
BLANCA, REINA DE FRANCIA
El 6 de agosto de 1223, tres semanas después de la muerte de Felipe Augusto, Luis y Blanca fueron coronados juntos en la Catedral de Reims. Ambos tienen treinta y cinco años. Blanca, en el momento en que recibe la corona al lado de su esposo, sabe que es la única que reina en su corazón. Es una pareja irreprochable la que el arzobispo de Reims, Guillermo de Joinville, consagra por medio de la unción. Los peores enemigos de Luis en Inglaterra no han encontrado nada que decir acerca de su conducta personal. Contrariamente a su padre, es hombre de un solo amor. Blanca lo sabe. Y otros también: lo que la gente desea obtener del rey, se lo pide a la reina. El propio Papa, bien informado por sus legados, recurre a Blanca cuando tiene alguna solicitud que presentar a Luis.
La pareja real empezó un viaje por sus dominios, para hacerse conocer y recoger de paso la expresión de la fidelidad de todos sus súbditos, altos y bajos, pasando a lo largo del Loira, hasta el Anjou, para remontar luego a Normandía, Picardía, el Artois y Flandes, sin una voz en disonancia, sin un gesto agrio, distribuyendo al propio tiempo mercedes y caridades a conventos, hospitales y mendigos.
Que Blanca fue generosa es algo indudable. Las cuentas nos revelan al hilo de los días sus donativos y limosnas, cosa que era habitual en la época, pero los de Blanca son a todas luces más numerosos que los de las casas reales contemporáneas. Da mucho: a los pobres, a los religiosos, a las monjas, a los leprosos, a los hospitales, a los mensajeros que vienen de España o de otras partes, a los allegados - ya se trate de su secretario, de su cocinero, de su palafrenero, de su familia, entre la que distribuye pellizas, joyas, como un cinturón de oro regalado a su hermana Leonor, reina de Aragón.

MUERTE DEL REY LUIS VIII
Luis VIII dedicó su corto reinado a consolidar el poder real. Completó las victorias que su padre había obtenido sobre Juan sin Tierra, ocupando el Poitou y La Rochela, permaneciendo en manos inglesas tan sólo la Gascuña y la Guyena. La cruzada contra los cátaros fue la oportunidad del monarca para incorporar a la Corona de Francia el Mediodía. Fue en el curso de esta campaña, a la vuelta del sitio de Avignon, cuando enfermó de disentería, falleciendo el 8 de noviembre de 1226 en Montpensier. Antes de expirar pidió a sus vasallos reconocieran como soberano a su hijo Luis de doce años, su madre, Blanca de Castilla, se haría cargo de las riendas del Estado pero sin título de regente.
El magnífico ejército que se había puesto en marcha seis meses antes se había trocado en un cortejo fúnebre y este cortejo no sólo sentía el peso de los restos mortales del rey. Una pesada atmósfera de rencores, calumnias, comadreos lo ensombrecía y parecía oscurecer de manera siniestra ese camino otoñal. Se murmuraba que el rey había muerto envenenado. Le habrían servido un mal vino. ¿Por quién? Por Teobaldo de Champaña, quien había desertado de sus filas. Como había abandonado el sitio de Avignon en la primera quincena de agosto, era difícil imputarle una acción criminal cuyo efecto había sido tan tardío.

Blanca, en esos comienzos de noviembre, había hecho enganchar su carro y se había puesto en camino con su familia para ir a recibir al rey. Habían dicho a la reina que su esposo estaba de camino, sano y salvo. Fray Guérin, el canciller, precediendo a los barones, fue el primero que se encontró con el cortejo de la reina. El principito Luis cabalgaba por delante; le hizo volver sobre sus pasos y reunirse con su madre.
Se asegura que, bajo el impacto de la noticia, loca de dolor, Blanca se habría dado muerte con sus propias manos si no la hubieran retenido contra su voluntad. Luis lo era todo para ella. Sus violentas crisis de llanto abrumaban a cuantos la rodeaban. Y era grande el trastorno en la corte francesa, que había tenido, en tres años, tres reyes, uno de ellos un niño. Pero una reina, y más cuando ha recibido en sus solas manos el poder y el futuro político de sus hijos, no tiene más remedio que tragarse las lágrimas, reprimir los gemidos y, olvidándose de sí misma, lanzarse al trabajo por áspera que sea la tarea que le espera.

Saint Louis enseigné par sa mère por Alexander Cabanel
CORONACIÓN DE SAN LUIS
En tres semanas montó la coronación y consagración de su hijo Luis IX. Reims, en pleno invierno, volvió a vestir sus mejores galas para recibir a la nobleza que llegaría a prestar homenaje al joven rey, de acuerdo con el ruego expresado por su padre al morir. Pero no fue una alegre coronación porque en la mente de todos estaban los infinitos problemas que la minoría del ungido iba a presentar. Y aún más porque entre las filas de los que asistían a la ceremonia se notaban demasiado los huecos dejados por algunos de los más distinguidos, y levantiscos, de los nobles de Francia: los condes de Saint Pol, los condes de la Marche ( Hugo y su esposa Isabel de Angulema), el duque de Bretaña ( Pedro Mauclerc), muchos señores de Poitou y por estar encarcelados, los condes de Flandes y Boulogne. Sin olvidar a Enrique III de Inglaterra, vasallo feudal del rey de Francia. Otro lugar vacío era también el de Teobaldo de Champaña, pero en este caso la reina le había prohibido acudir a Reims, no iba a perdonarle tan pronto el comportamiento que había tenido con su esposo. Los ausentes se hacían notar más que los presentes.

