mortales. Este elemento químico aparece en el cuerpo de personas que han sido envenenadas pero también está presente en tratamientos farmacéuticos usados para purgar. Los científicos del equipo del Dr. Charlier encontraron huevos de lombrices en otras partes de su cuerpo, así como restos de una planta usada en esa época contra las lombrices. Esto podría indicar que Agnès intentaba curarse tomando medicinas y que ingirió una dosis excesiva, lo que produjo su muerte. Otras hipótesis sugieren que el mercurio pudo aparecer como resultado de la momificación o de la contaminación del ambiente, o que penetrara en su cuerpo a lo largo de su vida, por ejemplo, al usar maquillaje, que normalmente contenía este metal. De acuerdo con el Dr. Charlier, " los resultados de estos experimentos en el ESRF, en contraste con otros experimentos llevados a cabo en otros institutos, han probado que el mercurio no llegó al pelo después de la muerte, sino antes, y que es la causa de la defunción ".


Fuentes:
Juan Manuel González Cremona, Amantes de los reyes de Francia. Editorial Planeta S.A. 1996
http://www.eurekalert.org/staticrel.php?view=esrfwas1040205

lunes, 16 de mayo de 2011

CATALINA DE LANCASTER, Reina de Castilla ( VI y última )


La reina apoyará la candidatura de su cuñado Fernando al trono aragonés e incluso accederá a trasladarse con su hijo a la villa de Ayllón, como le había pedido su cuñado, donde se le había dejado todo el alojamiento disponible y el castillo, mientras que el infante se desplazó al convento de San Francisco, en las afueras de la villa. En esta localidad Catalina conocerá a fray Vicente Ferrer, que se convertirá en su consejero espiritual. A su influencia se debe el ordenamiento sobre judíos y musulmanes que se publicó en Valladolid en 1412. Muy importante fue la activa y decisiva participación de este religioso en el Compromiso de Caspe, en donde fue elegido rey de Aragón el infante castellano Fernando en 1412. El nuevo rey tuvo que enfrentarse a otros de los candidatos, el conde de Urgel, que se sublevó. De nuevo contó con la ayuda de su cuñada la reina Catalina.

La ceremonia de la coronación de Fernando I tuvo lugar en Zaragoza en febrero de 1414, en un intento de recuperar toda la magnificencia y el boato real que correspondía a una nueva dinastía. La reina Catalina, llena de alegría, ordenó que le trajeran todas las joyas de su hijo para hacer a Fernando un regalo digno de la ocasión. Dice la crónica que entre ellas halló “ una corona que podría pesar quince marcos de oro, en la cual había muchos balaxes y esmeraldas, e zafiros, e perlas muy gruesas de gran valor ". Se trataba de la corona con la que había sido coronado Juan I de Castilla, padre del rey de Aragón, y la reina tuvo la delicadeza de enviársela a su cuñado con dos mensajeros de confianza.

Una vez que Fernando dejara Castilla, nunca más volvería a ver a su cuñada. Sobre la reina recayó entonces la administración de vastos territorios de la Corona. Catalina no dejó de proveer a sus súbditos de lo necesario durante el período de hambre que asoló el reino entre 1413-1414.



Con trece años, la infanta María de Castilla ya había superado la edad establecida por su padre Enrique III para que se celebrara el matrimonio con su primo, el ya príncipe Alfonso de Aragón. Además los nuevos soberanos aragoneses temían que Alfonso pudiera contraer hábitos viciosos si permanecía soltero, pues el príncipe se había aficionado demasiado al juego en sus estancias en solitario en Barcelona. Catalina de Lancaster, que no veía clara esta unión, había intentado hasta última hora arreglar un casamiento inglés. La joven María se había negado a ello, le era más grato casarse con su primo, a quien ya conocía y quería, antes que con un príncipe extranjero del que no sabía nada y a cuyo reino tenía que desplazarse, por muy pariente de su madre que fuese.

La infanta se despidió de la corte castellana en Valladolid. Acompañada por los obispos de Palencia y Mondoñedo, el infante Enrique de Aragón y una espectacular comitiva de nobles, se dirigió hacia Valencia. María se encontraba enferma, y para darle tiempo a que se recuperara, se retrasó la boda unos días. Teniendo lugar el enlace real en la catedral de Valencia en junio de 1415, oficiando la ceremonia el propio Papa Benedicto XIII en persona.



Catalina de Lancaster pudo ver convertida a su hija María en reina de Aragón cuando falleció su cuñado en 1416. Tan pronto llegó la noticia de la muerte de Fernando I de Aragón a Castilla, se le hicieron solemnes funerales en Valladolid a los que asistió la reina. Ella asume entonces todas las capacidades de la regencia y de hecho sabe volver a parte de los partidarios de Fernando a su favor. En esos momentos es cuando ella puede desarrollar un programa político muy breve, porque estaba enferma e iba a morir muy pronto, que abarca todas las capacidades de mando que tendría un rey en la Edad Media y no sólo las que tiene una reina regente.

La reina Catalina firma una tregua con Yusuf III de Granada y consigue que el rey granadino se comprometa a liberar a cien cautivos cristianos. La reina María de Aragón escribió a su madre varias cartas en las que le pedía que incluyera entre los cautivos que habían de llegar a Castilla, en virtud de la tregua, a algunos de sus súbditos o bien que intercediera por ellos. Los reyes de Aragón estaban en ese momento negociando todavía las treguas con los granadinos y debieron considerar que la reina castellana tendría más éxito que ellos al solicitar la liberación de sus súbditos.



