sábado, 29 de enero de 2011

Las hijas del Zar Nicolás II - Segunda parte -


TATIANA NIKOLAIEVNA ROMANOVA


La segunda hija del zar y la zarina de todas las Rusias nació en Peterhof el 29 de mayo de 1897 y parece ser que era un bebé de gran tamaño. Ella y su hermana Olga se llamaban así por los personajes femeninos de la novela de Pushkin "Eugene Onegin". Los sirvientes se dirigían a las grandes duquesas llamándolas, a la usanza rusa, por el nombre unido al patronímico, de modo que ella estaba acostumbrada a que la denominasen simplemente “Tatiana Nikolaievna”. Sus amigos y familiares también la llamaban “Tania”, "Tatya", "Tatianochka" o " Tanushka".

Ella era la preferida de su madre y se la consideraba la más hermosa de las cuatro grandes duquesas por su esbelta figura, porte elegante, cabello castaño oscuro y ojos rasgados y grises. Muchos soldados llevaban camafeos con su fotografía aun después de su muerte. No tenía tanta memoria como su hermana mayor pero era más constante y perseverante. Tatiana formaba junto a su hermana Olga la "pareja de mayores" y compartían el mismo dormitorio, ambas estaban muy unidas y sentían adoración la una por la otra. Tenía un gran talento para la confección de prendas de vestir, bordados y crochet y peinaba a su madre cada mañana y la ayudaba a elegir ropa y joyas para ella y sus hermanas, la zarina dividía a sus hijas en par mayor y par menor y vestía a las parejas iguales.




No se le daba mal el dibujo pero su temperamento soñador se inclinaba más hacia la música, tocaba el piano con extremado sentimiento. Todos los profesores y las niñeras la querían mucho, más que al resto de los niños, nunca dio una mala contestación o fue desagradable con nadie. Conocía siempre los deseos de sus padres e intentaba satisfacerlos. Era reservada, práctica y tenía un talento natural para el liderazgo. Sus hermanas la llamaban “la Gobernanta” y cuando querían algún favor de sus padres, la enviaban como negociadora. A Tatiana le gustaba estar con gente mayor que sus hermanas. A menudo se quejaba de no tener amigos y pedía conocer más gente. Era profundamente religiosa e inclinada al misticismo.
 
A los catorce años de edad, Tatiana y su hermana Olga fueron testigos del asesinato del ministro de Gobierno, Piotr Stolypin, durante una representación en el Teatro de la Ópera de Kiev, cuando acompañaban a su padre al palco. Este suceso produjo una gran impresión en ambas jóvenes. En 1914 estuvo gravemente enferma de fiebre tifoidea, un período en el cual tuvieron que cortarle su hermosa cabellera.

 


Durante la Primera Guerra Mundial sirvió como enfermera de la Cruz Roja con Olga y su madre cuidando a los soldados heridos en un hospital militar, jamás se derrumbó como su hermana mayor. En 1914 conoció a un oficial de caballería herido llamado Dmitri Yakovlevich Malama. La amistad floreció cuando el joven, convaleciente, sin poder reincorporarse al frente, fue nombrado caballerizo de la corte del Zar en Tsarskoye Selo. Dmitri le regaló un perro bulldog francés, “Ortino”, que la muchacha aceptó encantada sin haberle pedido permiso previo a su madre para llevar otra mascota a casa. En una carta muy sentida, la muchacha pidió disculpas por su precipitación a la zarina. El perrito murió enseguida, pero Dmitri quiso consolar a Tatiana ofreciéndole otro cachorro, al que llamaron “Jimmy”. Aquel perrito acompañaría a Tatiana a Ekaterinburgo, muriendo con la familia imperial.

 


El inocente idilio de Tatiana con Dmitri no suscitó ningún reparo en la zarina Alejandra, sino más bien al contrario. A su debido tiempo, el joven volvió al frente, pero, en marzo de 1916, pudo visitar a la zarina y las grandes duquesas en Tsarskoé Selo. Alejandra lo encontró en plena transformación física, todavía con algunas trazas del chiquillo adorable que había sido, pero ya anticipando las hechuras del hombre en que se estaba convirtiendo. En una carta muy expresiva dirigida al zar, su esposa decía explícitamente: “Debo decir que hubiera sido, de haber podido serlo, un perfecto yerno. ¿Porqué no son los príncipes extranjeros tan encantadores como él?”.

Un oficial georgiano, Vladimir Kiknadze también despertó el interés de Tatiana, quien cuidó de él cuando cayó herido en 1915 y nuevamente en 1916. Los dos se sentaban juntos al piano para interpretar melodías suaves mientras hablaban en susurros. Una compañera del hospital temía que el coqueteo entre las grandes duquesas y los oficiales heridos pudiera provocar chismes y dañar la reputación de las hijas del zar. Según algunas fuentes, el rey Pedro I de Serbia quería a Tatiana como novia para su hijo menor, el príncipe Alejandro. Las negociaciones matrimoniales terminaron debido al estallido de la Primera Guerra Mundial.

 


Después de que se iniciara la Revolución rusa fue recluida con sus padres y hermanos en el palacio Alejandro, en Tsarskoye Selo. En agosto de 1917 fue trasladada con ellos a Tobolsk, Siberia, y en la primavera de 1918 a Ekaterinburgo, donde se les recluyó en la casa Ipatiev. Allí fue asesinada por los bolcheviques en la madrugada del 17 de julio de 1918, tenía veintiún años. Después de la caída del régimen soviético, sus restos fueron exhumados y sepultados con los de sus padres y dos de sus hermanas en la catedral de San Pedro y San Pablo en San Petersburgo. Fue canonizada, junto con su familia, como mártir por la Iglesia Ortodoxa en 2000.


Fuentes:
http://es.wikipedia.org/wiki/Tatiana_Nikol%C3%A1yevna_Rom%C3%A1nova
http://dinastias.forogeneral.es/forum/otma-las-hijas-del-zar-nicolas-ii-t422.html
http://www.enciclopediaespana.com/Grande_duquesa_Tatiana_Nikolaevna_de_Rusia.html
http://dinastias.forogeneral.es/blog/index.php/hermanas-la-historia-de-alix-y-minnie-de-dinamarca-una-reina-de-inglaterra-otra-zarina-de-todas-las-rusias/alix-y-minnie-part-lxi-tatiana/
http://madness.mi-web.es/board/proyecto-otma-t1571.html

viernes, 28 de enero de 2011

Las hijas del Zar Nicolás II - Primera parte -


 
EL TRÁGICO FIN DE LOS ROMANOV

En el verano de 1918, el ejército anti-bolchevique estaba cerca de Ekaterinburgo y Lenin emitió desde Moscú la orden de ejecutar a toda la familia del Zar para impedir que fueran rescatados por el enemigo y utilizados desde el exterior como poderosa arma antisoviética con vistas a una eventual restauración monárquica. La orden de Lenin se cumplió en la madrugada del 17 de julio. La familia imperial fue despertada y se solicitó que se vistieran. Cuando preguntaron la razón, se les informó que iban a ser trasladados a una nueva ubicación. Fueron conducidos a una pequeña habitación en el sótano, donde había dos sillas. Les dijeron que iban a realizarles una fotografía. La zarina Alejandra se sentó en una silla y el Zar, con su hijo Alexei, en otra. Las jóvenes Romanov, con su perrito spaniel Jimmy en brazos, se situaron detrás de sus padres junto con el médico de la familia y tres sirvientes.




Pasados los minutos, entraron en la habitación soldados armados.  Yákov Yurovsky se paró delante de Nicolás y le dijo que, dado que los simpatizantes de la monarquía seguían atacando a la Rusia soviética, las autoridades de la región lo habían sentenciado a muerte. El Zar alcanzó a balbucear: "¿qué?" y se giró hacia su familia en el momento en que Yurovsky le disparó a quemarropa un tiro en la cabeza, su muerte fue instantánea. La habitación estalló en gritos y disparos. La zarina Alejandra cayó muerta por una sola bala mientras se persignaba. En esa primera ronda fallecieron también dos sirvientes e hirieron a la Gran Duquesa María, al médico y a una criada de la zarina. Los soldados tuvieron que salir de la habitación por el humo, los gases tóxicos de sus armas de fuego y el polvo del yeso que sus balas había liberado de las paredes. Esperaron unos minutos a que la niebla desapareciese de la habitación y regresaron.

