En los últimos días de Junio de 1513, Catalina acompañó a Enrique a la costa en lentas jornadas. El rey creyó llegado el momento de pasar el canal de la Mancha y así lo hizo con todo su ejército magníficamente vestido y pertrechado, los caballos hermosamente enjaezados, las tiendas bordadas de oro y los gallardos Compton, Brandon, Bryan y el limosnero mayor, el ascendiente Wolsey, todos ellos con ilusiones épicas. En Dover, cuatrocientos barcos aguardaban para transportar a su soberano al escenario de sus esperadas victorias.
En la playa de Dover, Enrique hizo que Catalina fuera proclamada Gobernadora del Reino y Capitán General de las fuerzas de defensa del interior. Se quedaba para asesorarla un exiguo consejo: el arzobispo de Canterbury y el anciano Thomas Lowell. Y para guardar la frontera del norte, que era la más difícil y levantisca, se nombró al conde de Surrey que tenía setenta años. La reina quedaba pendiente de mantener el abastecimiento con Francia. Catalina se mostró orgullosa y feliz de su nueva posición. Y el 30 de junio, el soberano inglés embarca para Calais con lo más granado de sus efectivos militares.
Pero otras cosas verdaderamente graves sucedían en Inglaterra. Tan pronto como los escoceses se aseguraron de que el rey Enrique no estaba allí con sus tropas, rompieron la frontera e invadieron el norte del país de la reina Catalina, pero ella se dedicaba con energía y discreción a la tarea de gobernar y proteger a Inglaterra. El anciano conde de Surrey fue a reclutar tropas entre sus arrendadores, las fronteras fueron alertadas y Catalina guió al Consejo en la doble tarea de proporcionar armas al ejército de Flandes y de prepararse para la invasión del Norte.
Entre las actuaciones políticas que llevó a cabo la reina, estuvo la de solicitar al Parlamento y al Consejo más dinero para poder sustentar las dos heridas bélicas abiertas, una en Francia y otra en tierras escocesas. Catalina lo necesitaba para comprar armas, pagar a los hombres que estaban alistándose para luchar en las márgenes de las tierras altas, para modernizar la caballería y para el avituallamiento de sus tropas.
Las arcas del tesoro estaban mermando de una forma vertiginosa. Los gastos eran excesivos. Desde hacía semanas la reina había dejado de realizar fiestas y cacerías en la corte. Los lujos habían quedado apartados en palacio. Además, había cambiado de residencia, yéndose a vivir al palacio de Buckingham, más pequeño y donde se necesitaban menos sirvientes. A su vez mandó realizar un estudio en algunas ciudades y condados de Inglaterra para conocer cuáles eran los más ricos y así gravarles con impuestos especiales.
En medio de la firma de cédulas y órdenes Catalina encontraba tiempo para escribir un río de cartas a Francia. Se las arreglaba para escribir una vez a la semana y para que todos los correos le trajeran de vuelta una carta, al menos de Wolsey si Enrique estaba demasiado absorbido con la guerra. La inquietaba la temeridad de Enrique en las batallas y su tendencia a congestionarse por el calor y a resfriarse. De mujer a mujer suplicó a su antigua cuñada Margarita de Austria que enviara el mejor médico que pudiera encontrar para cuidarle. Importunaba a Wolsey con el tema de la salud de su marido y enviaba nuevos suministros de ropa blanca para Enrique. En esta correspondencia nada decía de los peligros que acechaban las fronteras para no preocupar a su marido.
Se alivió al saber que el emperador Maximiliano se le había unido “ porque, gracias al buen consejo del emperador, su Alteza no se arriesgará tanto como antes, lo que me daba tanto miedo ”. Recibió con alegría la victoria de su esposo en la batalla de las Espuelas y escribió: " La victoria ha sido tan grande que creo que nunca antes se vio una batalla semejante ". La reina también estaba tremendamente ocupada haciendo estandartes, banderas y distintivos con sus damas. Ésa era una tradicional ocupación femenina. Pero Catalina, que se había criado alrededor de campos de batalla, también se puso la capa de la reina guerrera.
Los primeros caballeros y capitanes de ella que estuvieron preparados fueron llevados rápidamente al Norte para reforzar al conde de Surrey. Catalina pronunció unas espléndidas palabras ante los capitanes ingleses, diciéndoles que estuvieran pronto a defender su territorio,“ que el Señor les sonreía a aquellos que defendían a los suyos y que debían recordar que el coraje inglés superaba el de todas las demás naciones ”. Se dice que los hombres se sintieron “ inflamados por esas palabras ” que fueron pronunciadas en un inglés bueno o discreto, aunque debemos imaginarla hablándolo con un fuerte acento español. No hay duda que ella fue el centro y el alma de la defensa, ocupada ahora en levantar un ejército de reserva alrededor de Londres.
Jacobo IV de Escocia había cruzado el río Tweed con un ejército que según las cifras era de cuarenta, sesenta o cien mil hombres, en todo caso un ejército enorme. Las murallas del Castillo de Norham se derrumbaron a los cinco días del asedio de los cañones franceses de Jacobo, fabricados para este tipo de batalla. Hubo escaramuzas en Chillingham y otras partes y luego la niebla de la guerra envolvió el Norte.
