domingo, 28 de noviembre de 2010

LUZ SOSA DE GODOY CRUZ

Para Helvia dedico esta entrada con todo mi afecto, muchas gracias por tu colaboración. Me he puesto enseguida a buscar datos sobre tu personaje y este es el resultado. Sucedió en Argentina, a mediados del siglo XIX, un asesinato que conmocionó a toda la sociedad mendocina. ¿Quién fue la víctima? El doctor Federico Mayer, yerno del patriota Tomás Godoy Cruz. Para la mayoría de los historiadores, el crimen fue encargado por su suegra, la señora Luz Sosa de Godoy Cruz, a raíz de un oculto amor hacia Mayer, quien se había casado con su hija Aurelia.


Fue por el año 1851, que un médico alemán llamado Federico Mayer realizó un viaje hacia Chile con el fin de radicarse algunos meses allí. Pero su viaje tuvo un destino diferente y tras cruzar la cordillera se quedó en Mendoza. Varios conocidos le recomendaron al médico que parara en la casa de la ilustre familia de Godoy Cruz. En una de sus visitas, don Tomás lo invitó a alojarse en su casa. El viajero aceptó la gentileza. La ciudad de Mendoza le parecía muy atractiva, la gente lo trataba muy bien, le encantaba pasear por la Alameda y por la calle de la Cañada en donde tomaba café. Nunca faltaba una invitación al joven extranjero a las tertulias y baile de la pequeña aldea. Pero un día, fue encarcelado y deportado por las autoridades, por no ponerse un chaleco rojo punzó, símbolo del gobierno de Rosas. Gracias a la intervención de don Godoy Cruz pudo salir de la cárcel y quedarse en Mendoza.


Allí, en uno de los famosos bailes que realizó la esposa de don Tomás, doña Luz Sosa, conoció a su hija Aurelia. Federico era un hombre muy atractivo: alto, ojos celestes, de origen sajón, impactó a muchas mendocinas que lo conocieron, en especial a Aurelia, quien le entregó su corazón de inmediato. Pero había otra persona que también se había enamorado de él: era su madre doña Luz.

Doña Luz Sosa, era una mujer joven y muy bella, también tenía un carácter muy despótico y dominaba el entorno familiar y sus bienes. Eran muy comentadas las fiestas que organizaba para la alta sociedad mendocina, en donde ella era la figura central. Al enterarse de que el doctor Federico Mayer había declarado su amor a Aurelia, ésta comenzó a despreciar a aquel hombre, poniéndole todo tipo de trabas para que el noviazgo no prosperara.


A pesar de los obstáculos, la pareja decidió casarse. El matrimonio se realizó, aprobado por don Tomás Godoy Cruz, pero no por doña Luz. Pero la felicidad del flamante matrimonio duró muy poco, ya que los desprecios de doña Luz no se hicieron esperar. El punto máximo de tensión llevó a doña Luz a presionar a su hija para que eligiera entre su madre y su esposo. Esta intimación puso a Aurelia en una situación muy difícil, pero dueña de un carácter y una personalidad sólida, eligió a su marido.

Al enterarse de este suceso, Federico fue muy cauto para no herir a su esposa y no agravar más la situación. Entonces, preparó un viaje hacia Chile. Durante su estancia en Santiago, los dos pasaron momentos de felicidad. ¿Por qué retornaron finalmente? Porque desde Mendoza, el padre de Aurelia insistía para que regresaran. Don Tomás falleció en una apartada habitación de su casa, en medio de una fiesta que doña Luz había realizado y que no suspendió. Después del fallecimiento de don Tomás, el matrimonio Mayer se fue a vivir a una finca que tenía Aurelia para que su madre no le hiciera la vida imposible. El amor prohibido que tenía Luz, se transformó en odio.


En una calurosa noche del 2 de marzo de 1853, el matrimonio Mayer salió de la casa de don Melitón Gómez, quien vivía a unas cuatro cuadras de la finca de Aurelia. Allí doblaron hacia la izquierda en donde había un callejón oscuro y como tenían prisa por llegar apresuraron la marcha. Aurelia comentó que tenía un poco de miedo pero Federico le contestó que estaba armado. Este le preguntó si quería doblar hacia la otra calle, cuando de repente aparecieron desde la oscuridad dos que venían del lado opuesto en mangas de camisa y con sombreros. Estos individuos se enfrentaron al matrimonio. Los malhechores fueron a buscar Federico, le asestaron varias puñaladas y lo remataron con dos tiros en la cabeza y el pecho. A pesar de los esfuerzos de Aurelia por defenderlo, nada pudo hacer y los dos asesinos salieron huyendo.

El cuerpo de Mayer estaba en el suelo y su esposa trató de auxiliarlo, la sangre brotaba por doquier. Desesperada, corrió hacia la casa de Nicolás Villanueva, en donde salieron con dos peones armados para auxiliarla. Al llegar estos, Aurelia llamó a un médico, dándole por seña un pañuelo ensangrentado. Pero ya era tarde, Federico murió desangrado. Fueron a buscar al Juez de Paz pero no pudo acudir por no tener un caballo. Después de un tiempo, la policía atrapó a los asesinos, Esteban y Martiniano Sambrano, cuando trataban de escapar hacia Chile, confesaron que habían sido pagados por la señora Luz Sosa para cometer el horrendo crimen. Inmediatamente fue llamada la instigadora del crimen quien se declaró culpable de aquellos hechos.


Al mes y medio de ese mismo año, el juez dictó la sentencia contra los asesinos del doctor Federico Mayer Arnold. En los fundamentos de la sentencia, el juez explicó la participación que habían tenido los dos reos en ese homicidio y sostuvo que Luz Sosa fue la instigadora del crimen. “Ella les proveyó las armas para cometer el delito y encargó su ejecución”, narró. A todo esto se sumó, el agravante de haber puesto en peligro la vida de su propia hija, quien acompañaba a la víctima cuando fue atacado.

El magistrado dictó la sentencia y los hermanos Sambrano y Luz Sosa fueron condenados a la pena de muerte por fusilamiento. Cuando todo hacía presumir que la sentencia del juez era irrevocable, inesperadamente fue apelada y un tribunal conmutó la pena de muerte de los Sambrano por diez años de cárcel. A Luz Sosa se le revocó la sentencia y se le impuso una multa de dos mil pesos, para la construcción de la cárcel. Una vez cancelada la multa, Luz Sosa recuperó la libertad. Años después mientras daba una fiesta en su casa, un terremoto derrumbó su fastuosa casa que cayó sobre ella. Cuando su cuerpo fue hallado entre los escombros llevaba en su cuello un relicario con la imagen de Federico Mayer.


