jueves, 30 de diciembre de 2010

MARIANA DE AUSTRIA, Reina de España ( III y última)

El alba del 17 de septiembre de 1665, sintiendo próximo su final, Felipe IV pidió que se le suministrasen los sacramentos y ver a su heredero, al cual transmitió su deseo de que obedeciera siempre a su madre y de que Dios le hiciese más feliz en la tarea de gobernar de lo que él había sido. Carlos II subió al trono con tan sólo cuatro años. Mariana de Austria se convirtió en la regente del reino durante la minoría de edad de su hijo, hasta los catorce años, momento en el que se le consideraría legalmente mayor de edad.




Como viuda, vestirá para siempre con toca y atuendo parecido al hábito monjil, que unido a sus costumbres austeras, le dieron una imagen severa, nada frívola ni popular. Como gobernadora, la reina se mostró poco hábil, nada dúctil a nuevas situaciones, terca y orgullosa; empecinada a veces en decisiones erróneas. Alemana de corazón, jamás comprendió al pueblo que había de regir y se mantuvo toda su vida aislada, sin otro contacto con los organismos del Estado que por medio de favoritos torpemente elegidos, su confesor el padre jesuita Juan Everardo Nithard y el ambicioso Fernando de Valenzuela.

La reina también sufrió una atroz campaña de difamación, a través de innumerables escritos, pasquines y libelos. La acusaron desde regalar dinero español a su hermano el emperador Leopoldo I hasta mantener relaciones amorosas con sus válidos. La educación de Carlos II fue descuidadísima, pues la reina prevalecía la obsesión por su salud. En el campo de la política internacional, se produjo una ruptura de la paz entre España y Francia. Luis XIV aprovechó el nuevo enfrentamiento para reclamar los derechos legítimos de su esposa María Teresa a los dominios de Flandes.

Juan José de Austria



La reina se granjeó la enemistad de Juan José de Austria, hijo ilegítimo de su difunto esposo. Mariana no lo veía con buenos ojos e intentó mantenerlo alejado de la corte y de su hijo. La corte se dividió en dos facciones enemigas, la de la reina regente y la de Juan José de Austria, enfrentadas en la lucha por el poder. La soberana sufriría un duro golpe por la muerte de su hija la emperatriz Margarita acaecida en 1673. Dos años más tarde, su regencia llegó a su fin pero la reina siguió influyendo bastante en su débil hijo, salvo durante el período comprendido de 1677, en que Juan José de Austria se hizo con el poder y la confinó en Toledo, hasta 1679, fecha de la muerte de éste.


Sus últimos años fueron especialmente difíciles debido, entre otras cosas, a sus frecuentes peleas con su segunda nuera, Mariana de Neoburgo. Asimismo, la muerte de su nieta María Antonia de Austria, esposa del elector Maximiliano II Manuel de Baviera, en 1692 fue un terrible golpe para ella; sin embargo, el único hijo sobreviviente de la pareja, el príncipe José Fernando de Baviera, se convirtió en uno de los pocos consuelos que Mariana tuvo durante sus últimos años de vida. A principios de 1693 escribía desde el Palacio del Buen Retiro las siguientes palabras al elector Maximiliano Manuel acerca del pequeño José Fernando: «Quiera Dios conservarlo para consuelo de Vuestra Alteza y mío, porque llevo a ese niño dentro del corazón, por ser lo único que me ha quedado de mi hija». No mucho tiempo después, a Mariana se le diagnosticó cáncer de pecho. Ésta fue la causa de su muerte, ocurrida el 16 de mayo de 1696 en Madrid, «cuando las tinieblas cubrían por completo la luz de la luna». Un testigo, el Barón de Baumgarten, describió los sucesos en los siguientes términos:

Miércoles 16, a las doce menos cuarto de la noche, en el instante mismo en que se hacía más visible el eclipse de luna, falleció la Reina, en las casas de Uceda, donde vivía. A las cuatro de la mañana se abrió el testamento, y después se expuso el cadáver en el estrado. Al domingo siguiente lo trasladaron a El Escorial con la pompa de costumbre. Según pudo ver mucha gente, al sacar el cadáver de la caja mortuoria una paloma estuvo revoloteando buen rato. Una monja que ha servido en el cuarto de la Reina difunta, al tener noticia de su muerte, pidió un recuerdo de ella, y le dieron una de las camisas de noche de Su Majestad. Esta monja, paralítica desde que entró en el convento, metió la camisa en su cama, y a la mañana siguiente amaneció completamente curada.

Durante el otoño de 1699 el embajador austríaco en Madrid, Conde Harrach, acompañó a los reyes a pasar una temporada en El Escorial y cuenta que, aprovechando la ocasión, se decidió cambiar algunos féretros de lugar. El rey Carlos II mandó que abrieran el féretro de su madre y poco tiempo después Harrach escribió una carta al emperador Leopoldo relatando lo que vio:

...estaba todo el cuerpo sin descomponerse y la carne de la cara y las manos tan intacta como si Su Majestad acabase de morir; todo el traje y el manto, que era de tafetán de seda, estaba en tan buen estado como si se hubiese acabado de hacer. Su Majestad el Rey en persona me instó a que lo mirase y tocase todo para que pudiese dar cuenta detallada a Vuestra Majestad Imperial. No se notaba tampoco el menor olor. Se estudian ahora todos los milagros que sucedieron a la muerte de Su Majestad, y me han asegurado que cuando Su Majestad se iba a morir pidió que no la abrieran ni embalsamaran. Pero como Su Majestad el Rey dispusiera que se hiciese y los médicos y cirujanos abriesen la camisa para hacer la operación, enrojeció súbitamente el rostro del cadáver, con lo cual se asustaron tanto los médicos y cirujanos, que cayeron de rodillas y pidieron a Su Majestad que los perdonara, porque lo habían hecho por orden del Rey, con lo que, después de abrirla, se volvió a poner pálida la cara.


Fuentes:
María José Rubio, reinas de España, las Austrias. La Esfera de los Libros, S.L. 2010
http://es.wikipedia.org/wiki/Mariana_de_Austria
Historia de España: Del reinado de Felipe III a la monarquía hispánica de los Austrias. Salvat Editores, S.A.

sábado, 25 de diciembre de 2010

MARIANA DE AUSTRIA, Reina de España ( II )


La frustración por la falta de hijos y la mala salud crónica que acusa Mariana, cada vez más huraña, afecta a la relación matrimonial de los reyes. Tras la alegre novedad de los primeros años, una sombra de frialdad envuelve a la pareja real. Felipe IV, que durante unos años se había mostrado exultante por la compañía de su esposa, volvió a sus infidelidades, en otros tiempos centro de los rumores de palacio.

Los celos también minaron el ánimo de Mariana, que solía quedar exhausta tras sus tremendos enfados. Poco quedaba ya de la niña inmadura y alegre que había traido un poco de vida a la severa monarquía española. La joven archiduquesa se había transformado en una reina soberbia y dura que se rodeaba de damas alemanas, cantaba canciones de su pueblo natal y frecuentaba poco los salones donde sabía que no era bien vista. Mariana no ignoraba que a sus espaldas los cortesanos se burlaban de su torpeza e imitaban su acento.


Algunos autores señalan que la reina Mariana, celosa del amor que el rey había profesado a su primera esposa, Isabel de Borbón, y sabiendo que a ella no la amaría del mismo modo, terminó por tomarle manía a su hijastra María Teresa, así como a todo aquello que tenía que ver con Francia. Las dos mujeres, inseparables en los tiempos despreocupados de su "niñez", compartirían ahora el mismo techo sin mantener el mínimo contacto. Otros autores, sin embargo, nada dicen sobre una mala relación entre ellas.