Las grandes duquesas, cuyos cuerpos resultaron protegidos por multitud de joyas que ocultaban bajo sus corsés, no mueren inmediatamente y son rematadas a bayonetazos. Las dos hermanas mayores intentaron ponerse en pie, pero Tatiana murió instantáneamente al recibir un disparo en la parte posterior de la cabeza. Un momento después, Olga también murió por un disparo en la mandíbula. El zarevich Alexei fue rematado por dos disparos en la cabeza. Afuera se encontraban unos camiones con los motores encendidos para ocultar el ruido de la matanza. Once personas en total fueron asesinadas. Desnudaron los cadáveres y los subieron a un camión para trasladarlos a una mina, pero el vehículo se averió y los bolcheviques decidieron, precipitadamente, cavar una fosa poco profunda a orillas de la carretera. Para dificultar el reconocimiento de los cuerpos, los rociaron con ácido sulfúrico antes de rellenar la fosa.

 

En torno al asesinato de la familia imperial rusa se tejieron leyendas. Surgieron mujeres que afirmaban ser alguna de las hijas del Zar, que supuestamente habría sobrevivido a la ejecución. La más célebre fue Ana Anderson, que hasta el final de sus días dijo ser la Gran Duquesa Anastasia. En un principio se creyó su versión, pero cuando murió en 1984 las pruebas de ADN revelaron que se trataba de Franziska Shanzkovska, una campesina polaca.

En 1991 fueran exhumados los restos de los Romanov enterrados cerca de Ekaterinburgo. Aparecieron los cuerpos del Zar, su esposa y sus hijas Anastasia, Olga y Tatiana, además del médico y de los tres sirvientes. Faltaban los cuerpos del zarevich Alexei y el de su hermana la Gran Duquesa María, que se encontraron en el verano de 2007. Las comprobaciones de ADN demostraron que ningún miembro de la familia imperial rusa había sobrevivido a la ejecución.  Conozcamos, una por una, a las cuatro hijas del zar, cuyo trágico final sigue conmoviendo al mundo.



OLGA NIKOLAIEVNA ROMANOVA



El 3 de noviembre de 1895, ciento un cañonazos anunciaron a los habitantes de San Petersburgo el nacimiento de la primogénita del zar Nicolás II y la zarina Alejandra Feodorovna, una niña a la que bautizaron con el nombre de Olga. Era un bebé enorme que pesó cuatro kilos y medio y que exhibió al salir del vientre de su joven madre una gran cabeza, la cual presentaba una deformidad y un problema óseo cuya existencia mantuvieron celosamente en secreto los miembros más cercanos de la familia.

Parece que la pequeña había venido al mundo oxicéfala, es decir, con el cráneo cónico. Por eso, en torno a su cuna se alternaron los mejores médicos del mundo. Después de muchos meses de curas eléctricas, y especialmente después de una intervención quirúrgica, se convirtió en una niña del todo normal y muy bella. Después nacerían sus hermanas Tatiana, María y Anastasia y finalmente el ansiado heredero, el zarevich Alexei. Sus amigos y su familia también la llamaban "Olishka" o "Olya".

 


Ella y su hermana Tatiana compartían la misma habitación, vestían igual y eran conocidas como la “ pareja de mayores”. Las hijas del Zar fueron criadas de la manera más austera posible. Dormían en duros catres plegables sin almohadas, excepto cuando estaban enfermas. Tomaban duchas frías por la mañana y por la noche baños templados. Se esperaba de ellas que mantuvieran sus cuartos ordenados y limpios y se dedicaran a la costura para después vender las piezas en varios actos de caridad, siempre y cuando no estuvieran ocupadas en otras tareas. Las niñas seguían una estudiada y establecida rutina. Aprendieron tres lenguas, además del ruso, piano y literatura. Su vida se desarrollaba con placidez, rodeadas del cariño de los padres y aisladas del mundo exterior.
 

Desde pequeña Olga demostró un temperamento independiente, casi rebelde en muchos momentos, especialmente en su adolescencia, además de manifestarse siempre conforme a su voluntad y decir abiertamente lo que pensaba, sin deseos de apegarse a la estricta etiqueta de la Corte, la cual la aburría. En alguna ocasión se mostró arrogante, caprichosa y desconsiderada. Poseía una gran memoria, cualidad que probablemente había heredado de su padre. Decían que era la más inteligente de las hermanas. Adoraba el campo, la música y la poesía. Le interesaba mucho la política y era muy religiosa.

Físicamente era bella, con sus ojos azul grisáceo, iguales a los de su padre, el cabello castaño claro y alta. Su cuerpo era de una contextura fuerte, derivada de los múltiples deportes que practicaba. Su corazón tremendamente compasivo y su deseo de ayudar a los enfermos y desvalidos la hicieron acercarse al pueblo ruso y a sus sufrimientos.
 
Idolatraba a su padre y llevaba un collar con un icono de San Nicolás en el pecho. A pesar de que amaba a la zarina Alejandra, la relación con su madre fue un tanto tensa durante su adolescencia y edad adulta. Olga, como toda su familia, adoraba a su hermano pequeño, el zarevich Alexei o "Baby ". El niño sufrió ataques frecuentes de hemofilia y en varias ocasiones estuvo a punto de morir. Al igual que su madre, Olga y sus tres hermanas fueron también potencialmente portadoras del gen de la hemofilia.

 


Olga y sus hermanas estuvieron rodeadas por hombres jóvenes asignados a su guardia en palacio y en el yate imperial, en dónde se mezclaban con ellos y compartían la diversión de sus vacaciones durante sus cruceros anuales de verano. Su matrimonio fue objeto de gran especulación en Rusia. Entre sus pretendientes figuraron el Gran Duque Dimitri Pavlovich de Rusia, el príncipe Carol de Rumania, el príncipe Eduardo de Gales, hijo mayor de Jorge V de Gran Bretaña, y el príncipe Alejandro de Serbia. Pero era tal el amor que sentía por Rusia, que no admitía la idea de casarse en el extranjero, en un país no ortodoxo. Quería servir a Rusia, casarse con un ruso y tener hijos que a su vez sirvieran a Rusia.
 
Al comienzo de la Primera Guerra Mundial, Olga, junto a su madre y su hermana Tatiana, comenzó a trabajar como enfermera en un hospital, pero tuvo que ser relevada por sufrir intensas crisis nerviosas y se le encomendaron tareas administrativas en las oficinas del hospital.

 


A finales de 1913, Olga se enamoró de un oficial subalterno, Pavel Voronov, en el yate imperial Standart, pero esa relación era imposible debido a la diferencia de clase. Voronov se prometió meses más tarde a una de las damas de honor. " Dios te dé buena suerte, mi amado ", escribió una entristecida Olga en el día de la boda," Es triste, doloroso ".

Más tarde, en sus diarios de 1915 y 1916, menciona con frecuencia a un hombre llamado Mitia con gran afecto. Se trataba de Dimitri Chakh-Bagov, un soldado herido que ella cuidaba cuando era enfermera. El amor de Olga para él fue puro, inocente y sin esperanza, ella trató de no revelar sus sentimientos a las otras enfermeras. Hablaba con él regularmente por teléfono, estuvo deprimida cuando dejó el hospital y saltó de alegría cuando recibió un mensaje de él. Dmitri la adoraba, pero estando borracho mostró a otros oficiales las cartas que le había escrito Olga. Otro joven, Volodia Volkomski, parecía tener afecto por ella también. "(Él)siempre tiene una sonrisa o dos para ella ", escribió la zarina Alejandra a su esposo el 16 de diciembre de 1916.