Fuentes:
http://www.losandes.com.ar/notas/2009/5/31/estilo-427046.asp
http://www.losandes.com.ar/notas/2005/9/13/sociedad-166770.asp

ELISA ALICIA LYNCH

Quiero dedicar esta entrada a Fulani, quien me pidió que hablase de esta dama de la historia de Paraguay. Para muchos fue una arribista e inescrupulosa que hizo cuanto pudo para satisfacer sus ambiciones personales. Para otros tantos, una mujer valerosa que dejó todo por seguir al hombre que amaba, combatió hasta el último momento junto a él y su hijo adolescente y murió después de haberlo perdido todo.

Elisa Alicia Lynch nació el 3 de junio de 1835 en el seno de una familia anglicana de buena posición, su padre era médico, en el condado de Cork, Irlanda. Apenas quedó huérfana de padre, siendo una niña, su madre se desembarazó de ella y de su hermano John. El chico ingresó en la marina británica, ella fue a parar a un internado en Dublín. Al tiempo, la viuda volvió a casarse. Del internado Elisa sólo sacó dos cosas positivas: una buena formación cultural y la amistad de una compañera, Eduvigis Strafford. Los datos sobre su infancia en las páginas consultadas me han confundido bastante, ya que contienen algunas diferencias, por lo que me atrevo a ofrecer la versión que me ha parecido más clara, aunque puedo estar equivocada.


A los quince años se casó con Xavier de Quatrefages -un médico militar francés casi cuarentón que le había presentado su hermano- y se fue a vivir con él a Argelia. No tardó en arrepentirse. Sobre su primer encuentro con Francisco Solano López circulan varias versiones, dependiendo de la visión que se tenga de Elisa: la más romántica dice que el encuentro fue en Argel y que el flechazo fue instantáneo. A los diecinueve años Elisa ya se había desencantado de su marido y de la vida mediocre en la colonia francesa. La seducción de López y las maravillas que hablaba de su tierra bastaron para encender la imaginación de la joven al punto que decidió abandonar a su marido. Sin decirle a Quatrefages que se trataba de una separación, Elisa viajó a visitar a su amiga Eduvigis. En Londres volvió a ver a López y combinaron para encontrarse más adelante en París.

Otra versión dice que fue en un baile dado en el Palacio de las Tullerías por el emperador Napoleón III y la emperatriz Eugenia, en donde Elisa conoció a Francisco Solano López, hijo del presidente del Paraguay, Carlos Antonio López, de visita en París y gran admirador del emperador. La versión más sórdida dice que Quatrefages prácticamente tiró a Elisa en brazos de su superior, un coronel apellidado D’Aubry, para conseguir ascensos en su carrera. La aparición de otro amante, el conde ruso Mijail Meden, derivó en un duelo que le costó la vida a D’Aubry. Quatrefages, preocupado por los alcances del escándalo "exilió" a su mujer, quien finalmente recaló en París y comenzó a trabajar en una casa de citas. Por esos días, un asistente de Solano López pensó en ella para distraer al joven recién llegado.


A pesar de que ella estaba aún legalmente casada, inició una relación amorosa con Solano López y recorrieron las principales ciudades de Europa. Entretanto, Elisa quedó embarazada de su primer hijo, Panchito, y López pagó a Quatrefages el dinero que éste exigía para concederle el divorcio. A finales de 1854, López volvió al Paraguay a bordo del Tacuarí, un buque de guerra que había comprado para su país. Elisa lo siguió en otra nave, convencida de que iban a casarse se lanzó a la aventura de vivir en esa tierra lejana que su amante le había pintado como una potencia de riquezas incomparables y paisajes maravillosos.

Apenas llegó a Paraguay, Elisa supo que no habría casamiento. Además de la oposición familiar hacia ella -rayana en el odio- y del desprecio de la sociedad paraguaya, estaba Juanita Pesoa, un antiguo amor que ya le había dado un hijo a Francisco. Hubo muchas otras mujeres en realidad, pero las dos siguieron con él hasta el fin. Esa no fue la única decepción para Elisa. Si en Europa se habían mostrado juntos - él la acompañaba a misa en la catedral de Notre Dame, la llenó de joyas y la llevaba a todas partes-, en su tierra, López la enclaustró en una quinta a la que iba de tanto en tanto. Allí nació su segunda hija, Corina Adelaida, que murió al poco tiempo.


Pero la irlandesa era brava y pudo desquitarse parcialmente cuando murió López padre y Francisco Solano fue nombrado presidente a despecho de su hermano Benigno. Elisa se trasladó a la ciudad para estar más cerca de su amante - en rigor, nunca vivieron juntos- y comenzó a influir en la sociedad y en el gobierno. Al poco tiempo "Madame Lynch" – como le gustaba que la llamaran, aunque a sus espaldas le decían "La Lynch" – dominaba el castellano, el guaraní y las relaciones locales.

En lo social, modificó las costumbres de Asunción y hasta impuso tendencias y modas, entre ellas el teatro de revista, la decoración francesa y la moda europea. Desde la cocina hasta los vestidos, todo en Elisa Lynch era elegancia y refinamiento. La cocina francesa reemplazó la simplicidad de los sabores locales, incorporando vajillas de oro y plata junto a copas de finos cristales y juegos de porcelanas. Su casa fue decorada por especialistas de París, Londres y Milán. Un arquitecto francés diseñó los jardines interiores y hasta su peluquero tenía acento de París. Elisa vestía con lujo inusitado para las austeras costumbres de Asunción y modistos de París se encargaban de enviarle las últimas novedades y diseños.

En los salones se comenzó a hablar de literatura y a jugar al ajedrez. Fueron famosos los bailes organizados por Elisa en el Club Nacional. Grandes personajes de la época desfilaban por su casa. Invitó a varias maestras y profesoras europeas, con las cuales inició la educación femenina en el Paraguay que hasta entonces había sido casi nula. Se construyeron balnearios. En lo político, se manejó como una jefa de Estado extraoficial - entre otras cosas, tuvo que ver con la creación del primer hospital para mujeres- que atendía algunas demandas de la gente del pueblo.


Elisa era una mujer hermosa e imponente, de carácter fuerte e independiente, con una expresión de dulzura en la mirada pero que, según las circunstancias, podía convertirse rápidamente en una tormenta de cólera y violencia. Con los años y los hijos, adquirió una contextura más robusta, más de matrona latina que de amante francesa. Nacida en Irlanda, estaba orgullosa de su ciudadanía británica y de sus costumbres francesas. Y también amasó fortunas. Acumulando regalo tras regalo del Mariscal, se convirtió en una de las mujeres dueñas de más tierras en América del Sur, y tal vez en el mundo, para su época. En 1865 acumulaba ocho estancias y 26 casas en Asunción. Durante la Guerra Guazú (1865-1870) – como se conoce en Paraguay a la guerra contra la Triple Alianza – López transfirió enormes propiedades rurales a su nombre. En la región del Chaco era dueña de 400.000 hectáreas. Además adquirió 6.000.000 de hectáreas en el oriente del país y otros 4.500.000 de yerbatales y bosques al norte del río Apa.


