domingo, 27 de febrero de 2011

MARÍA DE AUSTRIA, Reina de Hungría y Bohemia



María de Austria fue una mujer de alta calidad moral y de una notabilísima habilidad política y administrativa, siendo ampliamente reconocida en el seno de la familia Habsburgo, como la de mayor inteligencia en la familia. Gracias a ella, que fue la mediadora entre sus hermanos Carlos V y Fernando, se evitó la ruina de la dinastía al mantener vivo el vínculo entre ambos.

Nació en el palacio de Coudenberg, Bruselas, el 17 de septiembre de 1505. Era la tercera hija del archiduque Felipe el Hermoso y de Juana de Castilla. Fue comprometida en matrimonio a los seis meses de edad con el príncipe Luis de Hungría y Bohemia cuando éste aún no había nacido. Su futuro esposo fue coronado rey con tan sólo diez años de edad. Su abuelo Maximiliano la envió a Innsbruck, Austria, cuando apenas tenía doce años, para prepararla como futura reina de Hungría y Bohemia.



María viajó a Hungría tres años después de la muerte del emperador Maximiliano. Fue ungida y coronada reina de Hungría por Simon Erdödy, obispo de Zagreb, en el mes de diciembre de 1521. La coronación de la reina fue seguida por fiestas brillantes. María y su prometido se enamoraron de inmediato, al conocerse, como sus padres Juana y Felipe. Ella era una señorita de diecisiete años que sentía pasión por la caza y la música. La boda se celebró en Buda el 13 de enero de 1522. La unción y coronación de María como Reina de Bohemia tuvo lugar en junio. La nueva soberana fue muy querida por sus súbditos y la nobleza, cosa rara en aquella época tratándose de una mujer extranjera.

María de Hungría atrajo el interés de Martín Lutero, quien le dedicó cuatro salmos en 1526. A pesar de la fuerte desaprobación de su hermano Fernando, las enseñanzas de Lutero tuvieron un gran atractivo para la reina durante su matrimonio, y más aún para su hermana Isabel y su cuñado Cristian II de Dinamarca. María se apartó de sus enseñanzas sobre todo debido a la presión de Fernando. También se considera responsable del regreso de María a la ortodoxia católica romana a su sacerdote en la corte, Johann Henckel.



Luis y María intentaron, sin éxito, movilizar a la nobleza húngara contra una inminente invasión otomana. En agosto de 1526, el sultán Solimán el Magnífico y su ejército rompió las defensas del sur de Hungría. Luis y todo su gobierno salió con un pequeño ejército de 20.000 hombres. Los ejércitos otomano y húngaro se enfrentaron en los campos de Mohács. La batalla había terminado en menos de dos horas con el ejército húngaro prácticamente aniquilado. Luis trató de huir del lugar de la batalla, pero cayó de su caballo y falleció ahogado en un pantano por el peso de su propia armadura. María se quedó viuda y sin hijos con veintiún años de edad.

Al día siguiente de la muerte de su marido, María comunicó a su hermano Fernando la derrota y le pidió que viniera a Hungría. Fernando, ocupado en Bohemia, donde ya había sido elegido rey, dejó a su hermana como regente de Hungría. En febrero de 1527, ella le pidió su permiso para dimitir como regente. El permiso fue denegado y María tuvo que permanecer en el cargo hasta el verano, cuando finalmente su hermano llegó a Hungría y asumió la corona. Fernando estaba casado con Ana Jagellón, hermana del rey muerto. Un noble húngaro, el conde Juan Szapolyai, se había hecho coronar como Juan I de Hungría, prometiéndole fidelidad al sultán. Un enorme ejército otomano ocupaba parte del reino húngaro.




Su tía Margarita sugirió que debía casarse con el rey Jacobo V de Escocia. María rechazó la idea porque había amado a su marido y no quería otro matrimonio. En 1530, Carlos volvió a sugerir que debía contraer matrimonio de nuevo y propone a Federico de Baviera, que había cortejado sin éxito a la hermana mayor, Leonor de Austria. María lo rechazó también. Tras la muerte de Margarita de Austria en 1530, el cargo de gobernador de los Países Bajos queda vacante. El emperador decide darle dicho cargo a su hermana María, quien asume la tutela de sus sobrinas Dorotea y Cristina de Dinamarca, hijas de su fallecida hermana Isabel. Dos años después cae en una grave depresión. Incapaz de superar la muerte de su marido, de quien estaba profundamente enamorada, se ve sometida a una fortísima presión.

En 1532 ha de organizar los envíos de hombres y dinero pedidos por el Emperador para hacer frente a la ofensiva de Solimán sobre Viena, lo que trae consigo la sublevación de Bruselas. Y a los pocos meses se desata una tragedia colectiva de las que marcan época: un tremendo temporal se abate sobre los Países Bajos. La mayor parte de Frisia, Holanda y Zelanda queda bajo el agua. La furia del mar se lleva por delante los diques y arrastra hombres, animales y enseres. La desolación es general. Y María se doblega ante tantas circunstancias adversas. De repente, echa en falta a su amado esposo y todo se le viene encima.




A raíz de aquellos sucesos, María de Austria caería en un estado de postración muy similar al padecido por su madre, de tal forma que uno de los hombres de confianza del Emperador, Antoine de Croy, se lo advertiría alarmado a Carlos V. La reina nada hacía por curarse, no hacía caso a los médicos, no tomaba sus medicinas y su estado de postración cada vez era mayor. De forma que algo había que hacer, y pronto. Y Carlos lo tuvo en cuenta. Sus cartas de ánimo comenzaron a llegar a Bruselas. Descargó a su hermana de la presión que sufría y le mandó a uno de sus íntimos, a Charles de Poupet, señor de La Chaulx, para hacer comprender a María que deseaba fervientemente su curación.

Y la cosa funcionó. María se recuperó, saliendo de su postración, convirtiéndose en la más eficaz y más leal colaboradora del Emperador en el norte de Europa. Durante los veinticuatro años que duró su gobierno en los Países Bajos, dichos estados conocieron una prosperidad y tranquilidad que no habían tenido en siglos. En 1548, por la ausencia de su hermano Carlos y de su hijo Felipe, también se encarga de la regencia de la corona de España durante dos años.



Tras la abdicación de su hermano y su retiro a Yuste en 1555, María de Austria decide abandonar su cargo de gobernadora de los Países Bajos, pero su sobrino Felipe II trata de impedírselo. Finalmente, y por presiones de su padre, el nuevo monarca decide dejarla libre de sus obligaciones, y ella puede partir hacia España al lado de sus hermanos Carlos y Leonor. Las sucesivas muertes de Leonor en febrero de 1558 y de Carlos V en septiembre de ese mismo año, provocaron en María una profunda melancolía y con ello decayó su salud. Para animarla -y también porque la necesitaba con urgencia- Felipe la convence de regresar a los Países Bajos y hacerse cargo de la gobernación nuevamente. Demasiado débil para siquiera preparar el viaje, María, sin embargo, acepta la petición de su sobrino. Pero su corazón, minado por años de fatigas y trabajos, le juega una mala pasada. Falleció en la ciudad de Cigales, el 18 de octubre de 1558, apenas unas semanas después que su hermano Carlos V.

La relación de María de Austria con la música no amainó nunca: desde sus primeras clases para aprender a tocar instrumentos de tecla con Bredemers, pasando por el amor a la música que compartió con su marido húngaro (que tocaba el laúd), hasta su papel a la hora de reclutar a músicos flamencos para las capillas de sus hermanos Carlos y Fernando en España y Austria, la música fue una constante en su vida. Tras su muerte, sus libros de música pasaron a su sobrina Juana de Austria, y después de que ésta muriera en 1571, a su sobrino Felipe II.


Fuentes:
Yolanda Scheuber, María de Habsburgo, reina de Hungría y Bohemia. Ediciones Nowtilus 2011
http://www.nowtilus.com/descargas/DossierdeprensaMaradeHabsburgo.pdf
http://www.nowtilus.com/pags.php?d=O59O1332&bsi=0&bso=1
Manuel Fernández Álvarez, Juana la loca, la cautiva de Tordesillas. Espasa Calpe S.A.  2000
http://www.granadafestival.org/fileadmin/2010/Notas_al_programa/02-2_Ensemble_Plus_Ultra_II_Notas.pdf
http://en.wikipedia.org/wiki/Mary_of_Austria,_Queen_of_Hungary

sábado, 26 de febrero de 2011

Isabel de Castilla y sus pretendientes ( II y última)

Sucedió que Juan II de Aragón, tan acosado por las rebeliones de sus súbditos, consideró que era necesario asegurar su posición internacional mediante la boda de su hijo Fernando con la princesa castellana. Y puso tanto ahínco en ello que incluso colmó de mercedes a los consejeros más allegados de Isabel, como Chacón y Cárdenas. Envió al mejor diplomático que entonces tenía a su servicio, a Pierres de Peralta, cuyo papel resultó decisivo. Las conversaciones fueron secretas debido a que Fernando estaba prometido a la hija del marqués de Villena, Beatriz Pacheco.