Catalina de Lancaster siguió manteniendo excelentes contactos con Inglaterra y Portugal. Deseaba para sus hijos Juan y Catalina un matrimonio con algún miembro de la familia real portuguesa. Le interesaba por razones políticas y también porque eran descendientes de su hermana Felipa de Lancaster. Pero murió antes de que se casaran. Ambos lo hicieron con quien su madre no deseaba, con dos de sus primos. El rey Juan II con María de Aragón y la infanta Catalina con Enrique de Aragón. Pero sus sueños no se frustraron porque su hijo, al quedarse viudo, se casó con una joven y hermosa princesa portuguesa, Isabel de Avís, nieta de su hermana Felipa, quienes serían padres de Isabel La Católica.

La reina Catalina moría ante los hombres más notables del reino el 2 de junio de 1418, en Valladolid. Tenía cuarenta y seis años. Se celebraron los funerales y “fue asaz llorada y plañida por todos en general". Su cuerpo fue llevado a la catedral de Toledo para reposar al lado de su esposo el rey Enrique III. A tan sólo unos metros se encuentra el sepulcro de Enrique de Trastámara, el hombre que mató a su abuelo, y en el epitafio de Catalina de Lancaster se puede leer: “Aquí yace la muy catholica y esclarecida señora reyna doña Catalina de Castilla e Leon, muger del muy temido rey don Enrique, madre del muy poderoso rey don Juan, tutora e regidora de sus reynos, hija del muy noble príncipe D. Juan, primogénito del reyno de Inglaterra, duque de Guilana e Alencastre, e de la infanta Doña Constanza, primogenita y heredera de los reynos de Castilla, duquesa de Alencastre, nieta de los justicieros reyes, el rey Aduarte de Inglaterra e del rey don Pedro de Castilla: por la qual es paz y concordia puesta para siempre. Esta señora fino en Valladolid, a dos días de Junio de 1418 años. Fue trasladada aquí domingo diez de Diciembre de 1419 años ". Todo un canto de orgullo a sus orígenes.



Catalina siguió unas determinadas pautas de comportamiento que hombres de la época llevaron terriblemente mal. El político y escritor Fernán Pérez de Guzmán escribía "Confusión y vergüenza para Castilla, que los grandes, prelados y caballeros, cuyos antecesores pusieron freno con buena y justa osadía a sus desordenadas voluntades por provecho del Reino... se sometan ahora a la voluntad de una liviana y pobre mujer". Se refiere a Leonor López de Córdoba, autora de la primera autobiografía que se conoce en lengua castellana y que ocupó un lugar importante al lado de la soberana. Y es que Catalina se atrevió a rodearse de algunas mujeres distinguiéndolas con su confianza y valorando sus opiniones sobre los temas de gobierno.

La reina valoraba más la paz que la guerra. Supo perder y renunciar a muchos proyectos y afinidades cuando existía un interés político superior. Por ejemplo, apoyó a su cuñado para que consiguiera la corona de Aragón —cuando su hijo también podía aspirar a ella— y se puso bajo la obediencia del papa Martín V, que ponía fin al Cisma de la Iglesia, aun cuando su afecto era para el papa Luna, Benedicto XIII, encerrado en Peñíscola.

Cuentan las crónicas que Catalina de Lancaster era muy dada a la comida y a la bebida y que engordó de forma exagerada. En Generaciones y semblanzas de Fernán Pérez de Guzmán dice:"Fue esta reina alta de cuerpo e muy gruesa, blanca e colorada e rubia. En el talle e meneo del cuerpo tanto pareçia hombre como muger. Fue muy honesta e guardada en su presona e fama, liberal e manifica (...) ". Varios autores dicen que ella introdujo el traje de viuda de tocas largas tal como se llevó en Castilla hasta la época de Felipe IV. El capellán de la reina Catalina de Portugal en 1542, presenta a la reina regente como uno de los modelos de viuda a quienes deben imitar las mujeres de la familia real.



Fuentes:
Ana Echevarría, Catalina de Lancaster. Editorial Nerea S.A. 2002
http://www.rtve.es/alacarta/videos/mujeres-en-la-historia/mujeres-en-la-historia-catalina-de-lancaster/846222/
http://www.elmundo.es/suplementos/cronica/2008/678/1223998955.html

sábado, 14 de mayo de 2011

CATALINA DE LANCASTER, Reina de Castilla ( V )


La vida conyugal de Enrique III y Catalina de Lancaster fue armoniosa. El rey no tuvo, que sepamos, amantes ni hijos bastardos. Y el amor no fue inexistente entre ellos como lo prueba esta carta dirigida a la reina: « Reyna: yo el Rey vos enbio mucho saludar como aquella que amo como a mi coraçon. Fago vos saber que yo, considerando el estado en que vos agora estades, et por que tengades ay con vos quien vos faga todo plaser e vos quite de algunos enojos, he acordado enbiar por donna Teresa, priora del monesterio de Santo Domingo el real de Toledo para la enbiar a vos que este conbusco, porque es tal persona con la que vos abredes mucho plaser más que con otra persona alguna, et que vos fara todavía quantos serviçios e plaçeres ella pudiere ».