Francisco Solano fue, además, nombrado mariscal. Pero él no tenía la visión política de su padre. De él había heredado la desconfianza política hacia sus vecinos, pero -admirador del Segundo Imperio francés que conoció en su viaje- estaba convencido de que había llegado el momento en que el Paraguay debía hacer oír su voz en América. En ese sentido, también hay dos versiones con respecto a la influencia de Elisa: para unos trató de prolongar el compás de espera, al menos hasta recibir las armas y los barcos encargados a Francia. Para otros, su sueño de ser la emperatriz de un Napoléon americano empujó a López hacia lo inevitable. También se dijo que mandó asesinar a Panchita Garmendia, un amor juvenil de López a quien llamaban "la doncella del Paraguay". Entre tanto, Elisa había dado a luz a Federico, Carlos, Leopoldo y Enrique.

Los desaciertos diplomáticos de López, las ambiciones del Brasil y las mezquindades políticas de la Argentina y el Uruguay, enfrascados en sus guerras internas, derivaron en un ajedrez en el que las alianzas políticas cambiaban día a día. Pero el propio López encendió la mecha que desató la guerra, originalmente contra Brasil, y desembocó en la firma del Tratado de la Triple Alianza, cuyos objetivos eran implacables: hacer desaparecer el gobierno de López, cobrarle al Paraguay los gastos de la guerra y, aunque se hablaba de respetar la integridad territorial del contrincante, hacerse con la mayor cantidad de territorio paraguayo posible. López partió al frente y Elisa, junto con su hijo Panchito de diez años, pronto se reunió con él.


Al estallar la Guerra de la Triple Alianza se dio a sí misma el título de "mariscala" y comenzó a lucir vistosos uniformes militares. Acompañó a López en sus visitas al frente y en la vida de cuartel. Se dedicaba a curar a los heridos y se transformó en un símbolo para las tropas. Tuvo su séptimo hijo Miguel, quien murió de cólera pocos días después, en medio de la batalla de Tuyutí y pasó su posparto atendiendo heridos. Defendió a algunos prisioneros y salvó a muchos de ser fusilados, entre ellos al coronel Juan Crisóstomo Centurión, que relataría en sus memorias cómo Madame Lynch pidió por su vida cuando había sido ordenado su fusilamiento.

Mientras el cólera y la guerra hacían estragos, los hermanos de Francisco Solano López conspiraban contra él, ordenó ejecutarlos junto a los demás cabecillas y se dice que su propia madre le envió unos chipás envenenados pero no llegó a comerlos porque una de sus tantas hijas naturales alcanzó a avisarle a tiempo. Entre combate y combate, Elisa y Francisco se desencontraron varias veces y en una ocasión la irlandesa estuvo a punto de caer en manos enemigas, pero fue rescatada por el general Martin Mac Mahon, ministro plenipotenciario de los Estados Unidos, quien además era portador del testamento por el que López dejaba a Elisa todos sus bienes.

La ciudad de Asunción había caído en 1869 y se formó un gobierno provisional en reemplazo de López. Los propios aliados, aunque finalmente se repartieron casi la mitad del territorio paraguayo, estaban horrorizados de su propia victoria: habían muerto 90 por ciento de los varones y en total casi las tres cuartas partes de la población. El país nunca pudo recuperarse de esa sangría. Casi sin seguidores, el mariscal - y con él Elisa y Panchito, por entonces de quince años- siguió combatiendo hasta el fin. Y el fin llegó a principios de 1870, en Cerro Corá. Elisa vio morir a sus seres queridos: a Francisco, alcanzado por lanzazos y balazos, y a su hijo Panchito, por defenderla a ella.

Cuando los soldados brasileños intentaron apoderarse violentamente de ella, logró ser respetada aduciendo su condición de súbdita de Inglaterra. De modo que los oficiales brasileños ordenaron que fuese llevada a Asunción. Antes de ello, alcanzó a cortar a cada uno un mechón de pelo que guardó en un relicario y a cavar con sus manos la fosa en la que enterró los cuerpos del general Solano López y de su hijo Panchito. Al llegar a Asunción le fueron embargados sus bienes acusada de haber empobrecido al pueblo paraguayo. No obstante, esos bienes fueron a engrosar las arcas del ejército brasileño. Quedó en la mayor pobreza y fue llevada presa y encadenada a Río de Janeiro; pero allí, expuesta al público su situación, logró ser liberada por falta de acusaciones en su contra.

Elisa partió hacia Londres con sus niños. No le quedaban más de quince años de vida, pero todavía le faltaba sufrir la muerte de otro hijo, Leopoldo y la traición de casi todas las personas en quienes confiaba para recuperar sus posesiones. Al llegar a destino reclamó judicialmente parte de los bienes embargados, pero un juicio interminable terminó por adjudicarlos al Brasil como compensación de guerra. Los únicos respaldos que tuvo provinieron de su fiel amiga Eduvigis Strafford y del general Mac Mahon - quien le devolvió el dinero que Elisa le había dado, declaró a su favor ante los estrados y puso a su disposición al cónsul norteamericano en París, amigo suyo-. Tuvo una decepción más: regresó a Asunción -invitada por el presidente Juan Gill, quien se declaraba un leal servidor y aconsejaba su presencia para defender los intereses por los que luchaba- y se alojó en la casa de una amiga. Pero apenas se enteraron de su llegada, un grupo de patricias armó revuelo y pidió que la expulsaran. Gill les hizo caso.

Regresó a París, donde se estableció definitivamente y en donde sobrevivía vendiendo las pocas cosas que le quedaban. Falleció en un humilde apartamento parisino a los cincuenta y un años, víctima de un cáncer estomacal. Con la sola compañía de Eduvigis y una hermana de ésta, de su hijo Federico, un médico y la portera del edificio donde vivía. Tenía en sus manos su único tesoro: el relicario con los cabellos de Francisco y Panchito. Estuvo enterrada en el cementerio del Père Lachaise hasta julio de 1961 cuando, completamente rehabilitada su figura por el gobierno de Alfredo Stroessner y convertida en heroína nacional, sus restos fueron llevados por mar solemnemente a Paraguay y quedaron depositados en Asunción, en el Museo Histórico del Ministerio de Defensa, en una urna de bronce.


Fuentes:
http://www.amanza.com.ar/amanda/Notas/Elisa%20Lynch.htm
http://es.wikipedia.org/wiki/Elisa_Alicia_Lynch
http://www.tsc.com.ar/notacomp.php?id=632

sábado, 27 de noviembre de 2010

TAMARA DE LEMPICKA


Dedico esta entrada a Rosa de Cyan con todo cariño, lo prometido es deuda. Los datos sobre la fecha y el lugar de nacimiento de la protagonista de la entrada de hoy están algo confusos, unos dicen que nació en Varsovia en 1898 y otros en Moscú en 1902. Parece ser que la propia Tamara cambió con frecuencia su biografía, bien por coquetería o porque era una mentirosa, creando su propia leyenda. Se dice que su nombre era María Gorska o Tamara Gurwik-Gorska y creció en el seno de una familia adinerada de la rusia imperial, siendo desde pequeña una niña autoritaria y con carácter. Cuando era pequeña, durante un viaje a Italia con su abuela, descubrió su pasión por el arte.

