lunes, 28 de marzo de 2011

MARÍA ANTONIETA DE AUSTRIA, Reina de Francia ( III )



EL ASUNTO DEL COLLAR

En julio de 1785 estalla el "caso del collar". Jeanne de Valois, condesa de La Motte, una aventurera y noble francesa que se dejaba ver en la corte y pertenecía al círculo del tenebroso conde Cagliostro, embauca al cardenal Louis de Rohan, rico y disoluto cortesano caído en desgracia, haciéndole creer que María Antonieta deseaba obtener un magnífico collar de diamantes y que no disponiendo del dinero suficiente, pedía al cardenal que lo comprara en su nombre. Posteriormente ella le abonaría el coste del collar conforme llegaran los plazos. Rohan tenía que actuar como su avalista y testaferro en la compra del collar. La condesa aseguraba pertenecer al círculo íntimo de María Antonieta y esgrimió unas cartas comprometedoras de la reina falsificadas.

El cardenal, deseoso de congraciarse con María Antonieta, se entrevistó con quien creía que era la reina, suplantada por una prostituta muy parecida a ella de nombre Nicole Leguay, en un encuentro nocturno en los bosques de Versalles. Finalizada con éxito la entrevista con la falsa reina, el cardenal se ve ya como Primer Ministro de Francia. Rohan compra el collar por un millón seiscientas mil libras pagaderas a dos años en cuatro plazos semestrales y se lo entrega a la condesa quien, a su vez, en presencia del cardenal y en medio de un gran secreto, se lo da a un supuesto lacayo de la reina, en realidad su cómplice Rétaux de Villette. El collar no llegará a manos de María Antonieta. La condesa desaparece de París con su marido, desmontan el collar y se dedican a vender afanosamente los diamantes.


El joyero Bohmer reclama a la reina el pago del collar de diamantes encargado en su nombre por el cardenal de Rohan y en menos de un minuto descubre que María Antonieta ni posee el collar, ni ha sabido nunca nada del asunto. La reina se siente ultrajada por esa estratagema, en la que cree ver una venganza del propio cardenal, a quien considera su enemigo. No se muestra dispuesta a pasar por alto cómo Rohan ha usado su nombre en su propio provecho mezclándola en una estafa y exige a su esposo la detención del cardenal. Rohan es arrestado públicamente y encarcelado en la Bastilla. Al detener al cardenal de Rohan de manera pública estalla un gran escándalo.

La nobleza francesa, desde siempre enemistada con la reina, se siente atacada e insultada por tal maniobra. El cardenal de Rohan es miembro de una de las primeras familias de Francia y el trato que ha recibido, siendo detenido de manera pública como un vulgar ladrón, indigna profundamente a la nobleza que, considerando a Luis XVI una persona débil y bonachona, no duda en acusar a María Antonieta de haber orquestado todo el asunto para humillar públicamente no sólo a Rohan, sino a la nobleza francesa en su conjunto.

Al tiempo, conforme se van conociendo los detalles de la estafa, una ola de indignación sacude al pueblo de Francia, al conocer que mientras ellos malviven con unos pocos sueldos, hay nobles que gastan millones en estrafalarios collares de diamantes. En el juicio ante el Parlamento de París, la absolución del cardenal, al quedar comprobado que había sido víctima de una estafa, fue recibida con entusiasmo general y considerada como una victoria sobre la corte y la muy impopular reina. A pesar de ello, fue privado de su oficio de gran limosnero y exiliado a la abadía de Chaise-Dieu.


La condesa de La Motte, la prostituta Nicole Leguay y el místico Cagliostro fueron detenidos y estos dos últimos, después absueltos. Se condena a Rétaux de Villette al destierro, al conde de la Motte a galeras a perpetuidad y Jeanne de Valois es condenada a prisión perpetua en Salpêtriére. Pero alguien le abre la puerta de su celda y la ayuda a escapar, huyendo a Inglaterra. Refugiada en Londres, publica unas memorias en las que muestra a María Antonieta como una sádica lesbiana dada a todo tipo de infidelidades, orgías y derroches. Contribuyendo con ello a hundir la imagen pública de la reina.

Tras estallar la Revolución francesa, la Convención, que ve en ella a una heroína trágica víctima de la maldad de María Antonieta, la invita a regresar a Francia con todos los honores. Sin embargo, poco antes de regresar, la condesa se arroja por la ventana de su casa de Londres en un ataque de manía persecutoria en 1791. El propio Napoleón aseguraría más tarde que el caso del collar de diamantes fue detonante de la Revolución francesa.



LA REVOLUCIÓN

En 1789 la situación de la reina es insostenible. Corre el rumor de que Monsieur, futuro Luis XVIII, habría depositado en la asamblea de los notables de 1787 un dossier que probaba la ilegitimidad de los infantes reales. En mayo se abren los Estados Generales. Después de la misa de apertura sube al púlpito monseñor de la Fare que, con duras palabras, ataca a María Antonieta denunciando el lujo desenfrenado de la Corte y de los que, hastiados de este lujo, buscan el placer en " una imitación pueril de la naturaleza ", alusión evidente al Pequeño Trianón.

En junio muere el pequeño Luis José. Para evitar gastos se sacrifica el ceremonial en la basílica de Saint-Denis. La actualidad política no permite a la familia real un sepelio solemne. Conmocionada por este acontecimiento y desorientada por el cariz que toman los Estados Generales, María Antonieta se deja convencer por la idea de una contrarrevolución. En julio, Luis XVI destituye a Necker.



El 14 de julio de 1789 se produce la toma de la fortaleza de la Bastilla, su caída en manos de los revolucionarios parisinos supuso simbólicamente el fin del Antiguo Régimen y el punto inicial de la Revolución francesa. Al saberlo, Axel de Fersen regresó a Francia y, a fines de julio, se instaló en las inmediaciones de palacio con el propósito de velar por la familia real, sin alcanzar a ver que su proximidad no hacía más que perjudicar a la reina. Mientras Luis XVI se mostraba dispuesto a pactar con los revolucionarios, María Antonieta intentó hacer fracasar la Revolución, movió los hilos diplomáticos y estableció una auténtica red de contactos con algunos aristócratas exiliados en Inglaterra, bien secundada, por Axel de Fersen.



El 1 de octubre se produce un nuevo escándalo: tras un banquete ofrecido a un regimiento de Flandes que acaba de llegar a París, la reina es aclamada, las escarapelas blancas son enarboladas y las tricolores pisoteadas. París está indignado por estas manifestaciones monárquicas y por el banquete dado cuando hasta el pan le falta al pueblo. El 5 de octubre una manifestación de mujeres se dirige a Versalles pidiendo pan y diciendo que van en busca del "panadero" (el Rey), la "panadera" (la Reina) y el "pequeño aprendiz" (el Delfín).

Al día siguiente, por la mañana, los amotinados, armados con picos y cuchillos, entran en el palacio, matan a dos guardias de corps y amenazan a la familia real, que se ve obligada a regresar a París escoltada por las tropas del Marqués de La Fayette y los amotinados. Durante el trayecto se lanzan amenazas contra la reina e incluso le enseñan una cuerda prometiéndole una farola en la capital para colgarla.

En vísperas de la Revolución francesa se difundió una anécdota que no dejaba en muy buen lugar a la reina. Supuestamente María Antonieta habría preguntado a sus damas el motivo de la protesta popular. Una de ellas respondió: “Majestad, el pueblo tiene hambre y pide pan". A lo que la reina contestó altanera: “¿No tienen pan? ¡Pues que coman pasteles!". Este hecho provocó un gran enojo en el pueblo y contribuyó a que aumentara su odio hacia la reina. Se cree que ha sido atribuida esta frase erróneamente a María Antonieta y quien la pronunció fue otra reina de Francia.



LA HUIDA


Luis XVI con María Antonieta deciden solicitar la ayuda de los monarcas extranjeros, el rey Carlos IV de España y el emperador José II de Austria. Pero el monarca español responde con evasivas y en febrero de 1790, el emperador José II fallece. La Fayette le sugiere a la reina, con toda frialdad, que se divorcie. Otros hablan, casi con descaro, de emprender un proceso de adulterio y pillar a la reina en flagrante delito con el conde de Fersen. María Antonieta está cada vez más sola. Su otro hermano, el nuevo emperador Leopoldo II, elude sus peticiones de ayuda. Como monarca filósofo, le aconseja a su hermana que acepte los dictados de la nueva Constitución.