El nacimiento de la infanta María en noviembre de 1401 fue seguido de gran alegría, pues ya existían dudas sobre la fertilidad de la pareja real. La primogénita de los reyes fue jurada princesa de Asturias por las Cortes en Toledo en el mes de enero de 1402. Se decidió entonces que la heredera de Castilla se casaría con el varón más próximo de la rama Trastámara, Alfonso, el primogénito de su tío el infante Fernando y Leonor de Alburquerque, con lo cual se evitaban problemas de discusión dinástica. Cabía la posibilidad de que la rama Trastámara reivindicase la preferencia del heredero varón y el único varón en ese momento eran los hijos de Fernando. El matrimonio de María con Alfonso aseguraba esa paz dinástica y la unión de esas dos ramas que tantos problemas internos provocaron en la Corona de Castilla.



En enero del siguiente año nació la segunda hija del matrimonio real, la infanta Catalina. A partir de entonces, la reina comenzó a sufrir los primeros síntomas de perlesía, una debilidad de los músculos acompañada de temblores, que amargó los siguientes años de su vida. Catalina se puso demasiado gruesa y, unida su enfermedad a la mala salud de su esposo, se temió que no hubiera la ansiada descendencia masculina.

La sorpresa debió de ser mayúscula cuando la reina quedó otra vez embarazada y, fuera de toda esperanza, nació el infante Juan en marzo de 1405. La salud de Catalina no debía de ser demasiado buena, a juzgar por el cuidado que puso el rey en facilitar las condiciones de su espera. Doña Teresa de Ayala y su hija María, fruto de una relación con Pedro I de Castilla, abandonaron el monasterio en el que ambas profesaban para acudir junto a la reina y atenderla antes y después del parto.



La reina comunicó personalmente la buena nueva a las ciudades castellanas. Para festejar el nacimiento del deseado sucesor masculino para el trono, se celebraron torneos y justas. Cuando el infante Juan fue jurado príncipe de Asturias en Valladolid en mayo de 1405, Catalina de Lancaster se sintió la mujer más feliz del mundo. Había cumplido su cometido.

La salud del rey seguía siendo delicada, aunque nada hacía presagiar que el final se acercaba. Enrique III falleció el día de Navidad de 1406. Tenía veintisiete años, su hijo aún no había cumplido los dos. El monarca castellano es enterrado en la Capilla de los Reyes Nuevos de la Catedral de Toledo.

Fue precisamente esa muerte inesperada la causa de que se disparasen las sospechas que señalaban al médico judío Mayr Alguadex, considerándolo responsable del fallecimiento del rey. Algunos sectores llegaron a apuntar la posibilidad de que hubiera sido envenenado. El pobre médico falleció en los interrogatorios a los que fue sometido para que contara la verdad de lo sucedido en el transcurso de la enfermedad del rey.



Este rey, llamado “ El Doliente “, pacificó a la nobleza y restauró el poder real. Derogó privilegios antes concedidos a las Cortes. Impulsó la figura de los corregidores en las ciudades. Saneó la economía del reino. Financió las campañas de Juan de Bethencourt en la ocupación de las islas Canarias. Promulgó varios edictos contra la violencia hacia los judíos, consiguiendo detener el antisemitismo imperante. Prestó su apoyo a Benedicto XIII, el Papa Luna, en su pretensión al solio pontificio. Detuvo una invasión portuguesa. La preocupación por el avance de los otomanos en Oriente, le llevó a enviar dos embajadas ante Tamerlán. Consiguió alejar a los piratas berberiscos del estrecho de Gibraltar y reanudó la campaña contra los musulmanes de Granada.



El difunto monarca disponía en su testamento que mientras su heredero no alcanzara la mayoría de edad, la regencia del reino fuera asumida por la reina Catalina y por su hermano Fernando. Este deseo del rey fallecido fue aceptado de buen grado, tanto por su mujer como por su hermano. No así el deseo de Enrique de que el príncipe fuera educado por dos nobles de confianza.

Catalina de Lancaster no pudo consentir que le arrebataran a su hijo de dos años y se resistió a ello. Pidió ayuda a su cuñado Fernando y éste se puso de su lado, la ayudó a conseguir la custodia del pequeño rey Juan II. Incluso, si no hubiera sido así, la reina estaba dispuesta a aceptar el apoyo que el rey de Portugal le había ofrecido.



Para facilitar el gobierno, Catalina y su cuñado deciden ocuparse del reino a medias. Él se encargará de gobernar el sur y ella gobernará el norte. Fernando, en su deseo de incorporar nuevas plazas a la Corona de Castilla, está deseando enfrentarse a los musulmanes, pero necesita grandes cantidades de dinero que insistentemente solicita a su cuñada la reina Catalina, que se niega a entregarlo. El desacuerdo entre ellos es cada día mayor. Los cronistas de la época no dudaron en considerar a la reina responsable de los retrasos de la campaña en el sur.

Fernando intentará asumir las riendas del gobierno prescindiendo de Catalina y llegará a pretender que el Consejo Real decida sobre el tesoro real. La reina se negó y como el tesoro estaba en sus manos no hubo nada que hacer. Lo encerró en el Alcázar de Segovia, en donde vivía con su hijo y las infantas. Los reyes de la dinastía Trastámara convirtieron a este castillo - palacio en un suntuoso conjunto de salones al estilo de los alcázares andaluces. La decoración gótico-mudéjar de estas salas se inició con Catalina de Lancaster.

Las campañas del sur salen muy caras y la reina cuenta con un tesoro pero limitado. Ella ante todo ve que su hijo tiene que empezar un reinado solvente de dinero porque sino es imposible que el reino funcione y tiene un interés especial en dejar las cuentas bien claras cuando termine la regencia.


