domingo, 31 de octubre de 2010

MARÍA LUISA DE PARMA, Reina de España ( II )

Se cuenta una anécdota en la que María Luisa salió una noche de su habitación empujada por una necesidad urgente y cuando corría apresurada por un pasillo, se encontró a su suegro en camisón paseando descalzo para calmar sus torturantes ardores. Pensando que estaba enfermo, ella lo obligó a volver a su habitación y a meterse en la cama, tarea en la que les habría sorprendido el príncipe, extrañado por la larga ausencia de su mujer del lecho conyugal a aquellas horas. El joven Carlos malinterpretó la escena creyendo que se trataba de una horrible infidelidad cometida por su augusto padre y su esposa. Escándalo en la madrugada, rabioso soponcio del doncel, llanto afligido de la princesa y violento enfado del monarca, que, vociferante, intentó agredir al que osó poner en entredicho su honor inmancillado. Felizmente los arrumacos de María Luisa, prodigados al uno y al otro, pusieron un epílogo sosegado y razonable al incidente.


Según algunos autores, la vida de los miembros de la familia real carecía por completo de libertad personal hasta extremos inconcebibles. La existencia de la princesa de Asturias estaba presidida por el rígido protocolo que imponía la camarera mayor, siempre vigilante; en sus ausencias, las damas de honor mantenían este mismo cuidado, pues ni un instante se separaban de su señora, continuamente escoltada, acompañada o seguida de forma agobiante por ellas. Las funciones más íntimas eran también acechadas por azafatas y mozas del retrete. Cuando la princesa dormía con su esposo en el mismo lecho, los Monteros de Espinosa permanecían en la habitación contigua. Estos mismos autores opinan que debido a las rígidas costumbres que imperaban en la corte, antes del ascenso de Carlos y María Luisa al trono, resulta más bien algo complicado que la princesa pudiera ejercer vida licenciosa en vida de su suegro. Otros no dudan en afirmar que María Luisa hizo de las suyas ya entonces.



Los príncipes de Asturias son mantenidos al margen de las cuestiones de estado y sin ninguna responsabilidad, por lo que llevan una existencia simple, sin más exigencias que el cumplimiento de la etiqueta. Con el fin de llenar sus horas con actividades intrascendentes, piden permiso a Carlos III para organizar en sus aposentos tertulias, juegos de mesa o modestas soirées musicales e invitar a ellas a personas de su gusto. El honor de pertenecer a la tertulia de los príncipes es pretendido por muchos.

Las animadas tertulias y veladas íntimas en los cuartos de los príncipes, que servían también como punto de reunión y foco de intrigas políticas de los opositores al gobierno que atizaban conscientemente las diferencias entre el príncipe y el rey, son cada vez peor vistas por Carlos III que estrecha el cerco de vigilancia sobre lo que allí ocurre.



El monarca concede credibilidad a los rumores que inducen a pensar que su nuera acepta el galanteo amoroso de ciertos jóvenes de la nobleza como el conde de Teba, Agustín de Lancaster y Juan Pignatelli. La amistad que los príncipes demuestran a estos aristócratas es castigada con la orden de alejamiento de la corte, uno por uno, de todos ellos, con gran disgusto de Carlos y María Luisa, que a veces se ven obligados a disimular sus preferencias por determinadas personas para no verse privados de su compañía.

Seis años después de haber contraído matrimonio, la princesa, que ya cuenta veintiún años de edad, no ha logrado tener descendencia. En la corte comienza a sentirse la presión sobre los príncipes de Asturias ante la falta de un heredero. Algunos culpan al príncipe Carlos, que, apático y tímido, se mostraba reticente al principio a la consumación del matrimonio. La confirmación oficial del primer embarazo de María Luisa, a mediados de abril de 1771, causa gran alegría en la corte. En septiembre nace un niño que recibe los nombres de Carlos Clemente. La princesa tendrá entre sus virtudes la de una extraordinaria fertilidad, dado que en veintitrés años dio a luz a catorce hijos.

Carlos IV


El conde de Floridablanca, que sospechaba de la existencia de una conspiración, logra desbaratar la maniobra política de su opositor el conde de Aranda. El escándalo salpica principalmente a la imagen de la princesa de Asturias. El "partido aragonés", que lidera Aranda, culpa del fracaso del complot a la indecisión timorata de los herederos. María Luisa es un blanco fácil para los cotilleos y desde el entorno de esta facción se revela contra ella una terrible campaña difamatoria.

Rumores y papeles anónimos circulan por palacio hasta hacer llegar a manos del rey una “carta ciega” en la que se acusa a la princesa de mantener relaciones amorosas con cierto guardia de corps llamado Diego Godoy, que accede demasiado libremente a los cuartos de los príncipes. El rey encarga a su ministro el conde de Floridablanca que lo investigase discretamente. María Luisa se defiende alegando que sólo pueden hablar negativamente de ella “ cuatro malas cabezas: criados, cortesanos o soldados ” interesados en perjudicar a los herederos.

El Conde de Floridablanca


La exculpación de María Luisa no resulta convincente y el rey decide actuar con contundencia, dando orden de expulsar de su cargo al guardia de corps y condenarlo al destierro. El oficial propugna su inocencia y protesta por la injusticia del castigo, reclamando un juicio que esclarezca su culpa. La princesa también reprocha la represalia tomada contra Diego porque supone reconocer como verdaderos los hechos que se le imputan, con gran menoscabo para la reputación de la princesa.

El enfado de Carlos III por la frívola conducta de su nuera es mayúsculo. Sólo el conde de Floridablanca se apiada de la suerte de María Luisa, cuyo carácter impetuoso le está prodigando muy mala fama en la corte. A lo largo de varias cartas, enviadas con gran secretismo a la princesa, Floridablanca trata de aconsejarla, recomendándole máxima cautela en sus actuaciones y advirtiéndole del peligro que corre al alinearse políticamente con ciertas personas. El secretario de Estado aconseja a los príncipes tranquilidad y disimulo, mientras el guardia de corps acusado pide con insistencia que los herederos le reciban para pedirles justicia y manifestarles su indignación ante la falsa acusación que sufre.


Por su parte, para aligerar el enfado del rey y movido por buenas intenciones, Floridablanca intercede ante Carlos III para que perdone la traición de su hijo y su nuera. María Luisa escribe una carta de arrepentimiento al influyente confesor del rey, padre Joaquín de Eleta, justificando su actuación.

Según palabras de la princesa, hubo un tiempo en que entraron a dominar el cuarto de los príncipes ciertas gentes del “partido aragonés”, entre los que se encontraban criados, frailes y gente de la nobleza que pretendieron enfrentar a los príncipes contra el rey, pero ellos mismos lograron expulsarlos. Al quedar los herederos en gran soledad y aburrimiento en sus aposentos, se vieron impulsados a invitar a nuevos personajes que les ofrecieran compañía. Entre ellos estaba el susodicho guardia de corps, que contaba con la habilidad de cantar bien y tocar la guitarra, un hecho por el cual cayó en gracia a los príncipes, que lo llamaban con frecuencia a sus habitaciones. Sólo esta circunstancia ha dado pie a que los maledicientes inventen mil historias para hacer daño a María Luisa, que se queja amargamente. El asunto parece zanjado, aunque los comentarios sobre la mala reputación de María Luisa circulan ya en la calle.