En el día de San Próspero, el 28 de noviembre de 1657, nace el príncipe Felipe Próspero. Según los astrólogos de la época, el ansiado heredero viene al mundo con la mejor disposición posible de los astros y la coincidencia de su nacimiento en tan curioso santoral augura precisamente paz y prosperidad. Felipe IV se siente satisfecho. El niño no es muy robusto pero el rey se conforma con que sea “ lucidito y sano ”. Mucha gente acude a palacio para besar su mano y celebrar un acontecimiento que parece traer por fin estabilidad a la corona.



La reina vuelve a quedar pronto embarazada. Para finales de 1658 se espera el nacimiento de su cuarto hijo. Todos rezan para que sea otro varón, puesto que la salud del príncipe Felipe Próspero es precaria desde sus primeros meses de vida. Se teme que no durará mucho tiempo. En diciembre de ese año viene al mundo un nuevo infante al que llamarán Fernando Tomás y al parecer es un niño sano. Lamentablemente, fallecerá a los diez meses dejando a sus padres y al reino desconsolados.

Cumplidos los veinte años de edad, la infanta María Teresa, como hija mayor del rey y portadora de derechos dinásticos al trono español, es sin duda el mejor partido de Europa. La guerra con Francia dura desde hace decenios, a pesar de los enlaces matrimoniales entre las familias reales. Los dos países siguen manifestándose una enemistad visceral. Se piensa que la solución a esa crisis podía procurarla el matrimonio de la infanta María Teresa con su primo hermano el joven rey Luis XIV de Francia, hijo de la infanta española Ana de Austria. Felipe IV tiene acordada la boda con Leopoldo de Austria, elevado a emperador de Alemania, pero entiende que está obligado a ceder a su hija al monarca francés juzgando que “ tal prenda había de ser el iris de la paz ”.



La reina Mariana se opone radicalmente al estrecho acercamiento que se maquina entre Francia y España, así como al desaire infligido a su hermano el emperador Leopoldo. Se esfuerza en promover la alianza de la casa de Austria frente a Francia, aunque sea en contra de los intereses inmediatos de la corona española. La situación propicia su primer posicionamiento político como reina.

Antes de su boda, la infanta María Teresa renunciaría a sus derechos a la corona española. Con una cláusula minúscula pero envenenada: la renuncia de María Teresa solo sería efectiva cuando su padre hubiese pagado la dote, que ascendería a 500.000 coronas. El cardenal Mazarino sabía que España, totalmente arruinada, no pagaría nunca. La historia dice que la dote de María Teresa no fue jamás pagada. El rey partirá con su hija hacia la frontera para entregarla a los franceses, dejando a Mariana como regente. El discreto éxito con el que la reina desempeña esta tarea dará pie al monarca a pensar en confiarle el reino en un futuro, cuando él ya no esté.


En la madrugada del 1 de noviembre de 1661 muere el príncipe heredero Felipe Próspero, aún no había cumplido los cuatro años de edad. La reina, a punto de dar a luz un nuevo hijo, resiste el golpe moral con entereza. Felipe IV comienza a achacar su desgracia familiar al castigo de Dios por sus propios pecados. A los cinco días del fallecimiento de su hermano, nace el infante Carlos en una cámara real en la que infinidad de reliquias se esparcían en torno al lecho. El propio rey confesó a uno de sus cortesanos que este niño era el resultado de la última cópula conyugal que había logrado tener con su mujer, no sin grandes esfuerzos. La Gaceta de Madrid publicó la descripción del principito diciendo que era un niño de facciones hermosísimas, cabeza proporcionada, grandes ojos, un aspecto saludable y muy gordito. Descripción ésta que no concuerda con el informe enviado por el embajador francés a su soberano y para quien el príncipe parecía bastante débil, mostraba signos visibles de degeneración, tenía flemones en las mejillas, la cabeza llena de costras y el cuello le supuraba.

Su solemne bautizo, que se celebró quince días después en la Capilla Real del Alcázar, pretendió mostrar a los embajadores de otros reinos que la corona española tenía asegurada su sucesión. La madrina de bautismo fue su hermana la infanta Margarita. Esta ceremonia fue la última gran fiesta del reinado de Felipe IV. La salud del heredero de la corona será la mayor preocupación de sus padres. El rey da la orden de no mostrar al pequeño príncipe a nadie. Y en las escasas ocasiones en las que por razones de protocolo no había más remedio que ir con el principito a algún sitio, está tan cubierto de sedas y encajes que apenas se le distingue. Según el embajador inglés solamente se le ve un ojo y parte de la ceja ”.


El emperador Leopoldo I de Alemania, aún soltero a sus veintidós años tras el desplante de la infanta María Teresa, pide a Felipe IV la mano de su otra hija menor. Aunque el matrimonio religioso no pueda celebrarse hasta que la novia cumpla los catorce años, el Consejo de Estado presiona al rey para que acuerde y anuncie públicamente cuanto antes el compromiso. A medida que disminuye la energía de su esposo en sus últimos años de vida, la reina crece en ambición y presencia política en la corte. Mariana se convierte en figura principal de la facción pro austríaca de la corona española, que agrupa en su entorno a embajadores y nobles que creen en la unión de la casa de Austria frente a las recientes alianzas hispano-francesas.

La influencia de la reina Mariana es decisiva para que la infanta Margarita no sea obligada a renunciar a sus derechos a la corona española, como hizo su hermana mayor. Esta circunstancia tendrá como consecuencia futura las reclamaciones de la casa de Austria al trono español en la Guerra de Sucesión.

Fuentes:
María José Rubio, reinas de España, las Austrias. 2010 La Esfera de los Libros, S.L.
Fernando Gonzalez-Doria, Las Reinas de España. 1989 Editorial Bitacora S.A
Emilio Beladiez, Españolas, Reinas de Francia. 2002 Ediciones Palabra S.A
Catalina de Habsburgo, Las Austrias. 2006 La Esfera de Los Libros S.L

FELIZ NAVIDAD A TODOS



VILLANCICO LOS PECES EN EL RÍO

La Virgen está lavando
y tendiendo en el romero,
los pajarillos cantando,
y el romero floreciendo.

Pero mira como beben
los peces en el río,
pero mira como beben
por ver al Dios nacido.
Beben y beben y vuelven a beber,
los peces en el río
por ver a Dios nacer.

La Virgen se está peinando
entre cortina y cortina,
sus cabellos son de oro,
el peine de plata fina.

Pero mira como beben
los peces en el río,
pero mira como beben
por ver al Dios nacido.
Beben y beben y vuelven a beber,
los peces en el río
por ver a Dios nacer.

La Virgen va caminando
por entre aquellas palmeras,
el Niño mira en sus ojos,
el color de la vereda.

Pero mira como beben
los peces en el río,
pero mira como beben
por ver al Dios nacido.
Beben y beben y vuelven a beber,
los peces en el río
por ver a Dios nacer.



viernes, 24 de diciembre de 2010

"Nacida para reina: Fabiola, una española en la corte de los belgas" de Fermín J. Urbiola


Dedico esta reseña a Aroa Moreno de ediciones Espasa por la información que me ha enviado. El pasado miércoles 13 de diciembre se cumplió el cincuenta aniversario de la boda en Bruselas de la española Fabiola de Mora y Aragón con Balduino, rey de los belgas. Aquel evento supuso una revolución para la historia de las monarquías pero, también, para la historia de la prensa de sociedad que, por primera vez, hace un gran despliegue de medios para cubrir el casamiento. Además, Televisión Española realiza su primera retransmisión desde el extranjero. Millones de espectadores siguieron la boda a través de la televisión en toda Europa.

