lunes, 27 de septiembre de 2010

CATALINA DE ARAGÓN, Reina de Inglaterra ( VIII )


EL NACIMIENTO DE MARÍA TUDOR

Catalina volvía a estar embarazada pero la corte apenas concedió importancia a esa noticia. Las buenas nuevas sobre el reciente embarazo de la reina ya no se celebraban con fiestas ni banquetes. Demasiados abortos y nacimientos de bebés muertos en los últimos años hacían que un embarazo ya no ilusionara a nadie en la corte. Las noticias de la muerte de Fernando de Aragón llegaron a Inglaterra y por orden de Enrique se pidió que nadie diera la mala noticia a la reina hasta que no naciera el bebé. No quería entristecer a su esposa, no quería que tan nefasta noticia pudiera perjudicar a su hijo.
El 18 de febrero de 1516 fue día de fiesta en toda la corte. La reina se puso de parto. Los dolores de las contracciones eran interminables y Catalina mandó que le colocaran en una de sus manos el cinturón que le regaló su suegra Isabel de York y que según la leyenda contenía unas gotas de la leche de la Virgen. Tras horas de dolor nació una niña de apariencia sana, de tez blanquecina y con el pelo rubio. Todos habían tenido la esperanza de que fuera un varón, pero una niña sana era algo y Enrique no estaba demasiado deprimido. En las calles de Londres se celebraron fiestas y representaciones teatrales. Las comparsas y los juglares cantaron las leyendas de los antiguos reyes de Inglaterra, para conmemorar la buena nueva del nacimiento de la princesa. Su solemne bautismo se celebró tres días después en la misma iglesia donde se habían casado sus padres.
Tan pronto como la reina se recuperó se le dio la triste noticia de la muerte de su padre. Para ella era un duro golpe que pudo soportar gracias a la alegría del nacimiento de María. Lo que más le dolió a Catalina fue el no poder decirle a su padre que ahora se había cumplido la voluntad de Dios al mandarle una niña hermosa, bella y sana.



EL ASPECTO FÍSICO DE LA REINA


Los embajadores ya no hacían comentarios sobre su belleza, sino más bien lo contrario. Un informe llegó a considerarla “ más fea que otra cosa ”. “Fea” sin duda era una exageración, su tez brillante seguía recibiendo tributos. Otro informe escrito mucho después describía a Catalina “ si no bien parecida, por cierto no fea ”, probablemente se acercara más a la verdad. La cantidad de embarazos de la reina no habían ayudado a su figura, siempre más bien gruesa. El pelo había perdido sus reflejos de oro y se había oscurecido pasando a un marrón fangoso; la piel había adquirido unos tonos cetrinos, de forma que los observadores posteriores tienden a hablar de la reina como una persona morena. Solamente los ojos, la voz, las pequeñas manos y los pequeños pies evocaban todavía la niña que había venido a Inglaterra, la joven belleza con quien se había casado Enrique. Los seis años de diferencia entre el rey y la reina empezó a llamar la atención. “ El rey de Inglaterra es joven ”, dijo brutalmente Francisco I, “ pero la reina es una vieja deforme ” ( presumiblemente en alusión a su figura baja y rechoncha).
LA VIDA DE CATALINA EN AQUELLOS AÑOS


Los gustos de Catalina también estaban cambiando. Ella y Enrique todavía aparecían mucho juntos en público. La reina siempre comparecía espléndida y dignamente junto al rey en las ceremonias. Entonces los extranjeros percibían la magnificencia de sus vestidos y joyas, y los encantos de sus damas de compañía. Con frecuencia recibía embajadores junto con Enrique; algunas veces iba con él a cazar, montados a caballo. Alguna que otra todavía bailaba, en una ocasión con Wolsey. La vemos levantando a sus doncellas del palacio de Greenwich para coger al alba rocío de mayo y flores silvestres; o recibiendo guirnaldas de sedosas rosas blancas y rojas con las que engalanar a los vencedores de un torneo. Pero cada vez con mayor frecuencia los festejos más ruidosos de Enrique parecen celebrarse sin la reina.
Enrique era un monarca devoto y asistía con regularidad a las ceremonias litúrgicas pero Catalina oía tres misas por cada una de las suyas y oraba en todos los santuarios famosos de los Home Counties, mientras su marido mataba venados en sus bosques. Probablemente fue por esas fechas cuando comenzó a vestir, bajo sus hermosos vestidos, el áspero hábito de la orden Tercera de San Francisco.


No es que empleara todo su tiempo en devociones. Todavía tenía una gran participación en la gestión de la Casa Real. Mil quehaceres estaban en gran parte en sus manos, desde el cuidado y el bordado de la ropa blanca de Enrique hasta la supervisión general de los funcionarios a cargo de los salones y del ropero, de la cocina y de la bodega. Debían mucho a su vigilante mirada la ordenada gestión de la Corte en Richmond y Greenwich o las pesadas mudanzas de una casa solariega campestre a otra, a lo largo del verano y comienzos del otoño. También contaba con sus propiedades personales, prósperas y muy dispersas, que necesitaban toda una maquinaria de supervisión que culminaba en el Consejo de la Reina, un grupo de clérigos y funcionarios que se reunían periódicamente para el desempeño de sus funciones y cuyas deliberaciones presidía personalmente Catalina con regularidad.

Tenía el derecho de presentación para tal beneficio eclesiástico o para cual abadía; los derechos de explotación de los bosques y prados de ésta o ésa casa solariega. En los márgenes de los documentos nos topamos con su ocupada pluma, ora preguntando el precio del heno, ora indagando sobre las virtudes de una pretendiente a abadesa, insistiendo en su forma característica hasta en la última parcela de sus derechos y ejecutando con exactitud sus tareas más ínfimas. En medio de esos deberes, sus obras de caridad y educativas le ocupaban el tiempo más y más.


Fuentes:
Luis Ulargui, Catalina de Aragón. 2004 Random House Mondadori S.A.
Alison Weir, Enrique VIII, el rey y la corte. 2003 Editorial Ariel S.A.
Garrett Mattingly, Catalina de Aragon. 1998 Ediciones Palabra, S.A.
Antonia Fraser, Las seis esposas de Enrique VIII. 1998 Ediciones B Argentina, S.A.
Vicenta Marquez de la Plata, El trágico destino de los hijos de los Reyes Católicos. 2008 Santillana Ediciones Generales, S.L
Maria Jesús Pérez Martín, Maria Tudor: La gran reina desconocida. 2008 Ediciones Rialp, S.A

sábado, 25 de septiembre de 2010

MENCÍA DE MENDOZA



En la figura de Mencía de Mendoza convergen una serie de circunstancias que hacen de ella un personaje excepcional, especialmente si consideramos su condición femenina. La primera es su cuna: la familia Mendoza, una de las estirpes más poderosas del Renacimiento español, caracterizada por el patrocinio de las letras y la cultura. De ahí se derivan su formación intelectual y su independencia económica, como heredera que fue del mayorazgo de su padre, Rodrigo de Mendoza. A estos factores, excepcionales para una mujer del siglo XVI, y como consecuencia de ellos, se unen sus dos matrimonios, fruto de la expresa voluntad del Emperador Carlos V, siempre con el beneplácito de la Marquesa, que desde muy joven dio muestras de ser una mujer de gran carácter y determinación.
El primero de sus enlaces, con Enrique de Nassau, supuso su traslado a los Países Bajos y su contacto con la cultura y el arte flamenco. El segundo, con Fernando de Aragón, le permitió establecerse en Valencia, controlar sus dominios y continuar ejerciendo la promoción artística. De este modo, si su origen familiar la hizo heredera del Marquesado del Zenete, convirtiéndola en la mujer más rica de Castilla, y su privilegiada situación económica le facilitó adquirir todas las obras que ambicionó, sus títulos de Marquesa, Condesa y, posteriormente, Duquesa y Virreina, la hicieron objeto de multitud de presentes con los que fue obsequiada por sus vasallos, parientes y amigos. A través de las citadas vías, Mencía de Mendoza formó una de las primeras y más importantes colecciones artísticas del Renacimiento español.

