martes, 22 de marzo de 2011

Los últimos años de Juana de Castilla ( I )

El 2 de enero de 1525 abandonaba para siempre la infanta Catalina la casa de la reina Juana camino del trono portugués. Con su marcha, Juana pierde la única fuente de verdadero y constante afecto que tenía. Su ausencia la entristece profundamente. Durante días, no se aparta de la ventana por donde ha contemplado a Catalina alejarse por última vez. Desde entonces, la existencia de Juana se reduce a una monótona y mustia vida de soledad durante treinta largos años, salvo las esporádicas visitas de algunos de sus familiares a los que interrogaba sobre los acontecimientos en sus reinos.



En enero de 1527, Carlos V acude a Tordesillas para presentarle a su esposa Isabel de Portugal. La emperatriz es hija de su hermana María y por ello el encuentro tiene una gran carga emotiva. Juana no vuelve a ser visitada por su hijo en los próximos nueve años. El emperador confía en la gestión de la casa de la reina que mantienen los marqueses de Denia, mientras él viaja por Europa y se ocupa de las grandes cuestiones de política internacional. Antes de partir, el emperador ordenó al marqués de Denia que llevara el cadáver de su padre Felipe a Granada, donde se unió a los restos de los Reyes Católicos. Aunque Juana parece que nunca descubrió este hecho.

La emperatriz Isabel se encarga de visitarla en ocasiones, por afecto personal y para comprobar que recibe la atención adecuada. En febrero de 1532, Juana fue anfitriona de la emperatriz y los pequeños Felipe y María durante su permanencia de ocho días en Tordesillas. Según el marqués de Denia, la reina recibió a su nuera y a sus nietecitos con mucha alegría, tratándolos de una manera ejemplar, majestuosa “ a como lo hiciera la reyna, nuestra señora, su madre ” durante toda su estancia. Sin embargo, el marqués aseguró a Carlos que, aunque su madre tenía “ tan buena disposición “ como la reina Isabel, “ no abría ningún cuerdo que suplicase a su alteza que entendiese en otra cosa más de lo que pertenece a muger ”.


En diciembre de 1536, la reina Juana se ve agradablemente sorprendida por la corte imperial, que, presidida por Carlos e Isabel junto a sus tres hijos Felipe, María y Juana, abarrotan durante diez días el palacio y la localidad de Tordesillas. En estas ocasiones, Juana es siempre reverenciada en público por su hijo, que a pesar del aislamiento en que la mantiene, no ha perdido nunca el respeto a su condición de reina legítima. Aunque el emperador explícitamente nombró a sus hijos gobernadores, ninguno de ellos pasó por alto la necesidad de la aprobación de Juana y todos empezaron sus regencias con visitas a su abuela, oficialmente “ a besar las reales manos de su alteza ”. De la misma manera, ellos tomaban el permiso formal de la reina antes de salir de España. La reina nunca permitía a sus familiares que le besaran la mano.

En noviembre de 1543, se produce el encuentro familiar más emotivo para Juana, cuando su nieto Felipe se presenta, recién casado, acompañado de su prima y esposa María Manuela de Portugal. La princesa es hija de su adorada y añorada Catalina, siempre presente en su recuerdo. Posiblemente fue uno de los pocos momentos dichosos de la reina, cuando vio ante sí aquella pareja de jóvenes desposados que apenas contaban dieciséis años. Y tanto le plació, que les pidió que danzaran en su presencia.


En julio de 1550 recibió la visita de sus nietos María y Maximiliano de Austria, primos y esposos, dando la bienvenida a la pareja con mucha alegría y contentamiento. Su nieta le enseñó retratos de sus propias hijas y del archiduque Carlos. Estudiando las imágenes con gran interés, Juana le preguntó a María el nombre y la edad de cada uno de los parientes retratados, “ con otras particularidades y donayres ”. La reina se quejó de que no le habían traído a la princesa Ana, la hija primogénita y futura cuarta esposa de Felipe II. Los soberanos explicaron que habían dejado a Ana para protegerla del calor del verano.

Su nieto Maximiliano la obsequió con una cruz de oro que su hijo Fernando, padre de Maximiliano, le había enviado. Aunque complacida con la cruz, la reina se preocupaba del lugar dónde guardarla. Cuando su nieto sugirió que la colgase de una tela en su habitación, la reina afirmó que el riesgo de robo requería una mayor seguridad, dado que muchas de sus otras pertenencias habían desaparecido. Con delicadeza, Maximiliano cambió de tema.