En 1408 el joven Álvaro de Luna, sobrino del Papa Benedicto XIII, se incorporó a la casa del rey, pasando a servir a Juan II como doncel. Pronto el niño se aficionó tanto a él que la reina no podía prescindir de sus servicios si quería mantener al pequeño tranquilo. Se fomentó así una amistad que tantas consecuencias tendría con el paso de los años.

El circulo de la reina viuda Catalina, a sus treinta y cuatro años, se reducía a mujeres de la alta nobleza y a los sirvientes y asistentes que atendían sus necesidades más inmediatas, además de los administradores de su casa y de la casa del joven rey. Y en ese entorno se encontraba Leonor López de Córdoba. Esta dama llegó a ser para la reina como un miembro de la familia. Había conocido a su madre, la infanta Constanza, antes de que ésta abandonase Castilla. El padre de Leonor había muerto por defender los intereses de su abuelo Pedro I. Leonor, que había estado prisionera en las Atarazanas sevillanas por orden de Enrique II de Trastámara, más de ocho años, se convirtió en su consejera y amiga.

El infante Fernando deseaba dirigir en solitario los destinos de Castilla y poder disponer de dinero para seguir acometiendo la cruzada en el sur. En este tiempo había conseguido un gran éxito militar al conquistar la plaza de Antequera. En sus intentos por debilitar la fuerza de su cuñada, no dudará en atacar desde distintos frentes la presencia de la valida Leonor López de Córdoba, obligando a Catalina a prescindir de ella. El infante acusaba a la favorita de interponerse constantemente entre la reina y él, de aceptar sobornos por interceder ante la reina y de causar prácticamente todos los males del reino. Confiaba en manipular sin problemas a Catalina una vez desapareciera toda la gente de su círculo más próximo.



A la muerte del rey Martín I de Aragón sin sucesión masculina, serán varios los candidatos que se consideren con derecho a ocupar el trono aragonés. Entre ellos el infante Fernando de Castilla y su sobrino el rey Juan, hijo de Catalina. Los dos tienen los mismos derechos por ser: uno, hijo, y otro, nieto, de Leonor de Aragón. La reina castellana renunció a los derechos de su hijo a esta corona. El infante Fernando consideró oportuno acudir a la intercesión de doña Leonor López de Córdoba, que se encontraba confinada en Córdoba gracias a él, para pedir a la reina dinero para su causa del trono aragonés.

Viendo una posibilidad de regresar a la corte, doña Leonor suplicó al infante que le concediera permiso para hacerlo. El infante le ordenó que acudiese primero a Cuenca, donde él se encontraba preparando los negocios de Aragón. Al saberlo la reina Catalina, y sospechando que su consejera se había convertido en espía de Fernando, envió cartas a su cuñado, en las que se le encargaba que despachase a su antigua valida de vuelta a su casa pues no estaba dispuesta a recibirla en la corte, hasta tal punto que, si la enviaba allí, “ la mandaría quemar ”. Leonor casi murió del disgusto cuando llegó a Cuenca y recibió estas noticias. Y ésta vez fue el infante quien tuvo que consolar a la dama y rogarle que volviera pacíficamente a Córdoba.

El enfado de la reina debía de ser ciertamente grande, procediendo a echar de su casa a todos los miembros de la familia de su antigua amiga que quedaban al servicio de la Corona, así como a todos los oficiales a los que ella había encumbrado. Sin embargo, accedió a entregarle el dinero a su cuñado pues deseaba verlo convertido en rey de Aragón, pero no quiso ver a Leonor. La reina tenía una nueva valida, la joven dama Inés de Torres, a la que la propia doña Leonor había introducido en la camarilla real con el cargo de camarera de la infanta Catalina. Se abría así una nueva etapa de influencias y rumores en la corte castellana, con esta dama como primera protagonista.


Fuentes:
Ana Echevarría, Catalina de Lancaster. Editorial Nerea S.A. 2002
http://www.arte-romanico.com/autonomias/smrealnieva.htm
http://www.rtve.es/alacarta/videos/mujeres-en-la-historia/mujeres-en-la-historia-catalina-de-lancaster/846222/
http://www.artehistoria.jcyl.es/histesp/personajes/5211.htm
http://es.wikipedia.org/wiki/Enrique_III_de_Castilla
María Teresa Álvarez, Catalina de Lancaster, primera princesa de Asturias. La Esfera de los Libros S.L. 2009

domingo, 8 de mayo de 2011

CATALINA DE LANCASTER, Reina de Castilla ( IV )


Constanza de Lancaster llegó a Castilla el mes de noviembre, donde fue recibida por su primo Juan I en su ciudad de Medina del Campo. Además de los ricos regalos que recibió, pudo añadir a su patrimonio en Castilla la villa de Huete, con todos sus pechos y derechos. Por su parte, ofreció al rey la corona que Ricardo II de Inglaterra había regalado a Juan de Gante cuando pretendía el trono castellano. En ese viaje propondría una conferencia de paz entre los monarcas peninsulares y el duque de Lancaster, que no pudo celebrarse.

La duquesa permaneció algún tiempo en sus dominios de Guadalajara, probablemente disponiendo la administración de sus nuevas tierras, y tras un breve paso por Burgos, donde coincidió con la corte, partió a reunirse con su esposo. Es muy posible que la princesa Catalina pasara este tiempo con su madre. Probablemente fuese autorizada a estar presente en las visitas que la duquesa Constanza realizó a Castilla, tanto como embajadora de Juan de Gante como en su calidad de prima del rey y tenente de algunas ciudades importantes del reino, de las que venía a tomar posesión.