Fue el conde de Fersen quien en junio de 1791 planeó la huida de la familia real. Disfrazados y aprovechando la oscuridad de la noche, debían salir de las Tullerías por una puerta falsa y alcanzar la frontera belga. Una vez lejos de Francia, conseguir el apoyo de las monarquías europeas para declarar la guerra a la Convención revolucionaria. Poco antes del mediodía la berlina es detenida en Varennes. El rey ha sido reconocido. Se producen unos momentos de nerviosismo, nadie sabe qué hacer y, durante este lapsus, la muchedumbre llega a Varennes. Por último, la familia real amenazada y en medio de una situación muy violenta, es devuelta a París. El viaje de vuelta fue una auténtica pesadilla: en Épernay un hombre escupió al rey y otros intentaron matarlo. Sólo Axel de Fersen logró ponerse a salvo y cruzar la frontera.



Fuentes:
María Pilar Queralt del Hierro, Mujeres de vida apasionada. 2010 La Esfera de los Libros S.L.
http://es.wikipedia.org/wiki/Mar%C3%ADa_Antonieta_de_Austria http://es.wikipedia.org/wiki/Caso_del_collar_de_la_reina http://es.wikipedia.org/wiki/Jeanne_Valois_de_La_Motte

domingo, 27 de marzo de 2011

MARÍA ANTONIETA DE AUSTRIA, Reina de Francia ( II )



Por fortuna, poco después de subir al trono, los acertados consejos de su cuñado, el futuro emperador José I de Austria - que por indicación de su madre la emperatriz se desplazó a París para interesarse por los problemas sexuales de su cuñado- y ciertos cuidados médicos, consiguieron que en poco más de siete años Francia no contara con un solo heredero sino con cuatro: dos muchachos, Luis José, que murió de forma prematura, y Luis XVII. Y dos niñas, María Teresa, que pasó a la historia como Madame Royal, y María Sofía, que sólo vivió unos pocos meses. La maternidad llenó de felicidad a María Antonieta y fue una excelente madre. Pero ello no impidió que continuara con su frenética actividad social.

María Antonieta se rodea de una pequeña corte de favoritos - la princesa de Lamballe, el barón de Besenval, el duque de Coigny, la duquesa de Polignac- suscitando las envidias de otros cortesanos. Multiplica su vestuario y las fiestas, organiza partidas de cartas en las que se realizan grandes apuestas. Intenta influir en la política del Rey nombrando y destituyendo ministros caprichosamente o siguiendo los consejos interesados de sus amigos.




La reina recibió de su esposo el Petit Trianon como regalo de coronación y lo convertirá en su retiro favorito cuando deseaba escapar de la corte. El palacete contaba con un zoológico, un jardín, una escuela botánica, un invernadero y un pequeño teatro, en donde la reina solía protagonizar representaciones teatrales. El pequeño comedor, construido por Luis XV, fue transformado por María Antonieta en sala de billar.

En las proximidades del Petit Trianon se construyó el Hameau de María Antonieta o también llamado la Aldea de la Reina. Gustosa del contacto con la naturaleza, la soberana confiará al arquitecto Mique la construcción de una aldea normanda que reflejara la vida campestre. El resultado fue un pequeño pueblo compuesto por una docena de edificios rústicos, pequeñas casas con techos de paja, pizarra y balcones de madera, con lago y cisnes, varios tipos de animales, molinos, huertos, una casa de campo, una herrería, una panadería, una torre, un palomar y una lechería. Un pequeño y encantador mundo rural artificial. La reina visitaba la aldea acompañada de sus hijos y sus amistades más cercanas. Al recinto se accedía con previa invitación de la reina y en la aldea cada cual representaba un oficio o personaje concreto. Allí se podía pasar el día haciendo diferentes actividades como: ordeñar vacas, tomar leche, cosechar y comer frutos.




La corte en pleno vivía del todo ajena a las dificultades por las que Francia atravesaba por culpa de las malas cosechas. Día a día, crecía el descontento popular ante el lujo y la ostentación que imperaban en la corte mientras el país estaba al borde de la bancarrota y María Antonieta era la encarnación misma de la vida despreocupada de Versalles. La reina toma conciencia de su impopularidad y trata de reducir sus gastos, especialmente los de su mansión, lo que provoca nuevas críticas y un gran escándalo en la corte cuando sus favoritos se ven privados de sus cargos. Todo es inútil.

En poco tiempo el país entero se llenó de pasquines y caricaturas alusivos a la reina, donde aparecía con el apelativo de Madame Déficit o como un ave orgullosa y estúpida a la que se calificaba de poule autrichienne ( gallina austríaca). Es acusada de estar en el origen de la política anti-parlamentaria del rey y de nombrar y destituir a los ministros. En 1788 es ella la que induce al rey a despedir al impopular Loménie de Brienne y sustituirle por Necker. Ya es demasiado tarde, Luis XVI había sido demasiado débil.




Una verdadera campaña de desprestigio se desató contra ella desde su acceso al trono. Sus faltas, exageradas por la opinión pública y consideradas como ejemplo vivo del desenfreno de la corte, no fueron otras que su desprecio a la etiqueta francesa, sus extravagancias y la constante búsqueda de placeres en el fastuoso grupo del conde de Artois, así como sus caprichosas interferencias en los asuntos de Estado para encumbrar a sus favoritas. Se la acusó de tener amantes - como su cuñado el conde de Artois o el conde sueco Axel de Fersen - e incluso de mantener relaciones lésbicas con la duquesa de Polignac o la princesa de Lamballe, de despilfarrar el dinero público en frivolidades y sus favoritos o de apoyar los intereses de Austria. Pronto fue conocida entre el pueblo con el despectivo mote de " la austríaca ".

Axel de Fersen era un apuesto militar sueco, hijo de un mariscal de Campo del rey de Suecia. Completaba en París su formación militar, causando gran sensación por su apostura. Parece ser que se habían conocido casualmente en 1779 en un baile de carnaval. Además de contar con numerosas conquistas femeninas, durante el invierno de ese año, frecuenta con asiduidad los salones de María Antonieta con la que tiene un trato muy familiar. El caballeroso militar, para no comprometer el buen nombre de la reina, pidió ser destinado a América y luchar junto con los colonos norteamericanos contra las tropas británicas. No obstante, en 1783, concluida la campaña americana regresó a París, donde volvió a frecuentar la compañía de la reina.




No resultaba una situación fácil. Cierto que en la corte de Versalles eran muchas las damas que gozaban de la compañía de un chevalier servant, es decir, un galán con el que mantenían un coqueteo más o menos inocente. Pero, en el caso de la reina, por razones dinásticas, éste no debía traspasar jamás la puerta de su alcoba. Parece ser que María Antonieta vivía bien las limitaciones de la relación, pero no así Axel de Fersen, quien escribió a su hermana: “ Estoy decidido. Nunca me casaré. No puedo ser de la única persona a la que quisiera pertenecer, la única a la que quiero verdaderamente y, por tanto, no quiero ser de nadie ”. Y, decidido a no soportar más esta situación, Fersen se unió a las tropas de Gustavo III de Suecia, por entonces de campaña en Italia.

La relación con María Antonieta se convirtió entonces en epistolar. Los enamorados cruzaron infinitas cartas que ella firmaba como “ Josefina ” y sellaba con un emblema formado por una paloma volando y un lema: Tutto a te me guida ( Todo me lleva a ti). Así, hasta que llegaron a Italia noticias de los acontecimientos ocurridos en Francia.



Fuentes:
María Pilar Queralt del Hierro, Mujeres de vida apasionada. 2010 La Esfera de los Libros S.L.
http://sobrefrancia.com/2009/12/07/el-hameau-de-maria-antonieta/ http://es.wikipedia.org/wiki/Hans_Axel_de_Fersen
http://es.wikipedia.org/wiki/Mar%C3%ADa_Antonieta_de_Austria http://www.viajerosanonimos.com/2010/06/04/maria-antonieta-en-versalles/ http://www.biografiasyvidas.com/biografia/m/maria_antonieta.htm
http://es.wikipedia.org/wiki/Mar%C3%ADa_Antonieta_de_Austria

sábado, 26 de marzo de 2011

MARÍA ANTONIETA DE AUSTRIA , Reina de Francia ( I )



El 2 de noviembre de 1755 , justo el misma día y a la misma hora en que Lisboa quedaba destruida por un terrible terremoto, nacía en Viena, la archiduquesa María Antonieta Josefa Ana, hija de los emperadores Francisco I y María Teresa de Austria. Creció entre mimos y cuidados en la fastuosa corte vienesa. Su padre la adoraba y su madre, como el país entero, estaba embelesada con su hija y no podía negarle ningún capricho.

