sábado, 28 de agosto de 2010

Catalina de Aragón y la batalla de Flodden Field


REINA DE INGLATERRA
Sexta Parte



En los últimos días de Junio de 1513, Catalina acompañó a Enrique a la costa en lentas jornadas. El rey creyó llegado el momento de pasar el canal de la Mancha y así lo hizo con todo su ejército magníficamente vestido y pertrechado, los caballos hermosamente enjaezados, las tiendas bordadas de oro y los gallardos Compton, Brandon, Bryan y el limosnero mayor, el ascendiente Wolsey, todos ellos con ilusiones épicas. En Dover, cuatrocientos barcos aguardaban para transportar a su soberano al escenario de sus esperadas victorias.

En la playa de Dover, Enrique hizo que Catalina fuera proclamada Gobernadora del Reino y Capitán General de las fuerzas de defensa del interior. Se quedaba para asesorarla un exiguo consejo: el arzobispo de Canterbury y el anciano Thomas Lowell. Y para guardar la frontera del norte, que era la más difícil y levantisca, se nombró al conde de Surrey que tenía setenta años. La reina quedaba pendiente de mantener el abastecimiento con Francia. Catalina se mostró orgullosa y feliz de su nueva posición. Y el 30 de junio, el soberano inglés embarca para Calais con lo más granado de sus efectivos militares.



De Calais el ejército de Enrique se dirigió al encuentro de su aliado Maximiliano de Austria y juntos emprendieron la guerra, que no fue tal. Luis XII de Francia no presentó verdadera resistencia, las órdenes de sus generales eran de no presentar batalla, sobre todo en campo abierto. Se lograrán las plazas de Thérouanne y Tournais pero sin heroísmos ni batallas memorables. Los éxitos militares se alternaban agradablemente con placeres más suaves. Podemos ver a Enrique y sus cortesanos como invitados de Margarita de Austria en Lille; entre banquetes, bailes y torneos. El propio Enrique se permitió flirtear con una dama flamenca, Étienne de la Baume, a quien prometió muchas cosas estupendas, principalmente una dote de diez mil coronas cuando encontrase esposo.


Pero otras cosas verdaderamente graves sucedían en Inglaterra. Tan pronto como los escoceses se aseguraron de que el rey Enrique no estaba allí con sus tropas, rompieron la frontera e invadieron el norte del país de la reina Catalina, pero ella se dedicaba con energía y discreción a la tarea de gobernar y proteger a Inglaterra. El anciano conde de Surrey fue a reclutar tropas entre sus arrendadores, las fronteras fueron alertadas y Catalina guió al Consejo en la doble tarea de proporcionar armas al ejército de Flandes y de prepararse para la invasión del Norte.

Entre las actuaciones políticas que llevó a cabo la reina, estuvo la de solicitar al Parlamento y al Consejo más dinero para poder sustentar las dos heridas bélicas abiertas, una en Francia y otra en tierras escocesas. Catalina lo necesitaba para comprar armas, pagar a los hombres que estaban alistándose para luchar en las márgenes de las tierras altas, para modernizar la caballería y para el avituallamiento de sus tropas.



Las arcas del tesoro estaban mermando de una forma vertiginosa. Los gastos eran excesivos. Desde hacía semanas la reina había dejado de realizar fiestas y cacerías en la corte. Los lujos habían quedado apartados en palacio. Además, había cambiado de residencia, yéndose a vivir al palacio de Buckingham, más pequeño y donde se necesitaban menos sirvientes. A su vez mandó realizar un estudio en algunas ciudades y condados de Inglaterra para conocer cuáles eran los más ricos y así gravarles con impuestos especiales.

En medio de la firma de cédulas y órdenes Catalina encontraba tiempo para escribir un río de cartas a Francia. Se las arreglaba para escribir una vez a la semana y para que todos los correos le trajeran de vuelta una carta, al menos de Wolsey si Enrique estaba demasiado absorbido con la guerra. La inquietaba la temeridad de Enrique en las batallas y su tendencia a congestionarse por el calor y a resfriarse. De mujer a mujer suplicó a su antigua cuñada Margarita de Austria que enviara el mejor médico que pudiera encontrar para cuidarle. Importunaba a Wolsey con el tema de la salud de su marido y enviaba nuevos suministros de ropa blanca para Enrique. En esta correspondencia nada decía de los peligros que acechaban las fronteras para no preocupar a su marido.



Se alivió al saber que el emperador Maximiliano se le había unido “ porque, gracias al buen consejo del emperador, su Alteza no se arriesgará tanto como antes, lo que me daba tanto miedo ”. Recibió con alegría la victoria de su esposo en la batalla de las Espuelas y escribió: " La victoria ha sido tan grande que creo que nunca antes se vio una batalla semejante ". La reina también estaba tremendamente ocupada haciendo estandartes, banderas y distintivos con sus damas. Ésa era una tradicional ocupación femenina. Pero Catalina, que se había criado alrededor de campos de batalla, también se puso la capa de la reina guerrera.

Los primeros caballeros y capitanes de ella que estuvieron preparados fueron llevados rápidamente al Norte para reforzar al conde de Surrey. Catalina pronunció unas espléndidas palabras ante los capitanes ingleses, diciéndoles que estuvieran pronto a defender su territorio,“ que el Señor les sonreía a aquellos que defendían a los suyos y que debían recordar que el coraje inglés superaba el de todas las demás naciones ”. Se dice que los hombres se sintieron inflamados por esas palabras ” que fueron pronunciadas en un inglés bueno o discreto, aunque debemos imaginarla hablándolo con un fuerte acento español. No hay duda que ella fue el centro y el alma de la defensa, ocupada ahora en levantar un ejército de reserva alrededor de Londres.



Jacobo IV de Escocia había cruzado el río Tweed con un ejército que según las cifras era de cuarenta, sesenta o cien mil hombres, en todo caso un ejército enorme. Las murallas del Castillo de Norham se derrumbaron a los cinco días del asedio de los cañones franceses de Jacobo, fabricados para este tipo de batalla. Hubo escaramuzas en Chillingham y otras partes y luego la niebla de la guerra envolvió el Norte.

Thomas Ruthall , obispo de Durham, considerado como una de las cabezas más frías del Consejo y especialmente encargado de la defensa del Norte, se hallaba al borde del pánico ante los contradictorios rumores que se filtraban desde el frente pero Catalina permanecía tranquila. Las carreteras que llevaban a Buckingham se llenaban de soldados reclutados en sitios tan lejanos como Gales y en todos los condados del Sur y del Oeste, a fin de formar un ejército de reserva de sesenta mil hombres que ella, personalmente, pensaba dirigir a York.



A principios de septiembre Catalina salió cabalgando de la ciudad al frente de caballeros y campesinos de los Home Counties, de un grupo de fornidos londinenses y del cañón de la Torre. El conde de Surrey ya estaba en el frente; si pensaba que los escoceses eran demasiado fuertes para él, podía esperar a la reina; si entraba en batalla y era derrotado, aún había un segundo muro entre la conquista de Inglaterra y el rey escocés: la reina Catalina. En todo caso ella era la esperanza del reino.

Para el 14 de septiembre, Catalina estaba en Buckingham. Pero ya el día 9 por la tarde, los escoceses, dejando detrás de ellos su campamento incendiado, habían bajado desde su punto fuerte en Flodden Edge para enfrentarse con Surrey en el campo abierto de Branxton Brook. Ya entonces los arcos y picas de los ingleses habían hecho estragos en las cerradas filas de los escoceses y el último contumaz círculo de lanceros había caído alrededor del exánime cuerpo de su Rey. Parece ser que más de diez mil soldados escoceses murieron en el campo de batalla, quince de los lores del reino de Escocia y el rey Jacobo. La batalla de Flodden fue la más importante del reinado de Enrique VIII. Mientras el soberano inglés había estado cortando rosas en Hainault, los laureles habían sido cosechados en el Norte.