Fuentes:
María José Rubio, Reinas de España: Siglos XVIII-XXI: De maría Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz. 2009 La Esfera de los Libros S.L
José Antonio Vidal Sales, Crónica íntima de las reinas de España. 1993 Editorial Planeta S.A
José María Solé, Los Reyes Infieles. 2005 La Esfera de los Libros S.L

sábado, 30 de octubre de 2010

MARÍA LUISA DE PARMA, Reina de España ( I )


Un buen día del verano de 1765, el rey Carlos III de España había llamado a su presencia a su heredero el príncipe Carlos, entonces de dieciséis años, para informarle de que iba a convertirse en marido.

- Hijo mío como es obligado tu matrimonio, vas a desposarte con la princesa María Luisa de Parma, una joven doncella cuyas cualidades como mujer son más que notorias.

La novia tenía catorce años y era prima hermana de su prometido. Al príncipe se le ocurre expresar la certeza de que va a casarse con alguien que nunca podrá cometer adulterio. Su padre no deja de asombrarse al oírlo y al preguntarle la razón de su seguridad, responde el muchacho:

- Porque soy príncipe y, por lo tanto, diferente de los demás hombres que no pueden casarse con princesas sino con vulgares y corrientes mujeres que les engañan.

El rey lo mira con tristeza, estaba más que acostumbrado a la cortedad de entendederas de quien iba a sucederle en el trono.

- Hijo mío, pero qué imbécil eres. Las princesas y las reinas también pueden ser unas putas …


La noticia de su futuro matrimonio con el príncipe de Asturias llena de orgullo a la interesada, que se jacta ante su hermano de que él sólo será duque mientras que ella tendrá rango de reina. ¿Quién es y cómo es la joven prometida?. María Luisa de Parma es la menor de los tres hijos del duque Felipe de Parma y de la princesa Luisa Isabel de Francia. Era por lo tanto nieta de los reyes de España, Felipe V e Isabel de Farnesio, al ser su padre el cuarto hijo del matrimonio real, y nieta del rey Luis XV de Francia, por su madre. Su niñez transcurrió en la corte parmesana que era por completo francesa y no porque Versalles dictara usos y costumbres a toda Europa, sino porque los duques soberanos del pequeño estado se sentían ellos mismos netamente franceses.

Las noticias acerca de la educación infantil de María Luisa son tan contradictorias como todo cuanto atañe a su figura. Mientras uno de sus defensores afirma rotundamente que su educación fue muy esmerada y ella asumía con cierto provecho y obediencia las enseñanzas que estaba recibiendo, otros manifiestan que, aunque la joven princesa era despierta y viva de genio, no sacó provecho de las sabias lecciones que se le impartieron y que ella no sintió nunca inclinación por estudios y lecturas. Y se pone de relieve su mal carácter: caprichoso, voluble y absolutamente despótico, consiguiendo colmar la paciencia de su preceptor el abate Condillac, porque es quien tuvo que soportarla más en esta época infantil.

La infancia de María Luisa, conocida en la intimidad familiar como “Louison”, estará marcada por la ausencia de su madre. El pequeño ducado de su esposo, alejado del centro político europeo, no colmaba sus ambiciones y se le hacía insoportable la perspectiva de pasar allí el resto de sus días. Abandonó Parma para instalarse en Versalles. María Luisa, que sólo tenía seis años, no volvió a ver nunca más a su madre. La pequeña quedará al cargo de su gobernanta, la marquesa de González, una gran dama que marcará los primeros años de su vida y que verá compensada en su aya la falta de afecto maternal. En cuanto a su físico a los catorce años, era una muchacha discretamente alta, rubia, de ojos oscuros, mirada maliciosa y, cuando acertaba a sonreír, de expresión pícara. Ni fea ni tampoco ninguna belleza adolescente.

Cuando la jovencita parmesana llega a Madrid, las diferencias de carácter con su esposo el príncipe Carlos hacen presagiar que ejercerá un completo dominio sobre él. Carlos es un joven de naturaleza distraída, bonachón, introvertido e ingenuo. Consentido por su padre, el príncipe de Asturias prefiere ocupar sus días en la caza, la equitación, la esgrima, la música al violín, el coleccionismo de relojes y la práctica del oficio de tornero y metalista, más que en esfuerzos intelectuales. Su matrimonio con la temperamental María Luisa cambiará mucho su apacible vida cortesana. Dícese que, paseando la parejita en carroza por la Plaza Mayor, un majo de los que allí estaban pasando el rato gritó con insolencia al recién casado: “ ¡ Nunca serás lo bastante hombre para ella, Carlitos ! ”. En este caso, el tan traído y llevado tema de la consumación de la boda parece que se resolvió al cabo de un mes.


Desde su llegada al país la pequeña parmesana encandila a los españoles. El ambiente de palacio que impone el austero rey viudo Carlos III es monótono y árido, a falta de presencia de reina consorte. Al margen de la anciana reina abuela, Isabel de Farnesio, la única dama en la familia real es la infanta María Josefa, hija mayor del rey, aún soltera a sus veintiocho años, a pesar de su buen carácter, por ser fea y contrahecha. En comparación con la llamada “ infanta Pepa”, el encanto personal, la viveza e inteligencia de María Luisa insuflan renovados aires de juventud femenina en esta adusta corte.


La princesa de Asturias posee una educación más refinada que la de su esposo, al que a veces encuentra demasiado rudo. La implacable regularidad de horarios y costumbres que rigen la vida diaria de palacio y la ausencia habitual del rey y del príncipe de Asturias, que dedican muchas horas a la caza, logran que María Luisa comience pronto a aburrirse. El rey odia las ceremonias oficiales. Los bailes y conciertos de música no existen en la corte de Carlos III. María Luisa, que aspiraba a lucirse en vistosos acontecimientos como en Turín, se ve privada de todo esto. La única ocupación que de momento la entretiene es el trajín de artistas y artesanos de múltiples oficios que pululan en este tiempo por el nuevo palacio real, habitable desde hace apenas un año y aún en fase de decoración interior.


Fuentes:
José Antonio Vidal Sales, Crónica íntima de las reinas de España. 1993 Editorial Planeta S.A
José María Solé, Los Reyes Infieles. 2005 La Esfera de los Libros S.L
María José Rubio, Reinas de España: Siglos XVIII-XXI: De maría Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz. 2009 La Esfera de los Libros S.L
Fernando Gonzalez-Doria, Las Reinas de España. 1989 Editorial Bitacora S.A

jueves, 28 de octubre de 2010

CLEOPATRA, Reina de Egipto ( II )


De nuevo en Alejandría, Cleopatra temió nuevas acciones por parte de su hermano y por recelo a que se repitiera la historia anterior, ahora con Ptolomeo XIV, que ya contaba con quince años de edad, optó por la vía rápida: lo envenenó y lo sustituyó en la regencia por su propio hijo Cesarión, que acababa de cumplir cuatro años.

Fue entonces cuando entró en escena un apuesto general romano, antiguo comandante en jefe del ejército de César. Se llamaba Marco Antonio y fue el responsable de perseguir y castigar a los asesinos de su antiguo caudillo. Ejercía el poder en Roma en unión de Octavio y Lépido, y no tuvo idea mejor que demandar el apoyo de la reina de Egipto para vencer a sus opositores políticos, partidarios de la antigua república cesariana.


