JUANA DE AVIS
La segunda esposa de Enrique IV de Castilla sería una hermosa infanta portuguesa de negros cabellos llamada Juana de Avis. Era hija del rey Duarte I y de su esposa Leonor de Aragón. La infanta vino al mundo el 20 de marzo de 1439 en la Quinta do Monte Olivete, Almada, seis meses después de la muerte del rey Duarte. Su viuda fue designada regente del reino durante la minoría del primogénito y heredero, Alfonso V, que en ese momento tenía apenas seis años. Pero pronto encontró la reina Leonor la oposición de su cuñado el infante Pedro, que no consentía que gobernase una mujer extranjera y esperaba que la regencia recayese en él mismo.
Doña Leonor tuvo que huir a Castilla y en Toledo se crió la infanta Juana.
Cuando contaba seis años, la pequeña Juana perdió a su madre presuntamente envenenada por orden del condestable Álvaro de Luna. Pero no es el único envenenamiento real que le atribuyen al condestable de Castilla. También ha circulado que Don Álvaro de Luna envenenó a la reina de Castilla, María de Aragón, madre de Enrique IV y hermana de la reina Leonor. La infanta huérfana regresó a la corte portuguesa a la edad de ocho años.
MATRIMONIO CON ENRIQUE IV DE CASTILLA
Enrique IV de Castilla se había casado con Blanca de Navarra en 1440, pero fue un matrimonio totalmente fracasado que humillaba profundamente a su esposa. El rey no podía tener relaciones con ella y por lo tanto existía una imposibilidad de consumar la unión. Tras trece años fue anulado, una nulidad que daba al rey la posibilidad de contraer un nuevo matrimonio. La corte portuguesa estuvo de acuerdo en conceder la mano de la infanta Juana pero sin aportar dote, corriendo por cuenta del novio dote, casa y arras. En el contrato matrimonial se anotaba el derecho de la princesa a elegir a las personas que iban a formar parte de su casa, se especificaba que podía traerse con ella hasta doce doncellas, una honrada dueña y un ama.
La corte de Lisboa apretó las clavijas en los aspectos económicos, en previsión de un porvenir no claro para la futura reina de Castilla. Enrique tuvo que depositar 100.000 doblas de oro, en moneda acuñada y metida en tres talegones muy grandes, en las arcas de un banquero de Medina del Campo. De este modo, si por cualquier causa o razón el segundo matrimonio tenía que declararse también nulo, la dama podría regresar a su reino cubiertas las espaldas por un sustancioso capital.
El matrimonio del rey Enrique IV, de treinta años de edad, con Juana de Portugal, de dieciséis, se celebró en Córdoba un día de mayo de 1455 oficiado por el obispo de Tours, embajador de Francia. El monarca impidió la presencia de un notario y testigos en la real cámara la noche de bodas, como consecuencia del recuerdo de la mala experiencia en su primera boda. Aunque el rey y la joven reina pasaron su noche de bodas en el mismo lecho, a la mañana siguiente, según Valera, la reina quedó, para disgusto de todo el mundo, tan entera como había venido. No se mostró la sábana con la mancha consabida.
El cronista Alonso de Palencia señala que faltó la necesaria dispensa del impedimento de consanguinidad entre los cónyuges, por lo que el matrimonio no sería canónico. Los esposos eran primos hermanos. En la Real Academia de la Historia de Madrid se encuentra la bula original del papa Nicolás V en pergamino, de dispensa para el matrimonio, fechada en Roma el 1 de diciembre de 1453.
Sobre la reina Juana, las fuentes hablan de su hermosura y del libertinaje que introdujeron ella y su comitiva de damas jóvenes en la austera corte castellana. La joven reina tenía afición a los “afeites” o maquillajes que gustaban también a sus jóvenes damas acompañantes y como a ellas, la imagen de pecaminosa, coqueta y seductora acompañó a Juana. El cronista Alonso de Palencia criticaba duramente a las jóvenes que acompañaron a la reina, e indirectamente a ella, calificándolas de depravadas por estar más inclinadas a la seducción de lo que a doncellas conviene:
"Usaban y abusaban de trajes provocativos, aceite y perfumes, y no cuidaban de hacerlo en secreto sino en público, descubriéndose desde los pezones de los pechos hasta el ombligo, y untándose desde los dedos de los pies los talones y las canillas hasta la parte más alta de las ingles y muslos, para que al caer de sus hacaneas como con demasiada frecuencia ocurría, brillase en todos sus miembros una blancura uniforme".