Descendía de un linaje donde la afición a las letras y a las bellas artes suponía toda una tradición desde tiempo atrás. Su bisabuelo, Íñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana, poeta de la corte del rey Juan II de Castilla, poseyó una importante biblioteca, muestra del gran interés que despertaron en su persona los autores clásicos e italianos como Dante, Boccaccio o Petrarca. Su abuelo, el Gran Cardenal Pedro González de Mendoza, demostró gran interés por la cultura y el arte, sobre todo del mundo clásico e italiano. Mencía nació en el castillo de Jadraque (Guadalajara), propiedad de su importante familia, en el año 1508. Sus posesiones en la comarca les otorgaba tal poder, que se les conocía como los “Reyes de Guadalajara”. Fue hija de Don Rodrigo de Mendoza y sobrina de Don Diego de Mendoza, ambos hijos naturales del Gran Cardenal. Cuando la reina Isabel la Católica hablaba de Rodrigo y Diego, se refería a ellos como " los bellos pecados del Cardenal ".

Parte de su infancia y juventud la pasó en el castillo de Ayora, señorío que su padre había comprado a finales de siglo. La formación recibida en sus primeros años fue tan sólo el inicio de una larga carrera personal en el mundo del humanismo que iría evolucionando a lo largo de su vida con la ayuda de sus distintos preceptores. El primero de ellos fue una de las más tempranas representaciones del humanismo valenciano: Juan Andrés Strany quien fue el responsable de instruir en la lectura de Dante a Mencía en su juventud. El contacto entre ambos se mantuvo hasta la muerte del maestro en 1531.

Junto a la lectura de los clásicos y humanistas, una dama había de formarse en otras disciplinas como música y danza. Rodrigo de Mendoza se ocupó de formar tanto a Mencía como a sus dos hijas menores, María y Catalina, en esta materia. De hecho, conocemos el nombre de los que fueran sus maestros de música y baile: Miguel Ortiz y Miguel Celma, ambos de Valencia. Mencía aprendió desde muy joven a tocar distintos instrumentos, entre ellos destacan el clavicordio, el “zimbol” y la vihuela.

Apenas dos años después de la muerte de su padre, en 1525, contrae matrimonio con Enrique III de Nassau, señor de Breda, miembro del Consejo de Estado, de Hacienda y de Guerra, gobernador de las provincias de Güeldres, Holanda y Zelanda y capitán general del ejército, y se traslada a los Países Bajos. Una vez establecidos en la ciudad de Breda, allí organizó una corte privada y se rodeó de eruditos locales. Durante los años transcurridos en tierras flamencas, Juan Luis Vives quien, tiempo atrás, había hablado de Mencía como una promesa de gran discreción, se convierte en su preceptor y guía.

Es partir del verano de 1537 cuando poseemos constancia de que Vives comienza a encargarse de la instrucción en lengua latina, literatura y cultura clásica de la Marquesa. Sin embargo, la relación entre el humanista y su alumna fue más allá de los límites puramente académicos. Vives, que había residido largas temporadas en distintas ciudades flamencas como Brujas o Lovaina, se encargó de asesorarla en la adquisición de libros y obras de arte y, lo que es más importante, de introducirla en el ámbito humanista europeo. De hecho, muchos de los preceptores, consejeros y amigos relacionados con la Marquesa mantenían o habían mantenido una estrecha relación con Vives. Mencía fue mecenas de pintores y artistas como Gossaert o van Orley, quienes la retrataron. Contribuyó a introducir el arte español en los Paises Bajos y el arte flamenco en España.

Una de las enseñanzas que Mencía de Mendoza recibió de Luis Vives fue que en "lo concerniente a los actos que deben presidir la vida de un buen cristiano destaca ayudar a los pobres", enseñanza que llevó a la práctica en colaboración con su primer esposo, fundando en Bruselas en 1532 una dotación para los pobres, en 1535 un lugar para los huérfanos y en 1536 una Institución para recoger ayudas y distribuirlas entre los necesitados. En su testamento dejó sumas para los pobres vergonzantes de su tierra. Su ansía de saber le influyó en la decisión de ayudar económicamente a estudiantes sin recursos, dándoles así la oportunidad de formarse en Universidades, no sólo españolas, sino también extranjeras como la Universidad de Lovaina y la de París.

A la muerte de su primer esposo, Mencía regresa a España y se rodea de los más distinguidos humanistas valencianos del momento que celebran su llegada a la ciudad, depositando en ella importantes esperanzas de mecenazgo. El Emperador Carlos V había decidido casarla con el hijo del Marqués de Mondejar. Ella se indignó con la propuesta, la consideró humillante y le hizo saber a Carlos V que no aceptaba la proposición, pues le pareció un marido de poca categoría. Una segunda propuesta fue la del virrey de Valencia y duque de Calabria, don Fernando de Aragón. Esta propuesta fue aceptada por Mencía, pero no se materializó hasta que don Fernando no expulsó de Valencia a una dama con la que mantenía relaciones, doña Esperanza. No estaba dispuesta a soportar la indignidad de tolerar escarceos públicos de su futuro marido que pudiesen afectar a su nombre. Este carácter tan firme y fuerte lo heredó de su madre doña María de Toledo, que se enfrentó no sólo a su padre sino a la reina Isabel la Católica para casarse por amor con Rodrigo de Mendoza.

Tras su enlace con Fernando de Aragón, proseguiría su formación humanista junto al que fuera calificado por Vives como un varón doctísimo, espejo de sabios y de hombres buenos. Con su marido reside en Valencia y Jadraque, enviudando en 1550. La corte local de la virreina en Valencia fue un importante centro cultural, vigilado a distancia por la Inquisición por las ideas que allí imperaban. Nunca se llevó bien con ese tribunal, pero gracias a su elevada posición social conseguía librarse de ser acusada de “luterana”. Allí planeó diversas reformas del sistema educativo vigente creando varias cátedras laicas, alejadas de la influencia de la inquisición, en las cuales se enseñaban hasta tres lenguas. Otorgó becas a estudiantes valencianos para realizar sus estudios en distintas universidades españolas y europeas. Patrocinó empresas artísticas como la construcción de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción en Ayora, la remodelación de la capilla de los Tres Reyes del Convento de Santo Domingo de Valencia o la Capilla de los Príncipes de la Colegiata de Breda.


Entre los muchos bienes que Mencía heredó de su padre, se encontraba la biblioteca del Marqués. Aumentó de manera significativa el número de ejemplares de la biblioteca paterna, en mayor medida que su padre lo había hecho con respecto a su abuelo. La biblioteca llegó a estar compuesta, según el número total de libros que recoge el inventario de 1555, por 949 ejemplares. Esta colección se alzó como la más destacada de la Valencia del Renacimiento y como una de las principales de España. Poseía el " Tractatus in causam Henrrici et Cathering regnum anglie" , escrito por el que fuera arzobispo de Valencia y fundador de la universidad de Orihuela, Fernando de Loazes, atacando a Enrique VIII por su decisión de divorciarse de Catalina de Aragón. Mencía fue una mujer apasionada por la lectura, en especial autores como Petrarca, Erasmo o Vives, y de los ejemplares más rotundamente prohibidos para una dama como las novelas de caballerías y los libros en defensa del género femenino.

Tan significativa como su biblioteca fue su colección de obras de arte, que se erige como una de las primeras colecciones artísticas del Renacimiento español y, sin duda, una de las más destacadas del panorama europeo. La biblioteca del Palacio Real de Valencia, que custodiaba un total de 949 volúmenes, estaba decorada por 114 pinturas y 11 guadamecíes, realizados en plata con apañaduras de oro, a los que, con toda probabilidad, se sumarían algunas de las series de tapices que poseía la virreina.