A partir de su matrimonio, Catalina de Lancaster dejó de ser un codiciado partido en el juego político europeo para convertirse en una oculta princesa de Asturias. A la espera del permiso papal que le permitiera consumar su matrimonio con el joven Enrique, seis años menor que ella, y después de haberse solucionado gracias a ella el problema dinástico que desestabilizaba Castilla, su nombre desapareció de crónicas y documentos.

Se desconoce el paradero de la princesa mientras Enrique fue menor de edad. Es muy posible que fijara su residencia en una de las ciudades que le habían correspondido como dote, o bien que formara parte de la casa de la reina Beatriz de Castilla, solamente unos años mayor que ella, acompañando a la corte en sus desplazamientos. A la princesa se le había permitido mantener a un cierto número de servidores que ya ostentaban cargos en casa de sus padres y que se habían beneficiado de los perdones concedidos por Juan I con motivo del enlace.


El príncipe Enrique tenía once años cuando su padre falleció en Alcalá de Henares, a consecuencia de una caída de caballo durante una demostración hípica en octubre de 1390. La muerte de Juan I sumió al reino de Castilla en el caos. Catalina tuvo oportunidad entonces de ser testigo de las disputas, de los graves enfrentamientos entre los nobles y personajes con representación en el reino que peleaban por ampliar sus parcelas de poder, no respetando las últimas disposiciones del difunto monarca, respecto a quienes tendrían que asesorar al futuro rey durante su minoría de edad.

Se nombró un Consejo de Regencia formado nada menos que por diecisiete personas. La situación era complicadísima y la falta de poder y autoridad se manifestaba en importantes revueltas sociales. Fueron tres años terribles en los que se produjeron graves acontecimientos, como el horrible progrom que en Sevilla destruyó la judería llevando a la muerte a cientos de judíos. Catalina tendría también que soportar la animadversión de muchos parientes de su marido que no deseaban verla en el trono. Y llevar con paciencia los comentarios y leyendas malintencionadas que pretendían justificar el asesinato de su abuelo, el rey Pedro I.

En agosto de 1393, cuando contaba catorce años de edad, el príncipe Enrique fue jurado como rey de Castilla y armado caballero por la estatua del apóstol Santiago en el monasterio de las Huelgas de Burgos, siguiendo la tradición establecida desde el siglo XIII. Catalina era, por fin, reina de Castilla. Enrique III se mostró conciliador con sus familiares en un principio, pero dejó bien claro que no iba a tolerar los desórdenes que se habían sucedido en los años anteriores, y las primeras medidas que tomó durante el reinado fueron, precisamente, para desembarazarse de sus molestas intrigas. Catalina y él podrían al fin reinar sin intromisiones del círculo familiar de Enrique. Catalina de Lancaster en su calidad de reina consorte pudo participar en las decisiones de la corona y el infante Fernando, hermano del rey, fue designado heredero mientras los reyes no tuvieran hijos.


Un tiempo después de asumir el gobierno, el rey ordenó que se adoptasen medidas para devolver la vida a las juderías, totalmente abandonadas tras los terribles saqueos a los que fueron sometidas. Catalina acompañó a su esposo en un viaje por Andalucía en 1396, que incluyó una entrada triunfal en Sevilla. Como era costumbre entre los reyes, él hizo su entrada solemne antes que la reina, ocho días después con “ grandes alegrías ”.

Podemos imaginar a Sevilla engalanada para recibir a la reina Catalina y su emoción al descubrir los rincones del Real Alcázar, escenario del apasionado amor de sus abuelos, Pedro I y María de Padilla. Tal vez mirando aquellas hermosas estancias que tanto sabían del amor y el dolor de su abuela, tomara la decisión de que si tenía una hija la llamaría María, como ella. El viaje fue aprovechado para zanjar algunas cuestiones que habían quedado pendientes, pero no olvidadas: nada menos que el encarcelamiento del famoso arcediano de Écija, que había desatado la violencia contra los judíos en 1391.



Se considera a Catalina de Lancaster introductora del ganado merino, desconocido hasta entonces en Castilla, hasta el punto de afirmar que esta fue “ la mayor dote que ha traído reina de estos reinos ”. Uno de los ámbitos en el que destacó la actividad de la reina fue el patronazgo de monasterios y conventos. En 1392 fundó el convento de dominicas de Mayorga.

La aparición de la Virgen a un pastor en el pizarral de Nieva, aldea de Segovia, condujo a la aparición de una imagen escondida, según la tradición, en tiempos de la conquista musulmana. La reina demostró su interés por el acontecimiento al conocerlo por el obispo de Segovia. Inmediatamente mandó levantar una ermita para depositar la imagen. En 1392 se inició la construcción de una iglesia. En 1395 la reina pidió a su esposo los territorios que rodeaban el lugar para construir una villa. En 1399 se trasladaba la imagen de Nuestra Señora de la Soterraña a la iglesia, financiada con las aportaciones de la Corona y con las de los fieles que acudían atraídos por las sucesivas indulgencias.

En el año 1400 se empieza a construir el monasterio de Santa María la Real de Nieva y durante las obras se amplió el templo. Mandó la reina edificar una nueva cabecera, el crucero, la capilla mayor y especialmente la formidable portada norte, el claustro, un pequeño palacio y algunas dependencias monacales más. Se terminó todo en el año 1432, muerta ya Catalina de Lancaster.

