DÍAS DE DECLARACIONES Y DISCUSIONES
Fueron sucediéndose los días de interminables declaraciones y acaloradas discusiones. Varios cortesanos fueron escuchados como testigos en Blackfriars y muchos testimonios fueron muy favorables a Enrique VIII, para su satisfacción. Gran parte de las declaraciones se centraban en si el príncipe Arturo había consumado el matrimonio, declararon que la temprana edad de Arturo no era obstáculo para la consumación del matrimonio, algún noble alardeó que había sido capaz de efectuar el acto sexual a la edad del príncipe. Otros testimonios “recordaron”, después de veintisiete años, un comentario jactancioso del adolescente príncipe tras su noche de bodas, en el que pedía una copa de cerveza porque había estado en medio de España y que era un buen pasatiempo tener una esposa, jactancias sexuales a las que nunca se le habían dado valor hasta ese momento.
El rey reía y se divertía como si en vez de estar en un juicio, estuviera viendo el estreno de una nueva comedia. Algunos testigos llegaron a decir que el príncipe Arturo había muerto consumido por las pasiones feroces de su esposa española. El cardenal Wolsey amenazó con presentar un informe de unas supuestas sábanas manchadas de sangre que habían sido enviadas a los padres de Catalina en España, informe que nunca se presentó. Pero un testigo importantísimo no fue llamado a declarar, el propio Enrique. Catalina sólo pudo llorar en el rincón de su alcoba. Lágrimas de auténtica impotencia y también por tanta desidia que había a su alrededor. Nadie se había preocupado por su defensa.
EL HONESTO OBISPO FISHER
Las parciales vistas sólo fueron quebradas por un trance inesperadamente dramático. El obispo Warham estaba leyendo monótamente una lista de obispos ingleses que habían consignado sus nombres en un documento apoyando la postura del rey, todos ellos sin excepción, funcionarios reales y nombramientos reales. De repente una figura alta, muy delgada, de ojos hundidos y cara demacrada, se levantó del banco de los que escuchaban.
-¡ Esa no es mi escritura ni mi sello!- dijo John Fisher, obispo de Rochester, enfrentándose al juicio de sus iguales y a la ira de su rey- Estuvisteis en tratos conmigo para obtener mi firma y mi sello – siguió diciendo con dureza a Warham- como otros de mis lores ya han hecho, pero entonces os dije que nunca consentiría a tal acto.
- Es verdad- asintió apresuradamente Warham, menos avergonzado de confesar su falsificación que atemorizado al ver a un hombre al que quería y que respetaba metiendo la cabeza en la boca del león- pero al final fuisteis persuadido a que yo pusiera vuestro nombre en vuestro lugar y que yo pondría el sello y que lo permitiríais.
- Vos sabréis si me equivoco, mi lord – dijo Fisher gélidamente- pero no hay nada más falso.
John Fisher pronunció un apasionado discurso sobre la validez del matrimonio de Enrique y Catalina, diciendo al tribunal: “ Este matrimonio del rey y la reina no puede disolverlo ningún poder, sea humano o divino”. Discurso que el cardenal Campeggio encontró tan elocuente y tan bien razonado como atrevido y sorprendente. Y como un apoyo más a la causa de la reina, Fisher entregó un libro, un escrito de descargo formal o alegato extenso, copias del cual pronto pasaron de mano a mano de admiradores entre la gente cultivada de Europa. Enrique descartó las palabras de Fisher diciendo que eran la opinión “de un solo hombre”.
El obispo de Ely declaró que él tenía graves dudas sobre la consumación del matrimonio del príncipe Arturo y Catalina, ya que la reina tan a menudo le había dicho, según el testimonio de su conciencia, que no había sido carnalmente conocida por dicho príncipe. Sin embargo, la defensa de la reina fue descoordinada y no se atuvo a los procedimientos, no llamó a ningún testigo ni presentó ningún documento. Tras un mes de haber comenzado el juicio, y esperando la gente una sentencia, Campeggio escribió que si tuviera que dar sentencia basándose en lo que había oído en Blackfriars, tendría que fallar a favor del rey.