Apenas nada se puede aducir sobre la cultura personal de la reina y menos sobre su mecenazgo sobre las letras y las artes. Es seguro que nunca olvidó el portugués y que aprendió bien el castellano, como se demuestra por cartas autógrafas de Juana de Portugal. Tampoco se pueden aducir detalles especiales sobre su religiosidad, celebración del culto en palacio, aunque en la documentación aparezca alguna leve alusión a cantores e instrumentistas portugueses. Nunca se han encontrado alusiones a libros religiosos de su uso, mucho menos a libros de horas, o a la impresión, recién estrenada, de libros antiguos y nuevos.
El aspecto que más se refleja en los cronistas es el de los convites, bailes, torneos y juegos. En algunos sonados acontecimientos citan también las corridas de toros. Eran ocasiones propicias las fiestas domésticas y sobretodo el derroche de Enrique IV con las embajadas extranjeras, especialmente de Portugal, Francia y Borgoña. En los mismos se resalta la belleza, la feminidad y la magnificencia de la reina, así como la destreza de los nobles, ávidos de complacer a la soberana. Debió de ser realmente espléndida su belleza, porque, aun contando con la lisonja cortesana, es unánime el elogio que hacen de ella cronistas y viajeros.
Es seguro que la reina no acompañó a su esposo en las campañas contra los musulmanes de 1455 y de los tres años siguientes. Aunque pudo en 1457 conocer la frontera de la tierra de musulmanes e incluso visitar con su marido y toda la corte el lugar de Cambil. Describe el cronista Valera:
Y llegaron así con esta gente el rey y la reyna tan cerca de Cambil, que parecía quería combatir la fortaleza, y como los moros vieron ansí llegar la gente, salieron a las barreras, y la reyna demandó una ballesta, la qual el rey le dio armada, y fizo con ella algunos tiros en los moros. Y pasado este juego, el rey se volvió para Jaén …
Juana de Portugal gustaba de lucirse vestida de amazona, con escudo de armas y yelmo en la cabeza, y acompañada con nueve de sus damas en el campo de Cambil. No consta que hubiera acompañado a su marido en los diversos viajes que realizó hacia el señorío de Vizcaya, la hermandad de Álava y la provincia de Guipúzcoa. Mucho menos cuando Enrique IV viajó hasta la frontera francesa para ajustar su política contra Juan II de Aragón. Consta, en cambio, que se desplazó a las fronteras de Navarra y Aragón para tratar con Juan II los graves problemas aragoneses-castellanos. Tampoco la reina abandonó el de Castilla para asomarse a los reinos de León, Galicia y Asturias. Juana de Portugal, bien sola, bien con su marido, situó su presencia en Madrid y Segovia y en los lugares de su señorío, como Aranda. Con motivo de sus diversos viajes a Andalucía conoció a fondo Ocaña, Toledo y Écija. Sevilla y Badajoz llegaron a resultarle familiares.
PROBLEMAS EN EL MATRIMONIO
El segundo matrimonio de Enrique con Juana de Portugal tampoco fue fértil durante los siete primeros años. Existen motivos para pensar no sólo en problemas viriles del rey, sino también en indisposiciones de la reina. Los cronistas de su época hacen alusión frecuente a las corrompidas costumbres, a las obscenidades y a los deleites de la depravada vida del rey. Afirman que ya en tiempos de su primer matrimonio, Enrique IV provocaba a su esposa Blanca de Navarra a frecuentar otros hombres para que se quedase embarazada. La princesa doña Blanca se había negado a ello. Esta actitud se repite con Juana, a la que inducía a relacionarse con uno de los favoritos del rey, Beltrán de la Cueva. Los rumores apuntaron que mantenía relaciones homosexuales con el soberano.
La reina se resistió durante largo tiempo al insolente mandato y enviaba mensajeros con quejas a su hermano el rey de Portugal. A pesar de los deseos de Enrique IV, la reina mantuvo su virtud y durante años Juana fue una mujer fiel, pues todo su interés estaba puesto en dar un heredero a la Corona de Castilla. Mientras tanto, se estaba consolidando la posición del infante Alfonso, hermano pequeño del rey, como heredero del trono. Tras él se hallaba su hermana Isabel.