 
FERNANDO DE ARAGÓN
 
Hijo de rey y príncipe heredero, un año más joven que ella, de su misma estirpe y lengua, Fernando era el candidato preferido de Isabel. Creció entre sublevaciones y batallas por lo que su formación en armas fue algo más que un mero ejercicio lúdico o deportivo. Tomó pronto, a instancias de su padre, parte activa en la administración del Estado, participando en las vicisitudes bélicas y políticas de la larga contienda, lo que le proporcionaría un precoz aprendizaje de las cuestiones militares y de gobierno.
 
Con catorce años fue designado Lugarteniente General del Reino y a los dieciséis, rey de Sicilia. Y aquél joven príncipe también despertaba amores en más de una mujer. Fue en aquellos tiempos cuando una bella catalana, Aldonza Roig de Ivorra, después vizcondesa de Ebol, se vestía de hombre para acompañar a Fernando en sus campañas. De esta relación nacieron dos hijos naturales: Alonso y Juana.

 
 
RICARDO DE GLOUCESTER

Pero no le faltaban pretendientes a la princesa castellana, sobre todo a partir de la muerte de su hermano Alfonso, cuando su papel político tomó tan gran protagonismo, del que pronto se hicieron eco las cancillerías de la Europa occidental. De pronto, Isabel pareció una novia ideal para las casas reinantes, tanto en Francia como en Inglaterra. En la lista de espera de posibles novios figura el duque Ricardo de Gloucester, hermano del rey Eduardo IV de Inglaterra. Cuya pretensión no prosperó a causa de la falta de interés de los castellanos en general.
 
Este duque, tras la muerte de su hermano, se hizo con la regencia del reino ante la minoría de edad de su sobrino Eduardo V y, mediante una acusación de ilegitimidad, logró convencer al Parlamento para que desposeyera a su sobrino de la corona. Una vez encarcelados Eduardo V y su hermano en la Torre de Londres, y posteriormente asesinados, Ricardo III fue proclamado rey en medio de una creciente oposición. El conde de Richmond, Enrique Tudor, lo derrotó en la batalla de Bosworth Field, en donde encontró la muerte.

 
 
DE NUEVO EL REY DE PORTUGAL

El principal candidato a desposarla, que quería imponerle el rey Enrique, era el rey de Portugal. Tenía éste fuertes partidarios en Castilla. Sin consultar a Isabel, solicitaron a Alfonso V que enviara una embajada para solemnizar el casamiento. En enero de 1469, y presidida por el arzobispo de Lisboa, llegó a Ocaña la embajada portuguesa. Isabel dijo que no, dejando claro, ante los sorprendidos embajadores, que era inútil cualquier insistencia. No estaba, en modo alguno, dispuesta a casarse con el rey de Portugal. El monarca castellano se alteraba ante la resistencia de su hermana y la villa de Ocaña empezó a notar en mil detalles la tensión entre los dos hermanos.

La negativa de la princesa fue considerada como desobediencia al rey, quizá porque, aunque los acuerdos de Guisando especificaban que le propondrían matrimonio y ella elegiría, no podía pasar por la cabeza de los hombres del Consejo que una mujer osara negarse a contraer matrimonio con la persona propuesta, y mucho menos si era con la aprobación del rey. Y esos mismos acuerdos también contenían que no podía contraer matrimonio sin el consentimiento de su hermano.

 
 
EL DUQUE DE GUYENA

Otra de las propuestas matrimoniales que recibió Isabel fue la de Carlos, duque de Berry y Guyena, hermano de Luis XI de Francia, y que contaba con la aprobación del monarca castellano. Con el pretexto de un viaje de negocios, la princesa envió a su capellán a Francia para examinar a Carlos y a Aragón para observar a Fernando. Según los informes del emisario, el príncipe excedía en excelencia al duque, porque el príncipe era muy gallardo y agraciado de rostro, cuerpo y persona, tenía un aire noble y estaba muy dispuesto a todo lo que ella deseara. Mientras que el duque era blando y afeminado, larguirucho de piernas, de ojos llorosos y medio ciego. Asimismo, le recordaba que las costumbres del francés eran repugnantes para la sobriedad castellana. Isabel se mostró encantada con el informe.


LA DECISIÓN DE ISABEL

A principios de 1469, todavía en su semicautiverio de Ocaña, Isabel, que no conoce a Fernando más que por informaciones y por un medallón toscamente grabado llevado por Pierres de Peralta, toma la decisión de casarse con el príncipe. Por aquellas fechas escribe Isabel su primera carta a Fernando. No es una carta de amor, es una cortesana carta de aquiescencia, un dar el sí al estilo palaciego, tal como una princesa de mediados del siglo XV debía escribir a su pretendiente, dejando entrever las cosas más que afirmándolas :

Al senyor mi primo, el rey de Sicilia
Senyor primo: Pues que el Condestable va allá, no es menester que yo más escriva, sino pedirhos perdón por la respuesta ser tan tarde, y porqué se detardó él os dirá a vuestra merced. Suplicos que le déys fe y a mí mandéys lo que quisierdes que haga agora, pues lo tengo que hazer. Y la razón que más que suele para ello hay, dél la sabréis, porque no es para scrivir.
De la mano que fará lo que mandarle eis.
La Princesa.

Isabel se hallaba en Madrigal, bajo el calor del verano, cuando llegó la embajada francesa con su propuesta de matrimonio, limitándose a responder que " ante todas cosas ella remitía a Dios, que en sus negocios, y especialmente en éste que tanto le tocaba, mostrase su voluntad, y le enderezase para aquello que fuese a su servicio y bien de estos Reynos (...) y salvo siguiendo el consejo de los Grandes y caballeros ... " Se sabía que la mayoría de los Grandes se oponían al matrimonio francés. Ciertamente, Isabel había aprendido a decir "no" mientras daba la impresión de que decía " quizás". No hubo tiempo para que el candidato inglés pudiera presentar su oferta. La princesa no sólo había aceptado la propuesta matrimonial aragonesa, sino que había expresado con rotundidad que se casaba con Fernando o no se casaba con nadie.


Fuentes:
Teresa Martialay, Isabel I.Homo Legens 2009
Isabel La Católica. Ediciones Urbión S.A 1983
Manuel Fernández Álvarez, Isabel La Católica. Espasa Calpe S.A, 2006
Luis Suárez, Isabel I, Reina. Editorial Ariel, S.A. 2000 y 2005
Peggy K. Lyss. Isabel La Católica.
http://www.arteguias.com/biografia/fernandoelcatolico.htm
http://es.wikipedia.org/wiki/Ricardo_III_de_Inglaterra

martes, 22 de febrero de 2011

Isabel de Castilla y sus pretendientes ( I )

Los primeros tratos de casamiento para Isabel tuvieron lugar muy pronto en su vida, y se hicieron para desposarla con el infante Fernando de Aragón. Pero esos tratos se deshicieron casi enseguida, debido a la poca simpatía de Enrique IV de Castilla por la casa de Aragón. Sobretodo cuando el rey Juan de Navarra, padre de Fernando, heredó la corona aragonesa. El monarca castellano prefirió negociar el matrimonio de su hermana con el príncipe Carlos de Viana, hermano mayor de Fernando, cuyos intereses y carácter gustaban al rey Enrique.



 
CARLOS DE VIANA

Este príncipe, bastante mayor que Isabel, fue un hombre muy culto y amable. Llegó a hablar correctamente cinco lenguas. Era muy aficionado a los animales - de los que llegó a tener un verdadero parque zoológico donde había hasta camellos y leones-, a la música - que componía él mismo tocando, entre otros instrumentos, la vihuela y el arpa- y la literatura. Era también muy amante de la pintura y a él mismo le gustaba pintar. Había estado ya casado con la princesa Inés de Cleves, que había muerto muy joven sin haberle dado un heredero.

Nombrado rey de Navarra contra la voluntad de su ambicioso padre, quien se vio obligado a dejar vacante ese trono para ocupar el de Aragón, mantuvo una constante lucha contra él, motivada por el afán de dominio de éste. Todo ello le hacía grato al rey castellano. Isabel, niña aún, no mostró interés ni contrariedad. La oposición de Juan II de Aragón impidió el matrimonio. El desdichado príncipe de Viana murió en 1461 en Barcelona, donde le acompañaba el fervor popular. Se sospechó que había sido envenenado por orden de su madrastra. Una pleuresía de origen tuberculoso pudo ser causa de su fallecimiento. Muerto Carlos de Viana, su hermano Fernando era jurado heredero de Aragón. Contaba a la sazón diez años de edad. Isabel, en ese momento, tenía once años.


 
EDUARDO IV DE INGLATERRA
 
A partir de 1463, el rey castellano entabló negociaciones con Inglaterra, con la que en 1467 firmó un tratado que permitió a Castilla alcanzar nuevas cotas comerciales dentro de esa nueva alianza. Aún así, la oferta de Enrique de conceder la mano de Isabel a Eduardo IV de Inglaterra fue rechazada. En su lugar, el rey inglés contrajo matrimonio con una plebeya inglesa, un desaire que Isabel no olvidaría.
 
 
 
 
ALFONSO V DE PORTUGAL
 
Hacia 1464, Enrique estaba decidido a casar a la infanta Isabel con su cuñado Alfonso V de Portugal,  llamado “ El Africano” por sus éxitos en ese continente, cuyas rentas y prestigio seguían aumentando a consecuencia del comercio de oro y esclavos en África. Dicho rey también era viudo pero aún relativamente joven, contaba con treinta y dos años. Desde el punto de vista de Enrique, era un buen partido. Además de alejar a Isabel del reino para siempre, Alfonso ya tenía un hijo y heredero, lo que virtualmente excluía la posibilidad de que un hijo de Isabel ciñera la corona de Portugal y llegara a entorpecer los acuerdos dinásticos en Castilla.
 