Cleopatra se vio, de nuevo, en el ojo del huracán de la política imperial. Aunque, como había ocurrido con César, desconfiaba de las intenciones del triunviro, accedió a recibirle en Tarso, si bien una vez más puso condiciones. Eligió como punto de reunión su barco, una nave fabulosa, auténtico palacio flotante que contaba con remos decorados con metales preciosos, jardines a bordo, velas púrpura y todo lujo de comodidades. Y, como era de esperar, el amor no tardó en nacer entre ambos. Aún así, Cleopatra si accedió a dar su apoyo al triunviro romano fue a cambio de que Roma decretase la ejecución de su hermana y rival Arsinoe.


Durante varios meses, Marco Antonio y Cleopatra vivieron pletóricamente su amor retirados en Alejandría. Pero, tras el invierno del año 40 a. C., Roma reclamó la presencia de Antonio acusándole de desatender las responsabilidades de gobierno por estar refugiado en los brazos de la que consideraban no tanto la reina de Egipto como su concubina. Es más, una vez en la capital del Imperio tuvo de cumplir su promesa y casarse con Octavia, hermana de Octavio. Entre tanto, sola y despechada, Cleopatra daba a luz dos hijos gemelos de Marco Antonio: Cleopatra Selene y Alejandro Helios.

No volvieron a verse hasta cuatro años después cuando, con motivo de una campaña contra los partos, él regresó a Egipto. El amor resurgió de sus cenizas y, olvidando a Octavia –aunque sin repudiarla-, el general romano contrajo matrimonio con Cleopatra, a quien regaló como presente nupcial Chipre, Fenicia y Creta, por lo que consiguió que Egipto volviera a tener una extensión similar a la de los tiempos de los primeros Ptolomeos.


Aquellos fueron, posiblemente, los días más dichosos en la vida de Cleopatra. Nació un tercer hijo, Ptolomeo Filadelfo, y parecía que la felicidad iba a durar eternamente. Sin embargo, el buen nombre de Marco Antonio ya no cotizaba en Roma. El militar victorioso y el político honrado se había convertido, a ojos del pueblo y del Senado, en una marioneta en manos de la reina de Egipto. Se decía que, como César, había sucumbido al misterioso hechizo de la egipcia, quien le había convertido en un hombre amante del placer y del dolce far niente. Un hombre de baja moral que había abandonado a su fiel esposa y a su hijos para estar con la promiscua reina egipcia. Entre todas estas acusaciones, quizás la más grave a los ojos del pueblo fuera la de que Antonio se alejaba de las costumbres romanas y se inclinaba hacia los gustos orientales, un grave crimen para el orgulloso pueblo romano.

Frente a él cobraba cada día mayor prestigio la imagen de Octavio, un político trabajador, eficiente y discreto que anteponía los intereses del Estado a los suyos propios. Cleopatra tampoco salía bien librada. Los mentideros políticos romanos la acusaban de brujería, incesto, vida licenciosa y, sobre todo, de no cumplir con sus funciones de aliada sino de actuar contra los intereses de Roma.

El enfrentamiento entre Marco Antonio y Octavio llegó a su punto culminante cuando el primero repudió a su esposa romana Octavia. Su cuñado no tardó en vengar el honor familiar revelando que, en el testamento secreto de Marco Antonio que custodiaban las vestales, se especificaba que Antonio pretendía trasladar la capital de Roma a Alejandría. Poco después, el Senado declaró la guerra a Egipto y destituyó a Marco Antonio de su cargo de triunviro.


Tras unas primeras pero insignificantes victorias, el ejército de Marco Antonio fue derrotado en la batalla de Accio. Un año después, Octavio entró victorioso en Alejandría y Cleopatra intentó seducirle, pero ya sabemos que la nariz de la reina egipcia no fue de su agrado. Días después, convencido por un falso mensaje de la muerte de Cleopatra, Marco Antonio se suicidó arrojándose sobre su propia espada, aunque sería llevado aún con vida ante su amante, muriendo en sus brazos.

Su amada no tardó en seguir su mismo camino. Enterada de los planes de Octavio de hacerla prisionera y exhibirla en Roma cargada de cadenas, vistió sus mejores galas y pidió a sus esclavas Iras y Charmion que le trajeran una cesta con frutas y un áspid escondido entre las piezas. Luego, dirigió una misiva a Octavio en la que le comunicaba su deseo de ser enterrada junto a Marco Antonio y abrió la cesta. La mordedura del reptil hizo el resto.


Fuentes:
María Pilar Queralt del hierro, Mujeres de Vidas Apasionadas2010 La Esfera de los Libros S.L

http://es.wikipedia.org/wiki/Marco_Antonio

miércoles, 27 de octubre de 2010

CLEOPATRA, Reina de Egipto ( I )

Cleopatra Filopator Nea Thea nació hacia el año 69 a.C., de la unión de Cleopatra V Trifena y Ptolomeo XII, un soberano corrupto y veleidoso, tributario de Roma, a quien se conocía con el sobrenombre de “ Auletes” – es decir, “ el tocador de flauta”- por cuanto le gustaba más entregarse a la música que al gobierno. Con tales referencias, no es de extrañar que fuera derrocado por un levantamiento popular y sucedido por su hija Berenice IV. Ptolomeo pidió ayuda a Roma y, gracias a los buenos oficios de Pompeyo, recuperó el trono perdido. Iniciando esta nueva etapa de su reinado mandando ejecutar a su hija y sucesora.

Todos los testimonios de su tiempo indican que era una mujer muy inteligente y culta. Cuando se presentó en público por primera vez con catorce años, además de su griego vernáculo, ya hablaba egipcio demótico, hebreo, sirio, arameo y algo de latín. Fue educada por un elenco de preceptores griegos y era mujer versada en literatura, música, política, matemáticas, medicina y astronomía.

Cuando contaba con dieciocho años de edad, su padre se ahogó en el Nilo. Si bien para poder reinar, Cleopatra hubo de contraer matrimonio con su hermano Ptolomeo XIII, un niño de doce años, como era habitual en las dinastías reales del Antiguo Egipto. No obstante, los compromisos contraídos por el faraón fallecido con Roma imponían como tutor de ambos – apenas unos adolescentes- a Pompeyo, que debió frotarse las manos pensando que, por fin, el Imperio iba a hacerse con su pieza más codiciada: Egipto. No contaba con la capacidad de decisión, la inteligencia y las aptitudes políticas de Cleopatra. Según se dice, la reina dejaba fuera de todas las decisiones a su hermano.


Tuvo fama de poseer modales dulces y refinados y una sugerente voz, cosas que hacían de ella una mujer muy seductora. No hay que negar que la reina de Egipto supo hacer valer sus capacidades seductoras, que cuidó extremadamente su persona con innovadores tratamientos de belleza e incluso con la creación de perfumes. Sin embargo, todo hace pensar que su belleza no fue tanta como se le supone. A través de las monedas acuñadas con su efigie, se la descubre como una mujer de facciones grandes y nariz prominente. La misma que, según parece, hizo decir a Octavio, el único que se resistió a su atractivo: “ Si la nariz de Cleopatra hubiese sido más corta, la historia del mundo habría cambiado ”.


Era impulsiva, caprichosa, ingenua, espontánea, apasionada, diplomática y constante. Plutarco dijo de ella: « Se pretende que su belleza, considerada en sí misma, no era tan incomparable como para causar asombro y admiración, pero su trato era tal, que resultaba imposible resistirse. Los encantos de su figura, secundados por las gentilezas de su conversación y por todas las gracias que se desprenden de una feliz personalidad, dejaban en la mente un aguijón que penetraba hasta lo más vivo. Poseía una voluptuosidad infinita al hablar, y tanta dulzura y armonía en el sonido de su voz que su lengua era como un instrumento de varias cuerdas que manejaba fácilmente y del que extraía, como bien le convenía, los más delicados matices del lenguaje ».