Por desgracia sus últimos años en Valencia estuvieron marcados por la enfermedad. Una grave hiperobesidad la impedía respirar y moverse normalmente. Además una calvicie galopante terminó por arruinar la imagen de uno de los cerebros más cultos de Europa. Murió en Valencia el 4 de enero de 1554. Fue enterrada en la Real Capilla de los Reyes en el convento de los predicadores, o Santo Domingo, de Valencia. El derecho a ser enterrada en esta capilla, junto con sus padres y sucesores, le fue otorgado por Carlos V. Al morir sin descendencia, su herencia y títulos pasó a su hermana María, casada con el hijo del Duque del Infantado.


Fuentes:
http://www.um.es/tonosdigital/znum8/estudios/7-petrarca.htm
http://www.portalsolidario.net/ocio/visu/biografia.php?rowid=718
http://www.uam.es/personal_pdi/ciencias/depaz/mendoza/vision_mencia.htm
http://intercentres.cult.gva.es/cpayora/recursos_entorno_detalle.asp?Idrecursosentorno=34
http://es.wikipedia.org/wiki/Menc%C3%ADa_de_Mendoza

jueves, 23 de septiembre de 2010

Libros sobre Isabel de Portugal, La Emperatriz

Sorprende comprobar cómo un personaje tan relevante como Isabel de Portugal, la mujer más poderosa de su tiempo, despierta tan poco interés por parte de los historiadores. Se la conoce solamente por ser la esposa de Carlos V y madre de Felipe II, siempre a la sombra de estos dos gigantes. Su figura marginada esconde que era un icono de la moda en la corte española, la mujer más bella de su época, gobernadora de España durante las dilatadas y reiteradas ausencias de su esposo, amada por sus súbditos y el gran amor de Carlos V. Musa de poetas, inteligente y culta, mantuvo una intensa actividad artística y cultural. Isabel fue algo más que la madre de los hijos del emperador. Es hora de que se la rescate de su ostracismo porque pocos son los libros que se centran en ella.


LA EMPERATRIZ ISABEL de ANTONIO VILLACORTA

Nadie podría negar la relevancia histórica de Isabel de Portugal, la emperatriz, esposa de Carlos V, y su protagonismo en la primera mitad del siglo XVI. Su esbelta figura, que desasosegaba a los jóvenes cortesanos de su época por su hermosura, fue inmortalizada por pintores como Tiziano y Sánchez Coello después de su muerte. Era una mujer inteligente, educada en la opulenta corte portuguesa de don Manuel I, en el regocijo cosmopolita de los Descubrimientos, que Camoens elevará a la categoría de símbolo. Isabel caminó con pasos seguros en la vida, consciente de su misión relevante en la Historia. Gobernó los reinos de España durante las largas ausencias de Carlos V. Fue una madre amante de sus hijos, cuya educación vigila, una mujer equilibrada y justa, de religiosidad transparente. Isabel interesa, sin duda, como madre y esposa pero también como gobernante. Ella forma parte del juego político del Imperio en sus momentos culminantes, de su entramado social, del complejo mundo religioso de la Reforma y el Renacimiento, y es depositaria de los secretos más inconfesables del emperador. Este libro supone un avance historiográfico en el conocimiento de su vida y nos permite rescatar al personaje después de tantas marginaciones a lo largo de los siglos en los que tan sólo ha interesado como esposa de Carlos V o madre de Felipe II. Un libro revelador de una vida y de un sentido de la existencia vivamente humano. ENSAYO BIOGRÁFICO



CARLOS V Y LA EMPERATRIZ ISABEL de MARÍA ISABEL PIQUERAS VILLALDEA
Esta obra pretende completar la visión que se tiene del Emperador. Después de haber investigado y consultado numerosas obras, se ha constatado que la emperatriz Isabel es la gran olvidada, a pesar de ser un personaje histórico y humano de gran categoría. Esta pequeña obra es un estudio divulgativo que abarca todos los aspectos de su figura y de su relación con Carlos V. Isabel se nos muestra como el gran apoyo para el Emperador, su gran amor- incluso después de muerta-. Ejerció con prudencia e inteligencia las labores de gobernadora del reino en las ausencias de Carlos V y asumió todos los problemas castellanos como suyos, llevando sus quejas directamente al Emperador. A través de los testimonios escritos y pictóricos se percibe una mujer bellísima, de formación humanista, inteligente, simpática, sencilla e íntegra, con una serie de gustos y aficiones muy afines a él. Con su dulzura, agradables maneras, decisión y discreción influyó en el rudo carácter de Carlos V. BIOGRAFÍA



REINAS DE ESPAÑA "LAS AUSTRIAS" de MARÍA JOSÉ RUBIO

Reinar nunca ha sido tarea fácil. Durante siglos, ser reina de España era uno de los más altos honores que una mujer podía llegar a alcanzar; pese a ello las vidas de estas soberanas nunca fueron un camino de rosas. Vidas de amargura, infelicidad, sacrificio y privación, siempre condicionadas al servicio del país. María José Rubio —tras una ardua labor de investigación y recopilación de documentos— arroja luz sobre todas las soberanas y princesas de la dinastía de los Austrias, como ya hizo con las reinas de la dinastía Borbón en "Reinas de España. Siglos XVIII-XXI. De María Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz." Esta obra es un retrato completo de las mujeres de la dinastía que reinaron entre los siglos XV y XVII, desde la antecesora, Isabel la Católica. Reinas que enloquecieron por amor, como Juana I de Castilla; damas que, tras su prematura muerte, nunca fueron sustituidas en el corazón de su rey, como Isabel de Portugal, la esposa del emperador Carlos V; consortes que compartieron el amor del mismo soberano, como las cuatro esposas de Felipe II; madres que tuvieron que ejercer la regencia durante la minoría de edad de su hijo, como Mariana de Austria; o reinas que no pudieron dar un sucesor a la corona como María Luisa de Orleáns y Mariana de Neoburgo, primera y segunda esposa de Carlos II, y últimas representantes de la dinastía en España. ENSAYO BIOGRÁFICO



LA DIAMANTISTA DE LA EMPERATRIZ de PILAR DE ARÍSTEGUI

Toledo, 1528. Tras la trágica muerte de su novio, Micaela se concentra en el trabajo en el taller de su padre, diamantista en la ciudad de Toledo. Pronto la joven destaca en el oficio y adquiere fama, hasta el punto que la emperatriz Isabel la elige comisionada para viajar a Roma y Sicilia, donde deberá estudiar nuevas técnicas de orfebrería. Acompañada por su hermano y un joven militar, Micaela será testigo de acontecimientos sin par, no solamente en el mundo de la joyería, sino en la historia de Occidente. Una trama inquietante conducirá al grupo hacia peligros desconocidos que se cernirán sobre ellos y que les obligarán a poner todo su empeño para salir victoriosos. La novela combina un buen argumento y un recorrido de interés político y artístico por las cortes europeas del siglo XVI. Una protagonista fascinante y una conmovedora historia de amor se reúnen en esta novela, que no dejará indiferente a los lectores. El contexto histórico en que se desarrolla la acción está bien documentado y presentado, de manera que el lector sentirá la satisfacción de haber vivido en un tiempo y un lugar remotos. FICCIÓN HISTÓRICA




LA EMPERATRIZ de ALFEDO ALVAR EZQUERRA

Cuentan que el 1 de mayo de 1539, cuando murió la emperatriz Isabel, con apenas treinta y seis años, no había forma de separar de su cuerpo a su viudo Carlos V, y que este cayó en tal depresión que tuvo que retirarse al monasterio jerónimo de La Sisla. El emperador nunca volvió a casarse, ni superó su muerte.

Pero Isabel no fue solo su amada esposa y madre del futuro rey Felipe II, fue también la gobernadora de España en las largas ausencias de su marido por los reinos de Europa. Gracias a su saber hacer y a su buen tino con las cortes de Castilla y Aragón, la dinastía de los Austrias se consolidó y España se convirtió en un estado moderno.

Alfredo Alvar nos descubre (desde el silencio de los documentos originales de archivo, los más inéditos) la vida y las claves de gobierno de esta mujer fascinante, la que más poder ha tenido en España, la única emperatriz.

INTRIGAS DE PALACIO de MARÍA CARME ROCA

Por recomendación, gracias José Angel, me compré esta novela histórica ambientada en la corte catalano-aragonesa de finales del siglo XIV y parte del XV, en la que se mezcla ficción y realidad con pinceladas de aventuras y que tiene como una de sus protagonistas a la reina María de Luna.