En 1916 se casó en San Petersburgo con el abogado polaco Tadeusz Lempicki. Aunque llevaban una vida lujosa en la ciudad de los zares, la Revolución de octubre encarceló a Tadeusz. El arresto de su marido por los bolcheviques la convirtió en una especie de heroína. Después de rescatar a su esposo, viajó a París donde llegó a convertirse en una musa de la pintura Art Decó y deslumbró a la aristocracia con la deliberada sensualidad de su arte. En la ciudad del Sena vendría al mundo su hija Kizette.


Después de divorciarse de su esposo conoce al barón Raoul Kuffner, un coleccionista de su obra, aceptando casarse con él. Casada en segundas nupcias con un millonario, la convirtieron en baronesa y sus destellos en los grandes salones comenzaron a mezclarse con el incipiente ascenso del nazismo. Es entonces cuando viajó a Estados Unidos, donde decidió vivir tan espectacularmente como lo había planeado. Se hace famosa entre la burguesía neoyorquina y expone en varias galerías estadounidenses y europeas. Fue amiga de Greta Garbo, Orson Welles, Tyrone Power y Rita Hayworth, entre otros. A la muerte de su marido decidió abandonar este país, yéndose a vivir a Cuernavaca, México, donde siguió pintando y frecuentando los altos círculos sociales hasta su muerte en 1980. Kizette, complaciendo el sueño de su madre, acompañada del escultor Víctor Contreras - heredero de gran cantidad de las obras de la pintora-, subió a un helicóptero y arrojó sus cenizas sobre el cráter del volcán Popocatépetl.


La obra de Tamara de Lempicka se basa en retratos femeninos. Siguiendo el estilo de la pintura art decó, pinta mujeres etéreas, aunque a la vez férreas; son sus mejores ejemplos, junto con los desnudos. Sus influencias principales son Botticelli, Bronzino, el retrato manierista en general, y el Cubismo, pero sin llegar al arte abstracto. También retrató a su hija en varias ocasiones y a personas relacionadas con la burguesía artística de París y Nueva York. Su estética ha atraído a estrellas del espectáculo como Barbra Streisand y Madonna, de quienes se dice que coleccionaban sus pinturas. Madonna se inspiró en esta pintora para su video musical Vogue de 1990. También aparece un cuadro de Tamara en el de Open your heart, de la misma cantante.

Tamara es descrita como una mujer transgresora, moderna, liberal, bisexual, coqueta, mentirosa e independiente. Apasionada por la modernidad, por los rascacielos y los coches, su vida estuvo rodeada de un mundo de excesos. Tenía una sexualidad desbordante que la llevó a frecuentar tanto a hombres como a mujeres, era aficionada a la cocaína y organizaba fiestas y orgías, en las que se paseaban sirvientes desnudos. Durante toda su vida sintió una obsesiva aversión hacia el comunismo, como otras personas de su círculo, creyendo que los bolcheviques le habían arrebatado su país: tal vez por eso insistía en ser una polaca varsoviana y no rusa.



ALGUNAS DE SUS OBRAS




La Durmiente





Autorretrato en el Bugatti Verde




Kizette en el balcón




Le chamise rose






Retrato del Marqués de Sommi





Mujer vestida de verde






Sitting Man






Two Women





The Green Turban





Middle of Summer








Fuentes:
http://es.wikipedia.org/wiki/Tamara_de_Lempicka
http://creatividadnatural.blogspot.com/2009/01/grandes-artistastamara-de-lempicka-art.html
http://www.epdlp.com/pintor.php?id=294
http://www.yomujer.com/tamara-de-lempicka/
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=4385

MARGARITA DE PARMA, La hija natural de Carlos V

Posible retrato de Margarita de Parma


En la primavera de 1521, Carlos V había reunido a la Orden del Toisón de Oro en el castillo del conde de Montigny. Cerca de allí se hallaba la pequeña localidad de Audenarde, célebre por sus talleres de fabricación de ricos tapices y por su cerveza. Entre ratos de ocio, reuniones y paseos fluviales por el Rhin, el joven emperador mantuvo algún apasionado encuentro con una joven del lugar, hija de un honrado – y para algunos, hasta afamado- tapicero: Juana Van der Gheynst o Gheyst. Se dice que la chica tenía una hermosa voz, que era una de las debilidades de Carlos, y parece que el episodio fue bastante rápido, estrictamente físico y carente pues de significado amoroso. Fruto de aquella relación fue el nacimiento de una niña.

Bautizada con el nombre de Margarita, al principio quedó al cuidado de la familia Douwrin durante algún tiempo. Todavía muy pequeña, su padre decidió que tuviese presencia en el palacio real de Bruselas como hija suya. Su destino habría sido crecer como una hija natural más, sin privilegios o poder y con un obscuro porvenir. Este reconocimiento como hija del emperador fue en definitiva lo que decidió su suerte. La tuteló, en su corte de Malinas y de forma muy directa, Margarita de Austria, tía del emperador y gobernadora de los Paises Bajos. Cuando la tía Margarita murió, otra mujer fuerte de la familia, María de Hungría, pasó a hacerse cargo de la afortunada niña que recibió una magnífica educación.




La especial protección del emperador se manifestó a la hora de elegirle un marido y, a los trece años, fue casada con un vástago de una de las familias más importantes de la Europa del momento: Alejandro de Médicis, duque de Florencia y sobrino del papa Clemente VII. La boda tuvo lugar en Nápoles. Su primer esposo fue calificado de “ ignorante, perverso y vicioso” y era conocido como el “ Nerón del Renacimiento ”. La jovencísima esposa soportó desde el comienzo de su matrimonio la indiferencia de su marido, el cual permanecía fielmente al lado de su único amor, Tadea Malaspina, la cual le había dado dos hijos.
 
Margarita tuvo una breve y sin duda nada agradable vida conyugal, en los majestuosos aposentos del Palazzo Pitti. Al año de casados, el turbio esposo fue asesinado por un grupo de conjurados dirigido por Lorenzaccio, liberándola a ella de tan indeseable yugo. Viuda con apenas catorce años, Margarita regresa a los Países Bajos al lado de su tía María, donde permaneció hasta que su padre decide una nueva alianza italiana para ella.