Las fundaciones y donaciones a importantes monasterios prosiguieron en los años siguientes y reflejan una especial predilección por las casas de clarisas, franciscanos y dominicos. En 1394 la reina concedió importantes sumas al de Santo Domingo de Toledo, en la persona de la priora doña Teresa de Ayala y su hija María, tía de la reina. En 1396 compró una huerta en Segovia, llamada La Coraxa, para entregarla acto seguido al convento de dominicos de Santa Cruz. Las fundaciones reales se sucedieron: nuevos monasterios de los Jerónimos de Toledo ( 1396) y Valparaíso ( Córdoba) en 1405, o la cartuja de Santa María de las Cuevas en 1400.


Uno de los ámbitos semiprivados donde más se manifiesta la influencia de Catalina es precisamente en los vínculos familiares con la rama petrista de la dinastía y con las casas reinantes emparentadas directamente con la reina: Portugal e Inglaterra. Su madre, Constanza de Castilla, falleció en marzo de 1394. Dos años después, su padre se casaba con la mujer que había sido su amante, Katherine Swynford. Los contactos entre padre e hija se mantuvieron, aunque sólo nos ha quedado constancia de los políticos. Juan de Gante murió, en medio de una complicada situación política, en el mes de febrero de 1399. Su hija Felipa asistió a su entierro, pero no parece que lo hiciera Catalina, que sin embargo sí fue recordada en el testamento de su padre: “ Dejo a mi muy querida hija Catalina, reina de Castilla y de León, un cáliz de oro cubierto ”.

El golpe de Estado de Enrique Bolingbroke - que lo convirtió en Enrique IV de Inglaterra -, y el destronamiento de Ricardo II, debieron caer como una bomba en las cortes peninsulares. Portugal reconoció inmediatamente al nuevo monarca, hermano de su reina Felipa, lo que le valió a Juan I de Avis la concesión de la orden de la Jarretera. La corte castellana no fue menos, y en 1400, la reina Catalina envió un mensajero a su hermano con sus cartas, suponemos, de enhorabuena, pero no se produjeron gestos políticos por el momento.


Fuentes:
Ana Echevarría, Catalina de Lancaster. Editorial Nerea S.A. 2002
http://www.arte-romanico.com/autonomias/smrealnieva.htm
http://www.rtve.es/alacarta/videos/mujeres-en-la-historia/mujeres-en-la-historia-catalina-de-lancaster/846222/
http://www.elmundo.es/suplementos/cronica/2008/678/1223998955.html

sábado, 7 de mayo de 2011

CATALINA DE LANCASTER, Reina de Castilla ( III )


La flota inglesa entraba en La Coruña el 25 de julio de 1386 aprovechando la distracción de la flota defensora. Los ciudadanos de Santiago de Compostela aceptaron recibir a los duques de Lancaster como reyes mientras permaneciesen en la ciudad y la guarneciesen convenientemente. Toda la familia real fue en procesión a la tumba del Apóstol, lo que, sin duda, debió de impresionar a la joven Catalina, y después la corte se estableció en Orense. Se decidió que la duquesa Constanza y las jóvenes princesas vivieran en el monasterio de Celanova mientras el ejército se desplazaba por Castilla.

Tan pronto como los Lancaster pusieron el pie en la Península, tres embajadores acudieron a Orense a exponer las razones de la legitimidad de Juan I de Castilla y el arreglo dinástico consistente en el matrimonio de los herederos de las dos ramas de la casa real castellana, el infante Enrique de Castilla y Catalina de Lancaster. Aunque la embajada fue despedida, debió de hacer alguna mella en la duquesa Constanza, pues ésta se apresuró a declinar la oferta realizada por Juan I de Portugal de desposar a su hija, poniendo como excusa que Catalina era todavía demasiado joven para casarse. Esta negativa dejaba a Felipa, la mayor de las hijas del duque de Lancaster, como candidata principal a convertirse en consorte del monarca portugués.


Una vez casada Felipa de Lancaster por poderes con el rey de Portugal, fue conducida a Oporto por el obispo de Braga para celebrar allí las ceremonias y las justas de la boda durante diez o doce días. La duquesa Constanza y Catalina visitaron a la reina Felipa en la corte portuguesa. La comitiva ducal llegó acompañada del almirante Thomas Percy, Lord von Fillvarm, Lord Talbot, el señor Juan d’Aubrecicourt, Maubrun de Linières, cien lanzas y doscientos arqueros. Fue recibida calurosamente por cierto número de notables portugueses. La duquesa actuaría como verdadera embajadora de su marido. Catalina pasó una temporada con su hermana Felipa en Oporto, entre la primavera de 1387 y el verano de 1388.

Una vez realizado el matrimonio y con sus dos hijas bien protegidas en Portugal, el duque de Lancaster tuvo asegurado el apoyo portugués en su campaña. Pero cada vez contaba con menos apoyo popular dentro de Galicia y carecía de él por completo en Castilla. Entre marzo y junio de 1387, las tropas angloportuguesas mantuvieron un avance constante hacia Alcañices, Tábara, Zamora y Ciudad Rodrigo.

El asalto de una pequeña villa leonesa llamada Valderas, que fue saqueada tras la huida de sus habitantes, poco dispuestos a recibir a Juan de Gante y sus tropas extranjeras, se convirtió en símbolo del apoyo del pueblo a Juan I de Castilla. Cuando el duque y su gente llegaron a Palencia, los palentinos estaban fuera de la ciudad. Las mujeres defendieron animosamente sus puertas, torres y muros, evitando que Lancaster sometiera la ciudad. Por esta hazaña se premió a las mujeres palentinas con la banda amarilla de honor, que sólo podían llevar los hombres, y que hoy día queda patente en el traje regional.