Enrique acompañó a su esposa la reina Juana y a Isabel, que acababa de cumplir trece años, a Puente del Arzobispo para reunirse con Alfonso de Portugal, quien por entonces saboreaba la gloria de haber asediado Tánger y se dirigía al santuario de la Virgen de Guadalupe para cumplir un voto que había hecho previamente. El rey portugués quedó prendado de la joven Isabel y dijo que consultaría a sus nobles sobre el matrimonio. Aunque Pulgar señala que Alfonso sugirió que anunciaran su compromiso e Isabel replicó que las leyes de Castilla indicaban que debía consultar a sus grandes, Palencia parece más próximo a la realidad al afirmar que bajo la seductora influencia de la reina, Isabel estaba dispuesta a aceptarlo porque su madre le había dicho que un matrimonio portugués era siempre preferible. Con un poco de malicia recuerda Menéndez Pidal que la reina Juana procuraba desde hacía tiempo el enlace de su hermano con su joven cuñada:

Era pensamiento fijo de esa reina Juana, que siempre quería inculcarlo en el ánimo de Isabel cuando de niña la tenía en su corte; era el pensamiento de Beltrán de la Cueva, por él propuesto en las visitas de Gibraltar. Tendía ese enlace a sacar fuera de Castilla a Isabel para dejar el camino libre a la niña Juana, jurada heredera.
 
 
 
Enrique IV, necesitado de ayuda eficaz contra los nobles revolucionarios que habían proclamado a su hermano el infante Alfonso rey en Ávila, otorgó a su esposa, Juana de Portugal, plenos poderes para realizar la gestión y preparar las capitulaciones matrimoniales entre Alfonso V e Isabel, y la alianza entre ambos monarcas y reinos. Se le concedía facultad para obligar todos los bienes de la Corona, en especial para concretar la dote de la boda de Isabel, a la que se concedía Ciudad Rodrigo con toda su tierra, rentas y derechos reales.

Se desconocen muchos detalles sobre las vistas entre el rey de Portugal y la reina de Castilla, por ejemplo, el tiempo que duraron las vistas en la ciudad de Guarda y el que se detuvo la reina Juana en su país, al que visitaba por primera vez desde su boda con Enrique IV. Las capitulaciones tuvieron lugar el 15 de septiembre de 1465 y en ellas se estipulaba que la infanta Isabel sería entregada al rey de Portugal en un plazo de ocho meses, con la dispensa pontificia y 50.000 doblas de oro. No se llevó a cabo aquel matrimonio porque mejoró la situación de Enrique IV en Castilla, gracias a una tregua con los nobles y a otros recursos, y no se vio obligado a entregar a Isabel en Portugal dentro de los ocho meses pactados.

 

 
PEDRO GIRÓN

Sintió Isabel un golpe de indignación y de terror cuando supo que el rey Enrique pretendía entregarla en matrimonio al hermano del marqués de Villena, Pedro Girón, que era Maestre de la Orden de Calatrava. Era éste uno de los magnates que más habían soliviantado el reino contra Enrique IV, alzando media Andalucía a favor del infante Alfonso, pero ante la posibilidad de casarse con la infanta, lo que añadía el señuelo de entrar en el orden sucesorio a la Corona de Castilla, se entregó con todas sus fuerzas al bando del rey, consiguió de Roma la dispensa del voto de castidad que había hecho como Maestre de la Orden de Calatrava y se puso en marcha desde su villa de Almagro para consumar aquel anhelado matrimonio desigual, tanto en rango como en edad, él pasaba de los cuarenta e Isabel aún no había cumplido los quince.
 
Isabel se percató de que tenía poco espacio donde maniobrar, se habían hecho ya todos los arreglos preliminares, la decisión estaba tomada sin haber sido ella consultada. Era una mera prenda, una pieza en el tablero del poder. Viendo la congoja de la infanta, Beatriz de Bobadilla hizo la siguiente aseveración a su amiga: " No permitirá Dios, señora, tan grande maldad. No en mi vida, no lo sufriré. Con este puñal, luego que llegare, os juro y aseguro quitalle la vida cuando se halle más descuidado ". Y escondió entre sus ropas un gran cuchillo con el que se proponía quitarle la vida al maduro galán.
 
Sin duda la oferta de Beatriz era sumamente generosa pues si bien podía quitar la vida a don Pedro Girón, probablemente perdería la suya propia, ya a manos del aguerrido don Pedro, que no era melindroso doncel, ya de los guardias o de la misma justicia real que con la muerte del Maestre de Calatrava vería sus planes abortados. Ir directamente contra la voluntad del rey merecía ejemplar castigo, y más si había sangre de por medio y todo parece indicar que la dama, efectivamente escondió entre sus ropas el cuchillo que había de salvar a Isabel y llevar a Beatriz a la perdición.



Mientras, la infanta, sin saber qué hacer, se entera de que el prometido ya viene en camino. Pedro Girón venía acompañado de tres mil lanzas y dinero, además de ropas vistosas para la boda y para los obligados torneos que solían celebrarse en esas ocasiones. Isabel, a pesar de los planes de su amiga, teme no poder evitar esa unión. Piadosa como es, piensa que sólo la Providencia puede salvarla. Se encierra en sus habitaciones y reza profundamente. "Que esa boda no llegue a término, que muramos antes uno de los dos ". Ésta fue su plegaria y parece que fue escuchada, porque Pedro Girón fue atacado por una súbita enfermedad en Villarrubia de los Ojos, muriendo a consecuencia de una esquinencia o abceso en la garganta.

Se dice que Pedro Girón al morir profirió palabras de blasfemia acusando a Dios de crueldad por no haber prolongado su vida hasta después de la boda con Isabel. Antes de morir repartió entre algunos de sus criados gran parte de los tesoros que consigo traía y dejó el cargo de sus hijos y la administración de sus bienes a su hermano Juan Pacheco. Hubo sospechas de que le hubieran envenenado algunos grandes por envidia ante aquel alto casamiento.


Fuentes:
Isabel La Católica. Ediciones Urbión S.A 1983
Manuel Fernández Álvarez, Isabel La Católica. Espasa Calpe S.A, 2006
Teresa Martialay, Isabel I.Homo Legens 2009
Luis Suárez, Isabel I, Reina. Editorial Ariel, S.A. 2000 y 2005
Vicenta Márquez de la Plata, Mujeres Renacentistas en la Corte de Isabel la Católica. Editorial Castalia 2005
http://www.gorgas.gob.pa/museoafc/loscriminales/magnicidios/carlos%20principe%20viana.html
 Peggy K. liss, Isabel La Católica. Editorial Nerea S.A. 1998
Tarsicio de Azcona, Capitulaciones matrimoniales entre Alfonso V de Portugal e Isabel de Castilla en 1465.

lunes, 21 de febrero de 2011

ALEXANDRA DAVID-NÉEL


Alexandra David-Néel fue la primera mujer occidental en visitar Lhasa, la capital prohibida del Tíbet, caminando y disfrazada de mendiga tibetana. Escribió más de treinta libros acerca de religiones orientales, filosofía y sus viajes. Nacida en París en 1868, antes de los veinte ya contaba en su currículum con un libro de ideología anarquista, un viaje en bicicleta a España, Italia y Suiza y estudios en la Sociedad Teosófica con Madame Blavatsky. Se dice que llegó a ingresar en la masonería. A los veinticinco ya había viajado a la India y a Túnez. En este país estudió el Corán y vivió como una musulmana.

Había estudiado música y canto, y su buena voz le permitió debutar como diva de la ópera de Hanoi, apadrinada por el compositor Massenet. En Túnez, conoció al ingeniero ferroviario Philippe Néel, con el que contrajo matrimonio en 1904. Pero ella no estaba hecha para el matrimonio y siete años después, cuando tenía cuarenta y tres, hizo las maletas, dejó plantado al ingeniero y emprendió rumbo a Egipto, y de ahí a Ceilán, India, Sikkim, Nepal y Tíbet. En 1912, en Kalimpong, se convierte en la primera mujer occidental en ser recibida por el Dalai Lama.



En la India, conoce a Aphur Yongden, joven tibetano de catorce años que renunciará a todo con tal de seguirla y que se convertirá en su hijo adoptivo. Durante dos años viven en el Himalaya junto a los monjes budistas y luego recorren Japón, Corea y China. Dos años vivirá en el monasterio chino de Kum Dum, estudiando los manuscritos budistas. Los monjes la consideran una hermana y la llaman lámpara de sabiduría, siendo admitida incluso en las ceremonias secretas, algo impensable para una mujer y menos aún occidental.