Políticamente, ella era muy ambiciosa, gobernó con la ayuda de su primer ministro o dioceta y vigiló de cerca a los gobernadores griegos que tenían el control de otras partes del país. Tuvo que hacer frente a una situación delicada porque Egipto se había convertido en país sacudido por los alborotos. Instauró nuevas leyes, devaluó el dinero un tercio para las exportaciones y modificó las leyes religiosas en favor de su propia gente.

Al subir al trono intentó solucionar el conflicto existente con Roma. Un año antes habían asesinado a dos hijos del cónsul romano en Alejandría. Para demostrar buena voluntad, la reina entregó a los presuntos asesinos a Pompeyo y también le ofreció soldados egipcios, puesto que el general romano intentaba obtener el poder absoluto de Roma. Su opositor era Julio César.


Esta ayuda a Pompeyo no fue apreciada y los enemigos de Cleopatra aprovecharon esta situación para tramar un plan en su contra. La debilidad de la moneda egipcia, las repetidas hambrunas provocadas por una larga temporada de sequías y las revueltas populares que hacían a Roma culpable de la decadencia del reino, consiguieron que el pueblo, acaudillado por el propio Ptolomeo XIII - aliado con otra de las hermanas, Arsinoe - se rebelara y expulsara a Cleopatra del trono acusándola de haberse vendido a Roma. Evidentemente, Cleopatra no se dio por vencida. Exiliada en Siria, reunió a un considerable ejército e intentó invadir Egipto pero no lo logró.


En Roma, tras la guerra civil, Julio César se había hecho con el poder. Consciente del valor estratégico de Egipto como puerta del Imperio al continente africano y a Oriente, decidió viajar a Alejandría con el propósito de arreglar las diferencias entre los Ptolomeos y mantener en el trono a la reina depuesta para asegurar la alianza romano-egipcia.

Pompeyo, huyendo de Farsalia, desembarcó en Egipto solicitando ayuda y asilo al faraón. En lugar del refugio buscado encontró la muerte a manos de un enviado de Ptolomeo XIII, quien decidió decapitarlo y enviarle la cabeza a César para así obtener su simpatía. Sin embargo, César lloró la muerte de su rival y yerno, y no miró con buenos ojos el acto del faraón tomándolo como una traición.


César convocó a Cleopatra que pese a desconfiar de sus intenciones accedió a acudir a la cita. Eso sí, exigió que el encuentro fuera secreto y de noche. Y ahí entra la leyenda: parece ser que Cleopatra se presentó ante César escondida entre los pliegues de una alfombra aunque vestida con sus mejores galas, que aquella misma noche tuvieron un apasionado encuentro y que el todopoderoso César, vencedor en mil batallas, perdió una última rendido ante los encantos de la astuta reina.


Poco después, un enamorado Julio César dirimía el contencioso fraternal y dinástico reservando para Ptolomeo el gobierno de la isla de Creta, para Arsinoe el de Chipre y reservando el trono de Egipto para su adorada Cleopatra. En Alejandría, los amantes vivieron una etapa de felicidad que no se alteró ni a causa de los repetidos alzamientos de Arsinoe y Ptolomeo, ni cuando un incendio de las naves ancladas en el puerto destruyó la famosa biblioteca.

Debido a la muerte de su esposo y hermano, ahogado en el Nilo, Cleopatra fue proclamada reina absoluta de Egipto y César la obligó a casarse con su hermano menor, de tan solo doce años, Ptolomeo XIV.


César dejó tres legiones romanas para proteger Alejandría y emprendió una travesía por el Nilo junto a Cleopatra, a quien pareció la mejor forma de mostrarle la belleza de su país. Hay muy pocos documentos de esta travesía pero aparentemente duró unos dos meses. Pero la travesía terminó, César debió marcharse hacia Hispania en los últimos avatares de la contienda civil. Semanas después de la partida de César, Cleopatra dio a luz al hijo de ambos llamado Cesarión. El niño fue validado rápidamente por los egipcios como hijo de Amon-Ra.


Después de varias luchas en Asia Menor y otras áreas, César volvió a Roma. Y durante el desfile por Roma apareció encadenada y marchando junto a otros prisioneros Arsinoe IV, la hermana de Cleopatra, que no fue ejecutada como la mayoría de los prisioneros sino enviada a Éfeso. César trajo a Cleopatra y a su hijo a Roma y los instaló en uno de sus palacios. Fue recibida con gran pompa y solemnidad ante el recelo del pueblo romano que no compartía el entusiasmo de César por la reina egipcia. Las maneras sociales de la reina no hicieron que la situación mejorara. Cleopatra había comenzado a llamarse la nueva Isis y vivía con gran lujo que destacaba de las costumbres romanas más conservadoras, permaneciendo en Roma cerca de dos años.


La adopción legal de Cesarión por César había enfurecido a los romanos, sobre todo porque ya estaba casado con Calpurnia. Muchos pensaron que él planeaba casarse con Cleopatra sin importarle las leyes romanas contra la bigamia y las uniones con los extranjeros que regían en Roma. Cuando César fue asesinado, cosido a puñaladas, por un grupo de senadores, Cleopatra tuvo que regresar precipitadamente a Egipto con su hijo. Antes de irse, pidió a Marco Antonio su protección, un joven al que César ya se la había encomendado.


Fuentes:
http://historiasdelahistoria.com/2010/10/01/archienemigos-de-roma-cleopatra/
http://es.wikipedia.org/wiki/Cleopatra_VII
http://www.egiptomania.com/historia/cleo.htm
María Pilar Queralt del hierro, Mujeres de Vidas Apasionadas2010 La Esfera de los Libros S.L

lunes, 25 de octubre de 2010

LIVIA DRUSILA

Haciendo honor a la frase de que "tras un gran hombre siempre hay una gran mujer", Livia encarna la figura de la domina inteligente que se convirtió en eficaz colaboradora de Augusto a lo largo de sus más de cuatro décadas al frente del estado romano. Esposa primero de Tiberio Claudio Nerón, con quien tuvo a sus dos hijos Tiberio y Claudio Druso (padre del futuro emperador Claudio), se divorció de éste para casarse - embarazada del pequeño- en el año 39 a.C. con Octavio, el futuro Cesar Augusto, por entonces una estrella emergente en el gobierno de la república.

Todas las fuentes hablan de su notable dignidad y excepcional belleza física ( Virgilio alaba sus praegrandes oculi u "ojos amplios"), a lo que unía su disposición a la discreción, aunque también una fuerte ambición no exenta de cierta capacidad para imponer su voluntad sobre todas las cosas. Dion Casio narra una anécdota en la que un grupo de senadores se muestra escéptico ante las indicaciones del emperador Augusto para que controlasen a sus mujeres y le preguntan cómo hacía él mismo para controlar a Livia; a ello, el emperador contestó con evasivas, sin atender a la ironía de la pregunta. Los senadores eran conscientes de la fuerte personalidad y voluntad de Livia, pero también reconocían que ella era capaz de comportarse de modo que su esposo no viera amenazada su autoridad.