La escritora y también historiadora Maria Carme Roca ganó el X premio Néstor Luján de novela histórica con "Intrigues de Palau" (Intrigas de palacio). La idea surgió hace unos años cuando conoció y quedó cautivada por la figura de Violante de Bar, quien quedó viuda muy joven al morir de forma súbita su esposo Juan I, sin dejar descendencia masculina. Violante, que no quiere que la regencia pase a su cuñada Maria de Luna, esposa de Martín el Humano, heredero del rey fallecido y que se encontraba ausente del reino, urdirá un plan para conservar el poder. Mujer culta, inteligente y refinada era, asimismo, muy ambiciosa y para que la corona quede de su lado mantendrá durante un tiempo que está embarazada, con lo que la confusión se apoderará de palacio.

Alrededor de esta anécdota, Roca construye una narración en la que las mujeres tienen una especial preeminencia, aunque directamente tengan vetado el ejercicio del poder, que siempre era masculino. Mezclando personajes reales como el escritor Bernat Metge o la amiga de Violante, Carrossa de Vilaragut, con otros ficticios como la "malísima" Anfonsa de Castellnou, Roca pinta un friso en el que para conseguir el poder todo vale, desde las alianzas a varias bandas, las confabulaciones e incluso la brujería.

A finales del siglo XIV coincidieron tres mujeres decididas a lograr el poder a toda costa. Alianzas, conjuras, brujería… nada las iba a detener a la hora de hacerse con una corona que en justicia les correspondía, pero que les estaba vetada por su condición femenina. Sibila de Fortià, madrastra de Juan I ; Violante de Bar, tan hermosa y culta como caprichosa y soberbia, y María de Luna, bondadosa, pero de firme carácter, lucharon sin descanso entre sí por llevar las riendas de la política en un mundo presidido por hombres. De fondo, un personaje pérfido y siniestro pondrá en jaque a todo un reino.


Fuentes:
http://www.lavanguardia.es/premium/publica/publica?COMPID=51293126354&ID_PAGINA=22088&ID_FORMATO=9&turbourl=false

LOS SECRETOS DE LA REINA de X. R. Trigo

Desde esta entrada quiero agradecer a José Angel del blog http://viveelaltopalancia.blogspot.com/ toda la información que me está dando sobre libros relacionados con la corte del rey aragonés Pedro IV " El Ceremonioso" y sus reinas. La siguiente reseña pertenece a una novela histórica que habla sobre la historia de este monarca.

En una Cataluña asolada por la epidemia de peste negra más devastadora de la historia, la belleza de la reina Leonor de Portugal, esposa de Pedro IV el Ceremonioso, sobresale por encima de todas las desgracias. En el turbulento año de 1348, el recinto sagrado del monasterio de Poblet acoge a los reyes en una visita envuelta de misterio que acarreará graves consecuencias a toda la comunidad. Siete siglos después, los muros tras los que descansan los restos de los reyes siguen ocultando un secreto jamás revelado: el manuscrito de un joven maestro escultor, Aloi de Montbrai, que podría cambiar por completo la historia tal como ha llegado hasta nosotros. Enric y Beatriu, dos jóvenes historiadores de la Universidad de Barcelona, comprobarán hasta qué punto la historia puede ser manipulada y lucharán por desvelar una verdad guardada con celo durante siglos. Perseguidos por aquellos que quieren preservar los secretos de la reina, están a punto de descubrir que también la pasión nos puede conducir a la oscuridad.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

FRIDA KAHLO

Frida fue la tercera hija de un fotógrafo de origen germano-húngaro de religión judía llamado Guillermo Kahlo con su segunda esposa, la mexicana Matilde Calderón, de ascendencia española. Sus dos hermanas mayores fueron Matilde y Adriana; después de ellas nació el único hijo varón de la familia, el cual sobrevivió apenas unos días. Cuando Frida tenía apenas once meses, nace su hermana menor, Cristina, su constante compañera y la única de las hermanas Kahlo en dejar descendencia. Además de ellas, Frida tuvo tres media hermanas mayores: Luisa, la mayor, una segunda hermana fallecida al momento de nacer y Margarita, todas nacidas del primer matrimonio de su padre con María Cardeña, fallecida en el parto de Margarita.


Su vida quedó marcada por el sufrimiento físico que comenzó con la poliomielitis que contrajo en 1913 y continuó con diversas enfermedades, lesiones, accidentes y operaciones. Esta primera enfermedad le dejó una secuela permanente: la pierna derecha mucho más delgada que la izquierda.

En 1922 entró en la Escuela Nacional Preparatoria de Ciudad de México, la más prestigiosa institución educativa de México, la cual empezaba por primera vez a admitir chicas como alumnas. Allí sus travesuras la convirtieron en la cabecilla de un grupo mayoritariamente formado por chicos rebeldes con los que realizó innumerables trastadas en la escuela teniendo generalmente como víctimas a sus profesores. Fue precisamente en esta escuela donde entraría en contacto con su futuro marido, el conocido muralista mexicano Diego Rivera, a quien le había sido encargado pintar un mural en el auditorio de la escuela.


En 1925 aprendió la técnica del grabado con Fernando Fernández Domínguez. El 17 de septiembre de ese mismo año un accidente de tranvía la dejó con lesiones permanentes debido a que su columna vertebral quedó fracturada y casi rota, así como diversas costillas, cuello y la pelvis, su pie derecho se dislocó, su hombro se descoyuntó y un pasamanos le atravesó el vientre, introduciéndosele por el costado izquierdo. La medicina de su tiempo la torturó con operaciones quirúrgicas, treinta y dos a lo largo de su vida, corsés de distintos tipos y diversos mecanismos de "estiramiento".

El aburrimiento que le provocaba su postración la llevó a empezar a pintar. En 1926, todavía en su convalecencia, pintó su primer autorretrato, el primero de una larga serie en la cual expresará los eventos de su vida y sus reacciones emocionales ante los mismos. La mayoría de sus pinturas las realizará estirada en su cama y en el baño. Sin embargo su gran fuerza y energía por vivir le permitieron una importante recuperación. Tras esa recuperación, que le devolvió la capacidad de caminar, una amiga íntima la introdujo en los ambientes artísticos de México donde se encontraban, entre otros, la conocida fotógrafa, artista y comunista Tina Modotti y Diego Rivera.


En 1938 el poeta y ensayista del surrealismo André Bretón califica su obra de surrealista en un ensayo que escribe para la exposición de Kahlo en la galería Julien Levy de Nueva York. No obstante, ella misma declara más tarde: " Creían que yo era surrealista, pero no lo era. Nunca pinté mis sueños. Pinté mi propia realidad ".

En 1939 Frida Kahlo terminó un autorretrato constituido de dos personalidades: Las dos Fridas. Con este cuadro, asimila la crisis marital, a través de la separación entre la Frida en traje de tehuana, el favorito de Diego, y la otra Frida, de raíces europeas, la que existió antes de su encuentro con él. Los corazones de las dos mujeres están conectados uno al otro por una vena, la parte europea rechazada de Frida Kahlo amenaza con perder toda su sangre. Ese mismo año expone en París en la galería Renón et Collea gracias a Bretón. Su estancia en la capital francesa la llevó a relacionarse con el pintor malagueño Picasso y a aparecer en la portada del Vogue francés. Por entonces Frida era conocida en el mundo entero. A partir de 1943 dio clases en la escuela La Esmeralda del México, D. F.


La artista contrajo matrimonio con Rivera el 21 de agosto de 1929. Su relación consistió en amor, aventuras con otras personas, vínculo creativo, odio y un divorcio en 1939. Al matrimonio lo llegaron a llamar la unión entre un elefante y una paloma, pues Diego era enorme y obeso mientras que ella era pequeña y delgada. Por otra parte, Frida, debido a sus lesiones, nunca pudo tener hijos, cosa que tardó muchos años en aceptar.