Pero Alexandra tiene un reto pendiente: en su anterior estancia en Tíbet no pudo llegar a la capital, Lhasa, la ciudad prohibida. Decide emprender de nuevo la aventura y en 1921 parte con Yongden, tres sirvientes y siete mulas. El viaje es peligroso a causa de los bandidos, el durísimo clima y la complicada orografía, con pasos de montaña de 5.000 m de altitud. Por si fuera poco, los funcionarios chinos y tibetanos se dedican a obstaculizar el viaje. Todas las vicisitudes de esta expedición las narra Alexandra David-Néel en su obra "Viaje a Lhasa". Por fin, después de tres años, disfrazada de mendiga tibetana, con el pelo teñido y el rostro oscurecido con grasa y hollín, llega a la ciudad prohibida. Solo su ahijado Yongden ha permanecido a su lado.



Alexandra permanece dos meses en Lhasa y luego regresa a París, descubriendo que se ha convertido en una celebridad. Los americanos la bautizaron como " la mujer sobre el techo del mundo ". La cubren de distinciones honoríficas. Le piden artículos, libros, conferencias. Y en todas partes triunfa. A su lado siempre va acompañada por Yongden quien, para algunos, es una curiosidad local. Alexandra escribe libros que son éxitos totales en la época: "Viajes", "Místicos y magos del Tíbet", "Iniciaciones lamas", "El Lama de las cinco sabidurías", etc.

Pero el éxito pasa en pocos años. Otros han entrado también en Lhasa, a ella sólo le resta el mérito de haber sido la primera. Regresa a China, pero allí se enfrentan nacionalistas y comunistas, y China amenaza la política expansionista de Japón. Sobre sus impresiones de China escribe "Magia de amor y magia negra". Se marcha de Pekín, a los pocos días es invadida por los japoneses. A los sesenta y nueve años, Alexandra es una fugitiva sumergida en la más espantosa de las guerras. Pasa por las calamidades más inimaginables, pero se siente joven. "Jamás sentí miedo, lo digo de corazón ", declarará en sus escritos.



A comienzos de 1938, Alexandra y Yongden remontan huyendo el Yang Tsé a bordo de un vapor. Después de atravesar ríos y cadenas montañosas a pie, llega a Tatsienlu, capital de Sikang. Alexandra tiene setenta años. El viaje de huída ha durado dieciséis meses. Durante seis años, en medio de una quincena de extranjeros, Alexandra y Yongden esperarán el fin de las hostilidades, viviendo los dos en una pequeña ermita abandonada. El 8 de septiembre de 1939, se enteran de que la guerra ha estallado en Europa. Esto le hace sentirse hundida, está cansada. A su llegada a Asia pesaba 80 kilos, ahora sólo pesa 50.

El 27 de julio de 1945, finalmente llega en avión a la India y de allí a Europa. Por fin, se instala junto a Yongden en su finca de Francia, donde sigue escribiendo una abundante producción literaria, siempre alrededor de sus viajes y lo que en ellos descubrió. En 1955 muere Yongden. En 1969, la víspera de sus ciento y un años y poco antes de su muerte, Alexandra acude a las oficinas municipales a renovar su pasaporte " porque nunca se sabe ". En 1973 las cenizas de Alexandra y Yongden fueron arrojadas a las aguas del Ganges.


Fuentes:
http://www.viajeros.com/articulos/alexandra-david-neel-la-caminante-espiritual
http://www.librosbudistas.com/autores/index.asp?autor=NEEL

domingo, 20 de febrero de 2011

LAS BRUJAS DE SALEM


Huyendo de la persecución religiosa en Inglaterra, un grupo de puritanos se embarcaron a bordo del Mayflower rumbo a la costa de lo que hoy son los Estados Unidos de América. La nave llevaba a ciento dos personas, sin contar la tripulación, a su nuevo destino. Fueron los primeros colonos, los llamados “padres peregrinos”, en establecerse en la costa de Massachusetts, formando la colonia de Plymouth en 1620. Setenta y dos años después, se vivió una corriente de histeria colectiva en una pequeña comunidad llamada Salem, que desembocó en la detención de más de ciento cincuenta personas, o doscientas, acusadas de practicar la brujería y la ejecución de 13 mujeres y 7 hombres en la horca.

Dentro de la pequeña comunidad de Salem existía una estricta conducta religiosa, en la cual cada persona vigilaba a sus vecinos y a su vez era vigilada por éstos en sus palabras y acciones, generando dudas y sospechas en caso que su conducta no se ajustase a los parámetros religiosos puritanos. Las mujeres eran consideradas como individuos destinados a servir a sus esposos, y a carecer de mayores derechos, mientras los niños eran destinados a educarse severamente desde temprana edad en las labores de los adultos en vez de simplemente jugar. Otra preocupación fundamental de esta comunidad era evitar la "ira de Dios" y por tanto sujetarse estrictamente a los dictados religiosos del puritanismo para así evitar el castigo divino que se traducía en pérdida de cosechas, mal clima y muerte de ganado.


Los hechos comenzaron en la casa parroquial donde vivía la familia del reverendo Samuel Parris. A su servicio estaba una esclava procedente de las Antillas llamada Tituba, que hablaba su lengua antillana y practicaba ritos religiosos afroantillanos, probablemente el vudú, prácticas incomprensibles para los habitantes de esta comunidad. La esclava se encargaba del cuidado de Elizabeth, la hija de nueve años del reverendo, y de su prima Abigail Williams, de once. Tituba solía entretener a las niñas con narraciones ancestrales de su tierra y aseguraba que sabía leer el futuro mediante diversas mancias.

Apenas iniciarse la primavera, las niñas comenzaron a comportarse de forma extraña. Tan pronto rompían a llorar sin motivo aparente, asegurando que estaban siendo mordidas por seres invisibles, como recorrían la casa a cuatro patas y ladrando como un perro. En otras ocasiones se quedaban paralizadas y mudas, o lanzaban extraños gritos guturales. Poco después, una de sus amigas, Anne Putman, de doce años de edad, aseguró haber sido atacada por una siniestra bruja. Cuando el médico de la ciudad no halló explicación alguna a tan extraños comportamientos, se atribuyó el fenómeno a una posible posesión demoníaca.


Asustadas por el revuelo causado, las niñas no tardaron en acusar a Tituba, asegurando que les había obligado a comer un pastel hechizado a base de orina de niño y harina de centeno. Insistieron, además, en que lo preparaba con la complicidad de Sarah Good, una indigente que vestía ropas masculinas y fumaba en pipa, algo intolerable para los puritanos, y Sarah Osborne, una mujer que vivía amancebada con un granjero y que, poco después de su detención, murió en prisión. Tituba afirmó, bajo la amenaza de ser torturada, que ella era una de las muchas brujas que habitaban en Salem y que sus secretos se debían al libro que le había entregado un extraño personaje que había conocido en Boston. Sus declaraciones abrieron la veda y comenzó una auténtica cacería de brujas.

Salem pareció transformarse y en la antaño pacífica comunidad afloraron viejas rencillas que se tradujeron con rapidez en denuncias y acusaciones. Por ejemplo, Anne Putman y su madre acusaron a una anciana que vivía sola y apartada del pueblo, mientras que otra mujer, que se negaba a asistir a las funciones religiosas, fue acusada por su vecino de haber envenenado el agua del abrevadero donde bebían sus bueyes. Más de ciento cincuenta personas fueron detenidas y encarceladas y, a principios de mayo de 1693, comenzaron a celebrarse los juicios. Los propios jueces se dejaron llevar por la histeria religiosa de la comunidad de Salem, que exigía frenéticamente condenas a las presuntas brujas. Hasta un total de trece mujeres, que por el simple hecho de llevar una vida diferente a la de sus vecinos o haberse enfrentado con ellos en alguna ocasión, murieron en la horca entre el 10 de junio y el 22 de septiembre de 1693.


Pero también fueron víctimas de la ignorancia y el fanatismo algunos hombres como el reverendo George Burroughs, antecesor de Parris en la parroquia, acusado de ser el jerarca de las brujas y ahorcado el 19 de agosto de 1693. Asimismo, se identificó a un capitán de navío llamado John Alden como el responsable del famoso libro que decía poseer Tituba. Con él fueron ahorcados otros cinco habitantes de Salem. Otro anciano, que se negó a declarar, fue lapidado. Tituba se salvó por el mero hecho de haberse convertido en delatora de sus convecinos, aunque tras las ejecuciones fue vendida por los Parris.

Años después, los jurados pidieron perdón tras firmar una confesión pública en la que declaraban haber actuado forzados por las circunstancias. Por su parte, el gobernador del Estado, indultó a los sospechosos que aún permanecían en prisión y exoneró a los ejecutados de los cargos que les había acarreado la condena. ¿Pero a qué se debieron los extraños comportamientos de las niñas? ¿A una intoxicación provocada por la ingesta de una toxina que contamina el centeno y puede provocar alucinaciones?.


Fuentes:
María Pilar Queralt del hierro, Mujeres de Vidas Apasionadas. 2010 La Esfera de los Libros S.L
http://es.wikipedia.org/wiki/Juicios_de_Salem
http://funversion.universia.es/curiosidades/xfiles/brujas.jsp

sábado, 19 de febrero de 2011

CATALINA MICAELA DE AUSTRIA ( II y última)

Por Pantoja de La Cruz


 Al llegar Catalina a Saboya escribe su primera carta a su padre, en la que le comunica que la travesía había sido rápida y segura y le pide perdón por el incidente de las perlas, a lo que Felipe contesta disculpándola. En sus once años de vida en la corte de Turín hasta su muerte, recibió más de ciento treinta y tres misivas de su padre. Deslumbrada por la belleza de Italia, se pone a describir a sus parientes españoles los paisajes y las montañas piamontesas. Atraída por las cimas nevadas de los Alpes como si fueran un imán, lejos de limitarse a contemplarlas, decide escalarlas, convirtiéndose en una suerte de “protoalpinista”.

