EL EMBAJADOR CHAPUYS PLANEA UNA REBELIÓN
De vuelta a la capital y tras varios días de descanso por el viaje al castillo de Kimbolton, Chapuys empezó a auscultar el ambiente en el país. Sus espías, bien pagados, recorrían tabernas, villas, caminos y todos traían ese malestar que se respiraba en la ciudad, aunque también fue informado que las grandes ciudades no eran tan hostiles al cambio religioso como el campo. El embajador imperial quería calibrar la posibilidad de iniciar una rebelión. Una revolución a la que se unieran los nobles y los opositores al rey. Eran tiempos de destrucción de monasterios, de incautación de sus bienes, de desastrosas cosechas y de mayor presión fiscal. El descontento latente podría aprovecharse. Faltaba una cabeza visible en toda esa oposición, la reina Catalina. Pero ella nunca estaría dispuesta a derramar sangre inocente para apoderarse del trono. Por segunda vez, Chapuys no consiguió que el pueblo se alzara contra su rey y que Catalina lo dirigiera.
CATALINA VISITA A SU HIJA MARÍA
Cuando la princesa María enfermó en septiembre de 1534, parece ser que se le permitió un raro placer. Su padre, además de enviarle a su propio médico para la cura, permitió que la reina Catalina también la visitara con un boticario. A ese boticario se le instruyó para que presentara sus respetos a la princesa Isabel de un año, antes de atender a la paciente. Pero el mensaje llegó demasiado tarde, lo que debió ser satisfactorio para María y Catalina. Nada más se sabe de esa visita. Se puede suponer que nadie fue tan insensato como para pedirle a la “ obstinada ” reina Catalina que presentara sus respetos a la pequeña pelirroja que nominalmente presidía la casa. Tras el breve intervalo en que pudo abrazar a su hija, en vano pedirá volver a verla.
El embajador Chapuys tuvo conocimiento de que se pretendía obligar a la princesa María a jurar la ley de sucesión y rápidamente se lo comunicó a su señora. Para el embajador había dos soluciones a ese problema: que María jurase la ley, pero con ciertos matices que luego pudieran hacer del juramento algo nulo, o sacar a la princesa fuera de Inglaterra. Catalina se negó a que su hija hiciera cualquiera de las dos cosas. Huir jamás, ella nunca lo había hecho y nunca lo haría, y tampoco jurar con matices. La reina sólo propuso que su hija hiciera lo mismo que ella estaba haciendo. Ser honesta con su propia conciencia. Antes de dejar Buckden había escrito a María: “ .. Responded con pocas palabras obedeciendo al rey, vuestro padre, en todo, salvo que ofendáis a Dios o perdáis vuestra propia alma, y no estudiéis ni disputéis más sobre la cuestión. En dondequiera y con quienquiera que os encontréis, cumplid las órdenes del rey. Hablad poco y no os entrometáis en nada … ". Cuando la princesa fue requerida para jurar la ley de sucesión, se negó a ello a pesar de las presiones físicas y psicológicas que sufrió, a pesar de las amenazas de muerte.
El embajador imperial seguía con su rocambolesca historia de hacer salir a la princesa María del país. Después se casaría con Reginald Pole, segundo hijo de la condesa de Salisbury. Chapuys, en las cartas al emperador, hablaba de una rápida galera, de barcos armados en la desembocadura del Támesis, de rescatar y escoltar a la princesa, de lo buena amazona que era y de lo rápido que sería sacar a María del país, siempre que fuesen apoyados por la marina española. La huida sería la señal para que los nobles ingleses iniciaran la rebelión. Estos escritos diplomáticos daban a entender que la reina Catalina aceptaba la idea de la marcha de su hija a la corte española. Pero en realidad no era así. Catalina no tenía ningún conocimiento de lo que tramaba el embajador.