A pesar de las aventuras de Diego con otras mujeres, que llegaron a incluir a la propia hermana de la pintora, ayudó a Frida en muchos aspectos. Él fue quien sugirió a su esposa que vistiera con el traje tradicional mexicano consistente en largos vestidos de colores y joyería exótica. Esto, junto a su semblante cejijunto, se convirtió en su imagen de marca. Él amaba su pintura y fue también su mayor admirador. Frida, a cambio, fue la mayor crítica de Diego.


La creciente reputación de Rivera en los Estados Unidos los llevó entre 1931 y 1934 a pasar la mayor parte del tiempo en Nueva York y Detroit. Entre 1937 y 1939 el revolucionario ucraniano León Trotsky vivió exiliado en su casa de Coyoacán junto a su mujer. Allí tendrá un romance con el líder comunista para, tras su asesinato a manos del miembro de la NKVD estalinista Ramón Mercader, ser acusada como autora del mismo. Esto la llevó a estar arrestada pero finalmente fue dejada en libertad al igual que su marido.


En la primavera de 1953 la Galería de Arte Contemporáneo de esta misma ciudad le organizó, por primera vez, una importante exposición. La salud de Frida era muy mala por entonces y los médicos le prohibieron el asistir a la misma. Minutos después de que todos los invitados se encontraran en el interior de la galería se empezaron a oír sirenas desde el exterior. La muchedumbre enloquecida se dirigió al exterior, allí estaba una ambulancia acompañada de una escolta en motocicleta. Frida Kahlo había sido llevada a su exposición en una cama de hospital. Los fotógrafos y los periodistas se quedaron impresionados. Ella fue colocada en el centro de la galería. La multitud fue a saludarla. Frida contó chistes, cantó y bebió la tarde entera. La exhibición había sido un rotundo éxito.


Ese mismo año le tuvieron que amputar la pierna por debajo de la rodilla debido a una infección de gangrena. Esto la sumió en una gran depresión que la llevó a intentar el suicidio en un par de ocasiones. Durante ese tiempo, debido a que no podía hacer mucho, escribía poemas en sus diarios, la mayoría relacionados con el dolor y remordimiento.

Murió en Coyoacán el 13 de julio de 1954. No se realizó ninguna autopsia. Fue velada en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México y su féretro fue cubierto con la bandera del Partido Comunista mexicano, un hecho que fue muy criticado por toda la prensa nacional. Su cuerpo fue incinerado y sus cenizas las alberga la Casa Azul de Coyoacán, lugar que la vio nacer. Las últimas palabras en su diario fueron: " Espero alegre la salida y espero no volver jamás ".


A los cuatro años de su muerte, la Casa Azul se convirtió en el Museo Frida Kahlo. Su familia sigue siendo una presencia en el mundo artístico hasta la fecha, la actriz y cantante Dulce María es su gran sobrina nieta. También varios museos le han dedicado retrospectivas: el Instituto Nacional de Bellas Artes del ciudad de México (1977), el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago (1980), la Whitechapel de Londres (1982), la Tate Modern de Londres (2007), el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (2007) y el Museo Nacional de Bogotá, Colombia (2009).


Fuentes:
http://es.wikipedia.org/wiki/Frida_Kahlo

domingo, 19 de septiembre de 2010

EUGENIA DE MONTIJO, Emperatriz de Francia ( IV y última)


Era Domingo de Ramos de 1856 y el cañón de los Inválidos hizo 101 disparos. El parto había sido terrible y fueron necesarios los fórceps. El propio ginecólogo dijo que nunca había visto sufrir tanto a una parturienta. Napoleón III se agitaba descompuesto y luego su alegría le hacía gritar y llorar simultáneamente. Le costó dominarse y serenarse.

Eugenia, agotada, tardó mucho en reponerse y se aplazó el bautizo hasta después de la convalecencia. Sin reponerse del todo, la emperatriz –que estaba hermosísima- asistió en Nuestra Señora al bautizo de su hijo que recibió los nombres de Napoleón Eugenio Luis Juan José. El padre, lleno de orgullo, mostró la criatura en sus brazos alzados, estallando en una ovación los asistentes, entre los cuales figuraban la reina María Cristina de España, los duques de Alba y una nutrida concurrencia cosmopolita y cortesana.

El Papa envió a la emperatriz, excusándose de no poder asistir por su edad a la ceremonia, la Rosa de Oro. Los emperadores apadrinaron a todos los niños nacidos el mismo día que el pequeño príncipe y Eugenia personalmente hizo innumerables donativos de caridad, entre ellos el Orfanato del príncipe Imperial.


El 14 de enero de 1858, tres bombas intentaron acabar con la vida de los emperadores cuando acudían a la Ópera. Hubo ciento cuatro heridos y siete muertos. Todos los testigos del atentado señalaban la presencia de ánimo de la emperatriz y su valor sin histerismos. “No penséis en nosotros, cuidad a los heridos”, decía a los que se acercaban al verla cubierta de sangre. Aquella noche París la admiró.

Era un complot de patriotas italianos que vieron en un atentado el modo de provocar la revolución en Francia y, como consecuencia, otra en Italia en favor de la unidad nacional. Uno de los acusados por el atentado, Orsini, escribió una carta desde la cárcel al emperador que conmovió a la emperatriz. Eugenia se sintió horrorizada por el fin que esperaba al acusado e intentó salvarle la vida implorando a su esposo. Napoleón, preso de tremendas vacilaciones, se vio obligado a firmar la sentencia y Orsini fue ajusticiado.


El otoño de 1860 fue demasiado triste y melancólico para la emperatriz, estaba en un momento de depresión atroz y deseaba huir. A las ligerezas del emperador, se unía las conmociones de España y la muerte de su hermana Paca tras una larga enfermedad. Se decidió marchar a Londres y desde allí a Escocia, en pleno invierno. Un vendaval de rumores se desató por Europa llegando a hablarse de divorcio. Eso era desconocer el sentido del deber de la emperatriz, aunque la mujer sufriera hasta lo indecible. Cuando desembarcó de nuevo en Boulogne, su marido –que la amaba a su manera- estaba esperándola en el puerto. El 19 de diciembre, Eugenia puso las últimas flores en el féretro de su hermana embarcada ya en el tren que la llevaría a España.


Las aventuras extramatrimoniales del emperador irritaba y deprimía a Eugenia. Hubo escenas, al parecer, muy desagradables entre la imperial pareja. Napoleón instaló en Saint Cloud, cerca del palacio imperial, a la última de sus amantes y la dejó embarazada. Eugenia se humilló hasta el punto de ir a visitarla: “ Señorita, estáis matando al emperador. Si tenéis alguna estimación por él, dejad de verle. Para él es la vida o la muerte”. Pero Napoleón no dejó a su amante y Eugenia hubo de dejar al emperador, marchándose a hacer una cura a Alemania, seguida por apremiantes telegramas de su marido. Y si la emperatriz de Francia volvió junto al emperador, Eugenia no volvió junto a Napoleón. La ruptura última no afectó a las relaciones públicas de los cónyuges y las heridas abiertas solo cicatrizaron mucho después cuando la desgracia política, el exilio y la enfermedad volvieron a unirlos de nuevo.


Eugenia se ocupaba con celo y amor de la educación de su hijo y estaba orgullosa de él, al tiempo que no le perdonaba excepciones a las reglas casi militares impuestas por sus innumerables preceptores. El resultado de tal educación, a pesar de las condescendencias del emperador- más abuelo que padre- fue bueno y el príncipe resultó un modelo de conducta en tanto que la limitación de su edad se lo permitió. En Biarritz conoció y jugó con otro niño de años semejantes y que, a diferencia de él, llegaría a sentarse en un trono y ser un rey modelo. Se llamaba Alfonso de Borbón y también su madre, la reina Isabel II de España, sería destronada un día.


La derrota en la Guerra Franco-Prusiana (1870) fue completa, cayendo incluso el emperador prisionero del ejército prusiano en la batalla de Sedán. Eugenia huyó de París sin apenas equipaje con una de sus damas, camino de Inglaterra. Cuando al atravesar el canal de la Mancha se dio cuenta de que efectivamente había perdido el imperio, casi se volvió loca de desesperación. Tenía cuarenta y cinco años y había reinado durante diecisiete.