De la emperatriz María Teresa había heredado una piel tersa y nacarada, unos espléndidos ojos azules y un cuello largo y estilizado que, como triste premonición, acostumbraba a subrayar con terciopelos y collares. Su padre, Francisco de Lorena, le legó una gran capacidad de seducción que le conseguía las simpatías de quienes la conocían y que le valió en muchas ocasiones para hacerse perdonar su incapacidad para la reflexión y el estudio. Así pues, guapa, zalamera e ingeniosa, María Antonieta siempre fue considerada en la corte vienesa como una pequeña joya.



óleo de Franz Xaver Wagenschön



Sus dos diversiones preferidas eran jugar con sus numerosos hermanos por los jardines del palacio de Schoenbrunn y esconderse de sus maestros. El compositor Gluck apenas consiguió hacer de ella una ejecutante mediocre de clavecín y sus profesores de idiomas sólo lograron que hablara francés bastante mal y que se expresara en alemán correctamente, pero nunca pudieron enseñarle ortografía, porque la princesa se ponía triste y los desarmaba con encantadores mohines.

A los doce años supo que iba a ser reina de Francia. Su madre se dispuso a hacer de ella una perfecta princesa parisina y le asignó dos expertos que se ocuparan a fondo de la futura cabeza real: un preceptor eclesiástico y un ilustre peluquero. El primero debía reforzar su fe y su francés, al segundo se le encomendó la no menos delicada misión de edificar en la cabellera de la infanta una versallesca torre dorada llena de bucles. Una semana después, ambos se confesaron derrotados. El preceptor aseguraba que María Antonieta poseía un cerebro ingenioso y despierto, pero rebelde a toda instrucción. El peluquero no podía culminar su obra debido a la frente demasiado alta y abombada de la joven.




En los primeros días de febrero de 1770, la joven archiduquesa abandonó la corte de Viena camino de Versalles. En Kehl, muy cerca de la frontera francesa, la escolta austriaca cedió su lugar a un escuadrón de caballería galo que debía conducir a María Antonieta hasta Compiègne, donde la esperaba Luis XV acompañado por el joven Delfín y la corte en pleno. Para el traspaso de la frontera por parte de la archiduquesa, se construyeron dos pabellones, simbolizando a las dos potencias aliadas. En el pabellón de Francia se encontraban la condesa de Noialles, dama de honor; la duquesa de Cossé, dama de vestuario; cuatro damas de palacio; el conde de Saulx-Tavannes, caballero de honor; el conde de Tessé, primer escudero y el obispo de Chartres, primer capellán. En el otro pabellón se encontraban las damas austríacas, que habían acompañado a la archiduquesa y la habían vestido con prendas francesas enviadas desde París.

Apenas cruzada la frontera, la princesa austriaca ya pudo demostrar sus buenas dotes de diplomática. Cuando el alcalde de Estrasburgo, por gentileza, le habló en alemán, la futura Delfina le respondió: “ Vous êtes tres gentil, Monseigneur. Mais, a ce moment-là je ne comprend que la langue française “ ( Gracias por vuestra amabilidad, señor, pero desde hoy sólo entiendo el francés ).

 


Las primeras complicaciones se presentaron el mismo día de la boda o, para ser más exactos, la misma noche. El futuro Luis XVI era un muchacho tímido, bonachón y de escaso atractivo, que en el momento de contraer matrimonio contaba con dieciséis años. Cuando nació no estaba destinado a convertirse en heredero al trono de Francia, pero una carambola del destino combinó la longevidad de su abuelo, Luis XV, con las muertes prematuras de su padre y su hermano mayor y, en consecuencia, se vio convertido en Delfín. Huérfano, pues, desde muy temprana edad, se crió bajo la tutela de Mesdames y de su ayo, el duque de La Vauguyon, uno de los escasos nobles que habían conseguido mantenerse incólume al libertinaje cortesano, quienes, velando por su integridad moral, le hicieron crecer instruido y piadoso pero, según escribió un embajador veneciano en 1767, “ salvaje y rústico como si hubiera crecido en el bosque ”.

Poco tenía que ver con su distinguida y coqueta esposa. En mayo de 1770 se celebraron sus solemnes esponsales. María Antonieta caminó hacia el altar, en el que la esperaba Luis, luciendo un vestido decorado con diamantes y perlas. Cerca de 6.000 invitados acudieron a la recepción que se celebró en la famosa Galería de los Espejos en el Palacio de Versalles. Después, se celebró un multitudinario baile en el Teatro de la Ópera de París, que se había construido especialmente para el enlace real .A la mañana siguiente, Luis escribió en su diario íntimo una escueta palabra: “ Nada ”. Terrible término cuando se refiere a lo acontecido en una noche de bodas, máxime cuando la joven esposa esperaba una buena dosis de placer y descubrimientos. La noticia corrió por Versalles como la pólvora, se extendió por todo París y llegó en forma de carta de la desposada hasta la cancillería de María Teresa.



La intimidad de los herederos franceses se convirtió en la comidilla de las cortes europeas. El desdichado Luis se limitaba a escribir la fatídica palabra día tras día, mes tras mes, y año tras año, en un diario que podía recibir muchas calificaciones menos la de íntimo. Sin embargo, pese a la carencia de vida sexual, entre la joven pareja reinaba una perfecta compenetración y una viva simpatía, lo que no impidió que la decepción sufrida en la cámara nupcial fuera el origen de la exacerbada frivolidad de la reina.

A raíz de su boda, María Antonieta se sumergió en una espiral de superficialidad y diversión que dañó de manera notable su imagen y acabó por engullirla. De hecho, su día se repartía entre la elaboración de su complicadísimo tocado y la práctica de la música, los juegos y las diversiones en unión de sus damas, amigos y cuñados, y en especial del joven conde de Artois, tan frívolo y superficial como ella, que cada día le preparaba mascaradas, conciertos, bailes o entretenimientos varios. No acertó tampoco en el reparto de sus simpatías. Su abierta protección al ministro Choiseul, al que calificaba de “ artífice de su ventura ”, la llevó a intrigar a su favor, lo que se interpretó como una defensa a ultranza de los intereses austríacos.


María Antonieta por Jean-Baptiste Gautier Dagoty en 1775


María Antonieta sintió un profundo desprecio hacia la amante del monarca francés Luis XV, Madame du Barry, a la que negaba el saludo ante la corte. Ante la petición de su madre, la emperatriz María Teresa, de que se mostrase cortés con la favorita, la joven Delfina se dignó a dirigirle unas palabras: " ¡ Hay, hoy, mucha gente en Versalles ! ".
 
En tal estado de cosas, el 10 de mayo de 1774, la viruela acabó con la vida de Luis XV. Al conocerse la muerte del rey, una gran multitud acudió a los aposentos de los hasta entonces Delfines de Francia y, entrando en los mismos, se dirigieron a la pareja como sus Majestades. Tanto Luis como María Antonieta quedaron impactados y arrodillándose exclamaron: « ¡ Oh, Dios mío! vamos a reinar demasiado jóvenes ¡ Dios mío, guíanos y protégenos de nuestra inexperiencia ! ». María Antonieta contaba entonces con diecinueve años y su marido, ya Luis XVI, con veinte.


Fuentes:
María Pilar Queralt del Hierro, Mujeres de vida apasionada. 2010 La Esfera de los Libros S.L.
http://es.wikipedia.org/wiki/Luis_XVI_de_Francia
http://www.biografiasyvidas.com/biografia/m/maria_antonieta.htm

viernes, 25 de marzo de 2011

Los últimos años de Juana de Castilla ( II y última)



Algunos historiadores han asumido que Juana permaneció como una prisionera de Tordesillas después de la rebelión de los comuneros. Fuentes inéditas revelan, de hecho, que la reina realmente abandonó Tordesillas durante el curso de una epidemia. Aunque el marqués continuó insistiendo en que semejante traslado requeriría la fuerza, la reina montó pacíficamente sobre una mula en dirección este, desde Tordesillas a Geria y luego a Tudela del Duero a comienzo de 1534.

