Según algunos autores, la vida de los miembros de la familia real carecía por completo de libertad personal hasta extremos inconcebibles. La existencia de la princesa de Asturias estaba presidida por el rígido protocolo que imponía la camarera mayor, siempre vigilante; en sus ausencias, las damas de honor mantenían este mismo cuidado, pues ni un instante se separaban de su señora, continuamente escoltada, acompañada o seguida de forma agobiante por ellas. Las funciones más íntimas eran también acechadas por azafatas y mozas del retrete. Cuando la princesa dormía con su esposo en el mismo lecho, los Monteros de Espinosa permanecían en la habitación contigua. Estos mismos autores opinan que debido a las rígidas costumbres que imperaban en la corte, antes del ascenso de Carlos y María Luisa al trono, resulta más bien algo complicado que la princesa pudiera ejercer vida licenciosa en vida de su suegro. Otros no dudan en afirmar que María Luisa hizo de las suyas ya entonces.
El monarca concede credibilidad a los rumores que inducen a pensar que su nuera acepta el galanteo amoroso de ciertos jóvenes de la nobleza como el conde de Teba, Agustín de Lancaster y Juan Pignatelli. La amistad que los príncipes demuestran a estos aristócratas es castigada con la orden de alejamiento de la corte, uno por uno, de todos ellos, con gran disgusto de Carlos y María Luisa, que a veces se ven obligados a disimular sus preferencias por determinadas personas para no verse privados de su compañía.
Seis años después de haber contraído matrimonio, la princesa, que ya cuenta veintiún años de edad, no ha logrado tener descendencia. En la corte comienza a sentirse la presión sobre los príncipes de Asturias ante la falta de un heredero. Algunos culpan al príncipe Carlos, que, apático y tímido, se mostraba reticente al principio a la consumación del matrimonio. La confirmación oficial del primer embarazo de María Luisa, a mediados de abril de 1771, causa gran alegría en la corte. En septiembre nace un niño que recibe los nombres de Carlos Clemente. La princesa tendrá entre sus virtudes la de una extraordinaria fertilidad, dado que en veintitrés años dio a luz a catorce hijos.
Carlos IV
El conde de Floridablanca, que sospechaba de la existencia de una conspiración, logra desbaratar la maniobra política de su opositor el conde de Aranda. El escándalo salpica principalmente a la imagen de la princesa de Asturias. El "partido aragonés", que lidera Aranda, culpa del fracaso del complot a la indecisión timorata de los herederos. María Luisa es un blanco fácil para los cotilleos y desde el entorno de esta facción se revela contra ella una terrible campaña difamatoria.
Rumores y papeles anónimos circulan por palacio hasta hacer llegar a manos del rey una “carta ciega” en la que se acusa a la princesa de mantener relaciones amorosas con cierto guardia de corps llamado Diego Godoy, que accede demasiado libremente a los cuartos de los príncipes. El rey encarga a su ministro el conde de Floridablanca que lo investigase discretamente. María Luisa se defiende alegando que sólo pueden hablar negativamente de ella “ cuatro malas cabezas: criados, cortesanos o soldados ” interesados en perjudicar a los herederos.
El Conde de Floridablanca
La exculpación de María Luisa no resulta convincente y el rey decide actuar con contundencia, dando orden de expulsar de su cargo al guardia de corps y condenarlo al destierro. El oficial propugna su inocencia y protesta por la injusticia del castigo, reclamando un juicio que esclarezca su culpa. La princesa también reprocha la represalia tomada contra Diego porque supone reconocer como verdaderos los hechos que se le imputan, con gran menoscabo para la reputación de la princesa.
El enfado de Carlos III por la frívola conducta de su nuera es mayúsculo. Sólo el conde de Floridablanca se apiada de la suerte de María Luisa, cuyo carácter impetuoso le está prodigando muy mala fama en la corte. A lo largo de varias cartas, enviadas con gran secretismo a la princesa, Floridablanca trata de aconsejarla, recomendándole máxima cautela en sus actuaciones y advirtiéndole del peligro que corre al alinearse políticamente con ciertas personas. El secretario de Estado aconseja a los príncipes tranquilidad y disimulo, mientras el guardia de corps acusado pide con insistencia que los herederos le reciban para pedirles justicia y manifestarles su indignación ante la falsa acusación que sufre.
Por su parte, para aligerar el enfado del rey y movido por buenas intenciones, Floridablanca intercede ante Carlos III para que perdone la traición de su hijo y su nuera. María Luisa escribe una carta de arrepentimiento al influyente confesor del rey, padre Joaquín de Eleta, justificando su actuación.
Según palabras de la princesa, hubo un tiempo en que entraron a dominar el cuarto de los príncipes ciertas gentes del “partido aragonés”, entre los que se encontraban criados, frailes y gente de la nobleza que pretendieron enfrentar a los príncipes contra el rey, pero ellos mismos lograron expulsarlos. Al quedar los herederos en gran soledad y aburrimiento en sus aposentos, se vieron impulsados a invitar a nuevos personajes que les ofrecieran compañía. Entre ellos estaba el susodicho guardia de corps, que contaba con la habilidad de cantar bien y tocar la guitarra, un hecho por el cual cayó en gracia a los príncipes, que lo llamaban con frecuencia a sus habitaciones. Sólo esta circunstancia ha dado pie a que los maledicientes inventen mil historias para hacer daño a María Luisa, que se queja amargamente. El asunto parece zanjado, aunque los comentarios sobre la mala reputación de María Luisa circulan ya en la calle.
Fuentes:
María José Rubio, Reinas de España: Siglos XVIII-XXI: De maría Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz. 2009 La Esfera de los Libros S.L
José Antonio Vidal Sales, Crónica íntima de las reinas de España. 1993 Editorial Planeta S.A
José María Solé, Los Reyes Infieles. 2005 La Esfera de los Libros S.L














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