 


El zar Nicolás le dio un pequeño revolver a Olga, que ocultaba en su cautiverio en Tsarskoye Selo y Tobolsk. Un coronel le rogó a la gran duquesa entregar su revólver antes de que ella, sus hermanas y su hermano fueran trasladados a Ekaterinburgo. La joven, a regañadientes, entregó su arma. En Tobolsk, Olga y sus hermanas habían cosido joyas en sus ropas con la esperanza de ocultarlas de los bolcheviques.
 
En su cautiverio en Ekaterinburgo, perdió mucho peso y estaba muy deprimida, comprendía la situación general mejor que cualquier miembro de su familia y quizá intuía el final que les esperaba a todos. Tenía veintidós años cuando murió. Después de la caída del régimen soviético, sus restos fueron exhumados y sepultados con los de sus padres y dos de sus hermanas en la Catedral de San Pedro y San Pablo de San Petersburgo. Fue canonizada como mártir por la Iglesia Ortodoxa en el año 2000.


Fuentes:
STRAVLO, MARIE. Estoy viva: Memorias inéditas de la última Romanov. Ediciones Planeta Madrid, S.A. 2012
http://dinastias.forogeneral.es/forum/otma-las-hijas-del-zar-nicolas-ii-t422.html
http://en.wikipedia.org/wiki/Grand_Duchess_Olga_Nikolaevna_of_Russia
http://es.wikipedia.org/wiki/Nicol%C3%A1s_II_de_Rusia
http://www.abc.es/20100119/historia-/nicolas-romanov-asesinato-201001191134.html
http://www.sarpanet.info/anastasia/index.php
http://www.portalplanetasedna.com.ar/asesinados3.htm
http://www.1y2gm.com/t1211-la-ejecucion-del-zar-y-su-familia
http://dinastias.forogeneral.es/blog/index.php/hermanas-la-historia-de-alix-y-minnie-de-dinamarca-una-reina-de-inglaterra-otra-zarina-de-todas-las-rusias/alix-y-minnie-part-lx-olga/

sábado, 22 de enero de 2011

JUANA DE PORTUGAL, Reina de Castilla ( II y última)


 
 LA PRINCESA JUANA HEREDERA DE LA CORONA

La fiesta del bautizo se celebró a la semana del nacimiento de Juana, con una ceremonia eclesiástica oficiada por varios obispos y con dos padrinos y dos madrinas. La recién nacida fue bautizada por el arzobispo Carrillo, a quien asistió el joven obispo de Calahorra, Pedro González de Mendoza, cuyo ascenso en la Corte había comenzado. Una de las madrinas era su jovencísima tía la infanta Isabel, que se encontraba en la Corte de su hermano al tiempo del nacimiento de su sobrina y continuó en la Corte los años siguientes, más con la reina Juana y su séquito que con el rey, que giraba por el reino resolviendo sus problemas. Dos meses más tarde, la pequeña Juana fue jurada princesa de Asturias, como heredera de la Corona de Castilla, por las Cortes de Madrid.

Después de haber alumbrado a su hija, Juana de Portugal se retiró a Aranda, donde residió bastante tiempo. La reina sufrió un aborto en el que pudo reconocerse a un varón de seis meses. Enrique IV envió con urgencia al médico judío, maestre Samaya Lubel, que curó a la reina, pronosticando que llegándose el rey a ella podía quedar de nuevo embarazada.

 


¿ES JUANA HIJA DEL REY ENRIQUE?
 
Aquellos nobles descontentos con el gobierno y el carácter pusilánime de Enrique IV pusieron sus ojos sobre el infante Alfonso, por aquél entonces un niño de once años. Dos años después del nacimiento de la princesa Juana comenzó a difundirse la sospecha de que no era hija legítima del rey sino del favorito Beltrán de la Cueva, honrado con señoríos y títulos que le granjearon un ascenso en categoría social tan rápido como sospechoso.

A los calumniadores les resultó fácil decir que no se trataba de otra cosa que de pagar los servicios prestados. De ahí que la niña pasara a ser llamada Juana La Beltraneja. De hecho la promoción de don Beltrán puede explicarse por otras causas: su matrimonio con una hija del marqués de Santillana le incluía en el clan de los Mendoza. Con ellos estuvo en todo momento e incluso participó en la guerra de 1475 defendiendo la causa de Isabel. También se afirma que el rey se encontraba en Logroño en las probables fechas de la concepción de la princesa Juana.
 


 
LA FARSA DE ÁVILA

Los motivos que favorecieron el estallido de la tormenta revolucionaria fueron dados a conocer desde Burgos por los nobles en un documento muy conocido llamado Manifiesto de quejas y agravios. El rey prefirió la paz a la guerra. Condescendió con los nobles pero con algunas condiciones importantes. Nombró heredero al infante Alfonso pero casándose a su debido tiempo con la princesa Juana. El infante abandonaba la Casa de la reina Juana, bajo cuya custodia se encontraba él y su hermana Isabel de trece años, para ser entregado al marqués de Villena. La situación no mejoró sino que se complicó aún más y la rebeldía de una facción de la nobleza se hizo patente y manifiesta.

Su decisión de derrocar al rey y coronar al niño Alfonso la llevaron a cabo en una ceremonia conocida como la “ farsa de Ávila ”. Tras despojar de las insignias reales – corona, cetro y espada- al muñeco que representaba al rey y reconocer al príncipe como monarca, pusieron a la firma de aquél niño un documento en el que daba estado oficial a la acusación vergonzosa de que Enrique IV se había servido de la colaboración de Beltrán de la Cueva para “ usando de la reina a su voluntad ” conseguir el nacimiento de Juana. Nacida en adulterio, la niña no era ni siquiera hija de rey. El nombramiento del infante como rey de Castilla provocó rápidas reacciones a favor y en contra, que condujeron a una guerra de sucesión para la que ninguna de las partes estaba preparada.
 


 
LA REINA JUANA INTERVIENE EN POLÍTICA
 
Estos acontecimientos llevaron a la reina Juana a intervenir mucho más activamente en la política del reino. Mientras que su marido parecía débil, frágil y sin rumbo, Juana se propuso trabajar con fortaleza en favor de la consolidación de la causa de su hija. Por una parte buscó el apoyo de algunos miembros de la alta nobleza, a quienes concedió buenas rentas. Por otra parte, pretendió jugar una buena baza: casar a su hermano Alfonso V de Portugal con la infanta Isabel y buscar el apoyo portugués para su esposo Enrique.

La reina Juana tuvo plenos poderes para realizar la gestión y preparar las capitulaciones matrimoniales entre su hermano y su joven cuñada, y la alianza entre ambos monarcas y reinos. Se desconocen muchos detalles sobre las vistas entre el rey de Portugal y la reina de Castilla, por ejemplo, el tiempo que duraron las vistas en la ciudad portuguesa de Guarda y el que se detuvo la reina Juana en su país, al que visitaba por primera vez desde su boda con Enrique IV.


 


JUANA Y SU HIJA SE CONVIERTEN EN REHENES

A pesar de su lucha, la posición de la reina Juana fue debilitándose cada vez más. La nobleza hizo todo lo posible por anular su influencia e incluso el monarca parecía estar de acuerdo con ello, o al menos no hacía nada por ayudarla. Una condición persistente de la revolución contra Enrique IV fue separarle de su mujer y de su hija. En concreto, consistía en poner a madre e hija en poder de familias poderosas, a veces juntas, a veces separadas, según los planes y el poder de quienes encabezaban la sedición y las exigencias que interesaba imponer al monarca. Así, Juana de Portugal y su hija Juana de Castilla se vieron privadas de libertad, viviendo como rehenes en casa de nobles representantes de las respectivas banderías.
 