Cuando Juana empezó a sufrir problemas digestivos más tarde durante ese año, según una fuente, el emperador le permitió dictar su última voluntad. El acto de dictar un testamento requería una mente que estuviera en su sano juicio, lo cual potencialmente explica porqué el documento en cuestión, si en algún momento existió, no consta en el Archivo General de Simancas. Después que Juana se recuperó, la peste llegó a Tudela y la reina se fue a Mojados, donde permaneció su casa hasta que la pestilencia desapareció de Tordesillas.




Frente al rigor con que era tratada reacciona practicando con frecuencia la huelga de hambre. Ingiere sólo pan y queso para demostrar su malestar y su odio hacia el marqués que la vigila. Para sorpresa de todos aquellos que le vaticinaron una corta vida, la reina ha logrado sobrepasar los setenta años, extraordinaria longevidad para su época y las demás circunstancias en las que se ha desarrollado su existencia. A partir de 1552, no obstante, empeora de forma rápida y notable, tanto de cuerpo como de espíritu.

Debido posiblemente a una caída, permanece inmóvil de cintura para abajo, con lo cual las evacuaciones, tanto de orina como defecaciones, se tornaron más difíciles. Hubo días que se lo hizo encima sin que nadie la limpiara. Las mujeres que debían atenderla se excusaban con que la reina las echaba a voces. Mala excusa para quienes, cuando la reina se mostraba rebelde en el corredor que daba al rio, la metían a la fuerza en su cámara interior alumbrada sólo con velas.

 


Por sus objetos devotos, desde rosarios a retablos y cruces, Juana indudablemente se consideraba una católica piadosa. Cuando un relámpago alcanzó el palacio de Tordesillas en 1550, la reina se defendió haciendo la señal de la cruz y cantando “Christus vincit, Christus regnat, Christus me defenda”. Le aseguró al asustado marqués de Denia que su Agnus Dei – una reliquia con poder contra tormentas, fuegos, relámpagos, pestes e incursiones demoníacas- los protegería.

Los 116 volúmenes de Juana, incluyendo veintinueve libros de Horas, doce libros de canciones y siete misales, consistían de forma abrumadora en obras de devoción. Su hija Catalina, se llevó unos cuantos de los tratados espirituales de Juana para Portugal en 1525. La reina conservó, hasta el final de su vida, la mayoría de sus libros de oraciones y varios tratados devocionales.
 


Preocupados por lo que creían ser un acto herético, el abandono de las prácticas religiosas, tal vez un acto de rebeldía como protesta ante el trato que se le daba o la desidia de un profundo estado depresivo, tanto Carlos V como luego Felipe II le enviaron confesores y clérigos para que la convenciesen de volver a ellas. En 1551 Felipe visitó a su abuela en compañía de Francisco de Borja. Una hija de Borja estaba casada con un hijo del marqués de Denia, así que el jesuita visitaba a su hija y a la reina. Un año más tarde logró que ella se confesase.

El rumor de que la reina era herética no cesaba, al punto de que cuando Felipe se casó con María Tudor, con la esperanza de recobrar para la iglesia católica aquellas islas, Francisco de Borja se dirigió a la infeliz reina amonestándola por su negligencia en sus devociones porque los ingleses dirían “ pues su alteza vivía como ellos, sin misas y sin imágenes, y sin sacramentos, que también podrían ellos hacer lo mismo, pues en las cosas de la fe católica lo que es lícito a uno es lícito a todos ”.



Juana afirmaba que eran sus sirvientas las que le impedían sus prácticas devotas: “ A los principios cuando rezava le quitaron el libro de las manos y le reñían y se burlavan de su oración y a las imágenes que tenía, que eran un Santo Domingo y un San Francisco y San Pedro y San Pablo, escupían, y en la calderilla del agua hacían muchas suciedades. Cuando decían misa, poníanse desacatadamente delante del sacerdote, volviendo el misal y mandándole que no dixese sino lo que ellas quisiesen. Por lo cual avisa que guarden el sacramento en las iglesias porque andan tras él, y también an trabajado muchas veces de le quitar las reliquias y crucifixo que agora trae consigo ”. Aferrándose enérgicamente a la cruz que su hijo Fernando le había enviado, la reina procuraba acusar a sus dueñas de traficar con el diablo. Algunos autores ven en estas extrañas acusaciones una treta de Juana para que, acusando a sus damas de herejía, fuesen removidas de su servicio.

La reina habló largo tiempo con el jesuita. Le dejó claro que él debía informar a Felipe sobre lo que ella le había dicho de sus servidores, para que “ confiesen y hagan como cristianos ”. Como de costumbre, solicitó información sobre sus descendientes. El jesuita le traía un mensaje de su hija Catalina de Portugal y ella se alegró sobremanera de recibirlo. El dictamen de Francisco de Borja fue que la reina tenía tan perdida la razón que poco se podía hacer, salvo llevarle la corriente, simulando el castigo de aquellas dueñas a las que Juana tachaba de brujas. Para él solo cabía una de estas alternativas: o eran fantasías de la reina o había una intervención en todo ello del propio diablo. Por lo tanto, y por si acaso, lo bueno sería que se aplicasen a la reina exorcismos, algo que Felipe II no consintió, permitiendo en cambio que se simulase el castigo de aquellas dueñas, apartándolas momentáneamente del servicio de la reina para ver si mejoraba. Liberada de sus servidoras, Juana incluso escuchó misa y aceptó agua bendita en todos sus aposentos.
 



En un intento adicional para desacreditar a Juana, sus servidoras informaron a Borja que la reina había rechazado una vez velas benditas, deciendo que hedían ”, y que cerraba sus ojos durante la misa cuando se alzaba la eucaristía, sugiriendo una aversión al sacramento. Cuando el jesuita le envió a la reina velas que habían sido bendecidas, ella las aceptó sin quejarse. A pesar de las afirmaciones de ciertas acompañantes, no se podía demostrar que la reina fuese una aliada de Satanás. Incapaz de condenar a Juana por traficar con el diablo, el jesuita encontró igualmente imposible admitir evidencias del buen sentido de la reina. Finalmente, las damas fueron repuestas en sus cargos con gran pesar por parte de la reina.

Cuando no estaba Borja se ocupaba de las devociones de Juana su confesor fray Luis de la Cruz, quien estaba abiertamente de parte de las damas, pues decía que la mala voluntad de éstas se debía a que veían que la reina se había apartado de los sacramentos. Según el fraile, la reina empezaba a padecer también de extrañas visiones que la atormentaban. A su juicio, en ningún modo se le podían administrar los santos sacramentos, aunque carecía de toda culpa.
 



Juana sufre un atroz suplicio durante los últimos años de su vida. El médico que la trata detalla en cartas a Carlos V la terrible evolución de sus dolencias. La parálisis en sus piernas le provoca llagas y úlceras, que derivan en la temida gangrena, que acaba por invadir todo su cuerpo, con lo cual los dolores fueron tan recios que tenían a la reina en un continuo grito. Se acercaba el final. Y otra vez fue llamado Francisco de Borja, que le habló con tal dulzura y persuasión, que consiguió liberarla al menos de las visiones que tanto la mortificaban. Incluso pensó que la reina había recobrado la razón. ¿ Podría, por lo tanto, recibir los santos sacramentos? Para salir de dudas se acudió a la Universidad de Salamanca, que mandó a Tordesillas a su más destacado teólogo, Domingo de Soto. Y su dictamen fue que, encontrándola muy mejorada, podía recibir la Extremaunción aunque no lo estaba para la comunión.

Eran las seis de la mañana del día 12 de abril de 1555, Viernes Santo, cuando la desventurada reina doña Juana abandonaba este mundo que para ella había sido un vía crucis. Por fin era libre. Sus últimas palabras fueron: Jesucristo crucificado sea conmigo. Su cuerpo es embalsamado e introducido en un sencillo ataúd de madera, que se deposita, acompañado de austeras exequias, en la cercana iglesia de Santa Clara, donde reposará hasta su traslado a la Capilla Real de Granada en 1574. En su túmulo monumental descansa al fin junto a su amado Felipe el Hermoso.