Medio siglo después, su biógrafo, Fermín J. Urbiola, nos desvela en su libro “ Nacida para reina” de editorial Espasa, la extraordinaria personalidad de una mujer moderna e independiente, con grandes inquietudes y profundas convicciones, capaz de saltar por encima de las convenciones sociales del entorno aristocrático al que pertenecía. El escritor navarro hace un repaso por la vida de la soberana, desde su infancia hasta el anuncio de su boda con Balduino que sorprendió a los belgas y a los españoles y dio la vuelta al mundo. El suyo fue un matrimonio por amor. Ahora Fabiola, a sus 82 años, y tras quedarse viuda, vive de manera muy discreta rodeada de la familia real y con el cariño de los belgas. Para una mayor información sobre el autor y el libro: http://nacidaparareina.com/blog/


Fuentes:
http://www.elpais.com/articulo/gente/tv/Fabiola/nacida/reina/elpepugen/20101104elpepuage_1/T

jueves, 23 de diciembre de 2010

MARIANA DE AUSTRIA, Reina de España ( I )


Dos años después de la muerte de la reina Isabel de Borbón, fallece su hijo el príncipe Baltasar Carlos. El rey Felipe IV queda sólo con una hija de ocho años, la infanta María Teresa. Ha cumplido el soberano cuarenta y un años pero la vida licenciosa que ha llevado, y todavía lleva de vez en cuando, le está avejentando prematuramente, aumentando la natural indolencia de su carácter. Comprende que debe celebrar un nuevo enlace matrimonial para intentar tener más hijos, y en especial un varón.

Las candidatas para este nuevo matrimonio eran escasas. En Madrid se tenía un alto concepto de la monarquía, por lo que quedaban excluidas todas las jóvenes de pequeñas casas reinantes o principescas; por otra parte, el hecho de que la monarquía española profesaba la religión católica, excluía a todas las princesas de religión protestante, con lo que la elección quedaba reducida a princesas francesas o de la otra rama de la casa de Austria. Por su enemistad con Francia, se acordó la celebración del matrimonio del monarca español con la novia de su difunto hijo, su sobrina la archiduquesa Mariana de Austria, hija del emperador Fernando III y de la infanta española María.



El encuentro del rey con su joven esposa se produce el 6 de octubre de 1649 en la villa de Navalcarnero. El monarca, disfrazado, ha salido a recibirla oculto entre las personas del séquito para contemplar el aspecto físico de Mariana antes de ser presentados cara a cara. El rey tiene cuarenta y tres años y la reina, quince. Al día siguiente se celebra la ratificación del matrimonio en la iglesia de la misma localidad. De allí marchan a El Escorial, donde pasarán su primer mes de vida conyugal, a la espera de que la solemne ceremonia de entrada pública en Madrid esté preparada.

El 15 de noviembre, Mariana de Austria atraviesa las calles de la Villa y Corte rodeada de afecto popular. En los primeros meses, la pareja real aprende a tratarse y a conocerse. La reina no es una gran belleza pero desde su llegada a España despierta grandes simpatías. Los españoles la recibieron con alegría desbordante, conscientes de que iba a sacrificar su juventud al lado de un hombre que le triplicaba en edad y de que tenía una misión de suma importancia: proporcionar un heredero a una corona en cuyos extensos dominios seguía sin ponerse el Sol.


De rasgos Habsburgo inequívocos, Mariana llama la atención por su piel pálida y su cabello rubio. Es de estatura media, tirando a baja, pero de figura muy aparente. Cae bien por su carácter alegre y desenfadado, un tanto infantil. Ama el teatro, las fiestas y los espectáculos. Le gusta la caza con pasión. Por suerte, encaja bien con el carácter de su prima hermana e hijastra la infanta María Teresa, tan sólo cuatro años menor que ella. Las dos jóvenes forman una entrañable pareja, a la cual Felipe IV bautiza como “ las primas ”, siempre juntas en ceremonias y diversiones.

Felipe IV confiesa encontrar a su esposa demasiado infantil. La diferencia de edad entre ellos le hace sentirse más viejo. Le parece “ muy linda ” y le gusta su carácter jovial pero durante mucho tiempo se refiere a ella sólo como “ mi sobrina ”. Le cuesta hacerse a la idea de que esa niña es su esposa, aunque en poco tiempo reconocerá sus grandes valores y sólo tendrá para ella palabras de admiración. Con la llegada de la joven reina, Felipe IV inicia una etapa de vida más familiar, doméstica e íntima. El 12 de julio de 1651 nace la infanta Margarita María, que a punto está de costarle la vida a su madre. El posparto resultó complicado y la salud de la reina quedó seriamente quebrantada. La infanta María Teresa actuó como madrina en el bautizo de su pequeña hermana.


El rey presiona sobre la necesidad de tener un hijo varón cuanto antes. Desde los duros achaques del primer parto, Mariana padece con frecuencia unas terribles jaquecas de herencia familiar. Los médicos de cámara intentan aliviarla con purgas sin resultado visible. El persistente sufrimiento que esto le causa trastorna su alegre personalidad. Felipe IV se mostraba solícito con la reina y abundaron en él los detalles de ternura.

En febrero de 1653 la reina se contagia de viruela y a punto está otra vez de morir. Durante un mes el rey apenas duerme de la preocupación, hasta el punto de que el cansancio le hace también enfermar. Aunque Mariana sale curada del trance, su cara queda marcada para siempre de feas señales. El excesivo uso de afeites y polvos de coral en las mejillas que desde entonces caracteriza la imagen de la soberana, tendrá mucho que ver con esta enfermedad. Recién repuesta de la viruela, sin tregua para su recuperación física, la reina sufre en septiembre de 1653 el aborto de un hijo cuyo embarazo apenas ha dado tiempo a celebrar.


Ante la ausencia de nuevos embarazos de la reina, la situación dinástica de España comienza a ser preocupante. El Consejo de Estado presiona para buscar soluciones a una situación insostenible para la corona española. Exigen al rey que nombrase sucesora a su hija la infanta María Teresa, que contaba con diecisiete años, y que se pacte un matrimonio conveniente para ella, acorde a estas circunstancias. Felipe IV se resiste, puesto que teniendo una esposa joven confía aún en ser padre de hijos varones. Con reticencias, accede a tantear las opciones matrimoniales de su hija. El archiduque Leopoldo de Austria, hermano de la reina y dos años menor que la infanta María Teresa, parece el más indicado. Llegados a un acuerdo el emperador Fernando III y el rey de España, el proyecto se pone en marcha en el otoño de 1654.

La sorpresa inesperada de un nuevo embarazo de la reina Mariana paraliza la política internacional. Después de meses de expectación y esperanza, el 7 de diciembre de 1655 nace de forma prematura otra infanta que recibe los nombres de María Ambrosia. La reina sufre otro durísimo parto. Durante cinco horas permanece casi sin sentido. La niña es de poco peso y apenas puede ser amamantada. En sólo dos semanas se alternan dos nodrizas diferentes en un intento desesperado por salvarle la vida. Muere trece días después, aunque la preocupación dominante en la corte es la salud de la soberana, que a pesar de su juventud sufre en cada uno de estos trances un deterioro físico notable.