 

Octavio Farnesio es el caballero de la derecha que está inclinado ante el pontífice


Apenas vivió dos años como jovencísima viuda, ya que en 1539 fue entregada a un nuevo esposo, que contaba con quince años. Carlos V quería estrechar sus relaciones con el Pontificado y fortalecer su presencia en Italia y se valió de su hija para hacerlo. En este caso, el marido era Octavio Farnesio, duque de Parma, nieto del Papa Paulo III. Margarita se quejaba a su padre de estar casada con un niño. “ Soy esposa, pero no mujer ”, decía llorosa.

Al principio, vio con disgusto a su joven marido pero tras la expedición contra Argel (1541), de la que su esposo regresó herido, su odio se tornó en amor. Mientras Carlos V se llevaba con él a su yerno a la campaña de Argel, Margarita, sola en el magnífico palacio Farnesio, dio a luz a dos mellizos: Carlos, muerto siendo niño, y Alejandro Farnesio, famoso militar.

 


La historia de Margarita resulta absolutamente excepcional. Su hermano Felipe II, que sentía por ella un gran aprecio, la nombró gobernadora de los siempre levantiscos Países Bajos en 1559, cuando él se vino a instalar en España. Desde tan difícil puesto, esta mujer descrita por sus contemporáneos como viril, ávida de mando y orgullosa, demostró una gran habilidad y flexibilidad en medio de permanentes convulsiones. Pero toda su positiva acción pacificadora, en un país levantado en pie de guerra contra el poder español, al que rechazaban todas sus capas sociales, acabó frustrándose. Felipe envió al rígido duque de Alba, con el fin de asegurar la preeminencia del catolicismo frente al expansivo y amenazador protestantismo, y la sistemática imposición de la fuerza y de la represión fue la sentencia de muerte para la política de inteligencia que preconizaba Margarita.

 
Alejandro Farnesio


Mujer interesante en verdad, que mantuvo unas estrechas y cordiales relaciones con su hermano Juan de Austria, de las que queda abundante correspondencia en la que se evidencian tanto el cariño como la más decidida complicidad entre los dos. Unas relaciones fortalecidas por las que siempre mantuvo don Juan con el hijo de ella, Alejandro, prácticamente de la misma edad que él y su más íntimo amigo. El vehemente don Juan se refirió a Margarita como “una de las más valerosas y prudentes mujeres que agora se conocen, y aunque la quiero como hermana y amiga, no pasión me hace decir esto, sino en ser eso ansí, y mucho más de lo que publica el mundo della … ".

Comprobando el fracaso de su racionalizadora política en los Paises Bajos, Margarita presentó su renuncia como gobernadora a Felipe II en verano de 1567 y marchó a Italia. Volvió a visitar los Países Bajos, a los que se encontraba muy unida, durante el mandato de su hijo como gobernador, tras haber tenido la satisfacción de seguir su brillante carrera militar. Margarita fallecería a los sesenta y cuatro años de edad en la ciudad de Ortona, en enero de 1586. Muy poco después la seguía a la tumba su marido.


Fuentes:
José María Solé, los Reyes Infieles. 2005 La Esfera de los Libros S.L
http://es.wikipedia.org/wiki/Margarita_de_Austria_y_Parma
José Antonio Vaca de Osma, Carlos I y Felipe II frente a frente. 1998 Rialp

viernes, 26 de noviembre de 2010

CATALINA DE AUSTRIA, Reina de Portugal ( IV y última)



Desde el nacimiento de don Carlos, su abuela Catalina jugó un rol preponderante en su educación, a pesar de encontrarse lejos. Del mismo modo que hizo con sus hijos, se interesó siempre por su estado de salud, sus gustos, la elección de los preceptores, sus estudios … Desde temprana edad, don Carlos hacía gala de un carácter difícil y caprichoso, pero su deliciosa abuela le perdonaba desde la distancia todos los defectos.

A los diecinueve años, Carlos se cae de una escalera y pierde el conocimiento. Al tiempo que se le practica una trepanación, se desliza entre sus manos una reliquia de san Diego de Alcalá. Se despertará profundamente cambiado: su carácter caprichoso se ha vuelto agresivo, aterroriza a las personas que están cerca, llega a hacer colgar de la ventana a un chambelán que no había oído el sonido de la campana cuando lo llamaba, intenta apuñalar al duque de Alba … En el colmo de la extravagancia, se pasea desnudo por los jardines de palacio y ordena a un vagabundo que encuentra en las calles de Madrid que le represente ante las cortes. Incluso se convierte en un verdadero peligro cuando, en complot contra el rey Felipe II, se pone a la cabeza de unos conjurados que planean asesinarlo. Por este motivo, es encerrado en una de las torres del Alcázar de Madrid, desde donde grita día y noche obscenidades y blasfemias contra su padre y contra Dios.



Su abuela Catalina ha seguido con aprehensión el agravamiento de la situación. La noticia del aislamiento de su nieto es un golpe terrible para esa santa mujer. De inmediato, manda a España a un emisario para tratar de remediar la situación. Emisario que, según el nuncio en Madrid, es portador de una propuesta sorprendente para la época: nada menos que “ ofrecerse la Reina a venir a cuidarlo como una madre ”. El rey Felipe tuvo que enviar a un mensajero especial a Lisboa para disuadirla.

La educación de su nieto portugués don Sebastián también dará a la reina muchas preocupaciones. En ausencia de la madre del pequeño, su abuela había cumplido el papel de madre y abuela a la vez. Sebastián fue un joven arrebatado, desequilibrado y agresivo que se convertirá en un hombre indiferente a sus deberes, a la moral y a Dios, y que desarrollará el malicioso placer de atormentar a su abuela.


Por ese motivo, en cierto momento Catalina se decide a seguir el ejemplo de su hermano Carlos V y perfeccionar su vida espiritual en el retiro. No por ello abandona su deber de cumplir con la tarea de regente; sólo deja de tomar parte en los consejos que, a partir de entonces, empiezan a ser presa de los voraces partidarios de su cuñado, el cardenal Enrique. Llega a sentirse moralmente tan desposeída de los reinos de su esposo que pide asilo a Felipe II. Pero cuando los portugueses, horrorizados, se enteran de ello, le piden que no se marche. Conmovida por las palabras y las demostraciones de afecto de su pueblo, se pone en manos del padre Francisco de Borja para que la ayude a resolver el dilema en el que se debate.

Entonces le llega la noticia de la muerte de su nieto don Carlos, con apenas veintitrés años, después de un ataque de altísima fiebre. Ese mismo año, don Sebastián alcanza la mayoría de edad y es proclamado rey de Portugal. La reina vive obsesionada con el destino de Portugal, en el caso de encontrarse la corona sin un heredero directo. Cansada de tantos golpes, deposita toda la energía que le queda en un último proyecto: casar a Sebastián con su prima española Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II y de su tercera esposa Isabel de Valois. Con paciencia se dedica a llevar las negociaciones, pero sus esfuerzos no servirán de nada pues chocarán contra la indiferencia del joven rey, que nunca aceptó ningún tipo de compromiso.