 
LA MUERTE DE ALFONSO

Un suceso inesperado cambió de nuevo el sino político castellano: la muerte inesperada del niño rey Alfonso. Unos atribuyen su fallecimiento a la pestilencia y otros a una trucha empanada envenenada, señalando al marqués de Villena como responsable. A pesar de su juventud, la infanta Isabel tiene diecisiete años, toma las riendas de su propia existencia. No duda en recoger el legado de su hermano Alfonso, cuya pérdida le ha causado un profundo dolor, para presentarse como única y legítima heredera del reino de Castilla. Pero no se alza contra su hermano Enrique IV, reconociendo su autoridad y reclamando de él que la reconociese como su sucesora.
 

 
 
EL ADULTERIO DE LA REINA
 
 
Muy oportunamente, en medio de esta disputa, se dio a conocer un escándalo sobre la reina Juana. Recluida en el castillo de Alaejos, separada de su hija y custodiada por el arzobispo de Sevilla, Alfonso Fonseca, de quien se rumoreaba que era su amante, Juana se había lanzado a los brazos de un joven noble, sobrino del arzobispo y de sangre real, Pedro de Castilla, llamado El Mozo, diez años más joven que ella. Amor apasionado que no podía ocultarse porque muy pronto se producirían frutos.

La reina, derrotada en su vida oficial, política y personal, buscó la felicidad en una vida extraoficial. Juana de Portugal sintió un profundo amor hacia su amante que la llevó a desafiar todas las consideraciones sociales. Mantenía la relación con este hombre como algo auténtico en su vida. No era un asunto pasajero, sino una unión estable que le permitió tener una familia, aunque las circunstancias no le permitían legalizarla. Se dice que cuando el rey quiso prender a ese su pariente, la reina de Castilla se atribuló con tantos lloros que el rey lo mandó liberar.

Su relación con Pedro de Castilla se mantuvo durante mucho tiempo y tuvo dos hijos gemelos con él, llamados Andrés y Apóstol (también llamado Pedro). A pesar de que la relación con su amante no debió ser siempre fácil, pues hay noticias de que a veces él pegaba a la reina, ésta debió ser la única felicidad de esta mujer que sufrió mucho por causa de un marido con un carácter difícil y unos problemas físicos espinosos. Tal vez su único pecado fue enamorarse del único hombre que la quiso y la protegió, algo que no había hecho su esposo Enrique.


 


 LA HUIDA DE JUANA
 
Tal vez fuese la afrenta por la escandalosa conducta de la reina lo que espoleó a Enrique a llegar a un pacto con su hermana. Ante las perspectivas de negociación entre Enrique e Isabel, que incumbían en buena manera a su hija Juana, el rey envió a varios nobles para que sacasen a su esposa del castillo y la acompañasen a Madrid. Se alteró la reina porque en la Corte le hubiera sido imposible disimular su embarazo de siete meses, fruto de su relación extraconyugal, y despidió con un pretexto a los enviados de su esposo. Como consecuencia de la necesidad de disimular el embarazo de sus hijos ilegítimos, se la considera inventora del llamado “guardainfante”, un vestido muy ancho, mantenido rígidamente por unos aros cosidos a la tela, y que daban a cualquier mujer, incluso a la más flaca, un aspecto de matrona o de mujer próxima a dar a luz.

La única salida de Juana era la huida. De forma rocambolesca, con la complicidad de un criado y de sus damas de compañía, se descolgó por el muro del torreón, llamado del “tocador”, metida en un cesto. Parece ser que la reina se golpeó al caer y se lastimó en la cara y en la pierna derecha. Al otro lado la esperaba su amante que la llevó malherida a Cuellar, señorío de Beltrán de la Cueva. Después partió hacia la villa de Buitrago, donde estaba su hija bajo custodia del conde de Tendilla, perteneciente a la familia Mendoza. Allí alumbró a sus dos hijos gemelos y siguió viviendo con los Mendoza en Trijueque.




Más tarde, la reina pasó largas temporadas en los alcázares de Segovia y de Madrid, bajo el poder de Pacheco y de Cabrera, a continuación en Ocaña, en Escalona y en Trujillo. A base de indicios, se puede avanzar que la reina y su hija estuvieron en rehenes de seis a diez años. Podían ser de oro, pero nunca dejaron de ser jaulas.

Se desconoce la vida de la reina y de su hija en las mansiones de estos ilustres linajes. No estará fuera de lugar pensar que les regalaban a tan altos personajes no sólo con exquisitez de trato, sino creando en su entorno una vida cultural que a los Tendilla y Mendoza sobraba y de la que ambas mujeres carecían. La reina no vivía desposeída de sus señoríos y de sus rentas y, a su vez, Enrique IV no las tenía desatendidas.




EL PACTO DE GUISANDO


Sin la presencia de la reina se hicieron las negociaciones entre Enrique IV e Isabel, que se sellarían en lo que se ha llamado “ el pacto de los Toros de Guisando ”, en septiembre de 1468. En ese acto el rey declara a Isabel princesa heredera de la Corona. Como la reina Juana se hallaba en flagrante adulterio " de un año a esta parte no ha usado limpiamente de su persona...", y, además, se informa al rey que no está legítimamente casado con ella, se determina que fuese enviada a Portugal, manifestando Enrique estar dispuesto a divorciarse. No se cumplió esta cláusula. En el pacto de Guisando no se dijo expresamente que la niña Juana fuese bastarda o adulterina, de modo que su posición podía referirse a la del fruto de un matrimonio ilegítimo. Por eso no iba a ser enviada con su madre a Portugal, sino que permanecería en la Corte hasta que se hubiera acordado para ella un matrimonio conveniente.

Por su parte,  Isabel renuncia a arrebatarle el trono a su hermano mientras éste viva, aunque muchos la azuzan para que lo destrone. Una de las obligaciones que se imponían a la princesa en ese pacto era la de casarse " con quien el dicho señor rey acordare y determinara, de voluntad de la dicha señora infante, y de acuerdo y consejo de los dichos arzobispo, maestre y conde, y no con otra persona alguna ". La reina Juana y su hija elevaron una apelación formal ante el Sumo Pontífice y el conde de Tendilla también interpuso una apelación en nombre de todos los reinos y señoríos de la Corona de Castilla, protestando de que se hubiese nombrado princesa a Isabel.

La princesa Isabel rechazó a los pretendientes que le eligieron y tomó la decisión de casarse con Fernando de Aragón. Enrique, disgustado por esta boda, desheredó a su hermana. Expuso que había aceptado nombrarla su heredera para evitar mayores problemas en el reino. Ahora volvía a la situación inicial, su heredera era su hija.

 

 
 EL JURAMENTO DE VALDELOZOYA
 

De nuevo se llamó a la reina Juana para que hiciese una declaración conjunta con su esposo en la que ambos ratificasen la legitimidad y legalidad de la princesa Juana como hija suya para, más tarde, proclamarla heredera. Era un requisito exigido por el duque de Guyena, hermano de Luis XI de Francia, con quien estaban negociando las capitulaciones matrimoniales de la niña. En Valdelozoya, con toda solemnidad, tendría lugar la ceremonia del reconocimiento de la nueva sucesora ante Jean Jouffroy, cardenal de Albi, que era el negociador plenipotenciario que el monarca francés había enviado.
 
Enrique IV, acompañado de su séquito, salió del monasterio de El Paular dirigiéndose hacia el Valle del Lozoya. Por su parte, los Mendoza acudieron a su encuentro desde Buitrago, dando escolta a la reina y a su hija Juana. Estaba preparado y estudiado el protocolo al detalle. El licenciado de Ciudad Rodrigo leyó la carta patente firmada por Enrique IV y su esposa Juana de Portugal; en ella se insistía, considerándolo como un delito, que Isabel hubiese rehusado el matrimonio propuesto por el rey y se hubiese casado con el rey de Sicilia.
 
A continuación el cardenal de Albi tomó juramento a los reyes sobre la legitimidad de su hija. La reina de Castilla prestó juramento ante un crucifijo de que "yo soy cierta que la dicha Princesa doña Juana es hija legítima y natural del dicho señor rey y mía y por tal la reputo y trato y tuve siempre y la tengo y reputo ahora". Luego juró el monarca que " siempre la tuve y traté y reputé por mi hija legítima". Los nobles y prelados prestaron a la princesa el juramento de fidelidad y obediencia como heredera de la Corona. Después, el cardenal de Albi efectuó los esponsales por poderes entre la niña Juana y el conde de Boulogne, representante del duque de Guyena, los cuales nunca después se confirmaron a causa de la muerte del novio en 1472. No se procuró un nuevo juramento de las Cortes.
 