Mientras tanto, el duque, trabajador y ambicioso, enriquece la ciudad donde reside la corte haciendo de ella una verdadera capital europea. Carlos Manuel se sentía muy atraído por Turín y dedicó muchos esfuerzos y dinero a esta ciudad, a la que dio un fastuoso aire barroco de acuerdo con el triunfo de la Contrarreforma católica en sus estados. Sus dos pasiones arquitectónicas fueron dos edificaciones situadas fuera de Turín: el palacio de Miraflores - célebre por el esplendor de sus jardines y residencia favorita de la duquesa, cuyos trabajos de remodelación supervisa ella directamente- y la basílica de Vico, obra del célebre arquitecto Vitozzi de Roma.




Para distraer a su esposa organiza fiestas y representaciones teatrales, y le presenta a artistas de talento, creadores que en breve gozarán del patrocinio de la pareja ducal. Mientras Catalina se siente liberada de ciertas ataduras de la corte, sus nuevos súbditos parecen sufrir la influencia de los cambios que imponen las tradiciones españolas de los cortesanos que la han acompañado a Saboya. Sus rígidos principios influencian a las mujeres de la nobleza turinesa, tanto en lo que respecta al “estilo” personal como en la decoración de sus propiedades.

Catalina se queda embarazada casi inmediatamente después de la boda, por tanto debe poner freno a sus excursiones. El nacimiento de su primer hijo en abril de 1586, vuelve loco de alegría a Felipe II: “ … estoy alegrísimo de ello y también de que sea hijo y me hayáis dado el primer nieto que he tenido, aunque a trueque de que vos estéis muy buena, tomara muy en paciencia que fuera nieta … mas estando vos buena, como lo espero, muy bien está que sea nieto … ". Y este nieto sería el primero de los diez hijos que tuvieron sin tregua la pareja ducal. El monarca español estará pendiente de todo, dándole consejos a Catalina como que diera a luz tumbada en la cama en lugar de sentada en una silla especial para el parto - silla en forma de herradura sobre la que se sentaba la mujer en trance de dar a luz- y sobre el mejor momento para destetar. Felipe será un abuelo muy atento en todo lo que respecta al crecimiento de sus nietos.
 


Posible retrato de Catalina Micaela por Sofonisba Anguissola



La duquesa estaba advertida por su padre de cuál era su papel en la corte de Turín: controlar siempre a su esposo para que siguiera con fidelidad la política del rey en Italia. Felipe pone a su lado a un hombre de su extrema confianza, el barón Sfondrato, con la categoría de su mayordomo mayor. En principio, debía cuidar de su salud y del gasto de su casa, pero también de recordar a la duquesa las grandes líneas de la política filipina. Una tarea de vigilancia, e incluso de espionaje, que no podía ser del agrado del duque, con el consiguiente conflicto. También entonces debía intervenir Catalina: avenir a su esposo con el representante de su padre. Acierta en aquella nada fácil tarea, con gran satisfacción de Felipe.

En cambio, nada consigue Catalina en cuanto a impedir la serie de aventuras bélicas en que se mete el duque, con los consiguientes reproches del rey en sus cartas a su hija: “ … nunca pensé que el Duque tomara una resolución tan grande sin darme parte della primero … “. El monarca esperaba de la duquesa que apaciguase a su marido, pero no era fácil controlar al duque, siempre tan belicoso, y con sus altibajos de fortuna, que, buscando el triunfo, no dudaba en hacer concesiones en materia religiosa. Cada vez estaba más claro que Catalina Micaela era incapaz de cumplir la misión que se le había asignado y que su influencia sobre el “ autónomo” duque era nula. Tanto el duque como ella actuaban en Roma abusando de la confianza regia y en contra de las instrucciones que allí tenía dadas Felipe. El rey se queja a su hija: “ Me dicen que el Duque y vos usáis en las casas de Roma de mi autoridad sin mi orden y aun contra la que tienen mis ministros. No lo querría creer y menos de vos … Si algo ha habido, enmiéndese de manera que no lo oya yo más …”.
 
 


Mientras el duque se encuentra en el frente, Catalina se hace cargo de la administración del ducado, de la presidencia de los tribunales y de la dirección de los ministros. La duquesa llegó a dar pruebas de talento político y capacidad para los negocios públicos. El 7 de diciembre de 1597 morirá al traer al mundo a una niña, que no le sobrevivirá. Dejaba a sus diez hijos pequeños, huérfanos de madre. La pena por la ausencia definitiva de esta joven mujer de treinta años, hermosa, inteligente, alegre y llena de vitalidad, será tan devastadora para su padre como para su marido. Carlos Manuel, roto de dolor, se retirará del mundo durante tres meses.

Felipe II recibe la noticia de la muerte de su hija con desolación. Se encierra con Isabel Clara Eugenia y el príncipe heredero en su cámara durante tres horas. Luego ordena decir misa de difuntos en la capilla de El Escorial. La ceremonia, que será presidida por el príncipe de Asturias, la seguirán la infanta y el rey desde la alcoba del monarca. Uno de sus contemporáneos describió el estado en el que se encontraba el rey por la desaparición de Catalina Micaela: “ Le cercenó la mitad de lo que le quedaba de vida: ni muerte de hijos, ni de mujer, ni pérdida de armada, ni cosa sintió como ésta, ni le habían visto antes jamás quejarse ”. Todos los teatros del reino cerraron sus puertas en señal de duelo. El azar quiso que en 1870, un descendiente directo suyo, Amadeo I de Saboya, ocupase el trono de España por elección de las Cortes.
 





Fuentes:
Catalina de Habsburgo, Las Austrias. La Esfera de Los Libros S.L. 2006
Manuel Fernandez Alvarez, Felipe II y su tiempo. Editorial Espasa Calpe S.A. 2006
Juan Balansó, Las alhajas exportadas. Plaza & Janés Editores S.A. 1999
http://books.google.es/books?id=h9x8AamdWAgC&pg=PA82&lpg=PA82&dq=palacio+de+miraflores,+turin&source=bl&ots=c2j5j0zsxV&sig=JtRE_31x1lPJjV3C7gyRaIFZkbI&hl=es&ei=Bd1eTezxD9S0hAeu86WcDQ&sa=X&oi=book_result&ct=result&resnum=5&ved=0CDYQ6AEwBA#v=onepage&q&f=false

domingo, 13 de febrero de 2011

CATALINA MICAELA DE AUSTRIA ( I )

Catalina Micaela de Austria por Sofonisba Anguissola


En 1567 nació en el Alcázar de Madrid otra infanta, llamada Catalina, por su abuela la reina Catalina de Médicis, y Micaela, por devoción de su madre al arcángel que había servido esta vez de celestial intermediario. El rey había permanecido junto a su mujer durante el proceso del parto, pero esta vez mostró su decepción al ver que se trataba de otra niña. En esta ocasión ni siquiera se quedó para el bautizo y se fue a Aranjuez. No sospechaba en ese momento que la nueva infantita sería una de las niñas de sus ojos. Las dos hijas de Felipe II y de Isabel de Valois crecieron juntas y fueron siempre las mejores amigas del mundo. La muerte de la reina, un año después del nacimiento de su segunda hija, al dar a luz una tercera – que alentó apenas- dejó huérfanas de madre a las pequeñas infantas, al cuidado de su padre, quien bebía los vientos por ellas.

Dos años después, Felipe II contrajo nuevo matrimonio con la archiduquesa Ana de Austria, que le daría varios niños aunque sólo uno sobrevivió, el futuro Felipe III. Las dos niñas tuvieron en su madrastra a una gran amiga, que la quisieron y se sintieron queridas con ternura. Los diez años que durará la unión del rey con la bondadosa Ana serán los más bellos de la infancia de Catalina. Y cuando la reina fallezca camino de Portugal, las dos infantas serán un gran consuelo para su padre.



Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela por Sanchez Coello



En 1583 el embajador de Saboya se presentó un día en El Escorial con un mensaje urgente para el monarca. Su señor, el duque Carlos Manuel de Saboya, pedía la mano de la infanta Catalina. Esa misma tarde, mientras el rey se encuentra con sus hijas, a las que llama “ la luz de mis ojos ”, emocionado, pero restándole importancia, le pasa la carta del duque a Catalina, diciéndole: “ Leed esta carta ”. La infanta, curiosa de conocer a su autor, abre el pliego y, al ver la firma del duque de Saboya, se la devuelve rápidamente. Sonrojada, gira la cara para que nadie vea que se ha puesto a llorar. Esa misma noche, al hacer pública la noticia del compromiso de su hija menor, Felipe ofrece un banquete para celebrar el acontecimiento. De Catalina se cuenta que esa noche habló poco.