Fuentes:
http://retratosdelahistoria.lacoctelera.net/post/2008/11/18/mariana-austria-reina-espa-a
María José Rubio, reinas de España, las Austrias. 2010 La Esfera de los Libros, S.L.
Fernando Gonzalez-Doria, Las Reinas de España. 1989 Editorial Bitacora S.A

miércoles, 22 de diciembre de 2010

El repudio de Catalina de Aragón ( VI )



LA CAÍDA DE WOLSEY Y LA LLEGADA DEL EMBAJADOR CHAPUYS


Al no conseguir la anulación del matrimonio de Enrique VIII con Catalina de Aragón, el cardenal Wolsey fue acusado de traición y cayó en desgracia. Fue despedido como lord canciller, reemplazado por Tomás Moro, y sentenciado a prisión. Fue privado de su fortuna y todos sus bienes fueron puestos en las manos del rey. De camino a la torre de Londres, una enfermedad, que el propio cardenal pudo o no haber acelerado, se le adelantó y se lo llevó a la tumba un día de noviembre de 1530 en Leicester.

El otoño de 1529 también marcó la llegada de un nuevo aliado para la reina Catalina. Eustace Chapuys, el nuevo embajador español, estaba bien dotado para conducir a la infortunada mujer a través de la ciénaga de debate y conflicto que siguió al tribunal. Alguien -probablemente Thomas Cranmer, entonces un eclesiástico relativamente poco conocido pero con relaciones con la familia Bolena- había tenido la idea de trasladar el asunto del ámbito del derecho al de la teología. Eso se debía hacer apelando a los estudiosos teológicos de las universidades de toda Europa para que dieran su opinión. Chapuys a sus cuarenta años era doctor en derecho canónico y ex juez eclesiástico en Ginebra, capaz y astuto, nunca temía decir lo que pensaba. Su dominio del inglés no estaba a la misma altura que su francés, español o latín, así que empleaba como secretario a Juan de Montoya, ex ujier de la reina, que lo hablaba con soltura.




TRES SON MULTITUD

El estancamiento en cuanto al divorcio significaba que el rey y la reina continuaran, por así decir, viviendo juntos. La reina Catalina permanentemente abrumaba al rey con el tema de su virginidad en el momento del matrimonio de ambos, que ahora se había convertido en una obsesión para ella, aprovechando las oportunidades que le otorgaban las ocasiones estatales. Incluso consiguió que en octubre de 1529 él conviniera tácitamente que ella había sido virgen. “ Estoy contento ”, estalló el rey, tras escucharla afirmar una vez más que había sido “ una doncella ” y él lo sabía, “ pero no sois mi esposa a pesar de todo ello ”. Ya que la bula no había dispensado el impedimento de la honestidad pública, eso era cierto respecto de la bula original, pero no del breve subsiguiente.




En noviembre de 1529 Ana Bolena estaba constantemente al lado de Enrique y actuaba como reina de facto, exigiendo la precedencia en la corte cuando no se encontraba con Catalina. Se sentaba en la silla de la consorte en los banquetes y lucía suntuosos vestidos de color púrpura, el color reservado para la realeza, que el rey le había regalado.

Catalina, mientras tanto, pasaba la mayor parte del tiempo en sus aposentos y hacía todo lo posible para que sus relaciones con Enrique fuesen amistosas siempre que se veían. Enrique, a causa de un hábito más fuerte que su afecto, cenaba con Catalina, solos, de vez en cuando, delante del fuego de la chimenea en el cuarto de ella, y pasó alguna velada moviéndose de un lado a otro y charlando mientras Catalina cosía.

Ana Bolena insistía de continuo para que se separase de Catalina completamente y, aunque al principio no ordenó que la reina se marchase de Greenwich, no permitió que fuera allí la princesa María y cuando Catalina le insinuó que le gustaría ver a su hija, él le dijo brutalmente que podía irse cuando quisiera a donde estuviera María. Catalina le respondió con calma que su lugar estaba a su lado y que ahí continuaría.




 ENRIQUE Y CATALINA SE PELEAN


Unos días más tarde, se pelearon furiosamente. La reina le reprochó con amargura que le veía cada vez con menos frecuencia. Ya no comía con ella ni la visitaba como solía, sino que la dejaba allí, desatendida, abandonada, sufriendo en soledad los dolores del purgatorio. Si se sentía desatendida e incómoda, era culpa suya, gruñó Enrique; ella era la señora de su propia casa, podía ir donde quisiera y vivir donde quisiera. Él no era responsable. Él no era su marido, como le habían dicho muchos sabios doctores, incluyendo el doctor Lee, su limosnero.

-¡ Doctores!- gritó Catalina- sabes muy bien, sin que sea menester que te ayude ningún doctor, que eres mi marido y que tu caso carece de todo fundamento. Llegué a ti tan virgen como lo era en el vientre de mi madre y tú mismo lo has dicho así con frecuencia. Me importan un comino tu limosnero y tus doctores. Gracias a Dios mi juez no es tu limosnero sino el Papa. Él decidirá.



Enrique mostró su desprecio hacia el Papa. Todos, teólogos y juristas habían apoyado su opinión y sólo estaba esperando a que sus dictámenes fueran confirmados por la universidad de París.

- Entonces – dijo con ademán desafiante- Si el Papa no decide a mi favor declararé hereje al Papa y me casaré con quien quiera.

Catalina no se dejó intimidar.

-Sabes mejor que yo qué opiniones tienes de París y de cualquier otro sitio, y cuánto valen. También sabes que los mejores juristas de Inglaterra han escrito poniéndose de mi parte. Déjame recoger opiniones como tú lo has hecho, y por cada doctor o cada jurista tuyo me atrevo a decir que podría encontrar mil que mantendrían que nuestro matrimonio es bueno e indisoluble.



LOS REPROCHES DE ANA BOLENA


Una oposición realmente audaz siempre dejaba confuso a Enrique. La miró estupefacto, sin poder decir nada, y se fue furioso de las estancias de Catalina para dar cuenta de la discusión a Ana. A su vez, Ana Bolena le espetó al rey: “ ¿No os dije que toda vez que disputaras con la reina, seguramente se impondría ella? ". Luego, de la ira Ana pasó a las lágrimas, lamentando su triste destino. Insinuó que un día volvería a la reina y la abandonaría y declaró que estaba malgastando su juventud inútilmente, que por esperarlo había perdido toda oportunidad de un matrimonio honorable.

Poco después, Ana pilló a un lacayo de la cámara privada cuando llevaba cierta cantidad de lino a la reina; al llamarle la atención, el hombre dijo que la reina iba a hacer unas camisas para el rey, como siempre había hecho. Ana, al oírle, armó un escándalo. Afirmó que era una costurera muy buena y se puso furiosa porque Enrique no le había dado el lino a ella, pero el rey era hombre de costumbres fijas e insistió en que se lo habían mandado a la reina por orden suya y que no pensaba dar contraorden. En ambos casos la discusión terminó con una apasionada reconciliación.


Fuentes:
Antonia Fraser, Las seis esposas de Enrique VIII. 1998 Ediciones B Argentina, S.A.
Garrett Mattingly, Catalina de Aragon. 1998 Ediciones Palabra, S.A.
Alison Weir, Enrique VIII, el rey y la corte. 2003 Editorial Ariel S.A.

sábado, 18 de diciembre de 2010

El repudio de Catalina de Aragón ( V )


DÍAS DE DECLARACIONES Y DISCUSIONES


Fueron sucediéndose los días de interminables declaraciones y acaloradas discusiones. Varios cortesanos fueron escuchados como testigos en Blackfriars y muchos testimonios fueron muy favorables a Enrique VIII, para su satisfacción. Gran parte de las declaraciones se centraban en si el príncipe Arturo había consumado el matrimonio, declararon que la temprana edad de Arturo no era obstáculo para la consumación del matrimonio, algún noble alardeó que había sido capaz de efectuar el acto sexual a la edad del príncipe. Otros testimonios “recordaron”, después de veintisiete años, un comentario jactancioso del adolescente príncipe tras su noche de bodas, en el que pedía una copa de cerveza porque había estado en medio de España y que era un buen pasatiempo tener una esposa, jactancias sexuales a las que nunca se le habían dado valor hasta ese momento.