 


LA MUERTE DE ENRIQUE IV
 

La noche del 12 de diciembre de 1474 fallecía Enrique IV en el Alcázar de Madrid. Desde esta fecha, Juana de Portugal se convirtió en La triste Reina, título admitido en el tiempo por las mujeres viudas. No consta que estuvieran presentes en la expiración del rey, su mujer y su hija. Seguían como rehenes y es muy posible que no les hubiesen permitido viajar a Madrid. La reina se hallaba bien custodiada en el castillo de Trujillo.Tan pronto como murió Enrique IV, su hermana Isabel se hizo proclamar reina de Castilla en Segovia, recibiendo las llaves del Alcázar donde se encontraba el tesoro. En el otro bando, las dos Juanas, madre e hija, lloraban al marido y al padre y pedían consejo y auxilio a Alfonso V de Portugal.

Tan útil fue la muerte del rey para muchos que se pensó en el arsénico como causante, puesto que ese veneno suele provocar los mismos efectos que él sufrió. La reina Juana demandó una investigación a los Consejos y su hija envió una carta a las autoridades de Madrid para que investigaran. Pero todos decidieron hacer oídos sordos.


 
EL FIN DE LA TRISTE REINA

Seis meses después de morir su esposo, Juana de Portugal le siguió a la tumba, falleciendo a la edad de 36 años por una misteriosa enfermedad o por haberle sido administrado algún veneno, algunos creyeron que le habían dado yerbas. La reina, que amaba la alegría y la pompa, murió humildemente, tirada en el frío suelo del convento de San Francisco el Grande cubierta con un pobre hábito. Había pasado los últimos seis meses de su vida en unas sencillas habitaciones contiguas al pórtico de San Francisco, menos una que daba a San Onofre. Isabel La Católica mandó erigirle un mausoleo con una estatua y el epitafio: " Aquí yace la muy excelente, esclarecida y muy poderosa reina doña Juana, mujer del muy excelente y muy poderoso rey Enrique IV, cuyas ánimas dios aya, la qual falleció día de san Antonio, año de mil cuatrocientos setenta y cinco". Se ha escrito que su muerte fue poco llorada y sentida en el reino.

En su testamento pedía con un rasgo de coquetería femenina: " que sea enterrada en algún lugar hueco que no llegue luego la tierra sobre mí ". A su amante Pedro de Castilla le otorgaba la mitad de Sequera de Torregalindo " por el señalado servicio que me hizo cuando me sacó de Alaejos". Sus dos hijos ilegítimos no aparecen en el testamento de la reina Juana, siendo presumible que se hicieron cargo de ellos los Castilla. La reina Isabel procuró con caridad y dignidad su mantenimiento y educación, así como el cuidado del sepulcro de la reina Juana en Madrid. En 1760 se demolió la antigua iglesia de San Francisco donde se encontraba la sepultura de la reina Juana de Avis y sus huesos, que estaban cubiertos por un paño en un ataúd de madera, se perdieron, ante la indiferencia general.
 


Reina vilipendiada

La historiografía no ha cargado de valores positivos a esta reina. Juana de Portugal alcanzó en su época fama de mujer frívola y lujuriosa. La mayor parte de los cronistas de su tiempo así la califican. En la descripción de la segunda esposa de Enrique IV no sólo se alude a su belleza, se dice que con ella aumentó la degradación moral de la austera corte castellana. No dieron la misma impresión los poetas, que le dedican juicios menos agresivos.

La historiadora francesa del siglo XVII, Charlotte Rose de Caumont de la Force, en la Histoire secrete de Henri IV, roi de Castille, dice de ella: " Nadie que lea esta historia será insensible a la desventura de esta Princesa, expuesta a tantas violencias de los que la rodearon. Así fue la Reina Doña Juana de Portugal: siendo buena vivió sin que se la creyera virtuosa, y todos los que vivieron bajo el reinado de Isabel la Grande se esforzaron y regocijaron en inventar acerca de ella mil vergonzosas calumnias ".



¿ Por qué los nobles castellanos se convirtieron en enemigos de la reina Juana ?

Tarsicio de Azcona escribe en su libro " Juana de Castilla, mal llamada La Beltraneja " que la gran enemistad de los nobles castellanos contra Juana de Portugal es anterior a sus presuntas relaciones con Beltrán de la Cueva y del nacimiento de su hija Juana. Los cronistas apuntan muchas veces a que fue ella quien se dedicó a la organización de la Corte, a la forma de gobierno, a las entradas y salidas en palacio, a los privados del rey y a los negocios de Estado. No fue aceptada por muchos nobles, prelados y caballeros por sus valores políticos enérgicos, que llenaban el evidente vacío de su esposo Enrique IV, en torno a la concepción del Estado y del poder y al ejercicio del mismo, sobre todo frente a la revolución. Fue el rey quien " nunca quiso tomar osadía de varón para hacerse temer " y claudicó siempre ante las apetencias de los nobles, contra la voluntad de la reina.

La revolución política y social de los nobles y de los prelados se ensañó contra ella, a quien levantó las más hirientes difamaciones: que no estaba casada canónicamente con el rey, que la princesa Juana era hija adulterina, que era una mujer lasciva y sin honra, y que había querido corromper a los dos jóvenes hermanos de su esposo e incluso matarlos.

Marsilio Cassotti, autor de la reciente biografía sobre Juana de Portugal, "A Rainha Adúltera", opina que los nobles castellanos no querían que triunfase la política matrimonial de la reina Juana, que quería conseguir, a través de las bodas que preparaba, una anexión de la Corona de Castilla con el reino de Portugal. La idea de la reina era casar a su cuñada Isabel con su hermano Alfonso V de Portugal y a su propia hija Juana con el hijo de su hermano, su sobrino, el Príncipe Perfecto. Así se habrían unido los dos reinos, pero con un fuerte peso de la parte portuguesa. Pero como los nobles castellanos no querían una presencia aún más fuerte de los portugueses, acabaron sumándose a las filas de Isabel, apoyando la boda de ésta con Fernando de Aragón, con lo que la Corona de Castilla acabó anexionándose a la de Aragón y no al reino de Portugal, como quería la reina Juana.



Fuentes:
Tarsicio de Azcona, Isabel la Católica: Vida y Reinado. La esfera de los Libros S.L., 2002
Tarsicio de Azcona, Juana de Castilla, mal llamada La Beltraneja. La esfera de los Libros S.L., 2007
María José Rubio, Reinas de España, Las Austrias. La esfera de los Libros S.L., 2010
María Jesús Fuente, Reinas medievales en los reinos hispánicos. La Esfera de los Libros S.L., 2004 Fernando Gonzalez-Doria, Las Reinas de España. Editorial Bitacora S.A. 1989
http://www.genealogia-es.com/castilla/portu1.htm
Isabel La Católica. Ediciones Urbión S.A 1983
Luis Suárez, Isabel I, Reina. Editorial Ariel, S.A. 2000 y 2005
http://www.genealogia-es.com/castilla/portu2.htm
Almudena de Arteaga, La Beltraneja, el pecado oculto de Isabel La Católica. La esfera de los Libros S.L. 2009
Rubén Martín Vaquero, Tres reinas Trastámara. Buenaventura Editorial 2012
Peggy K. liss, Isabel La Católica. Editorial Nerea S.A. 1998
http://www.galeon.com/isabelcatolica/beltraneja.htm
http://gw1.geneanet.org/fracarbo?lang=fr;p=juana;n=de+portugal+y+de+aragon
http://www.flickr.com/photos/thelostgallery/5986782147/
http://www.elmundo.es/elmundo/2012/10/18/cultura/1350564426.html#comentarios
http://pessoasenmadrid.blogspot.com.es/2013/02/dona-juana-de-avis-reina-de-castilla-y.html Imágenes pertenecientes a la primera temporada de "Isabel" (2012)


domingo, 16 de enero de 2011

JUANA DE PORTUGAL, Reina de Castilla ( I )

 
JUANA DE AVIS
 
La segunda esposa de Enrique IV de Castilla sería una hermosa infanta portuguesa de negros cabellos llamada Juana de Avis. Era hija del rey Duarte I y de su esposa Leonor de Aragón. La infanta vino al mundo el 20 de marzo de 1439 en la Quinta do Monte Olivete, Almada, seis meses después de la muerte del rey Duarte. Su viuda fue designada regente del reino durante la minoría del primogénito y heredero, Alfonso V, que en ese momento tenía apenas seis años. Pero pronto encontró la reina Leonor la oposición de su cuñado el infante Pedro, que no consentía que gobernase una mujer extranjera y esperaba que la regencia recayese en él mismo.
 