Jacobo IV de Escocia



Pero el cuerpo del rey de los escoceses, tan herido y destrozado que sólo era reconocible por la chaqueta y la cruz, no quedó tendido debajo de la luna. Fue enviado a Inglaterra y Catalina hubiera deseado enviar el cuerpo a su marido como trofeo de guerra pero a cambio le envió la chaqueta ensangrentada del rey escocés a Francia. Esa era una época en que la identidad, aun del personaje más celebrado, no era fácil de establecer. La chaqueta del rey era una valiosa evidencia de que era él, no otro noble escocés, el que había muerto en el campo de batalla. Catalina escribió: " Veis que he mantenido mi promesa de enviaros a cambio de vuestras banderas, el manto de un Rey. Pensaba enviaros al propio Rey pero los corazones de nuestros ingleses no lo hubieran soportado (...) y con esto acabo rogando a dios que os envie pronto a casa porque sin eso ninguna alegría puede ser completa y por ello rezo y voy ahora a Nuestra Señora de Walshingham a la que hace tanto tiempo prometí ir a ver ".

Ninguna palabra en las cartas de Catalina sobre Flodden dio indicación alguna de los chistes que circulaban sobre sus victorias y las de su marido. La burla de que mandaba un rey a Enrique a cambio de su duque cautivo, solamente existía en la imaginación de los chismorreos de Flandes. Enrique mostró alegría por el triunfo de los ejércitos en la frontera y por el buen hacer de su esposa, pero palideció al conocer que entre los muertos estaba el monarca escocés. La reina, que estaba embarazada cuando su esposo partió a Calais, visitó el santuario de la virgen de Walshingham como prometiera al rey para dar las gracias por la victoria de Flodden y rogar que el hijo fuese varón.



Pero ella tenía auténticas dotes de gobierno y no se contentó con esa victoria, sabía que los belicosos escoceses deseaban venganza. El príncipe Jacobo de Escocia, de dieciocho meses de edad, fue proclamado rey y la reina viuda Margarita Tudor asumió la regencia del reino por la minoría de edad de su hijo. Catalina escribió a su cuñada ofreciéndole que si mantenía la paz en sus huestes, ella haría que Enrique apoyase su regencia en Escocia. Si la reina Margarita gobernase en Escocia respetando los intereses de los Tudor, una larga paz sería mucho más útil que otra guerra y mucho más barata. Ambas reinas se intercambiaron correspondencia a este tenor de modo que este otro problema ya estaba resuelto cuando Enrique volvió.

Las campañas terminaron al llegar el otoño y el 22 de octubre el rey regresó triunfalmente a Inglaterra, aunque en realidad había conseguido muy poco. Enrique se apresuró a ir a Richmond, en donde la reina le esperaba; estaba impaciente por poner a los pies de su esposa las llaves de las ciudades que había tomado. Dice el cronista que " tuvo lugar un encuentro tan amoroso que todo el mundo se alegró ". Hubo algunas sombras en esa bienvenida a casa. En septiembre, antes del regreso del rey, Catalina había tenido un aborto. Londres estaba azotada por la peste y las celebraciones por el regreso del ejército fueron menos esplendorosas que las que en otro caso hubieran sido.


Como era costumbre en las guerras de la Baja Edad Media, varios nobles fueron tomados como rehenes para tener la seguridad de que su gobierno cumpliría las condiciones de la tregua. De acuerdo con las reglas de la caballería, estos nobles eran tratados como a invitados de honor hasta que llegaba el momento en que se les permitía volver a su país. El prisionero más importante de Enrique era Luis de Orleáns, duque de Longueville, que fue alojado cómodamente en la Torre de Londres con seis sirvientes. El rey trabó gran amistad con él y solía invitarle a la corte.

Enrique era un captor notablemente generoso e incluso se brindó a pagar él mismo la mitad del rescate del duque. Poco después de que el rey y sus rehenes llegasen a Inglaterra, la reina los agasajó en Havering-atte-Bower en Essex. La gran recepción que les brindó Catalina fue descrita como la más espléndida que se hubiera conocido y encantó a Enrique. Hubo un banquete, una mascarada y baile y el rey repartió obsequios donde le apeteció.




Fuentes:
Alison Weir, Enrique VIII, el rey y la corte. 2003 Editorial Ariel S.A.
Garrett Mattingly, Catalina de Aragon. 1998 Ediciones Palabra, S.A.
Antonia Fraser, Las seis esposas de Enrique VIII. 1998 Ediciones B Argentina, S.A.
Vicenta Marquez de la Plata, El trágico destino de los hijos de los Reyes Católicos. 2008 Santillana Ediciones Generales, S.L
Maria Jesús Pérez Martín, Maria Tudor: La gran reina desconocida. 2008 Ediciones Rialp, S.A
Luis Ulargui, Catalina de Aragón. 2004 Random House Mondadori S.A.

Los primeros años de María Tudor


La corte se encontraba en Greenwich cuando el 18 de febrero de 1516, a las cuatro de la mañana, la reina Catalina dio a luz una niña. El trabajo de parto había sido largo y duro, aunque la reina había tratado de protegerse contra los dolores del alumbramiento aferrando una reliquia santa, un cinturón, de su santa patrona. Aparte de los sufrimientos de la madre, el bebé era sano, aun robusto. Se había esperado con confianza “un príncipe”, la llegada de una princesa significó que las celebraciones fueran adecuadamente reducidas. El rey, sin embargo, se mostró encantado con su hija. “ La reina y yo somos jóvenes; si esta vez ha sido una niña, con la gracia de Dios, los niños la seguirán ”, dijo al embajador veneciano y dio una buena recompensa al doctor De Vitoria, que había asistido a Catalina en el parto. Mientras tanto, incluso una niña era alguna excusa para pavonearse de su paternidad.

El incipiente y suave cabello era del auténtico color pelirrojo Tudor y en la redonda cara del bebé, no diferente de la de Enrique, se apuntaba la auténtica nariz Tudor. Se le escogió el nombre de María, en honor de la hermana del rey, y su solemne bautismo se celebró tres días después de su nacimiento en la misma iglesia donde se habían casado sus padres. Como madrinas de bautismo oficiaron la condesa de Devonshire y la duquesa de Norfolk. El padrino, el cardenal Wolsey, y junto a él, la condesa de Salisbury, Margaret Pole, sostenía a la niña en brazos actuando en esa misma ceremonia como su madrina de confirmación. La princesita recibía la vida sobrenatural acompañada de un plebeyo encumbrado y ambicioso y de una Plantagenet sencilla y postergada; un enemigo mortal de su madre y la más devota de sus amigas.


La princesa, nuevo centro de atención de la corte y del pueblo inglés, tenía una rara cualidad: no molestaba a nadie con sus lloros. El rey decía que era su perla del mundo. Disfrutaba enseñando su hija e iba de un lado a otro con la niña en sus brazos y aseguraba a los cortesanos y los embajadores que nunca lloraba. El embajador veneciano encantó al rey cuando replicó que eso se debía a que su destino no la reservaba para verter lágrimas.

Todo parecía presagiar felicidad para aquella niña. Inmediatamente se crea la Casa de la Princesa: los nombres de las primeras gobernantas, Elizabeth Denton y Margaret Bryan, pronto ceden su puesto a la dama del más alto linaje del reino, Margaret Pole. Las libreas de su servidumbre se distinguen con los colores azul y verde. Pero María, a pesar de estas distancias protocolarias, nunca se apartó de los brazos de su madre. Catalina no cesaba de ocuparse personalmente de su hijita, vigilando y regulando todos sus movimientos. Así, sus tres primeros años transcurren en el entorno íntimo de la reina.


Con motivo de una epidemia, al año del nacimiento de la princesa, el rey Enrique - que siempre sufrió pavor a los contagios- con la reina y su hija, su médico, tres de sus más fieles caballeros y su organista favorito fray Dionisio Memmo, se encierra en Windsor. Será el comienzo de los muchos desplazamientos a que estaría sometida la princesa para proteger su salud. Ella era el tesoro del reino, la esperanza de la dinastía y, por supuesto, la llave de importantes alianzas matrimoniales para la política internacional de Enrique VIII.

Aquel organista Memmo, pronto se haría tan imprescindible para la hija como para el padre. Muy pronto se comentó en la corte que cuando, solemnemente, presentaba sus credenciales el embajador veneciano Giustiniani, la pequeña princesa, en brazos de su padre, al distinguir a Memmo en la sala llena de dignatarios, comenzó a gritarle: “ ¡ Sacerdote! ¡ Sacerdote! ” y no paró hasta que el confuso organista comenzó a ejecutar una pieza musical ante el manifiesto agrado del rey y de los circunstantes.