El rey reía y se divertía como si en vez de estar en un juicio, estuviera viendo el estreno de una nueva comedia. Algunos testigos llegaron a decir que el príncipe Arturo había muerto consumido por las pasiones feroces de su esposa española. El cardenal Wolsey amenazó con presentar un informe de unas supuestas sábanas manchadas de sangre que habían sido enviadas a los padres de Catalina en España, informe que nunca se presentó. Pero un testigo importantísimo no fue llamado a declarar, el propio Enrique. Catalina sólo pudo llorar en el rincón de su alcoba. Lágrimas de auténtica impotencia y también por tanta desidia que había a su alrededor. Nadie se había preocupado por su defensa.




EL HONESTO OBISPO FISHER


Las parciales vistas sólo fueron quebradas por un trance inesperadamente dramático. El obispo Warham estaba leyendo monótamente una lista de obispos ingleses que habían consignado sus nombres en un documento apoyando la postura del rey, todos ellos sin excepción, funcionarios reales y nombramientos reales. De repente una figura alta, muy delgada, de ojos hundidos y cara demacrada, se levantó del banco de los que escuchaban.

-¡ Esa no es mi escritura ni mi sello!- dijo John Fisher, obispo de Rochester, enfrentándose al juicio de sus iguales y a la ira de su rey- Estuvisteis en tratos conmigo para obtener mi firma y mi sello siguió diciendo con dureza a Warham- como otros de mis lores ya han hecho, pero entonces os dije que nunca consentiría a tal acto.

- Es verdad-
asintió apresuradamente Warham, menos avergonzado de confesar su falsificación que atemorizado al ver a un hombre al que quería y que respetaba metiendo la cabeza en la boca del león- pero al final fuisteis persuadido a que yo pusiera vuestro nombre en vuestro lugar y que yo pondría el sello y que lo permitiríais.

- Vos sabréis si me equivoco, mi lord
– dijo Fisher gélidamente- pero no hay nada más falso.



John Fisher pronunció un apasionado discurso sobre la validez del matrimonio de Enrique y Catalina, diciendo al tribunal: “ Este matrimonio del rey y la reina no puede disolverlo ningún poder, sea humano o divino”. Discurso que el cardenal Campeggio encontró tan elocuente y tan bien razonado como atrevido y sorprendente. Y como un apoyo más a la causa de la reina, Fisher entregó un libro, un escrito de descargo formal o alegato extenso, copias del cual pronto pasaron de mano a mano de admiradores entre la gente cultivada de Europa. Enrique descartó las palabras de Fisher diciendo que eran la opinión “de un solo hombre”.

El obispo de Ely declaró que él tenía graves dudas sobre la consumación del matrimonio del príncipe Arturo y Catalina, ya que la reina tan a menudo le había dicho, según el testimonio de su conciencia, que no había sido carnalmente conocida por dicho príncipe. Sin embargo, la defensa de la reina fue descoordinada y no se atuvo a los procedimientos, no llamó a ningún testigo ni presentó ningún documento. Tras un mes de haber comenzado el juicio, y esperando la gente una sentencia, Campeggio escribió que si tuviera que dar sentencia basándose en lo que había oído en Blackfriars, tendría que fallar a favor del rey.



LOS CARDENALES WOLSEY Y CAMPEGGIO VISITAN A LA REINA


Enrique ordenó a Wolsey que fuera a ver a la reina y que hiciera el último esfuerzo para persuadirla a que se sometiera por completo a la merced del rey. El cardenal, acompañado por Campeggio, sorprendió a la reina en sus apartamentos. Salió para saludarles, con una madeja de seda blanca, con la que había estado cosiendo, colgada de su cuello, y pidió perdón cortésmente por la informal bienvenida, mientras las damas, entre las cuales había estado trabajando, se empujaban detrás de ella en una pequeña y curiosa multitud.

- ¿Qué deseáis de mi?

- Si os pluguiera ir a vuestra cámara privada
-
dijo Wolsey- os mostraremos la causa de que hayamos venido.

- Mi lord-
respondió Catalina, poniéndose inmediatamente en guardia- Si tenéis algo que decir, decidlo abiertamente delante de estas gentes; porque yo no temo lo que podáis decir o alegar en mi contra, pero quiero que eso lo pueda ver y oír todo el mundo.

Wolsey, echando una mirada a las mujeres que les rodeaban, comenzó a hablar en latín.

-No, mi lord- le cortó- habladme en inglés, os lo suplico, aunque yo entiendo latín.

-Venimos a conocer cuál es vuestro modo de pensar y a declararos, con el celo y reverencia que merece Vuestra Gracia, cuál es nuestro leal consejo.

La reina les dio las gracias y añadió:

-Yo estoy con mis damas completamente alejada de estos asuntos. Además, ¿qué inglés habrá que siendo súbdito del rey quiera darme pruebas de amistad en contra de los deseos del rey? No puede haberlo, señores. Yo me hallo sola, sin amigos, en una región extranjera y, en cuanto a vuestros consejos, lejos de negarme a escucharlos, os aseguro que los oiré con gusto.

Les condujo a un cuarto interior, desde donde los esforzados oyentes podían oír a ratos la voz de la reina alzándose enérgicamente aunque no podían entender exactamente lo que se estaba diciendo. Probablemente Wolsey volvió a usar todos los viejos argumentos para la sumisión, le diría que con seguridad el caso se decidiría contra ella y que ésta era su última oportunidad para llegar a un acuerdo. Pero Catalina ya había tomado una decisión y era inamovible.




ÚLTIMO DÍA DEL JUICIO


El viernes 23 de julio fue el último día que se reunió el tribunal. El rey mismo estuvo presente, en una de las galerías desde las que se dominaba la vista de los legados con sus mantos escarlata. No se produjo el veredicto favorable que tanto había aguardado. El cardenal Campeggio decidió que el caso era demasiado importante para ser decidido sin consulta con la curia en Roma: lamentablemente, la curia estaba en sus largas vacaciones en el verano italiano y por lo tanto prorrogaba el tribunal hasta el 1 de octubre. Había terminado un período que duró dos meses en que se mezcló discusión teológica, contención legal y detalles lascivos. Enrique no había avanzado nada en cuanto a liberarse de su esposa. Pero hubo una manifiesta consecuencia de todo el proceso del tribunal y de su fracaso. En el otoño el gran cardenal y legado papal, Wolsey, cayó del poder.