Livia y Augusto establecieron el modelo de pareja romana. A pesar de su riqueza y de su poder, el emperador y su familia siguieron viviendo modestamente en su casa del Palatino, la emperatriz nunca llevó excesiva joyería ni vestidos pretenciosos. Livia se convirtió en el brazo ejecutor de la política de Augusto en Roma mientras éste se hallaba en sus viajes por el Imperio, y secundó eficazmente su programa de recuperación de las virtudes tradicionales en la mujer romana, mostrándose dispuesta a permanecer en casa controlando los asuntos domésticos y encargándose personalmente de componer la vestimenta de su esposo o velar por la educación de sus hijos. Ello no evitó, obviamente, que Livia interviniese en la alta política, aunque lo hiciese discretamente y desde el ámbito familiar; como afirmaba Suetonio, Augusto escuchaba los consejos de su mujer como si proviniesen de un importante oficial. El emperador permitió a su esposa administrar sus propias finanzas y le dedicó una estatua pública. Livia tuvo su propio círculo de clientes y colocó a muchos de sus protegidos en puestos oficiales.


Otras fuentes, sin embargo, prefieren insistir en el aspecto más tenebroso de su ambición, afirmando que ella se hallaba detrás de las muertes sucesivas de los herederos e incluso atribuyen una intervención directa suya en la muerte de Augusto, ya anciano, envenenando los higos que el emperador gustaba de recoger en su jardín, después de haber asegurado la sucesión para su hijo Tiberio. Sin embargo, cuando murió, Tiberio recibió la noticia con frialdad y no sólo no asistió a sus funerales sino que prohibió que se le rindieran los honores correspondientes. Tuvo que esperar hasta el gobierno de su nieto Claudio para ser divinizada, consiguiendo lo que ninguna dama romana había logrado hasta ese momento. No existen pruebas suficientes que den por válidos los rumores que convierten a Livia en una fría y calculadora envenenadora.





Fuentes:
http://es.wikipedia.org/wiki/Livia_Drusila
Revista Muy Historia, número 31/2010

BOUDICA, La reina celta que desafió a Roma


Su nombre significaba ”victoria”. También fue conocida como Budica, Buduica, Bonduca o por el nombre latinizado de Boadicea. Es descrita como alta, de voz áspera y mirada feroz, cabello pelirrojo hasta la cadera, muy inteligente “ poseía una inteligencia más grande que la que generalmente tienen las mujeres ”, vestía una túnica muy colorida y un manto grueso ajustado con un broche. Siempre usaba un grueso collar de oro, posiblemente un torque, aditamento que entre los pueblos celtas siempre significaba nobleza. Siempre que hablaba, sostenía una lanza con la mano para aterrorizar a cualquiera que la contemplase. Miembro de la predominante elite aristocrática de Icena, recibió una buena educación acorde a dicha posición social. Se casó con el rey de los icenos, Prasutagus, con quien tuvo sus dos únicas hijas.



Los icenos era una tribu de origen celta que se distribuía por la región de Anglia del Este (actuales Norfolk y Suffolk). Eran aguerridos guerreros cuyas armaduras estaban remachadas en oro, peleaban desnudos y precedían sus ataques con trompetas. Combatían pintados de azul con glasto, que aparte de aterrorizar a los enemigos, las cualidades antisépticas del glasto ayudaban a prevenir la infección de las heridas. Al principio no fueron parte del territorio invadido por los romanos porque tuvieron el estatuto de aliados durante la conquista romana de Britania llevada a cabo por Claudio y sus generales en el año 43. Como todos los pueblos celtas, daban gran importancia a su independencia y hubo varios roces entre los romanos y los icenos anteriores al levantamiento del año 60, el más importante de los cuáles se verificó cuando el entonces gobernador de Britania, Publio Ostorio Escápula, los amenazó con desarmarlos.

Sin embargo, Prasutagus vivió una larga vida de riqueza. Pero había un problema y era que no tenía hijos varones y que, aunque la realeza pudiera pasar a sus hijas, sin embargo, no podía asegurar la independencia formal del Imperio; por eso se le ocurrió la idea de nombrar al emperador romano coheredero de su reino junto con sus dos hijas. Este tipo de testamentos eran habituales en la época romana pues se conseguía que, al menos durante al vida del rey cliente, se respetara un estatus de semi-independencia.



Debido a estos factores y a que la ley romana sólo permitía la herencia a través de la línea paterna, cuando Prasutagus murió, su idea de preservar su linaje fue ignorada y su reino fue anexionado como si hubiera sido conquistado. Las tierras y todos los bienes fueron confiscados y los nobles tratados como esclavos. Debido a que Prasutagus había vivido pidiendo prestado dinero a los romanos, al fallecer, todos sus súbditos quedaron ligados a esa deuda que la reina Boudica no podía pagar. Los romanos desencadenaron la violencia saqueando las aldeas y tomando esclavos como pago de la deuda. Boudica protestó amargamente, y después de todos sus esfuerzos, fue sacada del palacio, desnudada en público y azotada por haber incumplido el pago de la deuda. A continuación los oficiales y soldados romanos violaron a sus hijas, las herederas del reino. Lo que desató la furia incontenible de la reina.

En el año 60 d.C. o 61 d.C. mientras los romanos bajo el mando de su gobernador Cayo Suetonio Paulino estaban ocupados en una campaña contra la isla de Mona, refugio de britanos rebeldes y gran centro druídico, los desairados icenos junto a los trinovantes y otras tribus, convocadas por la reina Boudica, conspiraron para levantarse unidas contra los romanos, eligiendo a la misma Boudica como líder de las tribus. La reina usando métodos de adivinación realizó una ceremonia en la que extrajo de los pliegues de su vestimenta una liebre (animal sagrado para los britanos) liberándola. Interpretando la dirección en que corría la liebre invocó a Andraste, la diosa celta de la victoria, enardeciendo así aún más el ánimo de los insurrectos.



Con su liderazgo sobre varias tribus britanas, entre cien mil y doscientos treinta mil guerreros se unieron y avanzaron hacia la Castra de Camulodunum, fortaleza romana situada en la antigua capital de Trinovantia. Los habitantes locales, resentidos con los soldados romanos por erigir un templo a Claudio a sus expensas y hartos del maltrato continuo a que eran expuestos por los legionarios veteranos establecidos en la ciudad, no hicieron nada para defenderlos y sabotearon las obras de fortificación y defensa que levantaban los romanos ante la llegada del ejército rebelde. Los soldados veteranos, pidieron refuerzos al procurador Cato Deciano, que sólo envió 200 auxiliares militares.

El ejército de Boudica cayó sobre la ciudad y la destruyó, los últimos defensores romanos fueron sitiados en el templo durante dos días hasta que finalmente fueron exterminados. La legión IX Hispana, al mando de Petilio Cerial, fue enviada contra el ejército de Boudica en Camulodunum pero cayó en una emboscada de los rebeldes icenos, quienes los desbarataron por completo matando a dos mil quinientos legionarios.