LA NOBLEZA CONTRA LA REINA BLANCA
Los barones del reino fueron mantenidos largo tiempo a raya por el rey Felipe Augusto y por su hijo Luis VIII. Pero el orden no excluye los descontentos; éstos no esperaban sino una oportunidad para estallar y ahora iban ya a manifestarse de forma abierta. A primeros de 1227, la reina Blanca se puso con su hijo el rey, pero también con los barones leales, al frente de un ejército para ir a buscar a los sediciosos. Desde el bando de los conjurados se envía a Teobaldo de Champaña y al conde de Bar como negociadores ante la reina. En efecto, negocian y Blanca les recibe en persona.
El conde Teobaldo de Champaña era un rendido enamorado de la reina, a quien dedica poemas. Llorando su amor sin esperanza en versos de gran melancolía y lamenta también haber osado poner su pensamiento a demasiada altura. Blanca jamás le dio motivo para esperar nada de ella - ni casada, ni viuda- y ello quizá irritaba a su pobre pretendiente, que por despecho, se unió al bando de los nobles levantiscos. Y Teobaldo se derritió ante ella. El enamorado poeta ante la bella soberana era un ser indefenso. Un simple gesto amistoso, una sonrisa, debieron bastar. Tanto Teobaldo como el conde de Bar desertaron de las filas rebeldes para pasarse a las huestes reales, recibiendo la más benevolente de las acogidas.

Blanca ofrece la posibilidad a los conjurados de venir a encontrarse con ella en Loudun. Ellos se niegan y proponen Chinon. Se acepta Chinon, pero el día fijado, los barones no se presentan. Se establece una nueva cita en Tours, pero de nuevo no hacen acto de presencia. Esta vez la reina pierde la paciencia: les ordena comparecer en Vendôme, si no el ejército real entrará en acción. Todo termina el 16 de marzo con un tratado en debida regla. Como siempre en la época, las discordias se saldan con enlaces matrimoniales. Yolanda, la hija de Mauclerc, en vez de con el rey de Inglaterra casará con un príncipe de Francia, Juan, al que le han sido prometidos el Maine y Anjou. Su joven hermano Alfonso se unirá con Isabel, la hija que Isabel de Angulema ha tenido con el conde Hugo de la Marche. Y otra Isabel, la única hija de Blanca, casará con otro Hugo, hijo del anterior. Así dos infantes y una infanta reales se unirán en matrimonio con los hijos de los señores rebeldes.
La primera partida ha sido indiscutiblemente ganada por la reina. Sin derramar una gota de sangre, ha desbaratado una verdadera conjura. Blanca, comprendiendo que no es momento aquel de hacer economías, se apresura a entregar tierras a Roberto de Dreux, dinero a Felipe Hurepel y a los burgueses de La Rochelle que han permanecido fieles al rey de Francia en medio de muchas tentaciones, concederles exenciones de impuestos.
Emilio Beladiez, Españolas, Reinas de Francia. 2002 Ediciones Palabra S.A
Régine Pernoud, Blanca de Castilla. 2002 Belacqva de Ediciones y Publicaciones S. L.
http://www.lebrelblanco.com/11.htm?&cap=2
http://www.france-pittoresque.com/spip.php?article2266
http://french-painters.blogspot.com/2011/03/alexandre-cabanel-1823-1889.html
http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2489607
http://www.doredin.mec.es/documentos/00820073000131.pdf
8 comentarios:
Vuelvo , despues de un verano complicado .Y no podía ir sino directamente a leer tus historias , que son Historias con haches majusculas .
Besos desde Málaga.
Bienvenida querida Annick, espero que el otoño te sea menos complicado. Gracias por dedicarme tu tiempo, es un placer recibir tu visita.
Muchos abrazos :-)
¡Qué mujer tan inteligente! 3Entre más leo más me convenzo de lo magnifico de su reinado. Me gustaría hacerte una pregunta ¿desde que época datan las flores de lis en la corona francesa?
Besos y abrazos...
A esta si la conocía.
gracias por compartir
http://seixanta-genetticca.blogspot.com/
Me faltaba leer los dos últimos capítulos. He disfrutado leyéndolos. Un abrazo.
Después de unos días sin pasarme por aquí, ya he dejado la siguiente entrada, disculpadme la tardanza. Saludos querida Lady Grey, creo que los orígenes de la flor de Lis en la corona francesa se remontan al siglo XII con el rey Luis VII, quien la incorporó a su escudo.
Muchos abrazos, feliz semana :-)
De nada Genetticca, soy yo la que tiene que estarte agradecida. Muchas gracias por tus comentarios.
Muchos Abrazos, feliz semana
Abrazos desdelaterraza, me alegra que disfrutaras con las primeras entradas de esta serie sobre Blanca de Castilla, una reina valerosa, sin duda.
Muchos abrazos, que tengas una feliz semana
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