El 10 de marzo de 1585, el duque de Saboya acompañado de su escolta pone pie en la ciudad de Zaragoza, donde tendrá lugar su boda con la infanta Catalina. El rey se presenta ante su futuro yerno para saludarle en nombre de la villa. Uno al lado del otro, cabalgando dos magníficos corceles, hacen su entrada en la ciudadela. A la mañana siguiente, a las diez horas, en una ceremonia celebrada en la catedral por el cardenal Granvela y otros altos dignatarios de la Iglesia, el duque y la infanta intercambian sus votos. Muchas personas han recorrido leguas para poder ver a la hija de su rey; tantos que “ los tejados casi caían del peso de la gente ”.


Carlos Manuel I de Saboya


Los halconeros del soberano, de verde con mangas grises, portando aves rapaces en los brazos, reciben a los invitados. En la pechera negra de Felipe destaca el Toisón de Oro. Le siguen los embajadores y los grandes del reino en hábito de corte, los burgueses y los magistrados de escarlata. La llegada de los esposos levanta un murmullo de admiración. La infanta Catalina lleva un amplio vestido color cereza bordado con hilos de oro y piedras preciosas; las perlas heredadas de su madre le sirven de pendientes. El duque luce un hábito amarillo recamado de perlas y diamantes como botones. El banquete durará hasta las diez de la noche. Luego, la joven esposa se retirará a su cámara, cuya puerta será franqueada por el duque poco más tarde. Al día siguiente hubo silencio por todo el palacio el día entero hasta la tarde y, más tarde, comenzó a llover.

Durante varios días estuvo lloviendo, lo que no impidió la organización de batidas de caza y bailes para festejar el acontecimiento. Los jóvenes esposos vivieron en medio de un torbellino de celebraciones, como el torneo ofrecido por el duque de Medinaceli, que terminó hacia las dos de la madrugada. A finales de ese mes, en la gran sala del Consejo reservada a los embajadores y dignatarios, se entregó el Toisón de Oro al duque de Saboya ante toda la corte.



El 2 de abril el cortejo pone rumbo a Barcelona. La lluvia sigue cayendo, lo mismo que, poco a poco, hará la enfermedad sobre la comitiva. El duque de Saboya cae en cama; luego la infanta Isabel Clara Eugenia sufre un fuerte ataque de fiebre, el príncipe Felipe de vómitos y, el rey, una crisis de gota agravada por la humedad. Ante semejante pandemia se toma la decisión de entrar en la Ciudad Condal sin seguir el protocolo habitual. Pero el pueblo y los dignatarios de Barcelona considerarán el hecho como una afrenta.

El 13 de junio de 1585 la flota se prepara para soltar amarras. El puerto apenas alcanza para dar cabida a las naves del almirante Doria, que protegerán a los duques de Saboya durante el largo periplo; son tantas que algunas han tenido que anclar lejos de la costa. El rey ofrece a Catalina una bandeja llena de perlas que ella rechaza, al escoger sólo tres y comentar que éstas eran suficientes para una duquesa, estaba reprochando, y bien dolida, la decisión paterna. En la embarcación capitana la hora de la despedida ha llegado. En la cabina, Isabel Clara Eugenia y el rey contienen su emoción. De pronto, Catalina sufre un vahído. Una fuerza más poderosa que su orgullo la domina y se agarra desesperadamente a su hermana mayor; por último, termina arrojándose en los brazos de su padre mientras estalla en lágrimas.


 Felipe II



Cuando se separó de Catalina, al rey no le salían las palabras:" de vos ni del duque no pude despedirme como quisiera ni deciros algunas cosas que pensaba". Por lo que subió a la torre de una iglesia cercana a fin de ver por última vez alejarse la galera que se llevaba a aquella hija que tanto quería a Italia. Desalentado comprueba que ya nada se ve: "se veía mucha mar, mas ya no estábais en el golfo ”. De modo que se dispuso a escribir sus pensamientos más íntimos en una carta que envió con un correo, junto con otra de Isabel Clara Eugenia, dando orden de que alcanzase la galera de la infanta en Rosas: “ por la mucha soledad con que me dejáis y mucho cuidado de saber cómo os ha ido después que os embarcasteis …”. Para su desilusión, el correo no pudo alcanzar a la galera y trajo de vuelta las cartas.


Fuentes:
Catalina de Habsburgo, Las Austrias. La Esfera de Los Libros S.L. 2006
Juan Balansó, Las alhajas exportadas. Plaza & Janés Editores S.A. 1999
Geoffrey Parker, Felipe II. Editorial Planeta S.A. 2010

sábado, 12 de febrero de 2011

CAMILA O' GORMAN


Quiero dedicar esta entrada a José, gracias por nombrarme a esta dama. Camila O'Gorman protagonizó una trágica historia de amor en la Argentina de la primera mitad del siglo XIX. Enamorada del sacerdote de su parroquia, huyó con él para refugiarse en la provincia de Corrientes. Fue condenada a muerte y fusilada estando embarazada. Su ejecución produjo un escándalo internacional que contribuyó a la caída política de Juan Manuel de Rosas. Esta joven, tan sólo tenía veinte años cuando la asesinaron, nació en Buenos Aires y pertenecía a una familia de clase alta compuesta por el padre, de origen franco irlandés; la madre, porteña de antigua estirpe, y seis hijos, entre los que se distinguía Camila.

Dijeron de ella que era muy hermosa de cara y de cuerpo, muy blanca, graciosa y hábil pues tocaba el piano y cantaba embelesando a los que la oían. Tenía una gran personalidad, quizás heredada de su célebre y bella abuela Anita Perichon, amante del virrey Liniers. Como casi todas las mujeres de esa época, Camila era bastante devota. Iba a misa con frecuencia y le gustaban mucho los sermones del nuevo párroco. A veces él iba de visita a su casa. Poco a poco se hicieron amigos y empezaron a encontrarse en sus paseos por Palermo.



Él, Ladislao Gutiérrez, descrito como un joven de pelo negro y ensortijado, cutis moreno y mirada viva, modales delicados y un conjunto simpático, juicioso y lleno de aptitudes, había llegado unos años antes desde Tucumán para seguir la carrera eclesiástica en Buenos Aires. Ordenado sacerdote a los veinticuatro años, fue designado párroco en la iglesia del Socorro. Pronto reparó en la joven alta, de pelo castaño y expresivos ojos oscuros, de andar elegante y gracioso. No tuvo que esperar mucho para que se la presentaran: era hermana de Eduardo O’Gorman, compañero en la carrera sacerdotal.

Camila comenzó a sentir algo completamente nuevo y desconocido. Aumentaron sus conversaciones y paseos. Ella tenía muchas dudas respecto de la religión y él trataba de aclarárselas, aunque las suyas iban creciendo a medida que pasaban los días. Cuando les resultó imposible ignorar ante sí mismos que se querían, él la tranquilizó convenciéndola de que aquello no era un crimen. Reconocía haberse equivocado al seguir la carrera sacerdotal, pero consideraba que, por las circunstancias, sus votos eran nulos. Y si la sociedad no permitía que la hiciera su esposa ante el mundo, el la haría suya ante Dios.



Camila se dejó convencer. No podía imaginarse la vida sin él, pero tampoco estaba dispuesta a ser "la barragana del cura". Empezaron a concebir la idea de huir de Buenos Aires y cambiar de identidad para poder vivir casados ante Dios y ante los hombres. Poco a poco fueron forjando el plan: llevarían algo de ropa, lo que pudieran juntar de plata y dos caballos. Irían hacia Luján, de allí pasarían a Santa Fe. El destino final, si todo andaba bien, sería Río de Janeiro. Al pasar a Santa Fe fingirían haber perdido los pasaportes y pedirían otros con nombres falsos. El 12 de diciembre de 1847 fue el día elegido para la fuga. Al llegar a Luján, en una enramada que les había proporcionado el mesero y bajo la noche refulgente de estrellas, los amantes tuvieron su momento de felicidad.

Pasados diez días, el padre de la joven denunció el hecho al gobernador Rosas como "el acto más atroz y nunca oído en el país", mientras el obispo Medrano pedía al gobernador que "en cualquier punto que los encuentren a estos miserables, desgraciados infelices, sean aprehendidos y traídos, para que, procediendo en justicia, sean reprendidos por tan enorme y escandaloso procedimiento".



La suerte parecía sonreír a los enamorados. Ya en Paraná, en febrero de 1848, consiguieron un pasaporte a nombre de Máximo Brandier, comerciante, natural de Jujuy, y su esposa, Valentina Desan. Al llegar a Goya con su nueva identidad pudieron tomarse un respiro y prepararse para la última etapa: Brasil. Mientras tanto, para ganarse la vida abrieron una escuela para niños, la primera que existió en esa pequeña ciudad. Pudieron vivir cuatro meses en una relativa felicidad, olvidando la persecución de que eran objeto. Un sacerdote, de paso por el pueblo, reconoció a Gutiérrez y lo denunció. En cuanto Rosas conoció la noticia dio orden de que condujeran a los enamorados en dos carros separados a Santos Lugares, donde estaba la más temida prisión del régimen.