Fuentes:
Bethany Aram, La reina Juana, Gobierno, piedad y dinastía. Marcial Pons, ediciones de Historia,S.A. 2001
Manuel Fernández Álvarez, Juana La Loca, La Cautiva de Tordesillas. Espasa Calpe S.A. 2000
María José Rubio, Reinas de España, Las Austrias. La Esfera de los Libros S.L. 2010
Vicenta Marquez de la Plata, El Trágico Destino de los Hijos de los Reyes Católicos. Santillana Ediciones Generales S.L 2008

martes, 22 de marzo de 2011

Los últimos años de Juana de Castilla ( I )

El 2 de enero de 1525 abandonaba para siempre la infanta Catalina la casa de la reina Juana camino del trono portugués. Con su marcha, Juana pierde la única fuente de verdadero y constante afecto que tenía. Su ausencia la entristece profundamente. Durante días, no se aparta de la ventana por donde ha contemplado a Catalina alejarse por última vez. Desde entonces, la existencia de Juana se reduce a una monótona y mustia vida de soledad durante treinta largos años, salvo las esporádicas visitas de algunos de sus familiares a los que interrogaba sobre los acontecimientos en sus reinos.



En enero de 1527, Carlos V acude a Tordesillas para presentarle a su esposa Isabel de Portugal. La emperatriz es hija de su hermana María y por ello el encuentro tiene una gran carga emotiva. Juana no vuelve a ser visitada por su hijo en los próximos nueve años. El emperador confía en la gestión de la casa de la reina que mantienen los marqueses de Denia, mientras él viaja por Europa y se ocupa de las grandes cuestiones de política internacional. Antes de partir, el emperador ordenó al marqués de Denia que llevara el cadáver de su padre Felipe a Granada, donde se unió a los restos de los Reyes Católicos. Aunque Juana parece que nunca descubrió este hecho.

La emperatriz Isabel se encarga de visitarla en ocasiones, por afecto personal y para comprobar que recibe la atención adecuada. En febrero de 1532, Juana fue anfitriona de la emperatriz y los pequeños Felipe y María durante su permanencia de ocho días en Tordesillas. Según el marqués de Denia, la reina recibió a su nuera y a sus nietecitos con mucha alegría, tratándolos de una manera ejemplar, majestuosa “ a como lo hiciera la reyna, nuestra señora, su madre ” durante toda su estancia. Sin embargo, el marqués aseguró a Carlos que, aunque su madre tenía “ tan buena disposición “ como la reina Isabel, “ no abría ningún cuerdo que suplicase a su alteza que entendiese en otra cosa más de lo que pertenece a muger ”.


En diciembre de 1536, la reina Juana se ve agradablemente sorprendida por la corte imperial, que, presidida por Carlos e Isabel junto a sus tres hijos Felipe, María y Juana, abarrotan durante diez días el palacio y la localidad de Tordesillas. En estas ocasiones, Juana es siempre reverenciada en público por su hijo, que a pesar del aislamiento en que la mantiene, no ha perdido nunca el respeto a su condición de reina legítima. Aunque el emperador explícitamente nombró a sus hijos gobernadores, ninguno de ellos pasó por alto la necesidad de la aprobación de Juana y todos empezaron sus regencias con visitas a su abuela, oficialmente “ a besar las reales manos de su alteza ”. De la misma manera, ellos tomaban el permiso formal de la reina antes de salir de España. La reina nunca permitía a sus familiares que le besaran la mano.

En noviembre de 1543, se produce el encuentro familiar más emotivo para Juana, cuando su nieto Felipe se presenta, recién casado, acompañado de su prima y esposa María Manuela de Portugal. La princesa es hija de su adorada y añorada Catalina, siempre presente en su recuerdo. Posiblemente fue uno de los pocos momentos dichosos de la reina, cuando vio ante sí aquella pareja de jóvenes desposados que apenas contaban dieciséis años. Y tanto le plació, que les pidió que danzaran en su presencia.


En julio de 1550 recibió la visita de sus nietos María y Maximiliano de Austria, primos y esposos, dando la bienvenida a la pareja con mucha alegría y contentamiento. Su nieta le enseñó retratos de sus propias hijas y del archiduque Carlos. Estudiando las imágenes con gran interés, Juana le preguntó a María el nombre y la edad de cada uno de los parientes retratados, “ con otras particularidades y donayres ”. La reina se quejó de que no le habían traído a la princesa Ana, la hija primogénita y futura cuarta esposa de Felipe II. Los soberanos explicaron que habían dejado a Ana para protegerla del calor del verano.

Su nieto Maximiliano la obsequió con una cruz de oro que su hijo Fernando, padre de Maximiliano, le había enviado. Aunque complacida con la cruz, la reina se preocupaba del lugar dónde guardarla. Cuando su nieto sugirió que la colgase de una tela en su habitación, la reina afirmó que el riesgo de robo requería una mayor seguridad, dado que muchas de sus otras pertenencias habían desaparecido. Con delicadeza, Maximiliano cambió de tema.


La reina apreciaba muchísimo sus pertenencias y demandaba tener autoridad exclusiva sobre ellas. Entre otros objetos, Juana tal vez consideraba las joyas de la reina Isabel, de Felipe el Hermoso, de Margarita de Austria, de los diplomáticos e incluso de la ciudad de Amberes, como representaciones de algunas de sus relaciones más importantes. Ciertos cinturones y lazos que ella guardaba podían, de la misma manera, haber conmemorado ocasiones significativas. Los ciento dieciséis libros de la reina, las veintiocho piezas de altar, los cincuenta y cinco rosarios y varios relicarios, le proporcionaban sitios para la reflexión personal y espiritual. También apreciaba mucho los retratos de su madre Isabel y su hermana Catalina de Aragón.

La colección de la reina, establecida principalmente antes de 1507, creció poco después de 1512, cuando los miembros de la familia real empezaron “incursiones” periódicas a ella. Disgustada por la desaparición de sus pertenencias, Juana culpó a los oficiales de la casa antes que a sus propios parientes. De esta forma surgieron tensiones entre Juana y muchos de sus sirvientes.


A finales de 1524, el emperador había ordenado que los baúles de Juana fuesen retirados secretamente de sus habitaciones y abiertos en su presencia. Después de seleccionar el oro, las perlas, la plata y las piedras preciosas de los cofres, Carlos V supuestamente ordenó fundir los objetos de oro que le parecieron antiguos o no se usaban y repartió los bienes restantes con su hermana menor Catalina. Posteriormente, al sospechar que cierto cofre había sido quitado y reemplazado, la reina ordenó que lo abriesen delante de ella. Cuando levantaron la tapa del baúl apareció un viejo paño y unos ladrillos. Según el hombre de cámara Juan de Arganda, la reina expresó alivio cuando se enteró de que los bienes desaparecidos habían servido a su hijo. Sobre todo, parecía temer que los sirvientes indignos le robaran sus posesiones.


Fuentes:
Bethany Aram, La reina Juana, Gobierno, piedad y dinastía. Marcial Pons, ediciones de Historia,S.A. 2001
Manuel Fernández Álvarez, Juana La Loca, La Cautiva de Tordesillas. Espasa Calpe S.A. 2000

lunes, 21 de marzo de 2011

LA CONDESA DOÑA SANCHA: LA DAMA DE PIEDRA de David Dumall Puértolas


Hija de Ramiro I y hermana de Sancho Ramírez, primeros reyes de Aragón, la condesa Doña Sancha es uno de los personajes femeninos más importantes de los orígenes del reino aragonés. De espíritu emprendedor y aperturista, fue una dama poderosa e influyente, que vivió durante la segunda mitad del siglo XI, época de incesantes batallas de Reconquista, de expansión del arte Románico Pleno y de grandes transformaciones políticas, sociales y religiosas de un joven reino que se abría camino desde los valles del Pirineo Central hacia las tierras llanas.

Testigo privilegiado de la transformación de la vieja fortaleza de Jaca en ciudad, de la construcción de su catedral y de la consolidación de la ruta jacobea por el puerto del Somport y el valle del Aragón, vivió sus días en lugares tan emblemáticos como San Juan de la Peña, Santa Cruz de la Serós, San Pedro de Siresa y el Palacio Real de Jaca, desarrollando funciones tan diversas como la regencia de obispados, monasterios y extensos feudos, la educación de los infantes Pedro I y Alfonso I o la de intermediaria de Aragón con los abades de Cluny y los legados de la Santa Sede. La condesa murió en torno al año 1097 y su conocido sarcófago, obra maestra de la escultura románica, fue trasladado en el siglo XVI del Monasterio de Santa María de Santa Cruz de la Serós al de las benedictinas de Jaca, donde se conserva.

