En muchos instantes Amadeo y María Victoria sienten deseos de tomar en brazos a sus dos hijos, subir a un tren que les conduzca a la costa y embarcarse a Italia. Pero tienen más honor y buena voluntad que convicción de conseguir arraigarse en el trono y comprenden que su marcha sin más ni más puede sumir a España en un vacío absoluto de poder, en un caos, y prefieren soportar estoicamente desaires, arriesgar sus vidas y arruinarse en su fabuloso patrimonio económico particular, si es preciso, con tal de servir por lo menos a evitar un enfrentamiento trágico.
Como rey de España, Amadeo se mostró como un voluntarioso monarca moderno, dispuesto a introducir al país en el recto sendero del progresismo político y social, dentro del marco de una constitución cuyos preceptos seguiría escrupulosamente. Pero desde el principio se encontró con el rechazo de los republicanos, de los monárquicos carlistas, de la aristocracia alfonsina, que lo consideraban un intruso, de la Iglesia, por apoyar las desamortizaciones y por ser el hijo del monarca que había acabado con los Estados Pontificios y obligado al Papa a recluirse en la Ciudad del Vaticano, y del pueblo, no quería un rey que ni siquiera supiera hablar su lengua.

Durante su reinado hubo seis ministerios con tres presidentes de Gobierno, luchas internas en el mismo partido que lo apoyaba, insurrecciones en Cuba, un levantamiento carlista en el norte, estallidos republicanos en diferentes lugares de España, conspiraciones borbónicas, amenazas de atentados, una grave crisis económica … El pobre Amadeo enloquecía ante las complicaciones de la política española. «Ah, per Bacco, Io non capisco niente. Siamo una gabbia de pazzi “, solía exclamar.
A finales de 1872 en el interior de palacio domina un tenso ambiente. La relación conyugal de los monarcas se ha deteriorado mucho por las continuas infidelidades y los celos, hasta el punto de producirse una sonada discusión, tras la cual la reina manda llamar a Ruiz Zorrilla para comunicarle su decisión irrevocable de regresar a Italia. El presidente del Gobierno zanja el asunto con un tajante: “ Vuestra Majestad se marchará, pero dejará en España a los dos príncipes, que antes que a su madre pertenecen a la nación ”. Ante semejante amenaza, María Victoria no tiene más remedio que ceder.

El 29 de enero de 1873 la reina siente los primeros síntomas del parto, previsto para esa misma noche. Era protocolaria costumbre que al alumbramiento de una soberana asistiera la corte, si no hallándose en la propia alcoba de la egregia parturienta, sí en las estancias inmediatas. La mayordomía de palacio cursa los avisos oportunos, igual que hacía en tiempos de Isabel II. A lo largo de la tarde el presidente del Gobierno, su gabinete y todos los demás personajes convocados, van llegando a palacio. Para su sorpresa, se encuentran las habitaciones reales cerradas a cal y canto, junto con la orden expresa del rey de no dejar entrar a nadie más que a los médicos y la servidumbre necesaria, pues los soberanos quieren el nacimiento de su hijo en completa intimidad. Los ministros, diputados, altos mandos militares y diplomáticos, se marchan protestando airadamente pues no se estaba siguiendo la tradición. Un incidente que derivaría en una crisis de gobierno. Al final de la tarde nace el príncipe Luis Amadeo.
Se programa con toda solemnidad la ceremonia del bautizo, abriendo para el acontecimiento la Capilla de Palacio, pero reciben pronto la dolorosa sorpresa de no encontrar a ninguna dama noble Grande de España por derecho propio que, según era tradicional, llevara al infante en brazos hasta la pila. María Victoria, postrada aún en el lecho, solloza exclamando con amargura: “ ¡ cualquier campesina tiene una amiga deseosa de llevar a su hijo a cristianar y aquí está una Reina que no sabe aún si alguien se brindará a hacerlo ! ”.