Fuentes:
Antonia Fraser, Las seis esposas de Enrique VIII. 1998 Ediciones B Argentina, S.A.
Garrett Mattingly, Catalina de Aragon. 1998 Ediciones Palabra, S.A.
Alison Weir, Enrique VIII, el rey y la corte. 2003 Editorial Ariel S.A.
Francis Hackett, Enrique VIII y sus seis mujeres. 2006 Editorial Juventud, S.A.
http://mary-tudor.blogspot.com/2010/11/interview-with-giles-tremlett-on-new.html
http://tudorswiki.sho.com/page/Katherine+of+Aragon+-+Non+Fiction+Shelf

domingo, 12 de diciembre de 2010

Resultados segunda encuesta

En el mundo de la realeza nos encontramos con hermosas y trágicas historias de amor que han dejado una huella imborrable y perduran en la memoria de los tiempos. Reyes que se enfrentaron a la sociedad de su tiempo o a su propia familia por una mujer, poderosas e influyentes favoritas que fueron verdaderas reinas en la sombra y algunas de ellas terminaron muriendo en manos de un verdugo, amadas esposas que acabaron siendo repudiadas por no haber dado a la corona un hijo varón o esposas vengativas que levantaron en armas a sus propios hijos contra su padre como respuesta a la traición de su esposo o que ordenaron la muerte de su rival, amantes que se suicidaron, reinas que “enloquecieron” por amor … Vidas y amores reales que superan la más enrevesada ficción. Al termino de esta segunda encuesta paso a ofrecer las tres historias más votadas por vosotros. La ganadora, con un 38% de las votaciones, ha sido la desdichada historia de ...


JUANA DE CASTILLA Y FELIPE EL HERMOSO




A continuación, y en reñida lucha, la sigue con un 36%, el triángulo de Catalina de Aragón, Enrique VIII y Ana Bolena que provocó un cisma religioso en Inglaterra.




Empatados en el tercer puesto, con un 19%, están los desdichados amores de Pedro I de Portugal e Inés de Castro y el triste romance de Alfonso XII y Mercedes de Orleáns.






¡¡¡ Felices fiestas !!!

sábado, 11 de diciembre de 2010

Catalina de Aragón y el juicio de Blackfriars



EL REPUDIO DE CATALINA DE ARAGÓN
Cuarta Parte


El 18 de Julio de 1529 acudieron el rey Enrique y la reina Catalina ante el tribunal, él fue representado por poderes y ella lo hizo en persona. Catalina, aunque flanqueada por cuatro obispos, habló por sí misma y presentó su propia defensa. Era tan capaz como su marido o como cualquier abogado de manejar un caso de Derecho Canónico y todo indicaba que ella, en persona, se hacía cargo por entero de defender su caso. El recurso estaba sólidamente redactado y brillantemente presentado. Recurrió contra el lugar como hostil, contra los jueces como parciales y contra la apertura del juicio mientras la causa estuviera pendiente en Roma.



Para sorpresa de muchos, a pesar de haber impugnado el tribunal, Catalina compareció de nuevo en la primera sesión plenaria de Blackfriars, tres días después. El rey se sentaba en un alto trono magníficamente adornado; un poco más abajo, dos cardenales con sus capelos y sus togas color púrpura; aún más abajo, la reina. Por debajo de éstos estaban los funcionarios de la corte y el colegio de obispos, con el arzobispo de Canterbury en un lugar de honor. Enfrente de ellos, a ambos lados del estrado, se hallaban sentados los asesores de las partes enfrentadas: el doctor Sampson y el doctor Bell por el Rey y los obispos de Rochester y San Asaph por la Reina. Llamó el pregonero:

- ¡ Enrique, rey de Inglaterra, compareced ante el tribunal !

- ¡ Heme aquí, mis lores !- respondió Enrique con clara y rotunda voz.

- ¡ Catalina, reina de Inglaterra, compareced ante el tribunal !



Ella se levantó y, en lugar de responder, avanzó hasta donde estaba su marido. Se arrodilló a los pies de Enrique y le habló mirándole a los ojos:

- Señor, os suplico por todo el amor que ha habido entre nosotros, que me hagáis justicia y derecho, que tengáis de mí alguna piedad y compasión, porque soy una pobre mujer, una extranjera, nacida fuera de vuestros dominios. No tengo aquí ningún amigo seguro y mucho menos un consejo imparcial. A Vos acudo como cabeza de la Justicia en este Reino.Y sin hacer caso de los esfuerzos que Enrique hacía por levantarla, prosiguió:

- Pongo a dios y a todo el mundo por testigos de que he sido para vos una mujer verdadera, humilde y obediente, siempre conforme con vuestra voluntad y vuestro gusto... siempre satisfecha y contenta con todas las cosas que os complacían o divertían, ya fueran muchas o pocas... he amado a todos los que vos habéis amado solamente por vos, tuviera o no motivo y fueran o no mis amigos o mis enemigos. Estos veinte años o más he sido vuestra verdadera mujer y habéis tenido de mí varios hijos, si bien Dios ha querido llamarles de este mundo Se serenó y su voz sonó clara cuando prosiguió - Y cuando me tuvisteis por primera vez, pongo a Dios por testigo que yo era una verdadera doncella no tocada por varón. Invoco a vuestra conciencia si esto es verdad o no ... 


Si en algún sentido ella fuera culpable estaba dispuesta a alejarse con “ gran vergüenza y deshonra ” pero si no lo fuera, le suplica le permita permanecer como esposa y reina y obtener justicia de manos del Rey.




Enrique permaneció sentado, silencioso, inmóvil. El silencio en la Gran Sala se hizo más penoso. Estaba claro que el rey no iba a decir nada, que simplemente estaba esperando a que prosiguiera o a que se fuera. El y ella fueron los únicos que supieron si en ese momento él fue capaz de mirarla a los ojos. Catalina le recuerda cómo su padre Enrique era tan inteligente que le llamaban el segundo Salomón y que su propio padre, el rey Fernando, era reputado también como uno de los principes más capaces. Ellos disponían de prudentes consejeros y esos hombres pensaron que ese matrimonio era permisible y auténtico.

- Por lo tanto me asombra oír qué nuevas invenciones se inventan contra mí, que nunca procuré más que la honorabilidad, y me obliga a oponerme al orden y al juicio de este nuevo tribunal, en el que tanto daño me hacéis. 


Sus consejeros, como súbditos del rey, no podían ser imparciales por ser algunos miembros de su propio Consejo y conociendo los deseos de Enrique, no se atreverían a oponerse.

- Y os suplico humildemente que en nombre de la caridad y por amor a Dios, que es el supremo juez, me evitéis la comparecencia ante este tribunal en tanto mis amigos de España no me hayan aconsejado cuál es el camino que me corresponde seguir. Pero si no queréis otorgarme tan menguado favor, cúmplase vuestra voluntad, que yo a Dios encomiendo mi causa.



Con estas palabras Catalina se levantó y haciendo al rey una profunda reverencia y del brazo de master Griffith no se dirigió a su sitio, sino que se encaminó a la salida. El rey, desconcertado, ordenó que se la llamase:

 
- ¡ Catalina, reina de Inglaterra, volved a la sala de Justicia !

 
Un espectador oyó que el gentilhombre de Catalina, Griffith, le decía timidamente:- Madame, sois llamada de nuevo.

 
Ella, sin hacer caso de las tres llamadas consecutivas, tan solo dijo al apurado Griffith:


- Vamos, vamos, no importa, este no es un tribunal imparcial para mí, no puedo detenerme. Id vos a vuestro lugar.

 
Y así salió sin dar ninguna respuesta. Ya no volvería a aparecer más por allí y se la declararía contumaz. Fue tal el efecto que causaron las palabras de la reina que el asombro y la admiración se asomaron en los ojos de los espectadores. En el exterior, la gente la vitoreó y aplaudió.


Para el Rey no pasó inadvertido el efecto que las palabras de la reina habían producido en la sala y con voz temblorosa se levantó a hablar:

- La reina ha sido para mí la esposa más fiel, más obediente y más sumisa que jamás pude soñar. Posee, además, todas las virtudes que debieran adornar a una mujer de su rango y a las de posición más humilde.