Con creciente angustia, los amantes vieron cómo se cerraban las puertas de sus respectivas prisiones. Estaban incomunicados entre ellos y con el resto del mundo. Se cree que Camila escribió a la hija del gobernador, Manuelita Rosas, pues existe una carta de la segunda, fechada en Palermo el 9 de agosto, en la que le dice haber intercedido ante su padre y le recomienda fortaleza. Camila explicó con franqueza que la historia de sus amores con Gutiérrez databan de fecha muy anterior a su fuga, que él no tenía vocación y su matrimonio había sido ante Dios. Que él no había hecho sus votos de corazón y que, por consiguiente, eran falsos y no era sacerdote. Que la intención de los dos era irse a Río de Janeiro, pero que no lo habían podido efectuar por falta de recursos. Declaró que no estaban arrepentidos, sino "satisfechos a los ojos de la Providencia" y no consideraban criminal su conducta "por estar su conciencia tranquila".



También Gutiérrez había hecho su exposición y ambas fueron llevadas por un chasque ante el gobernador. Casi amanecía cuando despertó a todos el retumbar de cascos de caballos, gritos y golpes violentos en el portón de entrada. Era el modo que tenían los hombres del gobernador de anunciar su llegada. Rosas ordenaba la inmediata ejecución de los reos sin dar lugar a apelación ni defensa. Sólo se les otorgaban unos instantes para confesarse y prepararse para morir. Fue entonces cuando Marcelino Reyes decidió mandar un urgente despacho avisando el estado de preñez de la joven, avalado por el médico de la prisión. Al mismo tiempo mandó una carta a Manuelita explicándole la urgencia de la situación. Reventando caballos llegó el chasque a Palermo y entregó los despachos al oficial de guardia. Pero la carta jamás llegó a Manuelita. El gobernador no podía aceptar que existiera un testimonio vivo de la desobediencia, un hijo que hubiera representado para muchos el triunfo del amor sobre el orden establecido.

En la mañana del 18 de agosto de 1848, sentaron a cada uno de ellos en una silla, cargada por cuatro hombres a través de dos largos palos. Como a todos los condenados, les vendaron los ojos y, escoltados por la banda de música del batallón, los llevaron al patio rodeado de muros. Bajo el pañuelo, los ojos de Camila dejaban escapar dos hilos de lágrimas que, a pesar del dominio de sí expresado en un rostro inmutable, no podía evitar. Mientras los soldados los ataban nerviosamente a los banquillos, Camila y Gutiérrez pudieron hablarse y despedirse, hasta que este último comenzó a gritar: "Asesínenme a mí sin juicio, pero no a ella, y en ese estado ¡miserables...!".



Sus palabras fueron acalladas por el capitán Gordillo, que mandó redoblar los tambores e hizo la señal de fuego. Cuatro balas terminaron con su vida. Después, se oyeron tres descargas y Camila, herida, se agitó con violencia. Su cuerpo cayó del banquillo y una mano quedó señalando al cielo. "... en la vecindad quedó el terror de su grito agudísimo, dolorido y desgarrador...". Esta historia de amor de inocentes víctimas de intereses políticos iba a convertirse con el tiempo en el suceso más imperdonable del gobierno de Rosas.

Los restos de Camila descansan en el Cementerio de la Recoleta, en la bóveda de los O'Gorman. Su historia fue llevada a la pantalla en dos ocasiones. La primera película se rodó en 1910 y lleva por título "Camila O'Gorman" y la segunda en 1984, "Camila", dirigida por María Luisa Bemberg. Fue nominada al Oscar a la mejor película extranjera.

Fuentes:
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=674022
http://es.wikipedia.org/wiki/Camila_O'Gorman

LADY SMITH

En uno de los momentos más sangrientos de la Guerra de Independencia Española contra la dominación francesa, tiene su inicio la bella historia de amor entre una intrépida dama española Juana María de los Dolores de León y un valiente oficial inglés Harry Smith, compartiendo un mismo destino de luchas, aventuras, privaciones y victorias militares. Dos ciudades del mundo, una en Sudáfrica y otra en Canadá, llevan el nombre de Ladysmith en su honor. Y en su ciudad natal, Badajoz, una nueva avenida se llama Lady Smith.

Juana María de los Dolores de León


Mes de abril del año 1812. La ciudad de Badajoz ha sido sitiada por el ejército británico bajo el mando del duque de Wellington, aliado de los españoles. Las sólidas murallas son defendidas por una tenaz guarnición francesa. Los hombres de Wellington consiguen escalar las murallas e introducirse en la población, logrando la retirada de los franceses. Se produjeron un horripilante número de bajas en ambos bandos. Los libertadores, tras su éxito militar, hacen gala de un comportamiento nada honroso. Durante tres días convirtieron la ciudad en una orgía de alcohol, saqueos en masa, violaciones y asesinatos indiscriminados de la población civil. Fue un hecho sangriento que hizo derrumbarse a Wellington y derramar lágrimas por primera vez en España.

Pero no todos se comportaron de forma indigna, puesto que cientos de ellos arriesgaron sus vidas intentando parar el desastre; incluso algunos perecieron a manos de sus propios camaradas que, cegados por el alcohol y la cólera, estaban dispuestos a cobrarse con dolor ajeno todo el sufrimiento que la guerra les había causado. Fue en este escenario de degradación humana y de crueldad extrema donde un joven teniente británico de nombre Harry Smith encontró a la mujer de su vida.

El 88º Regimiento en el Sitio de Badajoz, por Richard Caton Woodville Jr



Cuando se logró por fin restablecer el orden, dos jóvenes mujeres se atrevieron a salir a la calle en busca de la protección de los oficiales británicos. Acampados fuera de las murallas de la ciudad se encontraron a varios de ellos, y la mayor de las hermanas no lo dudó un instante. Agarró a la menor del brazo y, dirigiéndose a los sorprendidos oficiales, imploró que uno de ellos se hiciera cargo de su hermana, puesto que, sin familia y con su casa saqueada y en ruinas, ella, casada con un oficial español cuyo paradero y suerte desconocía, no veía otra forma de ofrecerle un futuro. La hermana menor era nuestra Juana y de ella quedó prendado el oficial Smith.

Al mes de haberse conocido, Harry Smith, de veinticuatro años, contraía matrimonio con Juana María de los Dolores de León, una bella muchacha de catorce años de grandes ojos negros y cabello castaño, que pertenecía a una noble y antigua familia española y era descendiente de Juan Ponce de León. La intrépida Juanita, como la llamaba Harry en la intimidad, no permitió que la mandaran a Inglaterra, a casa de la familia de su marido, y escogió seguir a su esposo por los campos de batalla sin importarle el riesgo ni las privaciones. Se adaptó con rapidez a la vida espartana en el campamento, a las agotadoras marchas, a la comida escasa y a dormir a la intemperie, en incómodas tiendas de lona o entre las ruinas de las casas bombardeadas.


Sir Harry Smith


Su belleza, coraje, buen juicio y carácter amable la hicieron muy querida entre todos los oficiales, incluyendo Lord Wellington. Entre la tropa, era idolatrada por sus actos de generosidad y su capacidad para codearse con generales pero también con soldados rasos y cantineras. Desde el primer día se desvivió por los enfermos o moribundos y siempre que se lo permitían abandonaba la retaguardia para cabalgar junto a los soldados y animarles en los momentos más duros de la campaña.

Con la excepción del periodo de la guerra anglo-americana iniciada en 1812, acompañó a su marido a todos sus destinos. Esta joven de Badajoz fue testigo de la batalla de Waterloo, uno de los momentos más difíciles de su vida. Un grupo de fusileros le informó de que su marido había muerto en la contienda, y al lugar del combate se dirigió cabalgando. Desencajada por el dolor, con los vestidos salpicados de barro, cruzó el extenso campo de batalla buscando entre los muertos a su marido, hasta descubrir que se encontraba a salvo de regreso con las tropas victoriosas.

Juana conoció al zar Alejandro I de Rusia, estuvo en Jamaica, África - le gustaba estar siempre rodeada de mujeres de los jefes nativos y sus adictos. A muchas les enseñaba a coser y les hacía pequeños regalos, de modo que se hizo amiga de ellas y acabaron respetándola -, y en la India, en donde el ya general Harry Smith derrotó con arrojo a los sijs en Aiwal en 1846, siendo felicitado por el Parlamento y recibiendo de la reina Victoria una baronía con el nombre de ese lugar del Panyab, hoy en la nómina de las grandes batallas de Inglaterra.




Su marido fue el oficial que más años estuvo al servicio de la reina, cincuenta y cuatro, y sobrevivió sin un rasguño a un centenar de batallas. La brillante carrera militar de sir Harry Smith le llevó a África del sur como gobernador de la Colonia del Cabo en 1847. En honor a su valor y al amor que sentía hacia su esposa, el militar bautizó como Ladysmith una ciudad de la región de KwaZulu. Juana, ya convertida en Lady Smith, viviría dos décadas en la región más austral del continente africano, mientras su esposo libraba batallas contra las tribus nativas.

Juana no volvió a pisar España salvo unas horas en el verano de 1857, cuando ella y su marido fueron a Lisboa en el séquito del marqués de Bath para asistir a la boda del rey Pedro V con la princesa Estefanía de Hohenzollern. Nunca llegó a saber nada de su familia, ni siquiera de su hermana mayor que la salvó de la muerte en el sitio de Badajoz al dejarla en manos de un joven teniente inglés que le brindó su protección.