INFIDELIDADES DEL REY
Durante esos años no le faltaron amantes al rey. Una fue Guiomar de Castro, una de las damas que la reina Juana trajo en su séquito, que era tan bella como enredadora, ambiciosa e intrigante. Esta dama, con humos de gran señora, no desaprovechaba oportunidad para mostrarse altiva con la reina. Un cronista recogió un fuerte altercado entre la esposa y la amante, en el que la reina la tomó por el pelo, le rasgó el rico vestido, la hizo caer en tierra y vengó bien sus agravios por mano propia. Enrique IV zanjó la cuestión dirigiendo muy fuertes y enojosas palabras a su esposa, mostrando hallarse muy dolido por su conducta. Doña Guiomar tuvo la protección del rey, quien le puso un palacio y la visitaba asiduamente, pero lo hacía más con fines de provocar escándalo que de otra cosa, pues había serias dudas de que el rey mantuviera relaciones con ella más allá de las simplemente amistosas. Hijo no hubo.
Lo mismo ocurrió con otra amante, Catalina de Guzmán, a la que el rey hizo abadesa del convento de San Pedro de las Dueñas de Toledo, a pesar de la oposición del arzobispo de esa ciudad. El morbo de las relaciones con una abadesa no fue más allá de lo que el cronista Alonso de Palencia calificó de “ juegos de artificio ”, pues hijo tampoco hubo. No faltaron las maledicencias sobre las relaciones del rey con María de la Cueva, hermana de su favorito, quien estaría “depositada” en un convento por orden de la reina Juana.
ANUNCIO DE EMBARAZO
Los médicos de la corte, y en especial maestre Samaya Lubel, apuraban las experiencias del tiempo e intentaban otras nuevas a fin de lograr que la reina quedase embarazada. En 1461 se anunció el embarazo de la reina Juana. Enrique, de treinta y seis años y con dos décadas intentando tener descendencia, recibió la noticia con tanta alegría que organizó una procesión para el traslado solemne de la reina a Madrid y le concedió a su esposa la villa de Aranda, en la que se había producido el feliz acontecimiento de la concepción del vástago que esperaban.
La nobleza, convencida de la esterilidad del matrimonio regio, recibe el hecho con estupor y desconfianza. Se dice que el rey se encontraba en Logroño en las probables fechas de la concepción de la princesa Juana. En un manuscrito de un médico alemán llamado Hieronymus Münzer, que viajó por España y Portugal entre 1494 y 1495, consta que los médicos construyeron una cánula de oro que fue introducida en la vagina de la reina para inyectar por ella el semen del rey. Una técnica que aunque estaba prohibida por la religión católica sí era practicada por los médicos judíos que habrían atendido a la reina.
NACIMIENTO DE LA PRINCESA JUANA
El 28 de febrero de 1462, en el viejo alcázar regio madrileño, le llegó a doña Juana el momento del parto, que fue un acontecimiento al que asistieron los grandes y buena parte de la corte. La reina, ayudada por el conde de Alba de Liste, se colocó en cuclillas, la postura habitual para dar a luz. A un lado de la reina, y en riguroso orden de importancia, estaba el rey, el marqués de Villena, el comendador Gonzalo de Saavedra y el secretario Álvar Gómez. Al otro lado, el arzobispo de Toledo, el comendador Juan Fernández Galindo y el licenciado Cadena. Tras un parto difícil, la reina dio a luz a una niña a la que llamaron Juana. El rey celebró el nacimiento con festejos reales.
Fuentes:
http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=leonor-de-aragon-reina-de-portugalTarsicio de Azcona, Isabel la Católica: Vida y Reinado. La esfera de los Libros S.L., 2002
María Jesús Fuente, Reinas medievales en los reinos hispánicos. La Esfera de los Libros S.L.,2004
María José Rubio, Reinas de España, Las Austrias. La esfera de los Libros S.L., 2010
Luis Suárez, Isabel I, Reina. Editorial Ariel, S.A. 2000 y 2005
Peggy K. Liss, Isabel La Católica. Editorial Nerea S.A. 1998
http://es.wikipedia.org/wiki/Enrique_IV_de_Castilla
http://www.genealogia-es.com/castilla/portu2.htm
Manuel Fernandez Álvarez, Isabel La Católica. Espasa Calpe S.A, 2006
Tarsicio de Azcona. Juana de Castilla, mal llamada la Beltraneja. La Esfera de los Libros S.L. 2007
Imágenes pertenecientes a la primera temporada de la serie " Isabel" ( 2011) producida por Diagonal TV