La princesa era una niña despierta y precoz, de porte alegre y decoroso; había heredado muchos de los dones intelectuales y musicales de sus padres. Este embajador, tras recordar el hecho de la incipiente inclinación musical de la princesa, constata con estupor cómo se le hacían más honras que a la misma reina su madre, quien se complacía en aquellos honores que se le tributaban. Ningún súbdito podía cubrirse en presencia de María o besarla excepto en la mano; otras veces doblaban las rodillas ante ella. Su Casa se iría aumentando en oficiales y servidumbre. Ya costaba 1.400 libras.


Inglaterra y Francia se unieron para mantener la paz en Europa y la princesa María fue prometida oficialmente al Delfín. Una embajada francesa, integrada por ochenta nobles vestidos a la moda y sus séquitos, llegó a Inglaterra el 25 de septiembre de 1518. Cuando el rey recibió a la embajada en audiencia, trajeron a la pequeña princesa, que contaba dos años, para que la inspeccionasen. La ceremonia de los desposorios tuvo lugar el 5 de octubre en el Gran Hall del palacio de Greenwich, en presencia del rey y la reina, el cardenal Wolsey, el cardenal Lorenzo Campeggio, legado del Papa, los embajadores, los lores y las damas de la corte, que en su totalidad, iban espléndidamente ataviados. La princesa, muy blanca y sonrosada, lucía un vestido de hilo de oro y se tocaba con un casquete de terciopelo negro centelleante de joyas, dejando asomar parte de sus hermosos cabellos rubios.

El almirante Bonnivet representó al delfín de Francia, el cardenal Wolsey alzó a la princesa en brazos y puso en su dedito un gran anillo de diamantes que era demasiado grande para ella. La niña preguntó a Bonnivet: “ ¿ Eres el delfín de Francia? Si lo eres, ¡quiero besarte! ”. El obispo de Londres ofició la ceremonia y dirigiéndose hacia la novia, a quien sostenían en brazos junto a la reina, le dedicó una larga homilía sobre las excelencias del matrimonio. Con absoluta elegancia, la reina Catalina compartiría con el rey todas las solemnidades de aquel compromiso, sin presionar ni mostrar su íntimo desacuerdo.


El 16 de octubre el rey, acompañado de su Consejo, prometía públicamente cumplir el contrato del desposorio cuando el delfín hubiera alcanzado la edad de catorce años; entonces María contaría dieciséis. En esa ocasión pedía Enrique VIII que si no guardaba su promesa le excomulgara el Cardenal y cayera sentencia de Entredicho sobre todo el reino. La princesa recibiría una dote de 100.000 marcos. Francisco I de Francia igualmente se comprometía a contribuir con otra dote y tan grande como jamás la tuvo ninguna reina de Francia.

Pronto el malestar y sobresalto de imaginar en un futuro al francés sentado en el trono de Inglaterra se hizo sentir con fuerza entre el pueblo y notables miembros de la corte. Y no eran temores infundados, porque aquel mismo año la reina Catalina sufrió el terrible desencanto de que naciera una niña muerta.


Fuentes:
Maria Jesús Pérez Martín, Maria Tudor: La gran reina desconocida. 2008 Ediciones Rialp, S.A
Alison Weir, Enrique VIII, el rey y la corte. 2003 Editorial Ariel S.A.
Antonia Fraser, Las seis esposas de Enrique VIII. 1998 Ediciones B Argentina, S.A.

miércoles, 25 de agosto de 2010

LEONOR DE GUZMÁN, El origen de la dinastía Trastámara ( II y última )


 
LA MUERTE DEL REY ALFONSO

Alfonso XI falleció en la madrugada del 26 de marzo de 1350, día de Viernes Santo. Estaba sitiando Gibraltar y fue víctima de la peste bubónica. Con el rey se encontraba su amada Leonor y le acompañaban en su ejército sus dos hijos gemelos, Enrique y Fadrique, mientras que su único hijo legítimo Pedro, el heredero, permanecía en el alcázar al cuidado de su madre. Leonor de Guzmán debió de ver aquel mismo día el abismo que se abría bajo sus pies. Por ello, se suma durante un trecho al cortejo fúnebre hacia Sevilla, pero se queda en el camino y se refugia en Medina Sidonia, una de las muchas posesiones que el monarca le había otorgado.

La muerte prematura del rey Alfonso, a los treinta y ocho años, era una desgracia. Para Leonor y los suyos una catástrofe. Quedaban a merced del nuevo rey Pedro I, en quien no cabía suponer mucho afecto hacia sus hermanos ilegítimos, que habían recibido el amor de su padre y acumulado mercedes sustraídas a la corona. En Leonor se añadía a esta circunstancia desfavorable el rencor de la reina viuda acumulado durante tantos años de desvío del monarca y marido.



 
LA CAIDA DE LEONOR DE GUZMÁN

Sola y sin la protección real, vivió un auténtico calvario. Refugiada en Medina Sidonia, ve cómo sus hijos y sus parientes se dispersan hacia sus señoríos, alejándose de la probable ira del nuevo rey, y ve también cómo algunos nobles que habían sido parte de su camarilla se aprestan a ofrecer vasallaje al nuevo monarca y a la reina madre.

Leonor pensó en abandonar el reino, buscar un nuevo sitio donde refugiarse. Dos semanas después del fallecimiento de Alfonso, enviaba al rey Pedro IV de Aragón una carta en la que decía “que yo y mis hijos estamos en gran tribulación y peligro. Y envío rogar al conde don Lope de Luna que tenga a bien hablar con vos algunas cosas que cumplen a mi y a mis hijos que no os puedo enviar decir por carta”. El asunto que no podía poner por escrito se desconoce pero era una petición de ayuda. El rey aragonés contestó muy cariñosamente pero limitándose a hacer un panegírico del monarca muerto y recomendando a Leonor “consolarse en Dios y hacer por el alma desdicho Rey, limosnas y oraciones y obras piadosas”. Difícilmente alguien quería comprometerse con una mujer que al perder a su amante había perdido toda influencia política.

En abril, Leonor de Guzmán acude a Sevilla, donde Juan Alfonso de Alburquerque, el valido del nuevo rey, y Juan Núñez de Lara, el alférez del rey fallecido, le prometen protección y seguridad si rinde homenaje a Pedro I. Pero las promesas no se cumplen. El rey confisca buena parte del patrimonio que le había dado Alfonso XI y ordena retener presa a Leonor en el alcázar sevillano.
 


 
DÍAS DE CAUTIVERIO

Sus parientes fueron convencidos también para volver a Sevilla, al servicio del rey, y así pudo el conde Enrique de Trastámara visitar a su madre cada día, que aunque presa lo era todavía en un régimen poco riguroso, como lo indica el que tuviera en su compañía a Juana Manuel, la prometida de su hijo Enrique. Era esta joven de sangre real -descendiente de Alfonso X por vía paterna y materna, e hija del infante don Juan Manuel- y tenía una cuantiosa fortuna. La antigua favorita carecía de libertad pero se rodeaba de gente amiga e incluso podía recibir visitas, como hemos visto.

Todavía Leonor, más pendiente del porvenir de sus hijos que de su propia seguridad, temerosa de que, como se rumoreaba, pudiera deshacerse el compromiso de su hijo con Juana para casarla con otro candidato más del gusto del monarca o con el rey mismo, persuadió a su hijo para que consumase el matrimonio con la joven en los mismos aposentos del Palacio Real de Sevilla donde estaba prisionera. La reina y sus fieles habían pensado en Juana Manuel como esposa del rey Pedro, pero con la hábil maniobra de Leonor ese plan quedó totalmente frustrado. Años después, los Trastámara basarían sus aspiraciones a la corona en los derechos dinásticos de Juana Manuel. De ahí la sagaz e importante maniobra política lograda por Leonor de Guzmán en favor de su hijo Enrique de Trastámara.
 
Con ese suceso justifican los petristas la subsiguiente dura prisión de Leonor sin permitirle que en adelante viera a nadie de los suyos y encerrarla luego en la plaza fuerte de Carmona, mientras Enrique de Trastámara salía huyendo con su esposa hacia sus tierras de Asturias. La reina no cejaba en su empeño de dañar la imagen y el prestigio de la antigua favorita. Tomándolo como una cruzada personal, la acusaba de promover revueltas contra el joven soberano, de conspirar con el rey de Aragón y de incitar a sus hijos a la rebelión.