Mientras Chapuys estaba en medio de sus planes, la princesa enfermó en Greenwich. Miedo, excitación y una tensión nerviosa constante, pudieron haber desencadenado en una joven hipertensa de diecinueve años todos los síntomas de náuseas y debilidad que María acusaba, pero el pensamiento del veneno nunca se alejaba de la mente del embajador imperial. Lo súbito de la enfermedad de María y su gravedad parecían explicar una dosis tóxica en su comida o bebida. Enrique envió a su propio médico, el doctor Butts, para que examinara a su hija. El doctor Butts llamó al propio médico de Catalina, Miguel de la Sá, que acudió desde Kimbolton tan rápidamente como pudo y los dos, además de adoptar las medidas terapéuticas que conocían, amedrentaron a la camarera de María hasta ponerla histérica, recordándole las penas por envenenamiento. De la Sá volvió a Kimbolton e informó a Catalina que María se recuperaba lentamente, insinuando, por lo visto, que él y Butts sospechaban una causa no natural de su enfermedad.
El 12 de febrero de 1535, la reina Catalina escribió a Chapuys:
Mi especial amigo: Mi médico me ha contado algo de la enfermedad de mi hija. Me da esperanzas de que su salud está mejorando, pero su enfermedad se prolonga tanto y mi médico duda tanto de visitarla de nuevo o no, porque, en efecto, algunos días no pudo por encontrarme yo enferma, que abrigo graves sospechas sobre la causa. Por tanto, me parece que lo que pido es justo y en servicio de Dios. Os suplico que habléis al rey y que le expreséis mi deseo de tener la caridad de enviar a su hija e hija mía a donde estoy, porque yo cuidaré de ella con mis propias manos y con el consejo de mi médico y de otros. Si a pesar de ello a Dios le placiera llevársela de este mundo, mi corazón estaría en paz, y de otra forma sentiría gran dolor. Decid a Su Alteza que no hay necesidad de que la cuide nadie sino yo, que yo la pondré en mi propia cama en mi propio cuarto y velaré por ella cuando lo necesite.
He acudido a vos sabiendo que no hay nadie más en este reino que se atreva a decir al rey, mi señor, lo que os estoy pidiendo que le digáis. Ruego a Dios que premie vuestra diligencia. Desde Kimbolton, el primer viernes de Cuaresma. Catalina, la reina.
Chapuys leyó la carta de la reina a Enrique y recibió, al principio, una terminante negativa. El rey manifestó que nada aumentaría más la actual y deliberada obstinación de María que estar constantemente en compañía de su madre. Además, se decía que personas mal intencionadas estaban conspirando para secuestrar a su hija y llevarla fuera del reino, y no tenía intención de facilitarles las cosas enviándola a un lugar tan solitario. Quizá la mirada inexpresiva de Chapuys convenció a Enrique de que el tiro había errado, porque al final la persistencia de aquel mereció una especie de compromiso. Se permitiría que María fuera a una casa cerca de Kimbolton, donde de la Sá pudiera visitarla, siempre que Catalina no intentara verla. En respuesta al informe de Chapuys, la reina escribió:
Mi especial amigo: Me he quedado muy en deuda con vos por lo que os habéis esforzado al hablar con el rey, mi señor, sobre la venida de mi hija aquí. Debéis confiar que Dios os recompensará porque ( como sabéis) no puedo agradeceros de otra forma que con mi buena voluntad.
Respecto a la respuesta que se os dio, de que el rey consiente a enviarla a algún lugar cerca de mí, con tal de que no la vea, agradecedle la bondad que muestra a mi hija y a mí, y por el consuelo que he tenido en ello. En cuanto a que yo la vea, aseguradle que si ella estuviera a dos kilómetros, no la vería, porque el tiempo no me lo permite, y aunque lo deseara, no dispongo de medios. Decid a Su Alteza, sin embargo, que lo que yo deseaba más era que la enviase aquí, a donde yo estoy, porque el consuelo y alegría que tendríamos juntas serían la mitad de su cura, como yo he comprobado por la experiencia, habiendo estado enferma de lo mismo. Lo que yo deseaba era tan justo y razonable y afectaba tan de cerca al honor y la conciencia del rey, mi señor, no creí que me lo pudiera negar. Os suplico que no ceséis de hacer todo lo que esté en vuestro poder para lograrlo.