Y habiendo rendido este tributo de admiración a Catalina, Enrique empezó su discurso sobre su caso de conciencia. Después, el cardenal Wolsey y él, representaron una pequeña comedia:

- Señor - dijo el cardenal postrándose de rodillas- Suplico a Vuestra Alteza que declare ante este auditorio si yo he sido el principal autor o promotor de este asunto.

- No, señor Cardenal , bien os puedo excusar en esto. Más bien habéis estado en mi contra.

Uno de los fundamentos del recurso de Catalina era la animosidad inicial de Wolsey y toda la actuación del tribunal de Blackfriars dependía de la premisa que Wolsey era un juez imparcial.


Fuentes:
Garrett Mattingly, Catalina de Aragon. 1998 Ediciones Palabra, S.A.
Francis Hackett, Enrique VIII y sus seis mujeres. 2006 Editorial Juventud, S.A.
Vicenta Marquez de la Plata, El trágico destino de los hijos de los Reyes Católicos. 2008 Santillana Ediciones Generales, S.L
Maria Jesús Pérez Martín, Maria Tudor: La gran reina desconocida. 2008 Ediciones Rialp, S.A



El repudio de Catalina de Aragón ( III )



Un brote del terrible “mal del sudor” hizo que el rey huyese precipitadamente de la corte. Catalina permaneció sin moverse, no temía a la enfermedad sino a que su hija fuese declarada bastarda. Pidió ayuda al viejo obispo Warham, pero éste tenía miedo del monarca: el enfado del príncipe es la muerte, masculló cuando la reina le pidió consejo y le dio la espalda. Nadie se atrevía a enfrentarse a Enrique por defenderla, ni siquiera el que había sido amigo de la reina, Luis Vives, el cual había sido encarcelado durante seis semanas y duramente interrogado por el cardenal Wolsey, interrogatorio compartido con el menos amedrentable Francisco Felípez. Al pedirle Catalina que la defendiera ante el legado del Papa, Vives se negó y se fue de Inglaterra para trasladarse a Brujas, causándole una honda decepción a la reina. La asesoría jurídica largamente esperada, que solicitó a España y a Flandes, no llegaba. Decidió que la verdad desnuda era la mejor defensa, así que mientras la corte se estremecía de terror por la plaga del “sudor”, ella forjó sola su propia defensa.



El cardenal Lorenzo Campeggio llegó a Londres en octubre de 1528. Según las instrucciones secretas que le había dado el Papa, debía procurar que el rey y la reina se reconciliaran, pero, si eso no era posible, debía persuadir a Catalina a ingresar en un convento, con lo cual Enrique sería libre de volver a casarse. En la primera reunión del cardenal con Enrique VIII, el rey había rechazado, como podía preverse, la noción papal de que Clemente VII otorgara una nueva dispensa para su matrimonio con Catalina. Un matrimonio nuevamente válido con la reina no era lo que quería el monarca.

En cambio si Catalina ingresaba voluntariamente en un convento, Enrique llevaría a cabo cuantos arreglos ella quisiera sobre sus derechos de viudedad y se ocuparía de que María fuera puesta en la línea de sucesión inmediatamente después de sus legítimos herederos varones. Con este trato la reina no perdería nada sino la persona del rey, la cual ya había perdido en cualquier caso. Y añadió con crueldad que nunca jamás volvería a ella ocurriera lo que ocurriese. ¿Se habría abstenido el rey de declarar bastarda a su hija si la madre se hubiera doblegado a su voluntad dócilmente? ¿La facción Bolena habría permitido que la princesa María siguiese conservando sus derechos al trono pasando por encima de Isabel Tudor?.



El cardenal Campeggio, junto con Wolsey, efectuó una serie de tres visitas a la reina, el idioma que ambos tenían en común era el francés que Catalina hablaba fluidamente. Bajo el juramento de la confesión, le aseguró a Campeggio haber sido virgen en el momento de su matrimonio con Enrique. Afirmó que, desde que se casó con Arturo en noviembre hasta su muerte el siguiente mes de abril, solamente se habían acostado juntos siete veces y que el príncipe la había dejado como la había encontrado, intacta. Dijo que no tenía vocación para la vida monástica y que prefería permanecer en el estado matrimonial al que Dios la había llamado. Había llegado virgen a Enrique y era su legítima esposa. Por la salvación de su alma y de la de su esposo no diría lo contrario, antes moriría descuartizada y si se levantara de entre los muertos, moriría otra vez en defensa de esa verdad. Campeggio estaba desesperado. La vista del juicio en Inglaterra se había fijado para las navidades y no veía ninguna probabilidad de que fuera justo. Aconsejó vivamente al Papa que avocara la causa a Roma.

Campeggio no tardó en dejar claro que Clemente VII estaba dispuesto a ofrecer a Enrique cualquier cosa excepto la anulación que tanto deseaba, incluso una dispensa para que la princesa María se casara con su hermanastro Henry Fitzroy. Insistió en que la dispensa del Papa Julio era válida, pero el rey no quiso aceptarlo. Campeggio opinó que “ si un ángel descendiera del cielo, no lograría persuadirle de lo contrario ”. Al menos la llegada de Campeggio significó que se le debían conceder a la reina sus propios asesores legales.



Los murmullos de protesta, los abucheos a los cardenales y los vítores a Catalina, dondequiera que apareciera, eran tan altos como siempre. Por tanto, el rey quiso probar lo que el terror podía provocar en Catalina. Wolsey fue enviado a manifestarle que se decía que era desleal al rey y que si el rey, él o su colega el Cardenal legado sufrieran algún atentado, se la haría responsable del mismo. La torpe amenaza mereció el silencioso desprecio que correspondía.

Siguió un paso más drástico: un comité del Consejo la visitó portando una amonestación formal, que Enrique no había tenido el valor de entregar en persona. Le dijeron que el rey estaba decepcionado y dolorido con su conducta en un momento en el que, al igual que él, debía estar sumida en la pena y en la perplejidad por el pecado que habían cometido. Que aparecía en público y admitía las aclamaciones del populacho, sonriendo y saludando con la cabeza y con gestos. En las actuales circunstancias semejante conducta se acercaba peligrosamente a la sedición y, por tanto, se le ordenaba que permaneciera recluida y que se cuidara de incitar al vulgo. Solemnemente la reina rebatirá todas las acusaciones.



Catalina acató esta orden formal, pero el principal efecto de su acatamiento fue arrastrar a multitudes más y más grandes alrededor de las verjas del palacio para ver sus raras apariciones. Para ella significó mucho la buena voluntad espontánea de la gente amable, sentimental y humilde, que durante tanto tiempo había considerado como suya, y su reacción a sus aclamaciones fue probablemente tan irreflexiva como sus vítores. Pero era la última persona que pudiera querer azuzarles a algo más serio que a meter ruido. Lo que ella quería era justicia y ser vindicada ante el juicio de todo el mundo, no la satisfacción de un vulgar motín.



Si alguien hubiera pretendido desencadenar un motín, o quizás algo más serio, el embajador español Mendoza pensaba que se podía haber obtenido con poco esfuerzo. La impopularidad de Wolsey estaba en su cima y la popularidad del rey estaba comenzando a menguar también. Pero Mendoza no conocía a nadie que quisiera la insurrección, ni siquiera se había atrevido a mencionar el tema a la reina Catalina, y todo lo que su amo el emperador quería de Inglaterra, era la paz. Carlos V se negó a considerarse en guerra con su tío; dijo claramente que no haría más que estar a la defensiva ante cualquier provocación que le pudiera hacer; no opuso ningún obstáculo a la reanudación del comercio con los Países Bajos e instruyó a Mendoza para que no diera ningún motivo de agravio y que hiciera todo lo que estuviera en su poder para promover relaciones más cordiales.