 

 
EL TRÁGICO FINAL

La próxima estación del calvario de Leonor fue Llerena, donde se encontraba entonces el rey Pedro. Allí llegó la reina viuda que traía presa a Leonor, que “ posaba siempre en el palacio de la reina pero muy bien guardada ”. Hasta Llerena vino desde sus tierras del maestrazgo de Santiago su hijo Fadrique, que obtuvo del rey permiso para ver a su madre. Madre e hijo protagonizaron una emotiva escena de despedida que la guardia puso fin. Nunca volverían a verse.

El final de la venganza de la reina viuda se acercaba. Leonor fue llevada a Talavera de la Reina, un señorío propiedad de María de Portugal, donde la pusieron presa en el Alcázar. Allí fue sometida a todo tipo de torturas y vejaciones hasta que a finales del mes de marzo de 1351, un escudero de la reina la degolló con un rápido y limpio tajo en el cuello, por debajo de la barbilla, producido por una daga de corte fino. Nunca estuvo claro dónde la enterraron y se ignora aún hoy el paradero de sus restos.


Fuentes:
García Toraño, Paulino. El rey Don Pedro I el Cruel y su mundo. 1996 Marcial Pons,Ediciones Jurídicas y Sociales, S.A
Queralt del hierro, María Pilar. Mujeres de Vidas Apasionadas.2010 La Esfera de los Libros S.L
Fuente, María Jesús. Reinas medievales en los reinos hispánicos. 2004 La Esfera de los Libros S.L
Bueno Domínguez, María Luisa. Miradas Medievales: Más allá del hombre y de la mujer. Editorial DILEX, S.L. 2006
Escolar, Arsenio/ Escolar, Ignacio. El Justiciero Cruel. Ediciones Península 2012
Imágenes pertenecientes a la miniserie italiana "Fantaghiró".

martes, 24 de agosto de 2010

LEONOR DE GUZMÁN, El origen de la dinastía Trastámara ( I )


La Edad Media fue el escenario de los apasionados amores entre el rey Alfonso XI de Castilla y una bellísima dama llamada Leonor de Guzmán y Ponce de León. Su fruto fue el origen de una nueva dinastía: Los Trastámara. Ha pasado a la historia como “la favorita del rey” pero fue una auténtica reina en la sombra que, tanto por su influencia sobre el rey como por sus capacidades políticas, intervino directamente en los asuntos de Estado. Puso las bases para que, muchos años después de muerta, uno de sus hijos llegara a ser rey. Tan inteligente, poderosa y rica, que fue temida por sus rivales políticos. La muerte de su amante y protector significó el inicio de la caída en desgracia de la favorita. El rencor de la reina cayó entonces sobre Leonor, que recibió un trágico final.

 
UNA VIUDA MUY JOVEN

Leonor de Guzmán nació en Sevilla en 1310 en el seno de una noble familia que descendía, por línea materna, de los reyes de León. Era una mujer de extraordinaria belleza, dicen los cronistas de su tiempo que “ Era, dueña muy rica y muy fija dalgo y era en fermosura la mas apuesta muger que avia en el Reyno ”. La casaron con Juan de Velasco, miembro de otra de las familias linajudas castellanas de siempre, joven, apuesto, hacia el que sentía un verdadero amor. Pero tan sólo a los tres años de matrimonio, su esposo murió y Leonor pasó a ser una viuda con dieciocho años. La joven y hermosa viuda vivía en Sevilla en compañía de su abuela, retirada del mundo, alejada de los hombres.




LA RELACIÓN DE ALFONSO XI Y MARIA DE PORTUGAL
 
El rey Alfonso XI de Castilla se había casado con su prima María de Portugal. La joven reina tenía quince años y él andaba por los diecisiete. Desde un principio se produjo una falta de entusiasmo por parte de los dos, una boda que, además, necesitaba dispensa papal. Por tanto, la boda parte de una formalidad de Estado, en la que primaba la obligación dinástica. El carácter de la reina era poco agradable, se la consideraba una mujer adusta, difícil y, por tanto, en esa relación exigir amor y fidelidades resultaba posiblemente una labor ardua.

En algunos estudios que se han llevado a cabo sobre esta mujer se especula, cuando no se afirma, que ella odiaba a su esposo y que habría tenido un comportamiento muy intolerante al empeñarse en hablarle en portugués, idioma que al parecer él no entendía. Parece, además, que no era una mujer muy femenina, el calificativo de "machorra" que se le ha aplicado puede llevarnos a pensar que se alejaba bastante de la belleza femenina del momento.

Se intuye que las relaciones con ella debieron ser harto difíciles, lo que recuerda: Por la noche, cuando yacéis en mi cama, toda desnuda y a mi lado, no queréis que os tome, pues cuando quiero abrazaros para besaros, y cuando más ardiente estoy, rechináis como un diablo y ni siquiera volvéis vuestro rostro hacia mí, por más que me esfuerzo. Por el contrario os fingís enferma, y suspiráis, y os mostráis tan difícil de contentar que yo me atemorizo y no me atrevo a volver al asalto, ni al despertar por la mañana, por miedo a ser rechazado de nuevo.

Por tanto, se puede afirmar que hubo dificultades para mantener una relación íntima normal, que no se debió dar ningún tipo de complacencia. ¿Fue en estos momentos fiel el rey a su esposa? No se sabe, sí que Alfonso estaba rodeado de mujeres. No se puede asegurar que el rey le fue fiel, alegando que no quería dar mal ejemplo como monarca.
 
 

 
ALFONSO CONOCE A LEONOR DE GUZMÁN

El de Alfonso XI y Leonor de Guzmán fue un amor a primera vista y para toda la vida. El rey ya estaba casado con María de Portugal, pero hacía poca vida con ella, cuando conoció a la hermosa viuda en casa de Enrique Enríquez, esposo de la hermana de Leonor. Alfonso era joven, deseaba como todos los hombres, pero su esposa era lo bastante fría como para no llenar esos deseos. Ese vacío del rey lo llenaría con creces Leonor como amante, como mujer, como compañera.

 
LOS HIJOS DE LA FAVORITA
 
Leonor no sólo se presentaba como una mujer en la que el rey se apoyaba, sino que desde el punto de vista de la maternidad contrastaba con la reina María, que todavía no había dado un heredero al trono. La favorita, para dolor de la mujer legítima, era muy fecunda y enseguida tuvo un hijo. Alfonso celebró su nacimiento con una gran alegría y se le concedieron muchos bienes. Este primer hijo fue Pedro, que moriría muy rápido. La crueldad de la situación es que Alfonso debía tener un hijo legítimo de la mujer que no amaba y María debería cumplir esa función de Estado.

Leonor seguía junto al rey y un año más tarde nacía Sancho, otro infante que no duraría mucho y cuyo terrible aspecto pudo hacer vacilar a la pareja si aquel hijo extraño podía ser un castigo por las relaciones que ellos mantenían. La bella Leonor tuvo diez hijos en los veinte años de convivencia con el rey y se llamaron Pedro, Sancho, Enrique de Trastámara, Fadrique, Fernando, Tello, Juan, Juana, Sancho y Pedro. Rica por familia, Leonor acabó siéndolo aún muchísimo más por las donaciones que le hizo el rey, que acostumbraba a recompensarla tras el nacimiento de cada hijo con la entrega de distintos señoríos.




 LA PODEROSA LEONOR DE GUZMÁN

Reunió un enorme patrimonio a lo largo de su relación con Alfonso. Éste solía recompensarla con diversos señoríos en las tierras recién conquistadas a los musulmanes y otro tanto hacía con su numerosa descendencia, llegó incluso a entregarles lugares que él había prometido no ceder nunca. Aparte de las donaciones del monarca, Leonor recibió regalos de otros personajes importantes. El patrimonio acumulado por Leonor la convirtió en una gran señora feudal, “dueña y señora de Castilla”, y disfrutaba de los derechos que eso significaba. Su obsesión por amasar un buen patrimonio se debió principalmente a su deseo de dejar una herencia respetable a cada uno de sus hijos, aunque muchos de ellos no llegaron a mayores. Sabía que sus hijos, como ilegítimos, no tenían derecho a heredar el trono.

Además de tierras consiguió del rey diversos cargos cortesanos para su familia y su entorno personal. Por ejemplo, su hijo Fadrique fue nombrado Maestre de la Orden de Santiago sin que conste que nadie se opusiera, pese a que el muchacho tenía en aquel momento solamente diez años. Quizá por esto es la propia Leonor quien controla personalmente la orden y guarda en su cámara los sellos con los que el Maestre emite los documentos y los gobierna.
 