Thomas Ruthall , obispo de Durham, considerado como una de las cabezas más frías del Consejo y especialmente encargado de la defensa del Norte, se hallaba al borde del pánico ante los contradictorios rumores que se filtraban desde el frente pero Catalina permanecía tranquila. Las carreteras que llevaban a Buckingham se llenaban de soldados reclutados en sitios tan lejanos como Gales y en todos los condados del Sur y del Oeste, a fin de formar un ejército de reserva de sesenta mil hombres que ella, personalmente, pensaba dirigir a York.

A principios de septiembre Catalina salió cabalgando de la ciudad al frente de caballeros y campesinos de los Home Counties, de un grupo de fornidos londinenses y del cañón de la Torre. El conde de Surrey ya estaba en el frente; si pensaba que los escoceses eran demasiado fuertes para él, podía esperar a la reina; si entraba en batalla y era derrotado, aún había un segundo muro entre la conquista de Inglaterra y el rey escocés: la reina Catalina. En todo caso ella era la esperanza del reino.
Para el 14 de septiembre, Catalina estaba en Buckingham. Pero ya el día 9 por la tarde, los escoceses, dejando detrás de ellos su campamento incendiado, habían bajado desde su punto fuerte en Flodden Edge para enfrentarse con Surrey en el campo abierto de Branxton Brook. Ya entonces los arcos y picas de los ingleses habían hecho estragos en las cerradas filas de los escoceses y el último contumaz círculo de lanceros había caído alrededor del exánime cuerpo de su Rey. Parece ser que más de diez mil soldados escoceses murieron en el campo de batalla, quince de los lores del reino de Escocia y el rey Jacobo. La batalla de Flodden fue la más importante del reinado de Enrique VIII. Mientras el soberano inglés había estado cortando rosas en Hainault, los laureles habían sido cosechados en el Norte.
Jacobo IV de Escocia
Pero el cuerpo del rey de los escoceses, tan herido y destrozado que sólo era reconocible por la chaqueta y la cruz, no quedó tendido debajo de la luna. Fue enviado a Inglaterra y Catalina hubiera deseado enviar el cuerpo a su marido como trofeo de guerra pero a cambio le envió la chaqueta ensangrentada del rey escocés a Francia. Esa era una época en que la identidad, aun del personaje más celebrado, no era fácil de establecer. La chaqueta del rey era una valiosa evidencia de que era él, no otro noble escocés, el que había muerto en el campo de batalla. Catalina escribió: " Veis que he mantenido mi promesa de enviaros a cambio de vuestras banderas, el manto de un Rey. Pensaba enviaros al propio Rey pero los corazones de nuestros ingleses no lo hubieran soportado (...) y con esto acabo rogando a dios que os envie pronto a casa porque sin eso ninguna alegría puede ser completa y por ello rezo y voy ahora a Nuestra Señora de Walshingham a la que hace tanto tiempo prometí ir a ver ".
Ninguna palabra en las cartas de Catalina sobre Flodden dio indicación alguna de los chistes que circulaban sobre sus victorias y las de su marido. La burla de que mandaba un rey a Enrique a cambio de su duque cautivo, solamente existía en la imaginación de los chismorreos de Flandes. Enrique mostró alegría por el triunfo de los ejércitos en la frontera y por el buen hacer de su esposa, pero palideció al conocer que entre los muertos estaba el monarca escocés. La reina, que estaba embarazada cuando su esposo partió a Calais, visitó el santuario de la virgen de Walshingham como prometiera al rey para dar las gracias por la victoria de Flodden y rogar que el hijo fuese varón.

Como era costumbre en las guerras de la Baja Edad Media, varios nobles fueron tomados como rehenes para tener la seguridad de que su gobierno cumpliría las condiciones de la tregua. De acuerdo con las reglas de la caballería, estos nobles eran tratados como a invitados de honor hasta que llegaba el momento en que se les permitía volver a su país. El prisionero más importante de Enrique era Luis de Orleáns, duque de Longueville, que fue alojado cómodamente en la Torre de Londres con seis sirvientes. El rey trabó gran amistad con él y solía invitarle a la corte.
Enrique era un captor notablemente generoso e incluso se brindó a pagar él mismo la mitad del rescate del duque. Poco después de que el rey y sus rehenes llegasen a Inglaterra, la reina los agasajó en Havering-atte-Bower en Essex. La gran recepción que les brindó Catalina fue descrita como la más espléndida que se hubiera conocido y encantó a Enrique. Hubo un banquete, una mascarada y baile y el rey repartió obsequios donde le apeteció.
Fuentes:
Alison Weir, Enrique VIII, el rey y la corte. 2003 Editorial Ariel S.A.
Garrett Mattingly, Catalina de Aragon. 1998 Ediciones Palabra, S.A.
Antonia Fraser, Las seis esposas de Enrique VIII. 1998 Ediciones B Argentina, S.A.
Vicenta Marquez de la Plata, El trágico destino de los hijos de los Reyes Católicos. 2008 Santillana Ediciones Generales, S.L
Maria Jesús Pérez Martín, Maria Tudor: La gran reina desconocida. 2008 Ediciones Rialp, S.A
Luis Ulargui, Catalina de Aragón. 2004 Random House Mondadori S.A.
