LOS CARDENALES WOLSEY Y CAMPEGGIO VISITAN A LA REINA
Enrique ordenó a Wolsey que fuera a ver a la reina y que hiciera el último esfuerzo para persuadirla a que se sometiera por completo a la merced del rey. El cardenal, acompañado por Campeggio, sorprendió a la reina en sus apartamentos. Salió para saludarles, con una madeja de seda blanca, con la que había estado cosiendo, colgada de su cuello, y pidió perdón cortésmente por la informal bienvenida, mientras las damas, entre las cuales había estado trabajando, se empujaban detrás de ella en una pequeña y curiosa multitud.
- ¿Qué deseáis de mi?
- Si os pluguiera ir a vuestra cámara privada- dijo Wolsey- os mostraremos la causa de que hayamos venido.
- Mi lord- respondió Catalina, poniéndose inmediatamente en guardia- Si tenéis algo que decir, decidlo abiertamente delante de estas gentes; porque yo no temo lo que podáis decir o alegar en mi contra, pero quiero que eso lo pueda ver y oír todo el mundo.
Wolsey, echando una mirada a las mujeres que les rodeaban, comenzó a hablar en latín.
-No, mi lord- le cortó- habladme en inglés, os lo suplico, aunque yo entiendo latín.
-Venimos a conocer cuál es vuestro modo de pensar y a declararos, con el celo y reverencia que merece Vuestra Gracia, cuál es nuestro leal consejo.
La reina les dio las gracias y añadió:
-Yo estoy con mis damas completamente alejada de estos asuntos. Además, ¿qué inglés habrá que siendo súbdito del rey quiera darme pruebas de amistad en contra de los deseos del rey? No puede haberlo, señores. Yo me hallo sola, sin amigos, en una región extranjera y, en cuanto a vuestros consejos, lejos de negarme a escucharlos, os aseguro que los oiré con gusto.
Les condujo a un cuarto interior, desde donde los esforzados oyentes podían oír a ratos la voz de la reina alzándose enérgicamente aunque no podían entender exactamente lo que se estaba diciendo. Probablemente Wolsey volvió a usar todos los viejos argumentos para la sumisión, le diría que con seguridad el caso se decidiría contra ella y que ésta era su última oportunidad para llegar a un acuerdo. Pero Catalina ya había tomado una decisión y era inamovible.
ÚLTIMO DÍA DEL JUICIO
El viernes 23 de julio fue el último día que se reunió el tribunal. El rey mismo estuvo presente, en una de las galerías desde las que se dominaba la vista de los legados con sus mantos escarlata. No se produjo el veredicto favorable que tanto había aguardado. El cardenal Campeggio decidió que el caso era demasiado importante para ser decidido sin consulta con la curia en Roma: lamentablemente, la curia estaba en sus largas vacaciones en el verano italiano y por lo tanto prorrogaba el tribunal hasta el 1 de octubre. Había terminado un período que duró dos meses en que se mezcló discusión teológica, contención legal y detalles lascivos. Enrique no había avanzado nada en cuanto a liberarse de su esposa. Pero hubo una manifiesta consecuencia de todo el proceso del tribunal y de su fracaso. En el otoño el gran cardenal y legado papal, Wolsey, cayó del poder.
Fuentes:
Antonia Fraser,
Las seis esposas de Enrique VIII. 1998 Ediciones B Argentina, S.A.
Garrett Mattingly,
Catalina de Aragon. 1998 Ediciones Palabra, S.A.
Alison Weir,
Enrique VIII, el rey y la corte. 2003 Editorial Ariel S.A.
Francis Hackett,
Enrique VIII y sus seis mujeres. 2006 Editorial Juventud, S.A.
http://mary-tudor.blogspot.com/2010/11/interview-with-giles-tremlett-on-new.html
http://tudorswiki.sho.com/page/Katherine+of+Aragon+-+Non+Fiction+Shelf