Además, el largo invierno pasado en cuarteles había disminuido considerablemente los recursos de Juan de Gante, una epidemia frustró los esfuerzos militares ingleses, sus tropas eran insuficientes y no esperaba obtener más ayuda de Inglaterra. Para hacer aún más grave la situación, sus plazas en la Península no eran seguras y había negociado en su propio beneficio sin la conveniente autorización del Parlamento y el rey de Inglaterra. Éstas fueron sólo algunas de las razones que le llevaron a parlamentar precipitadamente con Juan I de Castilla, incluso a espaldas de su aliado el monarca portugués.

Una vez más, la propuesta principal era solucionar el conflicto dinástico mediante el matrimonio del infante Enrique y Catalina, y la renuncia por parte de los duques de Lancaster a los derechos al trono castellano. Se negociaron cuatro versiones distintas del tratado de paz, tres en el pueblo portugués de Trancoso y la última fue finalmente firmada en Bayona el 8 de julio de 1388, cuando Juan de Gante ya había abandonado el campo de batalla e incluso había recibido otra proposición matrimonial ventajosa para Catalina: la del duque de Berry, que Lancaster aceptó con complacencia, pero que finalmente no se llevó a término.


En los acuerdos alcanzados con el rey castellano, los duques de Lancaster renunciaban definitivamente a todos sus derechos a la Corona de Castilla. A cambio recibirían como indemnización seiscientos mil francos de oro de moneda de Francia, a pagar en varios plazos, y una pensión anual de cuarenta mil francos de oro mientras viviesen, en dos plazos anuales, que les permitiría saldar la deuda que habían contraído con el rey de Inglaterra al comenzar la expedición. Los duques podían reclamar sus derechos al trono si no recibían su pensión durante tres años seguidos. Se acordó que las ciudades o villas de realengo de Guadalajara, Olmedo y Medina del Campo, con todas sus rentas y derechos, fueran dadas de por vida a la duquesa Constanza. Todas ellas eran centros comerciales de primer rango gracias a las ferias que celebraban una o más veces al año.

A la princesa Catalina le corresponderían las villas de Almazán, Atienza, Deza y Molina, además del título de duquesa de Soria, que ostentaría junto a su marido. El infante Fernando, segundo hijo del rey castellano, se mantendría soltero a la espera de que el matrimonio entre su hermano Enrique y Catalina de Lancaster fuera consumado, y en el caso de que éste falleciera prematuramente, se casaría con su cuñada. Juan I de Castilla se vio obligado a conceder seguros y un perdón por escrito a los partidarios petristas, y la restitución de sus bienes para algunos de ellos, así como a todas las poblaciones y súbditos castellanos que apoyaron a los duques de Lancaster en su entrada en Castilla.


Catalina de Lancaster firmó el acta de aceptación de las condiciones del Tratado de Bayona el 5 de agosto, un privilegio del que no muchas princesas debieron de disfrutar. La duquesa debía llevar a su hija lo antes posible a Castilla, y la entrega de la princesa al séquito castellano se hizo dos días después. Las dos damas viajaron desde Bayona a Fuenterrabía. Informado el rey, que estaba en Palencia, convocó Cortes en esta ciudad para que coincidieran con la boda y preparó las fiestas. Catalina fue conducida casi directamente a Palencia desde la frontera, ya sin su madre, y el matrimonio se celebró en la catedral de San Antolín hacia el 17 de septiembre. Después toda la corte permaneció en la ciudad hasta octubre. La novia contaba con quince años, frente a los nueve del novio.

Una de las consecuencias del Tratado de Bayona fue la creación de un nuevo título para el heredero al trono de Castilla, el de príncipe de Asturias, que pasó a reemplazar al anterior de infante mayor. Catalina y Enrique fueron jurados herederos en las Cortes de Briviesca y allí se les confirió el principado con un ceremonial. El rey sentó a su hijo en un trono real, le vistió con un manto, le colocó un chapeo en la cabeza y en la mano una vara de oro, y le dio la paz en el rostro llamándole príncipe de Asturias.

Catedral de San Antolín, Palencia


El juramento realizado por las Cortes debía ser recibido por el arzobispo de Toledo después de celebrar una misa en la catedral o templo principal de la ciudad, en presencia del rey y de toda la familia real, con todos los prelados, nobles, caballeros, procuradores y criados del rey que debían prestar juramento. El arzobispo, revestido con su capa pluvial y la mitra, se sentaba en su cátedra con una cruz y un misal, y a la llamada del rey de armas, el más antiguo oidor del Consejo de Castilla leía el juramento de todos los presentes. Acto seguido, todos pasaban a hacer el besamanos por estricto orden jerárquico, empezando por la familia real. Una vez terminado el acto, uno de los secretarios preguntó al rey si aceptaba el juramento, a lo que él respondió afirmativamente.

Las fiestas duraron varios días, en los que se hicieron diversos torneos y justas. Todos los presentes recibieron regalos, sobre todo los caballeros ingleses que venían en la comitiva de la princesa, a los que Juan I obsequió ricas joyas. Pero no pararon ahí las negociaciones, pues se dispuso que pronto la duquesa Constanza de Lancaster vendría a ver al rey y a tomar posesión de sus nuevas villas.