Con la paz, Napoleón fue liberado y marchó a unirse con su familia a Inglaterra, solo para arrastrar una vida de exiliado amargado y triste, alimentado de vanas esperanzas de lo imposible. Falleció víctima de una afección de vejiga en 1873. El príncipe imperial, de dieciocho años, quedaba convertido en el teórico Napoleón IV para los mantenedores de la llama bonapartista. Era un joven bien plantado, inteligente y prometedor. Pero el sueño de la ex emperatriz que, acaso sin motivo, creía compartido por la reina Victoria de Inglaterra – quien generosamente había acogido a la familia imperial desterrada en Gran Bretaña - era casar a su único hijo con la princesa Beatriz, hija menor de la soberana inglesa.


Eugenia soñaba para su hijo un destino esplendoroso. Pero el primero de enero de 1879 el príncipe moría en África combatiendo al lado del ejército británico contra los insurrectos zulúes. Influenciado por su madre, el infeliz muchacho se había embarcado en tan descabellada empresa para hacer méritos ante las potencias europeas, dado que ella no había perdido la esperanza de una posible restauración. El vigoroso cuerpo del príncipe imperial, traspasado a lanzadas, se convirtió en un guiñapo, como las ilusiones de la emperatriz.

Eugenia envió una escalofriante nota de advertencia a su madre: “ Vivo todavía porque el dolor no mata. Te ruego, mamá, que no intentes siquiera venir. Tengo una pena salvaje. Necesito soledad. Deseo únicamente estar sola frente al caos de mi vida”. Madre e hija vivieron separadas durante el resto de sus días. Probablemente Eugenia guardaba rencor a doña María Manuela por haberla arrastrado tras su desmedida ambición.


Con el tiempo se apaciguaron los odios y un día pudo volver a Francia, de riguroso incógnito. No obstante, prefería vivir en Inglaterra donde tramó casar a su ahijada Victoria Eugenia de Battenberg – la hija de aquella princesa Beatriz que Eugenia deseara como esposa de su fallecido hijo- con el joven rey Alfonso XIII de España. Tenía noventa y cuatro años cuando regresó a Madrid en 1920, acogiéndose al cuidado de sus sobrinos, los duques de Alba, y de su ahijada la reina Victoria Eugenia. El doctor Barraquer le extirpó las cataratas que la habían dejado prácticamente ciega. Eugenia, muy contenta, evocó con su familia su gusto por los toros, los rejoneos y el fandango.

Tres días antes de su previsto regreso a Inglaterra, encontrándose en el madrileño palacio de Liria propiedad de los Alba, perdió el habla. Llamó junto a sí a uno de sus sobrinos nietos. Garrapateó en un pedazo de papel unas líneas: “Alfonso, hace mucho calor.” Después cerró los ojos y expiró. Era la madrugada del 11 de julio de 1920. Alabarderos españoles rindieron, por expreso deseo de los Reyes de España, honores reales durante el traslado de sus restos desde Liria a la estación del Norte con dirección a Inglaterra, donde la aguardaban en sus sarcófagos Napoleón III y el príncipe imperial.

Fuentes:
Luis Balansó, Las Alhajas Exportadas. 1999 Plaza & Janés Editores S.A.
Emilio Beladiez, Españolas, Reinas de Francia. 2002 Ediciones Palabra S.A

miércoles, 15 de septiembre de 2010

EUGENIA DE MONTIJO, Emperatriz de Francia ( III )



Convertida en soberana de Francia, imbuida de sus obligaciones, vio partir a España a su madre, con la que, a confesión propia, vivía en triste relación motivada por la incompatibilidad de nuestros genios”. A poco de la boda se anunció el embarazo, la noticia tenía que caer mal en los círculos antibonapartistas de dentro y fuera de Francia. Y cuando ocurrió el aborto, el embajador inglés informó jubiloso a su ministro, poniendo en duda, por un lado, la existencia de tal embarazo, y haciéndose eco, por otro, de la maledicencia que aseguraba que la concepción había tenido lugar tres meses antes de la boda y que el aborto había sido provocado para preservar el buen nombre de la emperatriz. 

En realidad era un embarazo de tres meses y Eugenia sufrió tremendamente la pérdida del hijo ansiado. Y para mitigar su dolor buscaba distracción en fiestas, vestidos y una correspondencia nutrida con su hermana, pretendiendo ocultarse a sí misma las primeras infidelidades de su marido. El emperador, disipados los primeros ardores, la engañaba de manera continua y hasta rutinaria.


La vida de la corte del Segundo Imperio resultó, gracias a ella, brillantísima y alcanzó su cenit con la exposición universal y la apertura del canal de Suez, que fue inaugurado el 17 de noviembre de 1869 con un espectacular programa que consistía en fiestas y celebraciones junto con invitados de diversos lugares del mundo. Era la primera obra de ingeniería que cambió los mapas, una vía artificial de navegación que unia el mar Mediterráneo con el mar Rojo, construida por el francés Ferdinand de Lesseps. La invitada especial del evento fue la emperatriz Eugenia, su principal impulsora, también estuvieron el emperador de Austria, el príncipe de Gales, entre otros miembros de la monarquía europea.

En la mañana de la fecha inaugural, miles de personas esperaban en ambas orillas del canal para observar el paso de los grandes navíos que traían a los huéspedes. La parada naval iba precedida por el yate imperial L’Aigle con la emperatriz Eugenia a la cabeza y más de 6000 invitados, la compañía del canal pagó todos los gastos de esta ceremonia. Adicionalmente se había construido un teatro especialmente para la presentación de la célebre ópera "Aida" de Giuseppe Verdi.


Gracias a su belleza y elegancia, Eugenia contribuyó de forma destacada al encanto que desprendía el régimen imperial. Como no había nacido en las gradas de un trono, Eugenia ansiaba parecer más soberana que las auténticas. Jugaba a ser la más elegante, la más sonriente y cordial de toda Europa. Sus escrúpulos llegaron al punto de tomar lecciones con una famosa actriz. Pero además de gracia, derrochaba el dinero en joyas y una de sus aparatosas faldas logró alinear ciento dos volantes ( la emperatriz Sissi la consideraba una hortera).
 

Eugenia dictó la moda durante decenios, marcó tendencia con la crinolina, las amplísimas pamelas, los collares de chatones, el perfume, el maquillaje, la gastronomía y el color malva, que tenía el tono exacto de sus ojos. Su forma de vestir era alabada e imitada en toda Europa. Las damas iban escotadas siguiendo el ejemplo de la emperatriz, tratando de imitar incluso sus hombros caídos. El modisto Worth fue el autor de la imagen de la emperatriz de Francia, sus damas y, por extensión, del Segundo Imperio. 

Por encargo de la emperatriz Eugenia, el perfumista Pierre François Pascal Guerlain creó para ella un perfume: la famosa y refinada Eau de Cologne Impériale. En el frasco se reproducen las abejas imperiales del manto de Napoleón III, así como las fuentes de París, símbolo de frescor. Guerlain fue nombrado perfumista de su Majestad y proveedor oficial de la corte imperial. Poner en el plato de los invitados el menú de la cena fue un invento de Eugenia vigente hasta nuestros días.


Tanto en Paris como en sus residencia veraniegas de Fonteneblau, Saint-Cloud o Compiègne, a sus fiestas acudían los personajes mas importantes de la aristocracia, la política, la literatura y las artes, como Merimé, Halevy y Labiche. Pero si importante fue su vida social también lo fue su intervención en política y en las realizaciones y obras, fundando el orfanato Eugenia-Napoleón, un asilo en Vincennes, la Sociedad del Príncipe Imperial cuyo objetivo era conceder préstamos a pequeños empresarios e industriales, una caja para inválidos, protección a la infancia, convirtió las cárceles de niños en penitenciarias agrícolas, concediendo el indulto a 3.000 procesados políticos. Dio ideas para convertir París en la Ciudad de la Luz, creó el estilo decorativo Napoleón III, consiguió que por primera vez se concediese la Legión de Honor a una mujer, abogó por el sufragio femenino y las ideas humanistas, apoyó las investigaciones de Louis Pasteur, que acabarían en la vacuna contra la rabia.