Entonces Boudica se dirigió hacia Londinium. Suetonio Paulino logró llegar a la ciudad y una vez allí descubrió que el culpable de todo, el procurador Deciano, se había formado su propia opinión sobre las posibilidades del ejército romano y ya había tomado un barco con rumbo a la Galia. Londinium no estaba fortificada y no estaba preparada para la defensa militar. Este fue el motivo por el que el gobernador Suetonio, ante la imposibilidad de defender la ciudad y desoyendo las reclamaciones de sus habitantes pidiendo la presencia de las tropas romanas, se retiró, dejando que Boudica incendiara y matara en masa a gran parte de la población rezagada y dejada a su suerte por los soldados romanos. Los que se atrevieron a combatir fueron despedazados y sufrieron las muertes más atroces. Boudica y su ejército no dejaron ni a los animales de trabajo a salvo, que una vez usados para conducir a los vencidos a los lugares de sacrificio, eran también degollados.

Suetonio tampoco llegó a tiempo para defender Verulanium, ciudad que también fue arrasada por el ejército rebelde, matando sin compasión a sus habitantes, odiados por sus congéneres por su colaboracionismo para con el Imperio Romano. Por fortuna, muchos de ellos pudieron huir refugiándose cerca de los campamentos romanos. Tras estas derrotas, Roma contaba con unos setenta mil romanos y simpatizantes a manos del ejército de los icenos.



Tras las victorias conseguidas, Boudica y su ejército decidieron permanecer en Verulanium. Suetonio llamó entonces a todas las legiones disponibles, la XI Augusta, la XIV Germana y la XX Valeria Victroix, además de una serie de auxiliares adiestrados rápidamente. Sin embargo no se sabe bien el motivo la XI Augusta, que era la más veterana en combate no llegó a tiempo, pues su comandante Poenio Póstumo no respondió a la llamada de su superior. Con todas las legiones posibles bajo su mando, Suetonio presentó batalla. El ejército romano estaba en inferioridad numérica, el campo de batalla escogido por el gobernador romano era un terreno con un desfiladero con paredes en terrazas protegiendo sus flancos y una suave pendiente descendente delante de ellos, mientras que a sus espaldas tenían un espeso bosque. Esto implicaba que el ejército romano no podía ser flanqueado por los britanos, pero también implicaba que los romanos en caso de perder no podrían huir. Era el momento de vencer o morir.

Cada uno de los líderes arengó a sus soldados. Boudica por su lado, entre otras cosas, le gritó a su ejército que entonces era formado por doscientos mil efectivos: “... ganaremos esta batalla o moriremos! Eso es lo que yo, que soy mujer, me propongo hacer. Que los hombres vivan esclavos si lo desean ...”. Suetonio, a su vez exclamó: “... no temáis su espíritu rebelde. Su audacia nace de su temeridad, pero sin las armas ni la disciplina ... Somos romanos y hemos conquistado el mundo gracias a nuestro valor...”



Cuando la infantería britana se dispuso a avanzar, Suetonio mandó formar a la parte media de la infantería ligera haciéndola avanzar a paso rápido, formando así una cuña respaldada por la infantería pesada y los auxiliares. De la poderosa cuña brotaban las puntas de las lanzas que atravesaban el cuerpo de los desprotegidos icenos, que eran rematados después por las espadas romanas. Los icenos que esperaban un combate cuerpo a cuerpo, intentaron reorganizarse, pero mucho más indisciplinados y desordenados que los romanos, para cuando consiguieron organizarse en un grupo para atacar fueron sorprendidos por la caballería romana que los masacraba sin piedad.

La cuña romana llegó hasta los carros de los bárbaros, donde masacraron a las mujeres y niños, haciendo que los icenos se desmoralizaran y perdieran toda perspectiva de la batalla. Los romanos obtuvieron la victoria y persiguieron a los britanos que huían. En el campo de batalla quedaron los cuerpos de ochenta mil icenos y apenas cuatrocientos romanos. Boudica, tras esta derrota, para evitar ser atrapada por los romanos, se suicidó con veneno. No se conoce la suerte que corrieron sus hijas, pero probablemente murieron junto a ella. Según se cuenta, los rituales funerarios de Boudica fueron fastuosos y dignos de la gran guerrera que fue. Tal fue el grado de violencia que los romanos aplicaron, que durante los cuatro siglos siguientes, la provincia se mantuvo en paz. Incluso el emperador Nerón calificó de "muy duro" el castigo infligido a los celtas que lucharon en esa batalla.


Por Dashinvaine



Hoy en día se sigue desconociendo el paradero de su tumba, cosa que fomenta aún más su leyenda. Durante la Edad Media, la leyenda de Boudica fue casi olvidada, pero llegado el siglo XIX, fue recuperada y ensalzada. Los historiadores británicos recordaron que Boudica significaba “Victoria” con lo que la reina de los icenos compartía nombre con la reina Victoria, que gobernó un imperio más vasto incluso que el de Roma. Los británicos, olvidándose de los hábitos salvajes y las masacres y torturas ordenadas por la reina icena, la convirtieron en heroína nacional y en 1905, fue erigida una estatua de Boudica, triunfante subida en su carro. Esta estatua se alza junto al Támesis, frente al Parlamento británico, en Londres, la ciudad que convirtió en cenizas. La estatua fue erigida como símbolo del sentimiento de libertad del pueblo de Britania en un momento tan crucial para los moradores de la vieja Albión (nombre con el que era conocida Britania).


Fuentes:
http://www.imperioromano.com/190/boudica.html
http://es.wikipedia.org/wiki/Boudica

domingo, 24 de octubre de 2010

LEONOR DE AUSTRIA ( V y última)


Gante se sublevó un día y Carlos V, que estaba en España, se creyó obligado a hacer acto de presencia. Se decidió a ir a través de Francia. La duquesa de Etampes propuso nada menos que raptar al emperador y tenerlo encerrado hasta que cumpliera las condiciones que Francia estimase pertinentes. El ascendiente de la duquesa sobre su real amante era grande en aquellos años de declive de Francisco pero no bastaron para convencerle de abandonar sus ideas de la caballerosidad y el honor con un hombre que atravesaba sus dominios.

Leonor y su esposo acogieron al emperador con gran pompa y le acompañaron hacia París. En el cortejo viajaba la duquesa de Etampes y Carlos V la halagó en todo el camino para atraérsela. A lo menos consiguió neutralizarla como enemiga. La entrada en la capital francesa fue uno de esos desfiles espectaculares que encantaban al rey. Desde una ventana, en compañía de Leonor, vieron entrar al emperador en medio de un cortejo impresionante y de unos caballeros deslumbrantes de brocados y joyas. El emperador, de luto por la muerte de su esposa, iba de negro riguroso. Al cabo de siete días los españoles se pusieron de nuevo en camino. Carlos y Leonor se despidieron, acompañando Francisco al emperador hasta San Quintín.


La reina Leonor volvió a su vida de retiro. Visitaba santuarios, hacía limosnas, protegía desvalidos, pero tenida por su marido a distancia de todo lo que fuera política. Desde España le llegó la noticia de la boda de su ahijado el príncipe Felipe, que se casaba con la infanta María Manuela de Portugal, la hija de su hermana pequeña Catalina. También en Francia hubo jornadas alegres como cuando nació el hijo primogénito del Delfín Enrique y Catalina de Médicis, tras diez años de espera. La reina Leonor, que para entonces admiraba ya a Catalina – de cuyo segundo hijo, una niña Isabel de Valois, fue madrina- se alegró sobremanera.

La guerra estalló de nuevo entre su esposo y su hermano. Las tropas del emperador invadieron la región de Champaña y amenazaron directamente París. Cuando Carlos estaba a punto de derrotar a su viejo enemigo, sus tropas desertaron por falta de pago. Los contendientes, exhaustos, negociaron un acuerdo. En septiembre de 1544 se firmó la paz que lleva el nombre de una pequeña localidad cercana a París: Crepy-en-Valois. En secreto las dos partes se habían puesto de acuerdo para combatir juntas a los protestantes.