He oído que tiene algunos temores sobre su seguridad, pero no puedo creer que algo tan lejos de lo razonable pueda venir del corazón del rey, y tampoco puedo pensar que tenga tan poca confianza en mí. Si surgiera alguna oportunidad de hablar al respecto, os ruego que digáis al rey, mi señor, que estoy decidida a morir en este reino, y ahora ofrezco mi propia persona en garantía de mi hija, hasta el punto que, si tal cosa se intentara, el rey, mi señor, podría hacer justicia sobre mí como si yo fuera la mujer más traidora que jamás haya nacido. Confío lo demás a vuestra sana prudencia y sensato juicio, como amigo de confianza que sois, para quien pido a Dios buena salud.
Las súplicas de la reina para que se le permitiera ver a su amada hija no logró conmover a Enrique. Su endurecimiento corresponde al miedo a una insurrección a favor de Catalina y su hija, de lo cual existen síntomas evidentes, y también para evitar la fuga de una de las dos o de ambas. Esta es la razón de que la reina salga al paso de estas sospechas y proclame una lealtad incuestionable pero incomprensible para el maquiavélico entorno del rey. No se autorizó a María que se acercara a menos de cuarenta y cinco kilómetros de Kimbolton. Ante su Consejo, Enrique expresó su preocupación cuando dijo que Catalina " es una mujer orgullosa y terca de mucho valor. Si se le metiera en la cabeza tomar partido por su hija, podría con toda facilidad presentarse en el campo de batalla, reclutar grandes huestes y conducir contra mí una guerra tan feroz como la que jamás haya mantenido en España su madre Isabel " .
Fuentes:
Garrett Mattingly, Catalina de Aragon. 1998 Ediciones Palabra, S.A.
Luis Ulargui, Catalina de Aragón. 2004 Random House Mondadori S.A.
Antonia Fraser, Las seis esposas de Enrique VIII. 1998 Ediciones B Argentina, S.A.
2 comentarios:
¡Me encanta esta reina! No había entrado hasta ahora a este sitio y estoy leyendo desde hace largo rato tus artículos de ella, es interesantísima. Me has descubierto tantas cosas que no sabía que estoy deseando encontrar un buen libro sobre Catalina de Aragón. En esta entrada compruebo cuánto amaba a su esposo y los sabios consejos que daba a su hija, no traicionar al padre pero no aceptar aquello que fuese ir en contra de su conciencia, ser íntegra. Por favor, sigue contándonos más. Te seguiré leyendo.
Saludos
¡ Gracias Sofibelle ! Este mes de diciembre, coincidiendo con su nacimiento el día 15 y su muerte el 7 de enero, voy a terminar con la serie sobre sus últimos años. Entonces haré un pequeño parón para poder tocar a otros personajes y después comenzaré por sus años como princesa de Gales que lo tengo inacabado.
Sobre biografías de ella te recomiendo la clásica de Garrett Mattingly, aunque tiene ya sus añitos, y en marzo del próximo año saldrá a la venta en España, editada en castellano, la nueva biografía de Giles Tremlett que ha tenido éxito en Inglaterra y Estados Unidos.
La mayor prueba de su amor hacia Enrique fue su lealtad, a pesar de los desprecios, de las humillaciones, ella nunca deseó apoyar un levantamiento contra su marido y esta nobleza, lamentablemente, no está bien valorada por quienes tienen que estarle agradecidos. La llegada de las tropas imperiales de Carlos V a suelo inglés habría supuesto muchos desmanes y derramamientos de sangre, muchísima más sangre derramada que la que provocó el cisma de Enrique.
Espero publicar el sábado la entrada que estoy preparando, se trata sobre los mártires y la disolución de los monasterios, el tema es muy largo y estoy intentando hacer un resumen.
Saludos y gracias por tu comentario
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