No tuvieron hijos, pero la dedicación de Harry Smith a la mujer que amaba duró hasta el último momento. A lo largo de su intensa vida en común, que duró casi cincuenta años, Harry escribiría a Juana apasionadas cartas de amor y en África utilizaría incluso un código de signos que sólo ellos entendían para ocultar las palabras más íntimas. Consiguió del Parlamento británico una pensión de 500 libras por sus méritos de guerra para que su esposa pudiera afrontar desahogadamente su viudez. En 1860 Harry falleció en Londres a la edad de setenta y tres años víctima de un ataque al corazón. Juana le sobrevivió doce años alejada de la vida social y recordando las excitantes aventuras que compartieron. Murió el 10 octubre de 1872 y fue enterrada junto a su esposo en el cementerio de Whittlesea.


Esta española de rompe y rasga todavía se la recuerda con admiración en la ciudad de Ladysmith. En su museo se conserva un retrato suyo, así como un par de pendientes y una peineta. En el sur de África no sólo dejó su nombre a una ciudad, sino que en su honor se bautizó un melón dulce y de color anaranjado como " spanspek " ( desayuno español ) porque ella todos los días desayunaba esta deliciosa fruta. Esta singular dama que vivió una vida llena de aventuras y peligros por todos los rincones del Imperio británico junto a su esposo, nunca renunció a sus orígenes y le gustaba en las recepciones oficiales vestir con mantilla, bailar fandangos e improvisar canciones populares.

Fue una mujer valiente y poco convencional, que se movía con igual desenvoltura en los elegantes salones de baile franceses, vestida como una emperatriz, o en el campo de batalla haciendo vida de soldado. El duque de Wellington, conocedor de la vida de sacrificios que había llevado junto a su esposo, dijo de ella: " Era una auténtica heroína, la digna sucesora de Agustina de Aragón ". Sobre esta mujer se han escrito varias obras como La novia española de Georgette Heyer (1940), Las Reinas de África de Cristina Morató (2003) y Lady Smith de Mabela Ruiz-Gallardón (2008).







Fuentes:
Morató, Cristina. Las Reinas de África. 2003 Random House Mondadori S.A.
http://4gatos.es/wp-content/uploads/2008/05/en-el-infierno-antes-del-amanecer-indice.pdf

http://www.fernandoorgambides.com/2010/02/26/lady-smith/
http://servicios.laverdad.es/panorama/reportaje070503-1.htm
http://www.hoymujer.com/Hoy/Entre-nosotras/extremena-sudafrica-523619112010.html
http://www.las4plumas.com/home.php

miércoles, 9 de febrero de 2011

MARY KINGSLEY

Mary Henrietta Kingsley nació el 13 de octubre de 1862 en Islington, Londres. Hija de George Kingsley, doctor en medicina, naturalista y escritor de viajes, y de su criada Mary Bailey, se salvó de ser considerada hija bastarda cuando su padre decidió casarse con su madre cuatro días antes de su nacimiento. Su madre era inválida y la sociedad victoriana esperaba de Mary que permaneciera en el país y se ocupara de ella. Mary, de cuya inteligencia nadie se preocupó, se encerraba en la biblioteca de su padre donde devoraba libros de viajes y obras científicas, geográficas o históricas, además de las cartas que éste, el gran ausente de su vida, le enviaba desde los lugares más exóticos del planeta.


En los años 1880 su familia se mudó a Cambridge, donde tuvo la oportunidad de conocer el trabajo de Charles Darwin y T.H. Huxley. En 1892, y en un plazo de seis semanas, pierde a sus padres. En aquella época victoriana, el destino de una mujer soltera de treinta años, que había pasado toda la vida cuidando de un hermano menor ante la incapacidad de una madre enfermiza, que tampoco podía prescindir de sus cuidados y que no se sentía capaz de hacer otra cosa que no fuera acusar en demasía las ausencias interminables del marido, no era otro que el seguir cuidando de su hermano. Su vida dio un giro de noventa grados cuando su hermano Charles marchó a China. Liberada de las responsabilidades familiares, y con una renta de 500£ anuales, Mary pudo finalmente viajar. Decidió poner rumbo a África con el propósito de recopilar el material necesario para terminar el libro que su padre dejó a medias sobre las culturas indígenas, basado en los estudios realizados durante sus eternos viajes.

En 1892 pasó unas vacaciones de aclimatación en las Islas Canarias donde se reafirmó su espíritu aventurero. Siendo consciente de que uno de los mayores peligros a los que habría de enfrentarse sería una lista interminable de enfermedades, hizo un curso de enfermería antes de partir, en julio de 1893, cuando embarcó rumbo a África a bordo del carguero Lagos. Durante el largo viaje, el capitán del barco la introdujo en el arte de la navegación. Ella nunca olvidaría la experiencia de pilotar un bajel de dos mil toneladas y reconocería el gran valor de las enseñanzas que recibiera de aquel capitán. En Angola permaneció unos meses iniciando sus estudios etnográficos.


Comerciando con telas, ron o tabaco consiguió desplazarse hacia el norte hasta llegar al Estado Libre del Congo, propiedad personal de Leopoldo II de Bélgica, de cuyas atrocidades perpetradas en aquel rincón del planeta informó Mary a su buen amigo y periodista Edmund D. Morel, quien capitaneó una campaña informativa en contra del terrible rey. Se calcula que durante los años de dominio del rey Leopoldo sobre el Congo fueron exterminados unos diez millones de nativos, la mayoría de ellos esclavizados, mutilados, asesinados o amenazados con la muerte para que trabajaran en la obtención de caucho. El viaje de Mary terminó en el protectorado británico de Calabar, actual Nigeria, habiendo viajado por el Congo Francés y Gabón recabando datos sobre los ritos religiosos que allí se practicaban.

Volvió a Inglaterra en enero de 1894 sabiendo que tarde o temprano habría de regresar a África. Necesitada de dinero para emprender su siguiente periplo, se dirigió al Museo Británico con los especímenes que había traído consigo. El profesor Günther, admirado por la calidad de los mismos y la posibilidad de hacerse con muestras de especies hasta entonces desconocidas, le brindó su apoyo y le cedió todo el material científico que Mary pudiera necesitar. Su segunda baza era la editorial MacMillan, y a ella se dirigió con el manuscrito de su padre que ella había completado con sus vivencias. El editor, viendo la calidad de la parte escrita por Mary, le ofreció publicar sus experiencias y hallazgos científicos a su regreso.

Por último, se le presentó la oportunidad de viajar como dama de compañía de Lady MacDonald, que se dirigía a reunirse con su esposo, el gobernador de Calabar. El 23 de diciembre de 1894 partieron ambas a bordo del trasbordador Batanga. Cuando llegaron a Calabar, el gobernador instó a Mary a que les acompañara a la isla española de Fernando Poo, donde él tenía algunos asuntos que resolver. Allí pudo iniciar sus estudios antropológicos sobre los bubis y tomó unas valiosas fotografías que serían publicadas en Londres.


En aquellos meses de actividad incansable recabó importante información etnológica y científica, recogió peces e insectos en los manglares para el Museo Británico, cuidó de los enfermos de tifus por la epidemia desatada en la zona y visitó a la misionera Mary Slessor, quien le proporcionó información de incalculable valor sobre las costumbres y ritos de los pueblos que habitaban la zona. Su siguiente aventura consistió en remontar el río Ogoué en canoa con la intención de investigar a la tribu de los fang, los temidos caníbales. Los fang la ayudaron y la acogieron y entre ellos se entabló una relación muy especial. Antes de regresar a Inglaterra se convirtió en la primera mujer en llegar a la cima del monte Camerún por una ruta virgen hasta la fecha. Allí tuvo que escapar de un tornado.

En noviembre de 1895 vuelve a Inglaterra, la estaban esperando periodistas impacientes por entrevistarla. Era ya famosa y durante los tres años siguientes dictó conferencias por todo el país sobre la vida en África. Escribió tres libros relatando sus experiencias en el continente africano: Travels in West Africa (MacMillan, 1897), West African Studies (MacMillan, 1899) y The story of West Africa (Horace Marshall, 1900). Mary Kingsley enojó a la Iglesia de Inglaterra cuando criticó a los misioneros por pretender cambiar a la gente de África. Habló sobre algunos aspectos de la vida africana que causaron impacto en mucha gente, por ejemplo la poligamia. Ella discutió la idea imperante de que “un negro no es más que un blanco subdesarrollado”. Sin embargo, era bastante conservadora en otras cuestiones y no apoyó el movimiento del sufragio de las mujeres.


Encontró la muerte a la temprana edad de treinta y siete años durante su tercera estancia en África. Entonces se vio inmersa en la guerra entre los bóers y Gran Bretaña, donde ejerció de incansable enfermera voluntaria. El 3 de junio de 1900 moría víctima de la enfermedad del tifus, después de sufrir insoportables dolores. Su cuerpo encontró reposo eterno en el fondo del mar, tal y como ella deseaba, tras unos funerales con honores en Simon´s Town, Sudáfrica. Como curiosidad hay que añadir que Mary Kingsley realizó todos sus viajes por África vestida con la misma ropa que habría llevado en la Inglaterra victoriana y portando una sombrilla.


Fuentes:
http://www.viajeros.com/articulos/mary-kingsley-la-reina-de-africa
http://www.viajeros.com/articulos/mary-kingsley-la-exploradora-africana
http://es.wikipedia.org/wiki/Mary_Kingsley

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