La reina Leonor viajó a Bruselas para encontrarse allí con sus hermanos, escoltados de brillantísima corte. La duquesa de Etampes acompañaba a la reina de Francia. Aunque no existen pruebas concretas contra ella, se cree que la duquesa pasó información secreta al emperador y, por lo tanto, que fue culpable de traición. En aquél encuentro por la paz, Carlos tuvo un ataque de gota, María de Hungría sufrió una indigestión y Leonor cayó postrada, tal vez cansancio o de amargura. Hasta que la declaración del Delfín denunciando la paz a primeros de 1545, advirtió a Leonor de los nuevos peligros de guerra. Así lo escribió al Cardenal Granvela, que lo hizo saber al emperador.

La reina regresó a París y, como además se esperaba una invasión inglesa, Francisco creyó prudente ir a Rouan para observar el estado de sus tropas. Eran los días veraniegos del año y Leonor contemplaría con satisfacción la partida de las fuerzas destinadas a enfrentarse con Enrique VIII. Pero como los dos enemigos estaban exangües, acordaron una vez más negociar y pactar la paz. Entonces, entre los enfermos de peste en el campo francés murió el hijo segundo del rey Francisco, su favorito, pues el Delfín Enrique se llevaba muy mal con su padre, a pesar de los esfuerzos conciliatorios de Leonor.


En febrero de 1547, se supo en la corte francesa que el rey Enrique VIII había muerto. La duquesa de Etampes entró precipitadamente en la alcoba de la reina Leonor, gritando: “¡ Noticias, noticias! ¡Nos hemos librado de nuestro peor enemigo! ”. La desdichada reina, pensando que era su hermano el emperador quien había muerto, estuvo a punto de desmayarse, hasta que se enteró de que él estaba bien. Habían sido una Navidad y un Año Nuevo tristes, debido a la mala salud de Francisco. Cuando le dijeron que el rey inglés había expirado, el monarca quedó “ más pensativo que antes ” y “ parecía temer que el próximo fuera él ”.

Cuando llegó la primavera encontró al rey Francisco postrado sin poder abandonar el lecho. La opinión médica moderna considera improbable que sufriera de sífilis porque conservó su lucidez hasta la muerte. Se piensa que contrajo una gonorrea que, sin tratar, le causó infecciones en la vejiga y en el tracto urinario. Cuando murió, tenía infecciones graves en el estómago, en un pulmón, en los riñones y en la garganta. El rey, entre los consejos que le dio a su hijo el Delfín, le pidió que cuidara de la reina Leonor y admitió que había sido un mal esposo para aquella buena mujer.


Con la muerte de su marido había terminado la misión de Leonor como reina de Francia. Su conducta había sido tan correcta que jamás le fue echado en cara su parentesco con Carlos V, a pesar de las continuas guerras de Francia con España y el imperio. Recogida en una vida de piedad por el carácter irresponsable de su marido y la omnipresencia de la amante, solo salió a la vida de la corte para las ceremonias oficiales o para poner paz – o intentarlo- entre su marido y hermano. Había sido reina de Francia durante diecisiete años y dejaba detrás de sí un mundo cambiado. Para entonces tenía casi cincuenta años.

El delfín Enrique y Catalina de Médicis subieron al trono. Diana de Poitiers y la reina Leonor tuvieron la gran satisfacción de ver a su enemiga la duquesa de Etampes expulsada de la corte. El nuevo soberano siempre había tratado afectuosamente a su madrastra pero ella, muerto su esposo, quiso salir de Francia y marchar hacia los Paises Bajos a convivir con su hermana María, la regente. Entregó las joyas de la Corona de la cual era depositaria. Su hijastro le ofreció las compensaciones correspondientes a su dote y a su renta de viuda y salió del reino. No hubo ceremonias ni escolta oficial y como un súbdito más dentro del reino, su equipaje y su cortejo fueron revisados al cruzar la frontera.


Los tres hermanos ordenaron un gran funeral en Bruselas en recuerdo de su madre la reina Juana cuando ésta falleció. Carlos muy cansado, así en el ánimo como en el cuerpo, estaba destrozado por la gota. Se decidió a dar paso al relevo y lo consultó con sus dos hermanas, que le veían quebrantado y sin fuerzas. Y ellas le aconsejaron que siguiese su inclinación y abdicase para ir a descansar a España. Ellas irían con él. En la gran sala del palacio de Bruselas, en presencia de las dos reinas, vestido de negro por luto de su madre, el emperador abdicó solemnemente en manos de su hijo Felipe y de su hermano Fernando. Leonor y su hermana lloraban. El último coloso de los tres grandes de la primera mitad del siglo hacía mutis de la vida oficial.

Más tarde comenzaron los preparativos del último viaje. Los tres hermanos se despidieron de los nuevos rey y emperador, Felipe II y Fernando I. Luego, embarcaron y en septiembre de 1557 estaban en España. En Valladolid se encontraron con el príncipe don Carlos, hijo de Felipe II, que impresionó a su abuelo: “ su temperamento y sus maneras no me gustan; no sé en qué parará esto ”, confió a Leonor. Tras diez días de descanso, Carlos continuó hacia Yuste. En Valladolid quedaron sus hermanas.


Leonor fue a Badajoz para entrevistarse por primera vez, tras más de treinta años de separación, con su hija la infanta María de Portugal. El encuentro no fue feliz, su hija la rechazó incapaz de perdonarle sus años de abandono. No quiso vivir con su madre, regresando a Portugal. En Talavera le alcanzó la muerte a Leonor de Austria unas semanas después, el 18 de febrero de 1558. Todo el reino de España la lloró. Su hermano la siguió a la tumba en septiembre y su hermana María en octubre. De todos los hijos del frenético amor de Juana y Felipe el Hermoso solo vivieron aún los dos que habían nacido en España, Fernando y Catalina. El poeta protestante francés Teodoro de Beze compuso unos versos en su alabanza:

Nihl Helena vidit Phoebus formosius una:
Te, Regina, nihil pulchrius orbis habet;
Utraque formosa est; sed re tamen altera major:
Illa serit lites, Helionora fugat.



Fuentes:
Emilio Beladiez, Españolas, Reinas de Francia. 2002 Ediciones Palabra S.A
Leonie Frieda, Catalina de Médicis. 2006 Siglo XXI de España Editores, S.A
Yolanda Scheuber, Leonor de Habsburgo. 2009 Ediciones Nowtilus S.L

miércoles, 20 de octubre de 2010

LEONOR DE AUSTRIA ( IV )

Cuando Leonor llegó a Francia las gentes pudieron ver una mujer de aire noble y actitud amable, ciertamente más bella de lo que había sido la primera esposa del rey. El duque de Montmorency la calificó de “ sage, belle et honneste dame” y declaró que sus servidores y súbditos deben alabar a Dios de haberles dado una dama tan buena y virtuosa de la que yo no podría deciros, me parece, ni la tercera parte del bien y de la honestidad que en ella he encontrado”. Unos dijeron que era tan delgada que había dudas respecto a si podría tener hijos”, otros aseguraban que estaba más bien gorda, más fea que en el pasado y con manchas en la piel “como de elefantiasis”. Si no fue una gran belleza, distaba mucho de ser fea y su carácter e inteligencia sobrepasaban ampliamente los niveles medios.