A los setenta y cuatro años, la reina se ha convertido en una anciana agotada por los problemas que ha tenido que afrontar. Lo ha vivido todo: pobreza y humillación, riqueza y adulación, duelos y nacimientos. Y al final de su vida como al principio de ella, se encuentra sola. Sus padres, su marido, sus nueve hijos, su nieto español, sus hermanos, todos han muerto; ella los ha enterrado. Sólo le queda don Sebastián.

Catalina hubiera dado todo lo que tenía en el mundo con tal de no vivir en sus últimos días la aventura de su nieto en tierras africanas. El orgullo desmesurado lleva a Sebastián a buscar glorias y riquezas en una empresa sin sentido que lo vio regresar y entonces su alegría fue inmensa. Ya la primera expedición había sido catastrófica. De la flota, perdida en la mar, sólo algunos pocos barcos habían logrado volver a la costa. La reina había desconfiado del plan desde el principio y lo había juzgado peligroso, dado que exponía al joven rey a un verdadero riesgo. Al enterarse del naufragio, la pobre mujer creyó que su última hora había llegado. Su corazón acongojado sólo le permitía rezar.


A principios de 1578, la reina se encuentra cada vez peor. Los médicos temen “ un accidente apretado de apoplejía o perlesía ”. Es el momento esperado por su nieto para anunciarle que piensa partir de nuevo a África, al frente de la armada portuguesa. Un testigo del momento asevera que la nueva cayó como plomo derretido sobre aquel alma destrozada ”. Catalina trata en vano de hacerle cambiar de idea, sosteniendo “ el haberse de hallar el Rey en persona en esta empresa sin esperanza ninguna que le aprovechara ”, pero sus lágrimas no consiguen otro efecto que irritar aún más al orgulloso rey.

Cinco días después, sintiendo próxima la muerte, Catalina manda llamar a su nieto para darle su bendición. Recuperando en parte la palabra, en un estado de semi-delirio, la última recomendación para su nieto será una lúgubre profecía: “ No vaya, Su Alteza, de ningún modo, a la Berbería; siempre se lo he pedido igual que ahora, no vaya, que no conviene ”. Luego, repitiendo esto muchas veces, hasta que ya no pudo hablar, demostró cuán atravesada llevaba en la garganta la destrucción del reino. Falleció el 12 de febrero de 1578. Seis meses después de su fallecimiento, su nieto Sebastián murió en la batalla de Alcazarquivir. La conquista de Portugal por parte del poderoso rey Felipe II de España quedaba prácticamente asegurada.



Fuentes:
Catalina de Habsburgo, Las Austrias. 2006 La Esfera de Los Libros S.L

jueves, 25 de noviembre de 2010

CATALINA DE AUSTRIA, Reina de Portugal ( III )



Enero de 1552. En la capilla del palacio de Sintra y ante toda la corte, con las manos entrelazadas y sin dejarse de mirar, el príncipe heredero portugués Juan Manuel y la infanta española Juana de Austria, primos entre sí, se juraron fidelidad y amor eterno. El gran amor que sentía por su marido la había llevado a no prestar demasiada atención al círculo de la corte, lo que provocó que la tacharan de "altiva". El matrimonio fue corto debido a la prematura muerte del príncipe en 1554. Sin embargo, para esa fecha Juana se encontraba en la etapa final de su embarazo. Se procuró que la princesa ignorara lo concerniente a la muerte de su esposo. A los veinte días del fallecimiento de su padre, nació un robusto varón al que se le pondrá el nombre de Sebastián.

Días más tarde se comunica a Juana la noticia del deceso de su esposo. El golpe es tan fuerte que los médicos temen que pierda la razón. Su primera reacción la lleva a querer cortarse la magnífica cabellera dorada que tanto le gustaba a su difunto marido, pero informado de ello su suegro el rey, le prohíbe que cometa semejante sacrilegio. Entonces decide donar sus vestidos y deshacerse de sus joyas. A partir de ahora vestirá para siempre de negro, en signo de duelo por ese amado esposo. En la corte portuguesa, Juana se había encontrado con muy pocas personas compasivas; tampoco lograba entenderse con su suegra y tía, la reina Catalina de Austria.


Juana de Austria



Por esa época, el príncipe Felipe, viudo de María Manuela de Portugal, ha decidido marcharse a Inglaterra para casarse con la reina María Tudor. Carlos V nombra a su hija Juana, lugarteniente y gobernadora de España en ausencia del emperador y del príncipe heredero, pero no por motu proprio sino inducido por Felipe. La princesa viuda, cubierta por un velo de la cabeza a los pies, deja su país de adopción para regresar a Castilla, viéndose forzada a abandonar en Portugal a su hijo de cuatro meses. Dejó al bebé a cargo de su suegra, la reina regente, no volviendo a verlo nunca más. Aunque bien es cierto que a lo largo de su vida se escribirían de forma continuada hasta el fallecimiento de la princesa Juana.

1557. En el palacio de Sintra se palpa el nerviosismo. Por todos los rincones se comenta que el rey Juan III está agonizando tras sufrir un ataque de apoplejía. Se va apagando lentamente. Tranquila y dueña de sí misma, la reina permanece sentada a su lado. Cuando ve que se aproxima su hora, hace venir a un obispo para que le administre los santos sacramentos. Una vez más, la muerte le arrebata a un ser querido. Con Juan va a desaparecer su compañero de viaje, un hombre que la ha amado con pasión y se ha comportado con cariño con ella cada vez que uno de sus hijos moría. Un rey que ahora va a dejarla sola con enormes responsabilidades pero Catalina no se amilana.

Juan III de Portugal



Apenas quemadas las insignias y los pendones heráldicos de Juan III, la hija de Juana de Castilla tiene que hacer frente a las tareas de gobierno. A ello se suma la responsabilidad de la regencia, su pequeño nieto Sebastián sucede en el trono a su abuelo, para el que el difunto rey había tenido la mala idea de instituir una tutela conjunta. Catalina tiene que negociar con su cuñado, el cardenal infante don Enrique, pero la colaboración entre ambos será muy difícil.

Sebastián ha cumplido tres años, su madre desea dejar la regencia española y regresar a Portugal, al lado de su hijo, para poder gobernar allí hasta que éste alcance su mayoría de edad. Sin embargo, los portugueses no le han perdonado que abandonara a su recién nacido. La acusan de ambición y desmesurada sed de poder. Por contra, consideran que la abuela del pequeño, la reina Catalina, sí ha cumplido con sus deberes. Entonces Juana, desesperada de que la despojen de un poder que le pertenece legítimamente, recurre a su padre, sabedora de encontrar su apoyo. Pero sufrirá una gran desilusión, ya que Carlos también conoce al orgulloso pueblo portugués, así como el prestigio del que su hermana Catalina goza allí, y no quiere por nada en el mundo perder esa preciosa aliada para la monarquía católica.