Fuente:
Ana Echevarría, Catalina de Lancaster. Editorial Nerea S.A. 2002

lunes, 2 de mayo de 2011

CATALINA DE LANCASTER, Reina de Castilla ( II )


Catalina salió a la arena política el año 1381, fecha en la que empezó a aparecer en la documentación con el nombre de Katerine d’ Espaigne. Su padre volvía a estar interesado en los asuntos castellanos y preparaba otro ejército para apoyar a Portugal, al mando de su hermano el conde de Cambridge. Pero antes de conseguirlo, debía negociar con los escoceses para mantener su retaguardia tranquila cuando se incorporase a la expedición. De hecho, un ejército inglés salió hacia Portugal para atacar desde allí tierras castellanas.

En aquellos momentos ocupaba el trono castellano Juan I, hijo y sucesor del fallecido Enrique de Trastámara. Afortunadamente para el rey de Castilla, que se había apresurado a adelantarse con una contraofensiva, el duque de Lancaster carecía del apoyo del Parlamento inglés y los portugueses se indignaron por el comportamiento de las tropas inglesas.



Entonces Juan de Gante pasó por uno de los momentos más duros de su carrera política al servicio de la Corona. En 1381 tuvo lugar el levantamiento campesino, conocido como " Peasant’s Revolt ", provocado por el aumento de los impuestos para financiar la guerra contra Francia. Durante la revuelta, el palacio de Savoy, residencia del duque de Lancaster en Londres, se vio cercado por la multitud enfurecida.

Katherine Swynford huyó precipitadamente, mientras que la joven Felipa, que se encontraba en la abadía de Barkey, se reunió con su madrastra Constanza y con Isabel en el castillo de Hertford. Desde allí se dirigieron al norte, a una de las plazas fuertes más importantes de las posesiones del duque, Pontefract, donde se les negó la entrada. El alcaide de la fortaleza sería luego castigado por ello. Al final, consiguieron refugiarse en Knaresborough, donde esperaron a que pasara la revuelta.

A partir de estos acontecimientos, y puesto que Felipa ya era suficientemente adulta como para no tener una gobernanta, se fue alejando progresivamente del círculo de Katherine Swynford y se aproximó más a Constanza y Catalina, en cuya compañía pasó los siguientes años.


Katherine Swynford



Mientras, Juan de Gante, que se encontraba en Escocia negociando una paz, decidió permanecer en Edimburgo. Una vez calmada la rebelión, y antes de regresar a sus posesiones, el duque debió reconsiderar su postura respecto a su vida sentimental y a sus aspiraciones al trono castellano. Decidido a sumergirse en la política internacional, intentó un acercamiento a su esposa Constanza, mientras alejaba definitivamente a katherine Swynford de su casa, con la que había tenido cuatro hijos que llevaban el apellido Beaufort. A su regreso de Escocia, los duques se encontraron en Durham, en presencia del obispo, y allí mismo Juan de Gante pidió perdón a su esposa por sus infidelidades. Ella le perdonó y hubo gran alegría y regocijo entre ellos.

La revuelta de los campesinos impidió al duque de Lancaster desplazarse, como era su plan, a apoyar a su hermano en Portugal y las tropas inglesas se tuvieron que retirar una vez más con las manos vacías. Al quedar viudo Juan I de Castilla se casó con la princesa Beatriz de Portugal, hija del rey Fernando I. El monarca portugués decidió que su hija simplemente transmitiría sus derechos al trono, aunque ella y su marido podrían usar el título de reyes de Portugal, y que la reina madre Leonor Téllez de Meneses mantendría la regencia hasta que un hijo de la pareja tuviera edad de heredar la Corona portuguesa.



Fernando I murió y el rey de Castilla, a pesar de todas las cláusulas, reclamó el reino vecino. Las Cortes de Coimbra designaron rey de Portugal a Juan de Avís, medio hermano del fallecido monarca. Y Juan I de Castilla se dispuso a invadir Portugal. Las noticias de la derrota de los castellanos en la batalla de Aljubarrota llegaron a la corte ducal de los Lancaster y fueron recibidas con alborozo. Cuenta un cronista portugués que la duquesa Constanza cayó de hinojos ante su esposo, con la princesa Catalina, y suplicó: " Señor, de cuantas buenas andanzas os dio Dios en este mundo en vuestras guerras y trabajos para los hechos ajenos, paréceme que sería de razón que trabajáredes vos por vuestra honra y por cobrar la herencia que es mía y de vuestra hija, de la que estamos desheredados; pues el reino de Castilla a mí pertenece de derecho, y no a los hijos del traidor bastardo que mató a mi padre como no debía ”. Ambas, madre e hija, lloraban.



Fuera por las súplicas de su familia o por el simple interés político, el hecho es que Juan de Gante se decidió a presentar batalla por los derechos al trono castellano. Para ello firmó una nueva alianza con Juan I de Portugal en mayo de 1386, el tratado de Windsor, que selló la amistad anglo-portuguesa hasta nuestros días. A pesar de que Aragón y Navarra declinaron su participación en la empresa, el ejército inglés conducido por el propio duque de Lancaster, que acudía a reclamar su reino, debía embarcarse en el puerto de Plymouth en julio.

El duque viajaría con toda su familia para instalarse en su reino. El trayecto que siguieron les llevó por las principales propiedades de Lancaster en el sur de Inglaterra. Su última escala fue el propio puerto de Plymouth, donde se hospedó el duque, mientras que la duquesa Constanza y sus tres hijas descansaban en un convento de la ciudad. Desde allí pusieron al fin rumbo a Castilla.


Fuentes:
Ana Echevarría, Catalina de Lancaster. Editorial Nerea S.A. 2002
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