Alfonso no dejaba a Leonor fuera de los proyectos, de las dudas y de sus actuaciones. Ella era la consejera más cercana al rey y la que tenía mayor ascendiente sobre él. No era reina pero recibía honores de reina y se comportaba como tal. Permanecía casi constantemente junto a Alfonso XI, a quien acompañaba con frecuencia y sin desmayo en sus desplazamientos y expediciones militares – incluso en los campamentos levantados para el cerco militar de plazas atacadas- llegando a figurar en el cortejo real que entró en Algeciras tras su conquista.

Intervenía en la vida pública en funciones casi de valida o privada: otorgaba cartas de población, confirmaba privilegios regios y franquicias, recibía a embajadores ... Acudían a ella nobles, clérigos y embajadores de reyes y hasta el primado de España encarecía sus virtudes. Tanta era su influencia que hasta el rey Eduardo III de Inglaterra se dirigió a ella en más de una ocasión solicitando su apoyo en las gestiones del matrimonio del heredero de Castilla con una princesa inglesa. Leonor fue tratada como una reina por Aragón, Navarra, Francia e Inglaterra.

Leonor no estaba sola en la corte, ni muchísimo menos. A su alrededor había formado una influyente camarilla con hijos, parientes y partidarios. La favorita completaba esos vínculos, tejía alianzas y trenzaba intereses con otros nobles mediante una calculada política de acuerdos matrimoniales para sus hijos, a los que les buscaba pareja con posibles desde niños.

 


SIN AMBICIÓN DE SER REINA

No hay noticias de que quisiera ser la esposa del monarca, da la sensación de que se conformaba con el amor que le profesaba su regio amante y nunca trató de que el rey se separara de quien era su legítima esposa. Cuando apenas llevaba un año con el rey y éste aún no tenía descendencia con su esposa, el infante don Juan Manuel, nieto de Fernando III, intentó convencerla de que solicitara al Papa la anulación del matrimonio del rey y se casara con el monarca. Leonor no hizo nada. Tal vez consciente de las consecuencias políticas que ello podía tener – la primera, la guerra con Portugal- prefirió no alterar su estatus.

 
LOS OPOSITORES DE LEONOR

La favorita tuvo sus detractores. Sus maniobras políticas intrigaron sobre todo a don Juan Manuel, el jefe de una liga nobiliaria que vio con inquietud y alarma cómo medraban Leonor de Guzmán y los nobles de su órbita. La consideraba una mala mujer, es decir, lujuriosa y cuyos hijos eran ni más ni menos frutos de la lascivia y del pecado. Tampoco el papa Benedicto XII la aceptaba.



 
LA REACCIÓN PORTUGUESA

La relación del rey con Leonor de Guzmán no era del agrado de la abuela del monarca, la reina Isabel de Portugal, la futura Santa Isabel, que en Burguillos rogaría a su nieto que dejara aquella relación. Desde que estos amores se hicieron de dominio público, el monarca portugués Alfonso IV se enfrentó en repetidas ocasiones a su yerno castellano, consciente de las humillaciones que vivía su hija. El rey de Portugal intentó romper la relación de Leonor con Alfonso por todos los medios: negó su colaboración en la lucha contra los musulmanes, solicitó la intervención del Papa, apoyó las revueltas nobiliarias contra el rey. Todo fue en vano. Incluso suegro y yerno se enfrentaron en una guerra desatada por el portugués y ganada por el castellano. 

Después de que Alfonso XI se comprometiera a poner fin a su relación con Leonor y a encerrarla en un convento, la paz volvió a establecerse entre los reinos vecinos hasta el punto de aliarse para combatir a los musulmanes en la batalla del Salado, un combate que supuso la derrota definitiva de los benimerines. Librada la batalla, Alfonso y Leonor se reunieron de nuevo. El rey sólo podía pensar en ella y por eso, aunque hubiera hecho promesas de que acabaría su relación con Leonor, no podía hacerlo porque la fuerza de lo que sentía se lo impedía.


 
 
EN SEGUNDO PLANO
 
No fue tampoco la vida fácil para Leonor, porque al estar casado Alfonso con María había momentos que la legitimidad obligaba por encima del amor, es decir, el rey debía dejar a Leonor y acudir a los actos con su esposa. La favorita, entonces, quedaba relegada a un segundo plano. La reina, como esposa legítima, aparecía junto al monarca en documentos y en actos oficiales. En 1334 el embarazo de María y el posterior nacimiento del infante Pedro en Olmedo, obligaron a separarse de nuevo a los amantes. Leonor se quedó en Tordesillas esperando a que pasaran todos los fastos del bautizo. La reina había tenido otro hijo llamado Fernando, pero murió antes de cumplir un año.
 
 
LA MARGINACIÓN DE LA REINA Y SU HIJO

Mientras que los hijos de Leonor y ella misma disfrutaban de la preeminencia de vivir junto al rey, quien mostraba la predilección que profesaba a sus hijos ilegítimos y los trataba como su auténtica familia; la reina, el infante Pedro y sus deudos, por el contrario, vivían postergados, marginados y alejados de la corte y de las decisiones políticas y económicas que en ella se tomaban. La reina vivía poco menos que recluida entre el alcázar sevillano y el monasterio cisterciense de San Clemente, también en Sevilla, acompañada de su único hijo.

Pedro era un príncipe distanciado de su padre, lo que seguramente influyó tanto en su formación como en su carácter. Un hijo único casi abandonado que lo más probable es que supiera que sus hermanos veían y trataban al padre con mayor asiduidad. Dado que la favorita acompañaba a todas las partes al rey podemos imaginar la humillación de la reina María, a la que no le quedaría más remedio que aceptar una realidad: Alfonso vivía en la bigamia, y resignarse a su suerte. Hay que reconocer que mantuvo una actitud de gran dignidad, que desaparecería a la muerte del que fue su esposo.
 
La apasionante  historia de Leonor de Guzmán continúa en este enlace: http://mujeresdeleyenda.blogspot.com.es/2010/08/leonor-de-guzman-el-origen-de-la_25.html
 

Fuentes:
García Toraño, Paulino. El rey Don Pedro I el Cruel y su mundo. 1996 Marcial Pons, Ediciones Jurídicas y Sociales, S.A
Queralt del hierro, María Pilar. Mujeres de Vidas Apasionadas. 2010 La Esfera de los Libros S.L
Fuente, María Jesús. Reinas medievales en los reinos hispánicos. 2004 La Esfera de los Libros S.L
Bueno Domínguez, María Luisa. Miradas Medievales: Más allá del hombre y de la mujer. Editorial DILEX, S.L.  2006
Escolar, Arsenio/ Escolar, Ignacio. El Justiciero Cruel. Ediciones Península 2012
Imágenes pertenecientes a la miniserie italiana "Fantaghiró".

lunes, 23 de agosto de 2010

CATALINA DE ERAUSO, La Monja Alférez

Dedico esta entrada a Antonio Luis, quien me escribió hablándome de una serie de intrépidas mujeres navegantes de la historia. La primera que me llamó la atención es la llamada “Monja Alférez”, una mujer rebelde que vivió y luchó como un hombre a principios del siglo XVII. Esta es su curiosa vida.

Catalina de Erauso vino al mundo en San Sebastián en 1592. Era hija de un militar, Miguel de Erauso y de María Pérez de Gallárraga y Arce. A la tierna edad de cuatro años fue internada en el convento de San Sebastián el Antiguo, del que una tía suya era la priora. Su infancia y adolescencia las pasó entre rezos y crucifijos, llevando una austera vida monacal. Pero su carácter inquieto y rebelde no iba en consonancia con la tranquila forma de vida de intramuros. Tras una discusión en el claustro con una robusta novicia, en la que Catalina recibió varios golpes, fue confinada a su celda. Esto motivó que se decidiera a marchar del convento. Fue así como, en 1607, con apenas quince años de edad, colgó los hábitos y disfrazada de labriego cruzó las puertas del convento para no regresar nunca.