Luis Amadeo de Saboya, Duque de los Abruzzos
Finalmente se decide que sea la duquesa viuda de Prim, Francisca Agüero, quien lleve al pequeño infante en brazos a la pila bautismal. El presidente del Gobierno propone que el padrino del niño sea el alcalde de Madrid, en nombre del pueblo. Amadeo se niega, pues al no ser el niño heredero a la Corona, prefiere dar al acontecimiento un carácter más familiar, prefiriendo que lo sean su hermana María Pía y su cuñado Luis I, reyes de Portugal.
Se bautiza por fin al infante, pero como ningún prelado se ha ofrecido a oficiar la ceremonia, tiene que hacerlo el confesor de la Reina, monseñor Isbert, canónigo de Alicante. Sólo hubo dos damas de cierta relevancia presentes en el bautizo del pequeño Luis Amadeo: la duquesa de Prim y la esposa del embajador de Portugal. La ceremonia apenas dura un cuarto de hora y a su finalización se celebra un banquete, al cual faltan veinte personas de las cincuenta invitadas. La emoción de la duquesa de Prim, llorosa por el recuerdo emocionado de su marido, junto con el ceño fruncido del rey que delata la preocupación política latente, imprimen un aire incómodo a la celebración, que será la última del reinado.

Escena congreso de los diputados siglo XIX . Eugenio Lucas Velázquez 1845-1855
El 8 de febrero de 1873, el rey sorprende al Consejo de Ministros con su decisión de abdicar. Amadeo y María Victoria están cansados de representar a la monarquía en un país ingobernable por la división de los partidos políticos, así como de los insultos y la violencia republicana que se ha desatado contra ellos. La noticia causa un extraordinario revuelo político. El Gobierno pide tiempo para organizar una transición, ya que la Constitución no prevé la abdicación del monarca. Varios militares insisten al rey para que dé un golpe de Estado, disuelva las Cortes y suspenda las garantías constitucionales. Solución que el mismo Amadeo rechaza de pleno.
La agitación se hace intensa en los barrios populares y empieza a pedirse a gritos la marcha del monarca, al tiempo que se rodea el Congreso de Diputados exigiendo la implantación de la república. Las Cortes temen que el soberano ceda a los ofrecimientos de los militares. El presidente del Gobierno y otro miembro del gabinete, acuden a hablar con los soberanos, insistiendo en que desean que se halle presente en la entrevista la reina María Victoria, ya que por su conocimiento del idioma, su presencia era insustituible. El presidente Ruiz Zorrilla dijo a los monarcas: “ … la monarquía de Saboya en todo momento debe apoyar a las Cortes, ya que siempre en la historia esta familia ha estado al lado de la democracia”. María Victoria se atreve a exponer por primera vez su opinión política y responde tajante: “ No, no se confunda, señor presidente: ¡esto que hay aquí no es una democracia, esto es chusma! “.

El 10 de febrero, Amadeo se reafirma oficialmente en su irrevocable abdicación. María Victoria, debilitada por el parto, aún guardando reposo en cama, ha tenido mucho que ver en la firme decisión. Conocida ya públicamente la noticia de la abdicación, se prepara la inminente salida de los soberanos. La mayor preocupación radica en el traslado de la reina, ya que sólo han pasado doce días desde el parto.
El día 11, el rey preside su último Consejo de Ministros. Firma su abdicación, renunciando al trono de España por él y por sus hijos y sucesores. Así finaliza un reinado de dos años y cuarenta y un días, exactamente. Por la noche, mientras en palacio se empaquetan los objetos personales y papeles privados de los reyes, se anuncia en toda España la proclamación de la Primera República.

El día 12, a las seis de la mañana, los duques de Aosta y sus hijos salían del Palacio Real de Madrid. La ex reina María Victoria estaba tan débil aún, que hubo de ser conducida desde su habitación hasta el coche en una silla de manos. Estaba mortalmente pálida, pero no emitió ni un leve quejido. Los infantes bajaron con el ama y alguna niñera. El rey estrechó la mano de las pocas personas que habían ido a despedirles y dijo adiós a la servidumbre. En la estación del Norte estaba preparado un tren para llevarlos a Lisboa, compuesto de un vagón de primera clase, un vagón de segunda para el séquito y cuatro furgones para equipajes.
En la estación no hay comisiones de despedida, ni ministros, ni tropas para hacerles guardia y rendirles honores. El gobierno ni siquiera ha previsto disponer policía o guardia civil por si hiciera falta protegerlos. Se marchan en medio de la más cruel indiferencia. Se había designado un grupo de catorce parlamentarios para acompañarlos hasta la frontera lusa, pero se presentaron apenas cinco. Amadeo se limitó a sacudir la cabeza.