Doña Leonor tuvo que huir a Castilla y en Toledo se crió la infanta Juana. Cuando contaba seis años, la pequeña Juana perdió a su madre presuntamente envenenada por orden del condestable Álvaro de Luna. Pero no es el único envenenamiento real que le atribuyen al condestable de Castilla. También ha circulado que Don Álvaro de Luna envenenó a la reina de Castilla, María de Aragón, madre de Enrique IV y hermana de la reina Leonor. La infanta huérfana regresó a la corte portuguesa a la edad de ocho años.
 
 
 
MATRIMONIO CON ENRIQUE IV DE CASTILLA
 
 
Enrique IV de Castilla se había casado con Blanca de Navarra en 1440, pero fue un matrimonio totalmente fracasado que humillaba profundamente a su esposa. El rey no podía tener relaciones con ella y por lo tanto existía una imposibilidad de consumar la unión. Tras trece años fue anulado, una nulidad que daba al rey la posibilidad de contraer un nuevo matrimonio. La corte portuguesa estuvo de acuerdo en conceder la mano de la infanta Juana pero sin aportar dote, corriendo por cuenta del novio dote, casa y arras. En el contrato matrimonial se anotaba el derecho de la princesa a elegir a las personas que iban a formar parte de su casa, se especificaba que podía traerse con ella hasta doce doncellas, una honrada dueña y un ama.

La corte de Lisboa apretó las clavijas en los aspectos económicos, en previsión de un porvenir no claro para la futura reina de Castilla. Enrique tuvo que depositar 100.000 doblas de oro, en moneda acuñada y metida en tres talegones muy grandes, en las arcas de un banquero de Medina del Campo. De este modo, si por cualquier causa o razón el segundo matrimonio tenía que declararse también nulo, la dama podría regresar a su reino cubiertas las espaldas por un sustancioso capital.
 


 
El matrimonio del rey Enrique IV, de treinta años de edad, con Juana de Portugal, de dieciséis, se celebró en Córdoba un día de mayo de 1455 oficiado por el obispo de Tours, embajador de Francia. El monarca impidió la presencia de un notario y testigos en la real cámara la noche de bodas, como consecuencia del recuerdo de la mala experiencia en su primera boda. Aunque el rey y la joven reina pasaron su noche de bodas en el mismo lecho, a la mañana siguiente, según Valera, la reina quedó, para disgusto de todo el mundo, tan entera como había venido. No se mostró la sábana con la mancha consabida.

El cronista Alonso de Palencia señala que faltó la necesaria dispensa del impedimento de consanguinidad entre los cónyuges, por lo que el matrimonio no sería canónico. Los esposos eran primos hermanos. En la Real Academia de la Historia de Madrid se encuentra la bula original del papa Nicolás V en pergamino, de dispensa para el matrimonio, fechada en Roma el 1 de diciembre de 1453.

 


LA REINA JUANA
 
Sobre la reina Juana, las fuentes hablan de su hermosura y del libertinaje que introdujeron ella y su comitiva de damas jóvenes en la austera corte castellana. La joven reina tenía afición a los “afeites” o maquillajes que gustaban también a sus jóvenes damas acompañantes y como a ellas, la imagen de pecaminosa, coqueta y seductora acompañó a Juana. El cronista Alonso de Palencia criticaba duramente a las jóvenes que acompañaron a la reina, e indirectamente a ella, calificándolas de depravadas por estar más inclinadas a la seducción de lo que a doncellas conviene:
 
"Usaban y abusaban de trajes provocativos, aceite y perfumes, y no cuidaban de hacerlo en secreto sino en público, descubriéndose desde los pezones de los pechos hasta el ombligo, y untándose desde los dedos de los pies los talones y las canillas hasta la parte más alta de las ingles y muslos, para que al caer de sus hacaneas como con demasiada frecuencia ocurría, brillase en todos sus miembros una blancura uniforme".
 
 
 
Apenas nada se puede aducir sobre la cultura personal de la reina y menos sobre su mecenazgo sobre las letras y las artes. Es seguro que nunca olvidó el portugués y que aprendió bien el castellano, como se demuestra por cartas autógrafas de Juana de Portugal. Tampoco se pueden aducir detalles especiales sobre su religiosidad, celebración del culto en palacio, aunque en la documentación aparezca alguna leve alusión a cantores e instrumentistas portugueses. Nunca se han encontrado alusiones a libros religiosos de su uso, mucho menos a libros de horas, o a la impresión, recién estrenada, de libros antiguos y nuevos.
 
El aspecto que más se refleja en los cronistas es el de los convites, bailes, torneos y juegos. En algunos sonados acontecimientos citan también las corridas de toros. Eran ocasiones propicias las fiestas domésticas y sobretodo el derroche de Enrique IV con las embajadas extranjeras, especialmente de Portugal, Francia y Borgoña. En los mismos se resalta la belleza, la feminidad y la magnificencia de la reina, así como la destreza de los nobles, ávidos de complacer a la soberana. Debió de ser realmente espléndida su belleza, porque, aun contando con la lisonja cortesana, es unánime el elogio que hacen de ella cronistas y viajeros.
 
 
 
Es seguro que la reina no acompañó a su esposo en las campañas contra los musulmanes de 1455 y de los tres años siguientes. Aunque pudo en 1457 conocer la frontera de la tierra de musulmanes e incluso visitar con su marido y toda la corte el lugar de Cambil. Describe el cronista Valera:
 
Y llegaron así con esta gente el rey y la reyna tan cerca de Cambil, que parecía quería combatir la fortaleza, y como los moros vieron ansí llegar la gente, salieron a las barreras, y la reyna demandó una ballesta, la qual el rey le dio armada, y fizo con ella algunos tiros en los moros. Y pasado este juego, el rey se volvió para Jaén …
 
Juana de Portugal gustaba de lucirse vestida de amazona, con escudo de armas y yelmo en la cabeza, y acompañada con nueve de sus damas en el campo de Cambil. No consta que hubiera acompañado a su marido en los diversos viajes que realizó hacia el señorío de Vizcaya, la hermandad de Álava y la provincia de Guipúzcoa. Mucho menos cuando Enrique IV viajó hasta la frontera francesa para ajustar su política contra Juan II de Aragón. Consta, en cambio, que se desplazó a las fronteras de Navarra y Aragón para tratar con Juan II los graves problemas aragoneses-castellanos. Tampoco la reina abandonó el de Castilla para asomarse a los reinos de León, Galicia y Asturias. Juana de Portugal, bien sola, bien con su marido, situó su presencia en Madrid y Segovia y en los lugares de su señorío, como Aranda. Con motivo de sus diversos viajes a Andalucía conoció a fondo Ocaña, Toledo y Écija. Sevilla y Badajoz llegaron a resultarle familiares.
 