Vivió en los bosques y se alimentó de hierbas, anduvo de pueblo en pueblo llegando hasta Valladolid y desde allí volvió a Bilbao. Siempre vestida como un hombre y con el pelo corto, usando nombres diferentes como Pedro de Orive, Francisco de Loyola, Alonso Díaz, Ramírez de Guzmán o Antonio de Erauso. Algunos autores afirman que su aspecto físico le ayudó a ocultar su condición femenina. Se la describe como de gran estatura para su sexo, más bien fea y sin unos caracteres sexuales femeninos muy marcados. Pedro de la Valle nos dice de ella que " no tiene pechos, que desde muchacha me dijo haber hecho no sé qué remedios para secarlos y dejarla llana como le quedaron ... ". También se dice que nunca se bañaba y que debió adoptar comportamientos masculinos para así poder ocultar su verdadera identidad.

Bajo alguno de estos nombres logró llegar a Sanlúcar de Barrameda, embarcando más tarde en una nave hacia el Nuevo Mundo. En tierras americanas desempeñó diversos oficios, recalando en el Perú. En 1619 viajó a Chile, donde, al servicio de la corona, participó en diversas guerras de conquista. Destacada en el combate, rápidamente adquirió fama de valiente y diestra en el manejo de las armas, lo que le valió alcanzar el grado de alférez sin desvelar nunca su auténtica condición de mujer.


Amante de las riñas, del juego, los caballos y el galanteo con mujeres, como corresponde a los soldados españoles de la época, fueron varias las veces en que se vio envuelta en pendencias y peleas. En una de ellas, en 1615, en la ciudad de Concepción, actuó como padrino de un amigo durante un duelo. Como quiera que su amigo y su contrincante cayeron heridos al mismo tiempo, Catalina tomó su arma y se enfrentó al padrino rival, hiriéndole de gravedad. Moribundo, éste dio a conocer su nombre, sabiendo entonces Catalina que se trataba de su hermano Miguel. En sus memorias confiesa alguna aventura lésbica, como cuando una ventera la sorprende " andándole a la hija entre las piernas ".

En otra ocasión, estando en la ciudad peruana de Huamanga en 1623, fue detenida a causa de una disputa. Para evitar ser ajusticiada, se vio obligada a pedir clemencia al obispo Agustín de Carvajal, contándole además que era mujer y que había escapado hacía ya bastantes años de un convento. Asombrado, el obispo determinó que un grupo de matronas la examinarían, comprobando que no sólo era mujer, sino virgen. Tras este examen, recibió el apoyo del eclesiástico, quien la puso bajo su tutela y la envió a España. Conocedores de su caso en la corte, fue recibida con honores por el rey Felipe IV, quien le mantuvo su graduación y empleo militar y la llamó "monja alférez", autorizándola además a emplear un nombre masculino.


El relato de sus aventuras se extendió por Europa y Catalina visitó Roma donde fue recibida por el papa Urbano VIII. El pontífice la autorizó a continuar vistiendo de hombre. A continuación fue a Nápoles, donde también su presencia suscitó admiración. Paseando por el puerto de aquella ciudad, refiere ella misma en sus memorias, unas jovencitas acompañadas de unos mozalbetes quisieron burlarse de ella, diciéndole: " Signora Catalina, dove si cammina?" A lo que ella respondió: "A darles a ustedes unos pescozones, señoras putas, y unas cuchilladas a quien se atreva a defenderlas".

En 1630, viajó de nuevo a América y se instaló en México, donde regentó un negocio de arriería o transporte de mercancías entre la capital mexicana y Veracruz. A partir de 1635 poco se sabe de su vida, salvo que murió en Cuitlaxtla, localidad cercana a Puebla, quince años más tarde. Sin embargo, tampoco se conocen las causas de su fallecimiento, pues unos dijeron que había muerto asesinada, otros que en un naufragio y otros, los más dados a la fantasía, que se la había llevado el diablo.

Catalina de Erauso escribió o dictó sus propias memorias, la "Historia de la monja alférez", publicadas en París mucho más tarde, en 1829, y traducidas a varios idiomas. Surgieron adaptaciones como la de Thomas De Quincey, titulada en inglés The Ensign Nun, así como obras de teatro y películas.



Fuentes:
http://es.wikipedia.org/wiki/Catalina_de_erauso
http://www.artehistoria.jcyl.es/historia/personajes/5841.htm

domingo, 22 de agosto de 2010

LA EJECUCIÓN DE MARÍA ESTUARDO


María Estuardo, en su confinamiento en el castillo de Fotheringhay, recibió la noticia de que había sido declarada culpable y condenada a muerte con absoluta calma. Replicó con gran dignidad y sin mostrar ninguna emoción: "Os agradezco esta buena nueva. Me haréis un gran bien al retirarme de este mundo del que me alegro mucho de salir ”. Aludió a su calidad de reina y a su sangre real, añadiendo que, a pesar de ello, “ sólo tristeza he tenido durante toda mi vida”, y diciendo que le llenaba de alegría tener al fin la oportunidad de derramar su sangre por la Iglesia Católica.

La reina de Escocia puso entonces su mano sobre el Nuevo Testamento, que era la versión católica de la Biblia, y solemnemente se proclamó inocente de todos los crímenes que se le imputaban. Le ofrecieron a continuación los servicios de un deán protestante para ayudarla a prepararse para su fin y eliminar de su mente los desatinos y abominaciones del Papismo. María pidió su propio capellán para preparar su alma pero se lo negaron de plano. Todas las peticiones que formuló le fueron denegadas.


Por Ardell Morton


Repartió el dinero que le quedaba en pequeñas porciones y lo guardó en paquetes, en cada uno de los cuales escribió por sí misma el nombre del sirviente a quien iba destinado. De sus pertenencias, apartó varios recuerdos para personas reales y parientes suyos del extranjero. Dejó emotivas cartas de despedida para sus amigos en el extranjero que habían hecho tanto por salvar su vida. Entre ellos al embajador español: “ Muero por una buena causa, satisfecha de haber cumplido con mi deber (…). Aceptad de mi parte como símbolo de mi agradecimiento esta joya que os envío. Es un diamante, por el cual siento un gran cariño por ser con el que el último duque de Norfolk me hizo su juramento de casarse conmigo y que lo he llevado siempre encima desde entonces ”. Este anillo fue enviado por el embajador Mendoza al rey Felipe II, quien lo guardó en El Escorial a la espera de que algún día se convirtiera en la reliquia de una reina mártir.

Redactó un cuidadoso testamento en el que pedía que se celebraran en Francia misas de réquiem y establecía minuciosas disposiciones financieras en beneficio de sus servidores. Aparte de eso, había legados caritativos en favor de los niños pobres y los frailes de Reims, e instrucciones de que su carruaje se utilizara para transportar a sus mujeres a Londres, donde se podrían vender los caballos para sufragar sus gastos, lo mismo que sus muebles, a fin de que pudieran pagarse el regreso a sus países de origen.


Durante toda la noche, llegaba el ruido de martillazos desde el gran salón donde estaba siendo erigido el cadalso. Se oían las botas de los soldados resonando incesantemente ante la habitación de la reina, pues su carcelero Paulet les había ordenado que ejercieran especial vigilancia en aquellas últimas horas, no fuera que su víctima lograra escapar al final. La reina yacía en su cama sin dormir, con los ojos cerrados y una sombra de sonrisa en el rostro. Así transcurrió la breve noche. A las seis, mucho antes de que apuntara el alba, la reina se levantó, entregó el testamento, distribuyó sus bolsas y dio a las mujeres un abrazo de despedida. A los hombres les dio a besar su mano. Luego, entró en su pequeño oratorio y rezó a solas. Estaba sumamente pálida pero muy tranquila. Le dieron un poco de pan y vino para que mantuviera sus fuerzas.

El día amaneció claro y soleado. Entre las ocho y las nueve, sonó un fuerte golpe en la puerta y un mensajero gritó desde el otro lado que los Lores estaban esperando a la reina. María pidió unos momentos para terminar sus oraciones, lo que produjo en los Lores que se encontraban afuera el temor a una resistencia en el último instante. Incapaces de creer en el valor de su cautiva, habían dado crédito a los informes según los cuales la reina de Escocia había dicho que no iría voluntariamente hasta el tajo sino que tendría que ser arrastrada hasta él. Pero cuando el alguacil mayor de Northampton entró en la estancia, encontró a María serenamente arrodillada en oración ante el crucifijo que pendía sobre el altar. Su criado llevó ante ella este crucifijo mientras era escoltada hasta el gran salón, situado en la planta baja del castillo. Se había instalado un estrado de madera donde estaba colocado el tajo, así como un pequeño escabel almohadillado para que la reina se sentara en él mientras se la desnudaba. Ya estaba allí la gran hacha, como las que se usan para cortar leña.