Intriga, pasión, odio, traición, son fuerzas argumentales que se entrelazan en esta novela histórica, en la que el autor plasma su peculiar interpretación de conocidos mitos de la Edad Media como el origen de los colores de la bandera de Aragón, la primera Cruzada contra el Islam, las poderosas huestes del Cid, el nacimiento de la tradición de Santa Orosia, el Canto Gregoriano o el significado del Ajedrezado Jaqués. El autor describe a la protagonista de su libro como "Una mujer fuerte y luchadora, valiente, adelantada a su tiempo, al igual que su hermano Sancho Ramírez. A ambos les tocó una tarea de consolidar el incipiente reino de Aragón. Lo hicieron a base de ideas aperturistas".

Fuentes:
http://www.libreriacentral.com/ProductDetails.aspx?pId=9788495487087
http://www.diariodelaltoaragon.es/NoticiasDetalle.aspx?Id=665143

domingo, 20 de marzo de 2011

SAFO DE LESBOS


Safo de Lesbos se ganó el apodo de "la décima musa", por detrás de las nueve divinidades inspiradoras de las artes y las ciencias. Este apodo, que equipara a Safo, de carne y hueso, con las deidades promotoras de la inspiración, demuestra la importancia que tuvo, en su época, la poetisa de la isla de su nombre. Safo ocupó un importante papel en el mundo de la poesía.Su imagen decoraba recipientesde cerámica y su rostro aparecía en las monedas. Fue una mujer inteligente y entendida en artes y ciencias.

Safo vivió en el siglo VI a. C., época en que la poesía era el género literario por exclencia de la Antigua Grecia. Sus poemas líricos, cocebidos para ser acompañados con música, fueron los más destacados de su tiempo, aunque sólo se conserven una pequeña parte de sus escritos. Todo indica que Safo fue una triunfadora. Le encargaban poemas para ser recitados en bodas y banquetes, y eso le daba cierta autonomía económica. Se sabe bien poco acerca de su vida, ya que no hay casi documentos, pero sí que procedía de una familia de aristócratas, tenía tres hermanos y estuvo casada con un hombre rico que le dio una hija llamada Cleis. En su época, la isla de Lesbos era uno de los lugares más prósperos de Grecia; sin embargo, durante un tiempo, tuvo que exiliarse a causa de la inestabilidad política. Aunque se calcula que fue cerca del año 580 a.C., se desconoce la fecha exacta de su fallecimiento y la causa.


Al quedarse viuda creó la llamada "Casa de las servidoras de las Musas". Allí enseñaba a un grupo de alumnas el arte de la rima, la música, la danza, la literatura, la ciencia, a confeccionar coronas y colgantes de flores, etc. Las jóvenes pasaban un período de sus vidas muy concreto, entre la infancia y el matrimonio, en una especie de entrenamiento para la vida en pareja. Mientras los hombres se formaban en el arte de la guerra, ellas lo hacían en el arte del canto y de la danza.

Las alumnas de Safo adoraban a Afrodita, diosa del amor, la lujuria, la belleza y la reproducción, y esta costumbre las ha relacionado a menudo con prácticas lésbicas. Además de adorar a Afrodita y Eros, dios de la atracción sexual, la obra de Safo tiene una importante dimensión erótica, pero no diferencia entre el sexo masculino y el femenino, deduciéndose que Safo se enamoraba de sus discípulas y mantenía relaciones con muchas de ellas. Sea como fuera, Safo estuvo en el centro de un grupo de mujeres que se dejaban guiar por sus enseñanzas. Fue la guía espiritual de muchas jóvenes que, antes de vivir en matrimonio, tenían que aprender a ser felices para luego hacer felices a sus maridos.


Safo y su compatriota Alceo son considerados los poetas más sobresalientes de la poesía lírica griega arcaica. Safo inventó el verso de tres endecasílabos y un adónico final de cinco silábas conocido hoy en día como oda sáfica. Escribió nueve libros de odas, epitalamios o canciones nupciales, elegías e himnos. De éstos sólo quedan algunos fragmentos y dos poemas completos: la Oda a la mujer amada, recogida por Longino en su libro Tratado de lo sublime y la Oda a Afrodita, recogida por Dionisio de Halicarnaso. En el año 1703, la Iglesia Católica ordenó quemar todas las copias de los poemas de Safo, de los que sólo se logró recuperar un tercio. En 2004 fueron hallados nuevos fragmentos de Safo, que amplían y mejoran sustancialmente uno de los que ya se tenía de ella.


Fuentes:
Teresa Vallbona, Grandes Mujeres, El lado femenino de la historia. Editorial Océano S.L. 2010
http://es.wikipedia.org/wiki/Safo_de_Mitilene
http://www.erroreshistoricos.com/curiosidades-historicas/sexo-en-la-historia/703-la-poesia-de-safo-de-lesbos-el-origen-de-la-palabra-lesbiana.html

Isabel de Castilla y su boda con Fernando de Aragón ( II y última)


EL PRIMER ENCUENTRO

El 14 de octubre, Fernando viajó, en secreto, desde Dueñas a Valladolid para conocer personalmente a su prometida. Estaba a punto de caer la noche cuando llegó al Palacio de los Vivero, donde Isabel residía. El príncipe entró en la casa por una puerta trasera. El arzobispo Carrillo lo recibió, intentó besarle la mano pero Fernando le dio un abrazo, y lo condujo al lugar donde estaba la princesa. Como Isabel no le había visto nunca, uno de sus cortesanos, Gutierre de Cárdenas, le susurró quien era su prometido: “ese es”. En recuerdo de este detalle dispuso luego Isabel que dos eses figuraran en el blasón familiar de los Cárdenas.

Desde el primer momento en el que se vieron, se gustaron. Isabel tenía ante sí al príncipe audaz y arrojado que había arrastrado las mayores dificultades, y no pocos riesgos, para estar en aquella cita. Un atractivo joven de mediana estatura, algo más alto que ella, de cabello muy negro, ancho de hombros, fuerte musculatura, de mirada viva y alegre, frente despejada que cubría con el pelo peinándolo hacia adelante, barba tupida, astuto e inteligente, afable y con don de gentes. Fernando a su vez contemplaba a una bella princesa de dieciocho años, un año mayor que él, de estatura media, rubia y muy blanca, de ojos verde-azulados, de buen porte, incluso majestuoso, firme y animosa.
 


En esta secreta entrevista, que duró más de dos horas, asistieron como testigos cuatro caballeros aragoneses, por parte de Fernando, y dos de parte de Isabel.  El novio le entregó a la novia los acostumbrados obsequios. Un notario puso por escrito la promesa formal de matrimonio. En esta primera cita se trató la unión de la princesa de Castilla con el príncipe de Aragón y rey de Sicilia. Se establecieron estipulaciones contractuales definitivas y quedaron por decidir las numerosas cuestiones de protocolo, de tan vital importancia para los rituales de la monarquía. Esa misma noche, Fernando regresó a Dueñas.

Como Paulo II, que mantenía unas excelentes relaciones con Enrique IV de Castilla, se negaba a conceder la ansiada dispensa matrimonial a la joven pareja, y como lo que urgía era la boda ante el pueblo, resultaba obligado hacer una pequeña trampa. Algunos autores dicen que los eclesiásticos que rodeaban a Isabel la convencieron de que era suficiente la aquiescencia del legado para que pudiera contraer matrimonio sin preocupaciones de conciencia y el arzobispo Carrillo se puso a fabricar una bula firmada por el anterior Papa Pío II, que había muerto hacía cinco años, a fin de incluirla en el acta y evitar el posible escándalo. Isabel escribirá que tenía su conciencia saneada.

Fernando regresó a Valladolid el día 18 de octubre, y esta vez lo hizo cabalgando majestuosamente en compañía de varios caballeros. Al atardecer, rodeados por los buenos deseos de mucha gente, en el gran salón del Palacio de los Vivero, Isabel y Fernando escucharon al arzobispo Carrillo leer, primero, la supuesta bula que dispensaba el impedimento de consanguinidad y, después, el acuerdo matrimonial firmado por Fernando y por su padre. Los jóvenes principes se casaron en secreto y se separaron. Aquella noche Fernando durmió en casa del arzobispo.

