viernes, 25 de marzo de 2011

Los últimos años de Juana de Castilla ( II y última)



Algunos historiadores han asumido que Juana permaneció como una prisionera de Tordesillas después de la rebelión de los comuneros. Fuentes inéditas revelan, de hecho, que la reina realmente abandonó Tordesillas durante el curso de una epidemia. Aunque el marqués continuó insistiendo en que semejante traslado requeriría la fuerza, la reina montó pacíficamente sobre una mula en dirección este, desde Tordesillas a Geria y luego a Tudela del Duero a comienzo de 1534.

Cuando Juana empezó a sufrir problemas digestivos más tarde durante ese año, según una fuente, el emperador le permitió dictar su última voluntad. El acto de dictar un testamento requería una mente que estuviera en su sano juicio, lo cual potencialmente explica porqué el documento en cuestión, si en algún momento existió, no consta en el Archivo General de Simancas. Después que Juana se recuperó, la peste llegó a Tudela y la reina se fue a Mojados, donde permaneció su casa hasta que la pestilencia desapareció de Tordesillas.




Frente al rigor con que era tratada reacciona practicando con frecuencia la huelga de hambre. Ingiere sólo pan y queso para demostrar su malestar y su odio hacia el marqués que la vigila. Para sorpresa de todos aquellos que le vaticinaron una corta vida, la reina ha logrado sobrepasar los setenta años, extraordinaria longevidad para su época y las demás circunstancias en las que se ha desarrollado su existencia. A partir de 1552, no obstante, empeora de forma rápida y notable, tanto de cuerpo como de espíritu.

Debido posiblemente a una caída, permanece inmóvil de cintura para abajo, con lo cual las evacuaciones, tanto de orina como defecaciones, se tornaron más difíciles. Hubo días que se lo hizo encima sin que nadie la limpiara. Las mujeres que debían atenderla se excusaban con que la reina las echaba a voces. Mala excusa para quienes, cuando la reina se mostraba rebelde en el corredor que daba al rio, la metían a la fuerza en su cámara interior alumbrada sólo con velas.

 


Por sus objetos devotos, desde rosarios a retablos y cruces, Juana indudablemente se consideraba una católica piadosa. Cuando un relámpago alcanzó el palacio de Tordesillas en 1550, la reina se defendió haciendo la señal de la cruz y cantando “Christus vincit, Christus regnat, Christus me defenda”. Le aseguró al asustado marqués de Denia que su Agnus Dei – una reliquia con poder contra tormentas, fuegos, relámpagos, pestes e incursiones demoníacas- los protegería.

Los 116 volúmenes de Juana, incluyendo veintinueve libros de Horas, doce libros de canciones y siete misales, consistían de forma abrumadora en obras de devoción. Su hija Catalina, se llevó unos cuantos de los tratados espirituales de Juana para Portugal en 1525. La reina conservó, hasta el final de su vida, la mayoría de sus libros de oraciones y varios tratados devocionales.
 


Preocupados por lo que creían ser un acto herético, el abandono de las prácticas religiosas, tal vez un acto de rebeldía como protesta ante el trato que se le daba o la desidia de un profundo estado depresivo, tanto Carlos V como luego Felipe II le enviaron confesores y clérigos para que la convenciesen de volver a ellas. En 1551 Felipe visitó a su abuela en compañía de Francisco de Borja. Una hija de Borja estaba casada con un hijo del marqués de Denia, así que el jesuita visitaba a su hija y a la reina. Un año más tarde logró que ella se confesase.

El rumor de que la reina era herética no cesaba, al punto de que cuando Felipe se casó con María Tudor, con la esperanza de recobrar para la iglesia católica aquellas islas, Francisco de Borja se dirigió a la infeliz reina amonestándola por su negligencia en sus devociones porque los ingleses dirían “ pues su alteza vivía como ellos, sin misas y sin imágenes, y sin sacramentos, que también podrían ellos hacer lo mismo, pues en las cosas de la fe católica lo que es lícito a uno es lícito a todos ”.



Juana afirmaba que eran sus sirvientas las que le impedían sus prácticas devotas: “ A los principios cuando rezava le quitaron el libro de las manos y le reñían y se burlavan de su oración y a las imágenes que tenía, que eran un Santo Domingo y un San Francisco y San Pedro y San Pablo, escupían, y en la calderilla del agua hacían muchas suciedades. Cuando decían misa, poníanse desacatadamente delante del sacerdote, volviendo el misal y mandándole que no dixese sino lo que ellas quisiesen. Por lo cual avisa que guarden el sacramento en las iglesias porque andan tras él, y también an trabajado muchas veces de le quitar las reliquias y crucifixo que agora trae consigo ”. Aferrándose enérgicamente a la cruz que su hijo Fernando le había enviado, la reina procuraba acusar a sus dueñas de traficar con el diablo. Algunos autores ven en estas extrañas acusaciones una treta de Juana para que, acusando a sus damas de herejía, fuesen removidas de su servicio.