La reina hizo su entrada en el gran salón en medio de un absoluto silencio. Según una versión, el número de espectadores allí congregados para presenciar la ejecución era trescientos. Vestida enteramente de negro, salvo por el largo velo ribeteado de encaje que caía a su espalda hasta el suelo y la rígida y picuda toca blanca, avanzó impasible hacia el estrado caminando con inmensa dignidad. Sostenía en una mano un crucifijo y un devocionario, y dos rosarios colgaban de su cintura. En torno al cuello llevaba una cadena de hierbas aromáticas y un Agnus Dei. Una gran hoguera se había encendido en la chimenea para combatir el frío del gran salón.

Una vez subidos los tres peldaños del estrado, la reina escuchó pacientemente mientras se daba lectura al mandamiento de su ejecución. Su expresión se mantenía inalterable. Manifestó su primer signo de emoción cuando el deán de Peterborough se adelantó y se dispusó a arengar a la reina conforme a los ritos de la religión protestante. "Señor deán - dijo la reina con firmeza- estoy arraigada en la antigua religión católica romana y dispuesta a verter mi sangre en su defensa". Dos condes llamados Shrewsbury y Kent la exhortaron a que le escuchase e, incluso, ofrecieron rezar con la reina, pero María rechazó con decisión todas estas propuestas: "Si rezáis conmigo, Milores, os lo agradeceré, pero no me uniré en la oración, pues vos y yo no somos de una misma religión". Y, cuando el deán, atendiendo la indicación de los condes, se arrodilló finalmente en los escalones del cadalso y empezó a rezar en voz alta, María no le prestó atención, sino que se volvió y comenzó a rezar en latín en su propio devocionario, deslizándose de su escabel en medio de estas oraciones hasta quedar postrada de hinojos.


Cuando el deán hubo terminado al fin, la reina cambió sus oraciones y empezó a rezar en inglés por la Iglesia Católica inglesa, por su hijo y por la reina Isabel, para que pudiera servir a Dios en los años venideros. Kent le reprochó: "Señora, instalad a Jesucristo en vuestro corazón y abandonad esas falsedades". Pero la reina continuó orando, pidiendo a Dios que no descargara su ira sobre Inglaterra e invocando a los santos para que intercediesen por ella. Besó el crucifijo que sostenía y, santiguándose, terminó: "Así como tus brazos se extendieron aquí, en la Cruz, así, oh Jesús, recíbeme en tus brazos de misericordia y perdóname todos mis pecados". 

Cuando las oraciones de la reina hubieron terminado, los verdugos le pidieron, como era costumbre, que los perdonara de antemano por causarle la muerte. María respondió al punto: "Os perdono de todo corazón, pues espero que ahora pondréis fin a todos mis pesares". Luego, los verdugos, ayudados por Jane Kennedy y Elizabeth Curle, dos damas de la reina, la ayudaron a desvestirse. Despojada de su vestido negro quedó con su saya roja y se vio que sobre ella llevaba un corpiño de satén rojo, adornado con encajes y escotado por la espalda. Pero era un rojo oscuro, una especie de marrón carmesí, no escarlata como se ha sugerido a veces. Una de sus damas le entregó un par de guantes rojos. Y fue así, vestida de rojo, el color de la sangre y el color litúrgico del martirio en la Iglesia Católica, como murió la reina de Escocia.




Conforme a la costumbre, los verdugos extendieron las manos para coger los ornamentos de la reina, que eran para ellos. Cuando tocaron el largo rosario de oro, Jane Kennedy protestó. Este rosario estaba destinado a la amiga de la reina, Ana Dacres. La propia María intervino y dijo que el verdugo Bull sería compensado con dinero en su lugar, y la misma promesa hubo de hacerse con respecto al Agnus Dei. Pero era notable que, mientras sus pertenencias le eran arrebatadas, la reina ni lloró ni cambio su tranquila y casi feliz expresión. Conservó, incluso, su serenidad lo bastante como para decir refiriéndose a los verdugos, que nunca había tenido tan eficaces ayudas de cámara. 

Fueron las damas de la reina quienes no pudieron contener sus lamentos. Mientras lloraban, se santiguaban y murmuraban trozos de oraciones latinas. Finalmente, la reina tuvo que volverse hacia ellas y, recordando su promesa a Shrewsbury de que no llorarían ruidosamente si se les permitía estar en el salón, las amonestó suavemente en francés: Ne crie point pour moi. J'ai promis pour vous ... Una vez más, les pidió que no se entristecieran, sino que se alegrasen, pues pronto iban a contemplar el fin de todas sus penalidades. Volviéndose hacia sus criados varones, que estaban sentados en un banco cerca del cadalso, corriéndoles las lágrimas por el rostro y rezando en francés, escocés y latín mientras se santiguaban sin cesar, les dijo que se consolaran, al tiempo que les dirigía una sonrisa para tranquilizarles. Pidió también a aquellos hombres que rogaran por ella hasta el último instante.


Había llegado el momento de que Jane Kennedy vendara los ojos de la reina con el paño blanco bordado de oro que la propia María había elegido para ese fin la noche anterior. La dama de la reina besó primero el paño y, luego, lo arrolló en torno a los ojos de su señora y por encima de su cabeza, de modo que sus cabellos quedaron cubiertos como por un turbante blanco y sólo el cuello quedó completamente desnudo. Las dos mujeres se retiraron entonces del estrado. María Estuardo, sin la más mínima señal de miedo, se arrodilló una vez más en el cojín situado ante el tajo. Recitó en voz alta, en latín, el salmo In Te Domino confido, non confundat in aeternum, y luego, buscando a tientas el tajo apoyó en él la cabeza poniendo cuidadosamente la mejilla con las dos manos, de tal modo que, si uno de los verdugos no se las hubiera retirado, habrían quedado directamente en la trayectoria del hacha.

La reina extendió los brazos y las piernas y después exclamó: “En tus manos, oh señor, encomiendo mi espíritu”. Invocación que repitió tres o cuatro veces. Mientras la reina permanecía allí tendida, completamente inmóvil, el ayudante de Bull puso la mano sobre su cuerpo, a fin de afianzarlo para el terrible hachazo. Aun así, el verdugo no acertó el cuello en el primer golpe y dio en la nuca. Los labios de la reina se movieron y sus sirvientes creyeron oír que susurraba las palabras: “Buen Jesús”. El segundo golpe seccionó el cuello a excepción de un pequeño tendón, que fue cortado utilizando el hacha a manera de sierra. Eran las diez de la mañana del miércoles 8 de febrero de 1587, tenía la reina de Escocia cuarenta y cuatro años.



En el gran salón, ante los espantados ojos de la multitud, el verdugo levantó en alto la cabeza de María Estuardo al tiempo que gritaba: “Dios salve a la reina”. Los labios se movían aún y continuaron haciéndolo durante un cuarto de hora después de la muerte. Pero en este momento se produjo un impresionante y espectral espectáculo: las pardorrojizas trenzas se separaron del cráneo y la cabeza cayó al suelo. María se había puesto una peluca que ocultaba sus cortos cabellos grises. El deán de Peterborough clamó con potente voz: “Así perezcan todos los enemigos de la reina” y Kent, en pie junto al cadáver, repitió como un eco: “Tal sea el fin de todos los enemigos de la reina y del Evangelio”. Pero Shrewsbury no podía hablar y tenía el rostro cubierto de lágrimas.
 
Llegó el momento para los verdugos de despojar al cuerpo de todos sus ornamentos antes de entregárselo a los embalsamadores. Pero, en este punto, se descubrió un extraño y patético homenaje a aquella devoción que María Estuardo había despertado siempre en quienes la conocían íntimamente. Su perrillo faldero, un terrier Skye, que había logrado acompañarla al salón escondido bajo sus largas faldas, había salido de entre sus sayas y, en su pena, se había instalado lastimeramente junto a la cercenada cabeza y los hombros. No se le podía ahuyentar, pues obstinada y ciegamente se aferraba a la única cosa que podía encontrar en el salón que todavía le recordaba a su ama muerta.