 
 
EL MATRIMONIO DE ISABEL Y FERNANDO
 
La ceremonia religiosa se llevó a cabo al día siguiente en la Sala Rica del Palacio de los Vivero, oficiada por Pedro López de Alcalá, capellán mayor de la iglesia de San Justo. Actuaron como padrinos don Fadrique Enríquez, Almirante de Castilla, y doña María, esposa de Juan Vivero. Los partidarios leales acudieron en gran número: allí estaban los Enríquez, Manrique y otros señores y caballeros, así como justicias reales y clérigos. Dicen las crónicas, hasta 2000 personas de todos los estados.  El ambiente estaba cargado de emoción y el rito se desarrolló con extraordinaria solemnidad, sin llegar a ser pomposo.

El arzobispo asistió al oficiante, Pedro López de Alcalá. La pareja le presentó la dispensa de consanguinidad y le pidió que los casara. El oficiante la leyó en voz alta y les declaró absueltos. Después de decir misa, dio la bendición nupcial a los contrayentes. Corrieron las lágrimas de alegría y los vivas de la multitud, propios de la ocasión, al contemplar a tan hermosos y tan importantes desposados. Eran, de momento, los reyes de Sicilia. Los festejos públicos duraron todo el día. Todo fue celebrado muy pobremente, pues tuvieron que pedir dinero prestado. Fernando llegó sin dinero e Isabel carecía de él.
 



NOCHE DE BODAS

Al anochecer los esposos se retiraron a la cámara nupcial, donde consumaron el matrimonio. En la puerta de la cámara esperaban los testigos, hasta que al fin pudieron recoger la sábana nupcial manchada de sangre, que demostraba la pérdida de la doncellez de Isabel, la cual al sacarla tocaron todas las trompetas y atabales y ministriles altos y la mostraron a todos los que en la sala, llena de gente, estaban esperándola. Valera, dando a entender que la condición de la sábana complacía a los testigos, añade sin embargo que éstos examinaron la habitación, seguramente para asegurarse de que no estaban siendo engañados.

Las fiestas subsiguientes duraron siete días, según era costumbre. La ciudad estaba llena de espías de Enrique IV y del marqués de Villena, pero esto no impedía las alegres expansiones de la mayoría de los que participaban del acontecimiento. Al final de las celebraciones, Fernando e Isabel asistieron a una misa oficiada por Carrillo y recibieron su bendición.



 
TIEMPOS DIFÍCILES

Isabel y Fernando comunicaron oficialmente su matrimonio al rey de Castilla y le confirmaron que estaban dispuestos a portarse con él como "obedientes hijos". Al mismo tiempo escribían a Juan II de Aragón para que tuviera preparadas mil lanzas en previsión de cualquier evento y para que enviase a Roma al obispo de Sessa a fin de obtener la dispensa del matrimonio. Después de la boda, la vida de la joven pareja se fue complicando. No tenían dinero y estaban cada vez más aislados en Castilla, donde los partidarios del rey se van agrupando y pasan a la ofensiva.

La situación se hizo tan difícil que los príncipes consideraron que no estaban seguros en Valladolid y en la primavera de 1470 se refugiaron en Dueñas, al amparo de las almenas y de las lanzas del conde de Buendía, y después, a partir de diciembre, en Medina de Rioseco.  Perdieron las villas de Valladolid y Medina del Campo que reducían gravemente la zona territorial controlada por los príncipes. Pero Asturias se mantenía firme en la adhesión a "su princesa" y Vizcaya invocaba la obediencia a los príncipes.

No llegaron ni a congeniar el viejo arzobispo Carrillo y el joven príncipe Fernando, produciéndose roces entre ambos. Con su ambición de gobernarlo todo, el arzobispo estaba convencido de que una vez convertidos en reyes sería su principal consejero y el auténtico dueño del reino, más se convertía en un aliado molesto y difícil que útil y provechoso. Solo la necesidad obligaba a los príncipes a buscar su alianza, aunque todas las señales indicaban que esta no podía durar mucho.



 
ISABEL EMBARAZADA 
 
A tales dificultades, a tales contratiempos hubo que añadir el embarazo de la princesa, con el riesgo de que diera a luz antes de que Roma legalizara su matrimonio con Fernando. En todo caso, y dada la mentalidad de la época, un hijo varón podía fortalecer su estado, dando la esperanza al pueblo de que al fin un príncipe castellano heredaría en su día la corona. Incluso Aragón parece aspirar a distanciarse. Juan II no ha respondido a la insistente solicitud de los príncipes, que desean un refuerzo de mil hombres de armas para hacer frente a cualquier posibilidad.

En septiembre de 1470, Pedro Vaca, un agente aragonés, se encuentra con el marqués de Villena y le propone casar a Juana de Castilla con el hijo que está esperando Isabel, si es un varón, y declarar heredera a esta pareja. Entonces se pedirá a los reyes de Sicilia -es decir, Isabel y Fernando- que salgan del reino. Villena, que creía tener todos los triunfos en su mano, rechazó la propuesta. Al enterarse de esas conversaciones, Isabel rompe en cólera.



 
EL NACIMIENTO DE LA INFANTA ISABEL
 
El 2 de octubre nace en Dueñas una niña, llamada Isabel como su madre, y todo se hizo más problemático. E Isabel, la madre, era tan consciente de ello que al dar la noticia al reino prefiere dar a entender lo contrario, como lo hizo con la carta que manda a las ciudades, de las que se conserva la enviada a Trujillo:

Sabed que por la gracia de Dios nuestro Señor -les dice-, yo soy alumbrada de un Infante, e por su inmensa bondad, quedé bien dispuesta de mi salud ...

El nacimiento de la pequeña es recibido con una cierta frialdad en el bando aragonés y una cierta alegría en el enriqueño. Obviamente fue intitulada como infanta de Castilla y Aragón, con lo que manifestaban claramente que Isabel aún se consideraba princesa de Castilla.




ENRIQUE IV DESHEREDA A ISABEL

Y a poco, la temida reacción de Enrique IV, con su declaración hecha en Valdelozoya en contra de la princesa Isabel acusándola de haber roto los acuerdos de Guisando con su matrimonio con el príncipe aragonés, por lo que la desheredaba, al tiempo que proclamaba a su hija Juana como la única y auténtica heredera del reino de Castilla. Declaración que completó con la boda de la niña Juana con aquel duque de Guyena que apenas si hacía un año había intentado casarse con Isabel. Escandalosa ruptura, porque además Enrique IV denunciaría la falsedad de la bula pontificia utilizada por los príncipes, que corrieron el riesgo de ser excomulgados por la Iglesia por su osadía.

Isabel se defendería de los ataques, acusaciones y amenazas vertidas por su hermano Enrique IV en Valdelozoya, en un largo escrito de más de diez folios. La llamada Autodefensa. En ella apareció la acusación de que el rey no estaba casado canónicamente con su mujer Juana de Portugal, y por tanto su hija era ilegítima y no podía ostentar ni el princesado ni la sucesión. Nótese cómo desplaza Isabel el peso de su argumentación: no se ceba en la ilegitimidad biológica de su sobrina Juana sino en la nulidad del vínculo canónico de sus padres.



 
EL CARDENAL RODRIGO BORGIA

Isabel y Fernando tuvieron que esperar dos años para que su matrimonio fuese legalmente canónico. Juan II de Aragón actuó con obsesión para conseguir de Paulo II la bula de dispensa matrimonial, que la obtuvo del siguiente pontífice Sixto IV el 1 de diciembre de 1471 y que fue traída en persona por el legado cardenal Rodrigo Borgia. Tenía el encargo de tantear a los príncipes, para averiguar si se podía contar con ellos para la defensa de la Cristiandad, ante la creciente amenaza turca. Recibido por Fernando en Valencia, a principios de septiembre de 1472, y por ambos príncipes en Alcalá de Henares, a mediados de febrero de 1473, el legado pontificio quedó favorablemente impresionado. Y sus informes enviados a Roma serían tan buenos, que Sixto IV les acabaría dando todo su apoyo, como futuros herederos de la Corona de Castilla.