Sebastián de Portugal



Un día, Catalina ve llegar al padre Francisco de Borja como enviado de su hermano Carlos V. Ha sido designado para realizar una delicada misión que necesita tanto tacto como habilidad. Desde que don Sebastián sufriera de pequeño una extraña enfermedad, han corrido voces acerca de su probable futura impotencia que, de ser cierta, podría causar problemas en la sucesión. Carlos quiere aprovechar ese juego del destino para llevar a la realidad uno de los grandes sueños de su abuela Isabel La Católica: la reunión de todos los reinos de la península ibérica, algo que se lograría plenamente con la unión con Portugal. Para ello bastaría con que su nieto el príncipe don Carlos, hijo de Felipe II y María Manuela de Portugal, fuera reconocido como heredero a la corona portuguesa.

En los años que lleva en el país, Catalina de Austria ha aprendido a conocer a los portugueses en profundidad. Sabe que es un pueblo orgulloso que confía en la protección de su soberana y, por tanto, luchará para defender la independencia conseguida con tanto esfuerzo. Esta gran reina de origen castellano, aun manifestándose como
“ humilde servidora ” con todo el tacto diplomático que la caracterizaba, acabará declinando con elegancia la propuesta de su ilustre hermano sin que éste se sienta herido. La habilidad con la que la reina condujo las negociaciones, hizo que aumentara la estima de los portugueses hacia ella. El pueblo no lo olvidará jamás.


Fuentes:
Catalina de Habsburgo, Las Austrias. 2006 La Esfera de Los Libros S.L
http://es.wikipedia.org/wiki/Sebasti%C3%A1n_I_de_Portugal

martes, 23 de noviembre de 2010

CATALINA DE AUSTRIA, Reina de Portugal ( II )



EL MATRIMONIO DE SU HIJA MARÍA MANUELA


La reina Catalina ha entregado a su hija, antes de partir, instrucciones de su puño y letra sobre cómo debe comportarse en su nuevo rango. Le encomienda, sobre todo, imitar a su suegra la fallecida emperatriz Isabel, mantener su devoción, ejercer la beneficencia, contentar al emperador Carlos V y al príncipe Felipe, aunque sin obviar aportarles puntos de vista diferentes, vigilar la buena fama, costumbres y moral propia y la de sus damas, evitar los celos, guardar con extrema fidelidad los secretos que su esposo tuviera a bien contarle.

La inquietud que le produce la partida de su hija no hace sino crecer a medida que pasan los días. Intercambia constantemente cartas con Margarita de Mendoza, que acompaña a su hija en España como camarera, para conocer al detalle cuanto sucede. María Manuela es una joven de profundad religiosidad y buen carácter, cuya excesiva bondad y generosidad la hacen incapaz de manejar su casa con autoridad y orden. A la reina le llegan noticias de que su hija regala muchos de sus lujosos vestidos a quien se los pide y que come con glotonería, teniendo tendencia a la obesidad al igual que su madre.


El príncipe Felipe parece contento con su nueva situación de casado y se afana en demostrar galantemente a María Manuela sus habilidades como caballero, participando en todas las justas y torneos que se celebran en esos días. Su delicado físico se resiente del cansancio y los nervios acumulados en los últimos meses, de forma que contrae la sarna. Sus pies, muslos y manos se llenan de incómodas pústulas que le causan enorme desazón. Los médicos le acometen a sangrías y purgas, y recomiendan su aislamiento de la corte para que no contagie a su esposa y se recupere con tranquilidad. La convalecencia se alarga, quizás, más de la cuenta. Pasados treinta días regresa a la corte pero los consejeros le impiden dormir junto a su esposa, alegando que la sarna no está aún completamente curada.

El ayo del príncipe, Juan de Zúñiga, y el comendador mayor de León, Francisco de los Cobos, siguiendo indicaciones del emperador, han procurado desde el primer momento después del desposorio de los jóvenes príncipes que duerman en distintos aposentos y sólo se vean en público y de día. Parece que Carlos V estaba interesado en mantener apartados a los recién casados, con el fin de preservar al príncipe " de los peligros fatales del vicio ". Esta obsesión del emperador por mantener " limpio " a su hijo tenía su origen en el caso del príncipe Juan, único hijo varón de los Reyes Católicos, que según decía la leyenda murió de tanto amor y eso creía el emperador.


El disgusto de la joven esposa por esta situación, que entiende como un rechazo hacia su persona, llega pronto a oídos de los reyes de Portugal. La vida conyugal de los príncipes es tan escasa y tan reglamentada, que pronto parece más una cuestión de Estado que un placer. La decepción se adueña de ellos. El trato de Felipe, cuando visita a su esposa, se vuelve frío y desapegado. Tanto Carlos como Zúñiga le reprochaban esto a Felipe pero, al parecer, nunca se les pasó por la cabeza a ninguno de ellos que el humillante régimen que establecían hubiera hecho parecer a María Manuela, a ojos de su joven esposo, un arma letal.

El incumplimiento de algunos capítulos económicos del contrato matrimonial por parte portuguesa desilusiona igualmente en la corte española. La princesa trajo para su casamiento un impresionante ajuar en joyas, pero la mayoría le fueron retiradas por orden paterna y llevadas de vuelta a Lisboa, de modo que apenas tiene alhajas para lucir ni para vender, como parece ser necesario debido a las deudas que acumula pronto su casa.


La sospecha de que María Manuela puede estar embarazada, alivia momentáneamente el malestar de la corte. Ha pasado casi un año desde la consumación del matrimonio. En este tiempo han llegado noticias a la reina de Portugal de que los médicos de cámara están tratando a su hija con pócimas y sangrías para tratar de acelerar la concepción de un hijo, que por fin se confirma en el mes de noviembre de 1544. La princesa, sin embargo, sufre un mal preñado. Sus continuos vómitos le impiden apenas moverse.

La noticia de este embarazo ha causado alegría en los monarcas portugueses, pero no tanto a sus súbditos, ya que se teme que este vástago acumule un día conjuntamente los derechos a los tronos de Portugal y España. El rumor de las desavenencias conyugales se hace cada vez más fuerte. Se dice que en las visitas del príncipe a sus hermanas las infantas María y Juana, ha podido iniciar una relación amorosa con una antigua dama de su madre, llamada Isabel de Osorio, de más edad que él.