El embajador Mendoza previó que nada de lo que se podía hacer en Inglaterra podía impedir el cercano juicio de Catalina y, dado que no era un jurista ni un teólogo, suplicó que se le hiciera regresar. Esperaba que su sucesor estuviera mejor dotado para enfrentarse a disputas maritales y que tuviera mejor suerte.


Fuentes:
Antonia Fraser, Las seis esposas de Enrique VIII. 1998 Ediciones B Argentina, S.A.
Garrett Mattingly, Catalina de Aragon. 1998 Ediciones Palabra, S.A.
Alison Weir, Enrique VIII, el rey y la corte. 2003 Editorial Ariel S.A.
Vicenta Marquez de la Plata, El trágico destino de los hijos de los Reyes Católicos. 2008 Santillana Ediciones Generales, S.L

miércoles, 8 de diciembre de 2010

El repudio de Catalina de Aragón ( II )


No hubo una ruptura declarada entre el rey y la reina. Mientras esperaban la decisión del Papa, aparecieron juntos en público, siguieron cenando y pasando el tiempo juntos en privado y tratándose mutuamente con gran cortesía. Hay alguna duda incluso acerca del momento en que cesaron las relaciones conyugales entre el rey y la reina. Según el embajador francés, en el otoño de 1528 él seguía pasando la noche con ella: “Hasta esta hora, ellos sólo han tenido una cama y una mesa ”.  

El cardenal Campeggio se enteró a fines de ese año, de que la reina no había tenido el uso de la persona real de él por más de dos años. La declaración de Harpsfield, de que el rey desde el comienzo del juicio de divorcio nunca usó el cuerpo de ella, coincide aproximadamente con esto. En enero de 1529, Wolsey afirmó que el rey había resuelto abstenerse de acostarse con la reina a causa de ciertas enfermedades que tenía ella, consideradas incurables. Parece que el cese de la intimidad física entre ellos sucedió hacia 1526.



MOMENTO DE TENSIÓN ENTRE CATALINA Y ANA


Catalina dirigía su casa como de costumbre y aparecía en los actos públicos y en las fiestas cortesanas vestida tan cuidadosa y suntuosamente como siempre. Leía y cosía, escuchaba música y se reunía con sus doncellas a jugar a las cartas y a otros entretenimientos parecidos. Se cuenta la anécdota de que en una ocasión, el rey estaba jugando a las cartas con su esposa y con Ana Bolena. A la dama le salieron tres reyes seguidos y Catalina se volvió hacia ella y dijo: “ Milady Ana, sois una afortunada por tener un rey, pero no sois como otras, ¡ los queréis todos o ninguno ! ”.
 
Otra versión nos dice que una tarde en que la reina, junto con un grupo de damas, estaba cosiendo cerca de la ventana, habló con Ana Bolena: " Mi querida Ana, habéis tenido mucha suerte en haberos fijado en el rey, mi esposo, pero sé que no sois como las otras, tú o lo quieres todo o no quieres nada ". A la pequeña de los Bolena no le gustó lo que oyó. Las demás damas miraron con sorpresa primero a la reina para después dirigir las miradas a la dama. Ana dejó la labor y abandonó la sala, altiva y sin mirar a Catalina. Desde ese día intentó no cruzarse con la reina y no acudir a los lugares donde ella estaba. Sea jugando a los naipes o cosiendo, parecer ser que la controlada reina Catalina se permitió lanzar un comentario irónico.




EL ASCENSO DE ANA BOLENA


Una vez que la relación de Ana Bolena con el rey fue conocida por todos, los cortesanos vieron en ella una nueva fuente de patronazgo y Ana empezó inmediatamente a utilizar el poder que tenía ahora en beneficio de su familia y sus amigos. Estaba decidida a eclipsar no sólo a Catalina, sino también a Wolsey. Al aumentar la confianza en sí misma, se volvió muy altiva y orgullosa, poseyendo toda suerte de joyas o suntuosos vestidos que podían comprarse con dinero. Con la reina, sin embargo, su comportamiento era circunspecto y Catalina la trataba con frialdad y cortesía. Estaba instalada en un bello apartamento próximo al del rey, atendida por damas de honor, pajes y capellanes. Se la cortejaba más cada día, según observó el embajador francés, de cuanto se había cortejado a la reina desde hace mucho tiempo. El rey besaba abiertamente a Ana y la trataba en público como si fuese su esposa.

Pero esta apariencia de popularidad era superficial. Ana y su familia nunca cayeron muy bien en la corte, donde en secreto les consideraban orgullosos y codiciosos, y eran odiados por el pueblo, gran parte del cual apoyaba a su querida reina. Cuando Ana salía a cazar con el rey, los habitantes de los poblados la abucheaban y silbaban, y en una ocasión en que el rey cabalgaba solo cerca de Woodstock, uno de sus súbditos chilló: “¡Vuelve con tu esposa!”.

 

ENRIQUE SE JUSTIFICA ANTE LOS CIUDADANOS


En noviembre de 1528, Enrique y Catalina se encontraban en el palacio de Bridewell. Un día, al pasear por la galería del río, escucharon a una muchedumbre en el exterior que vitoreaba a la reina con entusiasmo. Muy molesto, el rey dio órdenes para impedir el acceso del público a aquel lugar y, notando la hostilidad reinante contra su persona, convocó a un gran número de notables burgueses en los alrededores de la gran sala del palacio de Bridewell para justificar su conducta.

En su discurso, elogió ampliamente a la reina Catalina “ como una dama contra la cual no puede decirse una sola palabra ”. Agregó: “ Si se juzga que la reina es mi legítima esposa, nada será más agradable ni más aceptable para mí en toda mi vida … porque yo os aseguro que, además de su noble parentesco, es una mujer de la mayor dulzura, humildad y buen ver; sí, y en todas las buenas cualidades pertenecientes a la nobleza, ella no tiene igual, como he podido comprobar fehacientemente en estos casi veinte años …”. En prueba de ello, declaró sin sonrojarse: “ De modo que si debiera casarme de nuevo, la elegiría por encima de todas las mujeres. Pero si se determina en juicio que nuestro matrimonio es en contra de la ley de Dios, entonces lo lamentaré, separándome de una dama tan buena y de una compañera tan amorosa.”

El rey despidió a los ciudadanos, encomendándoles que hicieran saber por todas partes los verdaderos hechos sobre los que versaría el juicio que se avecinaba y la advertencia de que si, cualquiera hablase del matrimonio de otra forma de la que debiera, se enteraría de quién era su amo y que su cabeza volaría, aunque fuera la más alta del reino.



El ambiente en la corte fue tenso durante las celebraciones navideñas. Ana Bolena tenía casa abierta en sus propios aposentos y evitaba las diversiones oficiales en la cámara porque no le gustaba encontrarse con la reina. Era Catalina quien presidía los festejos principales, pero le costaba aparentar alegría y no disfrutaba con nada, de tan preocupada como estaba. El rey hacía caso omiso de la tristeza de Catalina.


Fuentes:
Antonia Fraser, Las seis esposas de Enrique VIII. 1998 Ediciones B Argentina, S.A.
Garrett Mattingly, Catalina de Aragon. 1998 Ediciones Palabra, S.A.
Alison Weir, Enrique VIII, el rey y la corte. 2003 Editorial Ariel S.A.
Maria Jesús Pérez Martín, Maria Tudor: La gran reina desconocida. 2008 Ediciones Rialp, S.A
Luis Ulargui, Catalina de Aragón. 2004 Random House Mondadori S.A./div>
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