 
PROBLEMAS EN EL MATRIMONIO

El segundo matrimonio de Enrique con Juana de Portugal tampoco fue fértil durante los siete primeros años. Existen motivos para pensar no sólo en problemas viriles del rey, sino también en indisposiciones de la reina. Los cronistas de su época hacen alusión frecuente a las corrompidas costumbres, a las obscenidades y a los deleites de la depravada vida del rey. Afirman que ya en tiempos de su primer matrimonio, Enrique IV provocaba a su esposa Blanca de Navarra a frecuentar otros hombres para que se quedase embarazada. La princesa doña Blanca se había negado a ello. Esta actitud se repite con Juana, a la que inducía a relacionarse con uno de los favoritos del rey, Beltrán de la Cueva. Los rumores apuntaron que mantenía relaciones homosexuales con el soberano.

La reina se resistió durante largo tiempo al insolente mandato y enviaba mensajeros con quejas a su hermano el rey de Portugal. A pesar de los deseos de Enrique IV, la reina mantuvo su virtud y durante años Juana fue una mujer fiel, pues todo su interés estaba puesto en dar un heredero a la Corona de Castilla. Mientras tanto, se estaba consolidando la posición del infante Alfonso, hermano pequeño del rey, como heredero del trono. Tras él se hallaba su hermana Isabel.



 
INFIDELIDADES DEL REY

Durante esos años no le faltaron amantes al rey. Una fue Guiomar de Castro, una de las damas que la reina Juana trajo en su séquito, que era tan bella como enredadora, ambiciosa e intrigante. Esta dama, con humos de gran señora, no desaprovechaba oportunidad para mostrarse altiva con la reina. Un cronista recogió un fuerte altercado entre la esposa y la amante, en el que la reina la tomó por el pelo, le rasgó el rico vestido, la hizo caer en tierra y vengó bien sus agravios por mano propia. Enrique IV zanjó la cuestión dirigiendo muy fuertes y enojosas palabras a su esposa, mostrando hallarse muy dolido por su conducta. Doña Guiomar tuvo la protección del rey, quien le puso un palacio y la visitaba asiduamente, pero lo hacía más con fines de provocar escándalo que de otra cosa, pues había serias dudas de que el rey mantuviera relaciones con ella más allá de las simplemente amistosas. Hijo no hubo.

Lo mismo ocurrió con otra amante, Catalina de Guzmán, a la que el rey hizo abadesa del convento de San Pedro de las Dueñas de Toledo, a pesar de la oposición del arzobispo de esa ciudad. El morbo de las relaciones con una abadesa no fue más allá de lo que el cronista Alonso de Palencia calificó de “ juegos de artificio ”, pues hijo tampoco hubo. No faltaron las maledicencias sobre las relaciones del rey con María de la Cueva, hermana de su favorito, quien estaría “depositada” en un convento por orden de la reina Juana.
 

 
 
 
ANUNCIO DE EMBARAZO
 
Los médicos de la corte, y en especial maestre Samaya Lubel, apuraban las experiencias del tiempo e intentaban otras nuevas a fin de lograr que la reina quedase embarazada. En 1461 se anunció el embarazo de la reina Juana. Enrique, de treinta y seis años y con dos décadas intentando tener descendencia, recibió la noticia con tanta alegría que organizó una procesión para el traslado solemne de la reina a Madrid y le concedió a su esposa la villa de Aranda, en la que se había producido el feliz acontecimiento de la concepción del vástago que esperaban.

La nobleza, convencida de la esterilidad del matrimonio regio, recibe el hecho con estupor y desconfianza. Se dice que el rey se encontraba en Logroño en las probables fechas de la concepción de la princesa Juana. En un manuscrito de un médico alemán llamado Hieronymus Münzer, que viajó por España y Portugal entre 1494 y 1495, consta que los médicos construyeron una cánula de oro que fue introducida en la vagina de la reina para inyectar por ella el semen del rey. Una técnica que aunque estaba prohibida por la religión católica sí era practicada por los médicos judíos que habrían atendido a la reina.


 

NACIMIENTO DE LA PRINCESA JUANA
 
El 28 de febrero de 1462, en el viejo alcázar regio madrileño, le llegó a doña Juana el momento del parto, que fue un acontecimiento al que asistieron los grandes y buena parte de la corte. La reina, ayudada por el conde de Alba de Liste, se colocó en cuclillas, la postura habitual para dar a luz. A un lado de la reina, y en riguroso orden de importancia, estaba el rey, el marqués de Villena, el comendador Gonzalo de Saavedra y el secretario Álvar Gómez. Al otro lado, el arzobispo de Toledo, el comendador Juan Fernández Galindo y el licenciado Cadena. Tras un parto difícil, la reina dio a luz a una niña a la que llamaron Juana. El rey celebró el nacimiento con festejos reales.



Fuentes:
http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=leonor-de-aragon-reina-de-portugal
Tarsicio de Azcona, Isabel la Católica: Vida y Reinado. La esfera de los Libros S.L., 2002
María Jesús Fuente, Reinas medievales en los reinos hispánicos. La Esfera de los Libros S.L.,2004
María José Rubio, Reinas de España, Las Austrias. La esfera de los Libros S.L., 2010
Luis Suárez, Isabel I, Reina. Editorial Ariel, S.A. 2000 y 2005
Peggy K. Liss, Isabel La Católica. Editorial Nerea S.A. 1998
http://es.wikipedia.org/wiki/Enrique_IV_de_Castilla
http://www.genealogia-es.com/castilla/portu2.htm
Manuel Fernandez Álvarez, Isabel La Católica. Espasa Calpe S.A, 2006
Tarsicio de Azcona. Juana de Castilla, mal llamada la Beltraneja. La Esfera de los Libros S.L. 2007
Imágenes pertenecientes a la primera temporada de la serie " Isabel" ( 2011) producida por Diagonal TV

martes, 11 de enero de 2011

BLANCA II DE NAVARRA, La esposa repudiada de Enrique IV de Castilla


 
ESPOSA DE ENRIQUE IV DE CASTILLA

Probablemente nos encontramos ante la historia de una de las princesas más desdichadas del Medievo. Hija de la reina Blanca I de Navarra y de Juan II de Aragón, concertaron su matrimonio con el príncipe Enrique de Castilla cuando ella tenía doce años y su futuro esposo once. Este enlace procuraba evitar el enfrentamiento entre tres reinos hispánicos: Castilla, Navarra y Aragón. El Papa les concedió la dispensa para que pudieran contraer matrimonio. Los jóvenes príncipes eran primos carnales.

Corría el mes de agosto de 1440 cuando la novia viajó a Castilla, acompañada por su madre la reina Blanca y una brillante comitiva de dueñas, caballeros, escuderos y mozos de servicio, para contraer matrimonio con Enrique. El príncipe había cumplido los quince años y Blanca, un año mayor que él, contaba con dieciséis. Una vez en tierra castellana, la reina de Navarra aprovechó para realizar una peregrinación al santuario de Guadalupe en Extremadura y para mediar en las constantes disputas de su marido con los nobles castellanos, esto la llevó a un constante movimiento en el reino castellano, donde le acabaría sorprendiendo la muerte en abril de 1441.


A causa de los accidentes que ocurrieron en un torneo celebrado ante los reyes de Castilla y de Navarra y la muerte de un importante noble castellano, se cancelaron las numerosas celebraciones prenupciales. La boda no se suspendió por ello, pero en vez de celebrarse en la catedral de Valladolid se ofició en la capilla privada de palacio. Antes de la boda, la infanta Blanca acudió al Alcázar en un hermoso palafrén, acompañada por su madre que montaba una mula. No les recibió el rey Juan II de Castilla sino la reina María de Aragón, madre del novio. Después de una breve ceremonia de boda no hubo ningún festejo ese día, hasta llegada la noche en que la reina María ofreció una cena, a la que tampoco asistió el Rey.

Tras la cena, los jóvenes contrayentes se retiraron a la cámara nupcial acompañados por testigos. Esos testigos tenían que dar fe de que el matrimonio se había consumado, para lo cual se llegaba a levantar la sábana del lecho para comprobar que estuviera manchada de sangre, testimonio del desfloramiento de la princesa Blanca. La sábana no expuso resto alguno. Los cronistas señalan que los recién casados durmieron en una cama y la princesa quedó tan entera como venía.