Meses después de la boda, la nueva esposa del rey fue coronada y consagrada en la iglesia de Saint-Denis como reina de Francia. Ya aburrido de su mujer, Francisco no hizo el menor esfuerzo por esconder sus sentimientos. Al hacer su entrada oficial en París, la reina Leonor y su comitiva pasaron por el lugar donde se encontraba el rey, presenciando la recepción desde un balcón en la amorosa compañía de Ana de Pisseleu. A la vista del pueblo y de la reina, la pareja de amantes se besaban y abrazaban sin el menor recato. Desde luego, los testigos de la escena se asombraron ante el comportamiento del “piadoso” rey, que ostentaba impúdicamente a su amante y humillaba públicamente a su esposa.



Y para empeorar las cosas, su cuñada Margarita de Angulema comentó con el duque de Norfolk que la nueva reina era “ muy ardiente en el lecho y deseaba demasiado ser abrazada”. En cuanto al rey, encontraba a la pobre Leonor “ tan desagradable para su gusto que no sólo no habían yacido sino que ni siquiera había retozado con ella ”.

Cuando Leonor llegó a París murió su tía Margarita de Austria, la regente de los Paises Bajos. “La buena madre” desaparecía dejando un vacío en el corazón de Leonor que ya había perdido a su hermana la reina Isabel de Dinamarca, muerta en 1526. Al poco tiempo de establecerse en la corte vio también desaparecer a su suegra, Luisa de Saboya.


La desaparición de su madre fue un duro golpe para Francisco. Tenía entonces cuarenta años, pero estaba cansado, se pasaba las mañanas enteras en la cama, se desentendía de la política y se endurecía en su actitud en el problema religioso. Ana de Pisseleu pudo aumentar su influencia al amparo de la debilidad creciente del rey, mientras los cortesanos aduladores decían que era “ la más hermosa de las sabias y la más sabia de las bellas”. Leonor, entretanto, peregrinaba a sus lugares de devoción o visitaba balnearios. Los rumores sobre su matrimonio con el monarca francés llegaron a oídos de su hermano Carlos, que preocupado, le pidió una respuesta. Leonor lo tranquilizó diciéndole que todo estaba bien.

Ana de Pisseleu era una mujer muy bella e inteligente pero también insolente, caprichosa y ambiciosa. Ella había sido una de las damas de honor de Luisa de Saboya y su deseo había sido siempre convertirse en la favorita del rey, situación que había logrado, además de tener muchas influencias sobre todas las decisiones que tomaba Francisco. El rey mantuvo con ella una relación tempestuosa pero sólida y si bien los dos eran infieles, nunca se separaron. Sobre la otra amante del rey, Francisca de Foix, se dice que murió asesinada en manos de su esposo que, sabiendo que su mujer era amante del rey de Francia, decidió vengarse.



Enrique VIII mantuvo negociaciones para entrevistarse con Francisco en Calais y en Boulogne, y planeaba llevar a Ana Bolena con él como una especie de introducción oficial en los círculos en los que ella se iba a mover a partir de entonces. Enrique expresó de manera enérgica, y poco galante, que la reina Leonor se mantuviera alejada, ya que él tenía especial horror por las mujeres vestidas según la moda española, le parecían demonios. Dado que Leonor de Austria no tenía intenciones de recibir a la mujer que estaba suplantando a su tía la reina Catalina, el monarca inglés no podía haber supuesto seriamente que la sobrina de su esposa estaría dispuesta a recibirlos y agasajarlos. No fue posible encontrar en la corte francesa ninguna dama de sangre real que recibiese a Ana. Enrique recibió con horror la sugerencia de que la querida del rey, la duquesa de Vendôme, fuera la encargada de hacer los honores.


Aunque su marido solo la informaba de los asuntos del reino después de haberlo hecho a su amante, la duquesa de Etampes, pronto pudo venir en conocimiento de unos proyectos matrimoniales que la afectaban. La oferta francesa era que el futuro Felipe II se casase con una hija del rey de Francia y que el Delfín Francisco lo hiciese con la infanta María, hija de Carlos V. La emperatriz Isabel y sus consejeros sugirieron reformas al proyecto. La más importante de todas para Leonor fue que el Delfín se casase con su hija la infanta María de Portugal, pero el asunto quedó en nada. El Delfín falleció, sumiendo a su padre en un profundo dolor. Quedó tan entristecido que no volvió nunca a ser el mismo. La reina compartió su sentimiento como compartía todos los dolores familiares o nacionales. El nuevo Delfín Enrique estaba casado con una joven italiana de diecisiete años, Catalina de Médicis, sobrina del Papa.

Las hostilidades entre Carlos y Francisco volvieron a comenzar para desesperación de Leonor, empeñada por todos los procedimientos en poner paz entre su hermano y su marido, quebrantador una vez más de su palabra. La guerra fue dura. De nuevo apareció en la vanguardia diplomática Leonor, aunque en forma más bien discreta. Tomó el problema como un asunto familiar, y tenía razón para ello. Si por su matrimonio era francesa, sus interlocutores y enemigos eran sus propios hermanos, Carlos V y María de Hungría, regente de los Paises Bajos. El tenaz empeño de la reina de Francia consiguió, ya que no una paz, si una interrupción de hostilidades que la historia califica de Tregua de las Reinas por el alto rango de Leonor y María.


Los delegados de los dos soberanos- Leonor en la sombra- se pusieron a la tarea de buscar la paz que el Papa y la cristiandad necesitaban. En la Tregua de Niza se acordaba mantener y prolongar la paz durante diez años. Francisco invitó a Carlos a entrevistarse con él en Aguas Muertas y allí se dieron las manos “ abrazándose alegremente con las gorras en las manos y basándose según la costumbre de Francia, cuyo lenguaje hablaron ”. Al día siguiente Carlos fue a tierra y allí vio a Leonor que lo abrazó con grandísimo amor, comiendo seguidamente en familia: Carlos, Leonor, Francisco y su hija Margarita. Con ellos se sentó la duquesa de Étampes, "que valía mucho con el rey”. Al día siguiente el emperador se despidió de su hermana y familia para volver a embarcarse. Entregó a Francisco el Toisón mientras este, en los brazos del emperador, le decía: "soy otra vez vuestro prisionero".

Dentro de la corte se habían formado clanes alrededor de la duquesa de Étampes y Diana de Poitiers, que formaba parte del entorno de la reina Leonor y que sería la favorita de Enrique, el esposo de Catalina de Médicis. La rivalidad de ambas mujeres se había convertido en abierta hostilidad. Al principio, la mutua antipatía de las dos mujeres se debió sólo a que no simpatizaban pero su comportamiento, sus creencias y ambiciones chocaban en todos los aspectos. La Étampes temió ser desplazada por la Poitiers y se interesó activamente por la reforma protestante mientras que Diana detestaba el movimiento reformista.


Fuentes:
Emilio Beladiez, Españolas, Reinas de Francia. 2002 Ediciones Palabra S.A
Leonie Frieda, Catalina de Médicis. 2006 Siglo XXI de España Editores, S.A
Yolanda Scheuber, Leonor de Habsburgo. 2009 Ediciones Nowtilus S.L
Alison Weir, Enrique VIII, el rey y la corte. 2003 Editorial Ariel S.A.

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