Parecía que en Fotheringhay se había producido un asesinato. Las sollozantes mujeres del salón fueron expulsadas y encerradas en sus habitaciones. Se cerraron con llave las puertas del castillo para que nadie pudiera salir y comunicar la noticia al mundo exterior. El cadáver fue depositado sin ninguna ceremonia en la sala de audiencias e incluso el cuerpo permaneció envuelto en la tosca funda de lana de su propia mesa de billar. El tajo manchado de sangre fue quemado. Toda partícula de ropa u objeto de devoción que pudiera ser relacionado con la reina de Escocia fue quemado, fregado o lavado, a fin de que no quedara ni rastro de su sangre que pudiera constituir una sagrada reliquia en el futuro. El perrillo fue lavado una y otra vez, aunque a partir de entonces se negó a comer y murió. A los verdugos no se les permitió quedarse con los objetos por los que habían luchado, ya que los custodios los confiscaron y los sustituyeron por dinero.

Hacia las cuatro de la tarde, al cadáver se le extrajeron sus órganos, incluyendo el corazón, los cuales fueron entregados al alguacil mayor que los hizo enterrar en secreto en el castillo de Fotheringhay. Jamás se reveló el lugar exacto. El médico llegado de Stamford examinó el cuerpo antes de embalsamarlo con la ayuda de otros dos médicos. Encontró el corazón en buen estado, y la salud del cuerpo y de los demás órganos, aparte de una ligera cantidad de agua, no tan desmejorada como para justificar el pronóstico de Cecil de que la reina habría muerto de todas formas. El cadáver fue luego envuelto en un sudario de cera e introducido en un pesado ataúd de plomo por orden expresa de Walshingham.



Tumba de María de Escocia en la Abadía de Westminster, Londres.



María Estuardo fue sepultada inicialmente en la catedral de Peterborough, en donde se encuentra la tumba de otra reina desdichada, Catalina de Aragón. En 1612 los restos de la reina de Escocia fueron exhumados por orden de su hijo el rey Jacobo I de Inglaterra, para ser enterrada en la abadía de Westminster en un monumento funerario tallado en mármol obra del escultor real Cornelius Cure. Permanece allí, a solamente 9 metros del sepulcro de su prima segunda Isabel Tudor. La permanencia durante veinticinco años en la catedral de Peterborough del cuerpo de María Estuardo, está señalada por una lápida existente en la columna contigua y frente a ella penden dos banderas escocesas, colocadas allí en 1920 por la Peterborough Caledonian Society.



Fuentes:
Revista La Aventura de la Historia nº 141
Antonia Fraser, María Estuardo, reina de los escoceses. 1972 PLAZA & JANES S.A. editores
http://es.wikipedia.org/wiki/Mar%C3%ADa_I_de_Escocia
http://periodmovies.blogspot.com.es/2008/03/mary-queen-of-scots-execution-gown.html
Imágenes pertenecientes a la película " Elizabeth, The Golden Age"

viernes, 20 de agosto de 2010

MARÍA ESTUARDO, Reina de Escocia ( V )



Isabel I dictaminará que María comparezca ante la justicia inglesa por el asesinato de Lord Darnley. El tribunal se reúne en York para tal fin entre octubre de 1568 y enero de 1569, ante el cual María deberá comparecer como acusada. La reina María niega la potestad del tribunal de York, con el agravante de que los jueces eran ingleses, rehusando responder de sus actos amparándose en su condición de reina y soberana ungida que la hacían teóricamente intocable; una reina tan solo debía responder de sus actos ante Dios y nadie más.

El caso se complicó por "las cartas del cofre", que eran ocho cartas presumiblemente de María a Bothwell, en las que aparentemente quedaba gravemente comprometida la inocencia de la reina escocesa en el complot y atentado contra su marido, Lord Darnley. Las famosas cartas habían sido enviadas por el conde de Morton, tras ser encontradas en un pequeño cofre de plata que tenía grabado la letra F - posiblemente la inicial de su primer marido, Francisco II de Francia - junto con otros documentos como el certificado de matrimonio entre María y Bothwell.


El tribunal negó la posibilidad a María de comprobar la autenticidad de las pruebas e incluso hacerse cargo de su propia defensa ante tamañas acusaciones. Rehusó, por su parte, escribir de su puño y letra una carta para defenderse si no recibía antes de su prima Isabel I la garantía de un veredicto de absolución. La autenticidad de las cartas del cofre ha sido la fuente de mucha controversia entre los historiadores. Las originales se perdieron en 1584 y las copias disponibles en varias colecciones no forman un juego completo. Los posteriores estudios sobre el estilo de la escritura de las cartas han concluido que no fueron hechas por María. La reina escocesa argumentó que su escritura era fácil de imitar y juró que nunca las escribió. El tribunal concluyó finalmente que le era imposible verificar el origen de las cartas.


por Philipe Jacques van Bree



María Estuardo quedaría confinada en una serie de castillos ingleses, durante dieciocho largos años de cautiverio, fuertemente custodiada. En alguno de ellos, su situación en el interior de la fortaleza distó mucho de ser lujosa. Llegó a encontrarse privada por completo de poder efectuar ejercicio físico regular y su salud se deterioró rápidamente. Y pese a varios intentos, nunca llegó a encontrarse con su prima y rival. Escribió muchas cartas a Isabel I con súplicas de socorro para recuperar su trono escocés y confiaba en la reina inglesa para lograr este fin. En cuanto a Bothwell, fue encarcelado en una prisión danesa en donde falleció totalmente trastornado en 1578. La anulación del matrimonio de María con Bothwell no se obtuvo hasta finales del verano de 1576.


Isabel Tudor



La cautividad de María Estuardo provocó varios complots de sus partidarios con el fin de liberarla, derrocar a Isabel I y de sentarla en el trono inglés. Los conspiradores necesitaban la ayuda de un monarca católico y poderoso y quién mejor que Felipe II. No habría ninguna insurrección católica en Inglaterra sin el apoyo armado de España. La reina Isabel, que no se decidía a ejecutar a su prima, sugirió que María fuera secretamente asesinada por su carcelero Paulet, que rechazó ejecutar el plan de su señora. Paradójicamente, María se vio salvada de la muerte secreta, que ella temía, por la acción del puritano que tanto se había esforzado para hacer incómodos y humillantes sus últimos meses.


Don Juan de Austria




Felipe II



Desde su cautiverio, excitaba la imaginación romántica de hombres que, como el mismísimo don Juan de Austria, entusiasmado con la idea de salvar a María y convertirse en rey de Inglaterra, soñaban con ser caballeros andantes rescatando princesas y poniendo sus vidas al servicio de la religión. Un inglés diría con admiración de don Juan: “ Sin duda, jamás vi un caballero comparable a él en apostura, palabra, ingenio y modales. Si el orgullo no le hace caer, es fácil que se convierta en un gran personaje ”.

Por enferma que estuviera, María Estuardo no abandonaba las esperanzas de liberación. Estaba tan ansiosa por atraerse la aprobación del rey Felipe II que otorgó un testamento en el que transmitía al soberano español sus derechos a la corona inglesa, suponiendo que su hijo y heredero inmediato Jacobo nunca retornara a la verdadera Iglesia Católica.


Mientras María languidecía en su cautiverio, su hijo se había hecho precozmente adulto. Jacobo jamás se mostró como un hijo amoroso, y mucho menos obediente, para María. Recibió una educación estrictamente protestante a pesar de que sus padres lo habían bautizado como católico. No sólo fue totalmente privado en su niñez del amor de una madre, sino que fue también instruido para considerar a su madre como la asesina de su padre, una adúltera que lo había abandonado para estar con su amante y, por último, protagonista de una perversa y herética religión.


Sir Francis Walshingham, considerado el creador del espionaje moderno, era secretario de Estado de la reina Isabel desde 1573, odiaba a los católicos y a todas las fuerzas que los representaban. Y, por supuesto, a María Estuardo. Maquinó un plan perverso para obtener pruebas que incriminasen a la reina escocesa en una conspiración para asesinar a Isabel Tudor, haciendo que la misma María se las entregara involuntariamente. Fue detenida, acusada de traición y condenada a muerte, mientras los conspiradores fueron cruelmente torturados y ejecutados.



Fuentes:
Revista La Aventura de la Historia nº 141
Antonia Fraser, María Estuardo, reina de los escoceses
1972 PLAZA & JANES S.A. editores
http://es.wikipedia.org/wiki/Mar%C3%ADa_I_de_Escocia
http://retratosdelahistoria.lacoctelera.net/post/2008/10/17/maria-i-reina-escocia-3


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