La reina habló largo tiempo con el jesuita. Le dejó claro que él debía informar a Felipe sobre lo que ella le había dicho de sus servidores, para que “ confiesen y hagan como cristianos ”. Como de costumbre, solicitó información sobre sus descendientes. El jesuita le traía un mensaje de su hija Catalina de Portugal y ella se alegró sobremanera de recibirlo. El dictamen de Francisco de Borja fue que la reina tenía tan perdida la razón que poco se podía hacer, salvo llevarle la corriente, simulando el castigo de aquellas dueñas a las que Juana tachaba de brujas. Para él solo cabía una de estas alternativas: o eran fantasías de la reina o había una intervención en todo ello del propio diablo. Por lo tanto, y por si acaso, lo bueno sería que se aplicasen a la reina exorcismos, algo que Felipe II no consintió, permitiendo en cambio que se simulase el castigo de aquellas dueñas, apartándolas momentáneamente del servicio de la reina para ver si mejoraba. Liberada de sus servidoras, Juana incluso escuchó misa y aceptó agua bendita en todos sus aposentos.
 



En un intento adicional para desacreditar a Juana, sus servidoras informaron a Borja que la reina había rechazado una vez velas benditas, deciendo que hedían ”, y que cerraba sus ojos durante la misa cuando se alzaba la eucaristía, sugiriendo una aversión al sacramento. Cuando el jesuita le envió a la reina velas que habían sido bendecidas, ella las aceptó sin quejarse. A pesar de las afirmaciones de ciertas acompañantes, no se podía demostrar que la reina fuese una aliada de Satanás. Incapaz de condenar a Juana por traficar con el diablo, el jesuita encontró igualmente imposible admitir evidencias del buen sentido de la reina. Finalmente, las damas fueron repuestas en sus cargos con gran pesar por parte de la reina.

Cuando no estaba Borja se ocupaba de las devociones de Juana su confesor fray Luis de la Cruz, quien estaba abiertamente de parte de las damas, pues decía que la mala voluntad de éstas se debía a que veían que la reina se había apartado de los sacramentos. Según el fraile, la reina empezaba a padecer también de extrañas visiones que la atormentaban. A su juicio, en ningún modo se le podían administrar los santos sacramentos, aunque carecía de toda culpa.
 



Juana sufre un atroz suplicio durante los últimos años de su vida. El médico que la trata detalla en cartas a Carlos V la terrible evolución de sus dolencias. La parálisis en sus piernas le provoca llagas y úlceras, que derivan en la temida gangrena, que acaba por invadir todo su cuerpo, con lo cual los dolores fueron tan recios que tenían a la reina en un continuo grito. Se acercaba el final. Y otra vez fue llamado Francisco de Borja, que le habló con tal dulzura y persuasión, que consiguió liberarla al menos de las visiones que tanto la mortificaban. Incluso pensó que la reina había recobrado la razón. ¿ Podría, por lo tanto, recibir los santos sacramentos? Para salir de dudas se acudió a la Universidad de Salamanca, que mandó a Tordesillas a su más destacado teólogo, Domingo de Soto. Y su dictamen fue que, encontrándola muy mejorada, podía recibir la Extremaunción aunque no lo estaba para la comunión.

Eran las seis de la mañana del día 12 de abril de 1555, Viernes Santo, cuando la desventurada reina doña Juana abandonaba este mundo que para ella había sido un vía crucis. Por fin era libre. Sus últimas palabras fueron: Jesucristo crucificado sea conmigo. Su cuerpo es embalsamado e introducido en un sencillo ataúd de madera, que se deposita, acompañado de austeras exequias, en la cercana iglesia de Santa Clara, donde reposará hasta su traslado a la Capilla Real de Granada en 1574. En su túmulo monumental descansa al fin junto a su amado Felipe el Hermoso.


Fuentes:
Bethany Aram, La reina Juana, Gobierno, piedad y dinastía. Marcial Pons, ediciones de Historia,S.A. 2001
Manuel Fernández Álvarez, Juana La Loca, La Cautiva de Tordesillas. Espasa Calpe S.A. 2000
María José Rubio, Reinas de España, Las Austrias. La Esfera de los Libros S.L. 2010
Vicenta Marquez de la Plata, El Trágico Destino de los Hijos de los Reyes Católicos. Santillana Ediciones Generales S.L 2008

10 comentarios:

Pepa dijo...

Magnolia. Me fascinan las historias de estas mujeres que cambiaron el curso de la humanidad. Y ellas no fueron guerreras pero fueron capaces con sus actos de modificar la historia en muchas ocasiones.

Me encanta tu blog.

Saludos desde Málaga y buen fin de semana

Magnolia dijo...