Gracias a ella se hizo muy popular el veraneo en Biarritz. La emperatriz se enamoró perdidamente de Biarritz, construyéndose un palacio casi en plena playa, que hoy es el lujoso Hotel Du Palais, además de un manantial, el Eugene les Bains. Bajo su auspicio se cultivó en una finca de Baños de Rioja, de la cual era propietaria, una viña que todavía existe con el nombre de La Emperatriz.


Después del nacimiento de su hijo, el príncipe imperial, Eugenia decidió tomar parte activa en la política del Segundo Imperio. Ferviente católica, se opuso a la política de su marido en lo tocante a Italia y defendió los poderes y prerrogativas del Papa en dicho país. Desempeñó la regencia del imperio en tres ocasiones: durante las campañas de Italia en 1859; durante una visita de su marido a Argelia en 1865 y en los últimos momentos del Segundo Imperio, ya en 1870. La emperatriz secundó la desafortunada expedición destinada a situar a Maximiliano de Habsburgo en el trono imperial de México (1862-1867) y en 1869 empujó a Napoleón a la guerra contra Prusia que concluyó al año siguiente con la derrota de Sedán, donde el emperador cayó prisionero y Francia perdió Alsacia y Lorena.


Fuentes:
http://wapedia.mobi/es/Fernando_de_Lesseps
http://www.turismoyarte.com/regiones/andalucia/granada/eugenia_de_montijo.htm
http://es.wikipedia.org/wiki/Eugenia_de_Montijo
Luis Balansó, Las Alhajas Exportadas. 1999 Plaza & Janés Editores S.A.
Emilio Beladiez, Españolas, Reinas de Francia. 2002 Ediciones Palabra S.A
Pilar Eyre, Pasión Imperial. 2010 La Esfera de los Libros S.L
http://sobreturismo.es/2010/03/14/viaje-a-biarritz-guia-de-turismo/

lunes, 13 de septiembre de 2010

EUGENIA DE MONTIJO, Emperatriz de Francia ( II )



En Francia se proclamó una república y fue nombrado presidente el príncipe Luis Napoleón Bonaparte. Conoció a Eugenia en abril de 1849 en el palacio del Elíseo, quedando hechizado ante la belleza de la joven aristócrata granadina y comenzó a cortejarla. Bien aleccionada por su madre, Eugenia sabía mostrarse fascinadora pero sin permitirse sucumbir jamás a las tretas galantes desplegadas por el burlado estratega. El príncipe estaba desconcertado: a pesar de su predisposición a la coquetería, ella parecía sexualmente tan fría como el hielo. Si había dado la impresión de ser una aventurera, desde luego no se comportaba como tal.


Una noche, el príncipe intentó juguetear con su mano derecha que empezaba a impacientarse, un golpe seco del abanico de Eugenia le recordó que no se hallaba ante una piruja. En la recepción de Año Nuevo insistió en besarla bajo el muérdago.

- Es una costumbre francesa- objetó el príncipe.

- Pero yo soy española, señor, y en mi país las mujeres sólo besan a sus padres, a sus hermanos y a sus esposos- replicó Eugenia bajando púdicamente la mirada.

En otra ocasión, después de haber dedicado sus atenciones a la joven a lo largo de toda la velada y creyendo que la conquista era ya cosa hecha, Bonaparte se decidió a preguntar:

- ¿ Cómo llegar a su dormitorio, señorita?

A lo que la granadina respondió:

- Por la capilla, monseñor.

Tras lo cual, el príncipe que ya estaba un poco harto, decidió dejarla tranquila durante una temporada.




El 21 de noviembre de 1852, el príncipe-presidente era elegido por una mayoría de sus compatriotas, emperador de los franceses con el nombre de Napoleón III. Entonces María Manuela decidió que había que poner toda la carne en el asador. No había tiempo que perder, era necesario estrechar el cerco de manera definitiva. El 31 de diciembre, durante la recepción de fin de año en el palacio de las Tullerías, la mujer del ministro del Interior tuvo la osadía de empujar a Eugenia al ir a cruzar una puerta, mientras exclamaba:

- ¡Yo no cedo el paso a una aventurera!

Cuando se sentó al lado del emperador, en la mesa de la cena, Eugenia tenía los ojos arrasados en lágrimas y manifestó la razón:

- Señor, he sido insultada por alguien que ha dudado de mi reputación. Procuraré que no se repita en lo sucesivo, ausentándome de la corte.

- No será necesario- respondió Napoleón III- desde mañana nadie se atreverá a insultarla.

Luego formuló una pregunta que lo atormentaba: ¿ la joven española era aún pura a sus veintiséis años ? Eugenia le miró sin mover una pestaña y contestó:

- Os engañaría, Majestad, si no os confesase que mi corazón ha hablado ya varias veces: pero lo que si puedo aseguraros es que continuo siendo la señorita de Montijo.




Transcurrió una semana sin que nada ocurriera. Las Montijo vivían en vilo, mientras el clan de los Bonaparte discutía con el sobrino enamorado:

- Se puede fornicar con la señorita de Montijo- decía uno, especialmente grosero-, pero no casarse con ella.

- Para asegurar el Imperio naciente es necesario que os caséis con una princesa de sangre real opinaba otro.

El duque de Morny, medio hermano del emperador, fue el único miembro de la familia que apoyó siempre a Eugenia. El príncipe Napoleón, llamado familiarmente Plon Plon y primo del emperador, estaría detrás de todos los pasquines que se escribieron contra "la española". No pudiendo quedar en la incertidumbre y viendo, por otro lado, las vacilaciones del emperador, Eugenia se dirigió a las Tullerías para forzar las cosas. Le dijo sencillamente al emperador:

- Adiós. Yo me voy y no me volveréis a ver.

Entonces él le respondió:

- No os marcharéis.

Le pidió que se casara con él y Eugenia, precavida, logró que le hiciera la propuesta por escrito. La misiva del emperador dirigida a su futura suegra María Manuela, rezaba:

Señora Condesa:
Hace tiempo que amo a vuestra hija y que deseo hacerla mi esposa. Me permito, pues, pedir su mano, considerando que no existe en el mundo una mujer más capaz de labrar mi dicha, ni más digna de llevar una corona.

Napoleón



A continuación el soberano se dirigió personalmente al Parlamento y a la nación, defendiendo su proyectado enlace matrimonial con Eugenia de Montijo, ya que, aunque esta era de noble estirpe, no llevaba sangre real en sus venas. Su futuro esposo la describió ante su pueblo: graciosa, buena, dotada de todas las cualidades del alma, ornamental y valiente, católica y piadosa, francesa de educación y corazón. El anuncio de la boda, aun esperado, fue como la explosión de una bomba. El emperador hubo de declarar terminante y sin dejar lugar a réplicas: Señores, no hay nada que discutir. La boda ha sido decidida. Es mi voluntad.

En vísperas de su boda, Eugenia escribió a su hermana la duquesa de Alba: " No puedo evitar tener un cierto terror: la responsabilidad es inmensa y me atribuirán el bien y el mal ". Creía, a la hora de la boda, a ciegas en el amor y el apoyo de su marido, en sus virtudes y entereza, en su talento y calidades de hombre de Estado para hacerle llevadera la vida de obligaciones que la esperaba y, sin embargo, " tiemblo no de miedo a los asesinos sino de aparecer en la historia menos de lo que fueron Blanca de Castilla y Ana de Austria".