Y no quedó ahí la cosa. El legado pontificio traía un capelo cardenalicio a favor de Pedro González de Mendoza, dejando bien patente al interesado cuánto se lo debía a los príncipes. Eso traería el distanciamiento definitivo de Carrillo, que lo había pretendido. Al tornadizo arzobispo de Toledo le sustituiría uno de los hombres más importantes y más leales de la alta nobleza castellana, el que andando el tiempo sería llamado el tercer rey de España, un Mendoza.
 


Fuentes:
Isabel La Católica. Ediciones Urbión S.A 1983
Manuel Fernández Álvarez, Isabel La Católica. Espasa Calpe S.A, 2006
Teresa Martialay, Isabel I. Homo Legens 2009
Tarsicio de Azcona, Isabel la Católica: Vida y Reinado. La esfera de los Libros S.L., 2002
Tarsicio de Azcona, Juana de Castilla, mal llamada La Beltraneja.  La esfera de los Libros S.L., 2007
Joseph Pérez. Isabel y Fernando:Los Reyes Católicos. Editorial Nerea 1997
Imágenes pertenecientes a la primera temporada de la serie " Isabel" (2012).
http://areaespaciosefimeros.com/es/portafolio/isabel
http://www.rtve.es/television/isabel-la-catolica/fotos/
http://www.facebook.com/isabeltve?ref=stream#!/pages/Foro-Serie-Isabel/171861902916132

domingo, 13 de marzo de 2011

CLARA CAMPOAMOR



Clara Campoamor es considerada una de las "madres" del feminismo español, defendió la igualdad de los derechos de la mujer, además del sufragio femenino y también promovió la primera ley del divorcio. Su actividad literaria la desarrolló en los diarios de la época: La Tribuna, Nuevo Heraldo, El Sol y El Tiempo. Entre sus obras destacan: El derecho de la mujer en España (1936), La situación jurídica de la mujer española (1938), Mi pecado mortal, El voto femenino y yo y La revolución española vista por una republicana.
Nace en el barrio madrileño de Maravillas el doce de febrero de 1888, en una familia de origen humilde. Su madre era modista y su padre, contable de un periódico. Por la prematura muerte de su padre se vio obligada a interrumpir sus estudios e inició su vida laboral a los trece años, ayudando a su madre como modista. Después pasa a ser dependienta de comercio hasta 1909, año en el que se presenta a unas oposiciones administrativas y obtiene una plaza en el cuerpo auxiliar de Telégrafos, uno de los pocos a los que podía aspirar por su condición de mujer. Así se convierte en funcionaria del cuerpo de Correos y Telégrafos, ejerciendo en Zaragoza y San Sebastián.




En 1914, se presenta y obtiene una plaza en unas oposiciones para profesora en las Escuelas de Adultos, pasando a ejercer en Madrid. A su trabajo como educadora añade el de secretaria del diario "La Tribuna". La estrechez económica que padeció en su infancia y juventud no fueron un impedimento para que en 1924, con treinta y seis años, obtuviera una licenciatura en Derecho en la Universidad de Madrid, habiendo pasado por Oviedo y Murcia. En 1925 fue nombrada miembro del colegio de Abogados, fecha en la que inició sus actividades políticas. Desde ese momento se manifiesta como una luchadora infatigable por la igualdad de derechos.

Junto a Margarita Nelken y Victoria Kent fueron las primeras mujeres en obtener un escaño en el primer Parlamento republicano, en el año 1931, elecciones a las que Clara Campoamor se presentó por el Partido Radical, siendo elegida diputada por Madrid. Formó parte de la Comisión Constitucional integrada por veintiún diputados y allí luchó eficazmente para establecer la no discriminación por razón de sexo, la igualdad jurídica de los hijos e hijas habidos dentro y fuera del matrimonio, el divorcio y el sufragio universal, a menudo llamado “ voto femenino ”. Consiguió todo, excepto lo relativo al voto, que tuvo que debatirse en el Parlamento.




Victoria Kent se opuso al derecho electoral de las mujeres, porque consideraba que éstas, influidas por la Iglesia, no votarían la República. Esta postura recibió el apoyo de la derecha y el rechazo de Clara Campoamor, quien proclamaba el derecho al voto femenino, independientemente, de que gustase o no su orientación. Así Clara Campoamor y Victoria Kent, "La Clara" y "La Yema", como se les apodó en la prensa de la época, se enzarzaron en un amplio debate. Clara Campoamor mantuvo el principio teórico de la igualdad y llevó el peso de los debates casi en solitario, con la oposición de su propio partido, el Radical, y de la mayor parte de los republicanos. Eran muchos los que se oponían a la concesión del voto femenino: los partidos de la derecha tradicionalista y católica y los partidos republicanos desde posiciones utilitaristas.

Al final el asunto se resolvió con una apretada victoria de los partidarios del "voto femenino" frente a los que se oponían, por lo que la Constitución, aprobada por las Cortes republicanas, reconoció la plena igualdad jurídica y política de hombres y mujeres y gracias a la influencia de Clara Campoamor el voto femenino salió adelante. En la Constitución de 1931, el artículo que lo reconocía quedó así: " Los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de 23 años, tendrán los mismos derechos electorales conforme determinen las leyes " y las españolas votaron en las Elecciones Generales de 1933, paradójicamente, el año en que, tanto Clara Campoamor como Victoria Kent, perdieron su escaño.




En 1935, se separa del Partido Radical, quejándose del descuido y la falta de apoyo que desde su partido se presta a los temas de la mujer. En esa época, es nombrada Presidenta de la Organización Pro-Infancia Obrera, para atender a las niñas y los niños asturianos. Al no encontrar ningún grupo político que apoye abiertamente los derechos de la mujer, pretende, sin éxito, organizar un partido político independiente y se le niega la entrada en el Partido de Izquierda Republicana. Entonces escribió y publicó, en mayo de 1935, Mi pecado mortal. El voto femenino y yo, un testimonio de sus luchas parlamentarias. Al estallar la guerra civil se exilió y en 1937 publicó en París, La revolución española vista por una republicana. Vivió una década en Buenos Aires y se ganó la vida traduciendo, dando conferencias y escribiendo biografías. Intentó regresar a España a fines de la década de 1940, pero se encontró con que estaba procesada por su pertenencia a una logia masónica.

En 1955 se instaló en Lausana, Suiza, y trabajó en un bufete hasta que perdió la vista. Murió de cáncer en abril de 1972. Sus restos mortales fueron traslados algunos años después de su muerte al cementerio de Polloe en San Sebastián, Guipúzcoa, permanece en el panteón de la familia Monsó Riu por ser madrina de la familia. Tras la Transición se llevaron a cabo homenajes y reconocimientos que son valorados como escasos por organizaciones pro-igualdad de la mujer. Institutos, colegios, centros culturales, asociaciones de mujeres, parques y calles recibieron su nombre. La Secretaría de Igualdad del PSOE instituyó los Premios Clara Campoamor que reconocen anualmente a aquellas personalidades o colectivos que se hayan significado en la defensa de la igualdad de la mujer.




En 2006, 75º aniversario de la aprobación del sufragio universal en España, diversos colectivos comienzan una campaña para pedir el reconocimiento por parte del Congreso de los Diputados de sus aportaciones con la colocación de un busto en sus instalaciones. En noviembre de ese mismo año, el PSOE editó una proposición de ley solicitando al Gobierno del PP que las políticas de igualdad tuvieran también su reflejo en la acuñación del euro. La figura femenina elegida para que apareciera en las futuras monedas de euro fue la de Clara Campoamor, por ser la principal defensora del voto femenino en la Segunda República, proposición que finalmente fue aprobada el martes 12 de junio de 2007 por el Pleno del Congreso con el apoyo de todos los grupos parlamentarios, salvo el PP. A partir de la transición política innumerables ayuntamientos españoles le han dedicado calles y avenidas en sus localidades. En 2007, el Ministerio de Fomento botó el Buque Polivalente B-32 Clara Campoamor, bautizado en su honor, operado por la Sociedad de Salvamento y Seguridad Marítima.



Fuentes:
http://es.wikipedia.org/wiki/Clara_Campoamor
http://www.malostratos.org/mujeres/campoamor.htm
http://www.ciudaddemujeres.com/mujeres/Politica/CampoamorClara.htm
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