 


 PROBLEMAS CONYUGALES

Enrique volvería a fracasar ante su joven esposa cuantas veces lo intentara a lo largo de los tres años en que lo pretendió, pero después claramente la rehuía. Los " tratamientos de fertilidad " aplicados al rey, " devotas oraciones (...) otros remedios (...) entre los que se contarían los que le enviaban desde Italia, metrópoli de la ciencia erótica, los embajadores que el rey tenía allí ", no dieron resultado.

Se difundió la idea de que el príncipe era impotente, una fama que circuló con escándalo y con burlas crueles en los corrillos de palacio, en atrevidos cantares de coplas de palaciegos ridiculizando la frustrada consumación del matrimonio, saltando pronto a calles y plazas de la corte, corriendo por campos y lugares de todo el reino. Se hablaría también de homosexualidad. Se decía que en sus años mozos, antes de su primer matrimonio, había sido muy activo en abusos y deleites … de donde le vino la flaqueza de su ánimo y disminución de su persona ”.

Dicen cronistas que Enrique habría animado a su esposa a mantener relaciones extraconyugales en un intento de enmascarar su impotencia y proporcionar un heredero al trono. Pero tropezó con los principios morales de la joven princesa que no cedió a sus pretensiones:

Don Enrique tenía 16 años cuando celebró aquella farsa de matrimonio, y si bien durante algún tiempo no despreció abiertamente a su esposa, y aun pareció tener en algo el afecto de su suegro, sin embargo, mientras ella se esforzaba en agradarle y ganar su cariño, él hubiera deseado que otro cualquiera atentase contra el honor conyugal para conseguir, a ser posible, por su instigación y con su consentimiento, ajena prole que asegurase la sucesión al trono; pero como la casta consorte rechazase en una lucha sin testigos tamaña maldad, aquel estudiado cariño e inútil trato fueron entibiándose de día en día.

 


Transcurridos trece años desde su boda con la princesa Blanca, Enrique decidió separarse de su cónyuge para casarse de nuevo. Este matrimonio fue anulado por el obispo de Segovia en 1453, alegándose por ambos cónyuges no haber hecho uso del matrimonio, certificándose por examinadores y testigos tanto la correcta virilidad del todavía príncipe heredero de Castilla, como la probada virginidad de su mujer.

Algunas mujeres de Segovia, seguramente escogidas entre las de vida airada, no dudaron en asegurar que el príncipe había cumplido con ellas como hombre hecho y derecho. Es más, afirmaron que era tan potente como podía serlo el que más, llegando a describir su miembro viril. Matronas casadas especializadas in opere nuptiali, testimoniaron que la princesa estaba virgen e incorrupta, como había nacido, después de examinarla.

Por lo tanto, el fracaso matrimonial habría que achacarlo a alguna brujería o maleficio. La sentencia de nulidad fue confirmada en Roma por el papa Nicolás V, lo que obligó a la infeliz Blanca a tomar el camino de regreso a Navarra, cabizbaja y humillada.



 
DE REGRESO A NAVARRA

Encuentra a Navarra sumida en una guerra civil que enfrentaba al bando de los beamonteses con el de los agramonteses que apoyaban, unos, al príncipe Carlos de Viana y otros, a su padre Juan II de Aragón, en su pugna fratricida por el trono navarro. Blanca toma partido abiertamente por su hermano y su padre los deshereda en favor de una hermana menor, Leonor, casada con el conde Gastón IV de Foix. Antes de morir, el príncipe de Viana redacta su testamento en el cual nombra heredera a su hermana Blanca. La muerte de su hermano, en circunstancias sospechosas, la convierte en la reina legítima de Navarra. Pero su padre y su madrastra, por un lado, y su hermana Leonor por otro, no estaban dispuestos a aceptarlo.

El rey Luis XI de Francia pacta el matrimonio de su hermana Magdalena de Valois con Gastón, primogénito de la infanta Leonor, de este modo Navarra estaría bajo influencia francesa en un futuro si su consuegra, la condesa de Foix, llegaba a ser proclamada reina de Navarra. Blanca era el único obstáculo, y para deshacerse de ella tenían que evitar que volviera a casarse, manteniéndola confinada o retenida en custodia. En la Concordia de Olite, Luis XI y Juan II acordaron dejarla bajo la custodia de los condes de Foix. Leonor prometió a su padre que su marido le ayudaría si la nombraba con sus hijos heredera de Navarra.


Castillo de Olite


Juan II intentó  engañar a Blanca, que estaba en Olite, pidiéndole que fuera con él a Francia, donde iba a entrevistarse con Luis XI porque quería que se casara con el duque Carlos de Berry, hermano del monarca francés. Como Blanca, que se había enterado del acuerdo entre su padre y su hermana Leonor, no cayó en la trampa, Juan II ordenó a Pierres de Peralta que la trasladara a la fuerza del  castillo de Olite a los territorios de los condes de Foix en Bearn. De nada sirvieron las protestas, las lágrimas y las súplicas de la princesa.

En abril de 1462, la desdichada Blanca fue conducida a Francia; cuando llegó  a Roncesvalles el día 23, escribió una protesta afirmando que se estaba obrando contra su voluntad y por la fuerza, que la querían entregar como prisionera al rey de Francia y al conde de Foix para obligarla a renunciar a su derecho a la sucesión al trono de Navarra a favor de su hermana Leonor de Foix o del infante Fernando, advirtiendo que sólo abdicaría a favor de su ex marido Enrique IV de Castilla o del conde de Armagnac.

 


Castillo de Moncada, Orthez
 

 
LA REINA CAUTIVA


El 26 de abril fue llevada a la villa de Saint-Jean-Pied-de-Port en Baja Navarra. Blanca sabe que la van a llevar a la villa de Saint Palais y luego a Bearn, y teme no ya por su trono sino por su vida. Es entonces cuando escribe una carta a su ex marido Enrique IV de Castilla, al conde de Armagnac, a Juan de Beaumont y a Pedro López de Irurita para que intentaran liberarla; y que si no podían conseguirlo, que emprendiesen una guerra para librarla a ella y al reino de Navarra, dándoles poder para que concertaran su matrimonio con el candidato que ellos eligieran. El día 30 de ese mes escribió al rey Enrique IV contándole cómo querían obligarla a renunciar a su derecho legítimo sobre Navarra y el dolor que padecía por las injusticias y crueldades de su padre, donándole el reino si ella moría en prisión.

Doña Blanca es conducida a Orthez, en Bearn, y entregada allí al Captal de Buch, primo hermano del conde de Foix. Fue confinada en el Castillo de Orthez durante dos años y medio, donde vivió en la más extrema miseria. Murió el 2 de diciembre de 1464 bajo extrañas circunstancias. Dicen que fue envenenada por orden de los condes de Foix  “ con gran nota e infamia del conde de Foix y de la infanta Dª Leonor, su mujer ”. Fue enterrada en Nuestra Señora de Lescar. Tras la profanación del templo durante la revolución francesa, solamente queda hoy una urna bajo el suelo de la Catedral con posibles restos osarios de los reyes de Navarra. A la muerte de Juan II, el trono de Navarra recaería en la única hija viva que le quedaba de su primer matrimonio, Leonor.


 
Fuente:
http://www.lebrelblanco.com/23.htm
Adela Rubio Calatayud, Las reinas de Aragón. Delsan Libros, S.L. 2012
Manuel Fernandez Álvarez, Isabel La Católica. Espasa Calpe S.A, 2006
Maria Jesús Fuente, Reinas Medievales en los reinos hispánicos. La esfera de los libros S.L 2004
http://es.wikipedia.org/wiki/Blanca_II_de_Navarra
Tarsicio de Azcona, Isabel la Católica: Vida y Reinado. La esfera de los Libros S.L., 2002
http://www.flickr.com/photos/thelostgallery/5987456802/

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