El tren se dirigió por la línea de circunvalación hasta Atocha, en donde se encontraban el almirante Topete y el conde de la Almina. Al percatarse el primero de que los duques de Aosta viajaban sin escolta, ordenó, bajo su responsabilidad, a ocho guardias civiles que había en la estación, que subiesen al tren y no lo abandonasen hasta llegar a Badajoz.
El tren no estaba especialmente acondicionado, carecía de calefacción y de coche restaurante, y con las prisas, los servidores de palacio habían dejado olvidados sobre la mesa de la habitación de María Victoria, una cesta con comida y termos con caldo y leche. La duquesa de Aosta comió el jamón de unos bocadillos que llevaban dos diputados y los príncipes Manuel Filiberto y Víctor Manuel tomaron en Ciudad Real, leche fría y unos bizcochos. Amadeo y los caballeros que le acompañaban, almorzaron en la fonda de la estación de Almorchón.
El viaje hasta Lisboa – veinticuatro horas sin apenas descender de los vagones- resulta extenuante. María Victoria va tumbada en un catre de hierro, sufriendo de alta fiebre, muy enferma. A las diez de la noche el tren se detenía en la estación de Badajoz y allí se despidieron los príncipes italianos de los pocos españoles que con ellos habían hecho el incómodo viaje. Amadeo les despide con un seco: “ Adiós y gracias ”. Su esposa, que no ha dejado de llorar la mayor parte del trayecto, suspira emocionada: “ ¡ Adiós, España ! ". El duque, para consolarla, le recuerda que “ ahora, al menos, podremos vivir en paz ".

El tren se dirigió por la línea de circunvalación hasta Atocha, en donde se encontraban el almirante Topete y el conde de la Almina. Al percatarse el primero de que los duques de Aosta viajaban sin escolta, ordenó, bajo su responsabilidad, a ocho guardias civiles que había en la estación, que subiesen al tren y no lo abandonasen hasta llegar a Badajoz.
El tren no estaba especialmente acondicionado, carecía de calefacción y de coche restaurante, y con las prisas, los servidores de palacio habían dejado olvidados sobre la mesa de la habitación de María Victoria, una cesta con comida y termos con caldo y leche. La duquesa de Aosta comió el jamón de unos bocadillos que llevaban dos diputados y los príncipes Manuel Filiberto y Víctor Manuel tomaron en Ciudad Real, leche fría y unos bizcochos. Amadeo y los caballeros que le acompañaban, almorzaron en la fonda de la estación de Almorchón.
El viaje hasta Lisboa – veinticuatro horas sin apenas descender de los vagones- resulta extenuante. María Victoria va tumbada en un catre de hierro, sufriendo de alta fiebre, muy enferma. A las diez de la noche el tren se detenía en la estación de Badajoz y allí se despidieron los príncipes italianos de los pocos españoles que con ellos habían hecho el incómodo viaje. Amadeo les despide con un seco: “ Adiós y gracias ”. Su esposa, que no ha dejado de llorar la mayor parte del trayecto, suspira emocionada: “ ¡ Adiós, España ! ". El duque, para consolarla, le recuerda que “ ahora, al menos, podremos vivir en paz ".
Fuentes:
María José Rubio, Reinas de España, Siglos XVIII-XXI de María Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz. La Esfera de los Libros S.L. 2009
Fernando Gonzalez-Doria, Las Reinas de España. Editorial Bitacora, S.A. 1989
José María Solé, Los Reyes Infieles. 2005 La Esfera de los Libros S.L
http://dinastias.forogeneral.es/maria-vittoria-la-olvidada-t526.html
http://es.wikipedia.org/wiki/Luis_Amadeo_de_Saboya
http://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Escena_congreso_de_los_diputados_siglo_XIX_Eugenio_Lucas_Vel%C3%A1zquez.jp
1 comentario:
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