Gracias Pepa. Son todas fascinantes porque ante todo son seres humanos y se nos muestran con sus defectos y sus virtudes. la vida de Juana de Castilla es la más desgraciada y triste de las soberanas que conozco.

Buen fin de semana amiga

Un fuerte abrazo :-)

C.G. Aparicio dijo...

¡Qué trágica vida y qué desgraciado fin para la pobre Juana!

Una interesante entrada sobre las desventuras de la hija más desdichada de los Reyes Católicos.

Un saludo!

Magnolia dijo...

Fue una continua vida de sufrimiento la de esta desventurada mujer. Primero sacrificada a un hombre al que no amaba siguiendo los dictados de sus padres. Segundo, enamorarse ciegamente de su esposo. Tercero, sufrir las traiciones de él convirtiéndose en una mujer excesivamente celosa. Cuarto, el convertirse en la reina más poderosa de su época. Quinto, la muerte de su amado esposo y ser considerada loca. Sexto, vivir encerrada durante tantos años sin permitirle tener contacto con el mundo exterior. Séptimo, todas los malostratos y desatenciones de quienes tenían que cuidarla. Octavo, su deterioro físico y mental. Noveno, su dolorosa agonía y muerte. Si hubiese recibido amor y comprensión de quienes la rodearon, tal vez, hubiera sanado o mejorado de sus trastornos mentales. Pobre Juana, no existe una reina más desdichada que ella y con tan mala fortuna.

¡Un abrazo C.G Aparicio!

PACO HIDALGO dijo...

Hace unos años estuve en Tordesillas y pude subir al rellano de la escalera donde pasó sus últimos años la reina madre del emperador: increíble; cómo para no volverse loca. Me encantaron las dos entradas sobre Juana de Castilla. Un abrazo.

anna dijo...

Terrorífico destino , sinceramente si no estaba demente el trato dado pudo haberlo acentuado.
Gracias por este capítulo tan interesante, saber algo más de esta mujer que la historia tan bellamente labrada de sus amores; la tragedia vino despues, con las gentes que la rodearon,trágico ,muy trágico.

bichoraro dijo...

Juana de Castilla es mi personaje historico preferido, me parece injusto que haya pasado a la historia con el sobre nombre de la loca, y creo que toda la vida sufrio una injusticia tras otra, supongo que hoy en dia los psiquiatras le habrian diagnosticado algun transtorno depresivo, tal vez bipolar, pero para mi era una mujer independiente con fuerte caracter que antepuso su vida como mujer a su vida como reina. no? Hace dos años estuve en Tordesillas donde estuvo cautiva y donde murio y para mi fue muy enocionante.

Magnolia dijo...

Un abrazo para ti también Paco. Es una verdadera pena que no se haya conservado el palacio de Tordesillas para poder ser testigos de las condiciones en las que vivió esta pobre mujer, la cámara interior de la infanta Catalina a la que sólo se accedía a través del cuarto de Juana y la ventanita por la que la niña echaba monedas a los niños para verlos jugar etc ...

Feliz fin de semana

Magnolia dijo...

Juana de Castilla es un personaje histórico que hace despertar compasión y ternura en aquellos que conocen su vida, es muy difícil no empatizar con ella.

La veo como una mujer inteligente e hipersensible, lo que la convertía en vulnerable. Las mujeres de esta familia tenían una vena melancólica y en algunos casos también pasaron por una depresión tras algún suceso doloroso. Catalina de Aragón, María de Austria, Juana de Austria ... todas ellas enfermaron de melancolía alguna vez.

El problema de Juana es que sus celos incontrolados fueron utilizados como prueba de " locura" para quitarle el poder, que por otro lado estoy empezando a creer que si realmente hubiese querido ejercer como reina tuvo su oportunidad de hacerlo con la revuelta de los comuneros pero prefirió apoyar a su hijo y no enfrentarse a él.

De todos modos si en los últimos años de su vida llegó a desvariar, no me extraña. Entre los malos tratos, el temor constante a que le robasen sus pertenencias, su dolorosa enfermedad etc ... como para no perder el juicio. Aún así fue una mujer muy fuerte y resistente.

feliz fin de semana Bichoraro y gracias por dejarme un comentario :-)

Magnolia dijo...

saludos Anna, gracias a ti por leer mis entradas :-). Sobre Juana de Castilla hay mucho que ofrecer todavía, he tocado los años finales y ahora toca los inicios. Supongo que en este año acabaré ofreciendo la vida de esta reina al completo.

Me alegra que te guste el libro de Cristina Morató, sabía que lo encontrarías interesante. Tiene otro muy bueno relacionado con las aventureras y exploradoras de África, se llama " Las reinas de África". Habla de Lady Juana Smith, tengo que añadir más detalles a su entrada en cuanto pueda, Mary Kingsley, Karen Blixen, etc ...

Un abrazo

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