Al año siguiente, la princesa da a luz a su primer hijo, el infante don Carlos. El parto, que ha durado dos días, resulta extremadamente recio. En él, las comadronas y médicos de cámara han querido experimentar con una “silla de parir”, en vez de colocar a la parturienta tumbada. Felipe tendrá el convencimiento, aún muchos años después, que ésta fue la causa del desgraciado resultado del parto. Su esposa queda muy debilitada del trance y contrae una fuerte infección puerperal. Su médico particular receta lavados con agua salada y calor para hacerla sudar. Al día siguiente, otros médicos prescriben lo contrario: sangrías en los brazos y tobillos y ambiente fresco. La princesa padece además una fuerte pulmonía. Aquejada de intenso sufrimiento, María Manuela de Portugal fallece cuatro días después del nacimiento de su hijo. Tenía solo dieciocho años.

Corren rumores acerca de la negligencia médica que ha provocado su muerte, aunque el desconocimiento popular lo achaca a haberle dado a comer limón y melón estando recién parida. En Portugal se ha sentido mucho la pérdida de su infanta. Los reyes Juan III y Catalina de Austria muestran intenso dolor al recibir la desgraciada noticia. En su desconsuelo, sólo piden que su nieto conserve a algunos de los servidores portugueses de su madre, para tener la seguridad de que será bien cuidado y no perderá las raíces familiares.


Fuentes:
Catalina de Habsburgo, Las Austrias . 2006 La Esfera de Los Libros S.L
María José Rubio, Reinas de España, Las Austrias . 2010 La Esfera de Los Libros S.L
Emilio Calderón, Amores y desamores de Felipe II . 1991 Editorial Cirene
Geoffrey Parker, Felipe II. 2010 Editorial Planeta S.A.

lunes, 22 de noviembre de 2010

CATALINA DE AUSTRIA, Reina de Portugal ( I )



El rey Juan III de Portugal se sentirá inmediatamente seducido por esta mujer alta y delgada, de orgullosa compostura, dotada de una belleza serena pero mayestática, debido a la finura de sus rasgos y a la delicadeza de su mirada. Acostumbrada a la austeridad, la soledad y las humillaciones de Tordesillas, Catalina de Austria llevará con soltura ser el centro de atención de los curiosos y tener un esposo rendido a sus pies. Así como en su adolescencia vestía simples atuendos de sarga negra, las crónicas contarán que en breve lucirá los más bellos y lujosos ropajes. La riqueza de su guardarropa impresionará al pueblo. Las nupcias serán bendecidas en Estremoz el 15 de febrero de 1525, terminadas las cuales “ el novio se fue para la reina y estuvo hasta la noche despejado con ella ”.

En Lisboa, todo el mundo tiene prisa por conocer a la joven reina. Se cantan loas a su belleza, dulzura y humildad antes de verla. Pero los jóvenes esposos deben demorar su entrada triunfal en la capital a causa de la peste que en ese momento azota Portugal. Cuando los lisboetas puedan por fin rendir honores a su nueva soberana, Catalina estará ya embarazada. El amor de los esposos no será nunca desmentido en los años que durará el matrimonio.



Catalina no tuvo problemas para adaptarse a la corona portuguesa, acumuló un gran poder y autoridad, pues gozaba de la plena confianza de su marido. Estaba autorizada a participar en los consejos reales y solía ayudar a su esposo a tomar decisiones de estado. La soberana prefería la tranquilidad de sus apartamentos a la vida de la corte, y a ellos se retiraba a menudo para bordar o leer. Su pasión por la lectura venía de lejos, quizás de la infancia, cuando contaba con muy pocas distracciones. El catálogo de su biblioteca demuestra que tenía un magnífico y variado gusto. En ella se dan cita bellos ejemplares de literatura clásica y peninsular. Con el mismo interés que se deleitaba con La guerra de Troya, los filósofos griegos o las historias de los héroes romanos, lo hacía con la poesía portuguesa o la lírica de autores españoles. En el palacio real se reunían en torno a la reina, mujeres de gran prestigio y saber.



Estos monarcas impulsaron grandemente en su tiempo, sobretodo en los años de su felicidad doméstica, todas las artes. En la corte de la reina Catalina, en esa época de pleno Renacimiento, no se trataba solo de Teología, sino también de poesía, teatro y novela picaresca. Durante este período; ciencias, letras y artes alcanzaron un nivel nunca superado. El reinado de Juan III y Catalina protagoniza la impresionante expansión colonial portuguesa en Asia, donde se convierte en el primer país europeo en contactar con China y Japón. De igual modo, en América, donde el imperio portugués coloniza en este tiempo el Brasil, cuya evangelización queda en manos de la orden de los jesuitas. El comercio con las colonias aporta impresionantes beneficios económicos. Una mala administración financiera, sin embargo, hará que la corona se encuentre a intervalos en serios apuros monetarios. El rey estableció la Inquisición en Portugal.

La reina sentía una profunda preocupación por sus súbditos más desfavorecidos, siendo asidua visitante del barrio de pescadores, donde era conocida y estimada porque saludaba a las mujeres llamándolas por su propio nombre y los niños la querían, la soberana les pellizcaba afectuosamente los cachetes. Allí era obsequiada frecuentemente con platos típicos de la zona y ella correspondía con una preocupación concreta por la mejora de la vida de aquellas gentes. Este trato cordial le procuró el respeto y la lealtad de sus vasallos.



Su fe y la conciencia del deber hacía su país harán que esta reina se mantenga a la cabeza del gobierno cuando sus hijos vayan muriendo ante su impotente mirada, nueve vástagos tendría. María Manuela, la única hija que llegará a la edad adulta, y el príncipe de Brasil, don Juan Manuel, heredero de la corona, serán víctimas también de un destino infausto. En 1542 Catalina considera la cuestión del matrimonio de esa hija a la que ama tanto. Su esposo ha pensado en casarla con su hermano, lo que supone una unión fácil y económica. Pero su esposa tiene las ideas muy claras al respecto y, con toda dulzura, pero también con la firmeza que la caracterizan, piensa que para hacer entrar en razón a su marido bastará con presentarle al yerno ideal: su sobrino Felipe, hijo de su hermano Carlos y de Isabel de Portugal, su cuñada.



Poco a poco fue convenciendo a Juan III de que “ ningún esposo le estaba mejor que don Felipe, príncipe de Castilla, en la edad casi sin igual, y en el estado, heredero de todos los que su padre tenía en España, Italia y Flandes ”. Una vez más la reina logra aplicar la regla de oro matrimonial de su familia. Sin embargo, llegado el otoño de 1543, y al ver partir a su pequeña María Manuela, de quince años, hacia su futuro país al encuentro de un marido desconocido, el corazón de Catalina parece detenerse: duda si habrá hecho bien en alejarla de su lado, si será feliz … Y, premonitoriamente, siente que si algo malo le sucediese a su hija, ella nunca se recuperaría de semejante golpe.


Fuentes:
Catalina de Habsburgo, Las Austrias. 2006 La Esfera de Los Libros S.L
María Antonia Bel Bravo, Mujeres españolas en la Historia Moderna. 2002 Silex Ediciones
María José Rubio, Reinas de España, Las Austrias. 2010 La esfera de Los Libros S.L
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