La reina apreciaba muchísimo sus pertenencias y demandaba tener autoridad exclusiva sobre ellas. Entre otros objetos, Juana tal vez consideraba las joyas de la reina Isabel, de Felipe el Hermoso, de Margarita de Austria, de los diplomáticos e incluso de la ciudad de Amberes, como representaciones de algunas de sus relaciones más importantes. Ciertos cinturones y lazos que ella guardaba podían, de la misma manera, haber conmemorado ocasiones significativas. Los ciento dieciséis libros de la reina, las veintiocho piezas de altar, los cincuenta y cinco rosarios y varios relicarios, le proporcionaban sitios para la reflexión personal y espiritual. También apreciaba mucho los retratos de su madre Isabel y su hermana Catalina de Aragón.

La colección de la reina, establecida principalmente antes de 1507, creció poco después de 1512, cuando los miembros de la familia real empezaron “incursiones” periódicas a ella. Disgustada por la desaparición de sus pertenencias, Juana culpó a los oficiales de la casa antes que a sus propios parientes. De esta forma surgieron tensiones entre Juana y muchos de sus sirvientes.


A finales de 1524, el emperador había ordenado que los baúles de Juana fuesen retirados secretamente de sus habitaciones y abiertos en su presencia. Después de seleccionar el oro, las perlas, la plata y las piedras preciosas de los cofres, Carlos V supuestamente ordenó fundir los objetos de oro que le parecieron antiguos o no se usaban y repartió los bienes restantes con su hermana menor Catalina. Posteriormente, al sospechar que cierto cofre había sido quitado y reemplazado, la reina ordenó que lo abriesen delante de ella. Cuando levantaron la tapa del baúl apareció un viejo paño y unos ladrillos. Según el hombre de cámara Juan de Arganda, la reina expresó alivio cuando se enteró de que los bienes desaparecidos habían servido a su hijo. Sobre todo, parecía temer que los sirvientes indignos le robaran sus posesiones.


Fuentes:
Bethany Aram, La reina Juana, Gobierno, piedad y dinastía. Marcial Pons, ediciones de Historia,S.A. 2001
Manuel Fernández Álvarez, Juana La Loca, La Cautiva de Tordesillas. Espasa Calpe S.A. 2000

4 comentarios:

C.G. Aparicio dijo...

Interesante anécdota esta que cuentas sobre el robo de las pertenencias de Juana de Castilla. Lo cierto es que fue una mujer a la que siempre trataron como un títere. Muchos fueron los que se aprovecharon de ella, aquí relatas episodios en los que los protagonistas son sus hijos, pero su marido, e incluso los Reyes Católicos, sus padres, la manejaban a su antojo.

Un blog muy interesane.

Un saludo!

BeatrixRose dijo...

Me encanta Juana, y me apena mucho el trato que recibió de sus propios familiares, que solo querían reinar y nada más. Tordesillas en un sitio precioso, recomiendo ir a verlo, fui por primera vez en 2008 y desde entonces lo visito cada año, aunque no está la fortaleza donde estuvo Juana tantos años, hay un monumento en su lugar, y al lado hay una iglesia con un ventanal donde se dice que Juana pasaba horas mirando a la lejanía.

Excelente trabajo Magnolia ;)

Un abrazo fuerte!

Magnolia dijo...

Saludos C.G Aparicio,muchas gracias por tu comentario. Siento tardar en contestar a todos los que me dejais pero voy muy atareada. Parece ser que cuando hacia falta dinero para sufragar alguna empresa o gastos, sus familiares recurrian a los objetos de gran valor de la pobre reina, llevándoselos sin permiso. No sé si serán verídicas las legendarias palabras a su hijo Carlos: No te basta con haberme quitado un reino sino que ahora me robas ...

Un abrazo :-)

Magnolia dijo...

Un abrazo a ti también BeatrixRose. No he estado nunca en Tordesillas pero si alguna vez paso cerca de allí, me desviaré para ver el lugar donde pasó tantos años de soledad la pobre reina Juana. Es una lástima que el palacio no se haya conservado, creo recordar que Leonor de Guzmán y María de Padilla disfrutaron de él. Creo que cada año Tordesillas conmemora la llegada de la reina Juana a su localidad.

un gran abrazo

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