El 30 de enero de 1853, en la basílica de Notre-Dame de París se celebró la boda. Desde el atrio de la iglesia, vuelta hacia la muchedumbre, Eugenia, tercera emperatriz de Francia, ostentando sobre su frente la diadema que habían llevado sus dos predecesoras, se inclinó ante el pueblo soberano en la primera de aquellas sus reverencias que habían de hacerse famosas en el mundo. Sería un primer gran gesto político y en aquel momento la turba la amó. Y más aún cuando hizo entrega para caridades de los seiscientos mil francos que la Municipalidad parisina le regaló para diamantes, enorme cantidad con la cual se fundó en el arrabal de San Antonio el asilo Eugenia-Napoleón para muchachas pobres en número de trescientas. Y destino semejante encontraron otros doscientos cincuenta mil francos regalados por su marido.



Fuentes:
Luis Balansó, Las Alhajas Exportadas. 1999 Plaza & Janés Editores S.A.
Emilio Beladiez, Españolas, Reinas de Francia. 2002 Ediciones Palabra S.A

domingo, 12 de septiembre de 2010

EUGENIA DE MONTIJO, Emperatriz de Francia ( I )



Cuando tras el desastre de Vitoria en 1813, José Bonaparte declinó su corona de “rey intruso”, un oficial español afrancesado de su guardia se negó a abandonarle: Cipriano Guzmán Palafox y Portocarrero, conde de Teba. El conde malvivió en el exilio y sólo a la caída del Primer Imperio francés se decidió, desilusionado, a volver a España amparándose en una amnistía decretada por Fernando VII, instalado de nuevo en el trono de Madrid tras la sangrienta guerra de la Independencia.

Por aquel entonces el aspecto de don Cipriano no debía de resultar en extremo seductor: de resultas de sus avatares había perdido el ojo derecho- que ocultaba con un parche-, tenía un brazo casi paralizado y cojeaba lastimosamente. Tales defectos no fueron obstáculo para su boda con una lozana y ambiciosa joven de veintitrés años, diez menos que él, María Manuela Kirkpatrick, hija de un comerciante de vinos escocés que había conseguido ser nombrado cónsul de Estados Unidos en Málaga. Había recibido educación en Londres y luego en casa de una tía suya en París. Las costumbres francesas la dotaron de cierto refinamiento, un interés aparente por la literatura- o más exactamente, por los literatos- y una bulliciosa conversación en varios idiomas. La condesa de Teba era, en suma, una mujer lista, hecha para destacar en el gran mundo.



Cuenta la leyenda que el 5 de mayo de 1826, un fuerte terremoto amedrentó de tal modo a los habitantes del granadino barrio de Gracia, que muchos salieron apresuradamente de sus casas para buscar refugio en campo abierto. El susto de la condesa de Teba fue tan grande que se vio sorprendida por los dolores de un parto prematuro en el jardín de su mansión, donde se había refugiado, y allí mismo, en una especie de improvisada tienda de campaña, dio a luz una niña de ocho meses llamada Eugenia.

Eugenia pasó en Granada los cuatro primeros años de su vida, para después trasladarse con su familia a Madrid. No obstante, siguió ligada a su tierra natal. Durante su juventud, visitaba la ciudad con su padre, al que acompañaba en sus largos paseos a caballo, durmiendo al sereno o pasando la noche entre los gitanos, por cuya cultura se sintió fascinada. Asimismo, pasó largas temporadas con su madre en Lanjarón.


En 1834, por la muerte de su cuñado sin sucesión directa, María Manuela quedó convertida en condesa de Montijo y duquesa de Peñaranda, con acceso directo a palacio. Deseosa de figurar entre las gentes de la nobleza y los círculos artísticos, la condesa promovió en su casa de Madrid continuas reuniones, tertulias y fiestas, siendo la introductora en España de los bailes de disfraces. Dedicaría todos sus esfuerzos a conseguir ventajosos matrimonios para sus dos hijas: Francisca y Eugenia.

Francisca de Sales –llamada familiarmente Paca- era la primogénita; una morena cuyo carácter dulce, sosegado y espiritual contrastaba con el de su hermana, un solo año menor, de cabello rojizo, vocinglera, vivaz y segura de sí misma; lo que con el paso del tiempo llegaría a conferirle una falsa apariencia de aventurera de lengua suelta. Ambas hermanas eran muy bellas. En casa de los Montijo se hablaba francés, hasta el punto de que sólo a la edad de doce años pudo escribir Eugenia a su padre: “ Empiezo a leer español”.


En 1837, María Manuela anunció a don Cipriano su traslado a París con las niñas para ingresarlas en el colegio del Sagrado Corazón. Instalada en la capital del Sena, la condesa probó las mieles de aquella brillante sociedad que su inquieta naturaleza reclamaba, hasta el punto de que circularon rumores en torno a una estrecha relación con el elegante Lord Clarendon, de quien se decía que había sido su amante, e incluso con un retrechero polaco de alta cuna y baja estofa, aparte del escritor Prosper Mérimée, a quien había conocido en España y que tuvo gran interés en la educación de las niñas. Aseguraban que María Manuela había inspirado el personaje de su Carmen inmortal.

La vida en París prosiguió durante los años de formación de Paca y Eugenia, alternándose con breves estancias en Madrid -donde don Cipriano falleció en 1839- y Granada, donde la condesa acudía a vender alguna que otra finca a fin de mantener su tren de vida parisino. Una anécdota, relatada por la propia Eugenia, debió de hacer mella por aquel entonces en su ánimo. La contó así: Fue en Granada. Una tarde subíamos al Sacromonte y varias gitanas nos acosaron pidiendo limosna. Una de ellas quiso decirme la buena ventura. Mi aya no la dejaba pero ella insistió: “Aunque no me muestre la mano, yo sé que esta niña será más que reina …” Estas palabras quedaron grabadas en mi mente. Cuál no sería mi sorpresa cuando años más tarde, en París, el abate Boudinet, reputado quiromante, durante una fiesta insistió en leerme las líneas de la mano y luego me confió, asombrado: “¡ He visto en su diestra una corona imperial !”



María Manuela todos los domingos ofrecía en su quinta de Carabanchel copetines a la sociedad que contaba. Su obsesión era velar por el porvenir de sus hijas y a este propósito invitaba a una legión de codiciados solteros de la nobleza. Las audacias casamenteras de la condesa llegaron a hacerse insoportables incluso para sus hijas. Entre los que rondaban a las señoritas de Montijo destacaban dos, que gozaban de la predilección de la condesa por tratarse, según ella misma admitía sin recato, de los mejores partidos de España: Jacobo Fitz-James Stuart, duque de Alba, y Pepe Alcañices, duque de Sesto.

El duque de Alba durante algún tiempo estuvo indeciso entre Paca y Eugenia, finalmente se decidió por la primera, muy atractiva en su languidez decimonónica. Se ha escrito que Eugenia se sintió tan contrariada por la elección y el malogro de las esperanzas en Alba depositadas, que intentó envenenarse con fósforos diluidos en leche. Era la primera decepción sentimental de su vida y poco después este desengaño sería seguido por otro, tal vez no tan impetuoso, pero que pareció dejar huella más profunda. Pepe Alcañices, el galán que se había ofrecido a consolarla, resultó ser un donjuán voluble que la desdeñó enseguida. Desde entonces, en las relaciones sentimentales de Eugenia rigió una frialdad que encubría, a la vez, prevención y cálculo. No iba a volver a fiarse de ningún hombre. Ni siquiera de su futuro marido.


Cuando en octubre de 1847, dos días después de hacerse con el gobierno, el general Narváez consiguió para su protegida, la condesa de Montijo, el cargo de camarera mayor de la reina Isabel II, María Manuela creyó haber colmado todas sus aspiraciones: su hija mayor duquesa de Alba y ella ocupando el puesto más importante e influyente de la corte de España, desde donde casaría a Eugenia con quien mejor le pluguiera. Dio una gran fiesta en la quinta de Carabanchel, con todo Madrid rendido a sus pies, creía ella. Pero se equivocaba: muchas linajudas familias no la consideraban más que una advenediza; se lo hicieron notar abiertamente y ella, orgullosa, presentó su dimisión y salió hacia París con Eugenia pegada a sus faldas.

Fuentes:
http://www.andalucia.cc/viva/mujer/aavgrana.html
Luis Balansó, Las Alhajas Exportadas. 1999 Plaza & Janés Editores S.A.